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Ignacievij

MACHTIANI: 12 FINAL

12. Que me entierren con Huapango.

Un mes después.

Los rayos solares matutinos que atraviesan la ancha cortina morada del camión aterrizan sobre el rostro de Faustino, despertándolo. Este, sintiéndose arrullado por el trayecto, voltea a su izquierda para acomodar la cortina de tal manera que no se filtre más luz externa sobre la cara de Irma, quien yace dormida y acomodada sobre el hombro del joven.

            –¿Por dónde iremos? –Faustino luce emocionado al ver el entorno verde visible por las demás ventanas– Pues cerca ya estamos con eso de que es de día.

Faustino se dirige optimista a la pequeña urna rosada que sostiene firmemente con ambas manos. Sus dedos se deslizan por la parte frontal del contenedor, siguiendo el patrón de las letras que conforman la palabra “NATALICIA”.

            –Siguiente parada: ¡San Felipe Orizatlán! –grita una voz desde la cabina del chofer– ¡Transbordo con Huejutla!

            –Oye, Irma; despierta. Ya vamos a llegar a San Felipe,

Irma se despierta después de que Faustino sacude su hombro gentilmente, lo que no logra evitar que un poco de saliva empape su camisa azul oscuro. Los párpados de Irma apenas y están abiertos en lo que intenta reconocer el interior del autobús, casi cayéndose al asiento de Faustino cuando este se levanta para recoger sus pertenencias de la rendija superior.

            –¿Qué? ¿Dónde? –Irma se frota los ojos con sus nudillos– ¿Ya llegamos?

            –Estamos a nada –Faustino se reclina para ver las casas escondidas entre los frondosos árboles–. Ten tu maleta; deja bajo la mía.

El autobús luce casi vacío, por lo que Faustino coloca una maleta grande en el pasillo aprovechando que están en los últimos asientos. El largo camión reduce su velocidad apenas transita dentro de la urbe que surge de entre la verdosa vegetación llena de vida. Unos cuantos minutos después, el autobús se detiene frente a una caseta de dos espacios levantada a base de adobe y bloques, siendo uno de los espacios sala de espera y el otro de recepción.

            –¡Llegamos a San Felipe! –indica una voz con acento local.

Al cabo de un corto tiempo, el autobús blanco con líneas amarillas parte, ante el desinterés de Irma quien se estira un par de veces a los lados.

            –¿A qué hora llega el siguiente camión?

Irma se frota las costillas en espera de la respuesta de Faustino, el cual compra un par de helados ante un vendedor con su carrito improvisado.

            –Ten; estos helados son mi infancia –Faustino tuerce su nuca para ver dentro de la recepción–. Vamos a preguntar.

Ambos se adentran a la caseta, levantando sus cabezas para ver al pizarrón de felpa negra y letras con números en blanco, reconociendo los horarios.

            –Veamos; ahí dice que el autobús a la Ciudad de México sale a las 11:30 –Irma baja su mirada para ver su reloj de muñeca–. Entonces ha de ser ese.

Irma señala un autobús rojizo estacionado más adelante, por lo que se encamina hasta ahí cargando con una mochila no muy grande que choca con su blusa negra. Faustino la acompaña a su lado con su maleta también colgada, mientras que con la otra devora su helado doble, y bajo su brazo izquierdo, la urna se mantiene.

            –Bueno, supongo que hasta aquí llegamos –Irma patea una piedrita y levanta sus mejillas, sonriente–. Espero que pronto podamos reunirnos otra vez.

            –¿Estás segura de que no quieres quedarte unos días en el pueblo? –Faustino señala unas camionetas adaptadas como transporte– Te puedo pagar el otro boleto de ida.

            –No será necesario –Irma se reclina riéndose–. En la Ciudad de México está mi padre y pues, es mi única familia. Casi llora cuando le llamé y le dije lo que pasó.

Faustino aprieta sus labios y menea su mentón:

            –Pues en todo caso, ya sabes en dónde puedes localizarme.

            –¡Claro que sí! Además, mi papá es santero; lo que significa que probablemente tendré que consultarte para una que otra cosa.

Irma le extiende su brazo aperlado a Faustino, quien malabarea para responderlo.

            –Entonces, Tino, fue un gusto conocerte y vivir esta aventura.

            –El gusto es mío; literal te debo la vida.

