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Ignacievij

S.A.P. La Raíz del Árbol: 6-7

6. Roma.

 

Roma, Italia, 27 de julio de 1915.

Invadida por dudas e incertidumbre; temerosa, pero con paso seguro y cubierta con una capucha de color rojo que le cubre desde su frente hasta sus tobillos, Rosa camina por el pasillo iluminado por grandes antorchas que parecen inextinguibles. Ese mismo camino empedrado con tintes medievales, adornado con estatuas de gran magnitud, parece interminable; pero Rosa, con un nudo en su garganta y el corazón palpitando velozmente, lo recorre hasta llegar al final. Ahí, estando a los pies de una gran puerta de madera gruesa y reforzada, Rosa vuelca su mirada a la izquierda, observando lo que solía ser un gran negro perro disecado, tan grande que podría ser un lobo, y tan ferozmente imponente que, si estuviera vivo, le podría arrancar el brazo de una sola mordida. Rosa lo observa detenidamente, tal vez asegurándose de que no esté vivo, y cuando llega a ver la base en donde el trofeo se encuentra, puede leer una placa con el nombre de la bestia inscrito: Fenrir.

            –¡ADELANTE! –se deja escuchar una voz, imponte como la apariencia del perro, proveniente del otro lado de la puerta.

Sin vacilar un instante, la joven valenciana empuja la puerta, que, a pesar de su gran tamaño, cede ante su fuerza. Ya en el interior, Rosa continua con su paso firme hasta llegar al centro de la habitación, justo donde se encuentra grabado en piedra una cruz cobijada por un gran dragón rodeado en llamas, teniendo sobre sí un pequeño estrado. La luz en ese lugar es escasa, teniendo sólo un candelabro en el centro del techo, justo encima del mueble de madera, dejando limitada la visión del recinto, que, más que una clásica habitación cuadrada, parecer ser una cúpula redonda sin ventanas.

Rosa se acomoda en el estrado sin problema alguno, y discretamente eleva su mirada a lo que está enfrente de ella: una gran mesa, como las que se usan en los jurados; y en esa mesa alta hay trece personas: seis de un lado, seis en el otro lado y una en medio, todos cubiertos por capuchas negras. Ocultando su temor, Rosa baja su mirada una vez más, percatándose de que, justo frente a ella y a pocos metros de donde se encuentra, hay una pequeña silla, en donde está sentado una persona, a la que la luz del candelabro sólo le ilumina su calzado negro brilloso y su pantalón gris.

            –¡ROSA ROJAS DE VALENCIA! –una vez más la voz se deja escuchar, proveniente del individuo que está sentado en medio de la gran mesa, por lo que la joven de mejillas coloradas levanta su mirada para verlo– ¡DADNOS UNA RAZON PARA DEJARTE SEGUIR VIVIENDO!

Sus ojos de color avellana se dilatan; por su garganta se desliza un poco de saliva para de inmediato soltar su respuesta sin miedo, pero sin la intención de ser convincente:

            –Todas mis razones para vivir se han extinguido; soy una huérfana, cuya única familia murió, y viviendo en las calles conocí un poco sobre la maldad de este mundo: hambre, frío y, sobre todo, el desprecio de otras personas por mi condición –la voz de Rosa tiembla un poco antes de continuar–. Pero, hubo una persona que me rescató de esa crueldad, y me enseñó que soy especial por mi propia maldición y que, si no tengo motivos para vivir, debo encontrar una razón para morir, así que… ¡Dadme una razón para morir!

La voz de Rosa deja soltar un último alarido que retumba en el lugar, haciendo que los individuos del estrado volteen a verse los unos a los otros, sin decir palabra alguna. Finalmente, el juez principal se dirige nuevamente a Rosa, viendo sus humedecidos ojos:

            –¡Rosa Rojas de Valencia! ¡Se te encuentra culpable de atraer fantasmas, posesión de espíritus y brujería, considerados como delitos graves contra la humanidad! ¡¿Cómo te declaras?!

            –Culpable –exclama Rosa con rabia en su rostro.

            –¡Si esa es tu apelación, entonces…!

Sin terminar de dar el veredicto, la persona que se encuentra sentada en la silla frente a ella se levanta, dirigiéndose lentamente a ella en lo que el tacón de su calzado hace eco en el ambiente. Apenas se acerca al estrado, Rosa se percata de que esa persona sostiene un ramo de rosas rojas, el cual se los entrega con su mano izquierda, mientras que, con la otra, sujeta la mano empalidecida de la adolescente, dejando una mirada de terror en sus ojos.

 

            –Rosa… Rosa –los fríos dedos de Peter agitan suavemente la mano derecha de Rosa, despertándola lentamente de su sueño–; el tren ya casi llega a la estación.

Rosa se encuentra con un Peter sonriente, inclinado mientras la sujeta de la mano vendada; por lo que, al percatarse de esto, Rosa retira su mano rápidamente hacia ella para cruzar sus brazos y desviar su mirada a la ventanilla derecha del vagón.

            –¿A dónde vamos a llegar? –le pregunta Rosa intentando no bostezar.

            –A Roma –le dice Peter sin perder la sonrisa de su rostro.

Rosa gira sus ojos hacia él por un segundo, retomando después su posición original para observar a la imponente cúpula de la Basílica de San Pedro a una distancia no muy lejana.

            –Entonces, ¿habrá una iniciación o algo así? –Rosa mantiene su semblante y Peter dirige su mirada al reflejo de su acompañante.

            –No será la gran cosa –divaga Peter antes de extraer el reloj de bolsillo de su chaleco café claro.

            –¿Y por qué estás vestido así? –Rosa cambia de posición para ver la indumentaria del alemán– Luces muy nervioso también…

            –Tengo que hacer unos reportes ante mi superior…

Peter resalta un poco su acento alemán en lo que abotona la parte superior de su camisa, ocultando dentro de la prenda un pequeño collar con un anillo plateado colgando de este.

