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Ignacievij

Las Cuatro Reinas: Capítulo 1. Noche del cazador. COMPLETO

Vaals, provincia de Limburgo, Reino de los Países Bajos.

Primavera de 1885.

El viento menea con suavidad las ramas de los arbustos cercanos a la ventana. Todo en los alrededores está oscuro; la noche impone su ley. Dentro de la habitación, el golpeteo de las ramas sobre el vidrio de la ventana parece no perturbar a la doncella que duerme plácidamente en su cama, así como tampoco le molesta los delgados y peludos dedos que amenazan su garganta.

            –¡Ik heb jou, dwaas! –la joven extrae una sartén de entre sus colchas para defenderse– ¡Ya van tres noches seguidas que entras a mi habitación, pervertido!

El intruso de notable aspecto pálido retrocede defendiéndose de los fallidos ataques con la pieza de metal mientras que la señorita aparenta más indignación que temor.

            –¡Quédate quieto, cobarde!

Un precios golpe sobre la espalda del intruso lo obliga a arquearse y expresar su temor como si fuese un felino. Acto seguido, este salta por la ventana, corriendo por el campo abierto hasta desaparecer tras las diminutas colinas de la región.

            –¡Idioot!

 

A la mañana siguiente me sentía más débil de lo habitual. Ese ser que vi anoche resultó más real de lo que esperaba; es más; si no fuera porque me llevé esa sartén a la cama, pude haber vivido con la idea de que todo era un sueño consecutivo hasta que mi vida se consumiera. Pero no fui así. No sé si sea prudente decirle esto a mi padre y mi hermana ya que apenas regresaron a la casa ayer por la tarde después de un inesperado viaje a Inglaterra.

Se me va la tarde limpiando la ancha sala de nuestra sencilla morada de dos plantas. En esa misma área se encontraban los papeles que mi hermana revisó apenas llegó mientras que mi padre dejó las maletas esparcidas cerca de la puerta.

            –¿Qué haces? –me pregunta mi hermana al bajar por las escaleras.

            –Nada en especial; sólo preparaba las ropas para esta noche.

            –¿Esta noche?

            –¿Sí? –veo el cansancio bajo los ojos de Meredith– Es el baile que el alcalde de Aachen les organizó para celebrar vuestro triunfo en Londres…

Mi hermana se desparrama sobre la barra de la cocina.

            –No quiero ir, la verdad. Ve en mi lugar, Louise.

            –Es tu triunfo, no el mío.

Meredith imita mis gestos mientras me dirijo a la mesa de donde tomo una naranja.

            –Iré en tu lugar sólo porque sé que hiciste más que papá.

Mi hermana luce sorprendida ante lo que dije en lo que le quito la cascara a mi fruta.

            –Tú diste una solución y atendiste el papeleo; Papá dio la imagen.

            –¡Muchas gracias! ¡No sé cómo agradecerte!

            –No pagues las clases de piano el siguiente mes.

En lo que Meredith toma un poco de agua, yo me recuesto sobre el sillón subiendo mis pies al aire golpeando con los talones la pared blanca.

            –No te vayas a ahogar con un gajo.

            –No te preocupes, no lo haré.

Meredith se sienta en el mismo sillón en el que me encuentro y al poco rato ella también se coloca en mí misma pose.

            –Mira, nuestros pies son casi del mismo tamaño.

            –Es porque somos hermanas, tonta –Meredith recibe el gajo que le entrego.

Ella agita sus pies un poco más rápido que yo, deteniéndose por ratos para estirar sus dedos.

            –¿Quién y quién irán al evento?

            –A ver… deja hago memoria –la pecosas mejillas de Meredith se arrugan–. Irán los Gäst, el alcalde Pelzer y unos socios burgueses.

            –Tendré que improvisar con los Gäst –expulso un ligero suspiro en lo que pienso en algo–. Oye, ¿y no extrañaste a Paul?

            –Asco con su hábito de fumar –Meredith luce inexpresiva al hablar–. Quédatelo tú.

            –¡No! ¡Ni en broma! –no sé qué tan exagerada sea mi expresión– Él es como familia.

Después de unos segundos de incomodo silencio, ambas soltamos una carcajada que se apodera de la sala y el comedor conjunto.

 

La noche llega y con esta el viaje en carruaje hasta llegar a la casa del alcalde de Aachen, ciudad continua a nuestra provincia neerlandesa. La emoción de mi padre opaca su cansancio; también su bigote algo canoso le ayuda a disimular el desvelo.

            –Louise, te ves preciosa con tu vestido.

            –Gracias, padre –le dirijo una pequeña reverencia–. Usted también luce espectacular esta noche.