            –Nos debemos la vida… –Irma sonríe ligeramente en lo que el autobús enciende su motor– Cuídate mucho, Tino. Estaremos en contacto. Natalicia, también fue un gusto.

Irma retira sus dedos de la urna rosada para abordar el camión. Faustino aguarda un par de minutos hasta que el transporte parte a marcha lenta. En seguida, Faustino se aproxima hasta una de las camionetas blancas para solicitar servicio.

            –¿En cuánto tiempo sale, perdón?

            –In oyu achitsinka.

Faustino se acopla a las últimas personas que están abordando, logrando sentarse dentro de la camioneta con tablas delgadas usadas como asiento. A pesar de la visible incomodidad dentro del vehículo, el viaje luce emocionante ante los ojos de Faustino ya que estos se deslumbran por todo el follaje verdoso que apenas permite a uno que otro pueblo asomarse.

No pasa más de media hora cuando esa camioneta blanca se estaciona frente a la boca de un pozo, en donde Faustino desciende con su mochila listo para cruzar la calle poco transitada y de igual manera rodeada por espeso follaje de diferentes variedades de vegetación.

            –Creo que ya era hora de volver.

Faustino observa la bajada pavimentada con piedras de diferentes dimensiones que dan una clara señal de que un mal paso puede significar resbalarse y un golpe seguro; lo que lo obliga a bajar con cuidado al mismo tiempo que visualiza en segundos una casa de adobe pintada con cal y con techo de lámina cubierta por palma desgastado por los años. Un ladrido cercano obliga a Faustino a sonreír, percatándose de que un canino criollo sale a su encuentro:

            –¡Cobarde! –Faustino casi resbala con el lodo cuando abraza al perro– Ya vine, mi Cobarde. ¿Cómo te has portado? ¿Ya no andas correteando a las gallinas?

Cobarde encamina al recién llegado hasta la entrada de la propiedad tapizada con abundante pasto que conduce por otro caminito empedrado hasta la parte frontal de la casa. De esta, sale una mujer de baja estatura, con su rostro arrugado que se disimula con una sonrisa cálida y que forja a ambos de sus diminutos ojos rasgados a cerrarse todavía más.

            –¡Tinito, mijo! –esa feliz mujer se acerca a Faustino para abrazarlo– ¡Ya era hora de que llegaras, nuh ukishpil!

Un par de lágrimas salen de entre los párpados de Faustino al reclinarse para abrazarla.

            –¡Claro que sí, nana Jovita!

            –Vente para la casa. Deja te pongo café con pan del que tanto te gusta.

Faustino es dirigido por su abuelita al interior de la casa de adobe, dejando que el canino se recueste en el fresco cemente frontal.

            –Entonces, ¿ya terminaste la escuela?

            –Kena –Faustino hunde su pan dentro de una taza de barro–. Ya llevaba trabajando allá en Monterrey como poco más de un año.

            –¿Y le dijiste a tu mamá que venías?

Faustino levanta su mirada sorprendida sin dejar de comer su pan redondo:

            –No. de hecho, por eso vine, para hablar con ella.

La abuelita Jovita se adelanta a encender la leña del brasero de barro, colocando en seguida una olla metálica sobre la parrilla de metal ennegrecida por el constante uso.

            –Yo nunca aprendí a encender la leña así de rápido y usted lo hizo en un segundo –señala Faustino al ver el comal ser acomodado sobre las llamas–. ¿Y cómo ha estado?

            –Pues no me quejo. De repente falta dinero para uno que otro lujito, pero por la comida no me preocupo; los árboles siempre dan frutas y las gallinas muchos huevos.

La abuelita Jovita separa bolas de masa que aplana con una pieza metálica y extiende sobre el comal mientras que Faustino se entretiene viendo a las gallinas deambulando en el interior.

            –Así que… ¿Ya descubriste tu “regalo”?

El semblante de Faustino se torna serio, pero sin dejar de extender su puño hacia las gallinas.

            –Kena Kino, nana –Faustino suspira al mismo tiempo que alarga sus labios–. ¿Cómo lo supo?

            –¡¿Qué cómo lo supe?! Tú viniste aquí hace como un mes. ¿Qué no recuerdas?

            –No entiendo… ¿Hace un mes? Pensé que había sido un sueño o alucinación.

