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El dragón dorado

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Había una vez un reino de oscuridad donde vivía un dragón dorado. El dragón se pasaba los días dormido porque solo podía ser dragón dorado y hacer todas las cosas que hacen los dragones dorados cuando había luz. Pero la luz había desaparecido de ese reino mucho tiempo atrás, ocultándose tras unas nubes negras y espesas que nadie había visto antes y, al hacerlo, la piel del dragón se cubrió de una sustancia nauseabunda y viscosa como la pez. Los campos y los ríos y las rocas y las montañas, fueron invadidos por las tinieblas. Todos las demás criaturas huyeron, cerrando las puertas del reino tras de sí, para que la oscuridad no continuase avanzando e invadiese el mundo. Así el dragón dorado quedó sumido en la más profunda soledad. De vez en cuando le parecía escuchar un llanto lejano y entonces abría un ojo enorme y veía un bultito agazapado en una esquina, pero cuándo intentaba levantar la cabeza para mirar con más atención, el bulto desaparecía y el líquido viscoso que le cubría, le caía sobre los ojos, obligándole a cerrarlos de nuevo y se le metía por la nariz hasta que, asqueado, volvía a dormirse.

Pasó una edad completa y el dragón siguió dormido, su sueño apenas perturbado por algún sollozo apagado o el sonido de unos piececillos a la carrera.

Y entonces ocurrió algo. Algo pequeño e insignificante: la caída de una piedra. Pero los grandes cambios suelen tener comienzos pequeños.

La piedra no era más que un simple guijarro; no obstante el hueco que dejó fue suficiente para que un diminuto ratón de campo se colara dentro. Había transcurrido demasiado tiempo, casi nadie quedaba en el mundo que hubiese oído hablar del dragón dorado y su oscuro encierro, y aquel pobre roedor era demasiado joven e insensato como para conocer la historia. Entró, curioseó y decidió que era un buen sitio para vivir.

Durante semanas se deslizó por la pequeña abertura hasta que esta alcanzó el diámetro de una pelota de tenis. Y por ahí penetró la luz.

El dragón no se habría percatado de ese ínfimo haz de no llevar media existencia sumido en las tinieblas, lo que le había vuelto extremadamente sensible. Su piel comenzó a escocer a pesar de la capa de mucílago que le cubría. Abrió los ojos y el dolor que sintió en sus retinas fue insoportable. Retrocedió aterrorizado, sin entender lo que ocurría, hasta refugiarse en lo más profundo de su morada. Y fue en ese momento, cuando sus cuartos traseros chocaron con el muro, que lo descubrió.

Era algo inexplicable pero allí, escondido con él durante todas aquellas décadas, había un niño.

 

Publicado la semana 47. 18/11/2020
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