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Ignacievij

MACHTIANI: 7

7. Nuestro crimen.

Un cosquilleo recorre el cuerpo inerte de Faustino mientras que su mandíbula muerde la paleta de plástico en su boca. Después de esto, y de recuperar el conocimiento con vista nublada, el mismo cuestionario vuelve a ser pronunciado: cómo se siente, si ve algo diferente, si ve cosas que cree que no son, si escucha algo diferente a su voz y a los sonidos externos, etc. Al no dar una respuesta satisfactoria, Faustino es trasladado en la misma silla de ruedas a su misma habitación. Un par de días pasan y la misma rutina sucede: los succionadores en ambos lados de su frente, sus muñecas y tobillos amarrados a la cama y después la sensación del ligero voltaje que le recorre desde la cabeza hasta las pantorrillas.

Un último cosquilleo recorre su cerebro, trayendo a su mente la imagen de Ale con sus extremidades cubiertas por profundas cicatrices y piel desprendida que deja descubierto el músculo ensangrentado; Abrahel se desvanece por una de las esquinas del cuarto mostrándole su lengua rojiza en señal de burla al mismo tiempo que arrastra un bulto escuro que se mezcla con la sombra del ángulo. El doctor Vallejo observa los resultados del electroencefalograma alterarse tras la última descarga eléctrica, por lo que decide detener el proceso:

            –Oye, chamaco. ¿Me escuchas?

Los oídos de Faustino perciben una decena de voces que exclaman su preocupación o alegría ante su sufrimiento; sus ojos se abren a duras penas encontrándose con una luz a través de un túnel en el que también ve siluetas pasar de un lado a otro, reconociendo esa misma luz como el foco blanco del consultorio. Faustino ladea su cabeza para escupir la pieza de plástico de su boca junto con una gran cantidad de saliva y líquidos estomacales que ensucian el azulejo blanco y los pantalones cafés de Vallejo.

            –¿Cuánto tiempo llevo aquí? –Faustino intenta despegarse de la mesa, sin éxito– Tengo que ir a trabajar…

            –Ya, ya; apenas me digas lo que tengas que decir saldrás de aquí.

Vallejo coloca a Faustino en la silla de ruedas, llevándolo de regreso a su habitación.

            –Si estás aquí es porque quieres –Vallejo le muestro los resultados del electroencefalograma antes de cerrarle la puerta–. Espero que pronto recapacites.

Justo cuando estaba por irse, la puerta de al lado es golpeada consecutivamente, atrayendo la atención del galeno.

            –En seguida te mando a alguien para que te atienda –Vallejo titubea al retroceder de esa puerta metálica–. Deja de molestar a tu vecino.

Faustino se reclina tras la puerta de su dormitorio, golpeándola ligeramente apenas presiente que su victimario se ha ido.

            –Oye, tú. El que golpea la puerta. ¿Puedes escucharme? –Faustino se asoma por la pequeña rendija de la pesada puerta–. Da dos golpes si es “sí” o tres para “no”.

            –Claro que te escucha –responde el ocupante frente a la habitación de Faustino, asomándose también por la pequeña rendija–. Pero es mejor que no hables con ella. Está loca de remate, por eso está aquí, en donde encierran a los chisqueados más peligrosos.

            –¿Loca? ¿Peligrosos? Creo que ya sé en dónde estoy –Faustino recarga sus puños sobre la superficie de metal–. Me llamo Faustino. ¿Tú cómo te llamas?

            –Vicente, pero me dicen Ratón. ¿Tú por qué estás aquí?

            –Ese pinche loquero me trajo sin razón aparente. Según cree que puedo hablar con los muertos y quiere sacarme la verdad de una o de otra forma.

            –¿Y es cierto eso? –Vicente suelta una ligera risa audible por el eco del pasillo– Porque esa no es razón suficiente para traerte encerrado. ¿A cuántos mataste o qué hiciste?

            –¡No! No… para nada. Te digo, es ese pinche loquero loco.

Un repentino silencio incómodo se apodera de esa terminación del pasillo.

            –Oye, Faustino. ¿Y quién es ese pinche Ale a quien tanto le mientas la madre?

Un par de furiosos golpes azotan la puerta del centro mientras que Faustino traga un poco de saliva antes de contestar:

            –Es… era una persona cercana. Falleció hace una semana… creo. No sé cuánto tiempo llevo secuestrado aquí con tanto medicamento y descargas eléctricas…

            –Llevas como cuatro días. Te trajeron el sábado.

