03
Ignacievij

S.A.P. La Raíz del Árbol

1. Rosa roja.

Valencia, Reino de España, 13 de julio de 1915.

            –¡Roses, roses! ¡Emporteu-se les roses! –exclama a los transeúntes de la avenida la adolescente ataviada con un vestido sucio que solía ser de un color rosado.

Los peatones que pasan junto a ella parecen solamente ignorar su presencia, pero esta mantiene su optimismo dibujado como sonrisa en su jovial rostro, sin inmutarse al seguir ofreciendo su mercancía: poco más de una docena de rosas rojas en una canasta pequeña.

            –Caballer, ¿no l’interessa comprar una rosa? –pregunta la chiquilla con su carismática sonrisa un tipo un poco más grande que ella que va pasando cerca– Són molt boniques; mire-les, pot donar-li una a la seua amada…

            –No, gracias –se limita el viajero a responder de una manera cortante, mientras retira el cigarrillo de su boca para expulsar humo, tratando de esconder su acento germánico.

            –Entiendo –responde la joven sin que su sonrisa se difumine y cambiando su idioma al español–. Tome, se la regalo; le quedaría muy bien a su traje.

El rostro del foráneo cambia a una imagen de sorpresa mientras recibe delicadamente la rosa de la frágil mano de la vendedora ambulante. Este la pone a la altura de su pecho, al mismo tiempo que hace la comparación con su saco negro algo sucio y acto seguido procede a retirarse, girando su cabeza hacia la vendedora ambulantes una vez más:

            –¿Sabes dónde queda la plaza del Esparto?

            –¿Sí? –responde algo intrigada la joven con una voz dulce– Claro, conozco el lugar.

            –¿Me podría llevar hasta esa plaza? –comenta mientras coloca su pequeña maleta en la banqueta para acomodar la rosa en el bolsillo de su traje– Le pagaré lo suficiente por ser mi guía en esta ciudad.

La joven accede meneando su cabeza y dando unos pasos para dirigirse al alemán, cuyo rostro muestra una seriedad como si los años le pesaran encima.

 

Pasados cerca de quince minutos de caminata entre avenidas principales, pobladas tanto de transeúntes civiles y militares, la vendedora de rosas le cuenta cada detalle de los edificios que van pasando al alemán, quien muestra se inexpresivo, pero que asiente con uno que otro sonido saliente de su garganta para no verse mal educado ante su acompañante. Dicha persona muestra una característica alegría ante todo comentario que ella misma hace, pero esa peculiaridad suya se desvanece apenas llegan a una plaza adornada por unos cuantos árboles y rodeada por casas altas con finta barroca.

            –Hemos llegado –le comenta la joven al alemán, tratando de esconder su nerviosismo.

El alemán observa el entorno, no ignorando cada detalle del lugar: muchos peatones caminando de un lugar a otro volteando a ver a los miembros de la Guardia Civil observando a obreros ingresando a las alcantarillas. De repente, la mirada del extranjero se enfoca en el número de la casa en donde los obreros están trabajando, una casa marcada con el número 7.

            –¿Es esa la casa de Tócame Roque? –pregunta el germano a su acompañante mientras señala la casa con su delgado y pálido dedo.

            –Sí… así es…

            –Acompáñame, por favor.

La vendedora de rosas sigue al foráneo hasta la casa señalada, pero al acercarse a la puerta, estos son detenidos por un miembro de la Guardia Civil, quien con una señal con su mano les dice que no pueden acercarse.

            –Llamaron a un médico –se justifica el alemán ante el oficial, por lo que este procede a asomarse dentro de la casa para informarles que el galeno había llegado.

            –De acuerdo, podéis pasar –el oficial le hace una señal al médico alemán, quien con un movimiento con su cabeza le indica a la vendedora de las rosas que lo siga.

Ya dentro de la vivienda, el médico se presenta ante la persona que parece ser el hombre de la casa: un sujeto que está en sus cuarentas, pero por su pelo algo canoso luce de mayor edad.

            –¡Qué bueno que llega! –exclama el anfitrión con un tono algo agresivo, ocultando un fastidio en su rostro– Verá, mi hijo el menor ha estado muy nervioso y despierta muy seguido por las pesadillas y…

Las palabras del dueño de la casa se detienen apenas nota la presencia de la joven vendedora detrás de la silueta del médico.

