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Ignacievij

MACHTIANI: 10

10. Desesperación, cruda y éxtasis.

En algún lugar de Monterrey, Nuevo León. Domingo por la madrugada.

Faustino se despierta abruptamente, agitado y confundido. Sus ojos reconocer la sala de su casa, a Fernanda tendida en el sillón más largo y a Natalicia flotando de espaldas sobre la espalda, también dormida profundamente. La luz encendida que ilumina hasta la cocina parece no perturbar a ninguno de los tres; sin embargo, Faustino decide apagarla tras levantarse del frío azulejo para después encaminarse hacia la mesa del comedor contiguo, tomando un cigarro de la única cajetilla presente junto al encendedor que yacía adentro.

            –Todo fue un sueño… o una alucinación –musita al ver a Natalicia al ras de la mesa, moviendo su boca al azar–. Se sintió tan real.

Faustino sale al patio trasero al mismo tiempo que enciende su cigarro y cierra la puerta blanca, apreciando la suave brisa de la mañana que está por ocurrir.

            –¡Ah, chinga! ¿Dejé la escalera parada?

Faustino se aproxima a la esquina del pasillo para acomodar la escalera de manera horizontal.

            –No la muevas; ahorita bajo.

La voz de Irma sobresalta a Faustino, quien no se había percatado de su presencia en el techo.

            –¡¿Qué estás haciendo allá arriba?! –exclama Faustino entre dientes.

            –¿No lo sientes? –Irma mantiene su mirada fija en algún punto de la ciudad.

            –¿Sentir qué? –Faustino apaga su cigarro contra la parrilla ya apagada.

            –Pon atención. ¡Ahí! –Irma apunta con su brazo al punto de la metrópolis que tanto veía– ¿Qué hay en esa dirección?

Al no poder ver por la enorme pared blanca, Faustino sube por la escalera de madera hasta en donde Irma se encuentra, descubriendo aleatoriamente el punto indicado:

            –Ese es el libramiento; después de ahí, García. Oye, ¿te encuentras bien?

            –Creo que todavía ando bajo los efectos del peyote ese –Irma rompe su postura de alerta para frotarse la nariz–. Ayúdame a bajar, por favor.

Faustino aleja a Irma de la orilla del techo, sentándola cerca de la escalera para que pueda bajar en lo que él la detiene de los brazos.

            –Ten cuidado con ese escalón; está podrido. ¡Listo! Ahora camina para que yo baje.

Irma se sigue frotando la cabeza en lo que se apoya de una pared cercana, hasta que Faustino llega abajo y la guías por la puerta que da a la cocina:

            –Si quieres vete a dormir al cuarto.

            –No, está bien; nada más voy por una cobija y me voy a la sala.

Faustino cierra la puerta apenas se asegura de que Irma reconoce el camino. En seguida, vuelve por la escalera para acomodarla en el pasillo y después reconoce su cigarro sofocado con la luz matutina, dispuesto a encenderlo.

            –Pinche morra rara –Faustino disfruta la primera bocanada de humo, misma que expulsa apenas una serie de cosquillas recorre su nuca–. ¿Será qué…? No lo creo.

Faustino levanta su mirada hacia la pared blanca en un intento de recordar qué lugares relevantes se encuentran en el rumbo que Irma señalaba.

            –¡Yo que le sigo la corriente!

Faustino chasquea su boca con una mueca; después, vuelve a fumar un par de veces y apaga su cigarro a medias, dirigiéndose al lavadero cercano a la puerta para lavarse la cara y boca.

 

Lunes.

Faustino ejerce sus acciones laborales a su ritmo: ni tan apresurado ni tan lento. Después, se levanta con su termo en mano para ir por un poco de café, esquivando a uno que otro compañero que se aglomera en el espacio cerrado de la oficina oval. Su siguiente trayecto es corto; tan sólo tiene que pasar las oficinas cristalinas de los jefes de departamentos hasta llegar a la recepción, en donde saluda cordialmente a la recepcionista de edad avanzada y de rojiza cabellera rizada, sirviéndose de inmediato un poco de café en su contenedor.

            –Acaban de poner el café –añade la optimista recepcionista.

            –Se ve que sí, Melita –Faustino añade los complementos en su bebida, agitándolos con una cuchara metálica–. Ya me hacía falta mi dosis diaria.

