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Ignacievij

Der Staatsanwalt, Capítulo 3

3. Mejor morir en pie.

Castillo Nowy Wiśnicz, cerca de Bochnia, República de Cracovia, 25 de febrero de 1846.

A pesar de que la noche impera sobre las ruinas de ese abandonado castillo, las lámparas de aceite son apagadas al instante en lo que centinelas se esconden entre los viejos cimientos de las fortalezas de los alrededores mientras que otros toman refugio dentro de la estructura. Algunos preparan sus fusiles sobre las disipadas rocas, otros apenas las preparan, pero lo que sí tienen en común es la cara de agotamiento que reflejan sus pálidos o rosados rostros.

            –¡Fue una maldita misión suicida! –Nicolau agita sus manos al aire, enfurecido– ¡De haber sabido que la guarnición de los austríacos estaba lista, ni siquiera nos arriesgábamos! A los únicos que pudimos rescatar fue a los intelectuales. ¡Carajo!

            –Tampoco nosotros contábamos con que esos invasores tendrían sus tropas allí –comenta un joven de barba poblada–; pero tampoco teníamos los medios para alertarlos.

            –Tomasz tiene razón, barón –explica la dama de corto cabello rizado ataviada con ropas masculinas–. Además, los voluntarios de Cracovia dependen de nosotros para asegurar Gdów.

Nicolaus da media vuelta para ver a los refugiados dentro de la estructura principal del castillo.

            –Muchos de los szlachta no muertos ni siquiera saben portar un arma –murmura Nicolaus con preocupación–; los que todavía son humanos, menos. Algunos sólo cuentan con su dinero y pocas influencias. Emilia, Tomasz; será mejor dividirlos y distribuirlos en caravanas pequeñas que puedan salir de la República. Los que puedan y quieran combatir se quedan; los otros deben de custodiar a las caravanas.

La decisión de Nicolaus toma por sorpresa a Tomasz y Emilia, quienes se miran atónitos.

            –Es una idea muy drástica, barón –Tomasz se muestra reacio.

            –La gran mayoría de ellos ni siquiera vinieron para pelear –Nicolaus retuerce su cuello al hablar–; huyen para sobrevivir y no morir como animales. Los entiendo y no los culpo. Emilia, da el aviso.

            –¿Y a dónde les digo que pueden ir, barón?

            –La mayoría, y los szlachta convertidos, irán a Transilvania y Valaquia entrando por Hungría; los otomanos no serán problema. El resto se distribuirá en Bavaria y Estiria.

            –¡¿Bavaria?! –Emilia salta a la defensiva– ¡Esa es la jurisdicción de Götz! ¡Ese terco se la pasa matando a los Blutsäuger que emergen por la región!

            –No si le llegan al precio –Nicolaus sacude con su mano el polvo del barandal de madera–. Cuando estén ahí manden emisarios y díganle que ofrecen su palabra de szlachta puro para no atacar a los habitantes y dinero para muestra de confianza. Obvio elegirá el dinero; no deja de ser un mercenario.

            –¿Y qué hay de los que no son puros?

Emilia apunta con su mentón al grupo de Micaela que descansa en un rincón alejado.

            –Esos son mi problema –Nicolaus menea su cuadrada mandíbula–. Además, Götz estará más que satisfecho al saber que uno de los suyos caerá muerto por estas tierras. Ahora retírense, partiremos al amanecer.

Culminada la conversación, Nicolaus se dirige hasta el grupo de sus subordinados, unos de los cuales se preparan para dormir rodeando los restos de lo que fue una pequeña fogata.

            –Así que… ¿Somos tu problema? –Micaela esconde sus manos bajo su gabardina.

            –No lo serán por mucho –Nicolaus toma una de las botellas de vino para darle un largo trago–. Dentro de poco está por suscitarse un posible enfrentamiento; así que dependerá de ustedes si quieren quedarse o regresar al Castelul Huniazilor. En el caso de los prusianos, pueden aprovechar la confusión y retirarse dentro de las filas enemigas.

