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Ignacievij

Der Staatsanwalt, Capítulo 1

1. Gracias por el veneno.

 

Cracovia, República de Cracovia, 20 de febrero de 1846.

Conforme el sol se esconde, el ambiente en las calles comienza a hacerse tenso. Los militares que resguardan la entrada del recinto gubernamental deciden salvaguardarse tras las enormes puertas de este, cerrando la barricada. En el interior, un uniformado de indumentarias ligeramente diferentes a las de las demás tropas, y de denso bigote castaño, coloca de manera abrupta al detenido sobre la vieja silla de madera, posicionada frente a un caballero de prendas civiles, el cual mantiene una mirada de desinterés:

            –Danke, Feldwebel Landbehrt –el individuo de actitud soberbia desliza sus redondos anteojos hacia la parte superior de su nariz–. Also, Ernst… Brandt. Mein Name ist Paul Theodor Rupertus Gäst und ich bin gekommen, weil…

            Ich weiß schon warum du gekommen bist –interrumpe Ernst con su mirada perdida.

            –Bueno, en ese caso, permíteme darte un poco más de información sobre mis funciones –Gäst, el burócrata, aparta el montón de hojas que tenía encima de su rodilla cruzada sobre la otra pierna–. Soy un Staatsanwalt, una profesión relativamente nueva que está a prueba. Mi trabajo consiste en brindarte seguridad durante tu arresto en lo que recolecto más información del crimen del que se te acusa. Eso no significa que sea tu abogado…

Ernst arruga su labio como muestra de entendimiento, señal que Gäst toma para continuar:

            –Muy bien, Herr Brandt. En estos documentos se le acusa de abandonar su puesto en el Ejército de Prusia; en otras palabras, deserción –Gäst hace una mueca parecida a una sonrisa al dirigirle la mirada–. Pero no es eso por lo que vengo. Más bien, me gustaría que usted mismo me diera los detalles o razones del porqué tomó esa drástica decisión de atacar a su superior directo arrancándole parte de la cara a mordidas…

El repentino silencio incómodo que surge resalta cuando el sargento Landbehrt se limpia la garganta, dándose el lujo de encender un cigarrillo. La estela del humo llega a las fosas nasales del detenido, quien se ve atraído por la peste:

            –¿Me daría uno?

El sargento Landbehrt, un hombre corpulento y ligeramente regordete, espera a que Gäst le dé una indicación, a lo que este asiente al menear su mano.

            –…de nada. Disfrútalo –el sargento Landbehrt le retira la cajetilla a Ernst con precaución, extendiéndosela a Gäst como cortesía–. ¿Gusta uno?

Gäst menea su cabeza con una mueca de resignación en su rostro.

Las manifestaciones de las calles se vuelven más intensas, tanto así, que los pocos hombres armados comienzan a incomodarse. No es sino hasta que un oficial de uniforme blanco arriba a esa habitación iluminada por unas cuantas velas, manteniendo su espada de mando al hombro:

            –¡Caballeros! Lamento interrumpirlos, pero tengo ordenes de conducirlos fuera de la ciudad antes de que se vuelva todo caos. ¡Ya todos las tropas y la mayoría de los ciudadanos de Prusia abandonaron Cracovia desde hace horas!

Gäst empareja sus rodillas dispuesto a levantarse, pero apenas lo intenta, unas detonaciones consecutivas se dejan escuchar no muy lejos de ahí.

            –¡Señor! ¡Son los revolucionarios! Hay alborotos y barricadas por todos lados. Tienen el apoyo de muchos civiles… ¡Y vienen hacia esta ubicación!

            –Un contingente de los nuestros se acerca –añade otro soldado en lo que prepara su fusil–. Tenemos que irnos lo antes posible…

            –¡Preparen todo! Nos largamos de aquí –el oficial austríaco da media vuelta para dirigirse a Gäst y a sus tropas–. Ustedes vienen con nosotros…

Gäst toma a su detenido de las esposas, casi arrastrándolo; mientras que el sargento Landbehrt imita lo mismo, pero jalándolo del hombro.

            –¡Los carruajes están por llegar! –grita una voz desde el exterior del recinto– ¡Mi general! ¡Llegaron unas personas con espadas y palos! ¿Los enfrentamos?

            –¡Ataquen si ellos atacan primero…!