Faustino bebe a sorbos su café caliente en lo que se aproxima a la puerta de entrada hecha de vidrio, apreciando la inmensa avenida transitada por los pocos carros debido a la temprana hora. Tras un segundo trago, este observa a una que otra persona cruzar arriesgadamente la avenida de distintos carriles, aún y cuando un puente peatonal se erige cerca.

            –¡Esta gente irresponsable que pone en riesgo sus vidas por ahorrarse tiempo!

            –¿Cuáles? –curiosa, Mela, la recepcionista se asoma por su estación de trabajo– ¡Ah, sí! Se ve que no les importa lo que les pase. Pero bueno, muy sus decisiones. Me llegó un mensaje del ingeniero Arguelles; dice que vayas al piso de arriba porque allá va a ser tu nuevo lugar de trabajo.

Faustino no luce sorprendido ante tal comentario, así que tan sólo le agradece el mensaje a Mela y se adentra a las oficinas, regresando a la oficina principal por su equipo y unas cuantas cosas para regresar por el mismo pasillo y dar una vuelta que lo lleva a unas escaleras hacia el piso superior. Ahí, Faustino desliza su tarjeta laboral para que las puertas se abran y le den acceso libre a la mencionada planta con la mayoría de las luces apagadas, lo que da a entender que es una sección de poco uso.

            –Una oficina en aislamiento total; me encanta –una mueca de satisfacción se refleja en las mejillas de Faustino al mismo tiempo que se encamina por un trayecto conocido por él mismo–. Y aquí es, mi propia estación de trabajo; sin interrupciones, sin estrés ajeno.

Con una de sus manos libres, Faustino intenta abrir la puerta de la oficina, percatándose de que esta está cerrada con llave. Ante tal situación, Faustino deja sus cosas en el piso, dispuesto a cruzar el oscuro pasillo que lleva a una oficina iluminada, pasando cerca de lo que pareciera ser una amplia clínica.

            –Hola…

Se alcanza a escuchar detrás de una cama, detalle que Faustino decide ignorar con toda calma. Tras unos cuantos minutos, este sale de la oficina jugueteando con una llave entre sus dedos, pasando nuevamente por el tétrico rincón en donde la cama yace acomodada:

            –¿Qué haces aquí?

Faustino decide ignorar la voz infantil que hace eco al hablarle, llegando hasta su nueva oficina que abre para poder ingresar con sus pertenencias.

            –¡Genial! Una oficina sola en un piso en el que se aparece una niña.

Faustino se acomoda en el asiento de piel antes de acomodar sus herramientas de trabajo:

            –Al menos eso es mejor que andar aguantando estrés de otros en un espacio cerrado.

En seguida, el joven continúa con su trabajo, analizando las gráficas que aparecen en el monitor y que modifica de ser necesario, si no fuera por los ocasionales pasos que se escuchan en el fondo del pasillo externo. Ignorando esto, Faustino continúa con su labor, a pesar de la insistencia de los suaves golpes en la puerta por parte de la pequeña silueta al otro lado que es visible por el cristal borroso:

            –Oiga… creo que esto le interesa –exclama la voz infantil un tanto seria.

A Faustino no le queda otra más que salir de su oficina para ver a unas diminutas piernas correr hasta el fondo del pasillo, exactamente en una oficina vacía pero bien iluminada por sus ventanales apenas adornados por unas extensas cortinas corredizas.

            –¿Qué es lo que ves? –Faustino traga un poco de saliva al ver la silueta demacrada de una niña asomándose por el vidrio para ver el exterior.

            –¡Mire usted mismo! Ahí en medio de la carretera. Es una sombra.

Faustino observa a donde le apunte el blanquecino dedo percatándose de que, justamente en un pequeño espacio de pasto entre carriles, una figura completamente oscura inmóvil y que observa a los vehículos pasar a toda prisa por los distintos carriles.

            –Esto no puede ser posible –Faustino regresa a toda prisa a su oficina para realizar una llamada con su teléfono móvil–. Vamos, por favor. Que alguien conteste.

Mientras tanto, Natalicia se desprende de la computadora colocada en la mesa del comedor para contestar el incesante tono del teléfono de la casa.

            –¿Dígame? –contesta Natalicia con tono inseguro.

            –¿Natalicia? Soy yo, Faustino. Casi no te escucho. ¿No está Irma por ahí?

