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Ignacievij

MACHTIANI: 12 FINAL COMPLETO

Un año después…

Oculto en la única esquina antes de adentrarse a la propiedad familiar, Faustino apaga los restos de su cigarro de marihuana, ocultándolo debajo de una piedra. Después, se acomoda sus botas enlodadas y su sombrero de campo, preparándose para caminar por ese camino de cemento que lleva a la antigua estructura de adobe todavía erigida, pero diminuta ante la extensa casa en obra negra construida en la antigua colina verde.

Faustino exhala un suspiro rápido, al igual que su mirada de resignación y tristeza, para después continuar hasta la antigua vivienda de techo de palma, en donde se encuentra su abuelita Jovita sentada en una mecedora de mimbre.

            –Hola, abuelita –Faustino saluda a su abuelita dándole un beso en la mejilla y un abrazo; ella apenas y reacciona–. ¿Ken ixqui ti istu?

            –Kena cuali –la abuelita Jovita agita su mano derecha como respuesta.

Faustino se sienta en la mecedora vacía de al lado derecho, recostándose para menearse ligeramente, en lo que un momentáneo silencio se apodera del ambiente.

            –Lamento que ni mi mamá ni yo pudiéramos venir hace unos meses –Faustino se quita su sombrero, colocándolo sobre su regazo–. Con todo esto que está pasando, pues, se complicaron muchas cosas y nos tuvimos que quedar en Monterrey.

La abuelita Jovita no dice nada; con su ojo bueno, el izquierdo, observa a los pájaros que graznan en el firmamento manchado por el pronto atardecer.

            –Supe que mi tía Lupita te estuvo cuidando. Me imagino que anda con mi mamá y tía Luisa allá en el centrito.

            –Kena –la abuelita Jovita se reclina un poco para mecerse, esta vez mirando a Faustino–. Tu tía Rosa se puso mala; ya anda mejor. Y antes mi hermano… mi hermano ya está con Diosito, mis papás y mis otros hermanitos.

Faustino tuerce su mueca tras escucharla, percatándose que, en mucho tiempo, no la había visto con esa expresión de tristeza.

            –Y dime, abuelita, ¿cómo fue tu infancia aquí en Coacuilco? –Faustino coloca su mano izquierda sobre la mano de su abuelita, la cual yacía en el soporte de la mecedora– Mi mamá me dijo que antes fumabas mucho. ¡Nunca me lo hubiera imaginado!

Jovita sonríe levemente al escuchar las palabras de su nieto, apretando también su mano con su piel arrugada y quemada por tantos años bajo el sol.

            –Éramos bien pobres cuando estábamos niñitos –Jovita mira al cielo despejado antes de continuar–. Ni siquiera lo sabíamos; sólo éramos felices cuando no sabíamos nada…

La conversación de Jovita sigue su curso mientras que Faustino la escucha atento, haciendo uno que otro sonido con su garganta como muestra de su interés. Jovita deja que sus palabras salgan de su alma, sin dejar que su frágil semblante se balancee en la mecedora, viendo tanto a Faustino como al cielo que se rinde ante la inevitable noche.

 

Comencé a escribir este libro el 17 de marzo del 2019 como una terapia ante la depresión más terrible por la que estaba pasando; tan así que por mi mente pasaron los pensamientos más horribles que haya imaginado. Al culminar este libro el 15 de septiembre del 2020, reflejo aquí parte de esos momentos que me atormentaron, dejando un "cachito" de mi alma y ser en cada renglón. No dejo ni dejaré de ser un machtiani (aprendiz) en esta lección llamada vida.

Así mismo, esta última parte del final es parte de mi imaginación, ya que, por la pandemia, no puedo estar con mi abuela Jovita debido a las mismas circunstancias. Es por eso por lo que dedico este relato no sólo a mi familia, sino también a todos aquellos que sacrificaron su tiempo y/o perdieron a una persona importante en esta terrible pesadilla llamada COVID-19 e ignorancia.

A mi amado gremio médico, científico y académico:

"Que la llama de la verdad y del conocimiento siga ardiendo"

Publicado la semana 38. 16/09/2020
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