El oficial apenas y termina de hablar cuando unas cuantas detonaciones obligan a un par de soldados caen heridos sobre los escalones.

            –¡Teraz!

El grito de guerra incita a que unos cuantos rebeldes con espadas en mano se lancen contra los demás soldados de uniformes blancos, quienes tienen poco tiempo para disparar sus respectivas armas, viéndose forzados a usar estas en el inevitable combate cuerpo a cuerpo.

            –¡Ustedes! ¡Tengan estas espadas! –un suboficial les arroja las filosas armas a Gäst y a su asistente– ¡Luchad por vuestras vidas que para estos campesinos, austríacos y prusianos somos lo mismo! ¡Y por el amor de Dios, ejecute a ese criminal!

            –¡No lo haré! Es mi prestigio el que está en juego.

El militar hace un chasquido con su boca justo antes de enfrentarse a uno de los atacantes de ropas haraposas, mientras que otro ataca al sargento Landbehrt, quien lo derriba usando su propia fuerza bruta y un golpe con su frente.

Lo mismo ocurre con Gäst, quien, a pesar de lucir asombrado, empuña el largo sable curveado con firmeza, respondiendo hábilmente los ataques que su oponente le intenta propinar, hasta que este último es neutralizado por el germano con el mango de su arma.

El reñido combate es interrumpido por la repentina explosión que suscita a escasa distancia y que derriba a unos cuantos austríacos, incluyendo a Gäst, sin la posibilidad de ver a los carruajes llegar con unos cuantos refuerzos.

            –¡Ya era hora de que llegara! –la alegría del general se esfuma al ver que muy pocos hombres los asisten– ¡¿Y los demás?! ¡Necesitamos más refuerzos para repelerlos!

            –Yo soy sus refuerzos… –exclama uno de los recién llegados en lo que desenfunda una de las espadas de su cintura– Evacúe a todos los heridos que pueda. Los demás ya están a las afueras de la ciudad.

Con su sonrisa cargada de euforia, ese recién llegado se enfrenta a uno de los rebeldes, rebanándole el estómago con el segundo movimiento de su arma. Acto seguido, este se les acerca a otros dos revolucionarios, matando a un al clavarle la espada en el pecho, y al otro, incrustándole de un tajo la hoja en su cráneo.

            –¿Wer ist dieser braune Mann? –exclama con asombro uno de los austríacos al ver la fiereza con la que combate el recién llegado– Er kämpft wie ein Wilder.

En lo que eso sucede, Gäst logra levantarse con la ayuda del sargento Landbehrt, apreciando como su prisionero intenta escapar de la batalla escondiéndose entre las columnas del edificio, a lo que Gäst decide correr hasta alcanzarlo, tomándolo del hombro para girarlo. Sin embargo, Ernst incrusta su dentadura en su cuello a la menor oportunidad, deslizándolo por las escaleras hasta el pavimento sin desprenderse de él.

A pesar de esto, Gäst intenta desafanarse de Ernst, lo que le obliga a buscar dentro de su saco negro un arma de fuego que descarga en el vientre de Ernst, alejándolo de inmediato.

            –¡Herr Gäst! –Landbehrt inmoviliza a Ernst con la culata de un rifle, aproximándose a Gäst para detener la hemorragia con una tela– ¡Aguante, por favor! ¡Ayúdenme a subirlo!

La misma detonación distrae al guerrero de tez morena que pierde su espada por un golpe de otro rebelde, por lo que desenvaina su otra arma: una alargada y delgada barra de madera de agarradera redonda, con filosas hojas metálicas sobresalientes de ambos lados, unidas de tal manera que apenas se distinguen las separaciones.

Con una sola maniobra y ladeando su pierna derecha, el combatiente desgarra parte de la caja torácica de su oponente; si bien no logra matarlo, le deja una herida difícil de tratar.

            –¡Suban a los heridos y váyanse de aquí! –ordena el guerrero al ver a la muchedumbre esparcirse– ¡Rápido!

Gäst está a poco de colapsar, siendo a ese extranjero combatiente lo último en ver antes de cerrar sus ojos y ser llevado dentro de un carruaje.

 

23 de febrero.

