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Ignacievij

MACHTIANI: 9

9. Amigos.

En algún lugar de Monterrey, Nuevo León. Sábado por la tarde.

            –¿Estás segura de esto, Irma?

            –Tan sólo déjate llevar, Tino; pronto sabrás de lo que te había dicho. ¿Todavía sientes mis manos?

            –Este… sí, sí.

            –Y dime… ¿Qué ves?

            –Nada; sólo oscuridad… ¡Espera! ¡Creo que está funcionando!

Faustino deambula por un túnel oscuro, en dónde lo único visible es la luz del final que ilumina a las siluetas que divagan por todo el recorrido.

            –Son persona; o, mejor dicho, sombras. Pareciera que fueran de diferentes épocas por sus sombreros y faldas. También escucho que… balbucean; nada claro, sólo murmullos.

            –¿Qué ves ahora?

            –Muchos colores; el túnel dejó de ser oscuro y ahora veo patrones amarillos, azules, rojos y naranjas… y verdes.

Faustino sigue caminando por ese corredor de difuminados colores que se turnan para iluminar al centro, hasta que nuevamente el color blanco toma el control y le da a Faustino una sensación de serenidad y melancolía.

            –¿Estás bien? ¿De qué te ríes… y lloras?

            –Es la casa de mi abuelita. Está igual que como la recuerdo.

Faustino se detiene a la entrada de esa propiedad abundante en pasto verdoso que llega hasta la diminuta colina que da a los oscuros árboles, pero que no opacan la amplia choza blanca de techa de lámina gris con un sector formado por palma. En el centro, una mujer anciana, de baja estatura, se dedica a barrer la entrada ahuyentando a las gallinas de distintos plumajes que se le atraviesan en su labor.

            –Sijtli Jovita.

La anciana mujer levanta su mirada y, apenas reconoce a Faustino, esta menea su mano invitándolo a llegar hasta ella:

            –Venta para acá, ukichpil –le dice su abuela de manera cariñosa.

Sin dudarlo, Faustino se adentra a la propiedad por el camino formado por piedras enterradas entre la tierra lodosa y el pasto, llegando hasta un tramo formado de cemento frente a la casa.

            –Te he extrañado mucho; como no te imaginas…

Un río de lágrimas brota de sus ojos marrones, por lo que su abuela se le acerca para limpiarle las mejillas:

            –Pues ya estás aquí, mi niño; aunque sea por un rato.

            –Esto se siente tan real –Faustino recarga su mejilla en la mano arrugada y bronceada de su abuela–. Quisiera que esto nunca acabara.

            –Tu madre fue al centro; regresa como en unos diez minutos. ¿Crees que aguantes?

            –¿Aguantar? –Faustino levanta su postura ante el comentario– ¿Cómo que aguantar?

            –Kena; tu viaje ha de ser etik.

De repente, Faustino siente cómo se aleja de la pacífica figura de su abuela, regresando por el mismo trayecto de luz y oscuridad al mismo tiempo que las siluetas se difuminan.

            –¡Buuuu! ¡Buuuu! –exclama Natalicia al dar círculos en lo que desaparece el túnel.

            –¿Qué… qué acaba de pasar? –Faustino cae de su posición sentada hacia atrás en el piso– ¿Qué fue todo eso? Se sentía tan real… ¿Y tú que hacías en mi… mi…?

            –¿Viaje astral? Ambas lo vimos –Irma se levanta de su pose de meditación para servirse un poco de agua–. Tienes un talento natural para que pudieras hacer eso.

            –Fue muy conmovedor; hasta me sacaste una lágrima –Natalicia apunta a su mejilla; repentinamente, su actitud cambia hacia Irma–. ¿Dijiste que “ambas la vimos”? ¿Puedes verme?

Irma se mantiene quieta bebiendo a sorbos el agua y mirando hacia una esquina de la sala:

            –Ahora sí. Creo que fue por el hecho de que ambas presenciamos el viaje de Faustino. A propósito, eres simpática; me gusta tu estilo.

Natalicia se sonroja ante el cumplido de Irma y observa su propia vestimenta:

            –Gracias. Tú también eres bonita.

Irma disimula difícilmente sus propio sonrojo por lo que regresa con Faustino para levantarlo del piso de la sala:

            –Habías comentado que eras de una familia que practicaba la brujería, ¿no es así?

            –Brujos y chamanes; hacían de cualquier tipo de trabajo siempre y cuando el precio fuera justo… o si querían –Faustino toma una manzana de la mesa cercana para consumirla–. Eran odiados y respetados. Pero pues es un pueblo machista y les agarraron coraje a las mujeres de la familia porque una tía lejana hizo un jale que ya muchos habían rechazado.