Gäst y Landbehrt se miran el uno al otro y finalmente Gäst contesta por los dos:

            –Nos quedaremos a pelear. Ese tal Lorenz está combatiendo con uniforme bávaro, lo cual debe de ser reportado ante nuestras autoridades.

            –Como ustedes digan. Descansen lo mejor que puedan; salimos antes del amanecer.

Tras decir esto, Nicolaus se retira del grupo, dirigiéndose a una cámara al otro lado del empolvado salón. Mientras tanto, el grupo de Micaela se prepara para dormir con los pocos recursos que tiene, inclusive Corinna le extiende a Gäst una extensión de su abrigo para que se refugie del frío invernal.

            –Gracias –las mejillas de Gäst se tornan rojizas–. Es algo incomodo, pero servirá.

Gäst se acomoda de tal manera que no surja incomodidad entre él y Corinna, y esta le dirige una sonrisa inocente y somnolienta.

            –Gracias por no inculparme por lo de Brandt –Corinna frota su pecho con sus muñecas.

            –No me debes nada; dije eso para ganarme su confianza.

            –Sí, lo que digas –Corinna cierra sus ojos, víctima de un sueño profundo.

Gäst observa los finos detalles del joven rostro de Corinna: desde su fina barbilla bien definida, pasando por su nariz pequeña y puntiaguda hasta llegar a su frente mediana no tan amplia. Finalmente, Gäst decide apartarse un poco de ella, mirando al oscuro techo en lo que logra conciliar el sueño.

            –¡Vaya! –susurra Radu sarcásticamente– Al fin alguien que no cae rendido por usted, Fräulein Micaela.

El golpe de Micaela sobre el estómago de Radu lo obliga a retorcerse de dolor:

            –No digas estupideces, Radu

Micaela observa a Landbehrt hacer ronda con otros soldados, así como le da un vistazo a sus compañeros que duermen en lo que ella se recuesta sobre los restos de un altar.

            –Cada vez que alguien se “enamora” de mí, termina herido –Micaela mantiene su vista perdida en las distantes estrellas; Radu la observa con curiosidad–. Así que prefiero no amar a nadie ni enamorar a nadie para ahorrarse todo ese dolor. Buenas noches; mañana madrugamos.

Micaela cierra sus opacos ojos avellanos al mismo tiempo que coloca sus manos cruzadas sobre su pecho. Radu observa el firmamento en esta ocasión, meditando antes de caer dormido.

 

A la mañana siguiente.

La poca más de centena y media de habitantes del castillo prepara sus cosas antes de que el sol surja; unos atan sus pocas pertenencias a los carruajes, mientras que otros preparan sus armas blancas y mosquetes. De entre ellos se abro paso Nicolaus escoltado por Emilia y Tomasz, subiendo a un bloque que en algún momento formó parte de la estructura principal.

            –Como parece, la decisión fue tomada. Los que se refugiarán fuera del Imperio Ruso serán escoltados por Tomasz hasta tierras húngaras; de ahí, tendrán los medios para establecerse en Transilvania y Valaquia el tiempo que sea necesario.

Nicolaus hace contacto visual con diferentes miembros de la caravana.

            –Otro grupo pequeño tendrá que dirigirse por un tramo más arriesgado hasta llegar a Bavaria; ahí tendrán que negociar con Götz. Es algo riesgoso e impredecible. Los que decidieron quedarse y pelear partiremos en unos minutos.

Muchos de los voluntarios toman sus pocas pertenencias y se alistan para adentrarse al bosque; entre ellos, Micaela y compañía. De repente, un par de jóvenes llegan corriendo a toda prisa hasta los restos del campamento, ambos pálidos de la piel y con ojos claros y opacos.

            –¡Los austríacos están saliendo de Bochnia! –exclama uno de los mensajeros con poco aliento– ¡Son demasiados! ¡Más de quinientos!

            –¡Maldita sea! –gruñe Emilia– ¡Tienen camino libre hasta Gdów!

