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Ignacievij

MACHTIANI: 11

11. Sol, luna y estrellas.

En algún lugar de Monterrey, Nuevo León. Lunes por la noche.

Ale se acomoda su cabello formando una coleta detrás de su cabeza al mismo tiempo que camina con paso lento hasta Irma y Faustino, deteniéndose a medio trayecto:

            –Pero qué torpe de mi parte –Ale comienza a flotar retomando su destino–. Perdón; todavía no me acostumbro.

            –Tú… ¡Tú deberías estar muerto! –la incredulidad de Faustino lo mantiene sentado sobre la tierra– Yo te vi morir ese día… en el exorcismo. ¡Vi tu cuerpo retorcerse!

            –En efecto, mi amigo. Yo ya estoy muerto…

Irma se incorpora a toda prisa con su hacha en mano, propinándole un corte certero en la garganta de Ale, pero su sorpresa es mayor al ver a Ale mantenerse de pie:

            –¿Ves? Nada de sangre.

            –¡Pues si todavía estás en este plano todavía te puedo matar! –Irma realiza un par de cortes que resultan inútiles ante la tranquilidad de Ale– ¡Por mi madre y hermana!

            –Lamento lo sucedido –Ale detiene a Irma en el aire, incapacitándola–. Créeme que no fue mi intención lastimarlas. Simplemente se me salió de las manos…

            –¿Esa es tu excusa? –Irma suelta su hacha para que corte el brazo de Ale, pero esta cae atravesando la figura translucida del ente– ¡Te di mi confianza y amistad, imbécil! ¡Comiste en mi casa! ¡Dormiste en mi cuarto! ¡Y al final me terminaste encerrando en un manicomio! ¡Pinche escoria de persona!

            –Déjame explicártelo, por favor.

Faustino aprovecha la distracción de Ale para atacarlo con su machete, pero también es detenido justo antes de causarle algún posible daño.

            –Interesante tu arma, Tino.

            –No me hables como si fueras mi amigo –gruñe Faustino con impotencia–. Por tu culpa Natalicia dejó de existir. No eres más que pura maldad encarnada en una persona.

            –En efecto, mi estimado.

La serenidad de Ale se perturba ligeramente tras ver a Faustino avanzar un par de pasos para sujetarle de la muñeca, lo que causa que Ale se aleje repentinamente y libere a Irma.

            –Faustino, mira su rostro. Lucía preocupado –Irma recoge su hacha de enorme hoja–. Eso significa que podemos hacer algo.

            –No deja de ser un fantasma. Irma, dame tu hacha y arrójame hacia Ale.

Irma hace lo que se le solicita y, tras girar para tomar impulso, arroja a Faustino por los aires; pero Ale lo esquiva dejando que las armas se incrusten en un árbol cercano.

            –Ya les dije que no pueden vencerme –Ale ve cómo Faustino desaparece antes de chocar con el tronco–. ¿Qué fue eso?

            –Entonces… ¿Para qué te mueves? –Faustino aparece por encima de Ale, sujetándole los brazos para que ambos aterricen sobre una humilde tumba– ¡Espero que con eso tengas!

Faustino, aturdido por la caída, no suelta a Ale a pesar de que este no se resiste.

            –¿Ya estás satisfecho? –Ale desprende sus muñecas al momento de hacerlas translucidas– Creo que es momento de que te tranquilices.

Ale gira su mano, dejando que una presión invisible caiga sobre Faustino y lo inmovilice, ignorando que a sus espaldas aparece Irma con su arma recuperada y lista para atacarle.

            –Espera, por favor…

La súplica de Ale no cambia la decisión de Irma, quien le propina un corte transversal en la clavícula seguido de un golpe con su puño en la mejilla.

            –¡¿Crees que no tengo ganas de dejarte como puré de carne ectoplasmática?!

Irma vuelve a golpear a ale con su pesado puño, generándole una ligera quemadura en el lado izquierdo de su rostro. En seguida, Irma coloca parte del filo de su hacha sobre la garganta de Ale, presionándola con suficiente fuerza para someterlo sin dañarlo.