            –Ah; hola, Faustino. No, Irma salió y me dijo que volvería después del atardecer. Si no me logras escuchar es porque la frecuencia no detecta mi voz.

            –¡Carajo! Oye, acabo de ver un espíritu chocarrero… a plena luz del día.

Natalicia despega la bocina del teléfono para asomarse por la ventana que da vista al portón.

            –Espera… parece que Irma acaba de llegar; se escucha que está abriendo la puerta.

            –Bueno; pásamela apenas entre, por favor. Apenas y te puedo escuchar.

Natalicia se aleja flotando de la sala, asomándose por la cochera para reconocer una figura delgada adentrándose a la vivienda, y que para nada es Irma.

El intruso entra tranquilo a la casa, acomodándose sus largos mechones castaños de la cara en lo que explora la cochera vacía de la casa; después, el sujeto de mirada tranquila se adentra a la sala, localizando el teléfono descolgado que inmediatamente coloca en su lugar.

            –Pero… ¿Quién diantres eres tú? Tienes un aura muy rara –Natalicia flota a lado del desconocido para analizarlo, decidiendo mejor ir hasta la cocina para tirar un recipiente de plástico– Espero que con esto te asustes.

La caída de otro objeto no frágil atrae la atención del intruso, quien se dirige hacia la cocina para recoger las cosas que Natalicia derribó, regresando de inmediato a la computadora encendida en el comedor.

            –Qué interesante; programas de edición.

Natalicia luce indignada al ver que su simple estrategia no asusta al individuo.

            –Más te vale que no te robes la computadora o si no…

            –No vengo por esto, damisela –el extraño de prendas blancas mira a Natalicia disimulando su agresividad con un semblante tranquilo–. Tan sólo esperaba encontrar a cierta personita que vive por estos rumbos.

Asombrada, Natalicia retrocede para después extender su mano con la que atrae a varios cubiertos con los que se dispone a atacarlo.

            –¡¿Cómo es que puedes verme?! –Natalicia lanza un par de cuchillos que atraviesan la translucida silueta del intruso sin causarle daño– ¡¿QUÉ?! Juraría que eras un simple humano. No siento ninguna otra cosa más que… nada.

            –En efecto, señorita; no soy más que un humano –el extraño eleva sus pies unos centímetros sobre el aire para dirigirse hasta Natalicia, acorralándola–; un humano con habilidades de fantasma.

La sorpresa de Natalicia es mayor apenas siente la mano de ese tipo sujetarle la muñeca sin problema alguno:

            –¿Qué le sucede, señorita? Pareciera que vio un fantasma.

Natalicia refleja su indignación al mostrar su dentadura, lanzando a su victimario a una distancia alejada en la sala con una ráfaga de aire.

            –Eso sin duda pudo haber sido fatal, my lady –el desconocido hace una reverencia a medias sin dejar de mostrarse confiado–. No esperaba encontrarme con alguien de su nivel.

La piel pálida de los brazos de Natalicia se ennegrece al mismo tiempo que en su rostro aparecen manchas similares.

            –Yo tampoco esperaba encontrarme con algo como tú.

            –Sorprendente. Un espíritu chocarrero –la mitad del sereno rostro del atacante también se cubre por manchas negras–. Es hora de poner a prueba esta nueva habilidad mía.

 

Las llaves para abrir el portón se agitan frenéticamente en lo que Faustino se adentra en su vivienda, siendo recibido por la oscuridad en la cochera y después por la sala iluminada, en donde aguarda Irma de pie, frente a la computadora, evasiva ante el caos total de la vivienda.

            –¡Irma! Vine lo más pronto que pude y… ¿Qué le pasó a la sala? ¿Y Natalicia?

            –Llegué hace unos minutos y ya estaba todo así –Irma gira su rostro un tanto preocupada–. Hay un video en tu laptop; es de Natalicia. No se logra ver muy bien.

Irma se aleja de la mesa para acomodar uno de los sillones para sentarse. Faustino, por su parte, se sienta frente a la computadora, abriendo unos cuantos programas de edición que emplea sobre el único archivo en la pantalla principal.

            –¡Listo! Aquí está.

Irma no responde; tan sólo se acerca a la computadora para presionar una tecla.

            –Hola, Faustino… Irma.

            –¡Es Natalicia! –exclama Faustino impresionado– Pero… ¿Por qué se ve madreada?