            –Amu, amu, ukishpil –la abuelita Jovita menea su cabeza en señal de negación–. Tú estuviste aquí, me saludaste. A lo mejor te aturdiste por la falta de práctica.

            –Entonces… fue real, todo lo fue.

La abuelita Jovita regresa a la mesa con un plato con frijoles negros, huevos estrellados y tortillas caseras cubiertas por una espesa salsa roja con cebolla.

            –Ándale, ponte a comer –la abuelita Jovita se sienta frente a Faustino en lo que este come apresurado–. Así que viniste para poner a prueba tu don, me imagino.

            –Así es, abuelita –Faustino come con calma apreciando el sabor de su platillo hasta acabarlo–. Nijnequi achi más.

Su abuelita, afectada por el pasar de los años, se dirige nuevamente al brasero para servirle otra porción de comida.

            –Pero primero, tengo que hablar con mamá.

            –Ella anda muy feliz en el pueblo. Si la vieras te darías cuenta de todo este cambio.

Faustino se mantiene en silencio unos segundos sin dejar de comer su segunda porción:

            –¿Y ahorita en dónde está mi mamá?

            –Allí anda con tu tía Luisa; andan viendo lo del baile de esta noche para el pueblo. Si quieres ir a verla pues ve; sirve que me traes más pan y unas galletas, si no te molesta.

            –¡Para nada, abuelita! Sabes que cualquier cosa que se te ofrezca tú dime y lo traigo.

La abuelita Jovita mira con cariño a su nieto, a pesar de que su ojo izquierdo parece no funcionar del todo bien.

            –¿Qué más le traigo, nana?

            –Lo que tú quieras, nada más déjame darte un dinero.

            –No se apure por eso; yo pongo para que tenga lo necesario.

Faustino termina de comer su platillo a toda prisa, dejando el plato casi limpio; después, este se encamina fuera de la casa hasta la entrada a la propiedad, siguiendo el camino hacia la izquierda que lo lleva hasta otra calle pavimentada con piedras lisas que lo dirige por un tramo al largo que llega hasta una avenida.

            –¡¿Tinito?! ¡¿eres tú?! –clama la propietaria de la casa de la esquina tras salir de su vivienda– ¡Ay, mijo! ¡Qué gusto de verte otra vez! Soy yo, Sonia, la amiga de tu mami.

            –¡Ah! Mucho gusto de verla, doña Soni. ¿Cómo ha estado?

            –No pues… ¿Cómo has estado tú? Ya estás bien grande y alto.

            –Gracias –Faustino le dirige a muestra de timidez a la dama–. Sí que he estado fuera por mucho. ¿No ha visto a mi mamá pasar?

            –Creo que está con tutía ahí en su negocio. ¿No vinieron juntos?

            –Ah, esté, larga historia. Se la contaré en cuanto tenga tiempo; por el momento tengo que irme. La veo después y me saluda a sus hijas.

Faustino sigue de largo por la arteria principal de esa comunidad, llegando en unos cuantos minutos hasta un cruce de caminos en donde gira hacia su derecha, caminando hasta llegar a una casa acoplada como tienda. De ahí, el recién llegado gira a su izquierda, caminando hasta encontrarse con un fuente seca en donde están estacionadas unas caminatas blancas, pero Faustino sigue de largo hasta llegar a la tienda de la esquina que la da la bienvenida a la plaza principal adornada con enormes palmeras y con un quiosco alto en su centro.

            –Buenas tardes… ¿Se encuentra la señora Martha?

            –¿Quién la busca? –la adolescente que atiende la ferretería se sorprende al reconocer a Faustino– ¡Primo Tino! ¡Qué gusto verte de nuevo?

            –¡Irene! –Faustino abraza a su prima de baja estatura– ¡Sí que has crecido!

            –Pues algo, en lo que cabe –Irene le presume su altura al mismo tiempo que aparta su largo cabello negro–. ¿Buscas a tu mami?

            –Sí –Faustino observa la casa acoplada como establecimiento–. ¿No está aquí?

            –No, no. –Irene señala un alto techo de lámina detrás de una casa de fachada colonial– anda allá en el deportivo con mi mamá, organizando lo del baile de esta noche. ¿Vas a ir?

