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Indigo_Dolphins

El bobo de la picha grande

Fui un adolescente tardío, de esos niños que se demoran en la infancia, sumidos en sus juegos y fantasías, sin ganas de crecer y ser expulsados de su propio mundo, pero en cuanto sucedió, fue muy rápido. Salirme la nuez y empezar a brotar pelo donde antes no había, fueron los cambios previos a la irrupción de chicas en mi cama. O a invitaciones a las suyas. 

Y luego, en apenas un par de años, el cambio definitivo. La pubertad más corta de la historia. Mi madre decía que enseguida tuve apariencia de adulto. Y es cierto, aparecieron algunas arrugas, las entradas y cierta corpulencia, pero en esencia, mi aspecto era el mismo el día de mi muerte que cuando tenía veinte años. Y mi estupidez también; solo había aprendido algunos trucos.

 

Muchos me los enseñaron mujeres maduras a las que le gustaba que pareciese un hombre pero con el vigor y la inmadurez propias de mi edad. Era manejable. Puede sonar a resentimiento y aunque es cierto que me sentí utilizado, con los años acabé viéndolo como una transacción. Ellas obtenían lo que fuera que quisieran y yo ganaba experiencia. No protestaba, me limitaba a hacer lo que me pedían. Cuando se cansaban, me dejaban y aparecía otra. A veces se me pasaban entre grupos de amigas. "El bobo de la picha grande" escuché, una vez, como una se refería a mí por teléfono. Me hice el sordo.

Por aquel entonces ya me había largado de casa y vivía en Londres. El chico de pueblo sobreviviendo en la gran ciudad. No todas me trataron como un pedazo de carne. Algunas me apoyaron cuando lo necesité, algunas incluso me amaron.

Amy.

Nos enamoramos.

Ella vivía en Dublín pero estaba en Londres por trabajo. Al mes de conocerla dejé mi agujero de 400₤ para vivir con ella en su apartamento de Ganton Street, cruce con Carnaby. Aún puedo oler las gardenias de las ventanas. Hacíamos el amor junto a ellas (por aquel entonces yo siempre hacía el amor), tumbados en una manta. Iba a buscarla al trabajo, paseábamos por las calles del Soho, comíamos uvas sentados en la hierba,  frente a la estatua de Peter Pan, alegoría de nuestra situación. Por las noches ella me acompañaba al pub donde servía cerveza hasta las dos de la madrugada. Se sentaba en una esquina de la barra y esperaba hasta que acababa mi turno, viendo como tenía que bregar con tipos con ganas de bronca, chicas con ganas de sexo, borrachos con ganas de otra copa, fracasados con ganas de llorar. Me decía que merecía otra cosa Yo me conformaba con merecerla a ella. Y fue ella la que me convenció para que volviese a estudiar. Ese había sido el objetivo inicial cuando me marché a Londres, estudiar Economía, aunque no llegué ni a matricularme.

Amy me hizo ver que servía para algo más que fregar vasos y servir alcohol. O acostarme con mujeres. Así que le hice caso. Iba a clase por la mañana, amaba a Amy por la tarde, ponía copas hasta las dos, seguía amando a Amy hasta el día siguiente.

Pasaron los meses, pasó un año. Eramos felices. Y entonces el bombazo.

Amy volvía a Dublín, con su marido.

Estaba casada y jamás sospeché nada. Ni siquiera cuando se iba unos días a casa a ver a su familia, claro que yo pensaba en otro tipo de familia. Dijo que nos quería a los dos. En aquel momento no pude creerla. Sabía que me quería, hay ciertas cosas que no pueden fingirse, pero pensé que era una cobarde. En mi mente, su marido era un tipo gris que no sabía valorarla y ella estaba atada a los convencionalismos. La odié por ello, lo que me facilitó las cosas para seguir adelante. La rabia me dio alas, volví a tirarme a quién se me puso a tiro pero ahora las reglas las marcaba yo.

Pero algo quedó. Amy era demasiado buena como para diluirse en la memoria sin dejar rastro. Acabé mis estudios a pesar de que habría sido fácil encabronarse y mandarlo todo a la mierda. Y con el paso del tiempo, la felicidad con ella formó parte de mis recuerdos. Nunca me mintió, solo guardó silencio sobre una parte de si misma, como hacemos todos.

La ví una vez más. Yo estaba en Dublín por trabajo y por supuesto fantaseé con encontrarla. Saboreaba una Guinness bajo la sombrilla de una terraza y ella pasó cogida de la mano de un tipo con pinta agradable. Uno de esos tipos de mediana edad que aparecen en los anuncios de seguros, saludable, feliz, un tipo con pinta de buen tipo. El tipo que una buena mujer no dejaría de querer a pesar de tener una aventura con un joven ingenuo e impetuoso.

Nos reconocimos al momento. No puedo decir que el tiempo no había pasado por ella; claro que había pasado. Mucho. Pero estaba más hermosa que nunca, señal de que era feliz.

Nos saludamos con la mano, con una mezcla de nostalgia y agradecimiento y se fundió con su marido entre el gentío.

Era maravillosa esta facilidad mía para volver a cruzarme con mujeres significativas en mi vida, como la oportunidad de cerrar el libro para siempre. Me pregunto si podré reencontrarme con la dulce flor y como será ese encuentro.

Publicado la semana 16. 20/04/2020
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