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Humbert Monroe

La zapatería

Desde que había fallecido don Antonio, la zapatería atendía solo en las tardes. En la mañana, su nieto y único heredero, dormía las resacas de la noche anterior. Al joven, rara vez se le veía ocuparse de lleno en el oficio, se limitaba a limpiar los zapatos, o, a embolsar trabajos que ya estaban listos para entregar. Revisaba el cuaderno y cobraba los pendientes que existían antes de la muerte del viejo.  También recibía los nuevos encargos, que aseguraba entregar en ocho días.

El negocio exhibía un invariable desorden, los clientes no se explicaban como el sucesor se las arreglaba para presentar los trabajos casi perfectos, así como los solía ejecutar su difunto abuelo.

Antes de que oscureciera cerraba el local, salía en busca de los amigos, de la esquina y del licor que consumía hasta casi perder la razón. En la madrugada regresaba tambaleante a la zapatería, al ingresar un escalofrío lo desavenía. El joven evitaba mirar hacia un rincón, donde sabía que encontraría a su abuelo trabajando. 

Publicado la semana 16. 15/04/2020
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