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Ignacievij

Las Cuatro Reinas: Capítulo 2. El vals del Strigoi.

Bordeaux, departamento de Gironde, región de Nouvelle-Aquitaine, Tercera República Francesa.

Primavera de 1885.

Los murmullos se suman a las brasas que saltan de la hoguera, entonándose en una melodía tétrica entre el pequeño grupo de encapuchados en medio del bosque. Un varón de elegantes ropas bajo su capa roja sale de entre el grupo con unas cuantas hojas desgastadas, recitando unas cuantas líneas iluminado por la luz de la fogata. Con sus rezos en latín, una llama surge dentro de la fogata, misma que tambalea mucho más lento que el resto del fuego, danzando en dirección a una caja funeraria.

            –¡Está funcionando! –se deja escuchar una voz en asombro, seguida de otras cuantas.

            –¡Silencio! ¡Lo van a desconcertar!

La llama oscura se adentra en el féretro, lo que obliga a que su contenido se sacuda al instante; sin embargo, la llama se escapa de ese contenedor regresando a la hoguera.

            –¿Fue un fracaso? –comenta otro varón un poco más alto al interior.

            –Para mí no lo fue.

El sujeto que recitaba en lengua antigua cierra el libro y se dispone a romper las filas del grupo, pasando por otra persona de muy baja estatura:

            –Deberías hablar con tu padre, Fernand –sugiere el pequeño individuo–. Puede que él te ayude a saber el rito correcto.

            –Se lo agradezco, maestro Calvin.

El par de caballeros continúan con su tramo entre el resto de los participantes.

            –El maestro tiene razón, Fernand –añade el alto–; tu padre encontró ese libro, sobrevivió en Egipto gracias a su sabiduría. Deberías visitarlo y arreglar sus diferencias.

            –O puedo ir a preguntarle directamente a mi hermana.

            –¿Planeas ir hasta España sólo por no hablar con tu padre?

            –Necesito despejarme de aquí, Reule –Fernand se acomoda sus largos mechones hacia un lado–. Además, mi hermana ne debe uno que otro favor. Partimos mañana.

Reule sigue a Fernand dentro del bosque, ignorando que los demás integrantes toman caminos muy separados.

 

 

 

Han pasado varias horas y estamos por llegar a Bordeaux. El trayecto ha durado casi todo el día; pero eso no significa que ha sido cansado, al contrario. Durante este tiempo he estado hablando con los hermanos Berencsi; todo esto entre risas de fraternización. Después de nuestra aventura de anoche, ambos se las ingeniaron con mi padre para que me diera permiso de viajar con ellos; no hubo objeción de mi padre. Todo esto para observar mi bienestar después de que mi sangre entró en contacto con la sangre de aquella rubia; o al menos eso me dijeron. Yo por ahora, me siento realmente bien; algo inquieta, pero me imagino que es por la emoción de conocer esta parte del continente.

            –Habías dicho que hablas español, si mal no recuerdo.

Gusztáv luce emocionado, siento que durante este largo viaje nos hemos vuelto algo parecido a ser amigos; todo lo contrario, con Ileana es difícil interactuar y eso que somos de la misma edad, sólo que ella es exageradamente educada.

            –Así es, barón; lo aprendí por gusto en dado caso que se me ofreciera.

            –Puedes decirme Gusztáv; no tienes que ser demasiado formal.

            –Estoy de acuerdo con mi hermano; de vez en cuando solamente queremos que nos traten como a cualquier otro integrante de la plebe.

¿Esta niña me acaba de decir plebeya? Me siento ofendida pero no quiero demostrarlo.

            –En todo caso pues será más fácil comunicarnos.

Gusztáv entrecierra sus ojos y se acomoda en su asiento; en seguida, retuerce sus piernas.

            –¿Y ahora qué te pasa? –pareciera que a Ileana no toma en serio a su hermano.

            –No lo sé; me comenzó a doler la cabeza. También me tiemblan los oídos. ¿Ya vamos a llegar a la estación?

            –Acaban de anunciar que llegaremos en cinco minutos –no sé qué hacer; lo bueno que Gusztáv se recupera en segundos–. ¿Necesitas algo? ¿Agua?

            –No, gracias, estoy bien. Creo que solo fue un espasmo…

            –No lo fue –Ileana ahora se muestra muy seria–. Yo también lo siento… una presencia muy… pesada.

            –¿Qué es eso, Ileana? Siento como si me llamara…

            –¡Un hechizo de invocación!

Yo me mantengo al margen sin saber qué hacer o decir.