            –¡Hey! ¡Lárgate de mi casa o haré que te arresten! ¡Maldita pordiosera! –le grita a la adolescente haciendo que esta salga de la casa despavorida, dejando caer su canasta de rosas en el trayecto.

El alemán voltea desconcertado a verla, pero cuando lo hace, ella ya no está presente, por lo que regresa su mirada al dueño de la vivienda, tratando de mantener su compostura.

            –¡Esa ladrona! ¡Siempre le roba las rosas a mi hija en la florería! –comenta el anfitrión furioso al colocar sus nudillos sobre el recibidor, exhalando un corto suspiro– Discúlpeme, han sido días difíciles.

            –Entiendo –responde el alemán con indiferencia–. Lléveme con el paciente, por favor.

El dueño de la casa le hace una señal con la mano para que lo siga con dirección a una sala ancha en el cuarto contiguo; ahí se encuentra la que podría ser la hija de este, dormida, abrazando a un niño de aparentemente doce años con una grandes y visibles ojeras, además de una notable palidez.

El médico los observa de reojo y coloca su maleta en el suelo evitando hacer ruido, y extrayendo de esta un estetoscopio, el cual se coloca en sus oídos e indicándole al menor que se acerque un poco. Después de examinarlo, el médico se dirige al padre de familia para encaminarlo al exterior de la sala:

            –Su niño no muestra indicios de alguna enfermedad contagiosa; sólo malestar por estrés –explica el galeno en lo que le entrega unas cuantas pastillas–. Son antiespasmódicos, dele al niño una cada seis horas por tres días y que ya no duerma en su cuarto; cámbielo a otra habitación.

El dueño de la casa hace una señal de cruz frente al médico como muestra de gratitud y toma nota mental de lo prescrito.

            –¿Cuánto va a ser por sus servicios?

            –No se preocupe, el Gobernador Civil me mandó; así como también me dijo que me quedara para descartar que su hijo no tuviera más inconvenientes con su salud –comenta el médico mientras le ofrece al anfitrión una orden con un sello municipal, a lo que este último acepta algo confundido–. En seguida le pago por mi estancia.

 

La puesta del sol se difumina entre el paisaje de la ciudad para dar paso a la noche acompañada de nubes grises que indican la probabilidad de lluvia. Mientras tanto, el alemán procede a quitarse su saco negro y colgarlo sobre una silla de la habitación que se le asignó. Acto seguido, enciende un cigarrillo y se dirige al balcón del cuarto localizado en el tercer y último piso de la casona, apreciando la vista del parque, reconociendo en una banca que da la espalda a la casa, a la vendedora de rosas sentada, observando a las últimas personas de la calle desaparecer en cada esquina.

La calculadora mirada del germano se ve interrumpida por un suave golpe a su puerta, seguido por una voz femenina que le indica que la cena está lista, a lo que este responde que en seguida baja. Apenas su cigarro se extingue, el galeno lo tira por el balcón y le da un último vistazo a la vendedora, para después entrar a la habitación y volver a ponerse su saco negro adornado por la rosa roja.

El pasillo del tercer piso, iluminado mayormente por velas y un solitario foco de luz, da una imagen tétrica, pero eso no parece aterrorizar al germano, quien se dirige a las escaleras para bajar al salón principal de donde provienen sonidos de comensales preparándose para cenar. Ya llegando al recibidor de la planta baja, se encuentra a su anfitrión hojeando un periódico arrugado:

            –Buenas noches, don Colomero…

            –Colmenero –responde el anfitrión con una sonrisa mientras baja el periódico–. Disculpe que no nos hallamos presentado por las prisas, señor…

            –Gest, Peter –responde el alemán con una disimulada sonrisa, al mismo tiempo que extiende su mano en señal de cordialidad–. Entonces, ¿procedemos a cenar?

            –¿Ya tiene hambre? –contesta el señor Colmenero para levantarse y dirigir a su invitado al salón principal– Perdone mi descortesía, pero con todo esto que ha pasado en esta casa mi hija no ha tenido tiempo para preparar algo de…

            –Está bien –interrumpe cortésmente Peter –, me acaba de avisar que la cena…

Las palabras de Peter se desvanecen de su boca al ver el salón principal vacío, sin ningún plato puesto sobre la mesa.

