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Ignacievij

MACHTIANI: 8

8. Sobre natural.

En algún lugar de Monterrey, Nuevo León. Miércoles 09:00 a. m.

Irma se despierta en la cama de Faustino percatándose de los ruidos provenientes de la cocina, por lo que se levanta, con la maraña de su cabello rizado y largo pegado a su rostro, para salir en su encuentro, preparando una comida a toda prisa:

            –¡Qué rico dormí! Aunque sea por unas horas. El cuchitril de esa clínica era tan incómodo que prefería dormir en el piso –Irma termina de estirarse y se da cuenta de las indumentarias de Faustino–. ¿Y luego tú por qué tan formal?

            –Voy a ir al trabajo para ver si todavía no me corren.

Faustino apenas y gira para ver a Irma, colocando tres platos de comida sobre la mesa.

            –A propósito, necesito que me golpees en la cara; no tan fuerte. Es para que me crean que me asaltaron o que me intentaron secuestrar. Algo se me ocurrirá en el camino.

            –¿Okey? Es una petición muy rara pero dada las circunstancias no me puedo negar –Irma se frota la cabeza ante la inquietud–. ¿Por qué hay tres platos si nada más somos tú y yo? ¡No me digas que hay alguien más en la casa!

            –Ah no; ese es para Natalicia –Faustino señala a la joven que mira con desinterés a Irma–. Se escuchará raro, pero ella es una fantasma.

Irma se queda inexpresiva por unos segundos, inclusive sin parpadear:

            –Fingiré que te creo. Gracias por la comida de antemano.

Faustino luce apenado ante decide continuar preparándose para partir.

            –Ella no tiene el don de verme –añade Natalicia frente al monitor de la laptop–; a lo mucho puedo tirar esta taza de cerámica si quieres.

            –No es necesario –Faustino se sienta a comer perturbando a Irma.

            –¿Eres esquizofrénico o algo así?

            –Hay antecedentes en mi familia; muy aislados.

Irma continúa comiendo el huevo revuelto sin dejar de ver la silla vacía retirada de la mesa.

            –¿Se te perdió algo, descocada? –Natalicia se muestra a la defensiva a sabiendas que es invisible para Irma– ¿Podrías decirla a tu amiga pelos de monte que deje de mirarme? Me está incomodando.

            –Dice que dejes de mirarla –en seguida, Faustino regresa con Natalicia quien consume el vapor de su platillo–. También tú deberías de picarle a las teclas para que no me juzgue de loco.

Natalicia levanta sus ojos frustrada, tecleando un par de veces para después tirar un vaso de plástico por la orilla de la mesa.

            –¡Mierda! ¡¿Qué fue eso?! –Irma se levanta de su silla de un brinco viendo a la pieza de plástico rebotar en el azulejo– ¡No era pedo eso de que hay un fantasma en esta casa!

            –No te asustes, es amigable; algo celosa pero buena onda.

            –Supongo que estarás satisfecho ahora. Trayendo también más, señoritas de peculiares conductas –Natalicia hace un ademán de indignación antes de continuar–. A propósito… ¿En dónde estuviste estos días? Sigues hediendo a demonio, aunque ya no tanto.

Faustino se encoge de hombros y exhala su frustración:

            –Un pinche loco me tenía secuestrado en una clínica psiquiátrica –Faustino apunta con su tenedor a Irma–. Ahí conocí a tu comadre, la greñuda. También en la clínica se me apareció otra sombra como la de la vez pasada; nada más que en esta ocasión se la comió una el fantasma de una mujer que ahí andaba.

            –¿Se te apareció la Mutilada? –Irma mastica su desayuno sin sorprenderse del relato.

            –Pues sí; al menos así tenía la cara. ¿Tú qué sabes de eso, Natalicia? De fantasmas que atacan a otros fantasmas.

            –Era un espíritu chocarrero…

Antes de que Natalicia pueda continuar, Faustino se percata de que es hora de irse; así que decide levantarse de su silla haciendo una señal de disculpa en el proceso:

            –Perdón, perdón. Más tarde me explicas. Me tengo que ir –Faustino toma una pose de fortaleza al encarar a Irma–. Oye, tú, greñas sueltas. Golpéame. No tan fuerte pero notable.

