05
Ignacievij

S.A.P. La Raíz del Árbol: 5

5. La leyenda del hada y el médico.

 

Lago de Osiglia, a 500 metros de Ronchi, Italia, 21 de julio de 1915.

El fuego danza suavemente en la chimenea de piedra, haciendo un chasqueo apenas se alimenta de la leña calcinada que lo produce, e iluminando la amplia sala de la cabaña en donde se encuentra Lucio limpiando las maletas ensuciadas de lodo, Rosa, quien le ayuda a Bertha a secarse su larga cabellera negra, y finalmente Peter, que junto al hombre de sombrero de paja y al joven de barba rojiza, miran por la ventana con dirección al lago.

            –No creo que hayan sido lobos –comenta con preocupación el tipo de sombrero–; ellos no andan por ahí en los árboles. Además, no se han escuchado aullidos.

Peter lo observa detenidamente con una expresión de seriedad en su rostro al ver el temor del señor que les acaba de dar asilo, volteando después a ver al joven de la barba.

            –Tiene razón, no lo eran –exclama Peter sacando del bolsillo izquierdo de su pantalón negro su cigarrera café –¿Puedo fumar aquí adentro?

El sujeto de cabeza afeitada le confirma que sí con una mueca de desinterés, por lo que Peter les extiende su cigarrera para que puedan tomar un cigarro cada uno.

            –Hay leyendas que dicen que los bosques de esta región están embrujados –dice el señor mientras se acerca a la llama del encendedor de su invitado germano–. A propósito, mi nombre es Ferruccio; él es mi hijo Marcello y con las damas y el niño, mi esposa Adalina.

Peter voltea a ver a la señora regordeta que asiste a Rosa y Bertha, acercándoles un poco de estofado.

            –No sé cómo agradecerle que nos haya ayudado –Peter exhala el humo del tabaco por sus fosas nasales.

            –No se preocupe, señor…

            –Yo soy Peter; ella es Bertha, Rosa y el pequeño es Lucio.

            –Este tabaco es muy bueno, ¿de dónde es? –pregunta Marcello mostrando confusión ante el sabor de su cigarro.

            –Es de México –responde Peter saboreando la bocanada de tabaco en sus labios–. Es más, tengan tres cajetillas en señal de agradecimiento. Un amigo me las manda desde allá.

Peter se acerca a su maleta de donde extrae tres cajetillas de cigarros, para después entregárselas a sus anfitriones, quienes cortésmente las reciben.

            –¿Gusta algo de tomar, Don Peter? –le pregunta Ferruccio quien camina hacia una mesa, de donde toma un plato para usarlo de cenicero improvisado.

            –¿Tendrá jugo de naranja? Si no es mucha la molestia –Peter intenta no ser exigente, por lo que Marcello se acerca a la cocina y trae una jarra con jugo que sirve en un vaso de barro.

Bertha, al ver el jugo, se acerca a su maleta carmesí enlodada de dónde saca un frasco de vidrio negro, acercándose después a la mesa donde se encuentra Peter con Ferruccio.

            –Es la medicina de Lucio –se excusa Bertha mientras toma otro vaso en el que sirve un poco de jugo de naranja con unas gotas del frasco oscuro, para después dirigirse a Lucio y darle el zumo, pero este intenta alejarse para no beberlo, sin éxito.

            –Y dígame, Don Ferruccio –prosigue Peter cruzando sus dedos sobre la mesa después de beber un gran sorbo de jugo–, ¿de que tratan esas historias?

            –Bueno –comienza Ferruccio aclarando su garganta–, se dice que en los bosques de Italia y Suiza abundan lo que son diferentes seres: hadas, duendes, elfos, entre otros. Muchos de ellos no suelen interactuar con el hombre, y si es que uno los llega a ver es por un descuido de ellos mismos.

Las palabras de Ferruccio captan la atención de todos los presentes, quienes lo miran atentamente mientras continúa:

            –Aunque se cree que en ocasiones algunos de esos seres ayudan a los humanos cuando están en peligro –los ojos verdes de Ferruccio se clavan en la mirada de Peter–. Aún así, no hay razón alguna del porque las hadas las atacaron. Según el folclore, ellas solo cuidan los bosques de los diferentes peligros que llegan.

