07
Ignacievij

Manos confiables.

El anillo que sostiene una llave con hendidura negra se balancea en el dedo de Ramiro como una distracción en lo que ve con desinterés el montículo de prendas tendidas sobre la cama de Abigail, mientras que esta sigue hurgando entre su closet por algo que parece no encontrar.

De la nada, y tras detener el movimiento de sus llaves, la atención de Ramiro se enfoca en los vestidos más elegantes recién arrojados sobre la cama de cobijas rosadas y esponjosas, sosteniendo un vestido largo y de apariencia tradicional y conservadora, de un color azul fuerte bajo un manto azul celeste, conjunto que luce algo desgastada por el paso del tiempo:

            –Y esto, ¿qué es? –Ramiro extrae una capota circular y blanca que yacía escondida en el interior del conjunto– No sabía que eras religiosa.

            –¡Uy, sí! ¿Acaso lo parezco? –Abigail le arrebata el conjunto a Ramiro con tintes bromistas, apreciándolo por un instante– Ha de ser el vestido de mi tía-abuela; a lo mejor mi mamá lo dejó en mi armario por lo mismo que es más grande que el de su cuarto.

            –¿Y si te lo pones? –Ramiro se le acerca con una disimulada picardía que disfraza de curiosidad– Total, es domingo; tenemos todo el día para ir al centro comercial.

Abigail le responde con una sonrisa animosa, atreviéndose a introducirse a su armario para vestirse sin ser visto por Ramiro.

            –¿Qué tal me veo? –el uso de esa prenda y verse reflejada con ella frente al espejo colgado en la puerta del armario, hacen que Abigail sienta un cambio interior que refleja con una mirada de pureza– Me siento como una monja.

            –La novicia rebelde, le dicen –Ramiro se le acerca con cautela colocando una mano sobre su rostro y la otra sobre su cintura, atrayéndola para darle un esporádico beso en la boca–. ¿Sabes? Siempre he querido hacerlo con una monja.

            –¡No digas eso! –Abigail finge su enfado golpeando el pecho de su novio– Mi tío es sacerdote y es incómodo mezclar esas dos cosas.

Apenas Abigail se retira de él para cambiarse, este la empuja entre risas sobre el montículo de prendas alborotadas, seguido de un continuo compartimiento de besos y caricias; hasta que este desliza su mano por el interior de las enaguas en búsqueda de la entrepierna de Abigail.

            –No, no hagas eso; sabes que no me siento lista –Abigail lo empuja para quitárselo de encima cordialmente, con cierto sentido de culpabilidad–. Ya habíamos quedado que no me presionarías.

Sintiéndose frustrado, Ramiro cae tendido al otro lado de la cama, mientras que Abigail se introduce nuevamente al closet para cambiarse, no logrando apreciar como su novio golpea en repetidas ocasiones las cobijas con su puño apretado.

            –¡Lo encontré! –grita con éxito Abigail en lo que se ata un sencillo pendiente dorado con una cruz de igual manera sencilla– ¿Me pasas ese suéter negro, por favor?

Ramiro obedece la indicación de inmediato, apreciando esta vez el simple atuendo de su novia: un pantalón de mezclilla que le llega hasta las rodillas con una blusa rosada con la imagen de un gato caricaturesco con orejas de conejo que hacen juego con su corte de fleco que cae sobre su frente.

            –Oye, ¿no quieres fumar un poco? –Ramiro extrae de su chaqueta de diferentes bolsas una pequeña pipa de madera, rellena con un poco de marihuana.

            –Sí; pero echas el humo por la ventana –una enorme sonrisa se dibuja en todo el angelical rostro de Abigail–. No quiero que toda mi ropa se apeste a mota.

Acto seguido, ambos jóvenes proceden a darse turnos para inhalar el humo de la pequeña pipa; hasta que Abigail deja escapar un gran tosido que le da a entender que fue suficiente para ella.