Sin dudarlo ni un segundo, Irma se levanta de la silla y derriba a Faustino con un solo golpe ante la sorpresa de Natalicia, quien se asombra más al ver cómo un humo negro se desprende del cuerpo de su amigo y queda flotando en la cocina.

            –¡Ah, verga! Estuvo bueno el fregadazo –Faustino se limpia la poca sangre que brota de su labio–. Bueno, me tengo que ir. Te quedas en tu casa.

            –Oye, Faustino espera… –Natalicia flota hacia la puerta para que no salga, señalándole la nube negra que merodea por la casa.

            –¿Qué cosa es eso? –Faustino luce impactado por la peculiar aparición.

            –No lo sé; pero sea quien sea esa niña, tiene un don como el tuyo –Natalicia olfatea la cabeza de Faustino que le queda cerca–. Ya no hueles a demonio.

            –Veremos qué hacer después. Por ahora las dejo solas. Llévense bien, por favor.

Faustino se retira dejando atrás a Natalicia flotando cerca de la puerta invisible ante Irma, quien se sienta en su posición original, viendo la silla frente a la computadora encendida.

            –Así que… Natalicia… ¿No es así?

            –¡Estoy por acá! –Natalicia golpea la puerta un par de veces– ¿Qué no puedes escucharme?

Frustrada, Natalicia regresa a su asiento para continuar con su trabajo, hasta que Irma desliza la computadora hacia ella, incomodando a la fantasma que desliza la laptop de regreso.

 

Unas cuantas horas más tarde, casi en la puesta del sol, Faustino regresa a su casa con una expresión optimista en su rostro, misma que mantiene en lo que cruza la puerta a la sala:

            –Oigan, chicas. Buenas noticias: no me corrieron…

La motivación de Faustino se esfuma al ver en la sala a Irma sentada en el comedor teniendo a un lado a Natalicia con una apariencia agotada que analiza el contenido oscuro dentro de una botella de vidrio y a Fernanda sentada dándole la espalda:

            –¿Qué haces aquí, Fernanda? ¿Por qué la dejaron entrar?

            –Acaba de llegar –Irma le da un trago a una pequeña botella de licor–. Me dijo que te conocía y que tenía un mensaje urgente que entregarte.

            –Recibí una llamada del celular de Ale –Fernanda voltea su rostro afligido, mostrándole a Faustino su teléfono–. Me dijeron que te lo dijera; que sabían lo de la clínica.

Un intenso miedo se apodera tanto de Faustino como de Irma, indecisos ante tal comentario.

            –¿Quién te marcó? –Faustino apenas y da un paso– ¿Te dijo quién era o qué quería?

            –No me dijo más, tan sólo que era ya sabías quien era y que si no vas a donde ya sabes, Carmela terminará de pagar su deuda.

            –¿Quién es Carmela? –Irma se levanta de su silla abruptamente– ¿En qué otros pedos estabas metido? ¿Cómo es que le llamaron del celular de Ale?

            –Se me olvidó recoger las pertenencias de Ale –Faustino se lleva su mano a la cara como muestra de culpabilidad–. Carmela es una amiga que intentó hacer un amarre, pero le jugaron chueco.

            –¿Volvieron esos dos? –Natalicia flota asombrada de su silla– Me dijiste que ya se había solucionado? ¿Qué pasó exactamente con eso y con lo de estos días que no estuviste?

            –Yo no arreglé nada, fue Ale –Irma y Fernanda observan a Faustino hablándole a la nada–. Hizo un trato con esos dos; a lo mejor se canceló cuando Ale murió. Me habrán seguido o algo. En la clínica vi a un fantasma de cuerpo entero comerse una sombra.

            –¿Estás bien, Tino? –Fernanda se retira hacia adelante en su silla– ¿Una clínica? ¿Fantasmas? ¿De qué estás hablando? ¿Quién me habló?

            –Es una larga historia –Faustino se retira hacia la cocina para salir al patio trasero, regresando en un instante con un machete corto enfundando que ajusta a su cintura–. Tenemos que ir por Carmela o de lo contrario la va a sacrificar ese brujo loco.

            –¿Ale y un brujo? –Irma le hace frente a Faustino iracunda– ¿En dónde están…?

El celular de Fernanda suena repentinamente, lo que la palidece al reconocer el número que llama y que le muestra a Faustino.