Faustino se rasca el cabello con sus dedos, mostrándose frustrado e impaciente:

            –Ya mamé. Me van a correr.

El momento de penuria se minimiza apenas ve por la diminuta ventana cercana al techo a alguien asomarse, por lo que Faustino se apresura a llegar hasta esa entrada de luz lunar:

            –¡Es imposible! ¡Está demasiado alto!

Faustino intenta alcanzar uno de los barrotes, pero falla en el intento, así que decide regresar atravesar su cuarto de almohadillas desgastadas hasta llegar a la puerta metálica.

            –Oye, Vicente. ¿Vicente? ¡Vicente!

            –¿Qué paso, chavo?

            –Vi a alguien asomarse por la rendija de arriba y…

            –¿Apoco ya se te apareció la mutilada?

            –¿La qué? –un escalofrío recorre la nuca de Faustino tras escuchar los resortes del colchón como cuando alguien se sienta– ¿Hola? ¿Te puedo ayudar?

La mujer sentada en la cama de la habitación esconde los lamentos de su rostro entre sus manos, limpiándose la cara con su camisón amarillento de tanta suciedad. Esa misma figura deja de gimotear apenas siente la mirada del otro habitante sobre ella, girando su cabeza al frente quedando medio rostro visible ante Faustino.

            –Otra vez no vino, mi novio. Me dijo que me visitaría todos los días.

Una intensa sensación de miedo se apodera del cuerpo de Faustino, imposibilitándolo de reaccionar ante la espeluznante jovencita.

            –No… no he visto llegar a nadie; pero si lo veo le digo. ¿Cómo se llama?

Esa aparición femenina gira completamente su rostro, dejando al descubierto su otra parte del rostro totalmente destrozada como si le hubieran golpeado con una superficie dura y que le dañó de tal manera que la cuenca de su ojo está vacía.

            –Tengo hambre –la mujer tambalea al incorporarse de la cama–. Tu fuerza espiritual es muy fuerte; ha de saber muy bien.

Faustino cae recargado sobre la puerta metálica, apareciendo que a espaldas de ella se asoma una sombra negra con una sonrisa amarillenta como sus ojos y que se adentra por la rejilla a la habitación, quedando a espaldas de aquella fantasmagórica mujer.

            –Pero ¡¿qué chingados está pasando? ¡Vicente! ¡VICENTE!

La espectral dama se voltea para ver a la tétrica sombra a sus espaldas, agarrándolo del cuello para atacarlo a mordidas, devorándole gran parte de la cabeza y el torso dejando que el resto caiga y se desvanezca como tierra negra.

            –Tú eres hijo de brujos; al menos es lo que emanas.

Faustino observa la cuenca vacía de aquel rostro femenino muy dañado, siendo sus piernas estiradas lo único limitante entre ambos ocupantes de la habitación.

            –Tu alma es muy pura, muy tranquila –la aparición se reclina para quedar a la altura de Faustino–. Va a ser una lástima consumirte.

Unos pasos provenientes del pasillo interrumpen la interacción dentro del cuarto, a lo que Faustino gira para reconocer el ruido de los zapatos que hacen eco y después se voltea para encarar a la aparecida, quien ya no se encuentra ni cerca de él ni en ningún otro rincón.

            –Eh. ¿Pero estás seguro de que no hay pedo si venimos aquí?

            –Simón, we. No hay falla. Nadie se va a enterar; esta área siempre está sola y ella es la única loca encerrada aquí –responde el otro enfermero al llegar a las puertas de esas habitaciones–. Está chidilla la Irma. Un poco agresiva si no está sedada. Lo bueno que en la tarde le di sus pastillitas. Todavía ha de estar dormida con tantas cosas que le recetaron.

Una de las llaves abre la puerta de la habitación de en medio, permitiendo que los enfermeros se adentren y al poco tiempo se logra escuchar unos golpes secos y dos bultos que caen casi al mismo tiempo. Enseguida, el azote de una cabeza contra una superficie sólida intensifica la sensación de violencia; después se logra escuchar unas brutales pisadas sobre una masa de carne hasta que el sonido de algo fragmentarse detiene la violencia del cuarto contiguo; para después escucharse una pesada puerta con su respectiva llave.

Faustino se niega a asomarse, cubriendo su boca con ambas manos para que su respiración agitada no lo traicione; pero el sonido de una llave girando la chapa de su puerta lo estremece de tal manera que decide ocultarse en una orilla de la entrada.

            –Sé que estás detrás de la puerta –le dice una ruda voz femenina–. No te voy a hacer daño siempre y cuando me respondas una pregunta: ¿Cómo conoces a Ale?

