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Ignacievij

S.A.P. La Raíz del Árbol: 2-4

2. Beber de tu sangre.

 

Tolosa, República de Francia, 17 de julio de 1915.

Desde la parte trasera de las bajas colinas de la cuidad se visualiza muy escasamente los rayos de sol que indican que el amanecer está por llegar. Los altos edificios de la ciudad evitan que se logre ver por completo la llegada del astro rey, mientras que, a lo lejos, se logra escuchar el canto de un gallo solitario marcando su territorio entonando a la pareja se abraza en una vieja banca de madera putrefacta a la entrada del Cimetière de Terre-Cabade.

          –Ya casi amanece –señala el muchacho rubio al momento de hacer contacto visual con su amada, sin dejar que una leve sonrisa se difume de su cara–. Tenemos que partir.

Su amada, una mujer de piel muy blanca que resalta por su cabello oscuro y corto hasta sus orejas se acerca al pecho de su acompañante, aferrándose para escuchar su corazón.

            –¿No podemos esperar un poco más? –pregunta la chica con voz dulce y melodiosa, cuyos ojos oscuros se cristalizan de tristeza– Estar lejos de ti es una vil eternidad.

El amante asiente con un sonido en su garganta al mismo tiempo que apoya su barbilla sobre la cabeza de ella.

            –Bien sabes que sí –le dice mientras una mueca se disimula en su sonrisa, en señal de ironía–, pero también que mañana al anochecer volveremos a estar juntos.

La fémina se aferra por última vez a su amado, intentando cerrar el círculo que sus brazos hacen alrededor de su cuerpo, sin éxito. Finalmente, ella acepta la realidad y se aleja de él; no sin antes acercarse a su boca para darle un beso, a lo que él responde de inmediato con un poco de pasión. El sonido de un tren que acaba de llegar a la estación más próxima interrumpe su momento de romanticismo, así como la luz del solar les indica que se tienen que retirar:

            –Espera –comenta la joven mientras se levanta la manga de su suéter negro, dejando al descubierto moretones de mordidas y sangre seca–. Tienes que beber…

Sin dudarlo un segundo, el rubio sujeto se acerca al brazo de ella y le clava delicadamente sus afilados dientes en la piel, haciendo que ella suelte un disimulado suspiro de dolor. La extracción de sangre apenas dura unos segundos cuando los ojos azules del joven visualizan la luz solar reflejada en las ventanas de las casas de enfrente de la entrada del cementerio.

            –Mañana a la misma hora –indica la chica cubriendo su brazo–. Te amo.

            –Yo también te amo, pequeña –le responde su amado mientras le da un beso en la frente, para después levantarse de la vieja banca y acercarse a la puerta principal del Cimetière de Terre-Cabade, desapareciendo entre las grandes tumbas.

La joven se limpia las lágrimas de las cuencas de sus ojos y procede a dirigirse con paso lento calle abajo opuesta al cementerio, no sin antes voltear para lograr apreciar la entrada de aquel recinto, hasta que la llegada de otro tren a la estación la interrumpe, por lo que ella corre apresuradamente por la Avenue du Cimetière con dirección al suroeste.

 

Los rayos de sol en pleno amanecer pegan directamente sobre el rostro de Rosa, causando una sensación de molestia que la obliga a despertarse. La primera imagen que ve a través de la ventana de su vagón es la de las casas de la ciudad de Tolosa, siendo la segunda imagen la de Peter, dormido profundamente en el asiento frontal al de ella; tan profundo es su sueño que se logra apreciar como un riachuelo de su propia saliva se ha dibujado en el costado derecho de su saco negro.

            –Pedro, despierta –clama Rosa mientras le mueve la rodilla izquierda, distrayéndose por un segundo para observar el llamativo Cimetière de Terre-Cabade–. ¡Pedro! No sé si ya llegamos. ¡Despierta ya!

Los intentos desganados de Rosa por levantarlo se ven opacados por la fuerte voz del acomodador del tren que da aviso del destino al que están a punto de llegar:

            –¡Bienvenue à la Gare de Toulouse-Matabiau!

Al escuchar esto, Rosa siente un alivio de saber que han llegado a Francia, por lo que, aún somnolienta, procede a empapar un pequeño pañuelo celeste con agua de una cantimplora, acercándose a Peter para limpiar el traje impregnado de saliva:

            –¡Despierta ya! –le dice con una voz infantil sin dejar de limpiarle la barbilla.

Apenas lo termina de limpiar, Rosa se da cuenta de la pequeña cigarrera café sostenida levemente por la mano de su compañero de viaje, e invadida por la curiosidad, procede a tomarla y abrirla para extraer un pequeño cigarro blanco, pero la tapa de la cigarrera se cierra de golpe, dejando asustada a Rosa:

            –No toques mis cigarros –dice Peter con un marcado acento alemán, todavía con los ojos cerrados y con sus dedos índice y corazón de la mano que sostenía su cigarrera apuntándole a Rosa.

            –Sólo quería verlos…

            –Por alguna extraña razón son malos para ti –interrumpe Peter sin su acento tan marcado–; eres apenas una niña y tus pulmones son delicados.

            –¿Y por qué fumas entonces? –pregunta Rosa con una mueca de ironía y enojo.

            –Por odio y autodesprecio –le responde Peter al despertarse y quitarle la cigarrera.

 

En cuanto el ferrocarril llega a la estación de Toulouse-Matabiau, Peter y Rosa salen de su cabina para descender a la plataforma, abriéndose paso entre una multitud formada más por hombres que de mujeres, siendo muchos de los primeros, soldados provenientes del frente. Peter y Rosa no tienen inconveniente al salir de la plataforma, ya que, en sí, no tienen posesiones estorbosas más que la maleta de Peter, y un pequeño morral en las manos de Rosa.

            –Dicen que el café francés es muy bueno –exclama Peter intentado imitar un pobre acento español–. Tomemos algo, que yo invito.

Los dos se acercan una pequeña cafetería a las afueras de la estación y Peter, aún en su intento de ser español, pide dos cafés con pan en francés, marcando su tono ibérico.

            –¿Por qué tratas de hablar como yo? ¿Te estás burlando? –pregunta enfada Rosa, pero su respuesta es una pequeña taza de café con una rebanada de pastel de fresa por parte de Peter quien dibuja una leve sonrisa como disculpa.

Rosa toma su desayuno improvisado en la barra exterior de la cafetería y Peter, siendo un estorbo para la gente que va de salida de la estación, le da un sorbo a su taza; pero por accidente, es empujado por un soldado francés, haciendo que el café le queme la barbilla a Peter y caiga sobre su saco negro, su camisa blanca y sobre la maleta:

            –¡Scheiße! ¡Du…! –exclama iracundo Peter, quien, al darse cuenta de la situación en la que se encuentra procede a disculparse con el soldado en francés– Rien ne se passe, rien ne se passe.

Al ver la escena, Rosa deja su café sobre la barra y se acerca a Peter con su pañuelo celeste para poder limpiarlo, a lo que Peter responde tomando el pañuelo mientras Rosa agarra su maleta con el afán de limpiarla:

            –¡J'ai perdu mon meilleur ami dans la guerre! –empieza a gritar el uniformado al darse cuenta de la nacionalidad de Peter– ¡La guerre que vous avez comencé! ¡Porc allemand!

Tras escuchar esto último, varias personas que van pasando cerca de ellos comienzan a ver la escena: unos acompañan al soldado al unísono y otros sólo miran a Peter y a Rosa con desprecio.

Peter ignora los gritos de la muchedumbre en lo que continúa limpiándose su traje, pero Rosa es la que se ve más afectada, ya que entra en un estado de shock cuando una mujer mayor le tira el plato de pastel sobre su vestido rosa y comienza a escupirle en la cara mientras la insulta en francés:

            –¿Qué dicen? –pregunta asustada Rosa– ¿Qué ha pasado, Peter?

            –Sólo ignóralos –le responde Peter de manera indiferente en lo que se limpia–. Mira, ya están dejando de insultarlos.

            –Esto es peor que en Valencia –continúa Rosa al ver las miradas de odio de los transeúntes, haciendo que sus ojos de color avellana no puedan contener su llanto–. Mucho peor; todas esas miradas clavadas sobre nosotros.

            –Todo está bien, no te preocupes –le dice Peter apenas la abraza y la empuja contra su saco empapado de café–. Todo va a estar bien, te lo prometo.

El llanto de Rosa se convierte en sollozo al sentir el abrazo protector de Peter, quien le acaricia su cabeza para consolarla y sin dejar de observar la taza de café sobre la barra, hasta que la cuchara deje de moverse bruscamente.

Apenas la muchedumbre se dispersa, el soldado francés vuelve a hacerle frente a Peter y se acerca de manera prepotente, mostrando ira en sus ojos azules, pero, en un fallido intento de articular otra palabra, una mano fuerte lo sujeta el hombro derecho, deteniéndolo:

            –¡Alois! –exclama un tipo alto de barba larga y canosa, así como su cabello– Bienvenue, fils.

El joven soldado, ante tal sorpresa, abraza a su padre y empieza a sollozar, mientras que un sacerdote, acompañante del tipo alto, se acerca a Peter y a Rosa, no sin antes recoger la maleta del alemán:

            –Buenas, tardes, doctor Gest –saluda el sacerdote en español, tratando de disimular su acento francés–. Lamento mucho la demora, mi nombre es Pierre Garder.

            –Buenas tardes –responde Peter ya sin su fallido acento español, dejando de abrazar a Rosa para estirar su mano al párroco–. ¿Supongo que recibió usted el telegrama?

            –Es cierto.

            –Lamento mucho este problema –interrumpe el padre del soldado francés con una seriedad dibujada en su rostro, haciendo que, con su barba blanca, su imagen autoritaria resalte en el lugar–. El sentimiento anti-alemán es muy fuerte en toda Francia. A propósito, mi nombre es Alphonse Lefèvre.