            –¿Qué tipo de trabajo era ese? –Irma se sienta en uno de los sillones viendo con curiosidad a Faustino.

            –Desconozco los detalles. Pero de lo que sí me enteré es que involucraba ofrecer un alma humana; un niño para ser exacto –Faustino termina de comer su fruta y deshacerse de los restos en la basura.

            –Hablando de sacrificios… ¿Qué pasó con tu amiga, la de la limpia?

            –Estará yendo a un psicólogo por un largo tiempo –Faustino le responde a Natalicia quien ahora yace sentada frente a la computadora–. Me dijo que no quería volver a verme.

            –¿Y tu amiga la de “Shihuahua”? –pregunta esta vez Irma.

            –Dijo que en un rato más venía porque quería pistear con nosotros.

            –No me agrada –Irma exclama al instante–. Está algo ida de la cabeza.

            –Yo la tolero –añade Natalicia tambaleando su cabeza, y, por ende, su corto cabello–. No digo que me agrada, pero al menos me sigue en mi canal de vídeos.

Irma escupe un poco del agua restante que estaba bebiendo:

            –¿Tienes un canal de vídeos? ¿Puedes hacer eso?

            –No hay ninguna regla que me lo impida; ni mortal ni de la plataforma.

            –¿Y de qué hablas? ¿De cómo ajustarse un corsé? –Irma luce burlona al preguntar.

            –De hecho, ese será mi próximo tema –Natalicia ignora la expresión que se esfuma del rostro de Irma–. No me tocó usar uno porque era impráctico al momento de viajar, pero mi madre me comentó que llegó a usar uno antes de venir a las Américas. Mucha de la gente que comenta me dice que aprende más sobre el proceso de colonización del norte de la Nueva España; aunque nunca falta uno que otro lechuguino que escribe por escribir.

Irma se levanta apresurada para ver el proyecto en el que Natalicia trabaja, llevándose una gran impresión:

            –¡No manches! Mira toda esas visitas. La calidad de los vídeos se ve de maravilla. ¿Cómo le hiciste para aparecer en alguno de ellos?

            –Faustino me enseñó a usar unos sistemas para editar de tal manera que pueda verme, aunque sea translucida; por mi parte, busqué otras herramientas para que puedan modificar mis psicofonías.

            –Veo que estarán bien sin mí unos minutos –Faustino toma las llaves colgadas en la pared–. Voy a comprar carne y cheve. ¿Quieren algo más de la tienda?

Natalicia levanta su mano por inercia:

            –Yo quiero unas frituras de harina con especias secas.

            –Y yo unas cuantas caguamas; por lo tanto, iré encendiendo el carbón.

Faustino sale de su casa luciendo tranquilo, como quizás nunca lo había estado en muchos días. Minutos más tarde, este regresa con unas cuantas bolsas pesadas tanto de plástico como de tela; abriéndose paso con dificultad para abrir la puerta que da a la sala.

            –¡Ya vine!

            –¡Estamos atrás!

Faustino extrae las compras de sus respectivas bolsas para colocar en una barra den la cocina, realizando unos cuantos cortes sobre la carne y partiendo unos cuantos limones, aguacates, cilantro y cebolla antes de salir al patio trasero con los ingredientes en diferentes cacerolas:

            –¿Limpiaron el asador con una cebolla?

            –Si te refieres a este viejo tambo acoplado con fierros viejos como parrilla, pues sí.

Irma termina de colocar una parrilla hecha con delgadas varillas engrasadas mientras que Natalicia agita un pedazo de cartón para alumbrar al carbón y pedazos de madera en llamas.

            –Será un bello atardecer –Faustino levanta su vista al cielo para apreciar la luz solar iluminar esa parte de la zona habitacional–. Creo que esto es lo que me hacía falta.

El sonido del timbre de la casa interrumpe el momento de tranquilidad de Faustino sin provocarle enojo, por lo que este se adentra por la cocina no sin antes mencionarle que la carne está en una mesita cercana y sus bebidas en el refrigerador. Faustino llega hasta el portón de la entrada en menos de un minuto, recibiendo ahí a Fernanda cargando una mochila.

            –Pensé que ibas a llegar más tarde, plebita.

            –Traigo “whiskeyote” –Fernanda apunta a su mochila.

            –Bueno, pero eso será más en la noche; por ahora unos cuantos cortes de carne con una salsa improvisada, uno botes de cheve y ya entrados le damos piso a lo que trajiste.