            –Dice que es Ale –Faustino le arrebata el teléfono a Fernanda para contestarlo, encendiendo el altavoz–. ¿Bueno? ¿Eres tú, pinche chamán pendejo?

Una risa burlona le contesta desde el otro lado de la línea:

            –Cálmate, chamaco pendejo y escucha bien lo que vas a hacer o a tu morrita se la va a llevar la calaca.

            –¿Qué quieres, imbécil? –Faustino se aprieta los dientes al hablar.

            –Mira, Ale ya mamó, así que ya es hora de que me la cobre. Ven al panteón Dolores a la medianoche exacta. Te traes todas las cosas de brujerías que tengas y a la gallina negra.

Faustino se asoma al patio, viendo a la gallina negra descansando sobre una cubeta.

            –Ya cuando llegues te diré lo que vas a hacer para que tu nalguita se salve.

La llamada se corta inmediatamente, dejando que una agitación acelerada se apodere del pecho de Faustino.

            –¿Qué tan enterrados están tus huesos, Natalicia?

            –Unos treinta pies, más o menos…

            –¿Cuántos son treinta pies?

            –Ocho o nueve metros –Fernanda hace el cálculo mentalmente.

Faustino se reclina sobre una silla con indicios de frustración:

            –No creo que puedas cavar esa profundidad, ¿o sí, Irma?

            –¡Estás loco! Muy apenas pude cavar casi dos metros anoche en una hora.

            –Estoy en un problemón y necesito toda su ayuda posible –Faustino le entrega el teléfono a su propietaria–. Así como ya lo oyeron, aquí hay una vida de por medio y no puedo dejar que le pase algo.

            –Créeme que quiero ir contigo y ayudarte, pero no puedo hacer nada sin que mis huesos sean desenterrados –Natalicia se muestra enojada consigo misma–. Por otra parte, esta ruda jovencita tiene un don demasiado peculiar.

            –Irma… ¿Has tratado con cosas paranormales anteriormente?

Irma desvía su mirada hacia abajo por un segundo:

            –Algo por el estilo… por eso iré contigo.

            –¡Bien! Sabía que podía contar con tu apoyo –en seguida, Faustino observa la botella de vidrio con el contenido gaseoso y negro–. ¿Tú metiste esa cosa en la botella?

            –Fue la Gasparina. La escuché toser cuando al final metió eso en la botella.

Faustino toma la botella y se adentra a su habitación, dejando en la sala a sus tres acompañantes, siendo Fernanda la que más perturbada luce ante la conversación aleatoria de Faustino. Unos minutos después, Faustino sale de su habitación con una mochila negra repleta de varios artículos.

            –Tenemos que ir al panteón Dolores; Fernanda, necesitaré que nos pidas un carro y que te mantengas aquí. Es el único lugar seguro para ti. Volveremos lo más pronto posible –Faustino esconde su machete bajo una chaqueta negra que le llega hasta los tobillos–. Natalicia, protégela a toda costa; quizás esos dos nos sigan hasta acá.

Natalicia asiente con un movimiento de su barbilla.

            –Tú, Irma, vendrás conmigo. Tengo otro machete un poco más corto que te puede servir; déjame ir por el al patio de atrás.

            –No será necesario –Irma se truena los nudillos de sus puños–. Ya me las ingeniaré para liderar con lo que tengamos que enfrentarnos.

Faustino le dirige una mueca de confianza antes de dirigirse a una esquina de la sala en donde descansan unos libros de diferentes tamaños, extrayendo una hoja que guarda en su abrigo:

            –Estás son unas instrucciones que me dejó Ale para lidiar con lo que nos enfrentaremos esta noche. Los estudiaremos en el camino.

            –¿Instrucciones? –Irma muestra interés en la hoja arrugada.

            –Oigan, ya llegó el carro –Fernanda los mira con timidez–. ¿Me tengo que quedar aquí? Siento algo raro en esta casa… como lo que pasó en la mía.

            –No te preocupes, Fer; Natalicia cuidará de ti en lo que regresamos.

            –¿Natalicia? ¿Quién es Natalicia? –Fernanda observa a Faustino e Irma partir sin recibir una respuesta– Oigan… ¿Hola?