            –Lamento no poder despedirme debidamente –Natalicia aparece en el video con total claridad, luciendo agotada y lastimada hasta cierto punto–. Créanme que ni yo me esperaba esto… fue tan repentino. Supongo que así es la vida: algo esporádico e impredecible.

Natalicia forma una sonrisa desgastada al hacer una pausa:

            –Al menos tuve una segunda oportunidad de volverme a sentir viva… y todo gracias a ti, Tino. Si no te hubieras intoxicado, no hubieras podido despertar esa habilidad que mantenías reprimida… y yo seguiría siendo una alma más en pena ignorada con el tiempo –Natalicia vuelve a sonreír, pero esta vez con lágrimas en sus ojos–. No creo que me quede mucho tiempo así que seré breve: me hubiera gustado haberte conocido, en esta época, en la que todo está al alcance de la palma de tu mano. Pero el destino es una ramera efusiva que no muestra piedad por ninguno de nosotros.

            –Natalicia… no –los ojos de Faustino también se humedecen al ver el video.

            –No quiero que pienses que, al ser al único varón con el que conviví, me enamoré perdidamente de ti; al contrario, me enamoré por la pureza de tu ser, de tu corazón, de lo que realmente eres. En ese viaje, en esa línea entre nuestros mundos, finalmente pude sentir tus labios como quería, y sé que no es digno de una mujer decente, pero… ¡Qué bien se sintió!

            –Entonces no fue una simple alucinación –Faustino se lleva sus nudillos a su cara para reprimir su impotencia–. No fue un maldito sueño…

            –Me hubiera gustado ser la madre de tus hijos, vivir una vida plena contigo; en esta o en cualquier otra época… pero a tu lado. Te amo, Faustino; y no me queda más que pedirte que luches por lo que realmente quieres en esta vida. Tú sabes a lo que me refiero.

El contorno de Natalicia varía entre su piel pálida y manchas negras y opacas, mientras que sus lágrimas cristalinas empapan la parte visible de su vestido rosado.

            –Hay muchas cosas que me faltaron por decirte, pero espero que con la experiencia de la vida puedas descubrirlas. Goza de una vida plena y feliz, amor mío –Natalicia presiona un par de teclas del teclado antes de continuar–. También te agradezco tu amistad, Irma. Aunque sólo pudimos convivir un par de días, fue grandioso haberte conocido. Cuida mucho a Faustino y convéncelo de dejar de mezclar sus pastillas con destilados y que deje de fumar.

El video termina con la imagen de Natalicia esfumándose lentamente rodeada de un halo de luz celeste y con el sonido lejano del portón abrirse.

            –Cuando llegué la encontré recostada en el sillón. Lamento no poder haber hecho algo al respecto.

Faustino deja caer su cabeza hacia atrás, jalando aire por su boca en lo que expresa el gran dolor que siente en ese momento.

            –Supongo que no hay palabras que puedan reconfortarte.

Faustino se levanta de su asiento abruptamente con dirección a la puerta trasera, abriéndola con total calma, regresando en poco tiempo con el machete en funda artesanal de madera.

            –Pensé que ibas a echarte un cigarro… –Irma se sorprende al ver el arma blanca.

            –Ayer en la madrugada dijiste que sentiste algo. ¿Todavía lo sientes? Porque yo lo he sentido todo el día. Es más, dejó un rastro por toda la casa.

            –Sí… sí. Es un aura muy fuerte, similar a la de…

            –Un nigromante –Faustino expulsa rabia por sus ojos ahora opacos–. Tenemos que ir por esa cosa antes de que se pierda su rastro. No debe de estar muy lejos.

            –¿Un nigromante? ¿Existen esas cosas? Y de ser así… ¿Crees que te baste con ese machete?

            –Es un machete bendito –Faustino descubre parte de la hoja metálica sin filo–. Me lo dio mi abuela. Se dice que mi abuelo fue atacado por un nahual en forma de cerdo hace décadas que casi lo mata. Fue por eso por lo que forjó este machete y puso parte de su don en ella para así poder vengarse del brujo aquel sin que la magia maldita pudiera afectarle.

Irma observa detenidamente los rasguños de la hoja del machete:

            –¿La piel del cerdo era dura como el fierro? –la explicación de Irma rompe la seriedad de su amigo.