            –¿Le sucede algo, señor Gest? –pregunta Colmenero algo intrigado al ver la sorpresa reflejada en el rostro de su inquilino.

            –Sí, es sólo que estoy algo cansando por el viaje –responde Peter recuperando su postura.

            –¿Viaje?

            –Ah, sí, viaje. Apenas llegué ayer de Italia y me dijeron que viniera lo antes posible.

El señor Colmenero hace una señal de entendimiento con su cabeza.

            –¿Le molestaría si salgo a tomar algo de aire fresco? –pregunta Peter algo nervioso, a lo que Colmenero asiente con un gesto con su mano.

La pequeña plaza, adornada por unos cuantos arboles gruesos, se encuentra iluminada por las escasas luces eléctricas de las casas aledañas, por lo que caminar por ahí da una sensación de serenidad; una pequeña muestra de paz en medio de una contienda mundial. El paisaje no es del todo apreciado por Peter, quien se enfoca en encontrar a la que fue su guía turística, pero cuando llega a la banca en donde la última vez la vio, ella ya no está ahí.

            –¿Wo ist sie? –se pregunta a sí mismo en lo que extrae su reloj de bolsillo y verificar la hora: las ocho con cuarenta de la noche.

Miles de pensamientos inundan en un instante la cabeza de Peter, cuyos ojos negros y opacos se concentran en encontrar una respuesta concreta en medio de la calle. Al ver que la joven de las rosas se ha ido, este decide regresar a la casa de donde salió, pero apenas se acerca, Peter ve como una silueta se asoma desde el balcón de donde había observado al parque minutos antes y después entra a la habitación.

Peter camina con rapidez a la casa del señor Colmenero y entra tratando de parecer que nada fuera de lo común está sucediendo, evitando que los demás en la casa caigan en pánico. Para su fortuna, se escucha claramente como el señor Colmenero se encuentra con su hija en la cocina diciéndole que prepare algo de cenar, pero apenas nota la entrada algo abrupta de su invitado este se dirige a la recepción:

            –¿Doctor Gest?

            –Alguien entró a la casa –tras decir esto, Peter saca un revolver Nagant M1895 del bolsillo interno de su saco negro–. Llame usted a la Guardia.

Apenas le dice esto al señor Colmenero, Peter sube las escaleras a toda prisa, mientras que la hija sale de la cocina con el niño tomado de la mano:

            –¿Qué está pasando?

El señor Colmenero extrae una escopeta que estaba escondida detrás de su recibidor, por lo que sus hijos retroceden por el miedo que surge repentinamente.

            –Salid de la casa y buscad a los de la Guardia –ordena Colmenero después de quitar el seguro de la escopeta y encaminarse a las escaleras–. ¡Que traigan al sacerdote! ¡El duende ha regresado!

Sin dudarlo ni un segundo, la joven dama sale con el niño a la calle con dirección a la avenida principal, en donde se encuentra a un par de carabineros, a los que les empieza a indicar unas instrucciones.

 

Sudado y agitado después de subir tres pisos, Peter llega a su habitación, y sin dejar de apuntar con su pequeño revolver empieza a revisarla. Al notar que todo está en orden, Peter decide revisar el armario que puede servir de escondite perfecto para cualquier intruso, pero apenas se dispone a abrir una de las puertas del armario, la silla en donde había colgado su saco se cae sin razón aparente; por lo que Peter decide resguardarse en la entrada del cuarto, mientras que el señor Colmenero llega a la escena:

            –¿En dónde se…? –pregunta Colmenero entrando a la habitación, pero es interrumpido por Peter con una señal de silencio, indicándole el armario.

Ambos caballeros deciden acercarse al armario con sus respectivas armas en alto, y, apenas abren la puerta logran ver el armario lleno de ropa y cosas antiguas; sin embargo, entre las cosas esparcidas en el interior, logran apreciar unos pies descalzos, sucios y de piel rosada.

            –No me disparéis –exclama una voz dulce desde el interior del armario–. Voy a salir.