Fernanda mira alrededor de la sala esperando encontrar a alguien y Natalicia, invisible ante ella, le dirige una sonrisa amigable en lo que regresa a la computadora portátil.

 

El sol apenas se esconde entre los lejanos cerros e Irma es la primera en brincar a la parte alta de la blanca barda, manteniéndose sentada ahí para jalar a Faustino y ayudarlo a brincar al interior del camposanto.

            –¿Ahora para dónde? –pregunta Irma en cuanto baja de la barda y aterriza inclinada.

            –Es por allá –Faustino mira su entorno para reconocer el tramo entre las tumbas–. Ya me ubiqué bien. Es que cuando fue el funeral de Ale entramos por el portón principal.

La poca luz que queda en el firmamento les ayuda a continuar con su recorrido hasta llegar a un sepulcro sencillo que consiste en una lápida lisa de mármol y una cruz con epitafio.

            –Aquí es –Faustino analiza el aspecto de la pieza rectangular–. Ya estuvieron aquí; la tierra fue removida.

Sin perder más tiempo, Irma empuja la pieza de mármol, llevándose la sorpresa de ver un féretro apenas cubierto por una ligera capa de tierra.

            –¿Por qué no lo enterraron más profundo?

            –Según dijeron los sepultureros que abajo había mucha roca y que se necesitaría maquinaria especial, lo que nos iba a costar más; así que acordamos dejarlo a esa altura.

Irma se encoge de hombros en señal de entendimiento.

            –Espera… ¿Escuchaste eso?

            –Supongo que es el guardia –Faustino se mantiene alerta–; todavía es temprano.

            –No fue eso, se escucharon como pasos de un animal y… un aleteo.

En ese mismo momento, una enorme ave negra aterriza en una rama de un árbol cercano a ellos, mientras que de la nada, Faustino es embestido por un animal silvestre:

            –¡Faustino! ¡¿Estás bien?!

Esa misma ave emprende vuelo para aterrizar cerca del hombro de Irma para de inmediato transformarse en una silueta humana ataviada con prendas negras que le cubren hasta la cara y que somete a la joven al cruzar su antebrazo sobre el cuello de esta:

            –Tú quédate quieta…

            –Ni de pedo.

Irma sujeta el brazo que la intenta someter y, usando el impulso de sus caderas al levantarse, derriba al ente de negras vestiduras al suelo, sujetándole también de la muñeca para realizar una llave que lo paraliza a la orilla de la fosa de la tumba de Ale.

            –¡Tino! ¿En dónde estás?

Faustino se recupera lentamente del intenso golpe para darse cuenta de que un cerdo negro lo mira de manera desafiante:

            –¡Pinche brujo pendejo! ¡¿En dónde está Carmela?!

El porcino se retuerce innaturalmente hasta convertirse en el brujo de la vez anterior, ataviando su desnudez con un pantalón que yacía tendido en una cruz cercana.

            –Primero lo primero. ¿Trajiste todo lo que te encargué?

            –Antes no las rompiste con el golpe que me diste –Faustino se levanta del suelo y le avienta su mochila al nahual–. Ahí está todo; ahora dime en dónde tienes a Carmela.

            –Espérate, huerco, que nada más falta un ingrediente.

Faustino luce inexpresivo; tan sólo su garganta se mueve de arriba abajo.

            –Pues aquí me tienes: mi alma por el alma de Carmela.

            –¡¿Qué?! ¡¿Qué pendejada andas diciendo, Faustino?!

En un descuido, el ente se escapa de las manos de Irma convirtiéndose nuevamente en un ave que aterriza en otra rama del árbol más cercana al brujo.

            –Este era el plan original, Irma; no había otra manera. El rito que este pinche ruco hizo clama un alma y no pienso dejar que tomen el alma de Carmela; ella no tiene la culpa.

            –Pero… ¿Y el alma de Ale? –Irme expresa desesperación en sus ojos avellanos– ¿Dijiste que podría servir de acuerdo con las instrucciones que dejó Ale?

            –Esa alma ya está carcomida por una súcubo –la voz del ente en forma de ave negra suena desgarrada al hablar.

            –Aguanta… ¿Instrucciones?

