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Ignacievij

Der Staatsanwalt, Capítulo 4

4. Perros de guerra.

            –¡Me quitaste lo único que más amaba en la vida! –Laurencio levanta sus puños a la altura de su iracundo rostro– ¡Lo único que me quedaba en el mundo!

Tras sus largos cabellos rubios esparcidos por su rostro, ese ser le muestra su afilada mandíbula con un gesto similar al bufido de un felino al mismo tiempo que sus brazos ataviados por finas prendas carga a una damisela con su cuello ensangrentado. La mirada de esa joven se encuentra con los ojos castaños de Laurencio, sin indicios de temor ni de preocupación a pesar de que la hemorragia de su cuello parece ser fatal.

            –Tranquilo, tranquilo. No es para tanto, a ella pareció no molestarle.

            –¡CÁLLATE, MALDITA BESTIA DEL INFIERNO!

            –Realmente te muestras valiente aún con lo que acabas de ver –el extraño coloca a la joven en una mesa cercana; después señala a los guardias masacrados en ese amplio salón–. Además, ella me lo pidió. Así que no tienes por qué sentir que fallaste o que te la robé, como tanto pregonas...

            –¡MIENTES!

            –Yo se lo pedí –la dama se lleva su mano a la herida del cuello– Puedes irte; eres libre. Dile a mi hermano que hui por mis propios medios...

            –Micaela... tú no... no puedes estar diciendo eso... ¡Estás siendo manipulada! –Laurencio desenvaina su espada mediana lista para usarla– ¡Deja de meter tus palabras en su lengua, maldito engendro!

Micaela baja de la mesa para acercarse a Laurencio, frotando su mejilla con su mano ensangrentada:

            –Vete. Me dio su palabra de que te perdonará la vida. Márchate, por favor...

            –No... no por favor ¡No! ¡NO! –Laurencio sacude su cabeza desenfrenadamente.

            –Micaela, querida; será mejor que te alejes de él...

Ese ser jala gentilmente a Micaela del hombro, con su expresión de cinismo esfumándose de su pálido rostro.

            –¿Qué le está pasando? ¿Puedes leer su mente? ¿Qué ves? Dímelo...

            –Puedo ver sus pensamientos, pero no veo más que caos...

 

20 años después…

Un desgarrador alarido es expulsado de la garganta de Laurencio en cuanto su arma serrada choca con el sable de Nicolaus. A lo lejos, Micaela observa inmóvil el enfrentamiento desatendiendo al herido bajo su cuidado.

            –¡Ayuda, por favor! –Gäst coloca al sargento Landbehrt al pie de un árbol.

            –Sobreviviste –Radu analiza el semblante de Gäst sorprendido–. No he sabido de nadie que haya enfrentado a Laurencio y vivido para contarlo.

            –Yo estoy bien; el sargento no.

            –Micaela, ¡Micaela! Atiende al sargento, por favor –Radu prepara un par de espadas en su cintura–. Yo iré a enfrentarlo también.

            –¡¿Estás loco?! –Micaela sale de su estado de parálisis– ¡Te matará al instante! Además, Nicolaus te nombró su sucesor.

Radu chasquea su boca impotente, llevándose sus manos a su dorada cabellera.

            –¡No puedo quedarme aquí sin hacer nada!

Micaela traga un poco de saliva antes de hablar, sus ojos cristalizan en humedad:

            –Es el destino de esos dos; no lo podemos evitar.

Corinna se aproxima a atender al convaleciente sargento Landbehrt, revisando la herida de su estómago. Mientras tanto, Gäst extrae un estuche del saco de su subordinado, abriéndolo para sacar un cigarro que coloca en la boca del bávaro.

            –Vas a estar bien, viejo amigo –Gäst a enciende un cerillo cubriéndolo con su otra mano–. No hay nada que un poco de tabaco no cure. ¡Gode Bäternis!