Fernanda no dice nada al adentrarse a la vivienda; tan sólo sigue a Faustino hasta la cocina en donde guarda unas cuantas bebidas dentro del congelador, mientras que Irma se aproxima a la cocina sin entrar, jugando con unas pinzas metálicas en su mano.

            –La carne va a estar como en una media hora, más o menos. Por ahora tráete unas caguamas y unos botes y para Natalicia… ¿Tú que tomas?

            –De ahí absorbo lo que emane; tú no te preocupes.

El convivio sigue su curso entre risas y una incomodidad que va desapareciendo conforme las bebidas alcohólicas aumentan, dejando que la noche se apodere del cielo.

 

Unas cuantas horas después, el carbón se ha consumido hasta las cenizas; sobre la parrilla yace una tortilla dura y un pedazo de cartílago con hueso. En el interior, los integrantes del convivio se reúnen en la sala con claros signos de ebriedad; inclusive Natalicia revolotea errante por el techo hasta que aterriza sobre la mesa de madera cubierta por un plástico.

            –¿Cómo es físicamente posible que un fantasma pueda embriagarse? –indaga Irma tras darle un trago a su enorme cerveza.

            –Me alimento tanto de energía vital de los vivos como de la esencia de sus alimentos –Natalicia se sienta a la orilla de la mesa mostrando una sonrisa torpe–; y ustedes me ofrendaron unos tragos, aparte de que sin querer consumí parte de su energía… pues aquí los resultados.

            –¿Con quién tanto hablan? –Fernanda menea su cabeza un tanto curiosa.

Los demás se miran entre sí, pensando en quién y cómo explicar la presencia de Natalicia, siendo Faustino el que toma la iniciativa:

            –Este… bueno. No te quiero asustar por lo mismo de lo que pasó en tu casa; pero aquí hay una fantasma. Es amigable, no hay problema. Irma y yo podemos verla; no sé si ella pueda manifestarse ante ti.

            –¿Una fantasma? –Fernanda se tambalea distraída en el sillón– No creo que me pueda espantar tanto como el de mi casa. ¿Creen que, si tomo del whiskeyote, pueda verla?

Fernanda les extiende su botella de whiskey rellena con gajos de peyote, a lo que Faustino e Irma se encogen de hombros.

            –Pues vamos a comprobarlo –Fernanda le da un largo trago a la mediana botella, seguido de una expresión de disgusto–. ¡Está fuerte! Llevaba reposado como un mes.

Faustino es el siguiente en darle un trago, haciendo una mueca de disgusto al mismo tiempo que le pasa la botella a Irma, quien tampoco disimula el fuerte sabor.

            –¿Creen que sí pegue? –Irma analiza el contenido de la botella detenidamente.

            –De ser así, veremos cosas algo densas –Faustino se sirve un poco de agua.

            –Leí que esa cosa extiende tu mente y te hace abrir el subconsciente –Fernanda se acomoda en su asiento, viendo de reojo a la mesa–. Creo que vi algo moverse.

            –Subconsciente… – murmuran Irma y Faustino al mismo tiempo.

            –¿Cómo cuánto tiempo tarda en hacedles efecto? –Natalicia flota errante frente a Fernanda– Parece que a ella ya le funcionó.

            –Escuché algo –Fernanda no se perturba ante la poca interacción de Natalicia–; pero para que funcione bien, tienen que masticar los peyotes.

Faustino se adelanta a ir por un tenedor a la cocina y usarlo para extraer los restos cactáceos dentro de la botella.

            –¿Estás seguro de que quieres hacerlo? –Irma luce consternada ante tal acción.

            –Digamos que es para fines de investigación –Faustino se come un pedazo de peyote algo maltratado–. Quiero repetir lo mismo de la mañana, o mejorarlo.

Irma acepta el otro gajo que Faustino le ofrece; después, cada uno se sienta en diferentes partas de la sala en espera de los resultados.

 

Los quejidos de tormento provenientes de las diferentes habitaciones del recinto convierten el oscuro pasillo un lugar lúgubre. El sonido de unas pisadas que se detienen ante su celda atrae la atención de Vicente, incitándolo a asomarse por una pequeña hendidura de la puerta metálica para ver a una persona ataviada de blanco que se mantiene inmóvil frente a la entrada de la antigua habitación de Irma; después, este se gira hacia la que fue la habitación de Faustino, abriéndola al empujar la puerta con su delgada mano.

            –Amor… ¿Viniste por mí? No… no eres mi Víctor… ¿Quién eres tú?

