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Ignacievij

Der Staatsanwalt, Capítulo 2

Cerca de Jasło, República de Cracovia, 24 de febrero de 1846.

Dentro del carruaje que viajan, Gäst consume toda el agua que contenía su cantimplora; en seguida, este se come vorazmente la rebanada de pan que el sargento Landbehrt le extiende.

            –¿Se siente mucho mejor? –Micaela mira fijamente el comportamiento del prusiano.

            –Mucho mejor, gracias –Gäst acomoda su cantimplora vacía al mismo tiempo que ve con seriedad a Micaela–. Nos debe una explicación. ¿Por qué asesinó a nuestro prisionero?

            –Pensé que Radu había sido claro con su introducción –Micaela toma apuntes en un pedazo de papel–. Aunque ahora que lo pienso, sólo fue un simple comentario lo que dijo.

            –Soy un hombre de leyes; no creo en el esoterismo.

            –Pero, Herr Gäst, usted no vio sus dientes –Landbehrt hace una descripción con sus manos–. ¡Todos eran afilados! ¡Nunca había visto una cosa así!

            –A lo mejor se los afiló con una cuchilla –Gäst se cruza de brazos, incrédulo.

            –Yo también tengo colmillos. Miren –Corinna se reclina ante los prusianos, señalando su dentadura blanca–. No serán como los de Radu, pero igual son intimidantes.

            –Sí, sí, claro; lo que digas –Gäst aparta a Corinna gentilmente hacia su lugar–. Creo que eso sería lo último que me preocuparía de ti.

De repente, Gäst entra en razón y analiza los nudillos de Corinna:

            –¿Cómo es posible que hayas golpeado tan brutalmente a Brandt con estos puños? –Gäst se coloca sus anteojos, intrigado– ¡Son tan frágiles y pequeños como una cebolla!

            –Creo que les debo una explicación, Herren –Micaela guarda sus apuntes dentro de su gabardina–. Como ya les había mencionado Radu, nosotros somos lo que el folclore bávaro denomina “Bluatsauger”; también conocidos como “vampiros”.

            –Pero ustedes… se ven normales –Landbehrt apunta asustado a ambas mujeres–. ¡No son como los cuerpos putrefactos que narran las historias! A lo mucho, son muy pálidas.

Micaela hace una mueca de resignación con su fina boca:

            –Lo que pasa es que nosotras somos “recientes”, por así decirlo… y esos cuentos, pues, son algo exagerados hasta cierto punto.

            –Radu es un strigoi –Corinna apunta con su pulgar a hacia el sonido de los caballos–, un vampiro de linaje oriundo de los Cárpatos.

            –Eso explica su acento –Gäst traga un poco de saliva para disimular su miedo–. Lo que aún me perturba es el suyo; no logro reconocer su origen.

            –La tierra en donde nací ya no existe; así que decidí recorrer el mundo –Micaela cruza sus piernas bajo su vestido–. Como verá, tuve que esforzarme para aprender su idioma.

            –Ya veo –Gäst se acomoda su corbatín negro–. ¿Y qué la trae por lejanas tierras?

            –Estoy en búsqueda de ese mercenario que lo salvó hace unos días.

            –¿Y él también es un, ya sabe “vampiro”?

            –Pelea como una salvaje –añade el sargento Landbehrt–. Nunca en mis casi veinte años como soldado había visto a alguien pelear de esa manera.

            –No lo es –Micaela tuerces sus labios pequeños–. Es un humano como ustedes, pero con la furia de diez soldados. Me atrevo a decir que, si hubiera habido cien hombres como él, mi patria jamás hubiera desaparecido.

            –Me conformo con tener la mitad de esos hombres; sólo así, nosotros tendríamos una sola nación –musita Landbehrt cabizbajo.

            –¿Hombre con demasiada fuerza? –Gäst retuerce su cuello para que truene– Un berserker será. Al menos así les llamaban los vikingos a sus guerreros más fieros.