            –¿Cuáles peligros? –pregunta Rosa intrigada ante la fábula de Ferruccio.

            –Brujas –le responde Adalina a Rosa.

            –¿Brujas? –tartamudea Bertha al decirlo.

            –Así es, brujas –continua Ferruccio–. Muchas de estas partes de Italia fueron azotadas por brujería; pero al menos en Triora se hizo público. Pero bueno, al final todo eso se queda olvidado en la historia, sobre todo con la guerra que acontece.

Peter se cruza de brazos al escuchar eso último, mientras que Lucio comienza a caerse dormido tras el efecto del medicamento que le dio Bertha.

            –¿Qué le diste a Lucio? –le pregunta Peter a Bertha, quien guarda el frasco en su maleta.

            –No lo sé en realidad, sus padres me dijeron que se lo diera cada doce horas –Bertha se lleva las manos a su rostro, en señal de alarma–. ¡Sus padres! Me dijeron que llegaban en unos días a Génova.

            –No te alteres –le dice Peter cruzando los dedos detrás de su nuca y estirándose–, llegaremos antes de lo previsto.

            –Necesitamos un caballo –responde Bertha mostrando indicios de ansiedad.

            –Mañana los puedo llevar a Altare, ahí pueden tomar un tren que los lleve a Savona –comenta Ferruccio para calmar los nervios de la joven suiza–. Por ahora será mejor que descansen.

 

El viento matutino sacude con gentileza las flores que rodean a la pequeña cabaña a orillas del camino. Todavía no ha salido el sol por completo y Ferruccio, ayudado por su hijo, preparan la larga carreta, amarrando dos caballos, uno gris y otro café con manchas blancas, para que puedan salir en cuestión de tiempo. Por otra parte, Rosa le pasa a Lucio las maletas que lograron salvar la noche previa, mientras que Peter y Bertha regresan con el resto del equipaje, subiéndolo de inmediato al carruaje de Ferruccio.

            –Llegaremos a Altare en más o menos una hora –les comenta Marcello a Peter y compañía–. Nosotros aprovecharemos para comprar unos víveres allá.

El sol avanza con rapidez por el cielo, tomando posición de acuerdo con el tiempo que transcurre; golpeado con sus rayos luminosos los rostros de los pasajeros de la carreta. Peter, al notar la incomodidad de los demás, decide ponerse hasta atrás de la carreta, sirviendo de esa manera como una sombrilla con su cuerpo, por lo que decide colocar su saco negro hasta la altura de su cabeza, para que el sol no queme su nuca, y pueda prender un cigarro.

            –Fumas demasiado, ¿no crees? –comenta Bertha con un tierno rostro de inconformidad.

            –No gastes energía en decirle eso –exclama Rosa resignada al ver como Peter le pasa su cigarro a Bertha como respuesta y tentación, a lo que esta responde tomando el cigarrillo con sus dedos y fumarlo, tosiendo en el proceso de expulsar humo–. Olvídalo…

            –Dices que este tabaco es de América –Bertha tose un poco más, frotando su blusa morada hasta el cuello la altura de su pecho–. ¿Viajas mucho?

            –Así es, pero solamente he estado en México, cuna del tabaco y el chocolate.

            –La señorita Bertha me comentó que el chocolate es suizo –dice Lucio con un toque de inocencia.

            –No, el chocolate es de México; pero el mejor chocolate procesado es en Suiza, de hecho, Suiza sabe hacer muy buenas cosas –Peter mira con coqueteo a Bertha, quien le responde con una sonrisa mientras baja su rostro sonrojado para ver el cigarro.

            –Quizás deberías llevarme en uno de tus viajes –Bertha apoya su brazo izquierdo, con el cigarro entre sus dedos, sobre la orilla de madera de la carreta.

El afán de coqueteo de Bertha se desvanece al momento en que la carreta pasa a lado de un pequeño lago, dejando su rostro sin expresión alguna:

            –¿Le da miedo el agua, “Bertita”? –pregunta Rosa con un tono de burla.

Bertha le regresa el cigarro a Peter y se acomoda su falda negra.

            –No es eso; sino que con lo que ha pasado, me incomoda ver el lago –responde Bertha, quien al parecer no se dio cuenta del sarcasmo de Rosa.