El dolor que emerge de su cuello lo retuerce desde la cabeza hasta los pies. Por su frente pálida escurren varias gotas de sudor que se filtran por sus párpados, irritando las pupilas. Sus dedos se aprietan los unos con los otros clavándose las uñas, y finalmente, Gäst se incorpora sobre la camilla, sobresaltando a la mujer sentada a lado de él:

            –Bienvenido de regreso a la vida, Herr –la joven de cabellera lisa y castaña lo saluda con una sonrisa innata–. Otro día más y ya lo íbamos a aventar a la fosa común.

Gäst no dice nada; tan sólo frota sus ojos para reconocer su entorno:

            –¿En dónde estamos? ¿Y a que se refiere con “otro día”?

            –Estamos en un campamento cercano a Tarnów; demasiado lejos de Cracovia, para ser exactos –la señorita de saco azul marino le dirige otra sonrisa carismática a la par que toma pluma y papel–. Y sí; estuvo inconsciente casi tres días. Ya hasta los revolucionarios establecieron su propio gobierno en la ciudad. A propósito, mi nombre es Corinna; y usted es…

            –Paul… Theodor… Rupertus Gäst. ¿De dónde eres? Tu acento me es muy familiar.

            –De Aachen –Corinna se encoge de hombros al responderle–. Supongo que tú eres más del norte; lo digo por tu manera de hablar.

            –De Kiel...

            –Si ya acabaron de fraternizar, ¿podríamos proseguir? –exclama la mujer que todo ese tiempo se encontraba al otro lado de la cama preparando una jeringa– No se mueva; le va a doler un poco…

            –Disculpe, no logro reconocer su acento… ¡Ah! –Gäst se retuerce de dolor por la abrupta inyección sobre su torso– ¡¿Qué es esa cosa que me inyectó…?!

Corinna le acerca un balde metálico para que Gäst expulse sus repentinos jugos gástricos, siendo todo ese escándalo lo que atrae al sargento Landbehrt al interior de la tienda:

            –¿Quiénes son ustedes? –Landbehrt se mantiene reacio al ver a su superior recuperado– ¡Por el amor del cielo, Herr Gäst! Ya era hora de que regresara del inframundo. ¿Y ustedes? ¡Todavía no me han respondido quienes son!

            –Tranquilos; sólo queremos hacerle unas cuantas preguntas a Herr Gäst –explica Corinna viendo a la otra mujer caminar al pie de la cama–. Sie ist Fräulein Micaela Baltierrez.

Micaela, una mujer de baja estatura y densa cabellera rizada y castaña, camina hasta el pie de la cama al mismo tiempo que limpia los restos de líquido viscoso del interior de la jeringa, guardándola enseguida en su maletín:

            –Es un tratamiento contra la rabia; todavía está a prueba –comenta Micaela con tono serio e inquebrantable–. Según lo que escuchamos, usted fue atacado por un loco con esa enfermedad; o al menos eso decía el médico que lo atendía.

            –No parecía enfermo, más bien loco… –Gäst se frota la parte de su cuello no cubierta de gasas–. Sargento Landbehrt, ¿en dónde está Brandt?

Landbehrt se limpia el sudor de su frente arrugada:

            –Ese desquiciado lo mordió y después lo golpeé. En cuanto lo subimos a usted al carruaje lo iba a capturar; pero cuando me di la vuelta los rebeldes ya lo habían liberado.

            –Así que Brandt se les escapó, ¿cierto? –Corinna guarda sus apuntes con una mueca de insatisfacción– Eso significa que está en algún lugar de la ciudad de Cracovia…

            –En todo caso no tenemos nada que hacer aquí, Corinna.

            –¿Cuáles son sus intenciones con Brandt? –a pesar del dolor en su cuello, Gäst se mantiene firme con sus palabras– Les recuerdo que él es un ciudadano de Prusia con una orden de arresto y que ninguna otra autoridad puede detenerlo sin mi consentimiento.

Sin decir nada, Micaela recoge su maletín y el de su acompañante para retirarse de la tienda.

            –Esa mujer habla igual que el tipo que nos salvó en Cracovia –Landbehrt mira la inexpresiva cara de Gäst en espera de una explicación–. Ya sabe, el moreno con el madero con cuchillas. ¡Oh, cierto! Usted ya estaba moribundo.

Micaela da media vuelta en cuanto escucha la descripción que el suboficial dijo:

            –Espera… ¿Qué? ¿Era de piel morena y un poco más alto que yo?