            –¿Berserker? –Corinna se lleva un dedo a la barbilla– no me suena en nada ese término.

De repente, Radu abre la escotilla de por encima del asiento de Micaela y Corinna:

            –Ya casi llegamos al campamento que los rebeldes nos dijeron.

Los pasajeros preparan sus papeles de identificación para el momento de descender. Unos cuantos instantes después, el carruaje se detiene ante la orden de un vigía, quien solicita una revisión antes de que ingresen al campamento.

            –Tagchen, Damen und Herren –el amable custodio se asoma por la puerta del carruaje–. Sus pasaportes, por favor.

Todos en el interior le extienden sus papeles, a lo que el vigilante de acento austríaco analiza con rapidez:

            –Ustedes, Herr Gäst y Feldwebel Landbehrt, son prusianos; mientras que las señoritas Krause y Baltiérrez provienen de… ¿Kirchenstaat? Bueno, no dejan de ser papeles válidos.

De inmediato, el vigía le indica a otro par de hombres que aparten la barricada improvisada para que los recién llegado continúen, deteniéndose hasta uno de los establos.

            –A partir de aquí tendremos que proseguir con nuestra búsqueda a pie –Radu intercepta a un civil que carga su rifle como un militar–. ¿Sprichst du Deutsch? ¡Excelente! ¿Has visto a un soldado de piel morena, extranjero al parecer?

El civil armado señala con su dedo a un área tras las enormes casas de campañas:

            –Les está enseñando a cómo usar las espadas y armas improvisadas.

            –¿Era austríaco? –comenta Gäst al verlo retirarse– ¿Por qué hay soldados vestidos de civiles? ¿Qué es lo que está pasando, Herr Radu?

            –Una revolución a medias –Radu se abre paso entre pequeños grupos de gente–. Los austríacos y prusianos están apoyando el levantamiento. Han de tener sus razones.

Finalmente, el grupo llega hasta una cerca redonda en cuyo interior unos cuantos hombres entrenan con espadas diferentes técnicas de ataque y defensa, todos guiados por Laurencio:

            –¡Levanta tu guardia! ¡Si sigues así terminarás muerto sin siquiera usar tu espada!

Laurencio observa detenidamente el entrenamiento, hasta que logra ver a Micaela asomándose entre los presentes. En eso, Laurencio deja a cargo a otro soldado vestido con el uniforme reglamentario para acercarse a Micaela con paso apresurado y actitud violenta:

            –¿Qué haces aquí? –la frente de Laurencio casi frota la de Micaela.

            –Nos dejaste a Brandt como mensaje.

            –Ese era un mensaje para los prusianos estos. No para ti.

El rostro de Micaela emana frustración e ira a la vez:

            –Como representante de la Familia Baltiérrez, te ordeno que dejes toda esta estupidez.

Laurencio estaba por partir, pero se da media vuelta tras escuchar a Micaela:

            –Las leyes de esclavitud dejaron de existir junto con la Nueva España –Laurencio se lleva sus manos a la cintura–. Además, tú no eres tu hermano; el último varón de tu familia.

Provocada por eso último, Micaela desenfunda su daga y esta desaparece de su mano, sostenida ahora por Laurencio quien se la extiende a Radu:

            –Y sigues con tu falta de control de ira –Laurencio voltea a ver Radu, ofreciéndole el arma–. Radu, supe lo de tu promoción. Felicidades.

Radu mira con frialdad a Laurencio para después tomar la daga de Micaela y guardarla:

            –Si no hubiera sido porque un desquiciado atacó al Gran Draconiano, no hubiera subido tantos peldaños.

            –Con un “gracias” me conformo –Laurencio da media vuelta dispuesto a retirarse–. ¿Para qué han venido hasta aquí? ¿Para detenerme? ¡Ja!

Micaela mira fijamente con desprecio a Laurencio, y este, a sabiendas de lo que ocurre a sus espaldas, mantiene su actitud arrogante.