Rosa se percata de que Peter intentó ocultar el collar sin éxito, así que baja su mirada y se levanta de su asiento; pero antes de que se retire, Peter la detiene suavemente del brazo, dándola una caja blanca y mediana:

            –Ten; es un regalo –Rosa toma la caja sin decir palabra alguna, intentando desviar la mirada sobre el hombro del galeno.

            –Es extraño… –Peter regresa su mano para abotonar su camisa, distrayéndose al escuchar el comentario de Rosa– Ya casi es mediodía y no apestas a cigarro.

Una mueca de indiferencia se dibuja en la mejilla de Peter por un instante, procediendo a sacar un peine de su maleta y echarse su cabello hacia atrás con este.

A los pocos minutos regresa Rosa a la cabina del tren, luciendo un sombrero de ala ancha de color blanco adornado con una flor azul que combina con unos guantes blancos con detalles de encaje y su vestido azul marino con estampado de diversas flores.

            –¿Estás seguro de que no es algún evento especial o algo así? –le reprocha Rosa al mismo tiempo que su rostro se torna rojo.

            –Ja –responde Peter mientras guarda su cigarrera café en la maleta.

 

            –Pensaba que bromabas cuando decías que no era algo en serio; pero la verdad, esto no me lo esperaba… –se expresa Rosa al ver que el lugar a donde Peter la lleva es un corto pasillo iluminado por unos focos alargados y con un escritorio sencillo casi al final en donde se encuentra una persona haciendo anotaciones– En serio; que yo pensé que iríamos a la capilla grande de allá o a alguno otro lado más tenebroso.

Peter interrumpe las interpretaciones que hace Rosa colocando su mano sobre la espalda de la joven y haciéndola caminar hasta el escritorio.

            –Ayúdame con esto… –Peter le entrega un gran contenedor circular que bien podría medir la misma altitud de Rosa, sino es que más.

            –¿Pero que no es esta la…?

            –Buongiorno.

Peter se dirige en italiano al sonriente clérigo detrás del escritorio, cuya su apariencia andrógina, junto con sus pequeños lentes rectangulares, le causa confusión a Rosa.

            –Buongiorno, Frate –le responde la sonriente persona detrás del escritorio con una voz melodiosa–. El prefecto lo espera.

            –¿Y usted es…?

Rosa no termina de preguntar cuando Peter le da una pequeña palmada en su cabeza, indicándole que tiene que entrar en la oficina.

Ya dentro del lugar, un cuarto sencillo iluminado por luz eléctrica y tapizado con anaqueles repletos de libros casi despedazados los recibe otro clérigo sin despegar la mirada del libro que analiza con una lupa y con sus pequeños lentes ovalados:

            –Llegas tarde –reprocha el hombre de fe con voz gruesa–; tenías que estar aquí hace cuatro días.

            –Me equivoque de tren –Peter se acerca al escritorio colocando una cajetilla de cigarros sobre este.

            –¿Van a una boda o algo así? –les pregunta el clérigo tras levantar su vista del libro.

            –Yo…no… este…

Peter busca las palabras para justificarse haciendo un ademan con la mano, pero se resigna tras recibir la indicación de sentarse en la única silla disponible frente al escritorio, con Rosa en su lado derecho sosteniendo el contenedor.

            –Basta de charlas… –el párroco aparta el libro del escritorio y levanta sus dedos medio, anular y meñique de su mano derecha– Peter Alexander Gest de Aachen, siervo de Su Santidad y miembro honorario de la Sezione di Affari Paranormale; le retiro cualquier pecado cometido en su travesía para que pueda proceder con su reporte.

            –¿Y qué hay de ella? –Peter señala a Rosa con su barbilla.

            –¡Ah! Sí… ¿Cómo se llama?

            –Rosa Rojas de Valencia.

            –Muy bien; Rosa Rojas de Valencia… –el clérigo vuelve a levantar su mano con el mismo gesto– lo mismo para ti. Ahora, empezamos con lo sucedido en España; ya que el padre Bernal me reportó que hicieron un desastre allá.

Peter coloca su pierna izquierda sobre su rodilla derecha en un afán de mantenerse cómodo; mientras que Rosa se muestra inquieta al entender el nombre de su país en italiano.

            –Pues… empezando por lo de la casa de Tócame Roque… ella lo hizo –Peter señala a Rosa con su pulgar derecho–. Al principio pensé que era el niño de la familia, pero sólo estaba estresado por los eventos…

            –¿Ella entiende italiano? –lo interrumpe su superior señalándola, a lo que Peter le responde de manera negativa meneando su cabeza– Hablemos español entonces.

            –Como decía, todo indicaba que era un caso de Poltergeist causado por el hijo de la familia, pero resulta que ella era la responsable –continua Peter en español–. De acuerdo con los eventos que le tocó vivir y por su edad, ella desarrolló esa habilidad.

El clérigo se retira sus diminutos anteojos para limpiarlos, a la par que exhala su intriga:

            –¿Quanto forte è lei?

            –Ancora non lo so –responde Peter ante la preocupación de su superior.

            –Hablaremos de eso después… –añade el clérigo disimulando su preocupación– Continuemos con lo sucedido en Tolosa. ¿Qué pasó exactamente?

            –La casa estaba infestada de espíritus malignos, los cuales Rosita exorcizó. Dejamos a unos cuantos ahí; entre ellos uno que parecía ser el fantasma de un caballero templario y…

            –¡¿Dejaron a unos cuantos?!

            –Eran de color azul –responde Peter ante la sorpresa del párroco.

