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Indigo_Dolphins

EVA (4ª parte)

A sus espaldas se escuchaban crujidos y sonidos de chapoteo, lamentos y graznidos, gorgoteos, gritos desgarradores que iban en aumento, aunque ni una sola pisada, como si aquello no necesitara moverse, como si se limitara a extender su descomunal mano torturadora. Corrían cegados por la luz, no importaba hacia donde se dirigieran, no existían sombras. Chocaban de seguido con los muros y las ramas les herían la piel pero continuaban, hasta que, al límite de sus fuerzas, llegaron a un espacio abierto.

Habían alcanzado el centro del laberinto.

—¡Bien hecho, chicos, estoy orgullosa! —Eva aplaudía sentada junto a un árbol cercenado.

Wilson se abalanzó, dispuesto a golpearla pero Marco le detuvo.

—¡Suéltame! Se lo merece, ¡hemos estado a punto de morir!

Se incorporó, serena y se alisó el vestido.

—Aquí nadie ha estado a punto de morir.

—Eso díselo a tu mascota.

—En realidad es su mascota —Señaló a Marco con la barbilla.

—No entiendo como has sabido...—empezó este.

—No te preocupes por eso, ya lo entenderás. ¿Te duele? —Se acercó y le acarició la cara magullada. Él negó con la cabeza—. Bien, continuemos.

—Si crees que voy a quedarme aquí un minuto más, estás más loca de lo que pensaba —soltó Wilson.

—No tienes otra opción y por cierto, deberías vendarte ese corte, parece bastante profundo.

Extendió el brazo para examinarle. Él retrocedió en un acto reflejo.

—¿Me tienes miedo?

—Es instinto de supervivencia.

Ella ahogó una risita y salió por una puerta invisible hasta ese momento. La luz decayó de golpe y comprobaron que no estaban en el exterior como habían pensado sino en un pabellón, y que el laberinto era, en realidad, un decorado enorme.

—¡Vaya chingadera! —exclamó Marco.

—Ya.

Fue lo único que se les ocurrió. Siguieron a la chica a través de un corredor similar al primero, salvo que la luz no era violácea sino de un blanco cálido. A medida que avanzaban, el pánico disminuía y se sentían mejor.

—¿Todo esto es tuyo? —preguntó Marco.

—Sí.

—Estarás forrada —observó Wilson.

—No comprendo cómo alguien como tú puede decir tal cosa. El dinero no construye. Son los deseos, las ideas que surgen a partir de ellos, los que lo hacen.

Se habían parado frente a una especie de panel metálico. Ella estaba tan cerca que Marco podía notar su aliento a la altura de las clavículas. Miró la piel de sus hombros, de un aspecto tornasolado y en cierta manera antinatural, y tuvo una sacudida. Sentía el impulso apremiante de tocar aquella piel.

Un zumbido le distrajo. El panel acababa de deslizarse a un lado y de nuevo se encontraban en la sala de las columnas. Había muchas más personas y ahora no parecían actores. Mostraban verdadero interés en las pantallas de vídeo.

—Adelante, chicos, no seáis tímidos. Todos quieren conoceros.

Publicado la semana 25. 16/07/2020
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