            –Al menos me debes una explicación, rata traicionera…

            –Es lo que he intentado explicar, pero no me dejan –Ale flota para levantarse, evitando lo más que puede el hecha de Irma–. En fin; nuevamente, te ofrezco una disculpa proveniente desde lo más profundo de la humanidad que me queda. Esa situación, después de haber completado ese entrenamiento que tanto te emocionó, perdí el control y…

Irma no contiene sus lágrimas a pesar de que sus dientes demuestra una ira intensa hacia Ale.

            –Realmente, no fue mi intención hacerlo. De todos mis crímenes es del que más me arrepiento; y todo este tiempo, me he hecho creer que fue por tu bien porque…

            –¡¿Por mi bien?! ¡¿Por mis pinches bien?! –Irma blande su arma, misma que Ale esquiva– ¡Me arrebataste a mi familia! ¡Arruinaste mi vida! ¡¿Y todo para qué…?

Ale reclina su cuello hacia un punto dentro del camposanto, apenas reflejando incomodidad:

            –Estás a punto de saberlo.

Una fuerte ráfaga de viento proveniente de la zona más oscura del panteón, misma en donde yacen docena de tumbas señaladas por cruces sencillas con nombres escritos en ellas.

            –Faustino, espero que estés preparado para esto otra vez; Irma te pido que seas fuerte.

Faustino procesa muy tarde lo que Ale había dicho, ya que, de entre ese torbellino de tierra negra, hojas y escombros, surge la peculiar figura esbelta de Abrahel caminando con paso sensual hasta el centro del enfrentamiento.

            –¡No es posible! ¡Tú…!

La mente de Faustino se nubla al recordar la habitación en la que Ale agonizaba con sus extremidades amarradas a la cama, el padre Nicolás apenas mirando lo que acontecía y a él mismo, recitando versos de un libro negro mientras que Abrahel lo observa apática hasta que se acerca a Ale para romperle los brazos lentamente sin dejar de mostrarle su lengua rosada.

            –Me atrevo a decirte que es grato verte, Florentino –Abrahel muestra su perfecta dentadura afilada que sobresale de sus labios morados–. Veo que no has cambiado mucho.

            –Me llamo, Faustino, harpía –Faustino empuña su machete discretamente.

            –De hecho, soy una súcubo; aunque es entendible la confusión ya que con los constantes cambios culturales y el cristianismo demonizando cada cosa…

            –¡Era un insulto, estúpida!

            –¡Ah! –Abrahel baja su mirada y manos tras la reprensión de Faustino– Sólo quería dejarlo en claro; no era para que me gritaras de esa forma. En fin, ¿colectaste las almas pendientes que te pedí, Ale?

            –Así es, señora mía.

            –¡¿Las almas pendientes?! –Irma se sorprende al obtener sus deducciones– Eso explica por qué se sentían raros los panteones estos días. Faustino, ¡Ale ha estado extrayendo las almas de los cementerios!

            –Nada más los de los difuntos de las fosas comunes; ellos no recibieron una debida sepultura –Ale flota tranquilamente hasta quedar cerca de una cruz cuyo nombre ha sido borrado de donde extrae una sombra negra que se retuerce–. También colecté las almas en pena de algunos hospitales; fue difícil ya que unos espíritus fuertes los protegieron.

            –¿La Planchada y sus diferentes versiones? –Abrahel apoya sus nudillos sobre su cadera desnuda– Era de imaginárselo; son seres protectores de esos sitios. A propósito, ¿esa ruda señorita de allá es a la que tu corazón le pertenece?

            –Así es, ma’am.

            –En todo caso, a lo que vinimos… –Abrahel se aparece instantáneamente frente a Irma dirigiéndole una mirada seductora– ¡Vaya que eres hermosa!