            –Una respuesta por otra, Fräulein –Gäst refleja una mueca de confianza en sus mejillas.

            –No tenemos tiempo para esto –Micaela gira parcialmente su figura hacia la salida–. A estas alturas el medicamento ya debió de haberlo sanado. Vístase en seguida; le explicaré los detalles en el camino. Además de que los necesitaremos para adentrarnos a la ciudad.

Corinna sigue a Micaela fuera de la tienda, dejando atrás a los confundidos prusianos.

 

Esa misma tarde.

El carruaje descubierto del grupo de Gäst se incorpora al contingente de soldados austríacos que viajan tanto en carretas y otros a pie, con unos cuantos campesinos saludándolos al pasar sobre la nieve lodosa.

            –¿Y esos? ¿Quiénes son?

Corinna se percata del grupo de civiles con espadas viejas y herramientas para labrar la tierra sobre sus hombros.

            –Son voluntarios –le responde el sargento Landbehrt con tranquilidad–. Por lo que logré escuchar, muchos no están a favor del levantamiento de Cracovia ya que lo organizaron los nobles; y pues ellos no han sido nada lindos con los gentiles por años.

            –Nosotros nos detendremos en Marszowice –exclama el soldado austríaco que dirige los caballos–. Tendrán que irse a pie por Trąbki si quieren adentrarse a Cracovia; pero eviten pasar por Łazany. Se dice que un grupo de rebeldes se asentaron ahí.

El grupo desciende del carretón que los transportaba con unos cuantos mosquetes.

            –A propósito, Herr; tenga su arma –Landbehrt le entrega a Gäst un revólver Lefaucheux de doble cañón–. Lo recuperé después de lo de Brandt; todavía tiene municiones en el barril.

Gäst toma su arma y hace una reverencia con su barbilla como gratitud. En seguida, los cuatro se dirigen por un camino rodeado de pastizales altos y delgadas coníferas.

            –¡Cuídense de los lobos! –sugiere con un grito el soldado del carruaje– ¡Esas bestias no distinguen carne aun cuando hay guerras!

 

Conforma la noche impera sobre el bosque de delgados troncos, el grupo de aventureros logran divisar a lo lejos las luces de una villa, por lo que deciden a ir con cautela ante los ruidos que emergen en los alrededores.

            –Entonces… ¿Cuándo me va a decir cuáles son sus razones para capturar a Brandt? –Gäst se reclina para evitar que una rama le golpee el rostro– Prometió decírmelo tan pronto como saliéramos del campamento.

            –Es una historia larga y algo compleja –responde Micaela con su característico acento foráneo–; pero se lo resumiré en pocas palabras: ese tipo atacó a una familia de mercaderes hace un par de años en Galicia. Creo que fue cuando se enlistó en el Ejército de Prusia.

            –Eso quiere decir que el tipo está completamente mal de la cabeza –añade el sargento Landbehrt quien camina entre la maleza, dándole un vistazo a Corinna que va más adelante– ¿Y qué hay de ella? Pareciera que lleva prisa. ¡Ni se ha tropezado por un segundo!

            –Permítame recordarle, Fräulein, que, de capturar a Brandt, yo me lo llevaré a Breslau y de ahí a Berlín –Gäst se detiene al ver con dificultad en la noche–. Cualquier crimen cometido por él lo hizo con uniforme prusiano y tiene que pagar por eso…

El mugido de una vaca sobresalta al trío que se había quedado atrás:

            –¡Vaya susto que nos dio! ¡No creen! –Landbehrt sonríe para disimular.

            –En todo el recorrido no vi ninguna vaca en más de una hectárea, sargento –Micaela se detiene por un momento; en eso, una repentina carcajada senil se deja escuchar por los alrededores–. Tenemos que irnos... ¡YA!

Los prusianos obedecen la indicación de Micaela, evitando resbalar con la maleza humedecida por la nieve derritida; hasta que finalmente, los tres se detienen al encontrarse con Corinna a la orilla de un camino principal:

            –Las luces de allá a lo lejos debe de ser Trąbki; aquellas, las que brillan más, han de ser Łazany –el ronco aullido de un canino es apreciable por las mediaciones–. Y ese otro es una muerte segura.

            –Preparen las bayonetas de sus mosquetes, caballeros –Micaela se descubre su abrigo azul oscuro para desenvainar su espada ancha algo oxidada–. No es un lobo cualquiera.