            –Tengo que bajarme…

En cuanto el ferrocarril reduce su velocidad, Gusztáv sale al pasillo buscando una salida. Ileana y yo salimos detrás de él y nos quedamos atónitas al verlo saltar desde el final del vagón y correr entre los demás vagones.

            –¿Ahora qué hacemos? –pregunto completamente confundida.

            –Lo seguiremos, eso es lo que haremos –Ileana desciende por el barandal hasta tierra inmóvil–. ¡Apresúrate! Antes de que avance más.

La sigo con paso apresurado hasta llegar al complejo de casas; de ahí, seguimos corriendo, percatándonos de que las casas se ven más separadas.

            –¡Estamos saliendo de la ciudad! –aguanto mi respiración al hablar– Además, ¿Cómo sabes hacia dónde se dirige?

            –Puedo sentir su presencia. No está muy lejos de aquí –Ileana regresa para palmarme la espalda–. Se está deteniendo; lo podremos alcanzar sin necesidad de correr.

Seguimos caminando hasta que el campo se convierte en bosque. Yo me siento temerosa al merodear en un país completamente nuevo para mí, mientras que Ileana es toda una temeraria sin miedo a lo desconocido. De repente, Ileana apresura su paso; no le puedo ver su rostro, pero asumo que es algo serio lo que la motivó a correr; yo la sigo ya que no tengo otra opción.

Nos detenemos apenas llegamos a un lugar abierto dentro de la marea de árboles; la luna es nuestra única guía. Ahí, Gusztáv busca en los alrededores de lo que fue una hoguera, regresando hacia nosotras:

            –Fue aquí; algo me dijo que viniera hasta aquí.

            –No somos los únicos aquí –Ileana desenfunda sus dagas y observa el entorno–. Rodea a Louise y mantente alerta. Algo más está cerca.

            –Discúlpenme, no fue mi intención alterarlos –un intruso sale de entre los árboles hablándonos con un alemán roto–. En sí, ustedes no deberían estar por estos rumbos…

Ese delgado sujeto alto nos mira con desinterés, y eso significa que estamos en desventaja.

            –En otras circunstancias, les diría que se retiraran por aquel camino. Sin embargo, me doy cuenta de que ustedes dos no son unos simples jóvenes perdidos.

Desenfundo una navaja que Ileana me había dado durante nuestro viaje. Siento el nerviosismo de ambos hermanos y mis piernas apenas pueden mantenerse estables.

            –Huele a perro mojado –Ileana casi gruñe al hablar–; debes de ser un licántropo.

            –Eres una niña muy lista. Lástima que vieron mi rostro; no puedo darlos ir ahora.

            –Mala suerte para ti, dirás –Gusztáv sonríe confiado señalando al firmamento ennegrecido–. Esta no es noche de luna llena…

            –Ya veo –nuestro posible atacante baja su mirada después de mirar arriba–. En fin, parece que conocen bien las leyendas del Este… pero aquí estamos en Francia.

            –¡Gusztáv! ¡Los licántropos franceses pueden convertirse a voluntad y sin necesidad de la luna llena! –Ileana aprieta las empuñaduras de sus armas– ¡Prepárate para pelear!

            –¿Gusztáv? –ese tipo sigue caminando mientras que su figura aumenta de tamaño y vello corporal– ¿Acaso eres Gusztáv Berencsi? Tú debes de ser Ileana. Los hijos de Radu a mi completa merced.

            –Reule Cazal –murmura Ileana–. También participaste en el atentado contra nuestro padre…

            –¿Qué más les puedo decir? –el rostro de Reule se mutila en una horrible apariencia canina– Vi la oportunidad y no la desaproveché.

Gusztáv camina hasta él con paso sereno, y justo cuando está frente a frente, Reule lo derriba con su puño sobre su cabeza, estampando su rostro contra la tierra suelta. Yo me paraliza espantada al ver a nuestra única salvación con sus pies temblando; Ileana no se inmuta ante ese hombre convertido en un enorme lobo que camina en sus dos patas.

            –Son apenas unas niñas –pareciera que le duele hablar a Reule–; serán una cena ligera.

Ileana le lanza su daga apuntándole al rostro y Reule lo detiene con su peluda garra.

            –¿Es en serio…?

Gusztáv se levanta rápidamente y le propina una patada en la rodilla, fracturándola al parecer.

            –Eres muy confiado imbécil. Como esa rubia en Aachen.

Reule golpea con su codo a Gusztáv y se retira al tomar distancia, en donde se acomoda el hueso de la rodilla sin mostrar signos de dolor.