            –¡Pues claro! No te puedo quedar mal –Faustino sacuda la cabeza de su prima–. ¿Tus hermanos no van a venir?

            –Al parecer no. Nada más Felipe, pero ha estado ocupado con lo del local. ¿Y Mael?

            –Dijo que vendría en Diciembre; así que me vine solo para acá.

Irene, una joven delgada y de rasgos orientales, tuerce su boca al escuchar la noticia:

            –Bueno, supongo que entonces quieres ir a ver a mi tía.

Las piernas de Faustino se niegan a responderle, hasta que su voluntad lo guía:

            –Nos vemos de a rato y después seguiremos platicando, ¿va?

Faustino se retira de ahí dirigiéndose al edificio de fachada antigua, adentrándose por un estacionamiento que da a la galera cubierta de enormes láminas y en cuyo interior hay muchas personas trabajando en labores distintas; la gran mayoría, mujeres.

Faustino busca con su mirada temblorosa entre las blusas blancas con bordados coloridos hasta encontrarse con la figura de su madre, quien viste un pantalón y una blusa de estampados difusos:

            –Nada más que dejen espacio para poner la comida por ese rincón y listo.

            –Ma… ¿mamá? –Faustino se queda pasmado al ver a su madre voltearse.

            –¡Tinito! –su madre se apresura a abrazarlo sujetándolo de los brazos– ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no me avisaste que ibas a venir?

            –Supuse que no era necesario –Faustino se retira un paso hacia atrás–. Así como me lo dijiste, que ya era un hombre y que podía hacer lo que quisiera hacer de ahora en adelante.

            –¡Ay, no! No me refería a eso –la madre de Faustino se percata de la mirada humedecida de su hijo–. Es que, fueron muchas cosas; no sé ni por dónde empezar. Ven, vámonos tantito para afuera.

Faustino sigue a su madre hasta el estacionamiento de ese recinto, y él se acerca a un vendedor ambulante con sus productos dentro de una gran canasta de mimbre.

            –Ome tachichin, nimitstlatlauki –Faustino enciende su cigarro apenas se lo entregan.

            –Dijiste que ya ibas a dejar ese vicio maldito para no ser igual que tu padre.

            –Ahora nada más fumo uno o dos al día; no como antes que eran cuatro o seis.

La madre de Faustino no niega el cigarro que este le extiende; acto seguido, ambos se alejan para sentarse en una banca del diminuto parque frontal.

            –Entonces, dime qué pasó –Martha observa la mirada dudosa de su hijo que se opaca por el humo que expulsa–. ¿Por qué no me avisaste que venías o algo?

            –Nunca hay buena señal aquí –la respiración de Faustino se agita ligeramente, hasta que el joven junta el valor que necesitaba–. ¿Por qué te fuiste de la casa, así como así?

            –¡Ay, amor! –su madre coloca su mano sobre la Faustino y este reacciona con un impulso sin quitarla– Estaba pasando por un momento muy difícil; te lo quise decir, pero no quería distraerte de tu carrera con eso de que ya estabas en las prácticas profesionales.

            –Me lo hubieras dicho te hubiera escuchado…

            –Lo intenté… con señales, pero aun así ni tú ni Matías me pelaron.

Martha consume un poco más de su tabaco a la par que sus propios ojos castaños oscuro se humedecen; por su parte, Faustino menea su lengua dentro de su mandíbula.

            –Es por eso por lo que te fuiste apenas terminaron…

Martha traga un poco de saliva para deshacer el nudo de su garganta:

            –Si me quedaba un día más ahí iba a perder la cabeza… o cometer algo mucho peor.

Faustino sujeta la mano de su madre, entrelazando sus dedos y frotándolos.

            –Y aquí pues, tengo todo para ser feliz; aquí nací y están todas aquellas personas que formaron parte de mi niñez. Tú me dejaste en claro que no planeabas irte de la ciudad, así que si no marchaba del nido pues no ibas a crecer como persona.

Faustino esboza una sonrisa al mismo tiempo que exhala aire por sus fosas nasales.

            –¿Me perdonas, mami? –Faustino mira con arrepentimiento a su progenitora.

            –¡Ay, mi rey! Perdóname tú a mí por dejarte en ese momento más importante de tu vida.

En seguida, madre e hijo comparten un largo abrazo tras arrojar los cigarros al piso.