            –Obviamente sí…

Micaela desenvaina su larga espada oculta bajo sus prendas y se abalanza contra Laurencio, quien imita el mismo gesto agresivo al extraer un sable curveado y corto que colgaba en su cintura. El colapso del filo de ambas armas retiembla en los alrededores, ensordeciendo a unos cuantos presentes cerca, mientras que los contrincantes se miran fijamente.

            –Veo que sigues siendo esa niña estúpida de hace unos años –Laurencio aplica presión sobre la mano que sostiene el arma–. Un poco más fuerte; eso sí.

Micaela concentra su fuerza en sus piernas y brazos, tratando de llevar el filo de su espada mediana la cara de Laurencio; este último, muestra una mueca de total confianza que se ve perturbada cuando la punta de una daga le presiona la barbilla.

            –Ya es suficiente; están haciendo un circo ustedes dos –las palabras de aquel soldado germano separan a ambos contrincantes–. Fräulein Baltiérrez, un gusto verla; Lorenz, estoy por entrenarlos con el uso del mosquete. Por si quieres acompañarnos.

            –Lampert –Radu se aproxima a la esporádica conversación–. Veo que también estás involucrado en esto.

            –Nada personal, Radu –Lampert, el soldado con mosquete, se muestra apático–; es sólo que esta es una causa justa y patriótica, y no esas cosas de jugar a ser una balanza. Y creo que los prusianos de allá me darán la razón.

Lampert señala a Gäst y al sargento Landbehrt quienes se mantenían atentos al conflicto.

            –Bohemio, si mal no me equivoco –Gäst se acomoda las solapas de su chaleco café.

            –No se equivoca –Lampert retuerce la parte baja de su mandíbula cuadrada–. ¿Qué los trae por estas tierras? ¿Acaso son voluntarios?

            –Están bajo nuestro cuidado –comenta Corinna sonriente–. En especial el serio; Fräulein Micaela le administró una de sus pruebas.

            –Oh… –Lampert se da media vuelta para regresar con sus hombres– En ese caso, no los molesto… ni molesten a este Mexikaner.

            –Espere… ¿A qué se refería con ese “oh”? –Gäst busca una respuesta angustiado.

            –Oye, danés. ¿Sabes disparar? –Lampert señala la cacha del revólver de Gäst– Acompáñanos a la zona de entrenamiento.

            –No soy un danés…

Gäst sigue el túmulo de hombres que se conglomera a las afueras del campamento, cerca de unos postes de madera en los que se encuentran acomodados diferentes objetos de vidrio y platos de porcelana fina.

            –Oye, tú; traduce –Lampert le da un ligero codazo a un civil–. ¡Ahora van a aprender a usar un mosquete! ¡Un mosquete es un arma diseñada para causar daños fatales e incluso la muerte a otro ser vivo! ¡Eso significa que NO es un juguete!

Lampert deja de gritar pa que su asistente traduzca.

            –¡Si veo a alguien siendo un idiota con su mosquete o pistola, yo mismo le volaré la cabeza al instante! ¡Ahora, fórmense a lo ancho y observen como se prepara el mosquete para cuando lo van a disparar!

Gäst se asoma de entre los curiosos para observar las distintas armas sobre una mesa larga.

            –Esas ya están cargadas –Lampert termina de preparar su rifle–. ¿Puedo ver su pistola, si no es mucha molestia?

            –Ah, por supuesto –Gäst le entrega su revólver al tirador–. También está cargada.

Lampert analiza el arma sobre sus manos:

            –Tiene un diseño muy moderno, diferente a los que tenemos aquí.

            –Muchas gracias –Gäst observa el disimulado asombro del bohemio–. Me la regaló un oficial americano hace unos años después de ayudarlo con una investigación. Puede dispararla, si gusta. Me regaló el estuche completo con munición y todo lo necesario.

Entusiasmado por la invitación, Lampert apunta el revólver hacia el campo de tiro, detonándolo en cinco ocasiones contra unas botellas de vidrio con una perfecta puntería que sorprende al mismo Gäst.

