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Juanjo Fernández

Sueños de sal

Estaba tendido mirando las nubes, llorando por no haber sabido llegar a tu corazón. Te imaginaba en el autobús, de vuelta a tu tierra natal. 

Con suerte volvería a verte al verano siguiente, pero eso, con diecisiete años, parecía una eternidad. Las nubes, entre truenos y rayos, comenzaron a descargar sus gotas sobre la playa, que a duras penas se defendía de sus envites.

Como dicen los poetas, el desamor a veces es una puñalada en el corazón que te derrota y te deja muerto en vida. Así me sentía yo, reviviendo escenas en la que mi torpeza no me había dejado ser yo. Cuando estábamos juntos en la pandilla, me ponía tan nervioso, que el corazón parecía salirse por la boca, y solo podía pronunciar unas torpes palabras. Yo, que había escrito veinte poemas de amor inspirados en ti, a la espera de una canción desesperada, no era capaz de pronunciar ni una sola estrofa.

Nada, absolutamente nada en el mundo podía mitigar esta pérdida, o eso parecía. 

Entonces me pareció sentir tus labios carnosos cayendo sobre mí, como gotas de lluvia. Abrí los ojos, pensando que era una simple ilusión, y allí estabas tú, mirándome con ojos que ardían como estrellas en la noche. 

Me dijiste que habías convencido a tus padres para quedarte en casa de tu abuela, que estarías una semana más en aquel pequeño pueblo costero. 

Recuerdo aquellos días llenos de luz, y los besos de sal abrazado a tí en la orilla del mar. Aquellas largas e inocentes conversaciones, cuando queríamos cambiar el mundo, desconociendo que el mundo sería el que nos cambiaría sin piedad.

Parece que hayan pasado siglos, yo no soy el mismo por las luces y las sombras de esta vida, pero hay algo que permanece intacto, tu recuerdo.

Elena, no sé dónde estás, este relato es un mensaje desesperado en una botella, esperando que lo leas y me reconozcas.

Quiero que sepas que nunca te olvidaré.

Salvador

Publicado la semana 6. 08/02/2020
Etiquetas
cine
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Relato
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I
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