27
Ignacievij

MACHTIANI: 5

5. Perdido en ti.

En algún lugar de Monterrey, Nuevo León. Viernes 10:00 a. m.

Ale murmura una canción trabada en su garganta al mismo tiempo que limpia los utensilios quirúrgicos sobre la plancha metálica antes de guardarlos en un estuche negro. De repente, Ale detiene su melodía en lo que toma su teléfono celular y marca a uno de sus contactos, aguardando hasta que el timbre de espera sea atendido.

Al otro lado de la línea, Faustino duda sobre si contestar la llamada, quedando su mirada plasmada sobre su aparato de comunicación que se tambalea sobre su mesa de trabajo, hasta que este decide atenderlo:

            –¿Bueno, Tino? Pensé que no contestarías –exclama Ale con tono de sorpresa.

            –¿Sí? ¡Ah! Lo que pasa es que estaba ocupado en la oficina –Faustino se frota la nariz con sus dedos, recostándose sobre la silla–. ¿Qué pasa?

            –¿Seguro que es eso o todavía andas traumado con lo de la otra noche? –la voz de Ale suena melosa a propósito– En fin, no importa. Estaba hablando con Fernanda y pensamos que sería buena idea ir hoy a Barrio. ¿Qué dices?

Faustino se mantiene en silencio por un corto tiempo antes de llegar a una conclusión:

            –¿Fernanda? Ah, sí; estaría bien. Dices hoy, ¿verdad? No tengo nada que hacer hoy.

            –¡Excelente! También puedes invitar a Carmela, entre más, mejor. Hablando de ella, ¿Cómo sigue con lo de la otra noche?

            –Ah, ella; no responde mis llamadas –Faustino traga un poco de saliva en lo que se acomoda sobre su silla–. Parece que aún sigue impactada con lo que escuchó. Ya que lo mencionamos, creo que es conveniente que me expliques una que otra cosa…

            –Bueno; te vemos por la tienda de conveniencia de la esquina –Ale interrumpe a Faustino con un tono más animoso–. Yo ya voy de salida, iré a mi casa a descansar. Bye.

Faustino escucha el sonido de la llamada terminada, lo que lo incita a exhalar un poco de aire por su boca en lo que se acomoda sobre su asiento para seguir trabajando.

            –Pinche Ale, tiene más misterios que la virgen…

Apenas susurra su frustración, Faustino revisa nuevamente su celular, percatándose de los mensajes ignorados de Carmela, decidiendo llamarla para asegurarse de que se encuentre bien; pero Carmela no contesta su teléfono, tan sólo deja que este vibre en silencio mientras se acurruca entre sus enormes cojines en la cama. Faustino se percata de que no puede hacer nada más al respecto; así que decide apartar su celular y enfocarse sobre su escritorio, aguardando desinteresadamente a que su turno laboral llegue a su fin.

 

Conforme la tarde avanza, una serie consecutiva de murmullos comienzas a perturbar la mente de Faustino sin que su rutina laboral sea interrumpida, ignorando también el esporádico ruido de sus compañeros, los teléfonos que suenan y la máquina de copiado; hasta que un repentino recuerdo aparece en su mente, sin que lo sobresalte ni lo distraiga de su trabajo: el de su abuela abrazándolo firmemente mientras que reza para disimular un fuerte y terrorífico lamento proveniente de algún lugar cercano. Ese recuerdo cambia a una imagen de él deambulando por una casa de adobe y techo de lámina, en cuyo amplio patio frontal se logra ver a cinco personas desnudas teñidas con un tinte negro sobre sus carnes, que levantan sus manos apuntando a la casa sin que la figura plasmada con cal sobre la tierra se deforme ni que la iluminación de las velas negras y rojas se apaguen con el aire.

Faustino parpadea rápidamente apenas uno de sus compañeros le toca el hombro, desprendiendo su ser del monitor para poder responderle su duda:

            –Entonces… ¿Crees que esté para el lunes ese proyecto?