El cuerpo de Irma no responde a su impulso de supervivencia; tan sólo observa cómo el fino rostro púrpura de ese ente cambia al momento que abre su extensas fauces que atraviesan toda su cara. De repente, un potente golpe en el abdomen de Abrahel la retira de Irma lanzándola hasta una diminuta cripta que se resiste a ser derribada.

            –¿Por qué hiciste eso, Ale? –Abrahel se sorprende al ver a Ale flotar hasta ella– ¡¿Con qué fuerza pudiste patearme?!

            –Con la fuerza de las almas en pena que se aliaron a mí –la explicación de Ale asombra tanto a Faustino e Irma como a Abrahel–. Verás, yo no fui por ahí simplemente tomando las almas porque se me dio la gana. Según los grimorios, ellos tenían que ceder su voluntad para así ser pasar de ser un nigromante a un necromante. Ah, y también para liberarme de ti y tus negras intenciones.

Abrahel suelta una ligera risa al apreciar la inteligencia y seguridad que Ale refleja:

            –¿Crees que es muy fácil derrotar a un demonio como yo?

            –Un demonio menor, querrás decir –la actitud de Ale sigue relajada pero alerta–. Una súcubo con un poder muy limitado. Irma, ella fue la que me incitó matar a tu familia.

Abrahel se da cuenta demasiado tarde de que, en su costado derecho, se ha incrustado el filo del hacha de Irma que le desgarra hasta el seno.

            –No se diga más – sin sacar el filo del cuerpo dañado, Irma gira la empuñadura para usarla de palanca y golpear salvajemente el rostro de Abrahel–. ¡Esto es por mi familia, perra desgraciada!

Irma pasa de golpear el mango de madera contra la cara de su víctima para agredirla con sus nudillos limpios; hasta que Abrahel reclina su cabeza evitando un golpe fatal, después, usa sus largas y musculosas piernas para derribarla.

            –Tú tampoco te quedas atrás, salzikrum. Hasta aquí puedo sentir tus manos manchadas de sangre.

            –Eso es porque me ayudó a deshacerme de un par de cuerpos –Ale toma a Irma del brazo para alejarla–. No la metas en esto.

            –¿Tanto así la amas? –la mueca cínica de Abrahel incomoda a Irma.

            –Te dije muchas veces que lo nuestro no pasaría de amistad.

            –¿También te dijo cuál era el trato que hizo conmigo? –Abrahel se levanta con el apoyo de unas alas de cartílago que aparecen en su espalda–. ¿Se lo dices tú o…? ¡Mejor yo!

            –¿Recuerdas esa vez que perdiste la razón y terminaste golpeando a cuatro cholos?

            –Sí. ¿Qué tiene que ver con esto…? –Irma cae en razón ante la pregunta de Ale–. Dame unos segundos y aleja a Tino de aquí.

Las nuevas alas de Abrahel le ayudan a flotar con dificultad al mismo tiempo que de su cabellera lisa surge un par de cuernos que se disimulan con los mismo mechones; mientras que su piel cambia de tonalidad púrpura a gris clara.

            –Se ha roto el trato Alexandri Robledo –la lengua y ojos de Abrahel se tornan rojizos–. No sólo me llevaré lo que te queda de alma, sino que también las decenas que llevas dentro de ti y la de esos dos insignificantes mortales.

            –Eso si primero te lo permito –Irma contrae sus músculos superiores al igual que deja que su cuello cruja–. Ven por mí, Afrodita.

Abrahel vuela con rapidez hacia Irma, quien logra esquivarla al ladearse para propinarle un golpe en su barbilla que la aturde el tiempo suficiente como para sujetarla de la nuca y embestirla con su rodilla.

Mientras tanto, Ale impide que Faustino se adentre al enfrentamiento, haciéndolo retroceder con su brazo atravesado.

            –¿Qué te pasa, imbécil? ¡Está es nuestra oportunidad!

            –Para ti sí; para mí no.

En ese momento, Faustino corta el pecho de Ale con su machete, provocando que Ale deje de flotar y caiga sobre los barrotes de una tumba.

