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Ignacievij

MACHTIANI: 6

6. Lo demonio.

El humo que expulsa por su boca parece no perturbar la mirada perdida que Ale mantiene en algún punto muerto de la pared, ignorando también las voces que lo llaman gentilmente:

            –Private, Ale, ¿Cómo How are te hiciste you feeling daño? –Ale observa sus botas de gamuza color arena mientras aparta el fleco que le cuelga sobre la frente– Private Ale, you’re safe aquí está el padre now Nicolás. You can talk dice que te va a ayudar whenever you want… ¿Ale? Soy yo, Faustino.

            –¿Ah? Faustino; hola –Ale le dirige una sonrisa agotada a Faustino–. ¿En qué momento llegaste?

            –¿Qué te sucede, Ale? –Faustino mira cómo Ale se lleva su cigarro a la boca, apartando los largos mechones que le llegan hasta la nariz– ¿Ale? Contéstame.

            –Ale, no sé si te acuerdas de mí. Soy el padre Nicolás. Ya habías ido más de una vez a la Basílica buscando ayuda. Decías que te atormentaban fantasmas y sombras. ¡Dios, qué frío hace aquí!

            –Oh, es cierto, padre; todavía me acuerdo de usted –el cuello de Ale cruje cuando lo gira levemente–. ¿A qué ha venido?

Faustino y el padre Nicolás se miran el uno al otro, extrañados ante el comentario de Ale.

            –Dime, Ale, ¿qué es lo que te sucede? –el padre se reclina con un gesto amable, percatándose de las largas ataduras en las extremidades de Ale– Estás telas en tus muñecas, y la herida... ¿Te las hiciste tú?

Ale agita su fino mentón como afirmación en lo que aspira su cigarro; apagándolo después sobre su lampiña pierna desnuda, intrigando a los visitantes al ver la ausencia de quejidos.

            –Confiéseme, Padre, porque he pecado –Ale le dirige una mirada de hostil al padre Nicolás, mirada que sobresalta al clérigo por las notorias ojeras bajos los ojos opacos–. Mi última confesión fue hace, creo que hace siete años... ¿O es mi primera confesión?

            –Bueno, eh, Ale, dime... ¿De qué te quieres confesar? –el padre Nicolás tartamudea al ver la figura inmóvil de Ale sostenida por Faustino– Comúnmente este proceso se hace a solas; pero viendo las circunstancias, creo que Faustino puede quedarse.

            –Yo me acuso de haber ultrajado a varios inocentes; de haber pecado de lujuria; de haberle arrebatado la vida a unos que no lo merecían… –Ale hace una pausa para estirar su mano hacia la mesita de noche de donde toma un frasco con medicamento y una botella de vidrio llena de agua, con la que consume una pastilla– pero, sobre todo, yo me acuso de haber vendido mi alma a cambio de nada.

El padre Nicolás y Faustino se miran estupefactos ante la confesión de Ale.

            –¿Por qué dices estás cosas, Ale? –le cuestiona Faustino con calma en lo que analiza la herida del brazo– Creo que será mejor llevarte al hospital, con un profesional. ¿Tienes familia? ¿Alguien a quien le podamos avisar que estás aquí?

            –No tengo a nadie; literalmente, a nadie. soy un foster child –los ojos opacos de Ale se humedecen ligeramente–. Pero eso ya no importa, ya nada importa. De esta noche no paso.

            –No digas eso, Ale. Tú no debes de pensar de esa manera sobre tu persona –Faustino hace un intento para razonar con Ale, quien comienza a romperse emocionalmente–. Te vamos a ayudar; me tienes a mí.

            –Tú no entiendes, Tino –Ale levanta su cara empapada por las lágrimas que hacen que sus mechones se adhieran a la pálida piel–. Te agradezco mucho por estos maravillosos días, pero ya viene por mí…

Ale no termina de hablar cuando de repente su espalda se arquea hacia atrás, obligando a que un grito seco se retenga en su garganta.

            –¡No hagas eso, Ale! ¡Te vas a lastimar!

Tanto Faustino como el padre Nicolás intentan acomodar a Ale en su posición original.

            –¡¿Quién viene, Ale?! –le pregunta el padre intrigado.