            –¡No digas esas cosas! –mi padre suelta una risa muy carismática.

El galope de los caballos disminuye y con esto se pueden escuchar los murmullos en alemán que se escuchan por la entrada a la enorme casa.

            –Se me había olvidado de que era el cumpleaños de la hija mayor del alcalde.

            –No te preocupes, papá; a mí también se me había olvidado por completo.

Al poco tiempo el carruaje se detiene y la puerta se abre apuntando las escaleras blancas de aquella casa. Mi padre desciende primero para después ayudarme a bajar para que no ensucie mi vestido carmesí.

            –Gute Nacht, Herr Bindels, Fräulein Bindels.

Mi padre agradece al mozo que nos guía al interior de la iluminada vivienda.

            –Hija, ¿te encuentras bien? Luces más pálida de lo normal.

El comentario de mi padre me toma por sorpresa.

            –Sí... sí; es sólo que no he dormido bien por… preocupaciones… de vuestro viaje.

            –Come más naranjas y sal un poco más al sol. Ya es primavera, aprovecha eso.

La sugerencia de mi padre se desvanece apenas se acercan a un grupo de invitados.

            –Sean bienvenidos, Herr Bindels, Fräulein Bindels –el alcalde Pelzer nos da la bienvenida–. Permítanme los presento. Damas y caballeros, ellos son Herr Hubert Bindels, y su hija, Fräulein Meredith Bindels. Los responsables del arreglo entre los ingleses.

Sonrío apenada al momento que el alcalde me presenta ante sus invitados.

            –Me da gusto verlos, damas, caballeros.

            –Ellos son el barón Gusztáv Berencsi y su hermana, la baronesa Ileana Berencsi.

La baronesa Berencsi se nos aproxima levantando las orillas de su amplio vestido verde vivo.

            –Es un gusto conocerlos, señor y joven Bindels –exclama la baronesa disimulando su acento al hablar un alemán casi perfecto.

            –El gusto es nuestro –mi padre se reclina como muestra de respeto–. Siempre es bueno conocer a los socios con los que se trabaja.

El barón se dispone a saludarme, y cuál es mi sorpresa al sentir sus manos velludas, algo incómodo de sentir. Apenas lo volteo a ver mi corazón se detiene por un instante ya que su blanco rostro es el mismo al del invasor de anoche.

            –Un gusto, señorita Bindels –sé que el me reconoció, pero es bueno disimulando.

            –El gusto es mío, barón –le respondo conteniéndome de no parecer obvia.

El barón revela su alivio por un segundo apenas retrocede con su hermana.

            –Y a ellos ya los conoces –el alcalde Pelzer señala a la pareja junto a él–: al matrimonio Gäst.

            –Theodor, Corinna; tan joviales como siempre.

            –Felicidades por su victoria con los Cranswell, Hubert –Theodor levanta su delgada copa hacia nosotros–. También a ti, Meredith.

            –Sí, Meredith; es un gran logro para alguien tan joven como tú –veo como Corinna se contiene la risa–. Es una lástima que tu hermana no haya podido venir…

            –Madrina, padrino; un gusto verlos.

            –Ah, los Cranswell –el barón se muestra más relajado en lo que bebé de una copa–. Bien nos dijo nuestro padre que esos ingleses serían un dolor de cabeza.

            –Es cierto –el aspecto de Ileana es una mezcla de elegancia y flojera–. Se nos advirtió que serían una empresa muy especial al momento de realizar negocios.

Realmente admiro el semblante de la baronesa. A pesar de que posiblemente seamos de la misma edad, ella actúa como una persona muy madura;  su hermano, en cambio, a pesar de ser el mayor, luce como un niño torpe y nervioso al momento de interactuar con los demás.

            –Nuestro hijo debería de aprender de ustedes –añade el señor Theodor Gäst–. Lástima que no se encuentre aquí en ese momento. Lo mando seis meses con su padrino a Múnich y regresa con ese mal hábito de fumar. Ha de estar en alguno de los balcones.

            –Si no les molesta, me gustaría ver a su hija, Herr Pelzer –me excuso para salir de ahí un rato y calmar mi nerviosismo–. Tengo entendido que su cumpleaños fue el miércoles y me gustaría felicitarla.

            –En efecto; no se preocupe. Ella se encuentra en el balcón principal.

            –Sería estupendo que la baronesa la acompañara, señorita Bindels –añade Corinna amablemente.

            –¡Oh! Eso estaría maravilloso –la baronesa se coloca a lado mío como si me escoltara–. Discúlpenme por retirarme así; el viaje ha sido largo y me gustaría conocer la vivaz noche en este lado del continente.

