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Ignacievij

Sueño de una travesía.

Sueño de una travesía.

 

El simple desmantelamiento de las lonas polvorientas de aquel campamento improvisado acopladas a las izbás más lejanas de las que rodean a la capilla con terminaciones en cúpula sorprende a los locales que se concentran para despedir a un contingente, en especial a Mishka, quien, desde la pequeña ventana cuadrada de la segunda planta de su vivienda, muestra la ausencia de sus dientes frontales.

–¡Y yo que pensaban que eran de un circo! –Mishka baja del baúl de madera sobre el que se apoyaba, dirigiéndose al centro de la habitación– Entonces, ¿quieres pan con miel para el camino?

–No sé si debería; ya fue mucha amabilidad de tu parte al quedarme aquí –Sonja termina de abrocharse su zapatilla negra, distrayendo su atención sobre el libro que yace a un lado de ella en la cama.

–Te lo puedes llevar, si quieres –Mishka rasca su cabellera recortada mientras se coloca una larga camisa gris que le sirve de abrigo–. Es de historia de las Américas; quizás te ayude a entender más sobre esas tierras. Pero ven; le pediré a mi mamá algo para que te abrigues.

–Tu mamá y tú han sido muy gentiles conmigo –Sonja luce apenada, actitud que cambia apenas escucha su nombre en las lejanías–. Es mi tía; creo que ya está lista nuestra carreta.

–Ven. Conozco un camino rápido –Mishka dirige a Sonja escaleras abajo, no sin antes darle el primer abrigo que encuentra–. No se te olvide el libro.

 

La ligera capa de nieve se desvanece sobre el pasto con cada paso que Mishka y Sonja dan, siendo esta última más cautelosa con su camino en lo que su acompañante dice con lujo de detalle y movimientos de brazos resúmenes del libro que Sonja carga consigo, para de vez en cuando, golpear con sus dedos rosados la cerca hecha con delgadas ramas de alguna izbá vecina:

–Y te decía, nadie la quería por ser mujer; pensaban que era impúdico que viera cuerpos desnudos para estudiarlos –Mishka baja su mirada sobre el camino, evitando tropezar con una piedra grande–. No fue sino hasta que le escribió una carta al presidente y este le dio un permiso especial, convirtiéndose así en la primera mujer cirujana de su país. Pero lee el libro, ahí viene su foto; quizás y llegues a su país y también seas como ella.

–¿Una mujer médica? –exclama Sonja a sí misma con incredulidad– No lo creo, aunque si es algo que me gustaría; pero todo depende de mí comunidad.

Mishka se queda en silencio por un rato, observando el camino hasta detenerse tras una carreta muy desgastada, amarrada a un par de burros:

–Tú eres dueña de tu propia vida –Mishka retiene un poco de aire en sus mejillas antes de liberarlo, encarando a Sonja–. Yo pienso que serías una buena médica, no, doctora.

–¿Yo? ¿Doctora de mi comunidad? –los ojos profundamente azules de Sonja se iluminan con el halago, brillo que se desvanece al ver a su abuelo jalar la cuerda de los burros.

–Sonja, súbete a la carreta y ayúdale a tu abuelo con el otro animal –le dice su tía, una mujer delgada y con finos rasgos faciales, mientras le acerca su sombrero a su padre.

–Me tengo que ir. Adiós –Sonja entrelaza sus pequeñas manos con las de Mishka, besándose las mejillas mutuamente.

–Sí; hasta luego –exclama Mishka con inocencia, viendo como la carreta de Sonja es la última de la larga caravana.

 

A pesar de que la estepa también luce cubierta por la poca nieve de la noche previa, el plano camino principal se encuentra despejado, permitiéndole a los viajeros tener un paso calmado y sin contratiempos en sus respectivas carretas, lo que le permite a Sonja juguetear con las hojas del libro escrito en un idioma ajeno a ella:

–¿De qué trata? ¿Algo que nos vaya a servir?

–Es de datos curiosos de las Américas, papá Piet –le responde Sonja a su familiar sin despegarse del libro, deteniendo el tambaleo de sus pies en una página aleatoria–. Abuelo Piet, ¿a dónde vamos exactamente?

–Con Dios de nuestro lado, a San Francisco –el abuelo Piet esboza una sonrisa de entre su rubia, pero canosa y espesa barba–. Será un viaje largo. No pudimos haber elegido mejor fecha para partir. Siberia será muy amable con nosotros, mi niña.

Sonja asiente con su mirada volviéndola a las imágenes impregnadas en el libro:

–Papá Piet, ¿cree que allá pueda estudiar para ser doctora? –el abuelo de Sonja esboza otra sonrisa como respuesta.

–Mi niña, en un mes tendrás trece años; para ese entonces te tendremos que comprometer con alguien de la comunidad y después labraran las tierras y tendrán hijos. ¿Crees que habrá tiempo para estudiar cuando lo único que ocupas es leer y escribir? –el destino determinado por su abuelo fragmenta internamente las esperanzas de Sonja– Mejor ve atrás y traedme un poco de leche.

Con nata obediencia, Sonja se desliza hacia la parte interna de la carreta, derramando poca leche que le entrega su tía para llevársela a su abuelo y regresar con ella y con su libro de gruesa portada dejado abierto en alguna página marcada.

–Tía Joan, ¿cree que una mujer pueda ser médico? –la voz de Sonja apenas y es audible por el golpeteo de las llantas de madera con la grava del camino.

–De ser así aún tendría a mis dos hijos y a mi marido –la tía Joan luce quebrantada, pero disimula su actitud con una falsa sonrisa–. ¿A qué se debe tu pregunta, mi pequeña?

Sonja duda en responder, temerosa de más negatividad:

–A nada, solo curiosidad –en ese instante Sonja cierra su libro, no sin antes memorizar a susurros lo único que logra entender mientras mira el paraje desértico y blanquecino–. Matilde Montoya, Matilde Montoya, Matilde Montoya.

Publicado la semana 6. 03/02/2020
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Mecano , Relatos , En cualquier momento , Con miedo a perder lo que se tiene
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