Peter asiente con la cabeza y le da la mano a Alphonse, procediendo a tomar cortésmente su maleta de las manos de Garder. Así mismo, Rosa recoge sus pocas pertenencias y se dirige a ayudar a levantar la bolsa militar de un sorprendido Alois, pero su padre se adelanta y la toma, dirigiendo una leve sonrisa a la pequeña.

Ya afuera de la Gare de Toulouse-Matabiau, un carruaje negro y ancho, tirado por dos caballos, uno negro y otro blanco con manchas marrones, espera por el pequeño grupo recién formado. Apenas el conductor del carruaje reconoce a Alphonse y a Pierre, este abre la puerta derecha del carruaje para que puedan abordar en su interior, para después, subir a la parte alta y recibir las maletas, pero Alphonse le señala que no cuentan con mucho equipaje, a lo que intenta bajar para cerrar la puerta en señal de cortesía, pero Alphonse le indica que se mantenga ahí y proceda la marcha.

            –Debido a la guerra y la crisis los carruajes han tenido que salir a las calles –comenta Alphonse mostrando una disimulada sonrisa mientras se acomoda dentro del carruaje.

            –Lo que me sorprende es que aquí todos hablan español –responde Peter con discreto asombro y colocando su maleta a un lado, para evitar que Rosa este incomoda en la parte de su asiento.

            –Lo que sucede es que esta, nuestra Toulouse, está compuesta por muchos inmigrantes españoles –exclama Pierre, quien se encuentra sentado en frente de ellos, junto a Alois y Alphonse–; así que nos hemos adaptado, contra nuestra voluntad, a aprenderlo.

Al escuchar esto, Rosa voltea a ver a los caballeros sentados enfrente de ella y su mirada se enfoca por unos segundos sobre Alois, quien luce entre apenado y todavía enojado, mirando al piso del carruaje. Alois, al percatarse de que es observado por la adolescente, voltea a verla y le dirige una sonrisa que hace que Rosa se sonroje y gire rápidamente a ver el paisaje urbano a través de la ventanilla.

            –¿Ta soeur? –pregunta Alois animado, tratando de romper el hielo, pero su ánimo se desvanece al mirar a los ojos a Peter.

            –No, es mi asistente –responde Peter con una mirada fría, al mismo tiempo que sus palabras hacen que Rosa lo voltee a ver.

            –¿Asistente? –repite Rosa en voz baja, para después dirigir su mirada a la calle, en donde observa un puesto de flores y susurrar levemente–Asistente…

            –Disculpe a mi hijo; él no habla español; solamente francés e inglés.

            –No hay problema –responde Peter –. Entiendo el francés muy poco.

Las palabras de Peter son interrumpidas cuando Alois extiende su mano con dirección a Peter y empieza a disculparse muy rápido en francés, por lo que Alphonse tiene que traducir:

            –Mi hijo está apenado por lo que pasó –empieza Alphonse buscando las palabras en español–. Ha estado en una situación muy difícil, y la propaganda de guerra es mucha.

            –Yo también he perdido amigos en la guerra –responde Peter estrechando la mano de Alois, expresando un gesto de solidaridad, mirándolo firmemente a sus ojos azules, sin brillo, que muestran indicios de haber visto los horrores de la guerra–. Gente que no debía morir.

            –Permítame darle los detalles –interrumpe cortésmente Pierre después de ver la conciliación de los jóvenes–. Me informaron que tiene que atender el caso de la casa embrujada de la allée Paul Feuga.

Tras escuchar esto, Alois mira sorprendido al sacerdote, quien le entrega a Peter una foto de una casa de tres pisos de ladrillo rojo y con arquitectura de estilo Renacimiento Italiano.

            –¿Qué sucede en esta casa? –pregunta Peter observando la fotografía.

Mientras a Peter le explica Pierre lo que sucede en la casa, Rosa se distrae por unos segundos mirando por la ventanilla del carruaje, siendo la Cathédrale Saint-Etienne lo que llama la atención.

            –Pedro, ¿Es ahí donde nos quedaremos?

            –No interrumpas –responde fríamente Peter –. Y ya te he dicho que es Peter, no Pedro.

            –Se quedarán en nuestra casa, en la allée Paul Feuga –comenta Alphonse, dejando con mirada atónita a Peter y Alois.

 

Los rayos del sol se difuminan en las aguas del río Garona, reflejándose en las ventanas de la antigua casa, dando paso a la oscura y serena noche. Dentro de la vivienda, una mujer de edad avanzada prepara una mesa amplia y larga con seis sillas y seis platos alrededor de ella; luego procede servir guisado en cada plato, ayudado esta vez por una joven sirvienta, quien, al terminar de asistir a la mujer mayor, se apresura a iluminar el comedor con la tenue luz de velas, dando un aspecto más arcaico al ambiente. En la planta alta, Peter se lava el rostro en el tocador, iluminado con luz eléctrica, y se observa detenidamente por un momento en el pequeño espejo para después ser apresurado por unos golpes en la puerta.

            –¡Ya voy! –exclama Peter tratando de no sonar incomodado.

¡Pum, pum, pum! Se escucha nuevamente los golpes en la puerta, haciendo que Peter afloje un poco su camisa y salga con dirección al pasillo encontrándose casi de frente a Rosa:

            –Te dije que ya iba a salir –comenta Peter escondiendo su enfado a su compañera de viaje–; no tenías que ser tan impaciente…

            –Pero yo no he….

            –Nos vemos abajo –responde Peter de manera tajante, dejando a Rosa con una expresión de confusión–. Lávate bien para ir comer…

Pasado unos minutos en el baño, Rosa se lava las manos y el rostro, pero apenas se refleja en el espejo, esta logra observar a través de la orilla de su ojo como la figura fantasmal de lo que pareciera ser un caballero medieval atraviesa la puerta de madera y camina lentamente hasta llegar al centro del baño, a unos pasos de la tina y se queda inmóvil. Rosa, mostrando más sorpresa que miedo, se aleja con paso lento del espectro sin dejar de verlo, usando sus manos apoyadas sobre la pared como guía, hasta salir de ese cuarto. Ya en las afueras del tocador, Rosa cierra la puerta con cautela y se dispone a bajar las escaleras hasta llegar al comedor, en donde ya todos se encuentran sentados:

            –Apagaste la luz, ¿cierto? –indaga Peter al verla, a lo que Rosa asiente con un movimiento sutil de cabeza.

Mientras todos comen tranquilamente, Peter y Rosa logran apreciar como la mujer mayor, corta una rebanada de pan y se la da a Alois, dándole un fuerte apretón en su mano y un beso en la mejilla del joven, para después limpiarse sus lágrimas con su mano. Pierre al observar la mirada perdida de ambos viajeros, los mira dulcemente mientras le da un disimulado sorbo a su cuchara:

            –Así que, señor Peter, ¿ella será como usted?

            –¿Investigador o médico? –pregunta Peter con un poco de comida en su boca.

            –¿También es médico? –pregunta Alphonse sorprendido– Yo también lo soy, y Alois.

Antes de que Peter pueda responder, la joven sirvienta interrumpe en francés comentando que se retira, a lo que Alphonse responde de manera afirmativa y le indica que puede llevarse un poco del guiso.

            –Si me permite, yo la puedo llevar, Monsieur Alphonse –comenta Pierre terminando sus alimentos y levantándose de su silla–; el carruaje que solicité está afuera.

            –Me parece bien –responde Alphonse –, Yo le diré los detalles a don Peter.

Mientras Pierre se retira Alphonse se acomoda en su silla, a lo que Peter procede a preguntarle de manera más directa:

            –Dígame, señor Lefèvre, ¿qué es lo que realmente sucede aquí?

            –Verá usted –comienza Alphonse mostrando seriedad –: se dice que esta casa fue construida sobre un lugar donde monjes cristianos fueron asesinados por conquistadores romanos; y que también, durante la Inquisición, muchos herejes fueron quemados aquí, desde mujeres y niños hasta monjes y caballeros templarios.

            –Intrigante –comenta Peter al hacer contacto visual con la esposa de Alphonse, quien es abrazada por Alois para que deje de temblar.

            –En lo que va del mes –continúa Alphonse después de aclararse la garganta–, fantasmas han aparecido en toda la casa; después del ocaso, casi siempre acompañados con un olor putrefacto.

            –¿Y se han movido cosas? –pregunta Rosa con asombro.

            –No –responde Alphonse, quien es interrumpido por su esposa, quien balbucea algo en francés y rompe en llanto, por lo que Alois la abraza mostrando lágrimas en sus ojos.

            –¿Qué dijo? –pregunta Peter mostrando terror y asombro.

            –Los fantasmas han tomado la forma de las personas de las fotos. ¡Tuvimos que quitar los retratos de la pared! –exclama Alphonse mientras señala los alrededores del comedor– La semana pasada estábamos cenando, y de la nada, apareció Alois, ensangrentado, despedazado.

Apenas Alphonse termina de articular la última palabra, se levanta de su silla y procede a abrazar a su esposa e hijo, cayendo de rodillas sobre el piso, llorando y balbuceando en francés:

            –¡Ne nous laissez pas, mon fils! ¡On t'aime! ¡Nous ne voulons pas mourir!

Peter y Rosa no hacen más que observar el emotivo momento familiar, por lo que los ojos de Rosa se empiezan a humedecer:

            –Así que eso es una familia –comenta con voz baja Rosa, por lo que Peter la toma de la mano dirigiéndola a sus brazos–. Yo quiero tener una familia así.

Peter se queda mudo y sin respuestas al escuchar las palabras de su acompañante.

            –Seremos una familia –comenta Peter, pareciendo que sólo dice las primeras palabras de su mente–; apenas la guerra acabe.

            –¿Lo prometes? –pregunta Rosa un poco más tranquila.

            –Sí, solamente deja de doblar los cubiertos ajenos –le responde Peter mostrando una sonrisa e indicándole las cucharas frente a ella –. Estos se ven muy costosos.