            –Eso fue demasiado rápido –Gäst no logra disimular su admiración–. Yo tardo en preparar el segundo tiro un par de segundos.

            –Es una muy buena pistola –Lampert le regresa el arma a Gäst–. Una grata experiencia. Ahora, si no es muy descortés, continuaré con el entrenamiento con los voluntarios. Tengo poco tiempo para prepararlos y llevarlos a Tarnów.

Gäst regresa hasta donde los demás lo esperan; es ahí cuando Corinna se le acerca sonriente al ver la pistola de Gäst.

            –¿Fraternizando con el enemigo? –Corinna se muestra desinteresada en los eventos.

            –Que él no es nuestro enemigo –Radu se queja de la actitud de su compañera–. Es sólo una persona de intereses diferentes. A propósito, ¿te mencionó que es lo que hacen aquí?

            –Aparte de lo obvio, parece que atacaran Tarnów –Gäst susurra al hablar.

            –Eso no es nada bueno –Radu gira su cintura para verla–. ¿O usted que dice, Fräulein?

Con la mirada perdida, Micaela se queda pensativa unos segundos:

            –La última carta de Nicolaus fue enviada desde Tarnów –Micaela aprieta sus labios preocupada–. Pero eso no significa que él esté allá en este momento.

El ensordecedor galope de un caballo que se adentra al campamento atrae la atención de casi todos los presentes en ese lugar, mismo que se abre paso hasta llegar a una tienda de campaña grande y limpia, con banderines oficiales del Imperio Austríaco. En seguida, el apresurado jinete desciende del caballo adentrándose a ese establecimiento, lo que provoca a que segundos después salgan varios oficiales ordenándole a aquellos que practicaban con las armas de fuego que detengan las ensordecedoras detonaciones.

            –¡Deteneos en este instante! –ordena un oficial de camisón blanco y pantalones azul claro– Lampert, ¿en dónde está ese Lorenz?

            –En seguida mando a un hombre por él, mi capitán. ¿Sucede algo malo?

            –Son los rebeldes; al parecer se movilizaron a Lazany.

En ese instante, Laurencio llega a escena al mismo tiempo que prepara sus armas en sus ropas:

            –¿Señor? Disculpe la tardanza. ¿Qué sucede?

            –Un grupo de rebeldes deben de estar por llegar a Lazany –explica el oficial austríaco–. Al parecer están siendo lidereados por un tal Suchorzewski y varios szlachta, nobles e intelectuales oriundos de Tarnów. Por fortuna las tropas de von Benedek están cerca de ahí.

            –Ordénele a Szela que se lleve a doscientos hombres de aquí a Tarnów y que haga lo que tenga que hacer –Laurencio guarda un par de pistolas de chispa en su cintura–. Lampert y yo iremos a investigar la situación. ¡Cabo, unos caballos!

Mientras la conversación suscita a una considerable distancia de Micaela y los demás, estos observan al par de conocidos abordar unos caballos y cabalgar lo más rápido posible.

            –¿Qué estará pasando, Fräulein? –Radu luce intrigado por la repentina partida.

            –No lo sé; pero conociendo a Laurencio, debe de ser algo muy serio.

            –Quizás encontraron a Nicolaus.

El comentario de Corinna sobresalta a sus colegas, quienes se encaminan al carruaje.

            –Esperen… –Micaela se detiene antes en el escalón del transporte– Nicolaus nos había mencionado que por ningún motivo teníamos que interferir en los asuntos humanos; eso incluye a las guerras. Lo que significa que él podría estar en Tarnów.

            –Es cierto. Esas fueron sus palabras –Corinna rompe su momento de pensamiento–. ¿Tú qué opinas Radu? ¿Radu?

No muy lejos de ahí, cerca del bosque, Radu contempla las picas de madera sosteniendo las cabezas cercenadas de diferentes personas: desde infantes, mujeres y ancianos hasta varones jóvenes y adultos; algunos con la piel tan pálida como la de Radu y con sus colmillos expuestos.