Ale comienza a realizar muecas de dolor que obligan a que sus venas azuladas sobresalgan de su piel; todo esto mientras que, con su mano y dedos que se niegan a extenderse, señala una de las páginas amarillentas pegadas cerca del espejo de la habitación:

            –Adda… Nari…

Faustino se queda inmóvil al escuchar la ronca voz de Ale, prestando poca atención a los rezos que el padre Nicolás comienza a recitar en español y en latín.

            –¡Muchacho! ¡Faustino! ¡Ayúdame a tenderlo sobre la cama! ¡Y amárrale los pies! –el padre Nicolás ajusta los restos de sábana en las muñecas de Ale para evitar que se siga retorciendo– ¡Algo está dentro del cuerpo de Ale!

            –¡No me vas a llevar! ¡No me vas a llevar! You won’t take me!

Los gritos ensordecedores de Ale parecen minimizarse apenas la figura de una mujer de pie a lado de la cama la mira directo a los ojos.

            –¿Duele mucho? –pregunta esa mujer de escasas prendas que cubren su cadera y torso– Nunca dije que sería fácil llevarme tu alma. Es más, disfruto mucho verte sufrir.

            –¡Ale! ¡¿Qué te pasa?! ¡¿Ves algo?!

Los llamados de Faustino se pierden en la distancia en lo que la mirada de Ale se pierde en una visión en el desierto, apreciando unos cuerpos tendidos a lado de una humilde choza.

            –Vestri 'non dico vos quis tu es –comenta Ale en un pobre latín.

            –¿Con quién hablas? –le pregunta el padre Nicolás en lo que mira al vacío a lado de la cama– ¿Ale? ¡Dinos algo!

            –Padre, creo que un demonio está atacando a Ale.

            –Me niego a creerlo, pero todo indica que sí: las sacudidas, el latín que dice… –responde el padre con temor en lo que ve a Ale dejar de sacudirse–. Además, si no se tiene la certeza de que sea una posesión, no puedo hacer nada al respecto. ¡Y no estoy capacitado para realizar un exorcismo!

            –En ese caso, lo haré yo; sólo diríjame…

            –Nos estarás metiendo en un problema muy grande y lo sabes bien…

            –Si algo sale mal, dirá que yo me encerré y que no tuvo manera de impedirlo.

Faustino le extiende la mano al padre Nicolás para que le entregue su biblia y el agua bendita, a lo que este accede con cautela.

            –Primero, tienes que preguntarle el nombre del demonio.

            –Al parecer su nombre es… ¿Adda Nari? –Faustino arranca la hoja amarillenta que Ale había señalado– Este no es el nombre de un demonio sino de una deidad mística…

            –¡Non Adda! –el alarido de Ale interrumpe a Faustino, mientras que con la mirada le indica el espejo de la habitación– ¡You suck! ¡You! ¡Be! ¡Camión!

            –¡Está delirando! –añade el padre al ver a Ale retorcer sus extremidades.

            –¿Crees que sabes mi nombre? –la misteriosa mujer se jacta frente a Ale– Qué cobarde de tu parte no cumplir la parte del trato.

Los ojos de Ale se tornan blancos mientras que a su mente llega otro recuerdo:

            –Te ofrezco las almas de mil pecadores a cambio de un trato contigo, Adda Nari…

Adda Nari apunta con su daga al tigre reposando a sus pies, mientras que le dirige la copa de su otra mano a Ale.

            –¿Y qué quieres a cambio, humilde mortal? ¿Inmortalidad? ¿Longevidad?

            –Usted ya sabe lo que quiero…

Tanto la mirada de Adda Nari, como la del tigre y el buey que reposa a su costado, miran intrigados a Ale, hasta que las miradas se dirigen a la mujer de cuatro brazos:

            –Con que eso es lo que deseas. Entonces lo tendrás. ¡Sabiduría se te será dada! Aceptaré esas almas que ofreces; pero cuando me plazca, tomaré el alma de una persona allegada a ti. Una persona por la que darías tu propia vida…

Ale le muestra una sonrisa de soberbia a Adda Nari, mueca algo desafiante:

            –Bien sabes que eso no pasará…

El recuerdo se esfuma, así como llegó, con Adda Nari acercando su rostro hasta la nariz de Ale, generándole dolores que retuercen su delgado ser.