Peter toma uno de los cubiertos y sin usar las manos lo endereza, señalándole con una mirada a Rosa que haga lo mismo. Al hacerlo, Alphonse voltea a verlos y queda asombrado al ver como la cuchara de Rosa vuelve a su forma original:

            –¡¿Cómo hicieron eso?! –el asombro de Alphonse obliga a que su familia voltea a ver a los invitados.

            –Eso es lo de menos, monsieur –comenta Peter mientras lo señala con la cuchara–; lo que importa es que nos desharemos de sus problemas con los espectros. Pero por ahora tendremos que dormir. La hora indicada para realizar el exorcismo es a las tres de la mañana.

            –¡Me parece perfecto! –exclama Alphonse, mostrando una mueca de felicidad– Suban, por favor, sus camas están listas.

 

Tic, toc, tic toc, hace el reloj de bolsillo de Peter su característico sonido mientras que este yace en una silla en la habitación donde descansa. Tic, toc, tic toc, tic… Las agujas del reloj se detienen indicando que son las dos de la mañana. El pasillo que conecta el cuarto está tranquilo; literalmente, no hay ningún alma que interrumpa la serenidad de la noche. El reloj sigue su curso; en las afueras de la casa se logra escuchar cómo las hojas de los árboles son sacudidas por una suave brisa. El silencio de la noche es interrumpido cuando los pies descalzos de Rosa tocan el piso de madera, levantándose de su cama, dando unos pasos hacia la puerta de su recamara, dejando una leve estela de sangre sobre el piso. Rosa, ni dormida ni despierta, se dirige hacia la cocina; usando sus manos como guía en las oscuras escaleras para después llegar al comedor y después a la cocina, de donde toma un vaso de vidrio, acercándolo al grifo de agua, llenándolo. Después de beber el líquido vital, Rosa coloca el vaso en el fregadero y se dirige al comedor, mostrando indicios de estar más dormida que despierta; tanto es su estado de sueño que no se había percatado de los tres niños que están justo en frente de ella:

            –¡Sebastián, María, Luis! –exclama Rosa sorprendida al reconocer a los tres pequeños que le sonríen– ¿Qué hacéis aquí?

            –¡Ven! Vamos afuera a jugar –exclaman los tres pequeños al unísono mientras sus voces hacen eco que se escabulle en el ambiente.

La pequeña sujeta con su tétrica mano pálida al vestido de Rosa como señal de que los siga, mientras que el más alto de los tres abre el cerrojo de la gran puerta madera que da a la calle. La risa de los niños no cesa hasta que Rosa sale de la casa y los observa cómo se dirigen al Pont Saint-Michel, localizado a unos cuantos metros de la casa de los Lefèvre.

Rosa sigue a los niños hasta el barandal del puente, de donde saltan al río, a lo que Rosa los observa y comienza a reír como si se tratase de un juego:

            –¡Ven! –vuelven a exclamar los pequeños levitando sobre las aguas del río, al mismo tiempo que un gran cubo de agua se empieza a formar hacia arriba.

            –¡Ya voy! –exclama Rosa con una sonrisa de felicidad dibujada en sus mejillas y con las pupilas de sus ojos color avellana completamente dilatadas.

Apenas Rosa se intenta subir al barandal del puente, la joven es empujada hacia la banqueta, para después ser arrastrada con fuerza hacia al final del puente.

            –¿Tu vas bien? –pregunta una dulce voz femenina, haciendo contacto visual con Rosa, quien está completamente confundida.

            –Sí… sí –responde Rosa al ver el rostro pálido de la chica que la salvó– ¿Hablas español?

            –Tú estás hablando francés –responde la joven de cabello corto con una expresión de confusión en su rostro–. ¿Segura que estás bien?

La joven ayuda a Rosa a levantarse, observando como busca desesperadamente a su alrededor.

            –¿Estás herida? –pregunta la joven al ver el camisón blanco de Rosa, ensangrentado.

            –La casa… Pedro, señor “Lefref” –responde Rosa muy confundida.

            –¿Por qué hablas en español ahora? –exclama la mujer de dulce voz, pero pronto su postura cambia al darse cuenta de que Rosa puede estar extraviada– Yo soy Marianne y te ayudare a buscar a tu Pedro, en la mañana, ¿entendiste?

Rosa responde de forma afirmativa con su cabeza a la mujer después de que esta se presenta usando un tono de voz lento.

            –Iremos a esa casa –continúa la joven mientras señala una casa de cinco pisos–; ahí pasaremos la noche.

Acto seguido, Marianne toma la mano de Rosa y la dirige al punto indicado, en donde entran por una ventana de la planta baja; dirigiéndose después sigilosamente a un cuarto oscuro, en donde muy apenas entra la luz lunar. Ahí, Marianne acuesta sobre una sencilla cama a Rosa, cobijándola con una sábana.

            –Quédate aquí; iré a la cocina –le dice Marianne mientras hace una última señal de que no haga ruido con un dedo en sus labios–. En la mañana iremos a la policía.

Rosa hace un ruido con su garganta en señal de afirmación, y rápido cae dormida, mientras su anfitriona cierra cuidadosamente la puerta.

 

 

 

3. No mueras antes que yo.

 

Tolosa, República de Francia, 18 de julio de 1915.

            –¡Rosa, despierta! ¡Tenemos trabajo que hacer! –grita Peter al mismo tiempo que golpea la puerta de la habitación, así como la familia Lefèvre se encuentra en el pasillo esperando, sosteniendo cada uno un candelabro con velas encendidas– ¡Rosa…!

El llamado de Peter es interrumpido al escuchar ruidos provenientes de la planta baja.

            –A un lado –exclama Alphonse para después forzar la puerta con su hombro.

Al entrar a la habitación, todos quedan sorprendidos al ver como las sábanas de la cama vacía están manchadas de sangre y alrededor tres espectros de monjes con una tonalidad café observan.

            –¡In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti! –recita Peter a la par que les hecha agua a los fantasmas, haciendo que desaparezcan.

            –¡Es sangre! –exclama Alphonse al ver de cerca las sábanas.

            –Vamos para abajo –dice Peter al ver la estela de sangre.

Apenas van bajando las escaleras Peter se encuentra de frente al fantasma de un caballero medieval, lo que hace que la esposa de Alphonse pierda el conocimiento, por lo que Alois tiene que asistirla. El fantasma, con un aspecto de haber sido quemado en vida, les hace una señal de que los sigan, a lo que Peter y Alphonse asienten.

            –Pensé que la casa era de tres pisos –comenta Peter al bajar unas escaleras angostas.

            –Los pisos de abajo sirven de bodega y de cuarto de servicio –comenta Alphonse–. Aunque la joven del servicio se la pasa en el hospital, desde que su hermano llegó del frente.

La conversación se detiene justo cuando llegan al piso que es usado como bodega, un lugar que a pesar de tener ventanas se mantiene oscuro. El espectro se mantiene inmóvil en el centro de la bodega y con su mano señala al piso cubierto de piedra, sin dejar de observar a los mortales.

            –¿Quieres que excavemos? –pregunta Peter, a lo que el fantasma mueve su cabeza de manera afirmativa.

Alphonse, sosteniendo su candelabro de tres brazos, empieza a iluminar el lugar buscando su herramienta, encontrándose una caja de velas que enciende, poniendo cada vela en diferentes lugares de ese piso, dando una iluminación más amplia: una gran bodega con un cuarto, así como una salida hacia la calle inferior obstruida por un viejo librero. Peter logra ver un pico y comienza a romper el suelo, sumándosele en seguida Alphonse, quien encuentra otro pico. Apenas el sonido del suelo rompiéndose hace eco en el lugar, una sombra hace su aparición en la puerta del cuarto, haciendo que Peter, Alphonse y el fantasma volteen a ver.

            –¿Qué estáis haciendo?

            –¡Rosa! –exclama Peter quien corre para abrazarla– ¿Estás herida?

            –No –responde Rosa algo aturdida.

            –¿Y esa sangre? ¡Oh! –Peter detiene su pregunta al darse cuenta de lo que sucede.

            –Me duelen las entrañas –responde Rosa mientras se retuerce de dolor.

Alphonse al percatarse de que la pequeña está bien, continúa rompiendo el suelo empedrado; pero apenas da un segundo golpe, se da cuenta de que algo está fuera de lugar en la habitación:

            –Peter, observe –le dice Alphonse señalando al fantasma medieval–: está asustado.

Peter lo observa detenidamente sólo para percatarse de que el fantasma mira con una expresión de horror a Rosa.

            –¡Monsieur Alphonse! ¡Traduzca! –ordena Peter a lo que Alphonse comienza a recitar lo que él dice– ¡No tenga usted temor! ¡No le haremos mal!

Al escuchar el fantasma escuchar esas palabras, este se aleja un poco y vuelve a señalar el piso fragmentado, por lo que Alphonse vuelve a golpearlo con el pico, haciendo un eco.

            –Hay un vacío abajo –dice Alphonse mientras golpea con su pie el suelo perforado.

            –Rosa, meine kleine Rose –comenta Peter mientras la dirige a donde está Alphonse–. ¿Ves ese lugar? Necesitamos que lo rompas.

Rosa, ya menos somnolienta, procede a poner su mano izquierda sobre el pequeño orificio en el suelo, y, aplicando un poco de presión, se crea un agujero en donde casi cae; pero Peter la sujeta antes de que caiga al vacío.

Alphonse es el primero en entrar y con la luz de sus velas se percata de que en el lugar hay unos cuantos restos óseos, así como una leve ventisca de aire que fluye desde diferentes puntos, mezclados con el sonido del río cercano; y en el centro, una lápida enterrada a la mitad.

Peter le indica a Rosa que no baje, a lo que ella responde afirmativamente. Ambos caballeros, acompañados por el fantasma, se acercan a la lápida, la cual tiene la forma de un caballero templario que sostiene una espada.

            –¿Qué dice ahí? –pregunta Peter señalando un lateral de la gran tumba de piedra.