            –¿Para el lunes? Pero si lo puedo acabar hoy mismo –Faustino regresa a al monitor de su computadora–. Solamente acomodo esto acá, le doy una segunda revisión y estará listo.

            –Muy bien, excelente. Entonces apenas lo acabes lo mandas y te puedes retirar. Creo que con esto el cliente estará satisfecho y pues, será tu trampolín para seguir con la empresa.

Faustino disimula su satisfacción con una mueca en forma de sonrisa mientras verifica la hora con su reloj de muñeca, esperando ansiosamente el momento de poder retirarse.

 

El tráfico comienza a disminuir apenas el sol se oculta y los pocos trabajadores salen de sus respectivas labores con diferentes destinos, siendo Faustino uno de esos tantos que tienen el beneficio de poder disfrutar la calmada vida nocturna que se aproxima; y nada mejor que una bebida fría de uva mientras espera a sus conocidos en la esquina del establecimiento señalado.

            –Hola, perdido. Pensé que ya no querías saber nada de mí –Fernanda con su disimula su acento chihuahuense–. ¿Cómo has estado?

            –¡Ah! Bien, bien. Es sólo que he estado muy ocupado. El trabajo y todo eso, ya sabes.

            –Entiendo –Fernanda se queda pensativo unos segundos–. Así que ya conociste a Ale.

            –Así es. Esta ciudad es muy pequeña. –Faustino se queda inmóvil mirando hacia la distancia–. Oye, Fer; dime… ¿Cómo conociste a Ale?

            –Prefiero no hablar mucho de los detalles. ¡Ah, mira! Ahí viene.

Ale se aproxima a ellos con sus brazos ligeramente abiertos, saludando primero con un beso en la mejilla a Fernanda y con un fuerte estrechón de manos seguidos de un golpe de hombros a Faustino. De inmediato Ale se remueve sus anteojos negros y los guarda en la apertura de su camisa, generando un peso que deja al descubierto la cicatriz que arruina los trazos desvanecidos plasmados sobre su pecho.

            –Entonces, ¿ya decidieron a cuál ir? –Ale golpea gentilmente el brazo de Faustino sin que su sonrisa se desvanezca– Estaba pensando en ir al que está aquí en la esquina, pero todavía falta otra hora para que lo abran. Igual casi todos abren en una hora. ¿Ya cenaron?

            –Todavía no; busquemos algo de comida vegana –sugiere Fernanda al frotarse su plano estómago–, o no sé qué diga Tino. ¿Tú qué dices?

            –Por mí de cualquier guiso puede hacer el taco. Aunque aquí en seguida está un restaurante vegano.

            –Comida pa’ conejo será, en todo caso –Ale toma la delantera con un ademán caricaturesco, dando dos largos pasos para tomar la rienda de la dirección.

 

Conforme la noche se apodera de Barrio Antiguo y las almas fiesteras buscan el lugar apropiado que satisfaga sus ansias de divertirse, el trío de jóvenes se encamina cuesta abajo hacia un establecimiento llamativo por su música en vivo, siendo Ale la primera persona de los tres en adentrarse, acaparando una mesa redonda y alta en la que Fernanda y Faustino se acomodan para disfrutar más del ambiente de música independiente.

            –Y díganme, ¿cómo se conocieron ustedes dos? –Faustino comienza la plática entre el ruido de la batería y los gritos animosos de Ale–. Pareciera que se conocen desde hace mucho tiempo.

            –Olvídate de esos detalles –le responde Ale mientras recibe tres cervezas frías–. Venimos aquí para divertirnos y celebrar que estamos vivos. ¿Apoco no, Fernanda?

            –¡Estás en lo correcto! –Fernanda no termina de reírse cuando Ale se le acerca y le brinda un apasionado beso de corta duración– No me lo esperaba, pero gracias…

Con una mirada pícara, Fernanda le muestra ligeramente su lengua, adornada por una diminuta pastilla redonda de color brillante.

            –¿También quieres una? –le pregunta Ale a Faustino quien se niega entre temor y sorpresa– Bueno, de lo que te pierdes; pero no te voy a estar rogando.