            –En ese caso, está bien –la respuesta del hombre de fe deja con duda a Rosa, quien intenta comentar algo, pero termina guardándoselo–. Según el reporte del padre Garder, también hubo un encuentro con dos vampiros. ¿Hiciste el rito cómo se debía?

            –Era sólo uno –Peter se levanta de la silla y le indica a Rosa que se siente–; el otro estaba en proceso de vampirización, y con respecto a Garder… Él lo sabía, y no sólo eso, los encubrió todo el tiempo.

            –Entonces le agradará saber que fue enviado al frente –el sacerdote le entrega una hoja a Peter, cuyo rostro muestra indicios de culpabilidad tras leerla–. ¿Algo adicional?

            –Sí. Al parecer la vampira fue convertida por Gusztáv Berencsi…

Peter extrae de su maleta la carta que era para Marianne y la extiende a su superior, haciendo que este coloque una mano sobre su frente en señal de preocupación.

            –Sé lo que me vas a pedir…

            –Eugenio… –Peter espera un poco de comprensión por parte de su jefe.

            –No puedo permitirte que involucres tus asuntos personales con tu profesión. Además, estamos en plena guerra. ¡Será difícil dar con él!

            –Esto ya no es personal… –Peter habla enfadado, colocando sus manos sobre la silla donde Rosa está sentada– Ese maldito loco está vampirizando gente al azar y uno de sus secuaces intentó matarnos.

            –¡¿Qué?! ¿Cómo? –exclama el padre Eugenio sorprendido.

            –Después de que salimos de Triosa fuimos atacados por hadas del bosque…

            –Las hadas de bosque no atacan al hombre –Eugenio señala un libro en su escritorio–. Además, déjale esos asuntos a la Sezione di Affari Mitologico.

            –Espera… ¿Todavía existe esa sección? –Peter muestra una expresión de incredulidad al hacer la pregunta, mientras Eugenio encoge sus hombros.

            –Eso no importa; continua…

            –Bueno. Después de eso, yo… –Peter se lleva las manos a su boca y mira al techo intentando buscar las palabras correctas.

            –En Génova nos enfrentamos a lo que creemos era una bruja, quien parece que secuestró al hijo de una familia italiana en Francia –el silencio del tenso ambiente es quebrantado por Rosa al dar su versión de los hechos.

            –Rosa, no tienes que hacerlo… –Peter intenta interrumpirla al ver como los recuerdos la obligan a contenerse de romper en llanto.

            –Yo intente detenerla; pero me atacó. Me clavo a un árbol con esta espada… –Rosa señala el contenedor largo colocado en su regazo, al mismo tiempo que en su rostro se refleja impotencia y culpabilidad– y luego, lo degolló frente a mí, en ese símbolo maldito… y cuando Peter la enfrentó, casi lo mata…

Eugenio se quita nuevamente sus anteojos de su delgado rostro, agachando su mirada; lo mismo hace Peter, pero intentando consolar a Rosa tomándola por los hombros, a lo que ella reacciona con un simple movimiento corporal como rechazo.

            –¿Una bruja? –se deja escuchar una voz femenina en un rincón de la oficina, sorprendiendo a Peter y a Rosa.

            –¡Um Himmels Willen! –grita sorprendido Peter tras percatarse de que en la habitación había alguien más– ¿Cuánto tiempo llevas ahí, Romina?

            –Desde que llegaron –responde la mujer de vestido negro con un marcado acento eslavo, mientras abre la cajetilla para extraer un cigarro– ¿Puedo?

            –Adelante… –le responde Peter al mismo tiempo que busca su encendedor.

            –No te molestes –Romina le muestra a Peter su encendedor en lo que se acerca con un cantoneo de caderas hasta la silla donde esta Rosa, inclinándose a la altura de su rostro–. Y dime, Rosita… Esa mujer, ¿era una bruja como yo?

Rosa se levanta abruptamente de la silla, la cual hace flotar junto al contenedor que contiene la espada y los apunta en su dirección, dispuesta a atacarla si es necesario.

            –¡No! –Peter extiende su mano para poner las cosas que flotan en el suelo.

            –Rosa, ella es Romina; nuestra mejor agente en esta sección –Eugenio no muestra sorpresa ante los eventos ocurridos, dando a entender que para él ya es costumbre.

            –¿Mejor agente? –Peter voltea a ver a su superior, mostrándole una ceja levantada.

            –No deja casas sin exorcizar y ha matado más vampiros que tú, entre otros…

            –No quiero que empecemos con el pie izquierdo. Permíteme presentarme –Romina le extiende su mano a Rosa, quien aún luce intranquila, pero por cortesía, la saluda–. Yo soy Romina. También soy una bruja, y el primero amor de este tudesco.

            –Segundo primer amor… –Peter trata de evitar ver a Romina a los ojos, pero Romina le planta una bofetada con encendedor en mano, haciendo que Peter retroceda adolorido.

Colocando sus manos sobre sus caderas ataviadas por su ajustado vestido negro y en su boca un cigarro apagado, Romina vuelve a inclinarse para ver más de cerca a Rosa, secándole una lágrima que corría por su mejilla rosada:

            –Además, yo también perdí a mis padres a muy temprana edad –Rosa voltea a ver a la mujer que le acaricia el rostro, viendo en ella una expresión de compasión y entendimiento.

            –Dejando de lado la fraternización… –interrumpe Eugenio después de toser– ¿Podrías seguir con eso de que los intentó matar una bruja?

Peter toma el cilindro alargado del suelo para abrirlo, desenvainando una larga espada con una ligera curvatura y con inscritos rúnicos en la afilada hoja plateada. Dicho filo sale de una guarda con forma de un dragón con la boca abierta, mientras que la empuñadura termina con un pequeño círculo con una cruz patada en su interior.

            –Es una szabla –Peter mira detenidamente la empuñadura del arma–; me gustaría bendecirla.