Un silencio se apodera del ambiente por un par de segundos; en seguida un fuerte gruñido femenino se deja escuchar, sembrando una ola de caos dentro de aquella habitación nada visible ante la consternación de Vicente.

            –Pero… ¿Qué chingados…?

Vicente se retira de la puerta al ver al visitante salir tranquilamente; pero justo antes, este hace contacto visual con el penitente, infligiéndole un terror al ver su sonrisa imperturbable.

            –Buenas noches.

El extraño visitante se retira por el mismo pasillo, siguiendo de largo hasta las oficinas, adentrándose al antiguo lugar de trabajo de Vallejo.

            –¡Ah! Buenas noches, doctor… –una enfermera se cruza en el camino del merodeador– Usted debe de ser el nuevo encargado del turno nocturno, me imagino.

            –Así es, señorita –responde con voz melodiosa el extraño–. Estaré aquí por un rato.

Esa persona de actitud tranquila se queda observando el interior de la oficina en lo que interactúa con la enfermera, viendo especialmente al fantasma aterrado de Vallejo.

            –No me digas que… que has venido por mí.

La enfermera se retira tras un corto intercambio de palabras con el recién llegado.

            –En efecto.

La persona de prendas blancas se acerca hasta el espectro errante de Vallejo, extendiéndole la mano de una manera cordial, y al mismo tiempo, sombría.

 

Los efectos de la bebida de Fernanda comienzan a hacer efecto en los demás, quienes lucen tendidos en diferentes rincones de la sala, todos con su mirada al techo, gimiendo su relajación en ecos diferentes. Faustino es el primero que se desliza en el frío azulejo del piso, intentando encontrar a Natalicia, quien simula nadar al momento de flotar por todo el espacio:

            –Te envidio por eso –el rostro de Faustino es torpe y un poco de saliva escurre por su boca–. Quisiera poder flotar y olvidarme de mis preocupaciones.

            –¿Qué preocupaciones puedes tener? –Irma luce menos adormecida que su amigo.

            –Pues… ya sabes: mi trabajo actual, ganar bien para comprarme una casa y todo lo que quiero. Lo típico, supongo.

            –¿Y eso es lo que realmente quieres? –Irma se gira sobre el sillón, quedando de cabeza– Porque no es lo que aparentas. ¿Qué es lo que realmente quieres de y en tu vida?

Faustino se queda pensativo, chasqueando sus dientes repentinamente.

            –Es algo tonto; hasta me da pena explicarlo.

            –Sácalo de tu pecho –Natalicia sigue flotando esta vez frente a Fernanda, quien parece reconocerla, lo que le causa cierta gracia.

            –Estás bien curada. Nada más volando, así como pluma.

            –Es que bueno. De niño quería ser como mi abuelo. Nunca lo conocí, pero mi madre y mis tías hablaban maravillas de él. Dicen que era un hombre demasiado bueno y que ayudaba a la gente sin dudarlo. ¡Hasta mi madre me puso su nombre! Lamentablemente la pobreza lo orilló a… a beber hasta no despertar.

Una silencio se genera en el ambiente, lo que fomenta a que Irma siga con su interrogatorio:

            –¿A qué se dedicaba tu abuelo?

            –Era un campesino común y corriente; pero se dice que tenía un don muy fuerte, tan fuerte que se enfrentaba a los nahuales y a otros brujos o brujas sin dudarlo. Todo con tal de que las personas que él apreciaba no sufrieran.

            –¿Y por qué no se dedicó a trabajar de eso? –Fernanda le da otro trago a la botella.

            –Según se cuenta, a él no le gustaba ese mundo. En especial porque su abuelo fue uno de los nahuales principales de la región. Entre ellos dos había muchas indiferencias.

            –¿Entonces? ¿Quieres ser una persona de campo? –Natalicia mira profundamente a Faustino en un afán de analizarlo.

            –No. Quiero ayudar a la gente; ser esa balanza que mi abuelo no pudo ser, para que los inocentes no sufran ante la maldad de los despiadados.

Un nudo se genera en la garganta de Faustino al hablar y sus ojos se humedecen repentinamente:

            –No sólo a los vivos, también a los muertos…

Faustino intenta ver a Natalicia, pero su visión se nubla ante una infinidad de colores que vitorean a su alrededor al igual que las figuras sin forma específica que vuelan a su alrededor con sus alas de distintas tonalidades.

            –Estás criaturas son… ¿Alebrijes?

Esta vez Faustino flota en un túnel azulado de diferentes variedades.

            –Son fascinantes –Natalicia observa maravillada a los diferentes seres y sus variedades de morfologías y colores–. Todos hermosos.

