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Indigo_Dolphins

El día que murió Bowie

El día que murió Bowie llevé a mis hijos a comer a un Burguer King.

 Nunca lo había hecho. Son sitios asquerosos donde te dan una hamburguesa que cabe en un pastillero y está hecha de tripas y harina de plumas y te dicen que es pollo. Pues ahí estaba yo, después de haber envenenado a mis hijos con esa porquería, leyendo la noticia en la edición digital de algún periódico. Ellos jugaban y yo lloraba. Por dentro, claro. Pensé que el mundo era más gris y más vulgar ahora que él ya no estaba. Ziggy Sturdust abandona el escenario, señoras y señores, el último genio, la última estrella de ese universo ahora a punto de implosionar de estupidez.

 Luego los llevé al parque, uno de esos para niños idiotas y padres más idiotas todavía, que hay por todas partes. ¿Paisaje urbano, le llaman? Papelera, farola, banco y, desde el falso baby boom, también parque acolchado. Los columpié a dos manos y ellos daban grititos de emoción. «We can be heroes, forever and ever».

Hice más cosas de madre, ya no recuerdo la rutina. Cena y baño, supongo, o al revés.

Y llegó él, justo cuando acababan de dormirse, vaya casualidad.

Pero esto sí lo recuerdo. La mirada. Se acercó a darme el beso habitual. Yo hojeaba cualquier bobada. Alcé la vista, nuestras miradas se cruzaron y ¡oh sorpresa!, no hubo encuentro alguno. Con terror, caí en la cuenta de que eso mismo hacía tiempo que ocurría, las hojas cayendo en nuestra historia de amor.

Bowie había muerto y el amor también.

 

Publicado la semana 7. 15/02/2020
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I
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