            –No es posible –Radu se queda perplejo ante el macabro escenario–. Muchos de ellos son de mi tipo; gente con la que en algún momento conviví en algún baile o dancé un vals…

Corinna coloca su mano sobre el hombro de Radu para alejarlo del cruel hallazgo.

            –Otros eran simples humanos…

            –Radu, Radu. Te necesito estable –Micaela sujeta firmemente las manos del joven–. ¿Qué tanto sabes de la población de szlachta en Tarnów?

            –Muchos de ellos habitan por aquí, en Jasło y Sanok –Radu se contiene de girar su cuello–. Pero Tarnów es la ciudad más importante para los szlachta humanos y vampiros.

            –Solamente tenemos dos alternativas –Micaela levanta su mirada angustiada–: o seguimos a Laurencio o nos adentramos a Tarnów. Herr Gäst, ¿cómo se siente?

Gäst se encuentra sentado sobre un baúl cercano, asistido por el sargento Landbehrt:

            –¡Su frente está ardiendo como un cigarro!

            –Tengo sed, Micaela –Gäst aprieta sus párpados–; demasiada sed.

            –Iremos a Tarnów –Micaela ayuda a Landbehrt a subir a Gäst al carruaje–. Nicolaus es el único que puede ayudarnos, y espero que se encuentre ahí…

Radu salta hasta el asiento del conductor del carruaje, azotando las correas de cuero sobre los lomos de los equinos para que partan de ahí, desviándose por una ladera que los aleja del convoy de los rebeldes.

 

Tras cerca de una hora de recorrido, el carruaje llega hasta las entradas de un pueblo saturado por los mismos habitantes que se preparan con utensilios del campo al mismo tiempo que despejan los caminos de las barricadas improvisadas; mientras que, en distintos puntos de la ciudad en los campos cercanos, el humo de las distintas casas señoriales en llamas opaca el paisaje de los distintos techos.

            –Esto no es Tarnów –sorprendida, Corinna asoma su cabeza por la ventana del carruaje.

            –Estamos en Pilzno –Radu inclina su cuerpo sobre el asiento–. Parece que los locales se rebelaron contra los nobles antes de lo previsto.

            –¡Zostań tam! –ordena un menor con determinación en su rostro y un trinchete en su otra mano– ¿Kim jesteś?

Gäst asoma medio cuerpo por la mediana ventana del carruaje, meneando su pasaporte:

            –¡Jesteśmy Prusami! ¿Czy mówisz po niemiecku?

            –Ja, ein bißchen –el harapiento adolescente baja su arma–. ¿Viene a ayudar?

            –Eh… sí, sí –Radu voltea a ver a los pasajeros asomándose por las ventanas–. Tenemos que ir a Tarnów a capturar más szlachta.

El joven observa los acabados del elegante carruaje:

            –Ellos van a Łęki Górne. Hombres de aquí irán para allá.

Radu extrae una moneda dorada del bolsillo de su pantalón y se la arroja al muchacho:

            –¡ Dziękuję!

En seguida, Radu guía al carruaje por una ladera que conduce hasta un camino cercano en medio del bosque, pero que no deja de ser transitable. En el interior, el sargento Landbehrt comienza a lucir ansioso ante el cambio de rumbo y la condición deplorable de Gäst:

            –¿Qué pasa? ¿A dónde vamos ahora?

            –A la finca de Łęki Górne; es una fortaleza –Micaela analiza el estado de Gäst–. Es el único lugar seguro para Nicolaus por ahora.

            –¿Y quién ese ese tal Nicolaus a quien tanto buscan? –Landbehrt le extiende su cantimplora metálica a su compatriota– ¡A este paso el señor Gäst…!

            –Nicolaus fue el hombre que me curó –Corinna despeja el collar de su blusa morada–. ¿Ve esto? Cuando el maldito de Brandt me atacó me encontraba en un estado peor que el de Gäst. Si no fuera porque Fräulein Micaela me llevó ante el barón.