Acto seguido, Ale se inclina la botella de cerveza consumiéndola de un largo trago, animando con sus manos a que sus acompañantes beban sus respectivas cervezas.

            –¡Anímense, chavos! –Ale agita sus manos, sonriente– La noche es joven y ya es fin de semana. ¿Qué otra cosa les preocupa?

Faustino le da un sorbo a su bebida granitada con sal de mar y chile en polvo, pero al final se anima para prolongar su trago, viendo de reojo a Fernanda hacer lo mismo, aunque limitándose con el sabor empalagoso.

            –Creo que Ale ya sabía a lo que vino –comenta Faustino al ver a acompañante acercarse a un par de jóvenes con quienes entabla una plática–. Oye, ¿Tienes otra de esas?

            –Sí, claro; ten –Fernanda se lleva la pastilla rápidamente a la punta de su lengua, pero Faustino se la arrebata con la punta de sus dedos para llevársela a su propia boca.

            –Vine en plan tranqui, sólo a beber, pasar un buen rato y olvidarme de mi trabajo –Faustino bebe un poco de agua de una botella que traía consigo–. Tú también has de querer lo mismo: evitar que me apendeje por ti.

            –Tú fuiste el único que se clavó, bien te dije desde un principio que nada más te veía como un amigo y ya –Fernanda luce seria e intenta persuadir su indignación al centro de la pista viendo a Ale invitar a una de las chicas a danzar–. Si te dejé que me abrazaras y besaras no fue porque realmente sintiera algo por ti; tan sólo fue…

            –¿Lástima? Dilo sin rodeos, eso es lo que fue –Faustino le da otro trago a su cerveza, despegando sus ojos de Fernanda–. Ambos lo sabíamos y nos dejamos llevar.

            –Una simbiosis, tal como más de una vez lo dijiste en tus ataques de pánico…

            –En fin, eso ya quedo atrás –Faustino acomoda sus codos sobre la mesa redonda sin dejar de ver el túmulo de gente que comienza a bailar con pena y gracia–. Y a todo esto… ¿En dónde conociste a Ale? O, mejor dicho, ¿quién es Ale en sí?

Fernanda extrae un cigarro de su pequeño bolso de mano en lo que traga un poco de saliva:

            –¿Te acuerdas cuando me desaparecí como mes y medio y andabas como loco buscándome? –Faustino mira intrigado a Fernanda atragantarse con sus palabras– Pues estuve internada en McAllen, por decisión propia. No quiero meterme en muchos detalles porque fue algo fuerte, pero fui ahí en donde conocí a Ale.

            –Discúlpame, no sabía. Debiste de haberme dicho.

            –Eso ya no importa –Fernanda expulsa una ligera nube de humo por su nariz–. Estando en ese lugar vi casos totalmente diferentes al mío, a lo que yo estaba pasando; fue entonces cuando conocí a Ale. Siempre se mantenía callado en las sesiones de grupo fingiendo desinterés, escondiéndose tras esas gafas negras. Por eso mismo comenzamos a entablar amistad en ese centro de locos y drogadictos.

Faustino aprecia la pausa que Fernanda hace para darle un gran trago a su cerveza, percatándose también de que el ambiente del lugar aumentando en multitud.

            –Entonces, Ale tiene problemas mentales. ¿No es así?

            –Nunca fue claro con eso, sólo supe que es de Texas, pero se vino a Monterrey porque su carrera era más económica aquí.

            –Vaya, eso tiene sentido, lo digo por su ligero acento chicano…

            –Y que también mató gente en la guerra: estuvo en Afganistán –los ojos llorosos y temerosos de Fernanda se encuentran inesperadamente con Faustino, sorprendiéndolo–. Ale salió de ahí sin decir más, sin terminar su tratamiento; pero por lo que supe de las enfermeras, ya era la cuarta vez que lo metían al hospital psiquiátrico: la primera en Kabul o por allá, después de quedar traumado por dispararle a alguien y querer matarse con su propio rifle. Meses después de que lo dieron de alta le rompió la nariz a un teniente.