            –¿Te sientes mejor? –Martha acaricia los finos cabellos de Faustino.

            –Sí, sí; por supuesto –Faustino desvía su mirada para apreciar a los lejanos cerros verdosos que custodian la región–. Y sí que tienes razón; este lugar es demasiado bonito. Por eso vine… y también para obtener respuestas.

            –¡Pues qué padre! –Martha se muestra animosa– ¿Cuántos días te dieron de permiso?

Faustino se queda en silencio, mirándole con una ligera sensación de temor:

            –¡¿Qué?! ¿Cómo? ¿Renunciaste a tu trabajo?

            –Digamos que me tomaré un año sabático con probabilidad de volver. A mis jefes les gustó mucho mi desempeño y hasta me dijeron que podía trabajar desde aquí si era posible.

            –¡Ay mijo! ¿Pues no era eso lo que querías? Lo que te costó cinco años de carrera.

            –No te preocupes por eso. Hay cosas más importantes como estar con la familia.

Faustino logra con su optimismo que su madre simpatice con su pensamiento.

            –¿Y cuáles son esas respuestas que viniste a buscar?

            –Es inspiración, más que nada –Faustino vuelve a mirar la plaza calle abajo–. Decidí plasmar la historia de tu vida, la de mis tías, abuelita y la de mi abuelo en un libro.

            –¿Nada más eso? –Martha se muestra intrigada pero optimista.

            –Sí y no. Verás, descubrí que también tengo el don y quiero saber más de eso; si realmente es mi destino o simplemente es algo esporádico.

            –Te pregunto: ¿Estás seguro de que quieres averiguarlo? Es algo muy arriesgado.

Faustino se queda callado y con la mirada perdida sobre el pasto, hasta que decide hablar:

            –Pues con todo lo que me ha pasado estos últimos meses, no hay mucho que me pueda sorprender –Faustino espera a que su madre le diga algo más, cosa que no sucede– Ya me cansé de ser un outcast, ¿sabes? Me cansé de moverme entre México y California por los caprichos de mi padre. Me cansé de ver inalcanzable esas expectativas que todos ven en mí. Lo único que quiero es formar parte de mi familia, de quienes me distancié por engreído cuando lo único que hicieron fue apoyarme, aunque sea con diez pesos.

Faustino traga más saliva y deja de sacudir sus manos al hablar:

            –Simplemente, quiero pertenecer aquí; y si tengo un don, usarlo para bien. Total, el dinero va y viene.

            –Y dime, mi niño, ¿qué fue lo que te causó cambiar de punto de vista de esa manera?

            –Bueno –Faustino ríe ligeramente al recordar–. Es una historia algo alargada.

            –Tenemos tiempo –Martha coloca su mano sobre el hombro de su hijo–, faltan como nueve horas para el baile y los preparativos ya están casi listos.

Faustino deja caer su espalda sobre la banca de grueso metal, suspirando y exhalando en un solo movimiento:

            –Todo comenzó hace como mes y medio; estaba trabajando en mi cuarto cuando de repente vi que algo se asomó por el marco de mi puerta. Al principio pensé que era un ratón, pero luego me di cuenta de que era otra cosa, o, mejor dicho, una persona; pero no era una…

El día transcurre sin prisa en lo que Faustino relata su experiencia, mientras que su madre lo escucha atentamente interrumpiéndolo sin querer con el movimiento de su barbilla. Faustino continúa con su relato meneando sus manos, ignorando que el día transcurre a su ritmo hasta que el sol decide esconderse por las lejanas copas de los árboles más altos y verdosos del occidente de la región.

La galera detrás de aquel recinto colonial se aviva al ritmo de la banda que toca al compás del juego de luces, invitando a los habitantes del pueblo a acercarse a tan llamativo evento. En una de las varias mesas que acaparan la mitad de la galera, yace Faustino con su madre y prima, todos ataviados con ropas elegantes, viendo cómo la pista improvisada se llena de parejas dispuestas a danzar en la oscuridad esporádicamente iluminada por el equipo de luces.

            –¡Ándale, Tino! Saca a Irene a bailar.

            –Ya voy, tía Luisa –Faustino abandona su cerveza casi extinta–. Órale, vamos a bailar.

            –No me gusta esta música –Irene arruga su boca y ojos como negativa–. Mejor saca a bailar a una de las muchachas de allá. ¡O es más! Baila con mi tía.