Faustino sale de su escondite aturdido por la pregunta, mirando detenidamente a la joven de fornidos brazos y mirada fría e inexpresiva que aguarda bajo el marco de la puerta.

            –¿Y bien? ¿Vas a responder? –esa joven, Irma, cruza sus brazos bajo su enorme busto en señal de impaciencia–. Si no lo haces te voy a dar una chinga como a esos dos enfermos.

            –¿Tú cómo sabes que conozco a Ale?

Irma desliza sus ojos hacia arriba haciendo al mismo tiempo una mueca de enojo:

            –Te la has pasado gritando su nombre desde que llegaste. Ahora dime, ¿cómo conociste a Ale y en dónde fue la última vez que lo viste?

            –Conocí a Ale hace un par de semanas, por medio de una amiga. Ale murió hace una semana después de… de un exorcismo que salió mal.

La única muestra de empatía por parte de Irma es un chasquido que hace con sus dientes, decidiendo después abandonar la entrada a ese cuarto para moverse por el pasillo.

            –Oye, espera. Necesito la llave para sacar a Vicente de su… celda.

            –¿Vicente? –Irma mira confundida la puerta frontal a la de Faustino– Esa celda lleva desocupada más de tres años. Yo he sido la única persona encerrada en esta parte de la clínica.

Boquiabierto, Faustino se asoma por la rendija de la puerta metálica, reconociendo a la figura translucida de Vicente menearle la mano con una expresión de resignación.

            –¿Ubicas en dónde se encuentra la oficina de ese desgraciado de Vallejo?

            –Sí… sí, lo recuerdo con poca claridad, pero sé llegar. Sígueme.

Faustino guía a Irma por un par de pasillos, pasando de largo por los cuartos acoplados para cada paciente, llegando finalmente hasta la sección de oficinas.

            –Esta es –Faustino susurra para evitar ser escuchado por el personal–. ¿Crees que ahí tenga una copia de la llave del consultorio?

Irma gira la manilla de la puerta con tanta fuerza hasta que se rompe con la presión.

            –¡Listo! ¿Sabes en dónde guarda los registros de los pacientes?

            –¡Ahí! En esos cajones –un poco de luz externa ilumina el interior del consultorio– Mira, también ahí están mis pertenencias.

Irma se adelanta a hurgar entre los archivos acomodados por orden alfabético, hojeándolos uno por uno rápidamente mientras que Faustino guarda sus llaves, teléfono y cartera.

            –¡Listo! Tengo los míos. ¿Tú cómo te apellidas?

            –Reyes. Estás en la “I”; el mío debe de estar en el cajón de abajo.

Faustino abre el cajón señalado, encontrándose con unas carpetas nuevas y otras maltratadas.

            –No está el mío –en lo que Faustino extrae las carpetas con impaciencia, una carpeta cae al piso, esparciendo su contenido–. ¡Pinche suerte!

            –Apresúrate, animal. Creo que alguien viene.

Faustino se detiene al leer las hojas del archivo con la escasa luz que se filtra al interior desde una ventana, sorprendiéndose al reconocer la foto de Vicente igual a cómo lo vio en la celda, pero con una descripción perturbadora:

 

Nombre: Ramírez Vicente.

Alías: Ratón de los Dientes.

Delitos: Ataque a menores de edad para privarlos de sus molares.

Posible Diagnostico: Trastorno Obsesivo-Compulsivo (T.O.C.); Hebefilia.

Fecha de Nacimiento: Desconocido; alrededor de 1965.

Fecha de Fallecimiento: 17 de noviembre de 1999.

 

            –Era un maldito enfermo…

De repente, la luz blanca del consultorio es encendida por Vallejo, quien mira estupefacto a Faustino con los archivos en mano e ignorando a Irma a un lado de la puerta preparada para propinarle un golpe que lo derriba sobre la cama. Irma se le sube al galeno apretando sus musculosas piernas contra las costillas de Vallejo mientras que con su antebrazo derecho le oprime la garganta y con su puño izquierdo le revienta la nariz y la cuenca del ojo derecho con un par de golpes más.

            –¡Ya me las debías, pendejete!

            –¡No, espera! ¡Nos van a descubrir!

Faustino intenta sujetar a Irma de la cintura, por encima de la bata, pero esta es más rápida y lo somete del cuello al mismo tiempo que maniobra sus piernas para que terminen en el cuello de Vallejo.

