08
Ignacievij

Beat, Beat, Sexy Kiss.

Decir que me siento más que motivado es poco a comparación con lo que realmente siento. Es decir, se mantener mi postura y hasta disimulo cuando algo me emociona… ¿Pero esto? ¿Un seminario por parte del mismísimo obispo Balmes? ¡Esto es más que fascinante!

 

Desde que inicié mi vida en el sacerdocio, hace como diez años, escuché maravillas sobre él: que su voz era tan gentil y confortante como la de un sabio y que su carisma sobresalía con su afeitada cabeza, pero, sobre todo, que sus diálogos y compartimiento de fe eran equiparables a las de un mesías, y sin final de blasfemar, claro está.

 

Y finalmente estoy aquí, en esta humilde parroquia de este casi despoblado pueblo mágico; entusiasmado por escuchar por primera vez sus experiencias con sus homólogos irlandeses. No sé ni siquiera en donde sentarme: si al frente para apreciar cada palabra suya o en medio, para no parecer un admirador a simple vista.

 

Finalmente, mi respuesta se contesta sola al reconocer entre los pocos sacerdotes al padre Rodrigo, un personaje un tanto peculiar ya que, a pesar de llevarme un par de años, actúa como si fuera un cardenal del Vaticano; es decir, es muy conservador y refinado. Pero, aun así, es un hombre muy llamativo: su barba tupida y bien cuidada le permite disimular las entradas en su cabellera que relame con algún gel que le da un toque algo seductor, y espero por los cielos que mis comentarios internos no sean mal interpretados.

 

Y ahí está, sin perder tiempo o sin presentaciones especiales o retardos innecesarios, el obispo Balmes, saliendo de un sencillo compartimiento cerca del altar principal, sonriéndonos a cada uno de nosotros al momento de hacer contacto visual.

 

Para ser una persona de alta jerarquía, el obispo, mi ejemplo a seguir, es muy directo: hace una presentación sencilla, una broma inocente que suelta más de una carcajada y comienza a relatar su intercambio de diálogos con sus equivalentes en Dublín con esa voz tan fina, tan hermosa e hipnotizante.

 

Tan sólo ha habido una voz tan más hermosa y seductora previamente a la de él, y es la de la que fue mi primero ejemplo a seguir años atrás, hace casi una decena; cuando era un joven no estúpido pero muy ingenuo, tímido y torpe social, que vivía con el conflicto si estudiar medicina como lo dicta la tradición familiar o filosofía, mi verdadera pasión.

 

Entre tantas dudas me encontré con un par de viejos amigos de un trabajo al que había renunciado hace poco… ¡Oh, qué bello recuerdo! ¡Qué voz tan cautivadora! En fin, esos amigos, que curiosamente ya estaban cursando la carrera de filosofía, y yo decidimos ir al centro histórico de esta urbe industrial, un lugar tranquilo con muy poco bullicio vehicular.

 

Recuerdo bien que el Flaco, un tipo con una abundante melena rizada, se ofreció a ayudar a un par de jovencitas que tenían complicaciones al cargar unas bocinas y las piezas separadas de una batería de marca costosa.

 

            –¡Eh! ¡Vengan! Dicen que si les ayudamos a subir rápido al piso de arriba nos pichan los tragos –nos dijo el Flaco al Mechas y a mí, obedeciendo casi al instante.

            –Oye, pero este lugar no es para conciertos… –les dije al percatarme que el edificio era de un restaurant ya cerrado a esas horas, muy temprano para ser las 4:00 p.m.

            –Este toquín va a ser la mamada –me respondió una de las chavas que cargaba un tambor guardado en su funda–. Es más, si todo sale como lo planeamos capaz y nos los venimos llevando a otros eventos.

 

Nuestra sorpresa no fue de esperarse, así que de inmediato subimos todo lo que se necesitaba hasta el techo de aquella antigua casa colonial con distintas renovaciones, en donde nos esperaban otras dos mujeres y un chavo de apariencia ruda, pero que después de saludarnos, se veía tan amigable como un chihuahueño.