 

La ciudad de Altare no es como tal una ciudad enorme, sino todo lo contrario: es un conjunto de casas de tres pisos de estilo medieval contiguas, siendo la fábrica vidriera la única construcción de proporciones enormes que les da la bienvenida a los visitantes de la ciudad. Siguiendo de frente a la cristalería están las vías del tren, con la estación Altare en la parte trasera, por lo que se tiene que rodear hasta el centro turístico para llegar a las puertas de dicho edificio y comprar los boletos.

Ferruccio decide llevarlos hasta la entrada de la estación Altare, un pequeño edificio de color amarillo con un techo parteaguas sencillos, donde finalmente deja sus invitados:

            –Fue un gusto haberlos ayudado –exclama Ferruccio preparándose para retirarse.

            –Muchas gracias –Peter le extiende otro par de cajetillas a Marcello–. Para el camino.

            –Será mejor que compremos los boletos; creo que el tren se acerca –Bertha toma dos maletas medianas con cada mano, dejando a Lucio con una maleta pequeña y a Rosa con otra maleta grande–. Yo pago por los cuatro boletos, ya arriba me das el dinero de ustedes.

El tren parte de la estación después de que los pocos pasajeros abordan, partiendo con lentitud con dirección a Savona, un tramo que puede durar más o menos media hora. Peter, con claros indicios de incomodidad, sale de la cabina donde viajan, esperando buscar un lugar abierto para fumar; por lo que se dirige a la parte intermediaria entre vagones, en donde decide prender su cigarro.

            –Es un mal hábito el tuyo, Herr Gest –le comenta Bertha en alemán, dejando confundido a Peter quien no la esperaba–. Pero no te culpo por eso.

Bertha le arrebata gentilmente el cigarro, fumándolo de inmediato, dándole la palabra al alemán.

            –¿Y los niños?

            –Les dije que iba al baño –responde Bertha mientras hace un meneo de barbilla–. Estarán bien.

Peter le intenta quitar el cigarro a Bertha al ver que esta no se lo regresa, pero un movimiento brusco del tren lo hace reaccionar rápido, sujetando la baja rejilla que sirve de balcón, mientras su mano derecha se apoya en la puerta del vagón, quedando de frente a Bertha, quien le avienta el humo de sus pulmones en su rostro.

            –Eres muy impredecible, ¿te lo han dicho?

            –Sólo son reflejos –contesta Peter con una sonrisa de nerviosismo.

            –Será mejor que regresemos…

Bertha se aparta de Peter para después entrar al vagón seguido por él, quien no pierde el momento y la sujeta de la mano, girándola para besarla. Bertha le corresponde acariciándole su negra cabellera, procediendo después a retirarlo nuevamente:

            –No –susurra con una voz delicada, quitándose de inmediato sus lentes redondos y abalanzándose con otro beso apasionado.

Una vez más Bertha lo aleja, sólo para guiarlo dentro de la primera cabina que queda cerca de ellos.

            –¿Cómo sabías que esta cabina estaba va…?

Peter no termina de formular su pregunta cuando Bertha, con sus ojos medios cerrados, lo jala hacia dentro estirándolo de su saco negro, colaborando con ella en ignorar completamente a Rosa, quien estaba aguardando a escasas dos cabinas a la de ellos, justo en medio del pasillo.

Rosa se acerca disimuladamente hasta la cabina en donde ellos entraron, colocando su oído derecho sobre la pared de madera, llevando ambas manos sobre su boca para cubrir un sonido de sorpresa que intentaba escapar al escuchar lo que sucede en el interior, mientras que de sus ojos se escapan un par de lágrimas que corren por sus mejillas rojas.

Sin más preámbulos, Rosa cambia de posición para sentarse sobre su vestido celeste, dejando que sus rodillas toquen su cara y limpien su llanto; pero los sonidos de lo que acontece justo detrás de ella la hacen levantarse para partir con dirección al baño. Dentro del pequeño cuarto de servicio, Rosa cierra con cerrojo y se apoya sobre el lavabo, quedando de frente al espejo en el que se observa: su baja estatura y su complexión delgada la hacen parecer mucho más joven de lo que realmente es; su cabello rubio oscuro peinado de lado, pero con claras huellas de maltrato tras vivir mucho tiempo en la calle, la hace sentir deplorable; y sus ojos avellana, que casi siempre se muestran vivaces y felices, ahora reflejan dolor. Tras observarse detenidamente, Rosa baja su mirada, presionando sus parpados para intentar dejar soltar un grito de angustia, que se queda, en eso, un intento; y mientras ello opaca su angustia, no se percata de que la lámpara saliente en forma de flor que está justo encima de ella se retuerce por sí sola, así como el cerrojo de la puerta se dobla intentado salirse de la puerta.