            –No sé exactamente; está en francés antiguo, sólo entiendo que dice “Jean-Jacques Delacroix” –se justifica Alphonse mientras observa como el espectro les indica que muevan la pesada losa–. Además, es raro, en Toulouse no hay leyendas de Caballeros Templarios.

Apenas termina de comentar su relato, Alphonse ayuda a Peter a mover la tapa de la tumba, en donde se encuentran un esqueleto viejo, casi hecho polvo, que sostiene una espada del templario, de doble filo, cubierta de polvo, pero todavía integra. Peter sujeta la espada con ambas manos intentado apreciarla con la poca luz de vela y el resplandor nítido azulado, casi nulo, del espectro, pero este le señala que tiene que cortarse con ella la mano.

Al momento en el que Peter intenta esterilizar la hoja de la espada con la llama del candelabro, un grito seco se deja escuchar desde la parte superior, acompañado de dos detonaciones de bala.

            –¡Das ist Rose! –exclama Peter angustiado, para después correr hacia la entrada, no sin antes sacar de su bolsillo su revolver Nagant.

Alphonse lo sigue para poderlo apoyar a subirse al sótano de su hogar, y, en lo que Peter logra asomar su cabeza, se escuchan otras dos detonaciones.

            –¡Monsieur Gest! –exclama asustado Alois sin dejar de apuntar con una pistola a tres fantasmas frente a él, mientras que su madre y Rosa suben las escaleras casi arrastrándose– ¿Et mon père?

Alphonse le indica desde abajo que va en camino, al mismo tiempo que Peter sube para hacer frente a los tres fantasmas de monjes, que por su apariencia da a entender que también fueron quemados vivos.

            –¿Por qué estos son de tonalidad café y no como el otro? –indaga Alphonse saliendo del hueco– ¿Qué está pasando, Monsieur Gest?

            –Se lo diré después –responde Peter empuñando la espada con ambas manos, sin soltar su revolver.

Uno de los fantasmas se acerca rápidamente a Alois, atravesando su cuerpo y usándolo para poder atrapar a Rosa de la pierna, por lo que esta responde instintivamente dándole una bofetada con su mano manchada con su propia sangre algo seca. Al recibir el golpe, el fantasma dentro del cuerpo de Alois sale de él, dando alaridos gritos espectrales en cuanto se desvanece, haciendo que Alois vuelve en sí, algo confundido.

            –¡Das Blut! –exclama Peter para después guardar su arma y pedirle el candelabro a Alphonse para desinfectar la espada y cortarse con ella su palma izquierda –¡Id al comedor!

Siguiendo la indicación, Rosa y la madre de Alois lo sujetan para subirlo; sin embargo, apenas llegan a la segunda planta, donde es el cuarto de servicio, los tres se encuentras con una decena de espectros: desde más monjes que fueron quemados, hasta los que parecen ser simples campesinos, entre hombres y mujeres. Rosa, al saber que están rodeados, decide golpear a los que pueda para hacerse paso hasta la cocina en el piso superior, mientras que en la planta baja Peter usa la pesada espada para combatir a duras penas a los dos fantasmas que quedan, derrotándolos. Pero en cuanto llegan al cuarto de servicio, Peter y Alphonse ven como son ignorados por los fantasmas que suben a la cocina persiguiendo a las mujeres y a Alois.

            –¿Por qué la siguen a ella? –Alphonse luce sorprendido al mismo tiempo que esteriliza con fuego de vela un hacha.

            –“Ella es diferente” –cita Peter las palabras del sacerdote de Valencia, para después verter el hacha con su sangre–. No es necesario que me corte otra vez.

En el piso de arriba, Rosa toma un cuchillo largo con el que se rebana los nudillos del puño derecho; embarrando con su propia sangre la hoja y repitiendo la misma acción con otro cuchillo en el puño izquierdo, para dárselos a Alois y a su madre.

            –¡A luchar! –Rosa toma pose de defensa con los puños levantados, abalanzándose sobre los fantasmas que van entrando a la cocina.

Alois y su madre los atacan valientemente con los cuchillos, pero para su sorpresa, todos los seres del inframundo parecen enfocarse en Rosa, cuyos puños ya están completamente empapados en sangre; pero, aún rodeada y mostrando indicios de dolor interno, no deja de golpear. Peter y Alphonse llegan por las escaleras y empiezan a atacar los fantasmas desde atrás; liberando de una carga a Rosa, quien es sujetada del codo por el espectro de una mujer, que desaparece al instante, soltando un grito infernal.

            –¡Usa los codos y las piernas! –exclama Peter muy impresionado al ver lo sucedido.

Rosa lo obedece y empieza a usar todos los movimientos de defensa que conoce, acabando completamente con los espectros, acto que la deja completamente agotada, por lo que Alois y su madre se acercan a ella para acomodarla en una silla y curar las heridas de sus puños.

            –No quiero ni imaginarme como estará París –Alphonse intenta recuperar su respiración en lo que Peter voltea a verlo sorprendido–. ¿Tendrá un cigarro, Herr Gest?

Peter saca del bolsillo de su pantalón su cigarrera y se la extiende a Alphonse, quien toma uno, luego se la acerca a Alois quien también toma otro:

            –Danke –exclama Alois mostrando el cigarro y una sonrisa de tranquilidad, volteando también a ver a Rose–; gracias.

Peter le extiende la cigarrera a la esposa de Alphonse, quien con una sonrisa y un movimiento de cabeza lo rechaza; enfocándose mejor en limpiar la suciedad del rostro de una Rosa exhausta, cuyas mejillas sonrojadas dibujan una gran sonrisa inocente, incitando a que todos los presentes comiencen a reírse de los eventos ocurridos.

            –¿Café o té? –le pregunta Alphonse a Peter al momento de poner agua a calentar.

            –Jugo de naranja para mí; para ella té dulce –responde Peter, dejando recargada la espada en una silla para tomar la escoba y barrer el piso de la cocina.

            –¿Qué es eso? –pregunta Alois al ver la acción de Peter.

            –Es ceniza con sal, no sé porque algunos fantasmas lo dejan.

            –Déjelo; lo hará la sirvienta –comenta Alphonse mientras prepara unas tazas.

            –Ella me trajo aquí –tartamudea Rosa mostrando signos de dolor, dejando atónitos a todos.

Apenas Peter intenta acercarse a ella, el fantasma del caballero aparece frente a todos, por lo que instintivamente Alois toma la espada de la silla dispuesto a atacarlos, pero Alphonse y Peter lo detienen al unísono.

            –¿Quieres que la clavemos en la pared? –pregunta Peter al ver las señales que el fantasma hace, para finalmente, dar una respuesta afirmativa a la pregunta de Peter.

 

En lo que Alphonse termina de preparar las bebidas calientes, unos fuertes golpes se escuchan en la puerta principal, causando alarma entre todos. Peter, al ver la sorpresa de sus anfitriones, decide observar su reloj de bolsillo y notificarle la hora a la familia:

            –Son las cuatro con veinte de la madrugada, ¿esperan a alguien?

            –La joven del servicio llega a las cinco con treinta –responde la señora Lefèvre con un marcado acento francés–; pero la niña dijo que la vio hace rato…

Las palabras de la señora de la casa son interrumpidas por otros golpes fuertes que parecieran que tumban la puerta, incitando a que Alois y Peter se acercan a la puerta, no sin antes desenfundar sus respectivas armas de mano. Alphonse se les une con hacha en mano, mientras que su esposa abraza a Rosa en la cocina, viendo como los tres se alejan al comedor.

Los golpes en la puerta son cada vez más intensos, así que Alois indica que él abrirá la puerta, quedando Peter de frente y Alphonse al marco de la entrada. Apenas Alois abre la puerta, los tres se percatan de que no hay nadie; decidiendo salir a ver si hay intrusos, viendo solamente un carruaje a lo lejos, en medio de la oscuridad de la calle, y escuchando el sonido del martillo de un revolver que le apunta a Alois en la sien.

            –Necesito que vengan conmigo –les indica Pierre bajando su revólver, dejando sorprendidos a los tres hombres–. Solamente ustedes, Gest y Alphonse.

Tras terminar de hablar, Pierre saca otro revolver de sus ropas y se la extiende a Alois, quien casi la suelta por el impacto de ser apuntado. Acto seguido Pierre hace un silbido con sus dientes y dedos, indicándole al carruaje que se acerque.

            –¿Qué sucede, padre? –pregunta Alphonse algo perturbado.

            –Dentro del carruaje ya tengo todo lo necesario –Pierre le extiende una pequeña bolsa a Alois–. Úsalas si son necesario. ¡Suban al carruaje! ¡Rápido!

 

            –¿A dónde vamos? –Peter preparando su revólver, observando a Alphonse tratando de mantenerse estable dentro del carruaje que va a toda prisa.

            –Ya casi llegamos –comenta Pierre con una expresión de preocupación–; sólo espero que no nos gane el tiempo.

Apenas Alphonse intenta hacer una pregunta, este se percata de que las llantas del carruaje pasan encima de unas vías férreas; dándole una idea del lugar al que se dirigen. Pasado unos minutos, se escucha como el conductor del carruaje detiene a los caballos con un sonido bucal; por lo que los cuatro bajan del carruaje a toda prisa armados y con dos maletines, pero al bajar se encuentran con una multitud de gente que se abre paso en seguida. Peter no logra entender lo que la gente dice, hasta que sus dudas se aclaran al ver el lugar al que han llegado: Cimetière de Terre-Cabade.

            –Síganme –les indica Pierre para que entren al recinto.

 

            –¿Te sientes mejor? –le pregunta la señora Lefèvre a Rosa, mientras le ayuda a bañarse en la tina.

            –Sí; muchas gracias, doña “Lefref” –Rosa se mantiene sentada en la tina, en lo que le la señora Lefèvre le talla la espalda.