Sin decir alguna palabra, Eugenio se levanta de su silla para dirigirse a la salida de la oficina, obligando a que los demás en el cuarto lo sigan apenas este les hace una indicación con la mano.

            –¿A dónde vamos? –la curiosidad de Rosa es silenciada por una sonrisa amable por parte de Romina, acariciándole una vez más su cabellera rubia oscura.

 

Situada al final de la Via Giulia, formada por una serie de edificios de cinco plantas, yace la infame iglesia de Santa Maria dell’Orazione e Morte, que, aunque parezca una sencilla iglesia con tintes renacentistas, las esculturas cadavéricas que reciben a la puerta principal de la construcción dan aires de tenebrosidad a cualquiera que preste atención a esos detalles.

            –Hace mucho tiempo que no venía a este lugar –exclama Peter observando la puerta principal de la iglesia–; y todavía me da escalofríos entrar aquí.

Sus blancos dedos desnudan su corbata, quitándosela para poder desabotonar la parte superior de su camisa, dejando a la vista, el collar con el anillo colgante.

            –¿También lo quieres bendecir? –pregunta Eugenio al ver a Peter quitarse el collar.

            –Sí –Peter da un paso para entrar a la iglesia, seguido por Eugenio y Romina, percatándose de que Rosa se queda recargada en la columna de la entrada–. ¿No vienes?

            –No me gustan las iglesias –Rosa desvía su mirada evitando el contacto visual.

            –Yo me quedare con ella –exclama Romina quien sujeta levemente a la joven.

Peter no hace nada más que entrar al recinto, cuyo aspecto tétrico es todavía mayor por la infinidad de esculturas y pinturas que usan a la muerte de modelo, siendo su fachada adornada de varios cráneos alados lo que le da ese toque espectral que hiele la sangre.

            –Así que, Rosita… –Romina enciende el cigarro que mantenía guardando sobre su oreja izquierda– ¿Cómo te ha parecido la compañía de ese alemán amargado?

Rosa desvía su mirada al suelo, mientras que en su boca se dibuja una mueca de desagrado.

            –¿Pasa algo? –Romina se inclina un poco para ver a Rosa de cerca, recibiendo un movimiento de cabeza como respuesta– ¿Te hizo algo?

Los ojos avellana de la valenciana miran hacia arriba, encontrándose a los ojos castaños de Romina, que ahora dan indicios de preocupación.

En una de las esquinas del viejo templo yace una fuente con agua bendita, teniendo en su parte superior la estatua de un esqueleto que pareciera que fuese uno de verdad, uno de algún pobre desafortunado que pudo haber sido emparedado para darle ese toque artístico majestuoso.

Eugenio le señala a Peter la fuente, indicándole que tiene que sumergir la espada como pueda en el agua bendita; y al momento de hacerlo, ambos observan como la espada sumergida burbujea como si la fuente estuviera sobre alguna brasa.

            –Ahora el anillo.

Peter sumerge la pieza en la fuente, pero apenas este es cubierto de agua, el líquido empieza a burbujear desenfrenadamente, causando un gran asombro tanto en Peter como en Eugenio.

            –¡Se evaporó! –exclama Eugenio tras ver como la pileta quedó totalmente seca.

Aún con su rostro reflejando sorpresa, Peter toma el anillo, llevándoselo a su dedo anular izquierdo.

            –Creo que con eso basta –dicho esto, Peter sale de la iglesia, seguido por su superior.

            –¡¿A quién le quitaste ese anillo?!

            –Era de la bruja que enfrentamos en…

La explicación de Peter se ve interrumpida por un fuerte golpe en la boca apenas este pone un pie en la calle.

            –¡¿Qué carajos te sucede?!

            –¡Eres un imbécil! –le grita Romina, cuyo puño ensangrentado enfatiza su expresión de repudio– ¡Rosa me ha dicho todo! ¡TODO!

Limpiándose la sangre de su boca, Peter voltea a ver a Rosa, la cual se esconde tras Romina, quien le propina otro golpe que logra esquivar, por lo que Romina se aleja un poco de él.

            –¿Qué te dijo exactamente?

            –¡¿Cómo pudiste dejarla desangrarse hasta casi morir mientras tu abrazabas a tu noviecita moribunda?! –Romina le suelta otro golpe que Peter desvía con su mano izquierda, permitiendo que Romina logre ver el anillo en su dedo– ¡Y encima le quitaste el anillo y ahora lo usas aquí! ¡Maldito descarado!

            –¿Es cierto eso, frate Gest? –le pregunta Eugenio, poniendo orden a la tensa situación.

Peter lo confirma con su mirada de culpabilidad, mientras que Eugenio tome un poco de aire.

            –No sé qué decirte –Eugenio acomoda sus lentes de tal manera que su solideo escarlata no se caiga de su cabeza–; quizás deberías tomarte unas vacaciones…

Peter voltea a verlo incrédulo, dejando de lado el hecho que su labio aún sangra. Por otra parte, Romina voltea con Rosa, inclinándose para abrazarla.

            –Usted no… –las palabras de Peter son interrumpidas por la mano de su superior.

            –Yo le recomendaría ir a Zúrich o Liechtenstein; quizás ahí encuentres respuestas sobre el paradero de Berencsi. Mientras tanto, Signorina Romina, usted tendrá que ir a Berna a atender otro caso.

El rostro de Peter irradia felicidad al escuchar la sugerencia de su superior, volteando a ver a Rosa para compartir su alegría:

            –¿Escuchaste eso, Rosa? ¡Iremos a Suiza!

Rosa se acerca a Peter tomándolo del brazo, pero este la toma ambas manos mientras sonríe triunfante, gesto que Rosa le regresa con simpatía:

            –Iré a Suiza… pero quiero ir con Romina…

La sonrisa del alemán se desvanece de su rostro, así como sus manos son dejadas vacías al aire; observando a Rosa regresar con Romina, quien la abraza de manera protectora, sin dejar de mirar a Peter con desprecio.