En seguida, Gäst se levanta y se encamina hasta Radu, girándolo bruscamente para enfrentarlo:

            –¡¿Was zum Teufel war er?! –Gäst suelta las solapas del atuendo de Radu– ¡Me he enfrentado a desertores locos, pero nunca había visto a alguien luchar así!

            –Créeme que hasta para nosotros es un enigma –Radu se suelta de las manos del prusiano–. Lo que sí es seguro es que esa cosa es un humano, un humano un tanto peculiar.

Los pocos voluntarios que no habían salido heridos retroceden apenas ven a otro contingente de campesinos rodearlos desde el pueblo. Emilia blande su espada iracunda en contra de los hombre que huyen:

            –¡Sigan combatiendo! ¡Todavía podemos luchar!

            –¡Es suficiente Emilia! –le grita Radu desde su posición– ¡Ayúdanos a evacuar a los heridos! ¡Prepárense para retirarse al bosque!

Emilia reniega ante la petición de Radu, así que, junto con un puñado de combatientes, decide enfrentarse a los voluntarios opuestos y los austríacos. Mientras tanto, Laurencio y Nicolaus prosiguen con su enfrentamiento, ambos con indicios de agotamiento que esconden tras los brutales impactos de sus respectivas armas.

            –Peleas tan bien como Horacio –Nicolaus se apoya con su espada clavada en el fango–; es una lástima que él ya no esté con nosotros. De lo contrario, te hubiera matado en un instante.

Laurencio grita furioso al mismo tiempo que levanta su arma; sus blancos ojos sobresaltan su intimidante semblante. En eso, el grupo de Emilia llega hasta el punto de enfrentamiento y un par de voluntarios se disponen a acabar con Laurencio, pero caen rápidamente en cuanto este blande su arma serrada con la que despedaza cráneos y extremidades.

Incrédula, Emilia enfrenta a Laurencio, manejando su sable con gran audacia que limita a su oponente a contraatacar.

            –¡Maldito monstruo!

Emilia intenta apuñalar a Laurencio sin éxito; él es más rápido y logra patear la muñeca de su enemiga, desarmándola. En su distracción, Emilia se paraliza al ver el madero con navajas aproximársele, pero Nicolaus la alcanza a jalar, recibiendo un corte superficial en su mano.

            –¡Huye, Emilia! Esto es entre él y yo.

            –¡No puedo dejarte aquí! –Emilia toma una de las espaldas tiradas en el fango– ¡Este monstruo ya mató a varios de los nuestros!

Apenas Emilia limpia la empuñadura de su nueva arma, esta se da cuenta muy tarde de que Laurencio se desplazó rápidamente por su espalda, hiriéndola de gravedad.

            –Ella vivirá –Laurencio limpia la sangre del macuahuitl con la nieve del suelo–. Como lo dijiste: esto es entre tú y yo.

Enfurecido, Nicolaus se lanza contra Laurencio blandiendo su sable tan rápido como puede, mismos movimientos que Laurencia esquiva perdiendo un pedazo de filo con cada impacto. El combate se vuelve aguerrido; ambos enemigos se muestran fieros e indispuestos a caer.

Las tropas austríacas son comandadas a entrar a la ciudad, mientras que sus propios voluntarios comienzan a rodear a las tropas de Nicolaus por los puntos norte y este. Radu prepara la mayor cantidad de sus tropas para que se lleven a los que puedan; Corinna y Gäst improvisan una camilla para llevarse al sargento Landbehrt, mientras que Micaela observa atónita el combate de su superior y su antiguo siervo.

            –¡Emilia cayó! –Micaela arrastra a un malherido hasta un lugar seguro– ¡Iré por ella!

            –¡No lo hagas! –Radu prepara un par de pistolas para defenderse– ¡Tenemos que salvar a los que están aquí! ¡Ayúdame a repelerlos!