Faustino aprovecha la distracción del chamán para lanzarse en su contra y golpearle la quijada; Irma hace lo mismo con el ave, pero lanzándole una piedra mediana que encuentra en el suelo y con la que lo derriba antes de que vuele. Faustino coloca su rodilla derecha sobre el tórax de su ponente y con su otro pie le presiona la mano libre para poder así golpearlo en el rostro con ambos puños:

            –¡¿En dónde está Carmela?! –el brujo se jacta de la insistencia de Faustino, lo que incita a que este extraiga el machete recortado y lo presiona contra la yugular de su enemigo– Sabes que si no cumples con el rito tu alma será el tributo, ¿verdad?

La rebeldía del nahual se esfuma en un parpadeo, señalando al momento la tumba de Ale.

            –Está ahí… enterrada…

Faustino arruga su nariz como respuesta, levantándose para jalar al brujo hasta la tumba:

            –Entonces sácala.

            –¿Y qué pasará con el alma que se ocupa para el resto del ritual? –el brujo se voltea en medio de la tierra– Si no me mata un alma en pena me matará la persona del encargo.

            –La tendrás…

Faustino le indica con su barbilla al chamán a Irma, quien todavía lidia para someter al ave; cosa que logra hacer en un rato más, pero el animal recupera su forma humana para enfrentarla usando su imponente presencia.

            –¿Sabes lo que esa persona enferma me hizo? –la voz ronca del ente de rostro cubierto por una ligera tela parece no intimidar a Irma– Me rompió las muñecas y parte de mi columna; no puedo aletear sin sentir el dolor de miles de agujas penetrar mis brazos.

            –Digamos que te fue bien, ¿eh? A mí me encerró en un manicomio tras acusarme de matar a mi familia.

Irma prepara su posición de ataque para propinarle una patada al ente de quebrantada voz femenina en las costillas, generando un fuerte crujido.

            –¡Faustino! ¡Esta cosa es humana todavía!

            –¿Ya escuchaste eso, brujo pendejo? Tu presunto familiar no era más que una bruja experimentada que quería subir de peldaño a base de tu ignorancia.

            –Eso ya lo sabía –el brujo toma un poco de tierra para lanzársela a Faustino en los ojos–. Lo que tú desconocías fue que Ale nos dijo cómo hacerle para ascender rápido.

El brujo le arrebata el machete a Faustino para amordazarlo arrojándolo al suelo y así acercarse a la mochila negra. Después, el mismo chamán se adentra a la fosa para abrir el ataúd y jalar hacia afuera a una amordazada Carmela y quedar ante el cuerpo putrefacto de Ale.

            –Lo que falta ahora es los restos de un demonio –el brujo agarra a Faustino del cuello jalando al interior de la fosa–, y este wey me dijo que tú portas algo de demonio.

En lo que le Irma somete al ente con diferentes y certeros golpes y patadas, esta se distrae al escuchar el jadeo de Faustino; por lo que se gira para verlo siendo arrastrado al hueco en la tierra, lo que su oponente aprovecha para lanzarla hasta una cripta al levantar sus brazos. De inmediato, el ente se encamina hasta la tumba abierta, pasando de largo a Carmela, quien, en aparente impacto emocional, lucha para poder librarse de sus ataduras.

            –¿Estás listo, Plutarco?

            –Más que listo… ansioso.

            –Espera… –el ente de prendas negras se inclina para olfatear a Faustino– Este chamaco no huele a demonio. Lo que huele es su mochila.

El ente abre la mochila de Faustino y vacía el contenido sobre la tierra húmeda, encontrándose con la botella de vidrio con contenido gaseoso y oscuro:

            –Esto huele a maldad; este mocoso no nos servirá de nada. Tú prepara lo demás.

            –¿Y qué pasará con el encargo?

            –Después de esta noche dejaras de ser humano para convertirte en un espectro.

En lo que el ente tiene problemas para abrir la botella, Faustino le quita el machete a Plutarco, el brujo, para incrustarlo en el abdomen del ente.

            –¿Creíste que eso funcionaria, estúpido? –el ente se reclina sobre la ensuciada cara de Faustino– Llevo muerta más de dos décadas vagando como un espíritu carroñero en este plano.

            –Con que un fantasma, ¿no? Entonces espero que esto funcione.

Con su mirada borrosa, Faustino se apresura a arrancarle el velo del rostro al espectro femenino para frotarle la cara con ambas manos, lo que causa que esta grite angustiada tras sentirse abrumada por las llagas que el tacto provoca.