            –Solamente eres capaz de amar a tu propia persona, Alexandri Robledo y esa fue tu propia perdición –Adda Nari besa a Ale mordiéndole los labios hasta que sangren, saboreando el sabor de la herida–. Cumpliste tu cometido sin darte cuenta de que tú misma alma se estaba convirtiendo en un pecador más…

La ligera mueca de gratificación de Ale aturde tanto a los mortales como Adda Nari sin que esta se aleje del rostro de su víctima.

            –Aun en tus últimas instancias de vida mantienes tu orgullo en lo más alto –Adda Nari vuelve a saborear el sabor de la sangre antes de retirarse de Ale–. Dime, insignificante mortal: ¿Qué es lo que te causa gracia en este momento de desdicha?

            –You can suck a bus–Ale le dirige una mirada a Faustino y después de al padre Nicolás–. No hay dioses que adorar en el río Mosela…Faustino se apresura a arrancar

            –¡Súcubos! –exclama Faustino emocionado– Padre, Ale está lidiando con un súcubo.

            –¿El río Mosela? Me suena ese nombre de una leyenda, pero no lo recuerdo…

Ale extiende su mano con las pocas fuerzas que le quedan, obligando a que la puerta del cuarto se cierre de golpe.

            –Abra la puerta; queremos ver cómo sufre –susurra una voz infantil desde la sala–. Abra la puerta.

            –¿Escuchó eso padre? Fue la voz de un niño…

            –Sí. Dijo que “abra la puerta…” –el padre Nicolás se queda en silencio unos segundos–. “Abrahel…” ¡Faustino! ¡El nombre del súcubo es Abrahel! ¡Es la de la leyend…!

Indignada, Abrahel arroja por los aires al clérigo hasta estamparlo contra una pared, dejando solo a Faustino que logra visualizar de manera borrosa a la intimidante súcubo.

            –Adda Nari… Abrahel… –Faustino aprecia el dibujo de la hoja amarillenta que sostiene con su mano izquierda– ¡¿Cómo pudiste ser tan pendejo, Ale?! ¡Adda Nari no pide almas a cambio de favores! ¡Eso es un disfraz para vender tu alma a las fuerzas del mal!

            –El pendejo eres tú, Faustino –Ale refleja su cinismo con una sonrisa–. Al menos yo hice lo que quise con mi vida y voy a pagar el precio. ¿Qué estás haciendo con la tuya?

Faustino se mantiene mudo ante la ausencia de una respuesta; sus pupilas tambalean al momento de humedecerse y su boca se entreabre al intentar decir palabras:

            –¿Lo sabías de antemano? ¿Sabías que esto iba a pasarte?

            –No me arrepiento de nada… –Ale aprieta su dentadura al expresarse.

            –Eso a mí no me interesa –Faustino ve los borrosos ojos de Abrahel con aires de desafío–. Lucharé por tu alma, aunque tenga que perder la mía.

Faustino levanta la biblia y el frasco con agua bendita y se para justo al pie de la cama en la que Ale yace con mordazas en sus extremidades; mientras que Abrahel lo mira con curiosidad y sin perturbarse en lo absoluto.

            –Dices que tu nombre es Florentino, ¿no es así? –Abrahel analiza a Faustino con sus enormes ojos oscuros– Pareciera que la historia se repite…

            –Mi nombre es Faustino Reyes y vengo a liberar a Ale de su martirio…

            –Fausto, Faustino, Florentino; todos comparten lo mismo: una curiosa voluntad.

El ambiente de la habitación de Ale se vuelve intenso; apenas y el padre Nicolás puede recuperar el conocimiento para apreciar tan brutal duelo entre un simple mortal contra un ente del mismo inframundo… y los propios ojos del religioso se niegan a ver tal suceso.