Nicolas analiza a detalle la incompleta centena de voluntarios a su disposición, preparando su propia espada al ajustarla en su cintura.

            –Estamos muy cerca, pero somos muy pocos; si los enfrentamos, perderemos en menos de media hora. Tendremos que entrar a Gdów por el sur. ¡TODOS AL BOSQUE!

            –¡UNA SOLA NACIÓN! –Emilia ruge entusiasmada– ¡UNA SOLA PATRIA!

            –¡¡¡UNA SOLA NACIÓN, UNA SOLA PATRIA!!!

            –¡Una sola nación! –Gäst y Landbehrt se suman nostálgicos al coro de los voluntarios– ¡Una sola patria…!

            –Un bávaro y un falso danés pidiendo lo mismo –Radu comienza su marcha tras los voluntarios–. Algún día tendrán su propia nación…

 

Puente sobre el río Raba, a 25 kilómetros de ahí; 3 horas más tarde.

Tan sólo media docena de rebeldes acechan a las tropas austríacas que marchan a poca distancia del puente; los viejos maderos y los carruajes derribados sirven como escondite improvisado ante tal espera. De repente, un pequeño contingente de tropas de infantería toma posición listos para efectuar unos cuantos disparos; los cuales son respondidos por unos cuantos insurgentes, pero los demás huyen saliendo de sus escondites, ya sean de la misma barricada o de casas aledañas.

            –Se están adentrando a la aldea –Lampert descarga su mosquete sobre un hombre que huía; después, desenfunda un par de pistolas–. Cuando quieras, Lawrence.

Laurencia desenfunda su espada curveada y le da alcance a otros dos rebeldes que corrían juntos; con el filo de su arma, el latino ejecuta a ambos hombres sin piedad. Lampert, por su parte, ejecuta con un certero tiro en la frente a otro enemigo que le apuntaba a Laurencia desde una ventana cercana, dejando que el occiso se quede dentro de la casa.

            –¡Todos marchen! –Laurencio incita a que los uniformados y voluntarios locales se adentren a las casas y establos cercanos– ¡Y recuerden: una centena de sal y cinco złote por cada insurgente vivo!

            –Entonces deja de matarlos –gruñe Lampert mientras prepara otro mosquete.

            –Yo ni vine hasta aquí por dinero…

Con una mueca de sadismo, Laurencio se lanza en contra de otro rebelde que se niega a soltar su lanza improvisada, dejando que este se defienda antes de que su estómago sea perforado.

            –¡Son tan patéticos que hasta me da lástima matarlos!

Conforme las tropas austriacas comienzan a adentrarse al pueblo, estos son enfrentados por un contingente de rebeldes que les apunta con sus armas, realizando una primera descarga que hubiera sido fatal si no fuera porque las balas caen a los pies de los atacantes o se incrustan en diferentes estructuras.

            –Hasta para disparar son pésimos –Lampert ve a Laurencio barrer las balas que cayeron a sus pies–. ¡Primera fila! ¡Disparen!

Los tiros de los austríacos son certeros; unos rebeldes caen abatidos mientras que otros sueltan sus armas y huyen en diferentes direcciones. Al grito de guerra, las tropas de Nicolaus aparecen por el este del pueblo, armados con pocos mosquetones, pero con más espadas; lanzándose en conjunto hacia las tropas austríacas.

            –¿Quiénes son esos locos? –Lampert baja la varilla dentro del cañón de su mosquete.

            –No lo sé –Laurencio agita su espada apuntándole a los atacantes– ¡Bereit, Ziel, Feuer!

La descarga de las armas fulmina a los voluntarios que corrían desorganizados; los que eran humanos caen al primer impacto mientras que los otros se tropiezan al no medir su velocidad no humana o reciben hasta tres impactos hasta que caen inertes sobre la lodosa nieve.

            –¡No puede ser! –Nicolaus observa angustiado a Laurencio acercarse al campo de batalla y rematar a los pocos sobrevivientes– ¡NO! ¡MALDITO MONSTRUO!