            –Puedes decirme Marie –responde mostrando una sonrisa maternal, dándole a Rosa una pequeña palmada en la espalda–. Mucho mejor…

            –Así se llamaba una de mis hermanas, María –exclama con felicidad Rosa, pero su expresión cambia a tristeza en un instante–; pero ella, pues…

Marie hace una expresión de comprensión al mismo tiempo que ayuda a Rosa a levantarse de la tina, a lo que Rosa da señas de que ya se puede mover por su cuenta.

            –Entiendo, yo también tuve una pequeña que… –Marie se detiene para tragar un poco de saliva– se convirtió en un ángel; muy, muy temprano edad…

Rosa, envuelta en una gran toalla roja, le da un abrazo a Marie en señal de entendimiento, pero el momento se ve interrumpido por el ruido de la puerta principal que se abre con cuidado.

            –Espera aquí –comenta Marie saliendo del baño–; te dejo esas ropas limpias, y usa las vendas como te dije…

Alois no se había percatado de que la joven del servicio apenas había llegado, ya que este se encontraba terminando de acomodar la espada en la puerta de la cocina que da al piso inferior, y en cuanto baja del banquillo en donde estaba, se encuentra de frente a la empleada:

            –Bonjour, Alois –la joven muestra unas ojeras disimuladas bajo sus ojos.

Alois no dice nada, sólo la toma del brazo con fuerza y la conduce hasta la recepción de la casa, en donde se encuentra a su madre bajando las escaleras:

            –¿Où est Rose? –Alois extrae una pistola de su pantalón con la que le apunta en la barbilla a la ya asustada joven.

            –Está… arriba –Marie luce asustada ante la acción de su hijo, sin darse cuenta de que Rosa sale del baño vestida con un conjunto de pantalón gris con camisa blanca.

            –Madre, traduce –comenta Alois mientras Rosa baja las escaleras secándose su cabellera con una toalla–: ¿Era ella a quien viste anoche?

Rosa despeja la toalla de su rostro y queda asombrada al ver a Alois encañonando a la joven:

            –No… no es ella –la voz de Rosa tiembla a la par que Marie traduce para Alois–. Era más delgada, pálida y con cabello corto hasta las orejas.

            –¡Marianne! –exclama sorprendida la joven en cuanto Rosa señala el tipo de corte de cabello.

            –¿Marianne? –Alois luce confundido, bajando el arma y soltando a la trabajadora– Creí que se había regresado a Niza hace un mes.

La empleada se lleva las manos a su boca horrorizada mientras hace una señal de negación con su cabeza:

            –Sigue en Toulouse, con mi hermano…

            –¿Jean? –exclama Alois sorprendido– ¡Pero yo lo vi morir en Artois!

La joven del servicio doméstico sigue negando con su cabeza, por lo que Alois al caer en razón, se dirige a un estante de donde extrae una escopeta de doble cañón y munición. Rosa, al no entender nada de francés, se acerca a la joven para consolarla y Marie se acerca a ambas, extendiéndole un par de botas altas y calcetines a Rosa.

            –Mi padre y Gest están en mala situación –le dice Alois a Rosa como puede en español–. Están en trampa.

 

Peter y Alphonse caminan lo más sigiloso posible entre las grandes tumbas del Cimetière de Terre-Cabade, sin bajar para nada la guardia con sus pistolas. El silencio del lugar los mantiene más alerta al no saber qué es lo que buscan, dedicándose a seguir los pasos de Pierre, quien parece conocer perfectamente el destino al que se acercan.

            –Es aquí –Pierre señala unas siluetas a lado de una pequeña cripta.

            –¿Qui est là? –pregunta una voz dulce y melodiosa.

            –¡No tengas miedo! –responde en francés Pierre, al mismo tiempo que les indica a Peter y a Alphonse que bajen las armas– Vinieron dos médicos.

            –¡Pierre! –la joven de cabello corto abraza al sacerdote de manera amistosa.

            –¡Marianne! –corresponde Pierre– ¿Cómo sigue Jean?

            –¡¿Jean Dupont?! –exclama con su áspera voz Alphonse al reconocer al joven pálido tirado sobre una tumba– ¿Qué haces fuera del hospital?

Peter se acerca junto a Alphonse para poder asistir a Jean, quien da signos de estar debatiéndose entre la vida y la muerte.

            –Está muy débil –Peter da su diagnóstico al ver la flacidez de Jean–; le hace falta hierro.

Marianne intenta acercarse a ellos, pero es detenido por Pierre para que no los interrumpa, y en su desesperación empieza a gritar en francés.

            –¿Qué dijo? –le pregunta Peter a Alphonse, mientras este procede a extraer unos diminutos botes con hierro y agujas de dos maletines, guiándose por la luz de la luna.

            –Dijo que ya no quiso beber la sangre de ella –responde Alphonse al mismo tiempo que suministra el contenido de los botes en el cuerpo de Jean.

Con una expresión de horror, Peter empieza a indagar la mandíbula de Jean, así como sus uñas, con el afán de encontrar respuestas. Por otra parte, Pierre abraza a Marianne, quien mantiene su mano sobre su boca observando a su amado.

            –Alphonse, observe aquí –indica Peter–; sus colmillos no están desarrollados del todo, y la piel de sus uñas no se ha caído, además su pulso se está recuperando ¡Todavía se puede salvar!

            –¿De qué diablos hablas? –pregunta Alphonse con ceño fruncido.

            –¡Este joven estaba en un proceso de vampirización! –explica Peter mostrando una expresión de emoción–. Necesitamos darle sangre intravenosa. ¿Saben cuál es su tipo de sangre?

            –O positivo, somos compatibles –responde Pierre acercándose, levantando la manga de su camisa negra.

Alphonse de inmediato le coloca una aguja ajustada a una pequeña manguera a Pierre, empezando así la transfusión sanguínea. Marianne cae de rodillas cerca de Jean y besa su frente, en eso, voltea a bruscamente al notar una antorcha acercarse al lugar, siendo sujetada por un señor de mediana edad, acompañado por Alois y Rosa. Pierre le indica con una señal de mano a Marianne que todo está bien, y Alphonse se sorprende al ver a su hijo:

            –¡Alois! ¿Cómo llegaron aquí?

            –Sophie nos indicó lo que sucedía, y al llegar, los vecinos nos dijeron que hace unas horas escucharon un grito en frente del cementerio –responde Alois quien se acerca sorprendido a Jean–. ¡Por Dios, Jean! ¡Estás vivo!

            –Ya está más estable –comenta Peter levantando la vista–. Necesitamos una camilla para sacarlo de aquí.

Al escuchar esto, Alphonse le indica al tipo de la antorcha que vaya por lo que pidió Peter, mientras Rosa se acerca a Marianne para abrazarla de manera afectuosa. Por otra parte, Peter se levanta de ahí y se aleja unos pasos seguido por Alphonse, quien termina de removerle la aguja a Pierre. De su cigarrera café, Peter saca un cigarro y le hace una señal a Alphonse de que tome uno; acto seguido, Peter enciende ambos cigarros con un encendedor y Marianne, al notar la presencia de tabaco, se separa cortésmente de Rosa, alejándose de Jean con dirección a los fumadores, pidiéndoles un cigarro. Peter le da uno de inmediato y se lo enciende, pero su mirada se clava en ella al verla de pie sobre una tumba:

            –Se pondrá bien, Marianne –comenta Alphonse tratando de consolarla.

            –Se lo agradezco –Marianne levanta su mirada al cielo, encontrando a la luna llena–. La verdad, no sé qué sucede con él.

Mientras ella sigue hablando, Peter golpea suavemente el brazo a Alphonse, indicándole el acto descortés de la joven, por lo que la expresión de Alphonse se torna seria:

            –¿Marianne Moran? –pregunta Peter en un francés muy roto.

            –¿Sí? Soy yo. ¿Cómo sabe mi apellido? – Marianne frunce su ceño sorprendida.

            –¿No sé si preguntarte por qué no hechas humo del cigarro o cuándo fue la última vez que bebiste sangre?

Marianne se queda intrigada al ver como Peter le señala la tumba en donde esta parada, a la que voltea a ver con horror; soltando el cigarro de sus afiladas uñas y leyendo la inscripción de la lápida: Marianne Moran, 14 de mayo de 1896 – 17 de junio de 1915.

            –¡No le hagan daño! ¡Yo la obligué! ¡Ella ni siquiera lo sabe! –exclama Jean a duras penas, por lo que Pierre se acerca a él para asistirlo.

Lo mismo intenta Marianne antes de ser encañonada por Alois, pero ella lo desarma con rapidez; apoderándose de la escopeta y disparándole a Alois a la altura de la pierna izquierda; amenazando a los presentes en lo que toma a Jean para llevárselo de ahí.

            –¡Alois! –grita Alphonse al ver a su hijo herido.

Ignorando el tramo por el que va, Marianne arrastra a Jean sobre su lapida, haciendo que esta se rompa con el peso; siendo Jean el primero caer sobre el ataúd vacío, incrustándose el crucifijo de la caja por la espalda; y sobre su pecho cae Marianne, quien observa como un borbotón de sangre sale de la boca de Jean.

            –Te… te amo –dice Jean con su último aliento antes de que sus pupilas se dilaten por completo, opacando el azul de sus ojos.

Marianne lo mira y le da un último beso, haciendo que sus ojos se humedezcan y gire su cuello levemente para ver hacia arriba la silueta de Peter sosteniendo una larga rama seca de árbol con ambas manos.

            –Prometa que nos va a enterrar juntos –exclama con resignación Marianne–. ¡Prométalo!

            –Lo prometo –responde Peter con una voz quebrantada.

El germano procede a lanzar la rama dentro de la tumba, generando un chasquido al perforar el pecho de ambos, atravesando carne, músculos y topándose con la sangre en el transcurso.

Pierre intenta cubrir la cabeza de Rosa para evitar que escuche y vea lo sucedido, mientras que Alphonse le da tratamiento médico a su hijo tendido en el suelo. Peter, con su pesar, se apoya sobre otra lapida, limpiando su rostro, para después leer el epitafio de la lápida: con la vara que mides serás medido.