Faustino le extiende a su madre la mano, invitándola a la pista. Ambos bailan un par de baladas animosas al puro son de la banda, hasta que los intérpretes se detienen y el aparente líder dedica unos cuantos saludos a personajes conocidos de la región.

            –¿Otra, ama? –Faustino pregunta casi gritando.

            –Va; sólo deja me siento y ahorita le seguimos.

Madre e hijo regresan a la mesa, ignorando al conjunto que se prepara para otra tonada.

            –Oye, Tino –Irene se reclina al hombro de su primo–. Como que una chava de las de allá ya te echó el ojo.

Faustino le dirige una sonrisa para después mirar a un rincón del lugar disimuladamente.

            –¿La del vestido rojo?

            –Esa también. Sácala a bailar.

Faustino regresa su mirada a las jóvenes de aquel rincón de la pista, encontrándose con el coqueteo de otras dos señoritas. Su mirada de amabilidad se mantiene viva por unos cuantos segundos más, hasta que este es cautivado por otra joven que ahí aguarda, sentada y con actitud recatada rechaza cordialmente las invitaciones de baile.

            –Oye, Irene, ¿quién es esa chava de cabello hasta los hombros?

            –¡Ay, no! –Irene deja caer su barbilla casi al ras de la mesa– Apenas las voy viendo; ellas son de los Austrias. Mejor ni te les acerques.

            –¿Los Austrias?

            –Kena –la tía de Faustino se gira atraída por el comentario–. Son la familia más poderosa del pueblo; hace años tuvieron problemas con muchas familias por terrenos. Mejor saca a bailar a tu mamá. ¡Ándale!

Faustino se dispone a hacer lo indicado, pero un desconocido se acerca a la mesa para invitar a su madre a bailar, a lo que ella acepta. Por su parte, Faustino se reclina sobre su silla tras recibir otra cerveza oscura, apreciando como su madre trata a su pareja de baile como a un principiante con sus hábiles movimientos de pies sobre en la pista de baile.

            –Se ve tan feliz –susurra Faustino antes de darle un largo trago a su bebida.

En ese lapso de satisfacción interna, Faustino se percata de que las jóvenes de Austrias pasan casi enfrente de su mesa con dirección a la salida, sonriendo entre sí.

            –Oye, ma; se me hace que ya me voy a la casa –Irene luce fastidiada–. Ahorita llegan mis hermanos.

            –Te acompaño –Faustino se acomoda su camisa al levantarse de la silla–. Igual sirve que me topo a Felipe.

Irene concuerda con su primo para que ambos salgan de entre un túmulo de gente, encontrándose a las afueras al grupo de jovencitas que sonríen con timidez.

            –¿A poco ya se van? –pregunta una de ellas.

            –Ahorita venimos –Faustino gira sus muñecas frente al pecho.

            –Aquí te esperamos.

Faustino alcanza el paso de Irene cerca de la bajada que da a la fuente, cerca de la tienda.

            –De preferencia no te juntes con ellas, o te estarás ganando enemistades.

            –Si nada más lo decía por cortesía –Faustino gira su cuello para ver a las jóvenes una última vez–. Y esa con cara de bibliotecaria, ¿quién es?

            –No la había visto. Se me hace que viene de la capital. Pues bueno, yo me encierro a ver la tele. Se me hace que mis hermanos llegan en un rato.

Irene abre la puerta del local dispuesta a despedirse.

            –¿Me darías un cigarro?

Irene estira su mano dentro del local para sacar una cajetilla abierta:

            –¡Ya deja ese vicio, Tino!

            –Ya lo estoy dejando… a mi ritmo, pero lo estoy dejando.

Ambos se despiden a medias incomodados por el humo del tabaco, así que Faustino regresa a la galera, sentándose en una de las bancas a la orilla de la fuente.

            –Realmente necesitaba esto –Faustino contempla el cielo estrellado mientras expulsa un poco de humo–. Este es el lugar al que pertenezco.

De repente, la sensación de tranquilidad se desvanece apenas se percata de una presencia extraña que merodea por los aires de la localidad.

            –No es posible… esa cosa –Faustino se levanta de la banca, siguiendo el tramo que si instinto le indica–. Va para la casa de mi abuelita… ¡La urna!