Después de un momento de angustia, Rosa deja que las últimas lágrimas salgan de sus ojos, procediendo a lavarse el rostro en el lavabo, reflejándose una vez más en el redondo espejo, por lo que se lava otra vez su rostro sonrojado, intentado borrar algo que ni ella sabe.

            –Siente como si te conociera de toda la vida, Pete –comenta con una voz melodiosa Bertha, dejando que sus dedos se deslicen por el pecho pálido de Peter, en el cual dos largas cicatrices lo atraviesan de hombro a costilla–. ¿Cómo te hiciste eso?

            –Fue un accidente; tenía 15 años y yo estaba con mi padre en un viaje y… –Peter deja de hablar pensando que su historia es aburrida– no importa.

            –Viajas mucho, por lo que veo –Bertha se acerca al rostro de Peter sin dejar de sujetar el saco de este con el que cubre su torso–. ¿Me llevarías a uno de tus viajes?

Peter vacila unos segundos, siendo su respuesta una sonrisa y un beso, pero dicho momento es interrumpido al escuchar como desde lo lejos una voz indica que dentro de poco el tren llegará a Savona.

Rosa regresa a la cabina en donde se encuentra sentado Lucio, quien lee un panfleto del tren, dejándolo de lado por uno momento al ver a Rosa entrar y buscar en su maleta negra un par de botines pequeños:

            –¿Cosa stai facendo? –pregunta el pequeño cuyas piernas cuelgan de un lado a otro al encontrarse muy alejadas del piso.

            –Nada en especial –responde Rosa con una sonrisa, mientras se quita sus zapatillas azules.

En ese momento, Bertha entra a la cabina, acomodándose su cabello con un pequeño listón, dejándolo enroscado sobre su cabeza, por lo que Rosa intenta ignorarla prosiguiendo a buscar en su maleta un pequeño saco café.

Mientras tanto, Peter entra en el baño, tarareando una melodía al mismo tiempo que se lava las manos, siendo la luz parpadeante sobre el espejo lo que llama la atención por un momento, para después voltear a la puerta, sujetando el cerrojo, el cual no muestra indicios de daños, saliendo del pequeño cuarto y regresando a la cabina, en donde Bertha abraza tiernamente a Lucio:

            –¿Y esas botas? ¿No te gustaron las zapatillas que te regalé?

            –No me acostumbro a ellas –le responde Rosa a un Peter intrigado al ver su atuendo.

Fingiendo desinterés por la respuesta, Peter procede a tomar su maleta y a bajar las demás pertenencias del acoplamiento superior de la cabina, procurando estar listos para cuando el tren llegue a la estación de Savona.

            –En Savona tomaremos otro tren para Génova, ¿y ustedes? –comenta Bertha conservando una pose refinada.

            –Iremos a Roma –exclama Rosa sin despegar la vista del panorama que pasa con rapidez a través de la ventana, por lo que Bertha logra entenderla haciendo uso de la igualdad de ambos idiomas romances, poniendo una mirada de tristeza escondida que lo nota Peter.

            –Deberían ir a la casa, está embrujada y me da miedo quedarme ahí… –dice Lucio mientras se despega de los brazos de Bertha.

Al escuchar las palabras de Lucio, una chispa de emoción se ilumina en la mirada de Peter, quien voltea a ver a Rosa, la cual no muestra interés alguno.

            –Entonces iremos a exorcizarla –Peter se muestra entusiasmado, dejando a Rosa completamente sorprendida.