            –Sí. ¿Cómo lo sabes?

Irma sale por un momento a la cochera regresando con un hacha larga y curveada que casi llega a su agarradera de madera.

            –Espero no me odies por esto, pero fui a la casa de Ale por esta cosa; me la regaló un año antes de… de lo de mi familia. –Irma guarda su arma dentro de una bolsa de cuero larga–. Ale me dijo en dónde encontrarla en dado caso de necesitarla y creo que este es el momento al que se refería. Esa mente podrida suya sabía cosas, muchas cosas.

De repente, una extraña sensación capta la atención de ambos, lo que incita a Faustino a salir de la casa y partir de ahí a toda prisa.

            –¡Se fue por acá! –Faustino comienza a correr calle abajo, llegando hasta una avenida.

            –Espera… yo también lo siento –Irma alcanza a Faustino hasta un punto oscuro de la avenida–. ¿Crees que podamos llegar corriendo? Tal parece que se dirige al panteón. Tomemos un taxi; necesitaremos fuerza para enfrentarlo.

Faustino observa con seriedad a los carros pasar, extendiendo su mano para atraer a un vehículo de alquiler:

            –¿Para dónde, jóvenes?

            –Para el panteón de San José –responde Irma al adentrarse al asiento del copiloto.

            –¿Y el machete del chavo? ¿Qué onda?

            –Nos salió una chamba de emergencia y…

            –Tenga –Faustino extrae un par de billetes amarillos de su cartera–. Son doscientos por un viaje de cincuenta pesos. Ahora llévenos para allá.

El conductor da marcha a su taxi mostrándose preocupado, mientras que Irma asoma la mitad de su rostro fuera de la ventana.

            –Tal como lo suponía. Sí va para el panteón.

Faustino luce sereno y enojado al mismo tiempo, meneando su rodilla en lo que el carro da un par de curvas para llegar al destino solicitado.

            –Déjenos en la esquina, por el motel –solicita Faustino al ver la entrada principal.

            –Híjole; van a ser otros cincuenta pe…

            –¿Qué te parece si te usamos para un sacrificio, maldito abusivo? –Irma sujeta al chofer del cuello con tanta fuerza que sus nudillos resaltan en la oscuridad– Ahora, déjanos en la esquina.

Al chofer no le queda más que cumplir con lo solicitado, y apenas el vehículo se detiene, ambos viajeros descienden a toda prisa.

            –Espera a que el taxi se vaya…

            –No tenemos mucho tiempo –Faustino se ajusta el machete en su cintura y junta sus manos para que Irma se apoye sobre estas–. ¡Salta, rápido!

El taxi parte de inmediato. Irma no deja pasar esa oportunidad al no ver más carros pasar y sube hasta la mitad de la alta barda para después asistir a Faustino a trepar. Ya adentro, ambos deambulan on cautela entre las tumbas de distintas decoraciones, caminando más al interior guiados por la luz lunar y la poca iluminación eléctrica de las inmediaciones.

            –¿Todavía lo sientes? –Irma sigue el paso de Faustino sin dejar de ver alrededor.

            –Ya no –la voz de Faustino es opaca–. ¿Te das cuenta en dónde estamos?

            –Lo sé. Es el mismo panteón de la vez pasada. ¿Crees que tengan relación?

            –¡Hola! Lamento interrumpir. ¿Buscaban algo?

Tanto Faustino como Irma voltean consternados tras escuchar una voz femenina, descubriendo que, sobre una tumba techada, aguarda una joven de prendas blancas que les dirige una sonrisa de oreja a oreja.

            –¡Es la misma chava que se apareció en mi sueño!

Faustino desenfunda su machete listo para usarlo en su contra, pero Irma lo detiene:

            –Espera… ¿No sientes algo raro en ella?

            –Es cierto –Faustino observa la actitud confiada de la joven sentada sobre la cripta, apoyando su mejilla contra su mano izquierda–. No emana nada; no sé si está viva o muerta.

Faustino se voltea de improviso, detectando al instante a otra persona ataviada con prendas blancas y que luce desgastado, en especial por la quemadura sobre su rostro y brazo derecho.

            –Este es el que atacó a Natalicia. Puedo sentirlo –Faustino desenfunda su machete listo para usarlo–. ¿Te parece si lo hacemos equitativo, Irma?