Se logra escuchar el aullido otra vez y más cerca. La penumbra de la noche no es de gran ayuda y el miedo se apodera del ambiente. De repente, el sonido de unas ramas romperse y la presencia de unos ojos que brillan por el reflejo de la luz lunar obliga a que los cuatro corran a toda prisa hacia la villa iluminada, haciendo lo posible por no caerse en el trayecto.

            –¡Ya casi llegamos! –grita Corinna quien agarra a Gäst de su abrigo para estamparlo contra un muro de troncos– ¡Fräulein Micaela! ¡Sargento!

Micaela imita el mismo gesto con el sargento Landbehrt, algo tarde ya que este último alcanza a ser rasguñado en la cara por el enorme lobo negro, pero detiene su cometido cuando Micaela le hace frente sin despegarle la mirada de los ojos azules, obligándolo a regresar al bosque.

            –Necesitamos agua y gasas para curarle –Corinna analiza las no muy profundas heridas del rostro del suboficial–. ¿En dónde dijo ese idiota que iba a estar?

            –¿Y si le dan de esa cosa que me inyectaron?

Corinna y Micaela se miran atónitas ante la sugerencia de Gäst.

            –La rabia se transmite por saliva, no por las garras –Micaela usa un pañuelo para presionar la herida más profunda–. ¡¿En dónde está ese idiota de Radu?!

            –Este…creo que en la taberna del pueblo…

Corinna señala una de las casas peculiar por sus cantos locales tan vivaces.

            –No me caería mal un trago, o lo que sea que beban por estos rumbos –el sargento Landbehrt se levanta como puede y Gäst lo apoya con su cuerpo–. No se preocupe, todavía puedo caminar; hemos estado en situaciones peores. ¿Recuerda lo del Festival de Hambach?

            –Sí; pero no compare aprehender franceses contra enfrentarse a un lobo…

En lo que el cuarteto se acerca a la taberna, Micaela reconoce a un muchacho rubio preparando un carruaje sencillo con los caballos listos:

            –¡Me sorprende no encontrarte bebiendo, Radu!

            –Nunca bebo cuando hay cuestiones de trabajo de por medio, mi Doamna –Radu le acerca agua al par de caballos–. No esperaba que llegaran tan tarde. ¿Y esos dos?

            –Tuvimos unos inconvenientes con la vida silvestre y una cosa llevo a la otra. También están buscando a Brandt –Corinna hace una mueca de sorpresa al ver las sencillas prendas del rumano–. Pensé que no te gustaba vestir como un gentil.

            –Me puse estas prendas por supervivencia. Escuché que va a haber otro levantamiento; no sé si a favor o en contra de los szlachta o de los austríacos.

            –¿Y de Brandt? ¿Qué has sabido de él?

Micaela luce serena a pesar de la preocupación escondida como sonrisa en las mejillas de Radu.

            –No he sabido nada de su paradero; pero supongo que sigue en Cracovia…

            –Tenemos que adentrarnos a la ciudad –Micaela enfunda su oxidada espada ancha antes de darse la vuelta–. Corinna, termina de atender las heridas del sargento dentro del carruaje y después intenten dormir un poco. Nos marchamos en cuanto salga el sol.

Con la ayuda de Gäst, Corinna introduce al sargento Landbehrt al interior del vehículo de madera, evitando que sus quejidos alerten al resto de la villa.

 

Madrugada del 24 de febrero.

Cracovia, a la mañana siguiente.

Los rayos de la mañana deslumbran la muy poca inestable ciudad custodiada por civiles armados con herramientas de campo mientras que otros, ataviados con pantalones blancos y camisones azul rey, preparan sus respectivos mosquetes previo a marchar en formación.

En el sótano de la posada Rzym la cosa es diferente: en lugar de polacos, los que mueven cajones con armas y municiones son austríacos que hablan su lengua en voz baja al igual que intentan pasar desapercibidos con ropas de civiles.

Después de hablar con unos infiltrados, Radu se acerca a la mesa en donde los demás aguardan, invitándolos a la parte trasera del establecimiento:

            –Me comentaron que vieron a un tipo igual a Brandt: de mediana estatura, pálido como desnutrido y con acento de Silesia.