La estación de trenes de Genova Voltri consta de un edificio de un solo edificio largo de una planta, el cual recorre una larga plataforma de donde baja una gran cantidad de pasajeros. El tamaño de la estación de trenes se ve diminuto debido al tamaño del mar que queda atrás del recinto y de los edificios de cuatro plantas que están de frente, símbolo de una urbe en progreso que data de mucho antes de que el cristianismo se estableciera en el Imperio Romano. Como símbolo de su modernidad, en sus calles abundan diferentes medios de transportes, como vehículos de motor particulares, hasta carruajes tiradas por caballos, siendo los pies los medios para moverse más populares entre los habitantes que andan por los distintos puntos de la ciudad.

Al salir de la estación, Bertha manda a llamar a un carruaje grande y negro, tirados por dos caballos del mismo color, en el que entran sus acompañantes, dándole después a uno de los dos conductores indicaciones de cómo llegar a su destino. El carruaje conduce por las estrechas calles empedradas de los suburbios de la ciudad, realizando una carrera contra reloj teniendo de contrincante al crepúsculo. Tras pasar unos minutos con paso ligero, finalmente los conductores del carruaje toman la Via dei Giovi que los guía colina arriba hacia el Santuario della Madonna delle Grazie, teniendo de lado izquierdo del acantilado la hermosa vista del valle de la Cerusa, ennegreciéndose por la oscuridad que se aproxima.

La casa donde habita la familia de Lucio es una casa de color anaranjado, sencilla de dos pisos, con ventanas pequeñas que dan la vista a los cuatro puntos cardinales. En ella la iluminación se da por una gran cantidad de candelabros y lámparas, dando a entender que la energía eléctrica aún no tiene acceso al lugar, siendo que, es la única casa el lugar; teniendo de frente el camino principal con una gran colina inaccesible por los árboles al otro lado, el camino empinado hacia la vereda como patio trasero.

            –Bueno los padres de Lucio todavía no llegan de sus vacaciones, así que se podrán quedar esta noche aquí sin ningún problema –Dice Bertha al mismo tiempo que prende un poco de leña en el horno de la estufa para calentar algo de comida–. ¿Podrían ir al comedor?

Rosa y Lucio siguen la orden de Bertha al pie de la letra, pero Peter se queda con ella, acercándose de tal manera que termina sujetándola de la cadera y besándola en el cuello, por lo que Bertha le responde con una sonrisa, volteando de inmediato de frente con Peter, apartándolo con su mano derecha sobre su pecho:

            –Primero cenaremos –le dice antes de alejarse con dirección al patio trasero, en donde se encuentra un gallinero–, y nada de cigarros dentro de la casa.

La luna menguante se esconde detrás de unas densas nubes que flotan en el cielo nocturno, dando un ambiente de serenidad y misticismo dentro de la casa aislada de toda civilización. Dentro del inmueble, sólo quedan tres lámparas prendidas en la planta alta: la del cuarto donde dormirá Rosa, la de la habitación de Lucio y la del cuarto de Bertha, en donde Peter se encuentra. Rosa, invadida por la sed, decide salir de su habitación y dirigirse a la cocina de la planta baja, encontrándose con una jarra de agua la cual la lleva a su habitación, pasando en su tramo junto a la habitación de Lucio, cuya puerta se encuentra levemente abierta, por lo que decide entrar sin avisar. Apenas entra a la habitación, Lucio la recibe con un sobresalto, cambiando su rostro miedo a felicidad al reconocerla:

            –Disculpa por interrumpir –se justifica Rosa entrando lentamente a la habitación, mientras que Lucio voltea a su mirada al dibujo que estaba realizando– ¿Cosa stai facendo?

            –Un disegno –responde Lucio, volteando a ver a Rosa, sonriéndole nuevamente al escuchar su escaso italiano, regresando nuevamente a su dibujo.

            –¿Che cosa es? –Rosa mueve sus manos al hacer la pregunta.

            –Una straga cattiva –responde el pequeño con su voz infantil.

Rosa se queda con la duda en la boca al no saber el significado de las palabras del pequeño, pero su incertidumbre crece al ver un pasaporte francés asomándose de la maleta de Lucio que yace sobre la cama, por lo que decide acercarse y tomarlo para leerlo, dejando que en sus cejas se dibuje confusión:

            –Tus padres, ¿de dónde son? –Rosa se inclina hacia él, susurrándole casi en la oreja.

Apenas Lucio intenta responder, Bertha le toca la puerta, indicándole que su alumno debe de dormir temprano, haciendo que Rosa se retire del lugar con el pasaporte escondido en su blusón de noche.