 

 

7. El hombre que vendió al mundo.

 

Ochsenkopf, frontera entre Liechtenstein y Austria, 1 de agosto de 1915.

“Tienes que buscar a un tipo en Liechtenstein”, las palabras de Eugenio rebotan en la mente de Peter, quien a duras penas puede caminar sobre el lodo provocado por las lluvias de julio. “Le perdimos la pista hace un tiempo, pero no te será difícil encontrarlo”. Peter se detiene por un momento para descansar bajo un pino, teniendo de frente a la vereda formada por las montañas cubiertas de nieve. “No te identifiques como italiano ante él; podría matarte. Lo conocemos con el alias de ‘Krampus’”.

Entre la cúspide de las grandes montañas alpinas, el sol se esconde lentamente, dando paso a la infinita noche que se aproxima. Al notar esto, Peter les quita el lodo a sus botas antes de emprender su marcha colina arriba, disfrutando con esmero el paisaje, hasta que un aullido a lo lejos le borra la cara de felicidad.

La noche se hace presente más temprano de lo esperado y Peter, con su equipaje sobre la espalda, corre a toda prisa, adentrándose en el bosque donde los árboles son tan estrechos que difícilmente permiten que él pase entre ellos. El aullido se deja escuchar una vez más, dando indicios de que su proximidad es inevitable; por lo que Peter intenta controlar su ya agitada respiración.

Cegado por la oscuridad de la noche y la copa de los delgados pinos, el alemán emprende nuevamente su marcha, deteniéndose a ratos para confirmar si es perseguido o no. En su afán de no ser atacado por los animales salvajes del bosque, Peter da una vez más a la vereda, con la esperanza de encontrar alguna villa cerca, o, ya de perdido alguna cabaña solitaria. A lo lejos, se logran visualizar un par de luces, dándole un poco de alivio; hasta que esa sensación se desvanece tras escuchar un intenso jadeo a sus espaldas.

Decidido a no morir sin luchar, Peter acerca su mano lo más rápido que puede dentro de su saco marrón en donde guarda su revólver; pero la bestia es mucho más rápida, y de una sola zarpada con su garra lo avienta contra un árbol, destruyendo su equipaje en el acto. Todavía consciente, el galeno logra incorporarse sobre su espalda, introduciendo su mano en el saco, mientras observa a un gran lobo gris acercarse a él, dispuesto a devorarlo, hasta que repentinamente, Peter cae inconsciente frente a él.

“Otra cosa, hay rumores de que hay un hombre-lobo en los bosques de Ochsenkopf, así que no andes por ahí después de que anochezca”.

 

Recostado sobre el suelo, con su cabeza apoyada en el árbol y con sus ropas cubiertas de sangre, Peter vuelve en sí en un instante, siendo la primera imagen en ver la cara del lobo con su boca abierta y sus ojos completamente negros, asustando al confuso alemán:

            –¡Vaya! Pensé que te habías muerto del miedo…

Peter observa por unos segundos el rostro del lobo, dándose cuenta de que este ya no tiene vida, y que la voz que acaba de escuchar es la de un nativo de la región que sostiene la cabeza, que después deja caer al suelo lodoso.

Peter ladea su cuello levemente a la izquierda para vomitar, mientras que el extraño se le acerca con la intención de levantarlo:

            –¿Defecaste en tus pantalones? –el nativo hace una mueca de disgusto, a lo que Peter intenta articular su respuesta, pero las heridas internas no lo dejan– Bueno, si estuviera en tu posición creo que también se me hubiera salido.

            –Muchas gracias… –exclama Peter tartamudeando tras ponerse de pie.

            –No te preocupes…

El forajido se lleva la mano al bolsillo de su pantalón para extraer la mitad de una salchicha Kochwurst, la cual sumerge en la sangre que brota de la profunda herida mortal de la bestia, generándole algo de asco a Peter.

            –¿Y tu rifle? –le pregunta Peter después de mirar que el nativo no tiene arma alguna.

            –¿Cuál rifle? –responde este sin dejar de mirar a la bestia y mastica la salchicha.

            –O el arma con el que lo mataste… –Peter se detiene tras percatarse de que la mano que sostiene la salchicha está completamente embarrada de sangre.

Al no recibir respuesta, la mirada del alemán se queda sobre el cadáver del licántropo, el cual empieza a reducirse, cayéndose todo el pelo en el proceso, dejando al descubierto el cuerpo de un hombre de mediana edad con la cabeza casi despegada del cuello, colgando de unas cuantas fibras de carne.

            –Pobre diablo –el forajido despedaza la cabeza del muerto con la fiereza de su pie izquierdo, haciendo que Peter se lleve las manos a su boca.

            –¿Por qué le hiciste eso?

            –No te preocupes, se lo comerán los lobos; los de verdad –dice el tipo al devorar el ultimo pedazo de la salchicha, haciendo otra mueca de disgusto–. En serio necesitas un baño, tu peste es asquerosa. Ven, te podrás bañar en mi cabaña. A propósito, mi nombre es Hugo, Hugo Kramer.

            –Alexander Schulz –Peter le responde el saludo a Hugo, estrechándole su mano ensangrentada.

            –Eres alemán, supongo. ¿Hamburgo?

            –¿Cómo lo supo?

            –Tu acento –le responde Hugo mientras se encaminan a la cabaña que se visualiza a escasos metros del lugar–; suenas a bajo alemán.

 

Berna, Suiza, 2 de agosto de 1915.