            –Mira, es la línea entre el bosque y el desierto.

Faustino toma la mano de Natalicia llevándola hasta ese límite en el que las luciérnagas brillan esporádicamente entre los matorrales negros.

            –¿Y Fernanda e Irma?

            –Creo que sólo estamos tú y yo.

Faustino mira a su alrededor encontrándose con diferentes seres que abarcan desde aves con extremidades de mamíferos y roedores con alas o enormes orejas.

            –Todo está tan tranquilo –Natalicia toma uno de los alebrijes con forma de ratón con cola de lagarto–; tan hermoso y pacífico.

Faustino deja de observar el entorno para ver a Natalicia juguetear con los pequeños seres, sonriendo con inocencia ante la torpe interacción entre estas.

            –¿Sucede algo? –Natalicia se levanta de la tierra oscura– Luces aturdido.

            –No es nada… es que te ves muy linda.

Ambos jóvenes se sonrojan y sus sonrisas rompen la misma incomodidad.

            –Gracias –los ojos claros de Natalicia miran con ternura a Faustino antes de tomarlo de la mano–. Será mejor que regresemos a nuestra realidad. Estar aquí puede ser arriesgado.

            –Es cierto. Mira, por ahí hay una… ventana.

El paso de Faustino se detiene abruptamente en cuanto Natalicia lo jala para besarlo por un corto instante que se desvanece cuando ella deja de sostenerse sobre la punta de sus pies.

            –Estamos en los límites de la tierra de los vivos y de los muertos –Natalicia entrecierra sus ojos al ver a Faustino hacer lo mismo–. Es aquí en donde tú y yo podemos existir sin que el tiempo nos afecte.

Faustino se reclina para levantar la barbilla de Natalicia y brindarle otro beso, mientras que ella tambalea hasta que decide desabrochar la parte superior de su vestido rosado, dejando expuesta su espalda cubierta de pecas y lunares.

            –Nunca había sentido o vivido esto –Natalicia cruza sus dedos alrededor de la nuca de Faustino, invitándolo acostarse sobre el pasto–. Se gentil, por favor.

Natalicia levanta la camisa de Faustino para quitársela y frotar su plana complexión con sus manos pálidas y finas, asombrada al mismo tiempo que Faustino le besa la frente y mejillas sin dejar de frotarle la cintura y espalda. Faustino se acuesta a lado de ella para acariciar con sus nudillos las mejillas sonrojadas de Natalicia, dejando que sus labios se encentran un par de veces más. Los alebrijes revolotean curiosos e incautos ante los dos cuerpos que se abrazan y mueven entre sonidos de emoción y ternura, al mismo tiempo que el estrellado firmamento se mantiene inmóvil en todo momento.

Tanto Natalicia como Faustino se miran con ternura en lo que la respiración del pecho moreno del joven se recompone, ignorando también a las criaturas que merodean cerca.

            –No pensé que podríamos hacerlo –Faustino deja escapar un risa inocente.

            –Ni yo –Natalicia le corresponde la sonrisa–. Fue algo diferente de lo que esperaba.

Ambos comparten otro intenso beso que culmina en un cruce de abrazos aleatorios, hasta que el sonido de un matorral moverse bruscamente ahuyenta a las criaturas asustadas.

            –¿Qué fue eso? –Faustino se levanta abruptamente– Hay algo ahí… ¿Un humano?

Los parpados de Faustino se abren en cuanto este reconoce, a poca distancia de ellos, una silueta femenina ataviada con ropas blancas y larga cabellera castaña y grasosa que le cuelga hasta los hombros y que los saluda desde lo lejos con una expresión aterradora.

            –¿La conoces? –Natalicia se acomoda su vestido con rapidez.

            –No… pero la he visto antes –Faustino traga un poco de saliva antes de continuar–. No recuerdo en dónde, pero se me hace familiar.

            –Buenas, buenas –la sonrisa de la fémina luce intimidante en conjunto con su voz aguda–. Espero no interrumpir algo importante.

Esa misma mujer despeja los mechones que cubrían la mitad de su rostro, exponiendo una enorme llaga moradas y opaca en forma de equis.

            –¡Es un espíritu chocarrero! –los brazos de Natalicia toman una tonalidad similar a la de la inesperada visitante– Faustino, tienes que regresar a tu mundo… ¡Ahora!

            –Eso sería un verdadera pena…

La joven de prendas blancas extiende sus manos entrecruzando sus muñecas, lo que obliga a que Natalicia golpee la boca de Faustino para que este desaparezca en el aire.

Publicado la semana 32. 08/08/2020
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