            –Esto va a tardar en sanar –Reule nos voltea a ver sin mostrar furia–. No creo que se hayan enfrentado a Mirjam y salieran vivos. Mentirosos.

            –¿Qué si la enfrentamos? –Ileana prepara su espada corta de manera desafiante– Yo misma le corté la cabeza a esa Schlampe.

Gusztáv se prepara para atacar tomando una postura similar a la de una animal salvaje; de repente, sus huesos comienzan a sonar como ramas gruesas que se rompen al mismo tiempo que sus notable vello corporal se torna griseo. Usando sus cuatro extremidades para impulsarse, Gusztáv ataca a Reule y este último se defiende con sus garras.

            –Actúas como un lobo, y eso que eres un mundano chupasangre –Reule sujeta la cabeza de Gusztáv y lo levanta–. ¿Se te olvida que los licántropos estamos por encima de ustedes?

Gusztáv presiona los ojos de Reule y logra liberarse, Ileana me da la indicación de que retroceda en lo que recita otra vez en un idioma desconocido para mí.

            –Y a ti se te olvida que soy un strigoi puro; único en mi clase.

Gusztáv golpea la mandíbula de Reule casi derribándolo. Después incrusta su mano en el costado derecho de ese canino, obligándolo a retroceder.

            –¡Mantenlo así, hermano! –una especie de llama morada surge de entre las manos de Ileana– ¡Ignis inferni!

Reule logra moverse antes de que la llama lo alcance, y, en un movimiento casi invisible, usa su larga pierna para patear a Gusztáv varios metros. Sin embargo, Gusztáv aterriza sobre sus manos y hace una pirueta digna de un gimnasta. Mientras eso sucede, no me doy cuenta de que Reule se aproxima a nosotras y que Ileana retrocede sin dejar de hablar en latín antiguo.

            –Esa cosa pudo haberme matado –Reule señala al tronco convirtiéndose en cenizas–. Tú eres más peligrosa que tu hermano.

Gusztáv logra derribarlo y la hacerlo, un estruendo casi me ensordece. Nuevamente las manos de Ileana se ven rodeadas por esa llama y Gusztáv es arrojado lejos.

            –Necesito que se quede quieto… –Ileana se ve agotada, casi cayendo de rodillas– pero es muy fuerte…

Yo tomo un tronco algo pesado y en cuanto Reule se levanta, golpeo su entrepierna con mi arma improvisada. Reule cae de rodillas, conteniendo su dolor entre gruñidos. Eso no dura mucho, Reule se levanta con lentitud y yo me veo en la delgada línea entre la vida y la muerte. Sino fuera porque la llama de Ileana alcanza al hombro de Reule, yo hubiera sido despedazada por su garra. Veo cómo el pelaje gris oscuro de Reule se consume lentamente, pero eso no parece detenerlo. Gusztáv logra empujarme fuera del alcance de cualquier otro ataque y la base de un pino nos detiene.

            –Ya es momento de acabar con estos juegos –Reule infla su pecho antes de soltar un horrible aullido; también su cuerpo aumenta un poco de tamaño–. ¡Hoy se acaba el legado de los Berencsi!

De repente, Reule baja su postura amenazante y observa a alguien acercarse de entre los árboles.

            –¿Te puedo ayudar en algo? –Reule luce perturbado– Estoy algo ocupado.

Ese extraño de gabardina azul marino camina hasta el centro con paso tranquilo; tan sólo empuja sus hombros hacia el frente.

            –Disculpa mi intromisión, pero vengo por esos tres.

El recién llegado de cabello ligeramente largo y actitud despreocupada nos apunta con su paliducha mano.

            –Me gustaría decirte te los quedaras, pero estamos en medio de una… conversación.

            –Ya veo. Entonces tendré que matarte.

Reule comienza a reírse tétricamente; la sonrisa de su hocico es lo más perturbador que he visto en mi vida.

            –¡¿Y quién te crees para decir eso?

Reule logra terminar de hablar para apreciar la mano del recién llegado cubierta de sangre y sosteniendo su enorme corazón. En seguida, el francés baja su mirada para apreciar la herida y tocarla con sus garras, y, sin más que pueda hacer, cae muerta sobre la tierra.

El forajido de posible ascendencia germana arroja el corazón que sostenía como si fuera una simple basura y se acerca hasta nosotros con toda calma.

            –¿Ileana y Gusztáv Berencsi?

            –Yo… yo soy Louise; ella es Ileana.