Apenas va saliendo la silueta de entre las prendas, una voz desde el piso de abajo se deja escuchar:

            –¡Guardia Civil! ¡¿En dónde os encontráis?!

            –¡En el tercer piso! –grita Colmenero desviando su mirada, a lo que la silueta aprovecha para intentar escapar, pero es sometida de inmediato por Peter, quien se sorprende al ver que la vendedora de rosas es la intrusa.

            –¡Maldita ladrona! –exclama enfurecido Colmenero, por lo que, cegado de rabia, le apunta con el cañón de su escopeta.

Al verse en peligro, la joven grita en desesperación, haciendo que todos los muebles de la habitación, así como las puertas y los vidrios de la ventana y los barrotes del balcón, comiencen a sacudirse desenfrenadamente, confundiendo tanto a Peter como a Colmenero, quienes terminan por ser lanzados por la habitación. Peter cae a la orilla de la cama, al igual que su revólver, y Colmenero, sin soltar su escopeta, es aventado al pasillo, llevándose de encuentro a un carabinero.

El otro carabinero, acompañado por un sacerdote, se adentra a la habitación y golpea a la joven con la culata de su rifle en la sien, pero eso no basta para detener el estrepitoso movimiento que ocurre en el interior.

            –¡Atadla a la cama! –ordena el sacerdote, a lo que el carabinero la somete sobre las cobijas ayudado por Peter, quien apenas se ha puesto en pie.

Tanto el otro carabinero y Colmenero se apresuran a ayudarlos, inmovilizando finalmente a la joven.

            –¡Está poseída! –comenta el sacerdote al mismo tiempo que de su maletín extrae un frasco con agua bendita y su biblia– ¡Tenemos que salvar su alma de la perdición!

La intrusa no entiende que está sucediendo y en su búsqueda de ayuda, voltea a ver a Peter, mostrándole una sonrisa para ocultar su angustia.

            –Usted es doctor, ¿cierto? –pregunta con una voz dulce y quebrantada– ¿Estaré bien?, ¿puede curarme?

Peter se mantiene atónito, sin poder articular una respuesta o palabra.

            –No la escuchéis, no es ella quien habla –exclama el sacerdote de edad avanzada.

            –Por favor… ayudadme –clama la adolescente evitando que su sonrisa se desvanezca de su sucio rostro que se limpia con las lágrimas que fluyen de sus ojos–, por favor…

            –¡Haz que todo se detenga y te ayudaré! –ordena Peter, confundiendo a todos los presentes con su indicación– ¡Hazlo!

            –Lo… lo haré –tartamudea sorprendida la joven, para después cerrar los ojos y aguantar la respiración hasta que sus mejillas se tornan rojas y todo deja de moverse.

Los presentes en la habitación no pueden creer lo que acaban de ver; sin embargo, Peter se apresura a extraer de su maleta su equipo médico y con este acercarse a la pequeña intrusa.

            –¿Qué crees que haces? –pregunta indignado el sacerdote mientras le levanta un crucifijo– Ella es una sierva del diablo y tiene que ser exorcizada, ¡reza por su salvación!

            –Todas las noches, bajo la luz de la luna, rezo para que la tristeza no me consuma, aunque no tengo pan en mi estómago –responde la joven tras ver el crucifijo–. Espero que mis plegarias puedan ser escuchadas algún día.

Al escuchar esto, Peter intenta mover el brazo extendido del párroco para poder acercarse a la chica, pero el sacerdote y Colmenero lo ven como un gesto agresivo y lo empujan para derribarlo, siendo sometido por uno de los carabineros.

            –¡Dejadlo! –grita angustiada la joven al ver la escena, por lo que hace que una silla golpee a Colmenero y al carabinero, así como la puerta del balcón derribe al segundo carabinero tan fuerte que suelta su rifle y finalmente hace que la biblia de las manos del sacerdote lo golpee en la cara, tumbándolo también.

Peter logra levantarse mientras que el carabinero que fue golpeado por la silla hace lo mismo no sin antes alcanzar su rifle. Tanto Peter como la intrusa logran ver el revólver del primero a la orilla de la cama y este sale volando directo a la mano del alemán.

            –Yo no hice eso –exclama confundida la intrusa.

            –Yo lo hice –le responde Peter para enseguida dispararle a la aguja del rifle del carabinero, inutilizando el arma de fuego–. Mein Gott, tenemos que irnos de aquí.