 

            –¡Ah, no mames! –exclamé lo más calmado que pude al reconocer quienes eran esas personas, en especial a la mujer de cabello corto y algo gordita– ¡Ustedes son Rage on Hish! La banda que les decía, chavos. Disculpen mi actitud de quinceañera chiflada, pero la verdad, esto es la más pinche genial que me ha pasado: ustedes son mi banda favorita desde que empezó la segunda oleada.

 

Dani, la vocalista de la banda, la gordita de pelo mal cortado y de lentes oscuros, a la que ya le había hecho más de una reverencia, me dedicó una sonrisa a medias, mientras que, viendo que el resto del equipo terminaba de preparar la instrumentación, me mira de reojo antes de poder decirme algo:

            –Te ves simpático, morro. ¿Te consideras un buen presentador? –en las manos de Dani, logre ver que tenía un micrófono en forma de diadema que golpeteaba con la palma de sus manos.

            –Pues sí, sí… –tartamudee un poco, lo que causó otra mueca en forma de sonrisa en la cara de Dani.

            –Pues ya estuvieras… –Dani me aventó ese micrófono, para después señalarme por el barandal de cemento a toda la gente que se encaminaba a los bares cercanos, casi todos de mí misma edad– Estas bocinas son las más potentes y claras que se pueden conseguir en el país, úsalas para juntarnos esa gente allá abajo y que todos se pongan a bailar y cantar como locos a mitad de la calle.

 

Lo único que hice en ese momento fue aclarar mi garganta y, con la mejor voz lo suficientemente digna como para hacer los honores a la bandera en un lunes por la mañana, comencé con mi presentación:

            –Damas, caballeros; su atención por favor…

            –¡Oye! ¡Muestra más entusiasmo y menos formalidad! –me gritó Dani algo sobresaltada– ¡No es una fiesta de graduación!

 

En ese instante lo único que pude hacer, influenciado por la seguridad de Dani, fue arrugar mi rostro, apretar mi mandíbula y dejar que el resto saliera de mis pulmones por sí sólo:

            –¡A ver, pinches rancheros! ¡Para los que no pudieron ir al festival del mes pasado! ¡Aquí esta… RAGE ON HISH!

 

De repente, la potente voz divina de Dani hizo un fuerte estruendo que duro varios segundos y que opacaba a los mismos riffs de las guitarras. Yo por supuesto, ya sabía cuál era la canción con la que iban a empezar, así que decidí asomarme por el balcón y, sin pena alguna, volví a presentar la canción con el grito más auténtico que pude hacer:

            –¡BEAT, BEAT, SEXY KISS!

 

Como si fuera una ola de mar, las chicas en la calle gritaron emocionadas y no las podía culpar: esa canción era el himno femenino por excelencia, es decir, ¿quién no amaría una canción que hable sobre cómo sobrevivir en una sociedad tan podrida como la nuestra y explicada con la voz divina de Dani? ¡Imposible!

 

Conforme la canción tomaba su curso, los ecos de las muchachas no se hacían esperar, algunas de ellas inclusive comenzaron a golpearse entre ellas contra sus brazos cerrados poseídas por la euforia, mientras que los tipos, los chicos rudos o simplemente idiotas, se hacían a los lados confundidos por tanta emoción.

 

Pasaron como dos horas en lo que ese éxtasis se fue incrementando de tal manera que la avenida principal próxima se saturó de tanta gente que inclusive comenzaron a embriagarse en ese lugar, y, mientras la última canción que Dani cantaba, una balada triste de una persona que perdió a su madre y le dedicaba cada triunfo personal, una sensación dentro de mi comenzó a cambiar, y como una señal en el cielo, provocada por las sirenas de una patrulla que resplandecían la oxidada cruz de una catedral cercana, decidí irme de ahí, satisfecho de haber hecho un no sé qué, que me llenó de satisfacción.