Peter levanta su mirada al percatarse de la presencia de varias personas que se acercan con antorchas y una camilla y les comienza a dar instrucciones con su escaso francés:

            –Saquen a esos dos de ahí.

            –¡Pedro! –le grita Rosa– ¡Les prometiste que los enterrarías juntos!

            –Tenemos que seguir el rito –responde Peter dirigiéndose a Alphonse quien está asistiendo a su hijo–. ¿Está bien?

            –Sí, el arma se desvió; no es mortal el daño, pero… –comenta Alphonse aliviado, esbozando una ligera sonrisa– con esta herida no podrá servir en la guerra.

Alois muestra una sonrisa de alivio e inconformidad al mismo tiempo, por lo que Peter se aleja no sin antes darle una palmada en la espalda a Alphonse e indicarles a unos asistentes que lo ayuden.

 

Cerca de veinte personas salen del Cimetière de Terre-Cabade, siendo cuatro los que suben los cadáveres casi envueltos en sábanas blancas de Jean y Marianne en el carruaje que Pierre. Por otra parte, Sophie, rompe en llanto al reconocer el cadáver de su hermano, por lo que Marie la trata de consolar alejándola hacia el carruaje en donde ellas llegaron.

            –Lo siento –exclama entre lágrimas Pierre, dirigiéndose a Sophie–. Hice todo lo que pude.

            –¿Qué sucede con ellos? –pregunta Peter mientras prende otro cigarro.

            –Éramos amigos desde niños –responde Alois desde una camilla improvisada, intentando no llorar–. Por diferentes causas, nos alejamos…

            –Tenemos que continuar el rito –exclama Peter dirigiéndose al carruaje donde van los cuerpos–, antes de que amanezca.

 

El sol está por salir, sus rayos se reflejan desde el este de las afueras de la ciudad de Tolosa; cubriendo los campos de cultivos distintos cercados por bajas rejas de maderas. En una de esas rejas se forma un cruce de caminos, el cual es en donde ambos carruajes se detienen después de una vigorosa carrera contra reloj. Del primer carruaje en llegar descienden Peter y Alphonse, seguidos de los cadáveres envueltos empujados por Alois y Pierre desde adentro del carro; del otro carruaje salen Marie, acompañada por Sophie, Rosa y una pareja de mediana edad, quienes acompañan en caso de ser necesario.

            –¡Rápido! Hay que ponerlos en el cruce –grita Peter sus indicaciones al observar los rayos del sol visualizarse cada vez más, por lo que les indica a los conductores de los carruajes que desamarren a los caballos.

Alphonse se acerca a Marie a susurrarle algo, hecho que, al concluirse, hace que Marie se acerque a Rosa y a Sophie y las abrace, haciéndolas volver a la carreta; pero la curiosidad de Rosa es mucha por saber en qué consiste el rito, así que decide observar como todos, menos ellas, dirigen a los caballos a las cuatro direcciones del cruce, mientras Pierre empieza a rezar en latín.

            –¡Maintenant! –exclama Peter en francés, al mismo tiempo que se escucha como los cuatro caballos son azotados para que galopen en las cuatro direcciones.

El horror del sonido de la carne despedazándose, mezclada con la sangre, se refleja en los ojos avellana de Rosa, haciendo que lleve sus pequeñas manos a la boca para cubrir la sorpresa y asco de lo que acaba de ver. Por otra parte, Sophie deja escapar un gemido de su garganta, para posteriormente romper en llanto al saber el destino del cuerpo de su hermano.

            –¡Quémenlos! –exclama Peter mientras los demás se acercan con garrafas de gasolina que rocían sobre las extremidades esparcidas por el cruce.

Pasados unos minutos, el fuego se extingue. Mientras los demás intentan consolar a Sophie, Rosa, con una mueca de decepción observa a Peter, quien, desde que empezó el fuego, no ha dejado de ver a la fogata de carne y huesos.

            –¡Prometiste que los enterrarías juntos! –le reprocha Rose a Peter, quien se acerca al cajón del carruaje– ¡No sabes cumplir tus promesas!

            –Soy bueno rompiendo mis promesas –le responde Peter a Rosa, mostrando una hinchazón de coraje en su rostro rosado.

Peter extrae una pala del cajón trasero del carruaje, y sin mirar a Rosa, se acerca a la orilla más cercana del cruce, en donde comienza a cavar un agujero; no sin antes quitarse su saco negro, dejando visible su sucia camisa blanca sujetada por unos tirantes cruzados.

Los demás presentes voltean a ver a Peter excavar el agujero con furia, lo que hace que termine pronto su trabajo; dirigiéndose ahora a los restos calcinados de Jean y Marianne, los cuales los coloca con la pala dentro del agujero: primero los huesos ahumados con restos de carne quemada todavía adherida, y luego, las calaveras, negras como el carbón, con cenizas de tejido aún.

            –Haga los santos oleos –le dice Peter a Pierre tras cubrir la fosa y encender un cigarro, por lo que Pierre se aleja de Sophie, dirigiéndose a la tumba de sus ahora difuntos amigos.

 

Ya han pasado un par de horas desde que el sol salió y a las afueras de la casa de los Lefèvre se detiene un carruaje, el cual ya era esperada por los integrantes de la familia, Rosa y Peter, siendo este último en acercarse al vehículo y colocar su mediana maleta sobre el escalón del transporte.

            –Ellos se encargarán muy bien de ti –Peter voltea a ver a Rosa, vestida ahora con el conjunto de saco y pantalón–. Cualquier cosa escribe a la dirección que te di.

Rosa, con la mirada enfocada en el cigarro de Peter, asiente con un movimiento de cabeza; pero, al ver la rama con pétalos secos sobresaliendo de su saco sucio, su mirada cambia y voltea a ver los opacos ojos de Peter, quien la mira con tristeza.

            –¿Sucede algo? –le pregunta Peter, pero su única respuesta es un cálido abrazo por parte de Rosa.

 

 

 

4. Entra en el agua.

 

Triora, Italia, 20 de julio de 1915.

La puerta del pequeño restaurante golpea levemente una campana colocada sobre esta para dar aviso si alguien entra o sale del establecimiento. El sonido de los tacones de botas golpeando la madera con cada paso que dan evita que el silencio dentro del bar se haga presente.

            –¡Benvenuto! –exclama con una sonrisa bajo su bigote el sujeto detrás de la barra principal del restaurante al ver al joven cliente– ¿Che cosa hai intenzione di ordinare?

            –Succo d'arancia e pasta, prego –responde el joven de cabello medio largo desliñado.

El encargado del restaurante asiente con su cabeza y con un movimiento de mano le indica al cliente que se siente en una mesa individual situada cerca de una ventana que da a la calle, y desde donde se puede apreciar el ir y venir de unas cuantas personas.

Mientras espera su orden, el cliente saca un diario y una pluma de su maletín para poder escribir en este; haciendo leves pausas para apreciar a los transeúntes de la calle, calle formada por viejas casas que datan del siglo XVI y luce bien iluminada por la luz de medio día del sol veraniego. Su mirada regresa al papel y pluma, y con una mueca de felicidad en su rostro, se dedica a cubrir la hoja entera de palabras en manuscrita.

            –Su pasta y su jugo –el encargado del restaurante coloca sobre la mesa la sencilla orden.

            –Gracias –responde el joven a la par que guarda su diario de regreso al maletín.

Con tenedor en mano, el comensal se dispone a comer la pasta, dejando para el final el jugo de naranja, y mientras lo hace, observa al encargado del restaurante, un hombre delgado y calvo, acercarse a lado izquierdo de la puerta, en donde está colocado un pequeño espejo, el cual es limpiado por el encargado, quien a duras penas lo limpia, solo para apartarse y darle la bienvenida a una pareja de jóvenes que entran al restaurante.

Con una expresión de satisfacción en su rostro, el comensal le da el visto bueno a la pasta que degusta, por lo cual apenas la termina, se bebe de un solo trago el jugo. El encargado del local, al ver que el comensal ha terminado, se acerca para retirar los trastes sucios, sin dejar que su sonrisa amable se difumine.

            –Usted no es de por aquí, ¿cierto?

            –No –responde el joven mostrando una sonrisa amable.

            –Su italiano es muy bueno.

            –Gracias –responde con admiración el joven con cartera en mano–. ¿Cuánto es?

            –Quaranta lire.

Apenas termina de pagar su almuerzo, el joven se dispone a retirarse del lugar, no sin antes ver su reflejo en el curioso espejo colgado a la puerta; y en cuanto se refleja en él, retrocede sorprendido al notar algo raro.

            –Es un espejo mágico –comenta el encargado al acercarse al joven–; ha estado en mi familia desde hace siglos. Dicen que fue hecho por unas brujas y que puede distinguir entre el bien y el mal.

El rostro del encargado cambia de amabilidad a sorpresa al notar que el reflejo del joven es diferente:

            –¡Qué raro! –exclama el encargado al ver como en el espejo el reflejo del joven se encuentra rodeado por una aurora azul celeste– Esto nunca había sucedido.

            –Perdón, ¿dónde está la oficina postal? –el joven intenta cambiar el tema con su duda.

            –Ah, sí; está en la calle de arriba, en la Corso Italia, señor…

            –Pietro, Pietro Gest –responde Peter en lo que sale del restaurante con dirección a la oficina postal, no sin antes encender su cigarro.

 

La oficina postal no queda lejos del restaurante en donde Peter se encontraba, por lo que llegar hasta ahí solo le toma unos cinco minutos. Dentro de la oficina, Peter observa el poco movimiento, además de que es atendido de inmediato por el encargado del servicio postal, esbozando una sonrisa de amabilidad:

            –Buenas tardes, señor…

            –Pietro.

            –Señor Pietro –el encargado hace un ademan de carisma, haciendo que Peter responda con una sonrisa.

            –Quiero mandar estas cartas, por favor –comenta Peter al momento de entregarle dos sobres al encargado, quien observa las direcciones de envió por curiosidad.