            –Vendré después para darte tu medicina –le comenta a Lucio quien se retira a su cama.

Pasa el tiempo nocturno y la pesadez de sus parpados evitan que Rosa continúe leyendo el pasaporte, dejándola con más dudas que respuestas. En el pasillo, se escuchan claramente como los pasos de unos pies descalzos recorren el lugar con dirección al cuarto de Lucio y regresan, deteniéndose justo frente a la puerta de su habitación. Rosa sabe que Bertha tiene sus sospechas sobre si ya se dio cuenta de lo que sucede con Peter, e intenta olvidarse de eso, en vano. Los pasos siguen ahí moviéndose levemente de un lugar a otro, hasta que el sonido de otras pisadas provenientes de la planta baja, acompañados por un movimiento brusco de cerraduras, hacen que la causante de estos salga con prisa hasta las escaleras.

Rosa, percatándose de que hay mucho movimiento en la planta baja, sale de su cama, abriendo rápidamente la puerta de su habitación y gira a su izquierda para ir hacia las escaleras, topándose de frente a una silueta femenina, blanca como la niebla:

            –¿Has visto a mi amado? –pregunta la fantasmagórica mujer apenas ve a Rosa acercarse, para después desvanecerse frente a la puerta del cuarto de Lucio, la cual se encuentra abierta y sin nadie en su interior.

Rosa entra de inmediato al ver la cama vacía y desarreglada, asomándose después por la pequeña ventana esperando ver pistas de él, siendo su única imagen la de la luna que pesa justo sobre la casa.

Recordando lo que escuchó minutos antes, la joven valenciana sale a toda prisa dirigiéndose hasta la cocina, percatándose de que la puerta está abierta, por lo que toma la valiente decisión de ir tras la figura que se ve a lo lejos que lleva un pequeño bulto a rastras, adentrándose en el bosque.

El sonido de la cadena de la puerta trasera hace que Peter se levante de su profundo sueño, siendo su primera acción la de buscar a Bertha en su cama, estando ausente en el lugar que le corresponde; así que se levanta a toda prisa, colocándose su pantalón y camisa blanca lo más pronto posible. Apenas Peter sale de la habitación este se encuentra de frente a Bertha subiendo las escaleras, vestida solo con un camisón morado y una larga capucha negra:

            –¡Lucio y Rosa no están! –exclama angustiada Bertha, cuyos lentes están por caerse de su pálido rostro– Vi… vi que algo se llevó a Lucio.

Sin decir palabra alguna, Peter baja con ella hasta la cocina, de donde toma un hacha larga que estaba a la salida de la puerta; Bertha lo sigue de inmediato con candelabro en mano, guiándolo por la dirección en donde vio que se desvanecieron los menores.

La posición de la luna ha cambiado, casi escondiéndose detrás de la colina que está frente a la casa, dirección opuesta a donde Peter y Bertha se dirigen, dificultándose con cada paso que dan dentro del bosque, siendo la luz del candelabro su única esperanza.

            –¿Qué crees que se los llevó? –interroga Peter a Bertha, la cual se encuentra hecha un manojo de nervios.

            –¡No lo sé! –tartamudea Bertha intentado no desviar la lámpara de la vereda.

Apreciando unas luces en el interior del bosque, Peter le indica a Bertha que lo siga, orden que obedece al pie de la letra, acercándose cada vez más a las luces que vio el alemán; pero, apenas reconoce el lugar al que llegaron, la sangre de Peter se hiele al apreciar que las luces emitidas por cinco candelabros que se encuentran en los cinco picos de un pentagrama dibujado en el campo abierto, en cuyo centro yace Lucio acostado, con el cuello cercenado:

            –¡Lucio! –Bertha deja escapar un grito desgarrador que hace eco en las grandes rocas que circunfieren la imagen.

Peter, tras volver en si después de ver la trágica escena, logra escuchar unos sonidos provenientes de uno de los árboles situados entre las rocas, por lo que decide a correr hasta ahí aún con el hacha en mano, mientras que Bertha se acerca al cadáver del menor.

            –¿No le gustaría una rosa?