Un denso vapor escapa de las llantas metálicas de la máquina del tren, dando por sentado que el viaje ha terminado; por lo que los pasajeros empiezan a bajar ordenadamente de los vagones hasta las plataformas de salida, todos con equipaje en mano. De entre la multitud, dos mujeres jóvenes se abren paso fuera de su vagón, usando sus pequeñas maletas como escudo para empujar “accidentalmente” a los demás pasajeros.

            –…y así es cómo aprendí español –le dice Romina a Rosa tras bajar del vagón y dirigirse a una banca metálica cercana, en donde pone su maleta café.

            –Así que esto es Berna –exclama Rosa al apreciar la sencilla, pero elegante estructura de la estación trenes.

            –Sí –Romina estira su delgada silueta corporal cubierta por un vestido negro que le llega hasta debajo de las rodillas, y al que le hace juego un sombrero de ala ancha azul y unas zapatillas del mismo color–. A propósito, hablas alemán, ¿cierto?

            –Pensé que tu hablabas alemán –Rosa le dirige una mirada de confusión a Romina, a quien se le escapa una pequeña sonrisa bromista.

            –La verdad es que no mucho –la sonrisa de Romina no se desvanece–. Será mejor que compremos diccionarios, y ropa nueva para ti.

            –¿Qué tiene de malo mi vestido? –Rosa baja su cabeza mirando su maltratada vestimenta rosada.

Romina se inclina un poco ante Rosa, a quien mira fijamente sin quebrar el contacto visual, poniendo las manos sobre los hombros de su acompañante:

            –Ya eres una señorita –la sonrisa de confianza femenina sigue en las mejillas de Romina–; debes vestirte de acuerdo con tu edad, para que resaltes tu belleza.

Sin decir más, Romina toma de la mano a Rosa para dirigirse a una de las boutiques de la estación, mientras que en su rostro se dibuja una mueca de felicidad.

 

Afuera de la modesta cabaña adornada con un pequeño establo en donde gallinas y cabras habitan por igual, y teniendo en la parte trasera un pequeño pero útil establo, se encuentra Hugo alimentando a sus gallinas, para después agarrar del tendedero un pantalón gris azulado y una camisa blanca algo desgastada, adentrándose a su cabaña al poco tiempo.

            –Te presto esta ropa en lo que limpias la tuya; espero te quede –Hugo le extiende las prendas a Peter, quien abre levemente la puerta del baño para recibirlas.

Tras entregar la indumentaria, Hugo se acerca a la cocina metálica al otro extremo de la cabaña, retirando de esta una jarra de metal que contiene agua hirviendo. Peter sale del baño secándose su cabello observando a Hugo tomar de un estante de madera una taza de barro:

            –¿Café? –Hugo levanta la jarra de metal con un trapo húmedo.

            –¿Tendrás jugo de naranja? –responde Peter intentado no ser tan exigente, por lo que Hugo señala a la cocina un pequeño costal rojo de donde sobresalen un par de cítricos.

            –Sírvete tú mismo.

Peter toma tres de las naranjas, partiéndolas a la mitad con un cuchillo largo de mango negro, y exprimiéndolas sobre un vaso corto de cristal.

            –Así que dime, Alexander… ¿Desertaste o estas huyendo del reclutamiento?

Con una gran confusión, Peter dirige su mirada a su anfitrión, quien le da la espalda tras sentarse en una silla del pequeño comedor para beber su café con un pedazo de pan.

            –Desertor… –Peter se acerca a la otra silla del comedor de frente a Hugo.

            –Yo también –responde Hugo estirándose sobre su silla–. No vale la pena morir en una trinchera por unos ancianos que compiten por ver quien la tiene más larga.

Peter entiende la referencia. Sabe que, a pesar de que la guerra apenas lleva un año, es un evento innecesario que le cuesta la vida a los que van al frente sin entender las razones.

            –¿No estaban buenas las naranjas? –Hugo observa como su inquilino se queda mirando fijamente el vaso con jugo, por lo que Peter reacciona mirándolo a los ojos, unos ojos negros como los suyos, respondiendo con un largo trago, acabándose el zumo– ¿Y tienes un plan de lo que vas a hacer ahora?

            –No tengo idea… –la atención de Peter se desvía hacia afuera de la cabaña al escuchar el sonido del motor de un vehículo apagarse cerca del granero.

            –Quizás me puedas ayudar aquí…

Hugo le dirige una mueca de confianza a Peter, levantándose de su silla para salir de la cabaña a la par que acomoda los tirantes que sujetan su pantalón gris sobre su camisa blanca.

            –¡Bienvenido, coronel! –Hugo se dirige al oficial que baja de la cabina del camión, mientras que una docena de soldados baja de la parte trasera del vehículo, todos vestidos con uniformes del mismo color que el del pantalón de Peter– No lo esperaba tan temprano.

            –Te dije que llegaría ayer; pero los italianos volvieron a atacar Soča y tuvimos contratiempos –exclama con un marcado acento vienés el oficial de mediana edad, poseedor de un bigote estilo imperial.

            –En ese caso, no hay problema. Acompáñenme –Hugo hace una señal con su mano a un par de soldados, así mismo se dirige a Peter con otra señal, encaminándolos al granjero.

            –¿Son austrohúngaros? –susurra Peter sorprendido, mientras que su paso se empareja al de Hugo antes de entrar al granero.

            –¿Eso importa? –Hugo, con una disimulada sonrisa en su rostro, les indica a los soldados que remuevan la paja del suelo, dejando al descubierto un compartimiento secreto el cual es abierto– Ayúdame a sacar estas cajas.

Todavía confundido, Peter ayuda a su anfitrión a levantar las pesadas cajas de madera de casi medio metro de longitud, siendo él quien las recibe y las pone a los pies de los soldados, quienes las acercan a la entrada del granero. De otro compartimiento del escondite, que más bien parece un sótano, Hugo extrae otras cajas más pequeñas a las anteriores, sumando un total de seis cajas grandes y veinte pequeñas.