            –¡Por tu culpa Natalicia dejó de existir! –Faustino incrusta la muy poca afilada punta de su arma en el estómago de Ale– ¡Me quitaste lo más hermoso de mi vida! ¡Así como dañaste a Irma me dañaste a mí!

            –Pensé que era una simple fantasma…

Faustino gira el machete dentro de Ale tras escuchar su justificación:

            –Es hora de acabar con todo esto.

Faustino analiza el enfrentamiento entre Irma y Abrahel, deduciendo que la primera mantiene la ventaja en todo el combate:

            –¿Cómo es posible que una simple humana sea tan fuerte?

            –Pues verás, querida gárgola. Practicaba artes marciales mixtas antes de que Ale me encerrara en ese manicomio; en donde además tuve tiempo para hacer ejercicio.

Abrahel se limpia la boca, mostrando en seguida una sonrisa confiada:

            –Así que fue por eso por lo que no te podía encontrar. Ale siempre tiene una sorpresa detrás de otra.

            –¿Qué quieres decir con eso? –Irma ya no luce tan confiada como hace un momento.

            –Supongo que tampoco te dijo del pacto que hicimos –Abrahel levanta su dedo índice derecho al aire–: mil almas de pecadores a cambio de lo que, literal, se le ofreciera. De lo contrario, tendría que llevarme el alma de aquella persona a la que más amaba en vida. Y al no tener familia pues, creo que todo recayó en ti; y qué mejor manera de protegerte de mí que escondiéndote en un lugar indetectable por las almas en pena de enfermos mentales.

            –Eso no es cierto… –Irma rompe su estado de atónito para arrancar una cruz oxidada que le queda cerca– ¡Eso no es pinches cierto, mentirosa!

Abrahel logra detener la pieza de metal cruzando sus antebrazos, lo que le impide defenderse de un golpe directo a su mandíbula que se abre para prensarla de la garganta:

            –¿Cómo es posible que me estés quemando? –la piel gris en contacto con la mano de Irma comienza a quemarse– Será posible que seas… ¿Una bruja?

Abrahel bate sus alas para separarse de su oponente volando, mientras que Irma corre debajo de ella sujetándola de uno de sus tobillos y derrumbándola muy cerca de donde se encuentra su hacha, la cual toma para cortarle parte de su ala derecha.

            –Un hacha hecha de crucifijos fundidos. Nada mal –Abrahel aprovecha la seguridad y sadismo de Irma para patearle la rodilla, librándose de ella–. Sin embargo, yo vine por mis almas prometidas.

Abrahel distrae a Irma con sus alas para brindarle una combinación de golpes y patadas que no la derrumban, pero que si la aturden. Todavía con el machete en su abdomen, Ale observa la desventaja en la que Irma se encuentra, por lo que avienta a Faustino al agitar su mano.

            –Si de verdad consideras a Irma como a tu amiga, entonces tenemos que salvarla. Ya después arreglamos nuestras diferencias.

Faustino duda de la palabra de Ale, pero se mantiene al margen del combate que Irma mantiene con Abrahel evitando que las alas de esta la distraigan. Es en un veloz instante en el que Irma se hace a un lado, encontrándose con un pico abandonado cerca de un árbol. Ya con esta herramienta en mano, Irma lo levante con una sola mano con tanta tenacidad, que el golpe que le propina a Abrahel le impacta directo sobre su hombro apenas y causándole daño.

            –Esta mujer tiene algo… –Abrahel usa ambas manos para retirarse el pedazo de metal puro afilado, usando también sus piernas para derribar a Irma hasta una lápida– Tienes algo que me sorprende demasiado. Sin duda eres fuerte, así que me llevaré tu alma.

Abrahel cae de rodillas sobre el abdomen de Irma, extrayendo de su densa cabellera oscura y lisa una daga de filo ondulado con empuñadura dorada.

            –Reconozco que eres una mortal muy perspicaz…

Abrahel se dispone a clavar su arma en el pecho de Irma, pero Faustino la detiene tras cortarle una ala y gran parte de su espalda, de donde brota un líquido negro y viscoso.