Ambos se quedan en silencio en lo que Fernanda termina su cerveza y ordena otro par.

            –También lo detuvieron por posesión de drogas, o al menos eso es lo que me dijo –Fernanda consume su fría cerveza sin perder los pasos de baile de Ale–. Y dicen que esa última, cuando lo conocí, fue porque se metió en la casa de una familia y amenazó con una escopeta hasta a los niños.

Faustino se queda pasmado ante la explicación de Fernanda.

            –Para ser honesta, no creo que Ale sea ese tipo de persona. A lo mejor y tiende a decir muchas mentiras para hacerse alguien interesante –Fernanda consume un poco más de su cigarro antes de encontrarse con la cara de Faustino–. Imagínate, ese tipo de delitos son graves, o tiene a alguien que lo protege o se hizo pasar por una persona muy loca.

            –Eso y el hecho de que puede ver espíritus… –Faustino deja de hablar al ver a Ale acercarse hasta la mesa en la que se encuentran.

            –¿Vinieron a divertirse o a quedarse de amargados? –Ale extiende su plano torso hacia ellos, mostrando indicios de embriaguez temprana– O quizás necesitan un poco de motivación.

Acto seguido, Ale se acomoda en medio de sus acompañantes para brindarle un beso apasionado a Fernanda, siguiendo con Faustino, quien luce asombrado ante el íntimo gesto.

            –¡Miren! La noche ya se está poniendo más interesante –Ale apunta al grupo de gente adornada con trajes de carnaval que resaltan sus figuras bien esculpidas–. ¿Acaso planean nada más quedarse sentados ahí toda la noche?

Fernanda decide seguir a Ale a la pista y mezclarse entre los musculosos sujetos y las esculturales féminas que comienzan a animar el interior del establecimiento con su presencia y los llamativos colores que visten. Faustino termina su bebida y observa discretamente a una que otra mujer que pasa cerca de él; hasta que la mirada de este se concentra en una joven en particular, una joven ataviada con tan pocos paños que pareciera que viniera de una playa sino fuera por la tinta purpura que le cubre casi toda su piel, dejando que sus llamativos ojos felinos resalten más que su atractivo físico.

Faustino escupe un poco de su cerveza al sentirse atragantarse, escupiendo también los restos disueltos de una pastilla amarilla que coloca sobre la palma de su mano:

            –Pinche Ale… ¿En qué momento me…? –Faustino recuerda por un segundo el beso que Ale le dio con un meneo de lengua un tanto misteriosa– Se pasó, de verdad, se pasó.

Faustino se dirige al centro de la pista impulsivamente, dudando por un instante si dejar la mesa o no; hasta que finalmente Fernanda se le acerca para tomar su bolso:

            –Ponte a bailar; está bien chido el ambiente.

Fernanda empuja a Faustino con gentileza hacia la multitud, siendo recibido sin inhibiciones por los miembros que la forman, llegando con Ale, quien bailaba con dos mujeres altas.

            –Ya era hora de que llegaras, Tino –Ale le acerca la mano de una de sus acompañantes–. Mira, ella es Karla. Es buena onda, la acabo de conocer. Baila con ella.

            –Ale, me diste una tacha. ¡No la chingues!

            –¿Apenas te diste cuenta? ¡Qué lento eres, mijo? –Ale aleja a Faustino de su oído, mirándolo con picardía– Ándale, baila con Karla. ¿O no te gustan las viejas?

Antes de que pueda responderle, Faustino recibe otro beso por parte de Ale, dejándolo inmóvil en lo que culmina el gesto; mientras que Ale, al no recibir una negación por parte de Faustino, decide cruzar sus muñecas tras su cuello, y dejar caer su delgada figura sobre el piso para que Faustino logre detener la falsa caída.

 

            –¿Cuánto tiempo ha pasado, Ale? –pregunta Faustino sin dejar de menear su cuerpo al ritmo de la suave música electrónica– ¿Ale? Esa pastilla me pegó muy rápido.

