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Indigo_Dolphins

EVA (1ª parte)

El cursor parpadeaba insolente en la esquina superior izquierda.

Llevaba meses igual. Furioso, apagó el ordenador, echó la cabeza hacia atrás y se puso a a dar vueltas en la silla hasta que algo acudió a su memoria.

Se levantó y rebuscó en sus bolsillos. Aparte de un chicle y un billete arrugado no encontró nada. Miró en su mochila, miró entre la pila de objetos inservibles que recogía por ahí y amontonaba en una caja junto a la puerta, registró la papelera.

«¡Maldita sea, Wilson, no estabas tan borracho!», se dijo.

Y de súbito, lo recordó. Aquella noche llevaba su cazadora de la suerte; no la tuvo, pero ahora, en el bolsillo interior, encontró el papel azul. Ella se lo había dado cuidadosamente doblado y luego, mientras él lo extendía, desapareció.

«Si quieres vivir una aventura, llámame».

A continuación un número de teléfono.

Tomó el móvil con la mirada puesta en la caligrafía de trazos largos, sin acabar de decidirse. Finalmente llamó a Marco.

.......................
 

Su amigo le aguardaba en el bar de costumbre, con gesto impaciente. Jamás sería puntual.

Le explicó la situación. Marco se burló, quería saber a qué venían tantas dudas.

  —Seguro estaba aburrida y quiso echarse unas risas a mi costa o iba tan colocada que ya ni se acordará —respondió.

  —Aún cuando sea una tarada que te ha visto por ahí y tiene un altar con tu foto y cabezas de bichos muertos, puedes sacar beneficio. ¿No dices que te falta inspiración? —Mucho más decidido, Marco le arrebató el teléfono y marcó el número.

Alguien descolgó al otro lado pero no emitía sonido alguno.

  —¿Hola? —Miró la pantalla para asegurarse de que no habían colgado—. Me diste tu número la otra noche y pensé qu...

  —No es cierto —interrumpió una voz femenina—. Se lo di a tu amigo.

  —¿Cómo sabes...?

  —No importa —continuó ella—. ¿Los dos queréis jugar?

Wilson le indicó que activase el manos libres.

   —¿Qué clase de juego?

  —¡Hola, Wil! ¿No vas a saludarme?

  —¿Qué clase de juego? —repitió este, un tanto confuso.

  —Uno divertido. Si os interesa, pasaos luego. Ya sabes donde encontrarme.

 

Colgó. Los dos se miraron. A Wilson le dolía la cabeza, se debatía entre la curiosidad y su sentido común. Pidió un whisky, luego otro, y al cabo de una hora se encontraba mucho mejor. Marco, que no probaba el alcohol, llevaba un buen rato exponiendo teorías y cada vez se le notaba más excitado. Wilson acabó por contagiarse de su euforia. Tras remolonear por un par de antros más, llegaron al sitio acordado.

Desde la barra, echaron un vistazo. El club, si se le podía llamar así, era más bien una gruta, una cámara de la que partían múltiples pasillos hacia otras estancias, a modo de ramificaciones excavadas en la roca viva. Algunas de esas estancias eran reservados y otras permanecían cerradas y solo se podía acceder a ellas con invitación. Mastodontes de más de dos metros se ocupaban de ello.

La música a todo volumen dificultaba una conversación, aunque a nadie parecía preocuparle; la gente se movía de forma grotesca, idiotizada por aquel frenético sonido. En el centro, una mujer de piel negra como el infierno se contorsionaba semidesnuda dentro de una jaula, con una enorme pitón albina enroscada a su cuerpo.

Marco miraba alrededor con ojos voraces. Wilson señaló uno de los reservados, quería conseguir un poco de yerba.

Estaban ya en la entrada, cuando alguien los agarró del hombro. Uno de los mastodontes los dejó frente a una puerta, una de las prohibidas, que se abría a otro pasillo. Y allí en medio, iluminada por la línea de luz púrpura que recorría todo el techo, la vieron.

Publicado la semana 19. 16/07/2020
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