Faustino aprieta el paso al ver que no hay gente a su alrededor, corriendo entre las sombras de la noche por la avenida principal hasta llegar a otra calle pavimentada con cemento y poco iluminada por un poste lejano.

            –Cortaré camino por aquí…

Faustino llega hasta un callejo totalmente oscuro que da hasta un riachuelo.

            –Buenas noches… –susurra tras sentir una presencia en lo que solía ser la base de una casa ahora extinta– Espero no molestar.

Tras rendir su respeto, Faustino se desliza por el camino improvisado a la orilla de la corriente, cruzando unas piedras hasta llegar a la orilla que lo guía por la calle que da a la casa de su abuela.

            –¡Nu nana Jovita!

            –¿Qué pasa, Tinito? ¡Y tú, perro latoso, deja de ladrar!

            –¿Estás bien? ¿No ha venido nadie?

            –Amu. ¿Por qué lo dices?

Un ruido repentino surca las copas de los árboles más altos, lo que incita a Faustino a llevar a su abuelita al interior de la casa.

            –Quédate aquí, abuelita –Faustino se sorprende al ver su mochila con el interior regado por el piso–. ¿Qué hace todo esto tirado aquí? ¿Y mi runa?

La abuelita Jovita ayuda a Faustino a recoger sus pertenencias sin encontrar pistas de la caja.

            –¡Se la llevaron los zopilotes!

Faustino sacude su cabeza tras escuchar a su abuelita.

            –¿Sabes para dónde se la pudieron haber llevado?

            –Con… Juan Mitzi –Jovita luce seria al pronunciar ese nombre–. Al panteón.

Faustino sale a toda prisa de ahí, subiendo el camino que lo lleva a otro tramo de la avenida principal, abriéndose paso por las casas construidas sobre la colina.

Su travesía sigue hasta que cruza por las ultimas casas que lo dirigen a un tramo tapizado por distintas criptas: desde las ostentosas económicamente hasta las cruces formadas por palos clavados sobre un bulto en la tierra, sin que haya señales de que alguien más se encuentre presente.

            –¡ME LLEVA LA CHINGADA! –Faustino luce indignado al borde de las lágrimas

            –¡Uy! Bien dicen que los machos no lloran –se oye una voz decir entre las tumbas.

            –Debe de ser de los Reyes, con eso de que los hombres de esa familia siempre huyen –exclama otra voz en tono de burla.

            –Sea lo que sea que tenga esta urna debe de ser muy valioso.

Faustino se reincorpora para buscar el origen de esas voces y carcajadas, reconociendo sobre el firmamento distintas alas negras que saltan de rama en rama.

            –¡Regrésenme mi urna!

La respuesta hacia Faustino es otra intensa burla mientras que el aleteo se aleja adentrándose en el espeso bosque negro casi invitándolo a seguirlas. Guiado por la luz estelar, Faustino se abre paso entre los matorrales y los troncos erectos, siguiendo el trayecto de las apenas visibles alas emplumadas que se deslizan en lo alto.

            –¡Malditas brujas! ¡Ya verán cuando las atrape!

Faustino sigue con su travesía a regañadientes, evitando ahora a las negras aves que bajan para retraer su paso.

            –¡SUFICIENTE!

Finalmente, Faustino decide correr sin rumbo fijo, estampándose contra una masa suave que derrumba con el impacto.

            –¡¿Qué fregados?! –Faustino levanta su mirada, reconociendo a una silueta que carga la urna– ¡Dame eso!

Ambos merodeadores jalan hacia ellos la urna rosada, misma que termina por abrirse y esparce parte de las cenizas al viento.

            –¡No, no, no, no, no! Natalicia, no…

            –¡Oye! Ten cuidado hacia donde echas tu tierra –sugiere una voz femenina al toser–. ¡Tengo cenizas hasta en la garganta!

            –¡¿Quién te mandó a robarme esa urna?! –Faustino calma su actitud amenazante al reconocer a su acompañante– Tú eres la del baile, la de los Austrias.

            –¿Qué te pasa? ¡Yo soy Leticia, hija de los Medina! Ayúdame a pararme.

La belleza de Leticia, que deslumbra ante la luz lunar, paraliza totalmente a Faustino.

            –Tú eres Faustino de los Reyes, ¿verdad? ¿También vienes a la iniciación?