Los adultos nos despiden entre risas alimentadas por el vino rojo.

            –Gracias por sacarme de ahí –el holgazán comentario de Ileana me sorprende vagamente–. Es difícil mantenerse elegante, pero si mi hermano no fuera tan ingenuo no tendría que guardar las apariencias.

            –Te entiendo; así me pasa en estos eventos.

Esta vez es Ileana quien me conduce por el enorme salón que da al balcón principal, en donde me encuentro a Paul Gäst, otro perezoso en estas tierras, fumando como siempre.

            –Hola, Paul; qué sorpresa verte. Supongo que ya conoces a la barone…

            –¿Me darías un cigarro?

Paul le responde a Ileana extendiéndole su cigarrera café, ofreciéndole fuego casi al instante; todo esto mientras yo me quedo pasmada por tal acto de rebeldía por parte de la baronesa.

            –¿Ya se conocen?

            –Los barones se han estado quedando en la casa desde que llegaron –Paul expulsa un poco de humo al hablar–. Resulta que mis padres son padrinos del barón.

            –Vaya; no sabía que se podía ser padrino en múltiples culturas –he de parecer tonta en lo que dije–. Iré con la hija del alcalde para felicitarla.

Me retiro de esos dos un tanto apenada, misma sensación que incrementa cuando tengo que abrirme paso en la pequeña multitud de la hija del alcalde. Ella me recibe con un abrazo que rompe la monotonía de estos eventos; es claro que han estado bebiendo vino discretamente.

Después de un rato decido retirarme del grupo de niñas que no dejan de hablar sobre cada prospecto de barón que cruza por ese tramo o que ya estaba por ahí, incluyendo a Paul quien se entretiene con la conversación que mantiene con Ileana.

            –No le vayan a ganar el concubino a tu hermana, Louise –susurra la cumpleañera.

Yo volteo a verla y ella se une a los birotes y carcajadas que estallaron tras su comentario. La peste de los distintos tabacos y las carcajadas bullosas me fastidian de un instante a otro, así que decido bajar del balcón por las escaleras laterales, caminando por el trayecto que apunta hacia el bosque cercano.

De repente, algo que ronda por los árboles llama mi atención; tan sólo veo a lo lejos a un par de siluetas deambular por ahí. Me dispongo a observar detenidamente, reconociendo algo recorriendo los árboles próximos, lo cual resulta ser la silueta de un enorme canino.

            –¡¿Lobos?! –grito para mí misma y al parecer no lo suficientemente fuerte.

Me volteo para dar aviso de la pareja que se tambalea en esa dirección, directo hacia su muerte, pero mi intención se interrumpe cuando golpeo de frente a un delgado y firme bulto.

            –¿Señorita Bindels? –el barón me sujeta de las manos inmediatamente– ¿Sucede algo malo?

Yo me mantengo paralizada al no saber cómo reaccionar ante su tétrica apariencia.

            –Barón, disculpe; no era mi intención –de repente, me siento indignada–. ¿Ha estado siguiéndome?

            –No discúlpeme. Buscaba a mi hermana…

El barón realmente luce apenado y yo me siento mareada, tan cansada que el mismo ser tiene que sujetarme apenas comienzo a tambalear.

            –¿Le sucede?

            –¡¿Todavía preguntas?! ¡¿Después de lo que has estado haciendo?! –no sé lo que hago y plasmo mis dedos en su mejilla– ¿También trajiste a tu mascota?

            –¿Mascota?

El mismo barón me ayuda a sentarme en una banca cercana. Aquí abajo no hay mucha gente y si la hay están esparcidos más cerca de la esquina que da a la entrada principal. No tengo ni fuerzas para llamar a alguien más; mi cabeza da vueltas y estoy expuesta a un predador irreal.

            –¿Gusztáv? –escucho la voz de Ileana al bajar por las escaleras– ¿Qué hacen aquí? ¿Le sucede algo, Meredith?

            –No lo sé… me duele la cabeza, me siento mareada y débil –abruptamente levanto mi dedo señalando al barón–. ¡Todo es su culpa!

            –¿Has estado merodeando por las noches?

Ileana se escucha seria; me aterra pensar que ella sabe lo que su hermano es… ¿O sí ambos son…? No, no lo creo; su hermano es el que tiene el aspecto tétrico, ella luce… ¿normal?

            –Sólo un par de veces…

            –Tres… –interrumpo al barón.