Laurencio levanta su cínica mirada para encarar desde lejos a Nicolaus, jactándose de su crimen al mismo tiempo que corta de un tajo la garganta de un superviviente.

            –¡ATAQUEN! –grita una voz para que una veintena de hombres entren al combate.

            –¡NO! –Nicolaus observa impotente la carga de sus propias tropas.

Cinco hombres se aproximan ante un inmutable Laurencio, dispuesto a atacarlo con sus armas improvisadas; este reacciona blandiendo su espada con cortes certeros en los intestinos y gargantas de sus atacantes. Otros siete voluntarios lo rodean y usan sus armas largas y puntiagudas, junto con espadas, para inmovilizarlo; lo único que consiguen es que a Laurencio se le suelte su espada.

            –Creo que ya es momento de hacerlo más interesante –Laurencio se muestra intimidantemente emocionado al verse rodeado–. Con un arma igual a esta, mis antepasados acabaron con la vida de muchos como ustedes, opresores y esclavistas.

Los hombres de Nicolaus reclinan sus torsos al apreciar al arma de madera delgada con hojas metálicas sobresalientes.

            –Lo mejor de todo es que este macuahuitl está diseñado para causar una muerte lenta y dolorosa –Laurencio ataca al combatiente que estaba a sus espaldas, abriéndole la caja torácica de un rápido y bruto golpe–. ¡QUE COMIENCE LA FIESTA!

Los desafortunados que había rodeado a Laurencio caen de uno en uno en cuestión de segundos apenas se escucha el impacto de la madera con la carne cortada y los huesos expuestos. A pesar de esto, otra ola de atacantes intenta hacerle frente, mientras que los austríacos preparan sus bayonetas.

            –Tenemos que hacer algo –Radu asiste a un par de aliados heridos que se arrastran hasta la retaguardia– ¡Gäst, sargento, traigan a todos los caídos que puedan!

            –Corinna y yo trataremos las heridas –Micaela comienza a preparar los materiales de curación–. Déjenlos bajo aquel árbol.

Gäst y Landbehrt, junto con otros voluntarios, se acercan a ayudar a los agonizantes, arrastrándolos fuera del campo de batalla.

            –Herr Gäst, observe estás heridas. ¡Son muy profundas! ¡Nunca había visto algo así!

            –Y yo nunca había visto a un hombre matar a tantos enemigos en tan poco tiempo –Gäst observa la endemoniada figura de Laurencio repartir cortes a cuanto hombre se le acerca–. Veinte soldados han caído frente a él. Ese tipo es todo, menos un humano.

Una espada rota sale volando y le corta parte del saco a Gäst, misma que se entierra en el suelo lodoso. Gäst, aturdido, gira su cabeza para ver al arma que le pudo hacer daño; luego, voltea a ver el combate, haciendo contacto visual con los ojos de Laurencio, los ojos de un poseído.

            –Sargento, ustedes dos, llévense a los pocos que puedan hasta el árbol –Gäst toma la espada de una de las bajas–. Yo los cubro. ¡Schnell! ¡Er kommt!

Laurencio le corta el pecho a otro voluntario con una daga pequeña, apresurándose hasta llegar a Gäst, quien menea la muñeca con la sostiene su medio de defensa.

            –Tú… puedo oler tu sangre –la nariz de Laurencio se arruga bruscamente– No eres ni como ellos ni como un humano…

Laurencio deja caer su macuahuitl sobre la cabeza de Gäst y este usa su espada para contrarrestar el rabioso ataque, dándole una patada en el estómago al mexicano. Gäst aprovecha esa distracción para contratacar blandiendo la espada, ataques que Laurencio logra esquivar erróneamente.

            –Tú serás un bruto y fiero guerrero –Gäst apunta con el filo a Laurencio de manera soberbia–. Pero yo soy un oficial prusiano; uso la cabeza y la estrategia al mismo tiempo.