            –¡Aléjate de ella! –Faustino coloca sus manos sobre la espalda herida de Abrahel, causándole una severa incomodidad– ¡Regresa al infierno al que perteneces!

Abrahel derriba a Faustino de un solo golpe, levantándose para apreciar el corte que comienza del costado izquierdo:

            –Un machete de brujo, por lo que veo –Abrahel analiza el machete en la mano de Faustino–. Y de un brujo nato; fundido con el acero más humilde y el talento más humilde. En las manos indicadas es un arma muy peligrosa, pero eso no me detiene fácilmente.

Abrahel arroja su daga hacia el pecho de Irma, pero este regresa a la mano de la súcubo.

            –No es de extrañarse –Abrahel analiza su arma para después apuntarlo hacia Ale–. O te aprovechaste de mi ego o realmente eres una persona muy inteligente, Ale. Dime, ¿desde hace cuánto lo tenías planeado? ¿Un año, dos?

Abrahel se aproxima a Ale quedando sus rostros cerca esbozando muecas desafiantes:

            –Desde que supe de tu existencia y tus malos tratos en los negocio.

            –Entonces, tu plan era engañarme a mí, una súcubo, atrayendo mi atención con los trucos que aprendiste de un libro barato, para que me hiciera pasar por una deidad cuya existencia es más representativa, ¿no es así?

            –En efecto –Ale asiente con su mentón con una expresión de total seguridad.

Faustino e Irma escuchan atentos la explicación de Abrahel, mientras que esta mueve su mandíbula inferior al entender cada detalle:

            –Lo de la familia de tu amiga, lo hiciste intencionalmente para inculparla y que la encerraran en un lugar confuso. Eso a sabiendas de que ella tenía el don de nacimiento… ¡Por eso la inducias a un estricto entrenamiento! Sin embargo, no pudiste evitar enamorarte de ella cuando mucho antes –Abrahel se levanta para dar un par de pequeñas vueltas–. ¿Qué te cautivo de ella? ¿Su apariencia de niña ruda pero tierna o que fue la primera persona que te demostró un poco de empatía? Y vaya que debió ser obsesión como para protegerla así.

            –Te estás desviando del punto principal –el rostro de Ale no se perturba.

            –Así que, ya encerrada ella, colectaste gran parte de las almas que te pedí ayudado por ese demente de tu trabajo, quien al principio fue tu psiquiatra y luego lo hiciste tu pupilo.

            –¿Es cierto todo eso, Ale? –Irma da un paso adelante con sus ojos temblorosos– ¿Lo de mi familia y ese tipo de mentalidad podrida?

La seguridad que refleja Ale confirma las dudas de Irma.

            –Lo del exorcismo –continúa Abrahel emocionada–, lo provocaste tú evitando con la colecta de almas, haciendo lo que los mortales le dicen una cancelación de contrato. Y lo de volver a la vida, eso no me lo esperaba. ¿Cómo pasaste tanto tiempo desapercibido?

            –Hizo un hechizo maldito y tú le diste el ingrediente principal –se adelanta a responder Faustino mirando con desprecio a Ale y a Abrahel–. Se necesitaba residuos de demonio y su cuerpo tenía demasiado después del exorcismo. Además, no podía hacer el conjuro si ya estaba fuera de este mundo, así que hizo un trato con el nahual y la bruja muerta para que ellos pudieran hacer el hechizo; no sin antes separar su alma.

            –¡La botella! –Irma gira buscando la tumba de Ale– Tino, la botella con esa cosa negra se me cayó en…

            –¿Dentro de mi tumba, junto con el cuerpo del brujo que tú mataste? –Ale mantiene su cinismo con su labios extendidos– Tengo que admitir que no esperaba que esa parte de mi plan funcionaría; me alegra que así fue. Después de todo sí eres una asesina.

Los ojos avellanos de Irma lucen despejados en lo que ella retrocede un paso.