            –Ahorita que nos dé el bajón compramos algo en la tienda –le dice Ramiro al mismo tiempo que toma la mano de Abigail para salir de su cuarto–. Por hoy, te dejo conducir mi moto.

Un resplandor en la verdosa mirada de la joven sale a relucir esporádicamente:

            –Pero, si tú eres bien especial con tu moto; no dejas ni que tu hermano la toque. Además, ya casi me pega la mota.

            –Lo harás bien –Ramiro le guiñe el ojo y le apunta con su dedo índice para darle seguridad–; sólo se gentil con ella.

 

El rugido del motor se tarda en detenerse mientras que Abigail, temerosa con cada visto que hace sobre el espacio en el que se estaciona, esconde su nerviosismo bajo el casco cerrado de la motocicleta deportiva de color rojo con franjas blancas; colocando finalmente su pie como indicio del final del recorrido, a la par que Ramiro desciende de la parte de atrás, removiendo su sencillo casco abierto que guarda en un compartimiento acoplado:

            –No fuiste tan gentil como esperaba; pero al menos llegamos vivos –Ramiro disimula su enojo con una mueca animosa–. Para la otra, evita pasarte los semáforos en rojos. Está bien que sea medio rebelde, pero me costó esta belleza.

Abigail no dice nada; tan sólo se dedica a encadenar su casco al manubrio de la motocicleta para después guardar las llaves del vehículo en su pequeño bolso negro brilloso y aferrarse a la cintura de Ramiro para que ambos se encaminen al ascensor que lleva al centro comercial.

Ya en la parte superior, en los vastos corredores atascados de diferentes tiendas que ofrecen distintas mercancías, la joven pareja luce perdida entre los anuncios infinitos que cuelgan por todos lados, callados hasta que Ramiro rompe ese silencio con lentitud en su voz:

            –¿Ya te dio el munchies?

Abigail menea su mentón de arriba abajo sobre el brazo de Ramiro, con una mirada tierna que disimula la irritación de sus ojos.

            –Ven; vamos al Supero Ocho; me cubres en lo que yo agarro lo que pueda.

            –No; espera; traigo dinero –Abigail se sobresalta al escuchar la intención de su amante, en lo que hurga su pequeño bolso en búsqueda de efectivo–. No tenemos que bolsearnos nada, en especial aquí.

            –Tú guarda ese dinero para la gasolina de la moto –Ramiro jala la muñeca de Abigail sin intención de lastimarla, introduciéndola al establecimiento–. Ya sabes que hacer; yo me hago cargo del resto.

Acercándose a la caja registradora, Abigail se concentra en el estante de las cajetillas de cigarros de diferentes variedades, detectando como el encargado se ocupa de hacer el corte rutinario del efectivo de las últimas horas.

            –Ahorita te atiendo, amiga.

            –No te preocupes; ando buscando unos cigarros que casi ya no venden.

            –¿Los mentolados de diferentes sabores? –el cajero se apresura a detectar la marca solicitada, pero Abigail se da cuenta de que Ramiro no ha terminado con su acto ilícito.

            –Sí esos; pero no, mejor dame los de arriba, los de triple sabor. Son nuevos esos, ¿verdad? –a sabiendas de la corta distancia del cajero, Abigail hace lo posible para ganar tiempo, hasta que un discreto chasquido por parte de Ramiro le indica que terminó con su fechoría– O si no, ¿sabes qué? Dame esos, los primeros. Total, vicio es vicio.

La transacción económica surge rápidamente, a lo que Abigail, aún con nerviosismo, se apresura a salir del local, fingiendo no conocer a Ramiro, el cual sale un par de minutos después que ella, pero en su caso, encontrándose de frente con un guardia de seguridad corpulento, de mediana edad y de bigote recortado medio canoso como su corte militar.

            –Discúlpeme, don; casi lo tumbo.

            –Si tú lo dices, chavo –le responde el guardia con un sonido intimidante.