            –El tiempo que tenga que pasar –Ale se da media vuelta para terminar sintiendo la respiración de Faustino sobre su nuca–. Tú sólo disfruta la música y vive el momento.

            –Ale, yo no soy… digo, no sé qué me está pasando –los ojos entrecerrados de Faustino ven una visión casi borrosa de Fernanda besándose con otra joven cerca de la barra–. Eso no era una tacha, ¿verdad?

Ale no dice nada, tan sólo menea su cabeza de tal manera que su mejilla derecha queda a la altura de los labios de Faustino al mismo tiempo que le toma de las manos para dirigirlas de su cintura hasta la curva de su pecho, por encima de su camisa y de su larga cabellera negra.

            –Oye, Ale… ¿Tú eres niño o niña? –Faustino tartamudea al formular la pregunta.

            –Averígualo –Ale empuja sus glúteos hacia la entrepierna de Faustino, este viendo como otra joven se le acerca a Ale y comienza a besarle los labios–. Mi casa está aquí cerca.

La joven asiente ante la sugerencia de Ale, quien la guía tanto a ella como a Faustino, no sin antes ver a Fernanda seguir con su acompañante en una de las paredes del bar y ver momentáneamente a los ya reducidos asistentes del lugar, incluyendo a la mujer con pintura purpura sobre su cuerpo deambulando entre ellos.

Los quejidos de satisfacción de Faustino van haciendo más intensos con cada borroso momento que siente experimentar en un cuarto oscuro: el constante toqueteo de un par de brazos, así como el sonido de pieles rozando unas contra otras y que hacen eco con expresiones de placer, hasta que su ruidosa alarma lo despierta de golpe.

            –¿Qué mierda? –Faustino se sorprende al verse acostado sobre su propia cama, con los pantalones puestos–. ¿Ale? ¿Fernanda?

Con paso lento y un poco de resaca, Faustino sale de su cuarto encaminándose al refrigerador de la cocina, apreciando la tranquilidad que ahí se siente.

            –¿Natalicia? ¿Es… estás aquí? –la computadora de Faustino yace sobre la mesa del comedor, con la pantalla ennegrecida– Oye, lamento haberme portado de esa manera contigo aquella noche; pero es que la verdad, no sabía cómo reaccionar.

            –“Es que” suena igual a “excusa” –la voz de Natalicia se deja escuchar por toda la casa.

            –Lo lamento. ¿Sabes? He pasado por unas semanas muy difíciles y confusas –Faustino coloca sobre sus hombros la toalla azul que estaba tendida sobre una de las sillas del comedor–. Lo del trabajo, mi madre, mis vicios y las visiones repentinas. Además, tú todavía me debes una que otra explicación. No lo digo en mal plan, lo digo porque necesito que me guíes.

Natalicia se aparece flotando encima del sillón negro que adorna la sala, meneando su pierna izquierda cruzada sobre la derecha y con una mueca de soberbia y empatía.

            –¡Hasta que te dignas a cubrir tu torso! –Natalicia no hace contacto visual con Faustino, producto de su sensación de prudencia– ¿Cómo es que llegaste hasta aquí en ese estado tan inconveniente?

            –¿Qué? Este... Esperaba que tú me dieras una respuesta…

            –¿Qué acaso tengo yo que resolver todos tus cuestionamientos? –Natalicia luce indignada, con sus mejillas sonrojadas al ver el definido vientre de su interlocutor–. ¡En fin! Te dejé tu computadora sin energía ya que le di un buen uso, y no como esas cosas que tanto ves en tus momentos de privacidad.

Un silencio incómodo se genera entre ambos habitantes hasta que Natalicia continúa:

            –A propósito, grabe unos videos que me gustaría subir a mi propia página de la red virtual –los ojos claros, ligeramente rosados de Natalicia se mueven nerviosos, como si le doliera el pedir ayuda–. No sé si recuerdas que me dijiste que les darías cierto retoque.