            –No, Radu. Tienes que irte tú también –Micaela se arranca el escudo de su brazo izquierdo y se lo entrega a Radu–. Los demás te necesitan. Haré lo posible por salir viva.

Micaela apuñala a Radu con una daga en el estómago antes de tomar un par de sables cortos y correr lo más rápido que puede hasta el campo de batalla, en dónde se encuentra a unos cuantos agonizantes que se desplazan como pueden hasta una posición segura.

Nicolaus tiene la ventaja. Con su fuerza bruta sobrehumana ataca a Laurencio de tal manera que este apenas y puede defenderse con su arma de madera parcialmente destrozada.

            –¡Y te consideras un guerrero azteca! –Nicolaus patea la rodilla de su contrincante– ¡¿Qué te paso?! ¿Acaso te humanizaste?

Laurencio levanta su rabioso rostro encarando la prepotente actitud del barón. Acto seguido, este embiste a Nicolaus, derribándolos sobre el fango para enroscarle el cuello con sus manos.

            –¿Realmente pensaste que me estabas ganando?

Laurencio impacta salvajemente sus nudillos en el aturdido rostro de Nicolaus, quien no puede defenderse ya que su visión se nubla por la sangre que entra en sus parpados.

            –Siempre… fuiste… un… idiota.

El rostro de Nicolaus se desfigura con cada golpe; sus facciones ya no son reconocibles y su nariz termina abierta por la mitad, expuesta totalmente.

            –Ahora dime –Laurencio detiene la golpiza y se reclina al rostro de su víctima–: ¿Qué siente el chupasangre más fuerte de todo Europa ser derrotado por un simple humano?

            –Tú no eres… un simple humano –Nicolaus escupe sangre al balbucear–; eres… el mismismo Huitzil… opoch… tli… El jinete del caballo rojo…

Antes de que pueda reaccionar, Micaela derriba a Laurencio sobre el lodo, evitando con sus brazos que pueda levantarse. Laurencio no logra deslizar sus piernas por el costado de Micaela, quien aplica presión sobre sus costillas con sus rodillas, sometiéndolo por completo.

            –Escúchame, Laurencio; soy yo, Micaela –Laurencio se niega a estar inmóvil–. Laurencio, escúchame, por favor. Por favor.

Micaela ignora el caos cercano a ellos; las tropas y voluntarios se repliegan poco a poco.

            –No fue mi intención arrastrarte hasta aquí –las lágrimas de Micaela caen sobre las mejillas de Laurencio–. Por favor, escúchame. No fue tu culpa lo de Horacio. Él te quería; yo te quiero. ¿Recuerdas cuando éramos niños y jugábamos entre los nogales de la hacienda?

            –¿Miguelita? –Laurencia afloja su cuerpo al reconocer a su amiga– Yo no… no quise matar a Horacio. Él me atacó…

            –Lo sé –Micaela se levanta tranquila y desenfunda un sable corto que penetra en el costado de Laurencio–. Esa era su misión después todo.

Laurencio observa aturdido a Micaela ayudar a Nicolaus a incorporarse. Emilia, por su parte, aprieta un poco de nieve sucia entre sus nudillos aliviada al no sentir peligro inminente.

            –Me sorprende la facilidad con la que lo persuadiste para matarlo –Nicolaus se limpia la sangre de su desfigurado rostro–. De haber sabido, lo hubiéramos matado hace mucho.

Micaela observa la agonía de Laurencio mientras limpia su arma blanca.

            –Eres bueno dando órdenes, pero no ejecutándolas. Como esta batalla, por ejemplo –el comentario de Micaela desconcierta a Nicolaus–. ¿Lo de mi hermano también fue un fracaso para ti?

Nicolaus no sabe qué decir cuando de pronto Micaela gira rápidamente y la incrusta el filo del sable hasta la mitad de su garganta. Emilia mira aturdida la sanguinaria traición.

            –Dime, desgraciado… ¿Planeabas matarme a mí también?