 

Encontrándose en un punto retirado del local, bajo una palmera artificial, Ramiro extrae de su chaqueta de amplias bolsas unas cuantas bolsas de frituras y panes endulzados, tendiéndolos descaradamente sobre el regazo de Abigail:

            –Nada más me faltó el refresco y el kit estaría completo –el cinismo de Ramiro obliga a que la preocupación de Abigail se desvanezca por un momento–. Me vio un guardia, pero no creo que nos empine; ya nos hubieran dicho algo.

El repentino comentario de Ramiro detiene la voracidad con la que Abigail consume sus donas endulzadas, decidiendo finalmente a terminar de comer con mayor rapidez.

            –Bueno, ya que terminemos esto; vamos a ver esas tiendas nuevas, se ven prometedoras –Ramiro se muestra más optimista ante Abigail–. Y si quieres algo pues te lo compro.

            –Sabes que no me gustan esas tiendas; son muy fresas.

            –Pero al menos vamos por esa área; me gusta usar los baños de ahí.

Mostrándose más relajada, Abigail termina de tirar las envolturas de los aperitivos robados en el bote de basura cercano, siendo esta vez ella la que jala la muñeca de Ramiro para partir en la dirección mencionada.

La tienda Mooshy & Monroy no es nada sencilla a la hora de ofrecer sus productos ostentosos de última moda, pero, aun así, mantiene un margen de accesibilidad a los clientes femeninos con sonidos de música ambiental amigable y con decenas de anuncios marcados con promociones variables en diferentes productos.

            –¡Que genial! Tiene de todo este lugar –exclama Abigail emocionada inspirada por el color rosado que decora casi todo el establecimiento–: desde las cosas de esta cantante hasta cosas de los cómics que te gustan.

La voz de Abigail se detiene apenas ve por el aparador un peluche similar al de su playera, pero cuyo precio no se ve convencerla de todo.

            –Está muy caro… –Abigail enchueca su boca como señal de duda– ¡Pero está muy hermoso!

            –Ni que lo digas; hay muchas cosas hermosas por aquí –la mirada de Ramiro se enfoca en los glúteos de unas cuantas jóvenes que pasan cerca de él, y que una de ellas le dirige una señal de coqueteo–. Todo bien acá, bonito y así. Oye amor, voy rápido al baño, ¿me esperas aquí?

La barbilla de Abigail confirma su consentimiento en lo que continúa revisando los artículos desde el exterior de la no tan abarrotada tienda, mientras que Ramiro, aprovechando la falta de usuarios en ese baño, extrae de su cartera con total rapidez una diminuta bolsa resellable, de la que inhala el polvo que tenía como contenido, acabándoselo con ambas fosas nasales.

            –Muy bien, campeón; hora de lucirte con las morritas –Ramiro se acerca al espejo del lavábamos para detectar el crecimiento de sus pupilas marrones–. Pues si no se hace con ella, pues a ver que agarro.

Antes de retirarse de ahí, Ramiro se acomoda su cabello hacia un lado con la poca agua que retienen sus manos; partiendo de inmediato del sanitario sin darse cuenta de que ha dejado atrás a lado del lavábamos a su sospechosa bolsita, no lo suficientemente pequeña como para ser detectada por el guardia canoso con el que ya se había encontrado antes, y quien a simple vista concluye sus sospechas.

            –Hola, amor, ¿por qué no entramos a la tienda? –le sugiere Ramiro disimulado su aceleración corporal– Estando aquí afuera parecemos jodidos.

Sin nada que decir, ambos deciden adentrarse al elegante local, siendo Ramiro lo suficientemente atento para percatarse del peluche que su novia tanto observaba.

            –Hola, bienvenidos –un guardia más joven que el interior y de fina piel morena los recibe con una amable sonrisa.

            –Gracias, chavo –Ramiro desvía su atención por los diferentes productos del negocio, mientras que con sus manos se presiona su cintura para calmar la sustancia que recorre por su cuerpo–. Oye amor, ¿te acuerdas del cómic que me dijiste? Pues ahí se ve un poster. Si quieres ve, yo voy a ver si hay un llavero nuevo para el de la moto.

