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Indigo_Dolphins

Vértigo temporal

Duermen muy juntos, cara a cara, como una pareja enamorada y al alba se despereza y se tumba, boca abajo, sobre él, dejando que su respiración la acune un poco más, hasta que suene el despertador. Es hermoso verle dormir, delicioso el primer beso resacoso con aroma a aliento agrio, cálidas pero ya dolorosas las primeras caricias, anticipando la separación. Su piel sabe diferente antes de levantarse, más ácida, pálida y suave que de costumbre y esa temprana erección, ajena a ella, les trae un sexo diferente, perezoso y juguetón que no busca llenar nada. Supone que porque echa de menos esa ingenua sensación es por lo que ve a otras mujeres. No suele pensar en ello, prefiere no preguntarse si él es feliz. Aunque en ocasiones lamenta que lo haya hecho, elegirla, amarla, piensa que es un desperdicio amar a alguien como ella, que no puede darle mañanas sencillas de caricias dulces y café con leche, que es injusto que comparta el tiempo de otra mujer que sí puede hacerlo, que no tiene derecho a privarle a él de que dé el suyo por completo.

No suelen dormir juntos, menos aún desde que está con Laura. No porque vaya a casarse con ella sino porque es a ella, su pareja, a quién pertenecen estos momentos.

Desayunar con él, simplemente sentados uno frente a otro, tomar café con tostadas y ojear el periódico es de sus placeres inconfesables, al igual que desearle un buen día cuando la lleva al trabajo. Esos momentos que con otros estaban revestidos de vulgaridad, desprovistos de sentido, condenados al olvido en cuanto suceden, con él adquieren otra dimensión, es como un juego, una teatralización, asume un rol que no es suyo, como meterse en la vida de otra persona y ocupar su espacio. Se siente una ladrona de momentos. ¿Los disfruta robados por ser robados? De esto es de lo que nunca hablan, su tabú particular. Esta necesidad suya de intensidad, de hambre eterna.

 

—¿Adónde ha ido nuestra frescura, nuestra inspiración? —le pregunta, empapada de la tristeza que a veces se presenta después del sexo.

—No lo sé. ¿Te aburres?

—No es eso, es que todo pesa más ahora. Levantarse de la cama o acostarse da igual, ¿no te parece un contrasentido? Si me cuesta levantarme, debería anhelar la hora de volver a ella y sin embargo también la retraso.

—No anhelas esa hora, anhelas la sensación de hacer lo contrario de lo que debes. Por eso estás aquí conmigo —Él aparta las sábanas hacia atrás con violencia y se incorpora—. ¿Cuánto va a durar esto?

—¿A qué te refieres?

—Esta situación. ¿Cuánto más ignoraremos que voy a casarme? Lo que pasará con nosotros. ¿Tendré que abandonar a mi mujer en medio de la noche para venir a echarte un polvo y regresar antes de que se despierte? ¿Inventaré viajes para poder vernos?

—Eso es decisión tuya.

—¡Maldita sea! ¡No es decisión mía, es NUESTRA! ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! No puedes quedarte en el limbo. Te comportas como si tu aspiración fuese ser mi querida de por vida. ¿Es lo que quieres?

—¿Qué quieres tú?

—No quiero engañar a mi esposa y acabar convertido en mi padre.

—No lo hagas.

Él levanta la vista, su cara es el reflejo de la desolación, congelada, árida. Se cubre la boca con la mano, para reprimir las palabras o quizás disimular que las ha perdido todas. Pestañea rápido, dos, tres, cuatro veces, traga saliva. Ella misma nota la garganta seca y se da cuenta de que ha dejado de respirar. Tiene que coger aire a bocanadas porque no consigue llenar los pulmones.

—¿Es lo que quieres? —repite él.

—Quiero volar por los aires.

—Y que yo pulse el detonador.

 

Comienza a vestirse.  A ella le parece que no acabará nunca. Eso que llaman travelling compensado, el efecto que utilizan en cine para acercar o alejar fondos; está experimentando la misma sensación pero aplicada al tiempo, un vértigo temporal. Contempla sus manos. Son las de siempre pero las siente enormes, las manos de un gigante con los dedos como salchichas descomunales y torpes; no puede moverlas, no le pertenecen.

La extensión temporal se agota, quiere detenerlo, gritar, agarrarle, pero las manos no le responden, la lengua es un bloque de sal.

La imagen de él se deshace.

—Adiós, dulce flor.

El sonido de la puerta de entrada al cerrarse suena a hermético. Han colado un tubo de succión por algún agujero y se ha hecho el vacío. No importa que abra las ventanas, ni que fuerce la respiración. El aire ha desaparecido.

Publicado la semana 46. 18/11/2020
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Please, please, please —The Smiths
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