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Indigo_Dolphins

Títere y titiritero

Había una caja de muñecas y en ella, Rachel era una muñeca más. Abría y cerraba los ojos, redondos vidrios marrones perfilados con lápiz negro. La boquita de fresa y la piel como cáscara de huevo. Exactamente igual a las trescientas diecisiete restantes. Le habían enseñado a caminar, a sonreír y a hablar correctamente, a entornar los ojos con la cadencia perfecta, a elegir las palabras o los silencios y adaptarlos a las preferencias de su interlocutor. Pero ya estaba harta.

Sacó un pie fuera. El suelo de silestone no tenía nada que ver con las mullidas alfombras en las que había vivido hasta ahora. Nada más sacar el otro, una sacudida y ¡voilà!, salió despedida y la tapa se cerró.

«Puedo hacerlo», se dijo. Echó a andar con decisión. Los tacones martilleaban en sus oídos y además le hacían daño, era la primera vez que lo notaba. Se los sacó y los arrojó lejos. Un sonido de vajilla rota le hizo estirar el cuello. Escuchó con atención. Nada.

Llegó a una habitación. ¡Todo era tan diferente a como se había imaginado!

El hombre sin cara, el del nombre impronunciable, el que les hablaba en sueños a ella y sus hermanas, estaba allí mismo, tan enorme que llegaba al techo. Sujetaba unos hilos en su mano izquierda, unos palos en la derecha.

—Acércate —le pidió—, ayúdame con esto.

Rachel agarró los hilos y tiró con fuerza. El hombre se encogió hasta alcanzar el tamaño de un hombre normal, un par de palmos más alto que ella. Ahora tenía ojos, nariz y boca; tampoco era como se había figurado. Le agradó. Se agradaron.

El hombre abrió una puerta. Era un pasadizo y se veía luz al final. Se tomaron de la mano y cerraron tras ellos.

 

Publicado la semana 18. 04/05/2020
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