Ni tarda ni perezosa, Abigail se encamina animosa casi dando brincos hasta la sección que Ramiro le menciona, en lo que este se aproxima a una encargada de la tienda, a quien, a base de coqueteos y piropos, le pide que le muestre el peluche del gato con orejas de conejo, dirigiéndose después a la caja registradora; todo esto sin darse cuenta que el guardia canoso se había aproximado al de la tienda, dándole indicaciones al oído del joven que acaba de entrar.

            –A tu novia le va a encantar ese regalo…

            –Hermana… ella es mi hermana –Ramiro improvisa una excusa repentina, sembrando la curiosidad de la rubia que lo atiende.

            –Pues si en ese caso, un chavo tan guapo como tú está soltero, no veo el inconveniente en darte mi número de teléfono.

            –¡Mira, amor! Me voy a comprar este tomo –la voz animosa de Abigail interrumpe el cortejo que Ramiro sostenía.

            –Así que tu hermana… –la encargada de blusa rosa mexicano se muestra totalmente indignada.

            –¿Pasa algo, Ramiro? –Abigail se niega a aceptar sus propias conclusiones.

            –Oye amigo, disculpa, ¿podrías venir un momento? –comenta disimuladamente el guardia de Mooshy & Monroy.

Sintiéndose totalmente acorralado, Ramiro empuja un estante con carteras sobre la encargada para casi al instante tomar todas las cosas que quepan en su mano; indicándole a Abigail que salgan por la puerta que da al estacionamiento superior, no sin antes pasar por la sección de vestidos entallados que le da un toque elitista al propio establecimiento.

            –¿Qué está, pasando Ramiro? ¿En qué pedo nos estamos metiendo?

            –¡Tú sólo corre y no preguntes pendejadas…!

            –¡Yo los rodeo por acá! –grita el guardia canoso en lo que corre tras ellos, creando una persecución que termina en Abigail derribar todo los estantes y maniquíes que le estorban.

            –¡¿Qué no puedes ser más rápida, pinche lenta?! –Ramiro logra llegar hasta la puerta que da al estacionamiento, pero el guardia de ese local lo alcanza primero.

            –Amigo; no lo hagas más difícil de lo que ya es… –el guardia le muestra las manos para que Ramiro no desconfié de él– La supervisora es buen pedo; te la puede dejar pasar.

En ese instante, Ramiro suelta todas las cosas que sostenía y le propina un fuerte golpe en el ojo al guardia de traje, casi derribándolo; escapando tan sólo con el peluche del gato con orejas de conejo por la puerta que da a la planta baja del estacionamiento, recordando también, que su motocicleta se encuentra en la parte inferior.

            –¡Mierda, chingada madre! –tras blasfemar un poco Ramiro ve a lo lejos como Abigail logra escapar tras dañar gran parte de las cosas más costosas– ¡Rápido, por las escaleras!

Abigail logra reconocer la indicación que su pareja le hace, pero se da cuenta muy tarde que el guardia de corte militar y canoso la logra alcanzar, sujetándola de los hombros para no lastimarla; en lo que ambos aprecian como el guardia del ojo dañado se le acerca con pose intimidante.

            –Yo te lo advertí, carnal; ahora suelta el muñeco y ponte de rodillas…

Ramiro obedece la indicación del vigilante, extendiéndole con cautela el peluche para que rápidamente, extraiga del bolsillo de su pantalón una navaja de bolsillo con la ataca al joven guardia; primero en la parte superior de su pulmón izquierdo, y luego en la parte baja de su cuello, tumbándolo sobre el suelo en ese instante.

            –¡NO! –grita con desesperación el guardia que retenía a Abigail, corriendo a toda prisa para alcanzar a Ramiro y derribarlo con su propio peso sobre la grava caliente del estacionamiento– ¡Pinche morro, loco! ¡Pasaste de ladrón a asesino!

