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Indigo_Dolphins

La espera

J esperaba que esa mañana ocurriera algo extraordinario. Lo dijeron las flores, las hojas de los árboles, hasta el petirrojo atrevido del jardín con su canto chirriante.

Se puso su mejor vestido, el que dejaba la espalda descubierta, y aguardó.

A las ocho, el panadero con fragancia a hogaza, a huevo batido, a vida, le dejó una madalena dorada que se comió en un pispás.

A las nueve pasó el pescadero.

A las diez, el timbre de una bicicleta le hizo dar un bote pero solo era el repartidor de periódicos que iba retrasado.

A las once creyó escuchar el ruido de un coche que se acercaba.

A las doce le pareció ver una silueta sobre la línea ondulante del horizonte.

A la una llegó el cartero, como siempre con su gorra calada hasta las cejas. Desde que había llegado al pueblo hacía ya más de un año, J no había conseguido verle la cara. Dejó la correspondencia en el buzón, saludó con una inclinación de cabeza y continuó hacia la casa del vecino, el Sr. Cortés, un señor muy amable al que saludó de igual forma. Luego se dirigió a casa del Sr. Rodríguez, cuya mujer viajaba a menudo. Repitió la acción: las cartas y el saludo, y siguió hasta la casa del Sr. Narciso que era muy guapo. Dejó las cartas, saludó con la cabeza y siguió andando hasta la casa del vecino, que era vecina y la última de la manzana, la Srta. Abril, una joven bonita que siempre estaba triste.

Cada mañana hacía lo mismo, y recorrer toda la acera hasta doblar la esquina le llevaba exactamente seis minutos y cuarenta y dos segundos. Sin embargo en esta ocasión tardó tres segundos más, pues, antes de enfilar calle arriba, se detuvo y miró en su dirección. A J, aquello le pareció raro pero no extraordinario, de modo que agitó el brazo en alto, él le devolvió el saludo y después no le vio más.

 

J tenía sed y hambre pero no quería abandonar su puesto.

Tras esperar en vano toda la tarde, cayó en la cuenta de que su vida entera había transcurrido igual que ese día. Estaba cansada. Apoyó la cabeza en la pared y se quedó dormida. Soñó que se levantaba, abría el buzón y allí había un sobre azulado sin matasellos ni remitente.“Esta noche vendré a buscarte”, leyó. Abrió los ojos, sobresaltada y se acercó al buzón. Ni rastro de sobres azulados. Suspiró. En verdad, estaba muy cansada.

El sol se había ocultado y hacía frío. Entró en casa y mientras se metía en la cama, volvió a recordar la frase: “Esta noche vendré a buscarte”. Supo que aún soñaba. Siempre estuvo soñando.

Ahora, que al fin lo sabía, todo estaba bien, ya no sentía hambre, ni frío, ni cansancio.

Cerró los ojos y esperó por última vez.

Publicado la semana 41. 12/10/2020
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Alicia en el pais de las maravillas
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