 

 

 

Una semana después…

Faustino coloca su vaso vacío sobre la barra dispuesto a adentrarse a la oscura pista de baile vagamente iluminada por las esporádicas luces de diferentes tonos que rebotan por los rincones del establecimiento. Faustino aprecia por unos segundos el ambiente, reflejando su estado de ebriedad con una sonrisa hasta que finalmente parte de su asiento de la barra adentrándose a bailar al interior del túmulo de noctámbulos en donde es recibido por diferentes personas bajo los mismos efectos del alcohol. Unos brazos femeninos se cruzan tras su nuca conforme el ritmo de la música electrónica avanza, y en seguida, sus labios comparten un profundo beso con la misma chica que con él baila, imitando el mismo gesto con otro joven que se les une, conformando un intenso beso de tres.

Conforme los besos y caricias se intensifican y los rayos de colores caen sobre sus cuerpos, el estado de ebriedad de Faustino le obliga a recordar eventos no deseados: sus manos acariciando la cadera desnuda de Abrahel mientras acaricia a la chica, unos afilados dientes en lo que su cuello es besado por el otro acompañante, y el cuerpo lacerado de Ale que se abalanza sobre él tras sentir a esos amantes intensificar su pasión en medio de la pista.

A la mañana siguiente, Faustino se despierta de la desarreglada cama encontrándose con una espalda desnuda, por lo que decide buscar sus prendas e ir al baño para lavarse la a boca la cara. En seguida, Faustino parte de ese departamento de un tercer piso ubicándose en cuento reconoce una estación de metro, accediendo a este servicio hasta llegar a una estación próxima a su vivienda.

            –Pinche mierda… la marcha de la vergüenza… –Faustino aprieta su frente al ver que en el tramo para llegar a su casa hay una pequeña iglesia– Desde que me gradué que no hago esto…

La escasa luz matutina incita a que uno que otro vecino salga a correr por un parque cercano mientras que Faustino llega hasta el portón de su casa, abriéndolo con poca paciencia y adentrándose directo a su habitación, pasando de largo a Natalicia quien aguardaba en el comedor frente a la computadora.

Un par de horas bastan para que Faustino se recupere, despertándose al sentir los rayos de sol calentar su almohada, incitándolo que tome unas cuantas prendas tendidas en una silla y se dirija al baño, encontrándose con la mesa cubierta por una ligera capa de fino polvo blanco:

            –Te intenté hacer un café –Natalicia luce apenada ante la bochornosa escena–. No cómo usar la cafetera, así que opté por hacerlo a mi manera.

            –Ah, este… muchas gracias –Faustino se sienta para beber del café, mostrando una mueca de aprobación–. Quedó muy bueno, la verdad. ¿Le pusiste tres de crema para café?

            –Sí… y piloncillo –el rostro de Natalicia se ilumina tras escuchar a Faustino–. Pensé que te sabría mejor.

            –Pues creo que ahora tengo una nueva receta para el café. ¿Y cómo vas con tus videos? ¿Te gustó el formato que les puse para que fueras más visible?

            –¡Quedaron estupendos! Mi primer video tiene más de cien visitas, el segundo lleva un poco menos pero ahí va. ¡Muchas gracias! –Natalicia flota unos cuantos centímetros de la mesa por la emoción– A propósito, dejaste tu teléfono anoche; te llamaron Carmela y Fernanda. Carmela preguntó cómo seguías después del funeral de Ale.

            –Oh, le contestaste –Faustino se acaba su bebida tibia de un sorbo, disimulando su desinterés–. Al rato le hablo. Voy a darme un baño. Gracias por el café.

En lo que Faustino se retira para adentrarse al baño, Natalicia se le acerca flotando por la espalda, frotándole la frente con su mano derecha y la espalda baja con la izquierda.

            –Ya estás en casa; no tienes que esconder tus penurias –Faustino luce paralizado por el acto de Natalicia–. Si por mí fuera, permitiría que me desposaras para calmar tu dolor.

En cuanto Natalicia lo libera, Faustino regresa a la normalidad, dándose media vuelta para encarar a la difunta:

            –¿Decías algo?

            –No, nada.

Natalicia se muestra sonriente, escondiendo su mano izquierda tras su espalda, misma que lleva al frente apenas Faustino se adentra a la regadera, y la cual muestra una especie de humo negro que consume como si de un alimento se tratara.