Con sus pocas fuerzas, Nicolas clava sus uñas en la caja torácica de su atacante.

            –Radu… no tenía la culpa… de ser …un impulsivo –exclama Nicolaus a duras penas al mismo tiempo que esboza una sonrisa–. Por los hermanos… lo que sea.

            –Después iremos por él, no te preocupes…

Micaela termina por aplicar más presión sobre el cuello de Nicolaus, hasta que su cabeza es desprendida del resto del cuerpo, llevándose las dañinas uñas con la gravedad. En seguida, Micaela da media vuelta para encontrarse a Emilia a medio levantarse, apuntándole con una enlodada pistola de chispa.

            –Emilia, no entiendes lo que estaba pasando entre nosotros.

            –Eres una traidora… a la causa y a los tuyos –Emilia prepara el arma para detonarla–. Es más, ni siquiera eres una de los nuestros.

Laurencio se levanta lentamente sólo para que Emilia le apunte y le dispare en el pecho.

            –Pero a diferencia tuya, yo no mato a los de mi especie.

Emilia tira el arma de fuego en el fango, preparándose para huir de la escena. Micaela se recupera del impacto emocional y se le acerca a Laurencio para atenderlo:

            –No te preocupes, el perdigón entró y salió –Laurencio se logra sentar con gran incomodidad– ¿Cómo están tus heridas?

            –No son muy profundas; sanarán pronto –Micaela se sienta a su lado para observar a las tropas de Lampert perseguir a los rebeldes restantes–. Todo esto estaba destinado a ser un fracaso total.

Micaela aprieta la mano de Laurencio ignorando que Lampert se acerca.

            –Lo de Horacio… yo… yo lo amaba, así como te amo a ti. Nunca fue mi intención…

            Lo sé –Micaela coloca su mejilla derecha sobre el hombro de su amigo–. Todo fue culpa de Radu; pronto iremos por él y lo haremos pagar por sus pecados. Al menos lo acuchillé antes de venir aquí.

            –Es increíble que Nicolaus se haya sacrificado para cubrir a Radu siendo él un hombre inocente. ¡Casi lo mato en su intento de protegerlo!

            –Supongo que eso hacen los hermanos: protegerse los unos a los otros.

            –Veo que no mentían cuando dijeron que matarían al chupasangre más fuerte de todo el continente –interrumpe Lampert en lo que observa los restos de Nicolaus–. Les di el tiempo necesario para que mis tropas no interfirieran en sus asuntos. Supongo que ya no formamos parte de la Orden en todo caso.

            –Nunca lo fuimos, amigo mío –Laurencio acepta la ayuda de Lampert para incorporarse–. Me imagino que Götz estará más que satisfecho al ver el cuerpo de Nicolaus.

            –También va a disfrutar masacrar al contingente que va para Bavaria…

            –¡Verdammte Heuschrecken! –Lampert coloca el brazo derecho de Laurencio sobre su espalda– Los rebeldes restantes ya fueron acorralados cerca del panteón. Les ordené a mis soldados que los protejan; de lo contrario, los van a linchar como perros.

            –Esto fue un juego de niños a comparación de lo que nos tocó vivir en la Nueva España –Micaela se jacta de la ironía–. Espero algún día volver a ver mi tierra natal. La extraño tanto.

            –Yo no del todo –Laurencio da cada paso con dificultad–. Era un esclavo… con beneficios, pero no dejaba de ser un esclavo.

            –Al menos te iba bien –Micaela le da un último vistazo al árbol abandonado a lo lejos–. Realmente me encariñé con Corinna y los prusianos; eran buenas personas.

El trío deambula entre las tropas que protegen a los prisioneros de la horda de iracundos campesinos. Un par de aparentes médico se acercan hasta ellos para atenderlos en lo que el sol deslumbra entre los frondosos árboles del bosque cercano.

Publicado la semana 42. 18/10/2020
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