            –¡Soy hijo de brujas y chamanes! ¡Nací con el don de mandarte a chingar a tu madre!

Plutarco usa su codo para detener a Faustino, asistiendo de inmediato al fantasma en agonía:

            –¡Amanda! ¡¿Dime qué hago?! –el espectro levanta su cara quemada ante la insistencia de Plutarco– ¡No es posible! ¡Te quemó este pendejo!

            –¡ME VOY A COMER SU ALMA!

            –¡Eso crees tú!

Irma gira del hombro a Amanda para golpearla con su puño y después sacarla de la fosa para continuar con tan cruel golpiza.

            –¡Esa demente está golpeando a mi Amanda como si fuera humana!

            –No soy el único con el poder de la mesa –Faustino se limpia la tierra de los ojos para enfrentarse al brujo–. Ahora dime: ¿Qué te dijo Ale que tenías que hacer?

            –Nos ofreció la manera de dejar de ser un humano y un fantasma chocarrero… y eso es lo que haremos.

Plutarco intenta pisar la botella de vidrio que Amanda había dejado caer en la tumba de Ale, pero Faustino se da cuenta a tiempo y lo jala de la fosa para golpearlo en el rostro hasta dejarlo inconsciente. Irma hace lo mismo con Amanda, cuyo rostro demacrado luce completamente desfigurado por incesante golpiza.

            –Tú… ¿Cómo es posible que una simple humana como tú me haya derrotado a mí, el fantasma de una bruja poderosa…?

            –Esto es lo que pasa cuando te juntas con Ale –Irma incrusta su puño en el pecho de Amanda, quien se queda pasmada al sentir su cuerpo caer en pedazos de carbón vivo–. Terminas sacando lo peor de ti.

El puño y antebrazo de Irma quedando cubiertos por restos de cenizas que se caen cuando esta sacude el brazo, dirigiéndose hasta Faustino que desata a Carmela de las cuerdas:

            –Faustino… ¿Qué acaba de ocurrir? ¿Dónde estuviste todos estos días? ¿Quién es esta mujer?

            –Ya, ya, Carmela. Ya todo pasó –Faustino intenta abrazar a Carmela para consolarla.

            –¡No me toques! –Carmela empuja a Faustino a la par que se levanta– No me abraces, ¿okey? Estuve atrapada en esa tumba con el cuerpo engusanado de Ale y…

Carmela vomita a espaldas de una lápida apenas recuerda los eventos previos:

            –Llévame a mi casa, por favor –Carmela sacude sus ropas para librarse de los restos de gusanos y líquidos gelatinosos–. Después de eso, no quiero saber nada de ti…

Faustino entiende con claridad la petición de su amiga, así que sacude la espalda de Carmela y le coloca su gabardina:

            –Nos tendremos que ir a pie. Irma, vámonos ya.

            –Adelántense; yo tengo que arreglar lo de la tumba de Ale.

En lo que encamina a Carmela, Faustino gira la mitad de su rostro para ver a Irma recuperar el machete y llevarlo hasta la tumba de Ale, no sin antes jalar a Plutarco al interior de la fosa. Faustino también ve aterrado cómo los brazos de Irma aterrizan un par de veces en el interior del agujero, lo que provoca en él que cubra por reflejo los oídos de Carmela para que no escuche el ruido característico de la mutilación de carne y huesos.

            –No escuches; tú sigue caminando.

Irma le da un último vistazo al cadáver viscoso de Ale, dirigiéndole una mueca de desinterés:

            –Así que este fue tu final después de todo –Irma acomoda los restos de Plutarco en el mismo ataúd–. Al menos tendrás un poco de compañía en el purgatorio.

Un crujido suena cuando Irma cierra la caja, por lo que presiona para que el féretro cierre sin importarle el ruido de lo que se rompe en el interior. En seguida, Irma vacía los restos de la mochila sobre la cubierta, la misma que cubre con la tierra suelta de los alrededores para finalmente colocar la lápida en su posición original.

            –Me faltaron muchas cosas por decirte, imbécil…

Irma señala su dedo medio a la tumba antes de partir de ahí para alcanzar a Faustino con Carmela.

 

 

Publicado la semana 31. 29/07/2020
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