            –Sí, es él –Gäst reclina su espalda sobre la mesa de madera–. ¿En dónde lo vieron?

Radu aprieta sus labios y entrecruza sus dedos antes de continuar:

            –Dicen que lo vieron partir esta mañana junto a un grupo de kosynierzy a Łazany.

La mala noticia frustra a Gäst y al sargento Landbehrt, este último retrayéndose por el dolor de su herida reciente.

            –Otra cosa, un austríaco me dijo que un sirviente encontró unos muertos en una casa a las afueras de la ciudad. Tienen que verlos con sus propios ojos…

 

Tras un recorrido en carruaje, abriéndose paso entre las barricadas que están por desmantelarse, los caballos se detienen a petición de Radu frente a un complejo habitacional resguardado por unos cuantos civiles armados con sables:

            –¡Somos prusianos! –se identifica Gäst con su pasaporte imperial– Nos enviaron a investigar.

Uno de los guardias los invita a pasar, guiándolos hasta la antesala en donde yacen un par de cuerpos con marcas de mordidas desde los rostros hasta los brazos y piernas.

            –¡Heiliger Bimbam! –el sargento Landbehrt dibuja una cruz sobre su frente– ¡¿Qué clase de salvaje hace esto?!

El disgusto de Gäst se esfuma al ver a Micaela mirar a detalle el delgado cadáver femenino:

            –Observe, Gäst… –Micaela señala el cuello de la difunta– la mordedura es igual a la suya.

            –Eso no es lo que más me sorprende –los ojos azules de Gäst buscan en los alrededores de ambos cadáveres– ¡No hay ningún rastro de sangre! ¡Ni una gota! ¡Es como si…!

            –¿Si se la hubieran bebido? –Corinna analiza las marcas de ambos brazos tras interrumpir al prusiano– Miren; todas las marcas de los dientes son diferentes…

            –Esos malditos szlachta… No tienen perdón de Dios; por eso preferimos a los austríacos –añade el civil remarcando su acento polaco–. Síganme; acá también hay otros, nada más que estos sí tienen sangre.

El grupo de exploradores se encamina hasta la cocina de la casona, en donde se llevan la sorpresa de encontrarse con otros tres cuerpos con indicios de haber sido cercenados con sables.

            –Se preguntaba qué es lo que había pasado con toda la sangre de los dos primeros, Herr Gäst; pues ahí está.

Radu extiende su brazo por sobre el piso completamente manchado del líquido vital rojizo.

            –¿Quién les avisó sobre lo ocurrido aquí? –pregunta Micaela sin despegar sus opacos ojos avellana de la escena del crimen.

            –Un hombre moreno, de piel café. Nos pidió que le avisáramos a los austríacos y después se fue –el civil armado toma una manzana que yacía sobre la barra cercana–. También nos encargó al otro que está encadenado arriba.

Impresionados, todos deciden subir por las amplias escaleras, llegando a la habitación central.

            –¡No puede ser! –el sargento Landbehrt se acerca rápidamente al hombre amordazado y brutalmente golpeado– ¡Es el desgraciado de Brandt! ¡Nos lo dejaron en bandeja de plata!

            –No se los dejaron a ustedes. Más bien es un mensaje para nosotros…

            –Yo lo veo como un regalo para mí –Corinna interrumpe a Micaela para golpear a Brandt en el ojo derecho–. ¡¿ERINNERST DU DICH AN MICH, HURENSOHN?!

Corinna sigue golpeando a Brandt con ambos puños con tanta violencia que los prusianos se disponen a interrumpir, detenidos por la postura imponente de Micaela.

            –¡Ya es suficiente! –grita Gäst de manera autoritaria– Lo que ese hombre te haya hecho lo pagará ante la ley…

            –Dame un segundo más… –con una mueca de satisfacción, Corinna toma un poco de aire al mismo tiempo que extrae un pequeño puñal que incrusta en el abdomen de Brandt– ¡Listo! ¡Y todavía me falta más por hacerte!