            –¿Iniciación? –Faustino cae en razón– Espera… ¿Por qué me robaste la urna?

            –Me dijeron que la trajera.

            –¿Quién?

Los ojos claros de Leticia se mueven hacia abajo y suben nuevamente.

            –Será mejor que me acompañes.

Leticia se dispone a correr alejándose de Faustino.

            –¡Natalicia, espera…!

            –¿Natalicia? –Leticia se da la vuelta indignada.

            –Leticia, Leticia; es que me recuerdas a alguien –Faustino junta las partes de la urna, enseñándosela a Leticia–. Nada más que tú eres muy seria.

Leticia regresa al lugar de Faustino, viéndolo contemplar los restos del contenedor.

            –Tienes que dejarla ir –Leticia coloca las manos sobre la urna.

            –No puedo… no quiero…

            –Es por el bien de ambos.

Leticia incita a que Faustino lance las cenizas sobrantes al aire para que se esfumen.

            –Es difícil, lo sé; pero es lo mejor para ambos. Algún día nos volveremos a ver.

            –¿Perdón?

Faustino sacude su cabeza, dándose cuenta de que Leticia lo espera a lo lejos:

            –¿Vas a venir o no?

Faustino le da un último vistazo a su alrededor, decidiendo en seguida seguir el camino por el que Leticia lo guía. Dicho camino lleva a una casa sencilla construida a base de palos y troncos, con una fogata en el centro alimentada por un anciano que murmura cánticos provocadores de una danza de distintas aves negras en el cielo, incitándolas a postrarse en las ramas o cerca de la hoguera.

            –Tlahuipuchtli Mitzi –Leticia hace una reverencia ante el anciano sentado frente al fuego–, teuanikan.

El anciano de piel morena quemada por el sol y nula barba abre sus ojos opacos dirigiéndose a Faustino con semblante severo que cambia a amabilidad.

            –Asi au satlatsakkan, Faustino. Timotonali, destino tuyo.

 

En algún lugar de la Ciudad de México.

Iluminada por la luz interior de la modesta casa, Irma devora sus quesadillas con tanta rapidez que apenas y se da tiempo para beber un poco de refresco de naranja, intentando ignorar a su padre observándola con cariño a pesar de que esta tiene queso y lechuga embarrados sobre sus mejillas rojizas.

            –¿Qué sucede, pa? –Irma se limpia la cara con una servilleta de papel.

            –Nada, nada; es sólo que me alegra de verte después de… ya sabes.

            –Ah sí; es cierto. Y como te decía, tomé mi expediente y lo destruí. Me alegra saber que ese hospital era tan negligente que ni las computadoras usaban. De todas maneras, no me arriesgo a volver a Monterrey.

            –Pues ya sabes que aquí siempre será tu hogar –el padre de Irma luce entusiasmado al señalar su apretada vivienda–. Y ya que estamos con eso de los dones y ver fantasmas. ¿No te interesa trabajar conmigo en La Merced? –el padre de Irma bebe un poco de agua antes de continuar– Digo, con eso de que ya tienes la mesa desarrollada, quizás podamos aumentar el negocio.

            –Pues por mí estaría bien.

            –¡Esa es mi princesa!

            –¡Que no me digas así!

En lo que Irma discute con su padre, desde la calle una persona observa la ventana alta en donde se suscitan las cosas, batiendo su conjunto blanco en lo que parte de ahí con una sonrisa victoriosa dibujada en sus mejillas.

            –Al final de en cuentas terminaste ganado, pinche Ale. –Abrahel flota cerca de Ale manteniendo sus piernas cruzadas–, lograste engañarme tan hábilmente que no me quedó otro remedio más que cumplirte dos deseos al dos por uno.

            –¿No dice el Génesis que el humano fue creado a vuestra imagen y semejanza? –Ale avanza flotando por toda la calle vacía.

            –Pero en tu caso eras un ángel caído con el cuerpo equivocado –Abrahel bosteza ligeramente en lo que acompaña a Ale–. ¿Qué vas a hacer ahora que eres uno de los nuestros?

            –Pues cumplir mi cometido principal: –Ale se acomoda su larga cabellera hacia atrás– seguir obteniendo conocimiento hasta el final de los tiempos.

Publicado la semana 37. 12/09/2020
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