            –Una va para Tolosa, Francia y la otra a… Aachen, Alemania –el encargado de la oficina frunce el ceño de manera cómica al mencionar la ciudad germánica–. Con la primera no hay ningún inconveniente; pero la segunda, tardará algo en llegar…

            –Con que llegue me conformo –Peter observa al encargado cambiar la expresión de su rostro de manera repentina al leer la dirección de la carta con destino a Francia.

            –Espere un momento –le dice el encargado haciendo una señal con sus dedos, mientras se acerca al estante en donde se encuentras las cartas acomodadas, titubeando al tomar una para entregársela a Peter–. Creo que esta carta le puede interesar.

Con una muestra de duda, Peter toma el sobre, lo que hace que en su rostro se dibuje una palidez extrema al leer la dirección escrita sobre este:

Para: Marianne Moran. 1 allée Paul Feuga, Toulouse, France, 31000.

De: Gusztáv Berencsi. Budapest, Andrássy út 60, 1062 Hungría, Magyarország.

La sensación de sorpresa en el ambiente de la oficina postal se rompe en el momento en el que un vehículo Fiat Tipo 3Ter negro se estaciona a las afueras del edificio, de donde sale un oficial de policía a toda prisa:

            –¿Es usted Peter Gest? –exclama agobiado el policía.

            –¿Sí? –responde Peter con carta en mano.

            –Acompáñeme, por favor; el padre Alberione lo necesita –dice el oficial sacando del brazo a Peter del edificio–. Algo extraño sucede en el museo.

 

El pequeño automóvil negro logra estacionarse a escasos metros de una pequeña casa de un solo piso que yace a la orilla del camino, dando la espalda a una amplia vista de las colinas verdes que rodean a Triora. El oficial de policía, un tipo algo robusto en sus cuarentas, guía a Peter hasta la entrada de la casa blanquecina, la cual ha sido acoplada para fungir como museo.

            –Se supone que estas eran mis vacaciones –gruñe un párroco, de apariencia más joven que el oficial, al ver entrar a Peter al museo–, y ahora sucede esto.

            –Peter Gest –Peter le extiende su mano al párroco, quien muestra una sonrisa de bienvenida–. ¿Qué está sucediendo?

            –Pues eso –el padre señala con su mano derecha a una vieja escoba flotando a la altura del techo–. Aparte, tiene que ver esto.

El padre Alberione guía a Peter hasta la parte trasera de la casa, en donde se encuentran en exhibición los diferentes artefactos utilizados durante la Inquisición, siendo la silla de Pena del Garrote usado para retener a una joven de cabello rubio oscuro y rostro sucio:

            –Komm näher –susurra la jovencita sin dejar de mirar su propio regazo.

El padre Alberione, observa como Peter se acerca con paso lento, decidiendo hacer lo mismo, pero se detiene al ver como se acerca al rostro de la joven:

            –Libérame –susurra nuevamente la joven sin dejar de mirar su regazo, por lo que Peter comienza a desanudar las hebillas de la silla.

            –¿Qué hiciste esta vez, Rosa? –le reclama Peter con voz enfadada, haciendo que Rosa estalle en una risa de travesura.

            –¡¿Se conocen?! –exclama sorprendido el clérigo, acto que Peter lo confirma con un movimiento de cabeza.

            –No hice nada –Rosa hace contacto visual con Peter–; la escoba flotó sola.

Al escuchar las palabras de Rosa, Peter se muestra sorprendido y dudoso; pero apenas intenta deducir lo que sucede en el lugar, es interrumpido por el padre Alberione para indicarle que, en la galería, un pequeño, de apariencia de tener ocho años, se ha logrado infiltrar y mira sorprendido el techo, pero su sorpresa es quebrantada al escuchar como una voz suave y elegante, marcada por un acento alemán, lo llama:

            –¡Lucio! –lo reprime una joven de piel blanca y cabellera negra recogida sobre su cabeza– ¡Te dije que no te metieras!

Peter se queda atónito ante la belleza de la joven con pecas sobre sus mejillas, adornadas por unos lentes redondos y pequeños.

            –Disculpen la intromisión de mi alumno, es muy travieso –dice la joven de vestido negro en italiano con un marcado acento alemán.

            –Sí, no hay ningún inconveniente; de hecho, ya acabamos –responde torpemente Peter intentando disimular su distracción extendiendo su mano–. Mi nombre es Peter Gest.

            –Mucho gusto; yo soy Bertha Voigt y… –Bertha extiende también su blanca mano, pero enfurece al ver a la escoba flotando– ¡Qué desagradable broma! ¡Dios! ¡Lo que hace la gente por un poco de atención en estos días!

Bertha, con una clara muestra de desagrado, baja la escoba con su mano derecha y la coloca junto a las demás, para después tomar al pequeño de la mano y sacarlo del lugar, no sin antes reprocharle su acción.

            –¿Por qué te pusiste así? –le pregunta Rosa a Peter con curiosidad.

            –Pensé que el niño lo hizo –responde Peter con lo que parece ser una excusa.

            –Bueno, sea lo que sea que haya sido, tendré que reportarlo a Roma cuando llegue –añade el padre Alberione con una expresión más relajada.

            –No es necesario; lo haré yo –Peter le muestra una placa de una cruz roja, rodeada de flamas amarillas, dejando atónito al sacerdote.

Ya afuera del pequeño museo, Peter observa a Bertha subirse a una pequeña carreta tirada por un caballo marrón, sentando a su lado izquierdo a su pequeño alumno.

            –¿Y hacia donde se dirigen? –indaga Peter con una sonrisa de oreja a oreja mientras enciende un cigarro, por lo que Bertha lo observa con una ceja levantada.

            –Vamos a Génova –Bertha mira con interés los ojos opacos de Peter, hasta que su pecoso rostro se torna rojo.

            –Es un viaje largo y algo arriesgado –dice Peter con cigarrillo en boca–. Casualmente también vamos para allá, ¿Podemos ir con ustedes?

Rosa muestra una señal de sorpresa al escuchar a Peter, sembrando sospechas en su mente.

            –Yo iré directo hasta Albenga; tengo que llegar a Roma lo antes posible –interfiere el padre Alberione mientras saca una gran maleta azul que se encontraba detrás de la puerta del recinto–. Quizá los veo allá.

 

Pasadas las horas el sol se esconde entre las montañas verdosas, por lo que Peter, Rose, Bertha y Lucio deciden buscar un lugar donde quedarse después de haber recorrido un largo tramo y notar que el caballo marrón que tira la carreta está agotado; decidiendo finalmente tomar una desviación que los lleva a la entrada de un frondoso bosque:

            –¿Y que lo trae por estas tierras? –exclama Bertha mientras levanta una pequeña tienda de campaña improvisada– ¿No estará huyendo de Alemania, Herr Gest? Al fin y al cabo, usted es alemán.

            –Tuve unos problemas en Alemania –dice Peter al momento de terminar de encender una fogata–. Además, ¿por qué me hablas en alemán? Necesito practicar mi italiano.

            –Bueno –Bertha procede a limpiar sus redondas gafas con un pañuelo blanco–, pensé que podríamos hablar nuestro idioma natal.

            –¿Wo kommst du? –pregunta Rosa con un alemán roto, intentando involucrarse en la conversación.

            –Soy de Glarus, Suiza, pero pasé mi infancia en Italia y mi adolescencia en Inglaterra –le responde Bertha a Rosa, quien ya se encuentra arropada en la carreta–. Ahí estudié para ser maestra particular.

Rosa a duras penas entiende el dialecto de Bertha, así que se dedica a hacer una expresión de que entendió todo lo que dijo; por otra parte, Peter solo muestra admiración por ella.

Lucio se mete a la tienda improvisada de Bertha, siendo recibido por ella para poder arroparlo, y, al ver la escena, Peter enciende un cigarro con la fogata.

            –Y Lucio, ¿habla alemán?

            –No. Con lo de la guerra, sus padres pidieron que solo aprendiera inglés; de hecho, creo que es mejor hablar en italiano, para que no se sienta excluido. Además, el español y el italiano son entendibles –comenta Bertha mientras se pone una manta encima, por lo que Peter asiente con un movimiento de manos.

 

La suave noche brinda una calidez veraniega que no agobia la sensación ni interrumpe el sueño. De donde antes era una fogata solo quedan restos de leña que luchan por no encenderse, dejando una delgada estela de humo que se desvanece con el viento del norte. El campamento improvisado, ligeramente escondido, es arrullado por la suave brisa, que cuando no sopla, la sensación de tranquilidad se ve custodiada por el movimiento del agua del lago que está justo en frente de ellos.

El sueño de Peter se ve interrumpido por la mala sensación de una necesidad biológica, así que este decide salir del área de descanso, cruzar la carretera y dirigirse hasta el lago, en donde hace lo que tiene que hacer. Apenas termina de orinar, este saca otro cigarro de su cigarrera café, siendo su rostro iluminado por la llama de su encendedor, el cual apaga apenas enciende su cigarro. Sus ojos miran al lago, en donde, para su propia sorpresa, ve como la silueta de una mujer flota en las aguas, emanando levemente una luz verdosa, le sonríe dulcemente, para después echarse hacia atrás y desaparecer en el lago, así como su brillo.

            –¡Una ninfa!

La sorpresa de Peter es mayor cuando escucha el eco de unas ramas secas rompiéndose al otro lado del lago, por lo que este se voltea y logra apreciar una figura pequeña que corre con dirección al bosque.

Dispuesto a seguirlo, Peter intenta correr disimuladamente hasta esa dirección, siendo detenido por la preocupación de dejar el campamento, hecho que lo hace cambiar de opinión, haciéndolo regresar.