Las horas pasan y Faustino se mantiene encerrado en su cuarto escuchando música y lanzando al aire una pelota de espuma. A la orilla de su cama se encuentra una botella de whiskey media vacía y cerca de esta su celular timbra, interrumpiendo la canción que sonaba.

            –¿Bueno? –Faustino responde su teléfono por inercia– Sí, soy yo. ¿En qué le puedo ayudar? ¿Sus cosas? Pero, Ale era un posesionario en ese departamento. ¡Ah! De su trabajo. ¿Y no hay alguien más? Ah, las puso a mi nombre en caso de emergencia. Llego en una media hora, espero no haya problema. ¿Sí? Bueno, gracias y adiós.

Faustino se levanta de su cama para vestirse con algo más casual, saliendo de su cuarto para encontrarse con Natalicia escribiendo en su computadora mientras responde unas cuentas preguntas que le realizan unos internautas.

            –Voy a salir –la boca de Faustino se mueve sin decir palabras al mismo tiempo que hace señas con sus manos–. Me voy a pasar por el pasillo.

Natalicia hace una mueca afirmativa para que su conversación virtual no se vea interrumpida, viendo de reojo a su compañero de vivienda salir por la puerta trasera y segundos después escucharlo abrir una puerta oxidada con el menor ruido posible hasta llegar al portón.

 

Faustino se queda inmóvil a la entrada del pasillo que da a la morgue del hospital en el que trabajaba Ale, un tanto sorprendido al ver la tranquilidad de las instalaciones, apenas escuchando unos ruidos producidos por algunos trabajadores.

            –¿Buenas tardes? –Faustino llega hasta una pequeña oficina tapizada por unos cuantos casilleros– Soy Faustino; me llamaron para que recogiera las cosas de… Ale.

Faustino se detiene al marco de la puerta tras percatarse que uno de los casilleros tiene un pedazo de cinta con “A. Robledo” escrito sobre este, generándole una sensación de tristeza.

            –¿Le puedo ayudar en algo?

            –¡Ah! Perdón, perdón –Faustino recupera su postura después de ser asustado por el hombre de bata blanca–. Me llamaron para que viniera a recoger las pertenencias de Ale Robledo, la persona que falleció la semana pasada–. Soy Faustino.

            –Sí, te recuerdo; ya nos habíamos conocido –el misterioso sujeto se limpia sus anteojos cuadrados para después volvérselos a colocar–. Habías venido con una señorita, si mal no recuerdo. Soy el doctor Vallejo.

Faustino se mantiene en silencio un tanto intimidado por la gran altura del doctor Vallejo, además de su porte frío y de pocos amigos.

            –Vaciaron su casillero esta mañana y no sabían en dónde colocar sus cosas, así que les dije que no había problema en tenerlas en mi oficina. Acompáñame, por favor.

El doctor Vallejo guía a Faustino hasta un pequeño elevador que sube un par de pisos y que se detiene en un pasillo muy poco iluminado repleto de consultorios ya vacíos.

            –Es por aquí; dejaron sus cosas en una caja.

            –¿Una caja? –exclama Faustino sorprendido.

            –Sí. No tenía muchas cosas, la verdad –el doctor Vallejo entra a su bien ordenada oficina–. Aquí están. Como podrás ver sólo tenía su bata, un cambio de ropa, unos libros y uno que otro amuleto.

Faustino hurga con gentileza la caja encontrando un escapulario con una cruz en una imagen y una mujer en la otra.

            –A pesar de que teníamos nuestras diferencias, le tenía una gran admiración por su trabajo. Era bueno en lo que hacía.

            –¿Bueno? –Faustino deja de mirar el artefacto religioso para ver al galeno colocar sus nudillos detrás de su propia espalda– ¿A qué se refiere con “bueno”?

            –Me refiero a que para ser forense su trabajo era demasiado bueno; sabía descifrar el por qué o la causa de muerte con gran facilidad –el doctor Vallejo invita a Faustino a salir de su lugar de trabajo con un gesto cordial–. Es como si supiera lo que el criminal pensaba cuando de asesinatos se trataba.

Faustino se dirige al mismo elevador con la caja mediana en brazos, viendo al médico acercarse al botón para presionarlo.