            –¡Dije que basta! –Gäst aparta a Micaela para enfrentar a la iracunda joven– Llevemos a este infeliz ante el juez; tú serás testigo para que…

            –¿Para qué? ¿Para qué lo juzguen y lo metan a una celda? –Corinna se descubre parte de su brazo izquierdo marcado por unas cuantas marcas de mordidas– ¡Este desgraciado, al que tú llamas “hombre”,  mató a mis padres en esta misma ciudad hace un par de años y solamente no me mató porque lo interrumpieron! ¡¿Ves estas marcas?¡ Este infeliz se divirtió chupándome la sangre! Tú tuviste suerte: todavía tuviste la oportunidad de curarte…

            –¡Es suficiente, Corinna! –ordena Micaela– Acabemos con Brandt y después iremos por Laurencio.

En seguida, Corinna prosigue con la paliza en el rostro y torso de Brandt amordazado en la silla de madera, mientras los prusianos miran inexpresivos la brutalidad de la escena.

            –¿A que se refiere con “curarme”? –Gäst quebranta su momento de inmovilidad– ¿Y quién es ese tal Laurencio?

            –¿Qué no le han dicho? –Radu eleva sus manos indignado– Bueno se los diré yo. Nosotros somos lo que ustedes los germanos llaman Blutsauger.

Un repentino temor obliga a que el sargento Landbehrt extraiga el arma del saco de su superior y les apunte tanto a Micaela como a Corinna.

            –¿Qué diablos cree que hace, sargento? –Gäst luce aturdido por la rapidez del sargento.

            –¿Qué más cree? ¡Hay que protegernos de estos demonios!

            –¡Tonterías! –Gäst le arrebata el arma a su subordinado para guardarla en su saco– Con eso me refiero también a sus charlatanerías.

De repente, Gäst luce mareado, por lo que decide sentarse en una silla cercana:

            –¿Qué me está pasando?

            –Son los efectos del medicamento; me sorprende que hayan tardado los efectos –Micaela se reclina para descubrir su brazo ante Gäst–. Muérdeme el brazo. Es por su bien.

            –¡No voy a hacer tal cosa! –Gäst ve borrosamente cómo Corinna se realiza un pequeña incisión– ¡Están locos! Sargento, tenemos que irnos. Tome a Brandt y súbalo a un carruaje.

Apenas el sargento Landbehrt se dispone a seguir la indicación, este es sometido por Radu al empujarlo contra una pared y colocarle una daga en la garganta.

            –Tranquilo, gordito –Radu muestra su intimidante dentadura afilada.

Corinna aprovecha la confusión para desenfundar su propio puñal de entre su holgada falda:

            –¿Ya puedo matar a este desgraciado, Fräulein Micaela?

            –Radu, suelta al sargento; tú también, Corinna –Micaela se dirige hasta Brandt, observándolo fijamente–. Si sabes algo más del hombre que te dejó aquí, esta es tu oportunidad.

Una sonrisa burlona sobresale del mutilado rostro de Brandt:

            –¡Jódete, ramera!

Micaela le arrebata el puñal a Corinna para clavarlo en la entrepierna del prisionero, girándolo ante el impacto emocional de Brandt.

            –Última oportunidad. ¿Qué sabes de ese hombre?

            –Él se fue… se fue a… dijo que se… reuniría con Jakub… Szela.

            –¿Jakub Szela? –Radu se acerca al interrogatorio– Escuché ese nombre en la taberna…

            –Es nuestro líder –se adelanta a decir el custodio que se mantenía al marco de la puerta–. Está con los austríacos; lo más seguro es que ese hombre haya ido a Jasło.

            –Creo que ya acabamos con este “hombre” –Micaela se hace a un lado, permitiendo que Corinna desentierre su arma y lo corte la boca–. Usted, soldado. ¿Podría hacernos un favor?

            –Wie Sie bestellen, moja Pani.

            –Lleven a este burgués hasta ese crucero; atenlo a cuatro caballos y después quemen los restos. Asegúrense de que queden hecho cenizas. Si quieren torturarlo, adelante.

El rebelde luce perturbado antes de ordenarle a un par de hombres que entren y se lleven a Brandt.

            –¿Y qué hacemos con estos dos? –Corinna señala a Gäst resbalándose sobre la silla.

            –Nos los tendremos que llevar –Micaela se aproxima a la salida–. Tengo que observar su progreso. Sargento, tráigalo, por favor.

            –Yo veré el espectáculo desde aquí…

Corinna se asoma emocionada por la ventana, apreciando las súplicas desesperadas de Brandt antes de que el relinchido de los caballos lo despedacen y acaben con su existencia.

Publicado la semana 39. 22/09/2020
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