Rosa hace alusión a las pequeñas flores espinadas que crecen alrededor de la roca en la cual sus pies descalzos sostienen su frágil cuerpo, evitando que su propio peso la lastime al tener sus brazos extendidos hacia arriba y contra el tronco del árbol, sujetados por una larga espada curveada atravesada entre sus manos, haciendo que una gran cantidad de sangre resbale hasta sus axilas, manchando su vestido rosado.

            –¡Rosa! –Peter agobiado agita el hacha sobre su propia cabeza, buscando alguna idea para desensartarla del árbol– Perdóname, esto te va a doler.

Peter mueve su mano libre al viento, simulando que extrae la espada; y mientras sale, Rosa deja escapar un grito seco de dolor, causado por la sensación de la hoja que le corta la carne de sus pequeñas manos. Con un último movimiento, la espada sale por los aires perdiéndose entre los árboles, por lo que Rosa cae por inercia, siendo los brazos de Peter los que evitan otro daño sobre ella.

            –¡¿Wer war es?!

Peter luce angustiado al mismo tiempo que coloca a Rosa suavemente sobre el suelo, volteando por un instante para ver a Bertha acercándose a ellos, y regresar su mirada a Rosa.

            –Das habe ich gemacht –es lo que escucha Peter después de ponerse de pie y voltear a recibir la ayuda de Bertha, así como una navaja que le perfora en los intestinos.

            –¡¿Was?! ¿Du? –es lo que la sangre de Peter que brota de su boca le permite decir, mientras que en sus ojos se refleja la sorpresa tras sentir como la navaja es girada dentro de su abdomen– ¿Por qué lo hiciste?

Bertha muestra una mueca de cinismo y satisfacción, siendo su siguiente movimiento el de dejar la navaja dentro del cuerpo del alemán, para poder soltar su cabello y dirigirse a Rosa. Peter, en un intento desesperado, blande el hacha contra ella, por lo que Bertha se aleja lo más rápido que puede de él, dejando que el hacha se clave en el pasto lodos, a escasos distancia de Rosa.

            –¿Te preguntas porque lo hice, querido? ¿Por qué mate al mocoso y porque los traje hasta aquí? –Bertha mantiene su cinismo haciendo ademanes con sus manos– Es fácil. Primero que nada, tenía hambre, y el niño me bastaba para alimentarme.

            –No entiendo –dice Peter quien usa el hacha como bastón para apoyarse.

            –Segundo. No todos los días tengo la oportunidad de encontrarme con dos personas, “tan peculiares” como ustedes –continúa Bertha a la par que cantonea su cadera–. Y bueno, escuché que, si me los comía, absorbería sus poderes; no sin antes realizar una pequeña ofrenda.

Tras decir esto, Bertha voltea por un segundo señalando al cuerpo de Lucio, oportunidad que aprovecha Peter para abalanzarse sobre ella con el hacha en sus manos; pero Bertha se da cuenta de su intención y da un salto atrás para flotar unos centímetros sobre el aire, elevándose un poco más sobre el pentagrama, cuyas luces iluminan la gris piel de Bertha.

            –¡Peter! ¡Su voz! ¡No es la misma! –señala Rosa gastando sus pocas energías.

En otro intentado desesperado de hacer algo, Peter se retira la navaja de su costado con sumo dolor para arrojársela con telekinesis, se la lanza a Bertha, quien la esquiva fácilmente:

            –¿Te gusta lanzar objetos? –comenta Bertha extendiendo su mano izquierda, atrayendo a la espada que había atravesado a Rosa, elevándose hasta estar en sus manos.

            –¡¿Quién te dio esa espada?! –le grita Peter al apreciar la forma del arma.

            –¿Acaso importa? –Bertha lo mira con desdén, para después lanzársela, atravesándole completamente el pulmón izquierdo e incrustarse sobre el pasto, de tal manera que el germano queda de cierta manera todavía de pie.

Bertha empieza a bajar de los aires caminando directamente hasta donde esta recostada Rosa, pasando a lado de un agonizante Peter, a quien lo mira en señal de victoria. Teniendo a Bertha de pie a su lado, Rosa hace lo posible por moverse; sin embargo, esta la sujeta del cuello de su camisón, lo que causa que se desgarre tras lanzarla por los aires para que caiga junto al cuerpo inerte de Lucio.