            –Sí; Ale era alguien muy peculiar en muchos aspectos.

            –Le gustaba lo dark o algo así; lo digo por sus libros –el doctor Vallejo apunta a los libros en el interior de la caja–. Me hubiera gustado que me prestara uno que otro para leerlo.

            –Si quiere le presto uno. Digo, no es como que tampoco los vaya a leer yo…

            –¿Seguro? –el doctor Vallejo introduce su mano en la caja, tomando el segundo libro– Este me llamó la atención. Soy escéptico a cosas relacionadas con el esoterismo, pero me interesa el saber por qué la gente se adentra a eso. Muchas gracias.

Un silencio incomodo se genera dentro del elevador en lo que este se abre en la planta baja.

            –Oye, Faustino, ¿por dónde vives? Quizás te pueda dar un aventón.

            –Gracias. Vivo aquí por Mitras, pero planeo llevarle estas cosas a una amiga que vive por la Uni; ella era más cercana a Ale.

            –Ah está muy bien. Ahorita me toca quedarme en el turno nocturno de mi otro trabajo, así que te puedo dejar por la Uni; me queda de paso.

            –¿Tiene dos trabajos?

            –En efecto. Si quiero vivir bien tengo que fregarle más –el doctor Vallejo señala su camioneta de reciente modelo en el estacionamiento– Ven, súbete. Pon las cosas atrás.

En cuanto el vehículo sale del estacionamiento dirigiéndose por una arteria principal, el docto Vallejo muestra una mueca de empatía que no combina con su apariencia alta y paliducha, poniendo atención a los espejos de su automóvil.

            –¿Realmente crees en esas cosas? Lo de la brujería y fantasmas y cosas así.

Faustino se mantiene perdido en algún punto muerto de la caja:

            –Siendo honesto, sí. Yo he visto muchas cosas que me han sacado sustos.

            –¿En serio? ¿Qué tipo de cosas?

            –Sombras y siluetas; cosas por el estilo –Faustino responde sin pensarlo, como si se tratara de un mero reflejo–. También voces. Cuando era niño la cosa era peor…

            –Ya veo –el doctor Vallejo se cambia al carril izquierdo.

            –¿Y usted, doc? ¿Cree en ese tipo de cosas?

Faustino gira su cuello para formular la pregunta, dándose cuenta muy tarde del paralizador eléctrico que el doctor Vallejo coloca sobre su hombro.

            –Nada personal, chavo –el galeno le aplica otra carga eléctrica en lo que mira el flujo de la carretera con una sonrisa de satisfacción–; es sólo cuestión de investigación.

Faustino no pierde el conocimiento tras sentir otra descarga, pero sí se mantiene lo suficientemente inmóvil como para desconocer el trayecto por el que se desplazan. Unos cuantos minutos después, Faustino siente como lo bajan de la camioneta recibiendo otro impacto eléctrico y difícilmente ve como es arrastrado por el estacionamiento de un edificio pequeño por el que es conducido por los pasillos, poco a poco escuchando lamentos de dolor esparcidos por diferentes secciones.

Después de un rato Faustino recupera sus cinco sentidos tras estar sentado amordazado de las muñecas con gruesas cintas de cuero sintético provenientes de una silla metálica.

            –¿Qué está pasando? –los parpados de Faustino recobran su coordinación– ¿Qué vas a hacerme, desgraciado?

            –Nada personal, chirigüillo –el doctor Vallejo enciende las luces de lo que resulta ser un consultorio–. Lo hago por el deseo de saber si lo que dice la gentucha es cierto; su origen, si no está basado en algo cultural o es paranoia colectiva heredada. ¿Quieres agua?

En seguida, el siniestro galeno se acerca a un dispensador de agua sirviendo un poco del líquido en un vaso desechable con un popote en su interior que le extiende a Faustino para que lo beba con lentitud.

            –¿De qué chingados hablas? –un poco de agua escurre de la boca de Faustino– ¿Fue por lo de fantasmas? ¡¿Nada más por eso?! ¡Auxilio!

            –Grita más fuerte; total los enfermeros creerán que eres otro paciente.