Otro par de soldados se acercan a la entrada del granero, acarreando los contenedores de madera en el camión. Hugo y Peter salen del escondite, cubriéndolo nuevamente, para después encontrarse otra vez con el oficial de más alto rango, quien los recibe entregando a Hugo unas cuantas bolsas pequeñas de contenido pesado.

            –Como lo acordamos –menciona el oficial de curiosos bigote, a lo que Hugo responde encogiéndose de hombros y reflejando una expresión de cinismo.

De repente, una de las cajas largas cae del camión, producto del descuido de uno de los soldados que la subía, rompiéndose al caer, dejando al descubierto su misterioso contenido: una veintena de rifles de cerrojo Gewehr 98 de fabricación alemana.

            –Pero ¿qué diablos? ¡Recojan las armas de inmediato! –ordena el iracundo oficial, por lo que el soldado responsable baja del camión para levantar el resultado de su descuido, desmayándose en el acto.

Uno de los soldados alcanza a detener la caída de su compañero y Peter corre hacia él también, viendo si hay alguna manera en la que puede ayudar.

            –¿Estás bien…? –la sorpresa invade a Peter una vez más al percatarse de la palidez del soldado que apenas se recupera del desmayo.

            –Estoy bien, gracias –responde el uniformado en un alemán roto.

Peter se inclina ante el soldado para inspeccionarlo, descubriendo que las venas azules del militar están demasiado marcadas, así como su piel se ve completamente reseca como papel.

            –¿Cuándo fue la última vez que bebiste sangre?

            –¿Nunca…?

Una mirada inquietante se refleja en el soldado, mientras que Peter intenta disimular su preocupación tras saber que el oficial y Hugo se acercan hasta donde ambos se encuentran.

            –Este soldado tiene fatiga, señor.

            –¿Eres médico, muchacho?

            –Sí, lo soy; mejor dicho, lo era, en Alemania –Peter se levanta para hablar de frente con el coronel.

            –No nos vendría mal un médico en mi batallón –el oficial deja soltar una sonrisa bajo su bigote retorcido.

            –Mi primo está de visita, Binder –Hugo coloca su mano sobre el hombro del oficial.

            –Yo pensaría que es un desertor; así como tú comprenderás, pero bueno. Entonces es fatiga, ¿verdad, muchacho?

            –Sí –Peter mantiene una pose de atención tipo militar.

            –En ese caso…

El coronel Binder extrae su pistola de la funda de bolsillo y le dispara al soldado justo en la frente, en ese espacio que separa a los ojos; por lo que la perforación de la bala realiza un estruendo de hueso perforado, haciendo que la sangre salpique ensuciando el entorno:

            –Tener fatiga es igual a cobardía, caballero.

            –Iré por la pala –contesta Peter, ocultando dentro de sí un poco de tranquilidad.

            –Mejor ve por la carreta –la indiferencia de Hugo opaca la frialdad del oficial Binder–. Lo enterraremos en otro lado.

 

La noche cae sobre la calle Junkerngasse, calle formada por una serie consecutiva de casas de cinco pisos, que, aunque carezcan de espacio entre ellas, aún conservan su estilo medieval renovado con arquitectura del siglo XVIII, resaltando la belleza de la vieja ciudad en el corazón de Berna. Dentro de una de esas casas, en el inmueble 54, se escuchan las pisadas y gritos que van de arriba abajo, como si se tratase de un juego de carreras en las escaleras:

            –¡Rosa! ¡Volvió a subir! –grita Romina con claras señales de desesperación, mientras Rosa le responde con fastidio y cansancio.

            –¡Ya voy!

Rosa va escalera arriba, con la intención de llegar a la tercera planta del angosto edificio, pasando a lado de los que parecen son los dueños de la casa: una mujer en sus cincuentas, algo regordeta, quien llora cubriendo el rostro con sus lágrimas, y un señor algo delgado, con una nariz aguileña y manos delgadas, las cuales tiene sobre los hombros de su esposa sentada.

            –¡Rosa!

            –¡¿Qué?! –la joven española se asoma por el andén de la escalera mirando abajo, respondiendo a regañadientes.

            –¡No es un fantasma! –responde Romina desde el primero piso.

            –¡¿Qué?!

El grito de Rosa se ve opacado al ver la presencia del pálido espectro que se manifiesta en frente de ella, flotando en espacio de las escaleras donde segundos antes ella se había asomado para responder. Desesperada e irritada por la intensa persecución, Rosa intenta atrapar a ese ser tomándolo de las piernas con sus manos, por lo que las transparentes proximidades se desvanecen, dejando escapar un espeluznante grito que se esparce por toda la casa. Tras escuchar esto, Romina sube a toda prisa hasta donde se encuentra su compañera, acabándose su aliento apenas llega al tercer piso:

            –¿Esa cosa gritó? –Romina se apoya sobre sus rodillas mientras jadea tomando aire.

            –Sí; pero el grito no venía de él, sino del quinto piso –Rosa, manteniendo la calma, voltea a ver el techo, por lo que Romina se dispone a subir.

El grito no sólo atrae la atención de las viajantes, sino que también la de los propietarios, obligando a que estos se asomen de un cuarto del segundo piso, mirando hacia arriba.

            –Herr und Dame Muff –Romina invita a subir a los dueños con su escaso alemán.

Apenas llega al último piso, Rosa recarga su oído derecho sobre la puerta de uno de los cuartos; por otra parte, Romina recibe a los dueños del inmueble en el último escalón, mientras que de su bolsa extrae un pequeño diccionario del que toma unas palabras:

            –¿Ist jemand hinten da?

            –¿Herr Yoder? –exclama la señora Muff asustada–. Ich habe ihm in Tage gesehen.