Aun cuando Ramiro forcejea con el peso del guardia, este logra ver a Abigail llegar a la escena del ataque, totalmente paralizada al apreciar al encargado de seguridad tratar de cubrir sus heridas, haciendo un último contacto visual con el agonizante.

            –¡Mauro, chavo, no te mueras…! –el guardia que somete a Ramiro mira con miedo a Abigail, ignorando que detrás de ella, un túmulo de curiosos se les acerca.

Logrando ver que en la cintura del fornido guardia se encuentra un paralizador eléctrico, Abigail se lo arrebata rápidamente al ya de por si asustado sujeto, a la par que la joven se las ingenia para su funcionamiento y hace un último contacto visual con el corpulento vigilante.

            –Perdóname… Ramiro… perdóname… –antes de que pueda recibir una respuesta, Abigail ladea como puede al guardia, colocando sobre la nuca de su amante los alambres que liberan la carga de energía que al principio lo obliga a gritar, y después, un conjunto de sonidos inentendibles sale de su boca junto con su saliva– ¡Espóselo rápido y venga a ayudarme con este niño antes de que se nos muera!

            –¿Acaso eres paramédico o algo así? –le pregunta el guardia tras apretar las esposas que rodean las muñecas de Ramiro.

            –Soy estudiante de medicina –Abigail se reclina sobre el joven que aún agoniza, apresurando a remover el traje gris y la camisa ahora ensangrentada rompiéndola con toda la fuerza que puede–. Esta herida en el pulmón la puedo tratar yo, pero la del cuello no. Tiene que meter sus dedos y tapar el escape de sangre…

Antes de que pueda terminar, el corpulento guardia coloca su grueso pulgar sobre la herida, no sin antes remover un poco de la carne dañada.

            –Le hemorragia es controlable –la repentina acción del guardia de seguridad sorprende a Abigail, detalle que el sujeto se da cuenta–. Fui militar; este tipo de eventos son los más comunes cuando andas en la sierra.

Las luces de la ambulancia que se aproxima por la rampa son tan notorias como el sonido de la sirena de ese vehículo y el de una patrulla que le sigue, llegando ambos transportes hasta la escena del crimen, realizando las maniobras necesarias lo más pronto que les es posible, mientras que tanto Abigail, como el guardia de pelo canoso, se sientan sobre la orilla de una banqueta cercana, apreciando como el túmulo de gente se desvanece conforme el sol de medio día se esconde tras una larga estructura en construcción.

            –Cualquier cosa que te vayan a preguntar, diles que él te obligaba a robar y esas cosas –de uno de los bolsillos de su pantalón negro tipo militar, el guardia extrae una bolsa de frituras de queso enrolladas hasta la mitad, ofreciéndosela a Abigail–; de lo contrario, también terminaras en el bote como él. Ese chavo acaba de arruinar su vida. Le han de esperar como mínimo cinco años; pero no creo que dure mucho en el bote.

Abigail imita el mismo gesto que el guardia; sacando de una de las bolsas de su suéter negro de holgadas bolsas un refresco a medio tomar, el cual le ofrece a su ahora consejero y que le bebe tomando una distancia entre la boca de la botella y su bigote canoso.

            –¿Quiere un cigarro? –Abigail le extiende la cajetilla tras golpearla un par de veces y abrirla– Son de sabores, pero con el queso de sus fritos crearé un nuevo sabor.

En seguida, el guardia extrae su encendedor blanco, prendiendo primero el cigarro de Abigail y después el suyo, generando en unos segundos una ligera nube de humo pulmonar que disimula la sangre que manchan las manos de ambos interlocutores y de la mejilla derecha de Abigail.

            –Nomás dime, mija, ¿te dejo algo bueno ese chavo?

Abigail se mantiene en silencio, pensando en que responder al mismo tiempo que guarda sus cigarros en su bolsillo negro y brilloso, y de donde extrae las llaves de la motocicleta deportiva de Ramiro, las mismas que observa con una expresión producida por la mezcla de ironía y nerviosismo.

Publicado la semana 7. 10/02/2020
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