–Necesitabas un sacrificio también, y esa pudo ser Carmela; pero fue el brujo en su lugar –Faustino se reclina para colocar la punta del machete bajo la barbilla de Ale–. Esa sombra en mi trabajo era tu gran parte de tu alma; los tipos de hace rato eran cadáveres con fragmentos de tu alma en ellos también. Usaste necromancia para controlarlos, entonces las almas de tu casa… eran experimentos tuyos.

            –¡Las almas, claro! ¡Por eso sentía que me faltaba algo! –Abrahel golpea su frente al hablar– Me diste el alma de otro infeliz con un fragmento de la tuya.

            –¿Y todas esas almas que colectabas en los panteones? –Irma se une a la conversación aun en estado de ansiedad– Las que se dejaron de sentir…?

            –Era para completar tu deuda –Abrahel deja caer su daga ondeada en el regazo de Ale casi al mismo tiempo que esta se da media vuelta para sujetar a Irma del cuello–. Ya sé cuál era tu intención principal, Ale, y te la concederé si me das el alma de la persona que amas.

Faustino se apresura a incrustar su machete por la espalda de Abrahel, liberando de esta manera a Irma. Arrodillada, Abrahel ve cómo Ale se aproxima hasta Irma con expresión aturdida, dirigiéndole palabras con tétrica sonrisa:

            –Haz que valga la pena todo esto. Serás libre y podrás cumplir tu deseo supremo: ser uno como los míos. ¿O acaso crees que valía la pena vender tu alma por sabiduría?

Ale se detiene a unos pasos de Irma, quien se mantiene paralizada por la vacía expresión de su contrincante.

            –Todo lo que se dijo es cierto. Perdóname –con ojos opacos, Ale prepara su daga no sin antes reclinarse frente a Abrahel–. Pero en algo te llegaste a equivocas: a la única persona que amo en este podrido mundo es a mí y a nadie más que a mí.

La mirada de Faustino e Irma se aterran al presenciar cómo Ale se abre toda su garganta con la daga de filo ondeado, misma que se detiene en la laringe; mientras que su cuerpo tambalea escurriendo sangre, cayendo ante una enojada Abrahel.

            –¡Mierda! Eso fue válido, aunque no lo quiera –Abrahel se incorpora de la tierra, dándose cuenta de que Faustino mantiene el machete en su cuerpo–. No tengo nada en contra tuya, muchacho, y admiro tu valor y potencial; por lo mismo, tienes mi bendición. Lo mismo aplica para ti, niña con fuerza de toro.

Abrahel se desprende del machete sin dificultad, tomando en seguida la pierna de Ale para arrastrar el cadáver hacia la oscuridad del panteón.

            –¡Oye, disculpa! –Faustino se apresura a detener a la súcubo– ¿Será posible que pueda ofrecerte mi alma por la de otra persona o fantasma?

Abrahel analiza a Faustino de arriba abajo antes de dar su veredicto:

            –Sólo trabajo con cuerpos; no puedo hacer algo si el fantasma desapareció –Abrahel se da la vuelta para partir de ahí–. Si te sirve de consuelo, las almas que se van de este mundo tras cumplir su penitencia cruzan al otro lado; al de arriba, como ustedes le llaman.

Una mueca de esperanza se refleja en el rostro de Faustino en lo que Abrahel desaparece en la oscuridad de la noche. En seguida, ambos deciden parir del camposanto vagando entre las tumbas con paso agotado:

            –Oye, entonces lo de la fuga del psiquiátrico… ¿También fue plan de Ale?

            –¡Para nada! –Irma retuerce su cuello para que truene– Yo misma grité como tú cuando me encerraron en ese lugar. Ya para que volviera a escuchar unos chillidos como los tuyos es porque algo andaba mal.

            –¿Estás segura?

Ambos se miran con incertidumbre ante tal posibilidad, pero su momento de duda se quebranta cuando las luces de una sirena se presentan en la entrada principal al igual que unas cuantas lámparas de mano iluminan varios puntos, lo que incita a que ambos jóvenes escapen a toda prisa.

Publicado la semana 34. 23/08/2020
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