            –Mis disculpas –el germano hace un ademan con su mano ensangrentada sobre su pecho–. Fui enviado por Theodor y Corinna Gäst; me llamo Hugo Kramer.

            –¡¿Hugo Kramer?! –gritan los hermanos al mismo tiempo.

            –El mismo –Hugo se quita su gabardina para acomodarse los tirantes sobre sus hombros–. Me dijeron que los recibiera en Barcelona, pero sentí algo raro desde anoche; así que decidí seguir la causa de esa anormalidad.

            –¿Tú también lo sentiste? –Gusztáv me ayuda a levantarme– ¿También eres un vampiro?

            –Soy un errante –Hugo gira su torso para ver el cuerpo inerte de Reule–; al menos eso es lo que sé sobre mí… situación.

            –¿Un errante? –Ileana no puede ocultar su sorpresa– ¿En qué momento se unió un errante a la Orden?

            –¿No le dijeron los Gäst? Me reclutaron en 1846, cuando fueron a México.

            –¡¿Tienes veinte años con nosotros?! –Ileana parece palidecer por un momento– De seguro nuestro padre sabía de ti, pero nosotros apenas estamos aprendiendo a manejar los hilos de la Orden.

            –Lamento lo de vuestro padre –Hugo se limpia la sangre con el agua de su cantimplora–. Con gusto les explicaré lo que sé, pero por ahora, tenemos que movernos. La anomalía sigue activa. Lo puedo sentir todavía.

            –Es cierto –Gusztáv mira en la misma dirección en la que Hugo ve–. Está lejos, pero avanza lentamente como… si fuera a pie.

La decisión final es partir en medio de la noche, entre los árboles; y así seguir hasta que encontremos eso. Por mi parte yo me siento segura. Pensaba que un vampiro era lo más aterrador que podía existir; ahora me doy cuenta de que existen seres mucho más fuertes allá afuera, seres que sólo podría conocer en los cuentos y mitos de algún viejo libro.

 

Nos sorprende la mañana y nosotros seguimos caminando. Ileana y yo nos apoyamos para no desvanecernos por la noche en vela y la caminata; mientras que Hugo y Gusztáv caminan sin mostrar un signo de cansancio.

            –¿Cuánto tiempo hemos caminado? –la verdad no me importa sonar quejumbrosa; tan sólo quiero dormir un rato– ¿Saben siquiera en dónde estamos?

            –Estamos cerca de Langon –Hugo mantiene su mirada al frente–. Siento que esa anomalía avanza más rápido.

Ileana parece recuperar fuerza tras escucharlo:

            –¿Hay una estación de ferrocarril en Langon?

El sobresalto de Ileana obliga a esos dos a que volteen.

            –¿Sí? De hecho, sí –se ve Hugo es una persona muy ingenua–. ¿Creen que se esté moviendo en ferrocarril?

            –Asumo que sí – Gusztáv se orilla hasta un árbol cercano–. Ya no lo siento cerca; quizás no sabremos que sea esa cosa…

            –Entonces, descansaremos en esa ciudad –la sugerencia de Hugo regocija mis tobillos–. Será lo apropiado para todos.

Yo no sé cómo agradecerle esa decisión; mi sorpresa es mayor cuando Hugo se nos acerca para sentarnos en sus hombros. Ambas nos apenamos ante tal gesto sin consentimiento.

            –Discúlpenme por hacer esto, pero realmente nos han retrasado mucho.

Ileana y yo nos miramos indignadas; sé que ella, como burguesa, está más que dispuesta a quejarse, y me sorprende verla dejarse llevar el resto del trayecto. Por mi parte, me dedico a observar a las distintas aves que saltan entre las copas de los árboles, disfrutando la melodía de sus infinitos cantos que me relajan con la suave brisa matutina.

 

Unos momentos antes.

El cuerpo inerte de Reule es alimento de las aves de rapiña que deambulan en las cercanías, hasta que un par de viajeros las espantan con una vara larga.

            –Supongo que este era Reule Cazal –el varón de espalda ancha se reclina para observar el cadáver– Quien lo haya enfrentado lo dejó hecho un asco.

            –¿Crees que sea otro errante? –la dama de pequeña estatura observa su entorno.

            –Tal vez; no lo sé. No descarto la posibilidad.

La mujer de cabellera castaña y rostro jovial y serio analiza el cuerpo rígido antes de adentrarse entre los árboles.

            –Siempre he querido saber cómo se elimina a un errante.

Publicado la semana 48. 29/11/2020
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