            –Empezaremos con la virgen –exclama Bertha tras levantar telepáticamente a Rosa, a la que besa en la boca al mismo tiempo que la sujeta de la cadera, pero apenas se retira de su rostro, la expresión facial cambia de seguridad total a nerviosismo sin freno–. ¿Por qué haces esto? Lucio era buen niño.

Aprovechando la confusión del momento, Rosa voltea a ver el hacha que se encuentra a los pies de Peter; decidiendo usar su mano derecha muy mal herida para jalar fuertemente hacia la cabeza de Bertha, la cual es golpeada por el mango, dejando que Rosa caiga sobre el pasto.

            –¡Kleines Schlampe!

Bertha se inclina sobre Rosa, sujetándola de la mano derecha, introduciendo su pulgar en la herida, mientras que con su pie pisa fuertemente la otra mano, causando que Rosa grite desenfrenadamente de dolor.

La expresión de ira y satisfacción en el rostro de Bertha cambia drásticamente tras escuchar el crujido de huesos fragmentados y carne mutilada, así como de sangre que comienza a brotar de alguna herida reciente:

            –¿Cómo es que hiciste eso? –le cuestiona Bertha a Rosa, tras percatarse de que en su espalda se ha incrustado el filo del hacha.

Bertha deja de torturar a la joven, dando un paso hacia atrás.

            –Según la leyenda, para matar a un vampiro tienes que perforar su corazón, despedazarlo en un cruce de caminos y quemar los restos… –Peter avanza mal herido removiendo la hoja curveada de su torso para usarla como bastón en lo que llega a Bertha, a quien sujeta del vestido para deslizarle la hoja dentro de sus entrañas, escuchando como el filo se encuentra con el hacha antes de salir por la columna–, pero yo no soy un vampiro.

Bertha cae herida mortalmente sobre su espada, incrustándose de más el hacha en su cuerpo. Peter observa cómo se retuerce, alejando su mirada de ella para hacer algo por Rosa, cuyo pálido semblante obliga a que Peter desgarre su camisa para vendar sus manos lastimadas.

            –¿Peter? –la dulce voz de Bertha se hace presente, haciendo que el joven alemán voltee a mirar su tierno rostro que aún conserva sus lentes redondos, mientras que su piel vuelve a su color pálido– ¿Tienes un cigarro?

Decidido a cumplir el último deseo de la moribunda, Peter saca de la bolsa de su camisa el resto de un cigarro para encenderlo, inclinándose a Bertha colocándolo sobre sus labios rojos.

            –Prometiste que me llevarías –la mano lodosa de Bertha acaricia el rostro jovial e inexpresivo de Peter, quien solo se dedica a echar humo por la nariz.

            –Soy malo cumpliendo mis promesas –Peter voltea a Rosa quien le responde la mirada con una expresión de decepción.

Bertha suelta una ligera sonrisa sin dejar de mirar a Peter en lo que este le pone una vez más el cigarro en la boca, retirándoselo apenas le fuma:

            –Al menos promete que cuidaras a Lucio, y a Rosa. Es una buena niña, y te quiere mucho –Peter voltea a ver el cuerpo de Lucio, después, voltea a ver a Bertha, cuyos pulmones no sueltan el humo y su mirada luce perdida en el estrellado firmamento.

Peter se levanta del lugar, mostrando indicios de que el dolor regresó, y se acerca a Rosa para cargarla entre sus brazos:

            –Puedo caminar –dice Rosa evitando contacto visual.

            –No me importa.

            –Estás lastimado.

            –No importa.

            –Bájame –le ordena mientras lo golpea en el pecho.

            –Cállate y disfruta el recorrido.

Rosa no hace nada más que acurrucarse en el pecho de Peter, observando como la silueta de la casa empieza a aparecer apenas salen del bosque.

Publicado la semana 5. 27/01/2020
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Mecano, Relatos, Violín, Los chicos del maíz , La lluvia, Momentos de frustración y dolor intensos, Miedo, Terror, Edgar Allan Poe, Sueños inquietos e insomnios dispersos. , De noche, En cualquier momento, En la cama, Haz lo que te salga del coño, Nocturnal, Cualquier rato , uvas, Cuento, La muerte no es el final, sueños
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Género
Relato
Año
I
Semana
05
Ranking
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