De regreso en el campamento, Peter se dirige a una sábana tendida en el suelo, la cual tiene otra encima toda desarreglada, pasando junto a la carreta en donde descansa Rosa, a quien mira tiernamente mientras duerme, cubriéndola después con una pequeña cobija y un beso en la frente. Pasados un par de minutos y al no poder conciliar el sueño, Peter decide sacar su diario y pluma y dedicarse a escribir; y en lo que lo hace, el sobre con la carta para Marianne se sale de su maleta, así que, invadido por la curiosidad e iluminado por su encendedor, se dispone a leerla, pero apenas abre el sobre, Peter siente como el filo de una navaja roza su cuello mientras una mano fría con dedos largos presiona contra sus labios:

            –¿Hacía dónde se fue?

Peter estira su brazo izquierdo indicando la dirección en donde vio a la pequeña silueta, y sabiendo que la persona que lo amenaza se distrajo por un segundo, Peter hace un movimiento rápido doblando su mismo brazo izquierdo hacia la mano que sujeta la navaja para someterla, al mismo tiempo que se levanta y empuja su cuerpo hacia atrás, volteando rápidamente para ver al asaltante nocturno, a quien amenaza con su pequeño revolver que extrajo de su saco:

            –¿Bertha? –exclama Peter muy sorprendido.

            –Es Lucio –le dice Bertha con miedo, después de presenciar cómo fue derribada y es encañonada–. Es peligroso que entre al bosque.

Peter le retira la pistola de la frente blanca de la joven suiza, ayudándola a levantarse; acto seguido se dirige a la carreta donde duerme Rosa, despertándola con una suave sacudida:

            –¡El caballo está muero! –grita Bertha angustiada, por lo que se dirige al costado izquierdo de la carreta de dónde saca una escopeta de doble cañón.

            –Murió de vejez, por eso no se alteró –comenta Peter dándole su revolver a Rosa–. Recuerda disparar como te enseñé.

Con antorchas en mano, el pequeño grupo se adentra en el bosque, siendo Bertha la que intenta adelantarse; pero su paso apresurado es limitado por el fangoso terreno y su calzado de botín bajo que no le ayuda mucho, pero, aun así, se adentra más en el mar de árboles. Peter observa como Bertha se adelanta con escopeta en mano, y mientras lo hace, voltea a ver al lago con la idea de volver a tener una experiencia folclórica.

            –¡No te distraigas! –exclama iracunda Rosa– ¡O al menos dejadme pasar!

Adentrados más en el bosque y a las faldas de la pequeña colina que protege al lago de Osiglia, Peter pierde de vista a Bertha, quien, a pesar de no tener una antorcha, se abre camino entre los árboles guiada por la luz lunar que ilumina serenamente el lugar. Inundada por la desesperación y con antorcha en mano, Rosa intenta seguirá Bertha, avisando a Peter sin que este tenga tiempo para detenerla, perdiéndola también entre los árboles al ver la antorcha de la valenciana alejarse cada vez más. Viéndose como el único capaz de conservar la calma, Peter intenta seguir a Rosa guiándose por la iluminación que va dejando la antorcha que lleva, pero finalmente la pierde de vista, llegando a una parte de la colina donde hay un espacio abierto, despejado de todo tronco alzado que pueda limitar su paso. Es ahí donde escucha como un suave murmullo femenino empieza a sonar, asustando a Peter en el proceso:

            –¿Bertha? ¿Rosa? ¿Lucio? –Peter saca su navaja de detrás de su espalda, apuntando al lugar de donde viene la melodía al momento en que se dirige hasta ahí con paso lento.

            –No dejes que me lleve –dice Lucio, quien se encuentra apoyado contra un árbol viejo, con una voz quebrantada.

            –¡Lucio! –Peter se acerca a él percatándose de que las pupilas del niño están muy dilatas– ¿Qué te pasó?

La atención de Peter se desvía hacia el cielo al escuchar diferentes murmullos provenientes de las copas de los altos árboles. En seguida, Peter vuelve su mirada a Lucio, a quien apunta al descubrir como una de las ramas del árbol lo abraza, cambiando su forma a la de un brazo verdoso.

            –¿Quién eres? –grita angustiado Peter sin bajar su navaja.

Su asombro es mayor al descubrir como una pequeña silueta femenina emana desde el tronco donde esta Lucio, haciendo contacto visual con Peter:

            –¡Lascialo andare! –ordena el alemán a la figura saliente del árbol, quien lo mira con una expresión de incertidumbre.

La silueta desvía su mirada hacia la sombra que se aproxima por la espalda de Peter, lo que hace que tire a Lucio al suelo y desaparezca, antes de que los perdigones se incrusten en el árbol, resonando la detonación en las inmediaciones del bosque.

            –¿Estás bien, Schwab? –Bertha baja su escopeta y corre hacia Lucio, quien yace desmayado– ¡Lucio, despierta, Lucio!

            –¿Dov'è Rosa? –pregunta Lucio tras recuperarse mientras Bertha lo ayuda a ponerse de pie, pero en lo que espera una respuesta, la distracción los inunda al escuchar una fuerte sacudida de árboles colina abajo, seguido después por el sonido del quiebre de varias ramas.

            –Creo que está por allá –comenta Peter indicando el alboroto.

            –Vamos a ayudarla –dice Bertha tomando de la mano derecha a Lucio, para después encaminarse con Peter lo más pronto posible.

El lugar en el que creen que Rosa se encuentra no está muy retirado, apenas unos veinte metros de donde Peter y Bertha encontraron a Lucio, así que llegar hasta ahí les toma poco tiempo. Al llegar al lugar de los hechos, Peter se lleva una gran sorpresa al ver a Rosa completamente agitada y cubierta de tierra y ramas, pero su sorpresa es mayor al presenciar la escena que el alboroto dejó: grandes ramas rotas, colgando de sus respectivos árboles, restos de piedras pequeñas esparcidas por todo el lugar, y grandes montículos de tierra formados en las inmediaciones, todo esto en un tramo de cinco metros de radio.

            –¿Lo hiciste tú? –pregunta en español un muy intrigado Peter que observa a Rosa bajando los puños en señal de tranquilidad al reconocerlos.

            –Tenía que hacerlo, eran como ocho o diez de esas cosas –exclama Rosa recuperando su respiración, percatándose al mismo tiempo de la sorpresa dibujada en el rostro de sus tres amigos.

            –Eran hadas del bosque –dice Peter recuperando la postura–, y ellas nunca atacan, al menos es lo que sé.

            –¿Por qué nos atacarían entonces? –indaga Bertha abrazando a Lucio.

            –No lo sé; es la primera vez que las veo – comenta Peter en italiano–. Pero sea lo que sea que las esté provocando, debemos de irnos de aquí lo antes posible.

El pequeño grupo se aleja lo más rápido que pueden colina abajo, intentando llegar al campamento, pasando cerca del lago de Osiglia. Es justo en ese momento en el que Bertha resbala con el lodo causado por las aguas de la orilla, deslizándose lago adentro mientras grita de la impresión, por lo que Peter la sujeta de sus hombros y la jala para sacarla del agua, ordenándoles a Rosa y a Lucio que continúen corriendo hasta la carreta. Teniendo todavía un pie dentro del agua, Bertha intenta apoyarse para salir, pero una mano verdosa la sujeta de su tobillo y la derriba, estampando el rostro pecoso sobre el lodo, rompiendo sus lentes, y siendo arrastrada hacia las turbias aguas.

            –¡Suéltala!

Al ver que la ninfa no lo obedece, Peter extiende su mano izquierda apuntando a la escopeta de Bertha que yace tirada sobre el lodo, haciéndola volar por los aires hasta llegar a su brazo, siendo su siguiente movimiento acomodarla rápidamente y disparar hacia la creatura acuática, fallando el disparo por el impulso de la detonación, pero asustando a la ninfa del lago, quien suelta el tobillo de Bertha antes de desaparecer en el agua.

Peter sujeta firmemente a Bertha para guiarla hasta la carreta en donde Rosa y Lucio se encuentran bajando unas maletas con el fin de irse de ese lugar lo antes posible. Rosa se acerca a Bertha con su pañuelo celeste, limpiándole el rostro lo mejor que puede, a lo que Bertha intenta agradecerle con un gesto con su mejilla. Mientras tanto, Peter la apoya en un costado de la carreta, para ayudar a Lucio con las maletas:

            –¿Son más hadas? –pregunta Lucio asustado al ver un par de luces acercarse desde la orilla de la carretera con dirección hacia el campamento.

            –No lo sé –responde Peter mientras prepara su revolver en caso de ser necesario, por lo que Bertha sujeta la escopeta con el afán de recargarla.

            –¿Están bien? –indaga la voz ronca de una de las personas quien sujeta un pequeño candelabro de petróleo con su mano izquierda y un rifle de cerrojo con la otra– Escuchamos unos ruidos en el bosque y pensamos que eran lobos.

Al ver que las personas que sujetan las linternas son habitantes de las cabañas próximas, Peter baja su pistola en señal de alivio, respondiéndole a los campesinos, siendo uno de ellos, el mayor, un tipo delgado de lentes pequeños y redondos, con su cabeza rapada adornada por un sombrero de paja, y el otro, más joven pero gordo con una barba alrededor de su papada.

            –Estamos bien, gracias –responde Peter en italiano–; pero los lobos se fueron al bosque.

Bertha y Rosa miran sorprendidas a Peter después de escuchar la respuesta que les dio a los campesinos, quedándose sin palabras.

            –Será mejor que vengan con nosotros –exclama el campirano de sombrero, para después ayudar a Lucio con la maleta más grande y mirar el rostro manchado de Bertha, iluminado por la luz de las linternas–. En la cabaña se podrá lavar.

Sin decir nada más, Peter asiente con un movimiento de barbilla, recogiendo después su maleta y tomar de la mano a Bertha, mientras el señor del sombrero guía con su lámpara a Rosa y Lucio, siendo seguidos por Peter y Bertha, dejando en la retaguardia al campesino de barba, quien observa el movimiento poco habitual de las copas de los árboles, haciendo que este se llene de temor y se aleje para unirse al grupo

Publicado la semana 4. 20/01/2020
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