            –Por mí no hay problema –Irma extrae su hacha de la funda de piel–. Sólo que primero quiero saber quiénes son estos.

La joven de la tumba se mantiene sonriente, viendo a su posible aliado apenas caminar:

            –Pero… ¿Qué te ha pasado, Xarli? Parece que te dieron una paliza.

            –Tú cállate. No me enfrenté ante cualquier cosa…

Estas palabras provocan a Faustino, quien se abalanza en su contra sin medir las consecuencias; sin embargo, su arma blanca es detenida por la mano desnuda de Xarli.

            –Un machete sin filo, según veo –Xarli se muestra tranquilo a pesar de ser atacado–. No cabe duda de que los habitantes de esa casa tienen muchas sorpresas.

            –Tú mataste a Natalicia, hijo de la chingada –balbucea Faustino entre dientes.

            –Para ser claro, ella ya estaba muerta desde hace mucho –Xarli despeja unos cuantos mechones de su cabello, dejando al descubierto su cara quemada–; y para ser justo, fue una contrincante digna de admirar. Murió luchando con honor y protegiéndote.

Faustino retrocede un par de pasos para volver a atacarlo, blandiendo golpes al azar que no muestran tener algún efecto. Mientras tanto, Irma regresa su mirada a la joven de pantalón y saco blanco, quien tampoco se ha movido de su posición:

            –Oye, tú, risitas. ¿Qué buscaban en esa casa?

La sonriente chica desciende a toda prisa de la fachada de la tumba para atacar a Irma, pero esta alcanza a usar su hacha como escudo.

            –A ustedes, tontita –esa joven le muestra su lengua a Irma como forma de burla, dejando expuesta un piercing en ese músculo que hace juego con un par de aros en su ceja.

            –¿A nosotros? –Irma empuja a su contrincante dándole un golpe en el estómago– ¿Qué quieren de nosotros, pinches locos?

            –Realmente no lo sé; sólo seguimos indicaciones.

La mismas joven se dispone a atacar a Irma, y esta le lanza el hacha, para después brindarle un par de golpes a la altura de su pecho y rostro.

            –¡¿Cómo chingados?! –exclama con rabia la derribada oponente– Logré desvanecerme y aun así… ¿Me tocaste?

            –¿Estás bien, Edna? –Xarli toma una pausa, alejándose de Faustino.

            –¡Ocúpate de tus asuntos!

Edna flota amenazante hacia Irma, pero esta la sujeta de la cintura para cargarla boca abajo, dejándola caer tras dar una rápida vuelta.

            ¡Edna!

Faustino aprovecha la distracción de Xarli para clavarle la punta del machete, pero este convierte su cuerpo en translucido, lo cual no parece de tener a Faustino ya que logra golpearlo en la mejilla izquierda, derribándolo tras causarle una sensación de quemadura.

            –¿Quiénes son ustedes? –Edna se da media vuelta sobre la tierra, encontrándose con el filo del hacha de Irma– Son demasiado fuertes para ser simples y mundanos mortales.

            –Tu error fue pensar que éramos humanos cuando tú no eres más que un cadáver andante –Irma le señala a Edna su mejilla putrefacta–. Ahora dinos: ¿Quiénes son ustedes?

            –¿Por qué no se lo preguntan a “eso”?

Xarli señala a la sombra opaca que deambula entre las tumbas y que arroja a los mortales por los aires al levantar los dedos de su mano derecha.

            –Realmente fue interesante tenerlos.

            –Esa cosa… fue la misma que vi frente a mi trabajo está mañana… –Faustino recupera su machete que había caído a poca distancia de él–. Irma, esa cosa es muy fuerte.

            –Esa cosa es el nigromante –Irma recoge su hacha, levantándose en posición defensiva–. Prepárate, Faustino. Esa cosa es muy poderosa.

La sombra opaca de ojos similares a las de un vivo atrae consigo a Edna y Xarli, elevándolos por los aires e inmovilizándolos, deshaciéndolos hasta que los huesos grises se desvanecen en cenizas apenas tocan el suelo, mientras que el resto es succionado por el mismo ente; lo que deja pasmados a los únicos humanos en el lugar:

            –Hola, pequeños. ¿Me extrañaron? –Ale se acerca con paso sereno evitando ensuciar las orillas de su larga túnica blanca.

Publicado la semana 33. 16/08/2020
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