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Humbert Monroe

El andamio

A las cinco en punto nos alistamos para comenzar la jornada. Sugerí que no iniciáramos labores ya que la luz no era buena, que esperáramos hasta que amaneciera del todo, que  con la aparición del sol se  podría disipar la neblina y así saber si llovería o no.  Mis sugerencias fueron  tomadas como un insulto para don Gildardo, quien me mandó a callar y nos  recordó a todos que él era quien daba las órdenes y que nos pagaba por el día laborado.

Don Gildardo, nos distribuyó  en parejas, atacando los cuatro frentes del edificio. Por desgracia me tocó trabajar con él.

Amarré la línea de vida a mí arnés, bajé la manguera, alisté el cepillo,  la espátula y tapa bocas.  La orden de don Gildardo era  lavar la fachada y a la vez resanar cualquier imperfección que notáramos.  Según él, debíamos hacerlo en dos días, para luego dedicarnos solo a pintar.

Crucé la baranda y deslicé  mi cuerpo sobre  el andamio. Observé el color desteñido de la pintura en  la pared,   también  algunos hongos  y la humedad que inflaba el pañete. El agua empezó a salir de la manguera. Don Gilberto  se acomodó sobre el andamio haciéndolo estremecer.

Intenté silbar una canción pero el aire se cortó en ese espacio  que hay del pecho a la boca. Era ocho de agosto y  se cumplía un mes  del fallecimiento de mi padre, me sentía agobiado, sin un amigo con quien contar, sin una razón para seguir. 

Don Gilberto me arrebató la manguera para mojar la parte superior de la fachada. No podía disimular el odio que sentía haca mí. Me dijo casi gritando: “estos doce metros del frente no los repartimos de seis metros para cada uno, ¿entendió?, la manguera la rotamos y la caneca con el estuco irá en la mitad del andamio,  con eso no se moverá y trabajaremos tranquilos, acuérdese de no mirar para abajo”.

El peso  de ambos se equilibró cuando Carlos, el pecoso, trajo la caneca con  estuco y ayudó a pasarla. La colocamos  justo  en el punto, que consideramos,  era  la mitad  de la estructura.

Empecé a raspar la pared dónde notaba que el pañete estaba brotado. Recordé mis años de infancia en la finca de mis abuelos,  los juegos, la risa, la abundancia de frutos, toña la cabra loca que nos perseguida para darnos cabezazos  y el cariño incondicional de mi abuela. También recordé cuando vino la violencia y salimos desplazados de allí, solo sobrevivimos mi padre y yo. Así fue que terminamos en esta ciudad.

Mi padre siempre trabajó la obra blanca.  Con el viejo Gildardo llevaba unos quince años,  pero al igual que a mí, también lo explotaba, Mi padre sabía de pinturas tanto como él y me daba varios consejos sobre el oficio.  No era justo que don Gildardo nos estuviera humillando todo el tiempo, éramos dedicados en lo que hacíamos y trabajamos con buenos detalles y acabados.

Mientras pasaba la espátula por la pared, recordé la tarde de la caída de mi padre. Mis gritos desesperados  en la puerta del hospital.  La mirada fría del médico de turno que lo ingresó a las urgencias, sus crueles palabras cuando me dijo: “No tiene signos vitales  está muerto”.

Avanzamos un buen tramo del edificio, don Gildardo, decidió hacer una pausa para  tomar café. En toda la mañana no había vuelto a pronunciar palabra.  La amenaza de lluvia despareció por completo. El sol picante hacía  que mi cabeza hormigueara sin parar. Mientras halábamos  las poleas para subir el andamio, don Gildardo me aseguró que este sería mi último contrato con él. Que me pagaría el  día, que me largara, que no quería saber nada más de mí. 

Casi llegábamos y  don Gildardo colocó el pie en la parte superior del andamio para impulsarse y saltar  a la terraza. Observé que no tenía asegurada  su línea de vida en el arnés.  Intente advertírselo, pero de nuevo el aire se cortó en ese espacio que hay del pecho a la boca.

 

Publicado la semana 13. 25/03/2020
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