Ahora es la muchacha quien luce sorprendida tras escuchar a Peter, viendo como este se acerca a ella, no sin antes hacer un movimiento con su mano al aire, fomentando a que las demás armas caigan por el balcón sobre la plaza.

            –¡Siervos de Satanás! –exclama el enfurecido sacerdote– ¡Arderéis en el infierno!

            –No es lo que cree –dice Peter mientras saca una navaja del bolsillo de su pantalón con el que corta las cobijas rasgadas usadas como ataduras–. Mi superior hablará con usted.

La vendedora, ya liberada, le da un abrazo a Peter en señal de agradecimiento, pero no dura mucho ya que Peter la retira suavemente para poder recoger sus cosas sin dejar de apuntar con su revolver a los presentes y así, ambos poder marcharse por las escaleras principales.

Llegando a recibidor principal, ambos se dan cuenta de que otros cuatro carabineros se acercan a la casa, atraídos por los disparos previos; por lo que deciden salir por la ventana del salón principal, el cual da a la calle trasera, dejando atrás a los carabineros que apenas y pueden inspeccionar la casa, al mismo tiempo que el sacerdote es el primero en bajar al recibidor y les ordena que los sigan a toda prisa por la misma ventana, en lo que uno de ellos extrae de su bolsillo un silbato con el que empieza a dar la alarma.

Mientras tanto, Peter y la joven logran llegar a un establo algo lejano, en donde encuentran un caballo blanco con el que se disponen a escapar con más facilidad.

            –¡Tenemos que salir de la ciudad lo antes posible! –exclama Peter algo agitado.

            –¡A este paso estaremos a la salida de la ciudad en unos minutos! –responde la vendedora asustada por la cabalgada– ¡Nunca me había subido a uno de estos!

Peter logra visualizar la salida de la ciudad formada por pequeñas casas de adobe desgastado seguidas por granjas en decadencia; sin embargo, su emoción se esfuma al escuchar a lo lejos como el motor de un vehículo se acerca a toda prisa hacia ellos.

            –¡Es el padre! –grita la joven al reconocer el ruido del carro– Sólo él tiene ese tipo de carruaje.

Peter escucha al motor acercarse cada vez más hasta su ruta, así como se escucha el disparo de un carabinero apostado a la salida del pueblo, disparo que derriba al caballo mortalmente.

Es en ese momento en el que la joven extiende sus manos abiertas, obligando a que el caballo herido detenga su estrepitosa caída, evitando que ambos sean lastimados:

            –¡Baja ya! –le dice la vendedora a Peter, quien apenas baja de un salto sujeta a su acompañante para así poder adentrarse al bosque.

No corren lo suficientemente lejos cuando ven llegar el vehículo del sacerdote con dos carabineros que se disponen a descender del automóvil, hasta que son detenidos por un fuerte golpe al cerrarse las puertas provocado por Peter, llegando a fracturar las piernas de ambos uniformados.

            –¡Vámonos! –le exclama Peter a la pequeña dama, pero se paralizan al escuchar la detonación de una pistola cuya munición golpea al árbol más cercano a ellos.

            –¿Quién eres? –pregunta el sacerdote empuñando el arma– Date la vuelta lentamente.

            –Mi nombre es Peter Gest –la presentación del germano paraliza al clérigo, cuyos ojos verdes muestran una gran sorpresa y su rostro palidez–. Supongo que ya me conoces.

            –En todo caso, ¡márchate! –responde el sacerdote –, ¡pero a ella no te la llevas!

            –No.

            –Ella debe morir. ¡Es diferente! ¡Es una abominación! ¡Por eso la abandonaron!

            –No.

La mano del sacerdote que sostiene el arma empieza a tambalear de miedo, pero sin dejar la disposición de dispárales.

            –¿Qué tiene de especial esa huérfana? –pregunta el párroco mientras observa como Peter camina hacia él dispuesto a desarmarlo– ¡A tu superior no le va a parecer esto!

            –Es una vida humana –le dice Peter con una voz áspera al sacerdote, a quien lo tiene a una distancia lo suficientemente corta como para desarmarlo–. No somos quien para juzgarla.