            –Dicen que…

            –Dicen que hace días que no ha visto al señor Yoder –interrumpe Rosa a Romina, mientras que desenfunda una navaja oculta en su calceta–. ¿Tienes alguna estaca contigo?

Romina le muestra a Rosa sus uñas, las cuales están cubiertas por lo que parecen ser cuchillas metálicas, para después indicarle a Rosa que se aleje de la puerta, abriéndola con una patada.

La luz solar que entra por una pequeña ventana del pasillo se filtra dentro de la oscura habitación, dando directamente sobre la pequeña cama de metal en el que yace un bulto grande de sabanas:

            –¿Qué es esa peste? –Rosa cubre su nariz con su mano.

            –Creo que es eso… –Romina señala los cadáveres putrefactos de unos cuantos gatos esparcidos por la habitación en lo que también cubre sus fosas nasales.

Los propietarios del lugar se quedan afuera, asustados, algo comprensible al no estar familiarizado con este tipo de incidentes. Por otra parte, Romina y Rosa se acercan a la cama en donde el bulto se encuentra, señalándose mutuamente con sus barbillas una indicación para remover las sábanas que lo cubren. De repente, ese bulto se mueve, forzándolas a retroceder manteniéndose alertas en caso de que algo inesperado suceda.

            –¡Tun Sie mir nicht! –ruega una voz masculina proveniente desde debajo de la gruesa cobija, a la para que asoma sus manos lentamente– Bitte… bitte.

Con paso lento, Romina destapa al individuo de la cama, quien se abalanza rápidamente sobre Rosa, tumbándola para escapar por la puerta, pero los rayos del sol lo detienen, quemando parte de su blanco rostro al mismo tiempo que agoniza. Romina se le acerca lo más rápido que puede y le propina una patada en la espalda baja, llegando a hacer un crujido que le causa más dolor, arrodillándolo y quemándose aún más por la exposición a la luz del día. En un acto de misericordia, Romina lo arrastra al interior de la habitación, no sin antes golpearlo fuertemente en el estómago con la rodilla izquierda.

            –¿Wer bist du? ¿Sprechen Sie ein anderes Sprachen? –Romina lo interroga con su limitado conocimiento de la lengua germánica.

            –¡Nein, nein! –exclama ese individuo, abriendo sus ojos a duras penas, reflejando una confusión al percatarse de su interrogadora– ¿Du bist nicht Peter Gest?

Romina y Rosa quedan confundidas al escuchar al monstruoso sujeto pálido.

            –¿Qué tienes que ver con Peter? –Rosa lo golpea en la frente con el mango del cuchillo en un intento de obtener respuestas o borrarle la descarada sonrisa a su detenido.

            –Es tut mir leid, Damen; sondern folge ich nur Aufträge

El sometido empuja brutalmente a Romina lanzándola al piso para escapar rompiendo la pequeña ventana del pasillo, dando como resultado que los reflejos solares le quemen el cuerpo, quedando mal herido con erupciones de quemaduras en toda su piel.

La señora Muff deja escapar un grito de terror y asco al presenciar la horrible escena, estando a escasos metros de quien se cree era su inquilino; mientras que su esposo la aleja, conduciéndola escaleras abajo. Por su parte, Rosa ayuda a Romina a levantarse, para después tomar la sabana y colocarla sobre el agonizante ser quemado. El viento producido por el movimiento de la cobija esparce por el piso de madera las cartas de una mesa cercana, detalle que Rosa percata; por lo que decide recogerlos, leyendo las direcciones escritas en estos:

            –Romina, mira; esta carta tiene el nombre del señor que Peter anda buscando.

Romina toma la carta sellada que le extiende Rosa para leer el remitente, reflejando una gran sorpresa en su rostro.

            –Tenemos que irnos… –comenta Romina resaltando su acentuación eslava y tomando de la muñeca a Rosa.

            –¿Qué sucede? –Rosa intenta no caerse al ser casi arrastrada escalera abajo– ¿Qué va a pasar con el señor de la cobija?

            –Eso no importa…

            –¿Qué les decimos a los señores Muff?

Romina se detiene al pasar junto a ellos sin siquiera soltar la muñeca de Rosa.

            –Rufen Sie den Priest an –les dice Romina sin detenerse hasta llegar al primero piso que da a la calle.

            –¿Qué sucede? ¿Por qué pones esa cara? Me estás lastimando…

Romina no responde ninguna de las preguntas de Rosa; tan sólo se dedica a observar la calle hasta detectar un carruaje estacionado.

            –Ese tipo, Berencsi… Está tratando de matar a Peter

La breve explicación de Romina paraliza a Rosa de tal manera que ni se da cuenta cuando le suelta la muñeca para acercarse al conductor del carruaje, dirigiéndole unas cuantas palabras en alemán, sólo para que este le menee la cabeza de manera negativa. Tras esto, Romina lo jala de uno de sus tirantes del pantalón, tumbándolo al suelo para montarse a conducir el carruaje:

            –¿Qué esperas? ¡Sube!

Rosa la obedece de inmediato, dando un salto no humano para incorporarse a lado de Romina, quien maneja el carruaje de tal manera que gira hacia la derecha, alejándose de la casa donde estaban con dirección a la estación de trenes.

            –¿A dónde vamos?

            –A un lugar llamado Malbun.

Romina le entrega dos cartas a Rosa evitando distraerse al conducir a alta velocidad, causando un alboroto entre otros carruajes y vehículos de automotor.

            –Ese tal Berencsi le mandó una carta al tipo de la casa de los Muff hace una semana… –Rosa examina las cartas intentando que no se vuelen con el viento, así como aferrándose sobre el asiento del conductor– y este señor, Yoder, le iba a mandar esta carta a Hugo Kramer.

El semblante de Romina se muestra serio, así como sus dientes rechinan los unos contra los otros.

Publicado la semana 9. 24/02/2020
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