 

Lo último que vi antes de bajar por una pared de otro local fue el rostro confundido de Dani quien no entendía mi decisión pero que no le impidió terminar esa balada de más de seis minutos y que todavía se escuchaba apenas llegué a una esquina despoblada en la que abordé el camión que me dejaría cerca de mi casa.

 

De ahí en adelante, no volví a ver al Flaco ni al Mechas, y con respecto a la banda, perdí el gusto cuando comenzaron a hacer música más radical que caía en lo morbo y grotesco, justo al mismo tiempo que decidí unirme al seminario de sacerdocio.

 

Salgo de mi trance emocional apenas me doy cuenta de que el obispo Balmes terminó su plática y se dedicaba a contestar preguntas que le hacían, claramente distraído por el repentino sonido de una turba que se hacía más notorio ante las proximidades de la pequeña parroquia, hasta que las puertas de este recinto se abren abruptamente por una comitiva que nos gritaban blasfemias y otros tantos llenaron el lúgubre lugar con color variados y llamativos impregnados en telas de distintos tamaños:

            –¡Alto, alto! ¿Qué sucede aquí? –fueron las palabas que dije con mi voz ronca pero firmemente autoritaria– Podemos dialogar de lo que quieran, pero por favor, no hagan sus desmanes aquí.

            –Queremos oírlo a él –un tipo de barba larga y descuidada me hace frente, intimidándome internamente con su atuendo de pechera de piel negra–. ¡Vamos, si nos vas a traicionar, al menos se tú mismo una vez más!

Unos murmullos inentendibles se logran escuchar por parte de los seminaristas, hasta que un tipo, algo obeso y vestido de luchador se acerca al altar mayor con una guitarra eléctrica y un amplificador mediano.

            –Jóvenes, no sé de lo que hablan… –dice el obispo Balmes con voz temblorosa pero llamativa–. Les pido por favor que, si quieren escuchar algo de mí, tomen asiento ordenadamente.

 

Como si fuera una orden, gran parte de la turba se acomoda en donde puede con total organización, ¡Inclusive los pasillos se llenan de gente sentada! Pero la situación cambia con cada riff que el hombre vestido de luchador realiza como un reto en contra del obispo Balmes.

            –Jóvenes, desconozco que tienen en mente hacer, pero sólo quiero dejar algo en claro –sin razón aparente, el obispo arruga desde su mentón hasta su frente rapada–: ¡Esto es BEAT, BEAT, SEXY KISS!

 

La multitud en la capilla se llena de júbilo al escuchar al obispo iniciando con su peculiar voz, disponiéndose también a rasgar su humilde sotana negra, dejando al descubierto su velludo torso y espalda que sobresalen con los movimientos que hace sobre el escenario improvisado a la par que su canción aumenta los ánimos de los visitantes y ahuyenta entre murmullos y coraje a mis compañeros seminaristas, incluyendo a Rodrigo, quedándome tan sólo yo al final disfrutando internamente esta fantasía que no esperaba vivir.

 

Mientras la canción llega a su clímax, el resto de las prendas del obispo Balmes, o Dani, como quieran llamarlo, terminan cayendo sobre las escaleras del altar. Quizás quedarse desnudo a propósito fue su intención o quizás fue poseído por esa misma euforia que se siente en el recinto, pero lo que sí es seguro es que al ver su figura desnuda y redonda, cubierta de vellos de pieza a nuca, pero peculiarmente, percatarme de su ausencia de miembro viril, me dio una tranquilidad interna que no se compara como la primera vez de hace diez años, hasta que al darme cuenta de tan vil sacrilegio, decido partir de ahí pidiendo permiso a los individuos que bailan y se besan, no sin antes hacer un último contacto visual con Dani, quien me guiñe el ojo antes de darme un saludo de despedida.

Publicado la semana 8. 17/02/2020
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