El doctor Vallejo le vuelve a dar de beber a Faustino, quien se acaba el contenido del vaso para escupírselo en el rostro.

            –¡¿Crees que no sé qué le echaste algo al agua?!

            –Vaya, pues pendejo no eres –Vallejo se limpia la cara con una servilleta de papel, después, se aproxima a un cajón para preparar una jeringa–. Entones, vayamos directo a la anestesia. Esto te va a gustar…

Faustino sacude sus extremidades amordazas en un intento fallido de evitar la inyección, hasta que su cuerpo se relaja y la última imagen que ve es la sonrisa tranquila de su secuestrador que lo mira desmayarse.

 

Esta vez Faustino siente su espalda descansar sobre una superficie suave, e igual, sus muñecas y tobillos inmovilizados; sintiendo también unos cuantos objetos que le presionan la cabeza y un pedazo de plástico en la boca. De repente, sus manos y pies se tambalean ligeramente en lo que su dentadura muerde con suavidad el plástico.

El doctor Vallejo revisa los resultados del electrocardiograma en lo que Faustino logra recuperar parte de su conocimiento sin abrir los ojos.

            –¿Cómo te sientes? –Vallejo gira sobre su banco metálico para ver a Faustino atado a una camilla y quitarle el plástico de la boca– ¿Qué me puedes decir? ¿Ves algo?

            –Dile que no –le sugiere una voz a Faustino–. Si le dices que sí, te seguirá electrocutando. Así me pasó.

            –A mí también me hizo lo mismo hasta que morí –añade una voz femenina.

            –¿No?… no –los parpados de Faustino se niegan a abrirse.

Vallejo lo mira detenidamente, decidiendo volverle a introducir la paleta de plástico.

            –No me estás diciendo la verdad. Soy psiquiatra y sé cuándo alguien miente.

Una sensación de hormigueo recorre el cuerpo de Faustino y esta vez su rostro muestra signos de dolor que se detienen cuando Vallejo apaga el aparato causante de tal sensación.

            –Eso ya fue por gusto personal –el doctor Vallejo libera las extremidades de Faustino para colocarlo en una silla de ruedas–. Entiendo que no quieras cooperar, no te lo pedí. Pero bueno, hay veces que tomar algo por la fuerza es la única opción… o al menos eso hacía Ale.

            –¿Ale? –Faustino intenta girar su cuello, pero el agotamiento se lo impide– ¿Qué tanto sabías a Ale? No te vi en el funeral.

            –No éramos muy cercanos, lo nuestro era estrictamente laboral –Vallejo empuja la silla de ruedas por un oscuro pasillo hasta llegar a una habitación de puerta metálica–. Realmente admiraba su trabajo… o pasatiempo, como Ale le decía; de vez en cuando me asesoraba con respecto al mío: deshacerme de los cuerpos y cosas por el estilo. Sin embargo, yo me mantenía escéptico a eso de ver fantasmas, hasta que el interés se intensificó.

            –¿Por qué me dices todas estas cosas?

            –Porque será el último contacto humano que tendrás al menos que colabores.

El doctor Vallejo acomoda a Faustino dentro de la habitación recubierta de colchones.

            –Mañana vendrá una enfermera a atenderte; mientras tanto buenas noches. Y no molestes a tu vecino, por favor. Tiene un humor de los mil demonios.

La puerta se cierra evitando que las pocas fuerzas de Faustino impidan acercarse más que para golpear la sólida estructura; después, este se siente apretando las rodillas con su pecho.

            –Digas lo que digas, él te matará; así lo hizo conmigo –comenta otra voz.

            –Lo mismo me pasó –la voz femenina hace eco en el cuarto–. Es un maldito enfermo.

Una decena de voces opacan el ambiente dentro de la habitación de Faustino impacientándolo, fomentando a que este grite su coraje:

            –¡Ya cállense! –la imagen de Ale en el cuarto sonriéndole a Faustino se hace presente, enfureciéndolo aún más– ¡CHINGAS A TU MADRE, ALE!

Las voces y la imagen de Ale se desvanecen repentinamente mientras que unos potenciales golpes provenientes del cuarto contiguo se apoderan del silencio nocturno.

Publicado la semana 28. 10/07/2020
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