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Indigo_Dolphins

Adiós

Al mudarnos de ciudad, y a través de una amiga, conseguí un loft pequeño pero luminoso y con una ubicación inmejorable, cerca del centro, no excesivamente comercial, parque próximo donde ir a correr y a dos líneas de metro del trabajo. A Cristina no le gustó tanto. La nueva casa gritaba piso de soltero por todas partes y enseguida lo captó. Yo volví a las andadas.

Cris no era celosa ni creía tampoco en la monogamia, sin embargo llegar a casa y encontrarse un día a una chica de rodillas frente a mí, le pareció excesivo y decidió dejarme todo el espacio. Acababa de encontrar trabajo con una modesta compañía de danza contemporánea y se mudó con uno de sus nuevos compañeros. Curiosamente este distanciamiento nos vino bien y todavía pasamos algún mes agradable.

Y de pronto empezó a sobrarme. Su olor a sándalo, su extrema sensualidad, aquella voz ronca que otrora me excitaba tanto, su actitud desafiante escondida bajo esos aires de pajarillo, todo, toda ella, se volvió excesivo. Fue como si hubiesen cambiado sus proporciones, como si ya no encajasen con las mías. O tal vez fui yo.

Una mañana de domingo me desperté temprano. Tenía la boca seca y un dolor punzante en la sien izquierda. Ella dormía a mi lado, brazos y piernas estirados, ocupando casi toda la cama, como tantas otras veces. No recordaba nada de lo sucedido la noche anterior pero los dos estábamos todavía vestidos, señal de que:

- no habíamos follado

- habíamos bebido más de la cuenta

- no habíamos follado (sí, era muy raro)

Me quedé mirándola y ella abrió un ojo. Luego el otro. Se estiró como un gato al sol y me sonrió. Enseguida estaba sobre mí, contorsionándose como una pitón alrededor de mi cuerpo mientras desabrochaba botones y bajaba cremalleras. Yo permanecí extrañamente inactivo, no tenía fuerzas ni ganas de hacer nada; no me molestaba su juego pero lo veía desde el banquillo y para cuando se montó encima, mis ánimos acababan de abandonar el estadio camino del vestuario. Al principio no se alarmó, le había ocurrido otras veces y sabía lo que tenía que hacer, pero esta vez el cambio de estrategia no arrojó cambios. Lejos de sentirme avergonzado, la sensación se parecía más a la resignación. Algo similar a un ¿qué esperabas? brotó de mi garganta y entonces ella se apartó de mí, igual que si la hubiera mordido un perro que llevaba tiempo gruñéndole .

—Te estás acostando con ella?

Yo sabía perfectamente a quién se refería pero por alguna razón no quería admitirlo. Ella sabía que era verdad pero por alguna razón no podía aceptarlo. Por eso había dejado aquella interrogación al final de su frase, porque su razón y la mía eran la misma razón. Y representaba nuestro fin.

No hubo mucho más que decir. Nos despedimos sin dramas, sin reproches, un simple abrazo. Un beso templado. Se quedó una temporada por la ciudad, nos veíamos de vez en cuando en alguna parte. Un par de veces nos acostamos, por los buenos tiempos. Luego dejé de verla y mucho después me llamó. Se había enterado de mi boda y quería felicitarme. Vivía en Barcelona con un pintor, de los de brocha gorda. Se había cansado de artistas.

—Lo complican todo innecesariamente. Si quieren echarme un polvo antes tienen que improvisar un soneto, emular a Kandinsky o hacer una cabriola en tournant. Siempre he preferido a los hombres que hablan poco y me tiran sobre la cama —dijo entre risas—. ¿Te acuerdas de nosotros?

Aún ahora me acuerdo, pero sobre todo la recuerdo a ella. Bailando. Sobre el escenario donde la ví por primera vez, con las luces rojas sobre su piel, agitándose al ritmo de aquella canción tan hortera de Aerosmith. Y en sus ensayos, porque nunca quiso que fuera a verla actuar.

Publicado la semana 3. 19/01/2020
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