Landbehrt observa el deteriorado estado de Gäst, quien apenas y presta atención a la plática. El carruaje se detiene inmediatamente ante la orden de Radu.

            –Hemos llegado –exclama Radu al abrir la puerta izquierda del carruaje.

            –¿Llegado? ¿A dónde?

Micaela obtiene su respuesta al asomarse y ver que se encuentran en medio de un crucero, rodeados por diferentes personas armadas.

            –¡No disparen¡ –Micaela levanta sus manos– Venimos por parte del barón Somlya.

Los atacantes murmuran entre sí tras escuchar a Micaela, por lo que uno de los hombres más cercanas, ataviado con oscuras prendas militares, realiza una indicación para que el carruaje se desvía por un camino angosto.

            –El barón se encuentra en la fortaleza –señala el uniformado de mosquetón desgastado–; apresúrense antes de que partan.

Los caballos galopan apresurados hasta llegar frente a una casona renacentista de tres plantas y de techo de dos aguas, en cuyo patio frontal es visible el movimiento de una veintena de personas que preparan carretones.

            –¡Rápido! ¡Bájenlo con cuidado! –Micaela abre la puerta de su transporte para que Landbehrt y Corinna saquen a Gäst– ¡Por el recibidor! ¡Barón Somlya!

El interior de la enorme casona se queda en silencio, mismo que se quebranta con el sonido de unos tacones que bajan desde la segunda planta.

            –¡Micaela? –pregunta el hombre de extensa cabellera rubia que disimula la parte quemada de su rostro– ¿Qué hacen aquí? ¿Se encargaron de la alimaña de Brandt?

            –No tenemos mucho tiempo, Nicolás –Micaela ayuda a los demás a colocar a Gäst en un sillón alargado–. Brandt está muerto. Atacó a este gentil antes de que lo neutralizáramos.

Nicolaus se inclina para analizar a un agonizante Gäst, regresándole la mirada a Micaela:

            –¡Este hombre es germano!

            –Por eso mismo tienes que salvarlo –Micaela intenta disimular su preocupación en su idioma natal–; de lo contrario, ellos tendrán una ventaja a su favor.

Nicolaus se levanta para dirigirse a la recepción, pasando de largo ante Micaela.

            –No pienso ayudarlo –Nicolas se sirve una copa de lo que parece ser vino tinto–. Si lo salvo, tendremos que introducirlo a nuestro mundo, lo mismo que hicimos con Corinna. Será mejor que lo mates por misericordia.

            –Y yo no pienso hacer tu trabajo sucio –Micaela desafía a Nicolaus con su penetrante mirada–. Este hombre arriesgó su vida para capturar a Brandt y llevarlo ante la justicia. ¡La justicia que tanto pregonas! Además, nos ayudó a encontrar a Laurencio; así que se lo debemos.

            –¡¿Laurencio Tzila?! –Nicolaus arruga su furioso rostro– ¡¿Ese infeliz está aquí?!

Nicolaus camina indeciso de un lado a otro, llevando sus manos peludas a su cabellera dorada.

            –Está bien, lo ayudaré. ¿Cómo se llama?

            –Paul… –el sargento Landbehrt habla con pena– Theodor Rupertus Gäst.

            –¿Paul T. R. Gäst? –Nicolas coloca su mano en la frente de Gäst– Paul, ¿me escuchas?

Gäst hace un esfuerzo para abrir sus parpados al mismo tiempo que su sudorosa piel tiembla.

            –¿Quién es usted? ¿En dónde me encuentro?

            –Tranquilo, tranquilo –Micaela le acerca la jeringa de su estuche médico–. Te voy a salvar; pero antes, necesitas que me digas qué es lo que quieres de tu vida.

Gäst levanta su barbilla encontrándose con el gigantesco candelabro que cuelga en el centro.