            –Todavía tengo algo pendiente contigo, foráneo. Te voy a soltar, pero para que vayas a cerrar la puerta y ahorita nos arreglamos con este desquiciado. ¿O acaso no tienes ganas de madreártelo por lo que te hizo? ¿Acaso crees que no eres el único a quien le ha hecho lo que te hizo? Y todo gracias al pinche Ale.

Faustino obedece lo que se le dice apenas su cuello es liberado, a lo que prosigue con atar las muñecas de Vallejo a la cama.

            –Listo. Supongo que por derecho de antigüedad tú debes de ser la primera en…

            –¡TRES PUTOS AÑOS ENCERRADA, CABRÓN! –Irma susurra su frustración sin dejar de caminar de un lado a otro y sin despegar su mirada rabiosa de Vallejo– Todo gracias a ti y al puñetas de Ale. ¿Cuál era su plan, animal? ¿Dejarme encerrada ahí hasta que me muera? ¿Por qué no me mataron, hijos de la chingada? ¡Es más! ¿Qué ibas a hacerme apenas supieras que Ale se murió?

Vallejo tose un par de veces antes contestar:

            –Ale me sugirió mantenerte con vida en caso de que se me salieran las cosas de control.

Irma se queda inmóvil ante la respuesta de Vallejo, mientras que en el rostro ensangrentado del psiquiatra se dibuja una sonrisa cínica, lo que provoca que sea está vez Faustino el responsable de agredirlo con su puño en la nariz.

            –¿De qué chingados estás hablando?

Faustino le suelta una patada en la pierna a Vallejo, e Irma lo detiene antes de que repita la misma agresión:

            –Este par de ratas son asesinos seriales.

Faustino palidece tras escuchar la explicación de Irma.

            –¿Qué hacemos con él ahora? ¿Lo entregamos a la policía?

            –No nos creerían; no tenemos pruebas –Irma se mantiene pensativa por un instante, analizando a Vallejo–. Ya sé, vamos a llevárnoslo de aquí. Iré por su camioneta. Que no se te pierda esto.

Irma le entrega su carpeta a Faustino y le quita las llaves del pantalón a Vallejo, saliendo con cautela para no encontrarse con el personal de las instalaciones.

            –¿Confías en ella? –Vallejo luce calmado, con la excepción de su sonrisa.

            –Más que en ti, sí –Faustino responde agresivo sin dejar de vigilarlo.

            –¿Por qué no le das una hojeada a su expediente? Ahí te darás cuenta del porqué estaba encerrada.

Faustino titubea ante la sugerencia de su victimario, pero accede a darle una revisión a las hojas dentro de la carpeta, terminando con una expresión de asombro y temor.

            –Ibarra Rodríguez Michelle Abigail da como resultado su el acrónimo IRMA –Vallejo menea su mentón ensangrentado al hablar–. Aunque Ale y yo preferimos que significara Individuo Responsable de Múltiples Asesinatos; después del brutal asesinato de su madre, su hermana y el novio de esta, claro está.

            –Eso no es cierto –responde Irma tras aparecerse bajo el marco de la puerta–. Fui inculpada por Ale, después de traicionar mi confianza y tú fuiste su cómplice.

            –¿Cómplice? Me gusta esa palabra –Vallejo se jacta de sus ahora atónitos secuestradores–. Digamos que la relación entre Ale y yo era más de mentor y alumno.

            –Oye, morro, tenemos que irnos a la de ya. Depende de ti si confías en mí o no.

Faustino duda por unos segundos su decisión, hasta que decide tomar el extintor próximo a él y con este golpear la mandíbula de Vallejo, borrándole la mueca de burla de su pálido rostro.

 

La noche en la ciudad de Monterrey transcurre tranquila en lo que la camioneta de Vallejo es conducida por una arteria vial que se interconecta con la avenida Gonzalitos; después de ahí, y conduciendo entre calles la camioneta se estaciona frente a la casa de Faustino, quien abre el portón empujándolo manualmente para estacionar la camioneta de reversa para después jalar el portón a su posición original.

            –¿Está es tu casa? –Irma levanta su mirada al ver la modesta vivienda de Faustino.

            –Aquí rento, en lo que veo si me quedo en la ciudad o me voy a los Estados Unidos; aunque a estas alturas la segunda opción parece ser la más conveniente.

Faustino saca el cuerpo inconsciente de Vallejo de detrás de la cajuela, arrastrándolo hasta el sillón más grande la sala.

            –¿Pero en dónde has estado todo este tiempo, estólido? –Natalicia se manifiesta preocupada flotando hasta Faustino– ¿Y este muerto? ¿En qué embrollo te has metido?

