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Indigo_Dolphins

El orden y los niños

Mi querida Lucy: («La primera directa al pecho»).

 

¡He intentado escribirte tantas veces!, pero debí transmitirte el gen nómada y no conseguía dar contigo. O eso o eres un excelente camaleón. Finalmente he tenido que pedirle tus señas a tu madre.

(«Lo que tú digas, papá, solo llevo ocho años en esta maldita ciudad y cinco en la misma jodida dirección»).

Ha pasado tanto tiempo que ya no sé cómo hablarte, sobre todo porque eras una niña la última vez que te vi, la niña de mis ojos, y ahora te has convertido en una mujer. No me hago a la idea. Estábamos tan unidos. No paso un día sin recordar alguna de nuestras conversaciones, al menos una frase. ¡Eras tan aguda, tan ágil en tus razonamientos! Eras el ser humano menor de metro y medio que más admiraba.

(«Se ve que los últimos centímetros fueron los decepcionantes»).

Te preguntarás dónde estuve estos años, qué hice, si me mantuve al tanto de tu vida, por no mencionar temas más espinosos, tendrás tantas preguntas por contestar que quién sabe si lograré contestarlas todas, pero con ese ánimo te escribo, mi pequeña. No para recuperar el tiempo perdido, eso es imposible y soy consciente de que somos dos desconocidos conectados por unos recuerdos, tómalo mejor como un intercambio de información, de confidencias si quieres. Yo también tengo dudas y curiosidades, ¿cómo de parecida serás a la imagen que idee para ti? ¿nos reconoceremos nada más vernos?

He regresado a Sta. María. Creo que me quedaré por aquí una temporada, es un buen sitio para vivir, puede que hasta para envejecer. En cualquier caso, sería maravilloso que me visitaras. Lo haría yo, pero las ciudades grandes hace mucho que dejaron de ser para mí. Comprendo que receles, que sientas rechazo o rabia, o incredulidad, que probablemente tu primera reacción será tirar esta carta, hasta puede que hayas dejado de leer unas líneas más arriba y esto sea absurdo, pero si no lo has hecho, si todavía estás leyendo, párate y piensa el por qué. Aunque no haya más que curiosidad, será un buen comienzo.

 

Esperaré paciente noticias tuyas. Te quiero por siempre.

 

Samuel tiró fuerte de mi falda para que le prestara atención. Su dinosaurio favorito no estaba en su lugar.

Mi hijo era un fanático del orden con solo dos años, algo que por lo visto es frecuente en los niños pequeños pero yo desconocía, y que se debe fomentar y cultivar en la familia porque les aporta seguridad. Tiene su lógica. Si el dinosaurio siempre está en el mismo sitio —la caja azul, debajo de la cama—, Samuel solo tiene que levantar la colcha y tirar de la caja azul cada vez que quiera jugar con él. Si mi padre estuviera en un lugar fijo cuando lo necesitaba, quizás yo no sería tan descreída y confiaría más en mi misma.

Lo único bueno de no encontrar lo que se busca en sus lugares habituales es que, si sucede algo impredecible como acababa de sucederle a Samuel, no hay ningún drama. En ese caso, lo impredecible deja de serlo y una se abre a un mundo de posibilidades, por ejemplo, que el dinosaurio esté en el cubo de la ropa sucia o que el padre ausente desde que la hija tenía doce años le escriba una carta instándola a que se vean para tomar el té.

Publicado la semana 43. 22/10/2020
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