            –…y han sido después de…

Poseída por mi preocupación, me levanto como puedo de esa banca de concreto y me encamino por la misma vereda que va al bosque, por donde vi marcharse a esa pareja. Mi guío por la luz proveniente de la casa; en realidad, todo está penumbras. Llego hasta los primeros troncos del bosque, y ahí decido interrumpir la calma:

            –¡¿Hola?! ¡Tenemos que irnos! ¡Vi un lobo por los alrededores!

Escucho a unas sonrisas detenerse; enseguida el crujido de las hojas al ser pisadas. Un hombre sale de entre los arboles sin su saco y con su bigote despeinado.

            –¿Un lobo dices?

            –¿Quién es? –pregunta una señorita desde más adentro.

            –Es una niña; dice que hay un lobo cerca.

Ese joven se adentra de nuevo entre los arboles para asistir a su acompañante.

            –Será mejor que volvamos a la fiesta.

La cabeza de ese extraño se despedaza entre las fauces de ese canino de enorme tamaño; el despedazado torso alienta a que el resto del cuerpo caiga de rodillas.

            –¡SÍGUEME!

Esa rubia mujer me sujeta de la muñeca para jalarme al interior del bosque; sus prendas blancas se ensucian en el trayecto mientras que en su otra mano cuelgan sus prendas de gala.

            –Quédate aquí.

La mujer me deja a los pies de un grueso árbol en lo que ella extrae de entre sus prendas un revólver; yo me intimido al ver la luna brillar en el acero.

            –¡Vamos, maldito! ¡Muéstrate!

La mujer apunta hacia las copas de los árboles justo a tiempo para dispararle al lobo que aterriza cerca de ella y que apenas puede moverse entre los árboles. Sin embargo, la pistola se le va de las manos cayendo en algún lugar del fango.

            –¡Lauf, Madel! ¡Ich werde ihn ablenken!

Obedezco lo que esa germana me dice y apenas me pongo de pide, con los pocos haces de luz lunar veo que ese lobo se ve grande porque se mantiene de pie con sus patas traseras. Intento gritar, pero este se retuerce frotándose la herida del abdomen.

            –Era una bala hueca, idiota.

La rubia se lleva sus puños a la cara y comienza a golpear al lobo en el hocico con tanta violencia que se escucha más el sonido de la carne machacada que los gruñidos de ese ser. La rubia se detiene después de que el lobo cae muerto sobre la tierra humedecida; después, se levanta recogiendo sus pertenencias sin visible dificultad.

            –¿Estás bien? –me pregunta en lo que se limpia la sangre embarrada bajo sus párpados.

            –Yo sí… pero… ¿y tú?

            –Sí… sí. Estoy bien…

La rubia me ayuda salir de entre los gruesos troncos y me toma de la muñeca otra vez.

            –Me lamento por ese pobre diablo. Lo bueno que murió rápido. Lástima que me quedé sin mi alimento.

Mi nuca se enfría al escucharla hablar y mi cuello se niega a girar. Puedo sentir su respiración recuperarse al mismo tiempo que su mano me aprieta demasiado en mi antebrazo.

La golpeo con mi otro codo y en el momento de girarme, resbalo estúpidamente con algo viscoso que antes le perteneció a aquel lobo. Esa mujer llega hasta mí de un salto y siento sus afiladas uñas rasgar la frágil piel de mis muñecas.

            –No me lo hagas más difícil, pequeña –la rubia levanta su cuello enojada–. ¿Les puedo ayudar en algo?

            –Lamento interrumpirte –escucho al barón acercarse hasta nosotras–, pero ella viene con nosotros.

            –Con razón tiene el aroma de otro chupasangre.

Esa mujer me levanta para mostrarme ante el barón acompañado por Ileana.

            –¿Y ustedes quiénes son?

            –Acento bávaro –el barón se reclina ante mi victimaria–. Debes de ser una de las asistentes de Götz.

Ileana desenfunda una pequeña espada de entre su falda.

            –¿Una humana y un chupasangre? –la rubia me deja caer sobre el lodo formado por la sangre del lobo– ¡Ustedes son los Berencsi!

            –Así es –Ileana prepara otra daga con su mano derecha–. Gusztáv, los honores, por favor.

            –Con gusto –el barón se detiene tras un par de pasos y luce disgustado–. ¿Sabes? No estoy muy de acuerdo con la idea de golpear a una mujer…

            –Lo haría yo, pero soy humana –Ileana se encoge de hombros–. ¡Oye, tú! Si derrotas a mi hermano nos podrás comer a las dos.

La sugerencia de Ileana nos toma por sorpresa a todos.

            –Ahora ya tienes una razón para pelear, gallina. Yo mejor la voy sacando de aquí.

            –Ni crean que se irán de aquí con vida. Esta es la mejor oportunidad de mi vida: acabar con los Berencsi. Y pensar que fue difícil acabar con vuestro padre.