            –¿Muerto? –Faustino coloca sus dedos en el cuello de Vallejo– ¡Mierda! ¡Sí está muerto!

            –¿Con quién hablas? –Irma mira desconcertada a Faustino, para después imitar el mismo gesto– ¡Verga! Se te pasó la mano con el extintor.

            –¿Y ahora qué hacemos? –Faustino toma un cigarro de la cajetilla que estaba sobre la mesa del comedor– ¡No podemos tenerlo aquí!

Irma se queda en silencio y pensativa por unos segundos:

            –¿Tienes sosa cáustica?

            –¡No! –Faustino luce frustrado ante la inocente sugerencia de Irma.

            –A este limosnero le rompieron el cuello –añade Natalicia al observar el cadáver.

            –¿Cal?

            –¡Tampoco…! Espera, creo que tengo un poco allá atrás –la esporádica tranquilidad de Faustino se transforma en incertidumbre–. Espera… ¿Para qué quieres cal?

            –También ocuparemos ácido, gasolina o cualquier cosa que arda y una pala.

Faustino mira fijo los ojos de avellanos de Irma que se esconden tras su cabello caoba rizado, decidiendo salir a su patio trasero y regresar con todo lo que le pide.

            –¿Qué cosa osan a hacer con el cuerpo de este gentil? –interviene Natalicia confundida.

            –Te explico luego; por ahora tengo que irme.

            –¿Con quién hablas? –insiste Irma desconcertada– ¿Realmente estás cuerdo?

            –También te explico después. Ahorita ayúdame a subir el cuerpo a la camioneta.

Irma sube el cadáver de Vallejo de un solo movimiento, arrojándolo a la parte trasera de su vehículo; en seguida Faustino abre el portón de su casa para que Irma saque la camioneta y ambos puedan irse con rumbo desconocido.

 

En algún monte baldío retirado de la ciudad, Irma se apresura a cavar un pozo lo suficientemente profundo como para que ella misma necesite la ayuda de Faustino para salir:

            –¿Qué tan profundo crees que sea?

            –Pues yo le calculo poco más de metro y medio –Irma se limpia las manos de tierra y coloca la pala dentro de la camioneta–. Pues bueno; ahora a echar al muertito dentro del lugar de su eterno descanso.

            –Cavaste muy rápido, ¿no crees? –comenta Faustino en lo que jala el cadáver de Vallejo fuera de la camioneta.

            –No me dejaban ni ver la tele en esa pinche clínica, así que me puse a hacer ejercicio; lagartijas y cosas por el estilo –Irma le da un último vistazo al cadáver de Vallejo, retirándole de sus bolsillos su celular y cartera–. Es para que no lo identifiquen si lo llegan a encontrar.

            –Entiendo. ¿Tienes alguna ultima cosa que quieras decirle?

            –Sí. Tiempo me falto para matarte con mis propias manos, desgraciado –Irma patea furiosa las costillas del cuerpo para que caiga dentro de la fosa–. Hasta eso tuviste una muerte rápida, infeliz. Ojalá que te vaya de la chingada en el infierno, si es que existe.

Ambos cómplices comienzan a rociar el contenido de diferentes botellas evitando inhalar los vapores que emanan, para finalmente lanzar un cerillo dentro de la fosa.

            –¡Sí que se quema rápido! –un brillo de satisfacción se refleja en los ojos de Irma– Rápido, échale también las botellas hasta que se derritan y ya al final le ponemos la cal y la tierra… y el resto lo esparcimos.

Los fugitivos lucen agotados tras aplanar el montículo de tierra para que luzca emparejada con el resto de la superficie del baldío, mirándose mutuamente agobiados ante tal suceso:

            –¿Qué hacemos con la camioneta? Las huellas de las llantas están por todo el lugar.

            –Todavía tenemos una hora antes de que amanezca –Irma observa el horizonte y el firmemente con pocas estrellas parpadeantes– Podemos dejarla en la Topo Chico y ya que los cholos se hagan cargo del resto.

            –¿Tenemos otra opción?

            –Ir a la presa y arrojarla ahí adentro, pero nos tomaría como una hora llegar.

Faustino guarda la pala dentro de la camioneta meneando sus brazos en señal de frustración:

            –Yo conduzco, pero apenas estemos en la Topo vamos a tener que correr o también ahí quedamos.

Irma aborda la camioneta para que esta parta de regreso a la ciudad ante los deslumbrantes rayos solares que se alcanzan a notar por el horizonte.

 

Publicado la semana 29. 19/07/2020
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