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Feliz Navidad

En fechas tan señaladas, cargadas de buenos deseos y mejores propósitos, es cuando sale a la luz lo peor de mí. La tristeza acumulada a lo largo del año se transforma en rabia seca por algún proceso de cocción que no manejo bien y rezuma día y noche hasta bien entrado Enero.

Yo creo que me hago mayor, muy mayor, porque antes aguantaba al menos hasta que encendían las luces. Ahora, entre que tenemos turrones desde Octubre, papanoeles colgados del balcón desde noviembre, y llega diciembre pleno de black friday, villancicos, espumillón, escaparates en rojo y verde (el no va más del buen gusto y la elegancia), creo que me empieza la efervescencia con la caída de la hoja.

Dudo que en algún momento haya entendido qué es eso del espíritu navideño, aunque debe de tener más que ver con cualquiera de los fantasmas del señor Dickens, ya sea aquel que no decía palabra y solo señalaba con la mano, que con la fiebre que abate a un porcentaje considerable de población y les obliga a comprar compulsivamente. Es vergonzoso y debería ser vergonzante, pero lo entiendo, claro. Nos entrenan para esto desde pequeños, desde que nos llevan a nuestra primera cabalgata y se nos cae el alma a los pies porque eso que estás viendo poco se parece a lo que te habías imaginado. Los Reyes Magos subidos en carrozas como si fueran las reinas del carnaval de Tenerife, una lluvia de proyectiles con forma de caramelo y cientos de padres lanzándose a por ellos en plan carroñero. ¿Espíritu navideño? ¡Mis ovarios! Y mejor no hablo de los papanoeles que visitan colegios y guarderías, probable origen de traumas infantiles.

Pero el consumismo feroz no es lo peor. Lo que más me cuesta es la hipocresía en todas sus formas. La dependienta que te desea felices fiestas mientras, por dentro, se caga en tus muertos porque lleva encima una jornada de nueve horas y solo va a cobrar cinco, los niños de San Ildefonso cantando a la ambición nacional, las personas que te felicitan el año nuevo sabiendo (tú lo sabes, ellas también) que los trescientos sesenta y cuatro días restantes ni te mirarán, el tipo ese que nos enchufan cada nochebuena a las nueve, ya con mala baba para recordarnos que estamos jodidos pero él no, para que nos siente mal la cena, para que dejemos de pelearnos un rato con la familia y por un rato nos pongamos todos de acuerdo, o casi. Y sí, sobre todo, la familia.

 

Que nadie se ponga nervioso o sí, lo mismo da, después de todo, es navidad y esto es ficción. Lo que escribo, lo que pienso, lo que piensas tú, lo que sucede, lo que cuenta tu vecino. Todo ficción.

Tienes un problema si te lo has creído. Si nos tomamos la vida en serio, si nos damos importancia, se nos cae la piel de la cara y, como ya dije, el alma a los pies.

 

Publicado la semana 51. 14/12/2020
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