No los logro ver bien, pero siento una creciente furia en los corazón de esos dos.

            –Gusztáv, cambio de planes. Matemos a esta târfă nenorocită de una vez.

Veo a Ileana pasarme de largo y a su hermano siguiéndola; también se logra escuchar el cantonea de una daga que Ileana balancea en su mano.

            –¿Qué van a hacer ustedes dos? Tan sólo son una niñita humana y un mundano strigoi.

            –Ya me acuerdo de ti. Escuché tu voz cuando nos atacaron en Hungría –Gusztáv retuerce sus cuello de tal manera que se escucha como si algo se rompiera–. Y no, no soy un simple strigoi; soy un strigoi de nacimiento, lo que te pone en desventaja.

            –¡No me hagan reír!

La rubia se lanza sobre el barón de inmediato; sólo escucho a un tronco torcerse y la sensación de piel que es golpeada. De repente, una suave luz celeste ilumina el lugar en donde estamos, y me doy cuenta de que esa luz es la daga corta que Ileana sostiene.

            –¡Detenla, Gusztáv!

Con la poca iluminación se logra apreciar al barón evitando ser golpeado o contratacar. Mientras eso sucede, Ileana comienza a pronunciar unas cuantas palabras en un idioma que desconozco, y en cuestión de segundo la espada corta que mantenía en vertical frente a ella sale disparada, aterrizan en el tobillo derecho de la rubia.

            –¡Estúpida! ¡Fallaste!

La atacante empuja a Gusztáv y se remueve la espada de Ileana, pero se queda inmóvil con un pie hundido dentro del fango.

            –¡Mátala, Gusztáv!

La mano del barón se incrusta dentro del torso de la rubia, quien todavía tiene fuerza para golpearlo en la quijada y escapar de esa trampa natural, aproximándose a toda prisa hacia nosotras.

            –¡Una aprendiz de bruja! No eres apta para esto querida.

Ileana se queda paralizada y lo único que hago es quitarle su brillante daga para incrustársela a la rubia a la altura del corazón, justo por encima de su mortal herida.

            –¡Maldita… humana…!

Ella y yo mantenemos un petrificante contacto visual y no reacción cuando muerde su propia lengua y con su afilada dentadura me muerde en mi hombro, por encima de mi vestido.

            –¡No! –Ileana le quita su espada y de un tajo le desprende la cabeza a mi victimaria, misma que cae por la gravedad– ¡No, no! ¡Meredith, ¿cómo te sientes!

            –Pues… me duele…

            –Espera, removeré esta parte del vestido –el barón me toca gentilmente la herida–. No es profunda, pero… tuvo contacto con la sangre.

            –¿Qué significa eso? –comienzo a llenarme de temor al verlos preocupados– ¿Voy a estar bien?

Ambos hermanos se miran inexpresivos.

            –Sí; nada más tenemos que ver tu progreso –Gusztáv no suena muy convincente.

            –No tenemos para observarla. Partimos para España mañana al mediodía.

Una vez más los hermanos se miran en búsqueda de respuestas.

            –¿Hablan español? –los interrumpo tajantemente– Digo, van a España y creo que les puedo ser de ayuda ya que estudié ese idioma cuando era niña.

            –No, no; pero que bueno que lo mencionas porque ninguno de los dos entendemos muy bien el idioma.

Ileana mira a su hermano con una expresión de incredulidad:

            –¿En serio? ¿Es todo lo que podemos hacer con ella?

            –Es eso o matarla –no me gusta para nada la seriedad de Gusztáv–. Además, es la hija de nuestro socio. ¡No la podemos ni matar ni dejar aquí!

            –Entonces está decidido, se va con nosotros.

            –¡Genial…! –mi nerviosismo me impide sonreír correctamente– Sólo tengo una pequeña duda: ¿Por qué necesariamente has ido a mi cuarto estás últimas noches?

Ileana vuelve a mirar con actitud de regaño a su hermano:

            –¿Has bebido sangre humana?

Gusztáv se encoge de hombros antes de hablar:

            –Pues en lo que localizaba a ese licántropo me daba hambre y pues… su casa me quedaba de paso.

            –Entonces… ¿Sí eres un vampiro?

Ambos hermanos se retuercen de indignación.

            –Strigoi, para ser exactos; yo soy una bruja, en desarrollo, claro.

Ambos me ayudan a caminar fuera de ese bosque al mismo tiempo que discuten. Yo por mi parte decido ignorarlos para apreciar las luces de la casa del evento.

Publicado la semana 46. 15/11/2020
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