Un contingente de las tropas de Lampert se adentra al pequeño campo de batalla; lo mismo ocurre con los szlachta que se disponen a enfrentarlos. En poco tiempo el combate se hace aguerrido, el sonido de los filos que chocan se ensordece cuando la carne es cortada; siendo esta la que afecta en su totalidad a los combatientes de Nicolaus, quienes se retiran.

            –¡No interfieran! –grita Lampert en lo que Laurencio y Gäst siguen su duelo– Si lo hacen, Laurencio no dudará en matarlos.

            –Eres un soldado formidable –Laurencio parece cansado, pero no derrotado–. Ya era hora de enfrentarme a un digno enemigo.

Con una mano, Laurencio levanta furioso su arma para descargarla sobre Gäst, pero este vuelve a atravesar su espada como escudo, misma que se rompe y el impacto lo derriba.

            –¡Ponte de pie! ¡Agarra otra espada y lucha!

Aturdido, Gäst rueda por el lodo para tomar los restos de su espada que incrusta en el costado izquierdo del mexicano; ese mismo acto sobresalta a Lampert y al mismo Laurencio.

            –Eres… eres la segunda persona que me logra cortar –la expresión perpleja de Laurencio cambia a la de emoción total–. Sin duda… ¡Mereces morir con honor!

Laurencio agarra a Gäst del cuello para erguirlo, empujándolo en lo que se remueve el pedazo de metal de su costilla para atacarlo. Su objetivo es truncado en cuanto el sargento Landbehrt jala a Gäst hacia atrás y él mismo recibe el impacto sobre su redondo estómago.

            –¡Nein! –Gäst patea la ingle de Laurencio; después, gira para asistir a su aliado– ¡Feldwebel! ¡Landbehrt! ¡Peter! ¡Sag etwas, Kamerad!

            –Es verbrennt mich –Landbehrt habla con mucha dificultad.

            –Es una pena –Laurencio se mantiene de pie viendo la escena–. Llévatelo de aquí. Sacrificó su vida para salvar la tuya; es un hombre valiente que merece vivir. Yo me enfrentaré a un cobarde.

La expresión de empatía de Laurencio cambia a la de cinismo al ver a Nicolaus acercarse a ellos mientras desenfunda su propia espada.

            –Barón –Laurencio y Nicolaus quedan a unos cuantos pasos de distancia–. ¿A qué se debe el honor de verlo en un enfrentamiento entre mortales?

Con su semblante alto, Nicolaus mira a Laurencio con desprecio:

            –Tú no eres ni humano ni bestia. Eres un demonio encarnado.

El impacto de armas es inminente. Laurencio se resiste a caer a pesar de los intentos golpes que recibe por parte de Nicolaus, mientras que, con cada ataque de arriba hacia abajo, el mexicano mueve sus piernas para evitar cortarse con su propia arma.

            –Un demonio forjado de entre la esclavitud –Laurencia brinca un par de veces para recuperar su respiración–. Y los de tu especie son esclavistas a los que debo eliminar.

            –Si dices que eres un esclavo, entonces, ¿por qué seguiste a tus amos hasta Europa cuando te convertiste en un hombre libre?

El comentario de Nicolaus enfurece a Laurencio de tal manera que le desgarra ligeramente el pecho con su macuahuitl.

            –¡Tú los convertiste en unos monstruos a tu imagen y semejanza!

Nicolaus aprovecha un descuido para cortarle el pecho a Laurencio:

            –¡¿Y por eso asesinaste a Horacio?!

Laurencio golpea el mentón de Nicolaus con el filo metálico de su espada de madera:

            –¡No te atrevas a mencionarlo! ¡Lo pusiste en mi contra para que me matara!

Frotándose la herida, Nicolaus se levanta sonriente:

            –¡Qué bueno que no te convertí! De lo contrario serías imparable.

Nicolaus golpea el rostro de Laurencio, cegándole su conciencia al instante.

Publicado la semana 41. 11/10/2020
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