Peter logra someter al sacerdote desarmándolo, apuntándole con su propia arma, disparándole a la altura del pecho, vaciando el cargador. El párroco toca su pecho para sentir la sangre fluir por sus heridas, pero no hay herida alguna en su cuerpo. Peter le lanza el arma en su rostro con suficiente fuerza que este cae al suelo cubriéndose de dolor.

La adolescente, al contemplar el suceso recoge la maleta de su salvador en señal de que esta lista para retirarse; sin embargo, Peter le quita la maleta y hace una señal con su mano para que ella lo abrace, y se puedan ir de ahí.

            –¿Dónde queda la siguiente estación de ferrocarril? –pregunta Peter sin desprenderse de la joven.

            –¿Eh? Casi a dos horas de aquí.

            –Entonces en media hora tomaremos un pequeño descanso –responde Peter quien no se había percatado de que su acompañante no tenía calzado–, o quizás ahora.

De su maleta, Peter extrae una camisa y un par de calcetines, con los que improvisa unos zapatos para su acompañante, la cual muestra gratitud con su sonrisa característica.

            –¿Qué pasó con tus rosas? –pregunta Peter mientras termina de ponerle el calzado.

            –Se me cayeron en la casa de Colmenero –responde con cierto pesar la joven.

            –¿Y porque te metías a esa casa? –vuelve a indagar Peter mientras enciende un cigarrillo– No tienes idea de todos los problemas que causaste al hacerlo.

            –Esa era mi casa; nos la quitaron –responde la joven al mismo tiempo que sus ojos se humedecen–. La señora de ahí cuidaba a los niños de la calle y nos daba de comer, pero después falleció y sus hijos se pelearon por la casa, hasta que se la quedó Colmenero y nos echaron. Dijeron que en el último testamento de su madre no decía nada de que nosotros tendríamos derecho a vivir ahí, cuando ella dijo que sí.

Los ojos de la chica no soportan más y sus lágrimas empiezan a fluir por sus mejillas que aún dibujan una leve sonrisa:

            –Eso fue hace tres años, luego vinieron las “posesiones” –continua la joven ignorando el nudo en su garganta–. Antes de morir me dijo que no dejara de sonreír sin importar la situación, y lo he hecho; a pesar de que los más pequeños murieron de hambre, y de frío y a los otros los mataron por robar algo de pan. Aún me digo a mí misma que todo esto es un mal sueño y que pronto despertaré y estaremos todos juntos…

El cigarro de Peter se consume solo en sus dedos mientras que su mirada muestra compasión.

            –Pero, cuando me despierto en la banca del parque o en un rincón, sé que no es un sueño –continua la joven mientras se resbala de espaldas a un árbol para quedar sentada en el fango –. Las pocas rosas que robaba las vendía y reponía lo que podía a la hija de Colmenero; de hecho, no había vendido nada en días, la gente ni siquiera volteaba a verme. ¡Era cómo si no existiera!

La sonrisa de la adolescente se ha desvanecido completamente por las lágrimas de tristeza que cubren sus mejillas, a lo que Peter se sienta junto a ella en el fango y la abraza suavemente empujándola hacia su pecho.

            –Al menos me dijiste “no, gracias”, te diste cuenta de que existía –comenta mientras observa la rosa en su pecho, lo que hace que lo termine de abrazar por completo–. Gracias.

            –¿Cuál es tu nombre? –pregunta Peter con sutileza, desviando su mirada al cielo estrellado.

            –¿Mi nombre? Pues desde niña me dicen Rosa.

            –Rosa, dices –añade Peter sin dejar de ver el cielo, dejando escapar un leve suspiro al aire–. Rosa Rojas, porque cuando te ríes o lloras tus mejillas son rojas, como esta rosa que me diste en la tarde.

Rosa se retira de él no sin antes volver a sonreír, acto seguido se levanta y toma la maleta de Peter, indicándole que se tienen que ir.

            –Doctor Gest, sígame –añade Rosa con un ademán de cortesía, mientras arrastra la maleta por el fango–. Que tenemos un largo camino que seguir.

            –Solamente soy un simple médico…

–Ya vámonos –comenta Rosa con una sonrisa en su rostro.

Publicado la semana 3. 13/01/2020
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