            –Quiero ser… un… hombre justo…

            –Y lo serás…

Radu y Corinna se colocan a los costados del sargento Landbehrt justo antes de que reaccione horrorizado ante el desgarrador grito proveniente de la garganta de Gäst; por lo que ambos lo someten de los brazos para que no salte en su ayuda como reflejo.

            –Estará mejor en unos cuantos minutos –Nicolaus da la indicación de que liberen a Landbehrt–. La fiebre disminuirá poco a poco. Le da de esta botella cuando despierte.

            –¿Vino tinto? –Landbehrt olfatea la boquilla de la botella.

            –No se atreva a beberlo –Nicolaus se retira del lugar mientras que los demás continúan con sus actividades–. ¡Nos vemos en cuarto de hora!

            –¿Irse? –Radu se aproxima al noble– ¿Ahora a dónde?

Nicolaus lo mira con una expresión inerte en su rostro dañado:

            –Nos acercaremos a las afueras de Tarnów por otra caravana de szlachta, los idealistas revolucionarios; de ahí, partiremos al Castillo de Dębno. Este lugar ya no es seguro.

Radu se queda pensativo por un momento con sus opacos ojos azules mirando hacia abajo:

            –¡Se están acercando más a Lazany!

            –Iremos a apoyar a las tropas del coronel Suchorzewski…

            –¡¿Están locos o qué?! –Micaela se aproxima a la conversación– ¡Tú nos has dicho que no tenemos razones para involucrarnos en los asuntos de los humanos! Y ahora tú y unos cuantos szlachta no muertos decidieron intervenir… ¡Especialmente tú, el líder de la Orden!

            –Es por eso por lo que ya no soy el líder –Nicolaus coloca sus manos sobre los hombros de un aturdido Radu–. Ahora lo eres tú, hermano mío.

            –¡¿Yo?! Pero pensé que… sería temporal, en lo que regresabas.

            –Eres un líder nato, Radu, todos te respetan; sabrás guiar a la Orden.

            –Veo que es algo muy personal de lo que hablan –Gäst se sienta sobre el sillón a duras penas, tomando la botella que su subordinado le entrega–. Lo digo por lo mismo que gritó el nombre de ese Mexikaner con rabia. ¿Qué clase de vino barato es este? Sabe muy raro. Y pensar que porque son burgueses tendrían mejores gusto.

Tanto Corinna como Landbehrt se adelantan a Gäst para apoyarlo al caminar.

            –Tú debes ser el responsable de mi salvación –Gäst mira a Nicolaus con mirada un tanto desafiante–. Muchas gracias, barón. También a usted, Fräulein, por decidir no matarme.

            –Era con la finalidad de saldar nuestra deuda –Micaela desvía su mirada al techo.

            –Supongo que escuchó todo aun estando en agonía, Herr Gäst –Nicolaus actúa con superioridad ante los demás–. Me imagino que querrá informárselo a sus camaradas.

            –Como soldado prusiano y siendo un Staatsanwalt tengo que estar atento a los detalles, incluso si me encuentro en las garras de la Muerte misma –Gäst le da un último trago a la botella, expresando asco–. Sin embargo, también soy una persona de honor y ahora estoy en deuda con usted; así que no, no iré corriendo antes los austríacos a delatarlos. Es más, planeo ir con ustedes y capturar a ese tal Lorenz para que lo juzguen por el homicidio de Brandt.

El rostro de Nicolaus se vuelve a arrugar poseído por su ira, lo que lo obliga a desenfundar su puntiaguda daga y colocarla bajo la barbilla del germano.

            –Me gusta tu actitud, germano –una sonrisa desafiante se refleja en las mejillas quemadas del burgués–. Veremos quién lo atrapa primero; o, mejor dicho, quién sale vivo tras enfrentarlo. Preparen su carruaje, llevarán municiones.

El barón se aleja del grupo abruptamente y guardando su arma, dejando que los demás miren desconcertados la expresión de cinismo que refleja la mirada de Gäst.

Publicado la semana 40. 04/10/2020
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