Natalicia decide mirar a Faustino, viéndolo de espaldas y sobresaltarse de tal manera que se eleva hasta el rincón más cercano de la sala, llamando la atención de Faustino.

            –¿Qué sucede, Natalicia? –Faustino se queda inmóvil al ver la apariencia demacrada y grisea de Natalicia, con sus cabellos erizados al igual que sus ropas y sus ojos totalmente abiertos–. ¿Qué diablos te pasa? Me estás dando miedo.

            –Tu espalda… tienes rasguños de, de... –las ojeras de Natalicia se hacen más sombrías– ¡Un demonio te ha rasguñado!

            –¡¿Qué?! –Faustino gira un par de veces en un intento de encontrar las marcas corporales que Natalicia le señala– No veo nada. Checaré en el espejo.

Faustino se adentra en su cuarto en donde yace un gran espejo incrustado en la puerta de su armario de madera, retorciéndose de tal manera que logra analizar las cicatrices en su espada: unos rasguños cubiertos con sangre seca de color negro, finos como la mano de una mujer, pero profundos como la garra de un animal.

            –Esto no es posible... Pinche Ale. No… –el encuentro de la noche previa hace su presencia en su mente, recordando también la silueta de una mujer en paños menores, la cual no formaba parte del trío–. Esto no lo hizo Ale ni la otra chava. Oye, Natalicia voy a salir...

Faustino queda pasmado al ver el todavía tétrico aspecto de la fantasma, dirigiéndole gestos como los de un felino entre cada palabra:

            –Has sido tocado por un demonio... ¡Ahora estáis impuro!

Faustino decide dejar atrás a Natalicia disimulando su miedo al verla, dirigiéndose a su cuarto para tomar unas cuantas prendas y tomar un baño.

 

A pesar de ser el medio día de un sábado, las estrechas calles que rodean al edificio de tres plantas en la que vive Ale lucen abarrotadas por el tráfico que se forma por los vehículos, camiones, puestos ambulantes y transeúntes; pero justo enfrente de ese edificio el embotellamiento desaparece, esparciendo la vialidad en las vías cercanas. Faustino logra darse cuenta de ese detalle, pero prefiere pasarlo por alto, mientras que en su garganta se desliza un trago de saliva antes de cruzar la vieja reja de la entrada.

            –No entiendo como Ale puede vivir en estas condiciones –se dice a sí mismo Faustino en lo que sube por las viejas escaleras, analizando cada rincón del inmueble–. También es extraño que no haya nadie más en este edificio. Ni vagabundos ni nadie.

Tras dar el último paso del tercer nivel, una sensación extraña estremece su nuca, obligándolo a tragar más saliva para llenar ese vacío que se deja sentir en el centro de su pecho:

            –¿Ale? –Faustino camina con lentitud por el pasillo que da hasta la vivienda Ale, de donde proviene el sonido de una conversación– ¿Estás aquí? ¿Tienes visita? Espero no molestar...

Los nudillos de Faustino no tocan ni la puerta cuando está se abre empujada por el viento, invitándolo a adentrarse a la polvorienta sala.

            –Ale… ¿Estás en casa? Juraría que escuché a tus visitas... –un murmullo proveniente de una de las habitaciones incita a que Faustino se aproxime, pero al abrir la puerta cuál es su sorpresa al ver a Ale descansando sobre su cama– Ale, disculpa por levantarte. No quise entrar así porque así, y además escuché gente adentro y... ¡¿Las voces?!

Faustino levanta rápidamente su mirada al techo, alcanzando a ver cómo unas siluetas se desvanecen en el concreto.

            –No te van a hacer daño, les dije que no lo hicieran –Ale se incorpora de la cama con su mirada vacía, ataviado solamente con una camisa blanca–. ¿Qué haces tan temprano?

Ale mira de arriba a abajo a Faustino mientras rasca su propia barbilla para después encender un cigarro que tenía en una mesa cerca de su cama.

            –Tengo más preguntas que antes y no te molestas en responderme –Faustino se encoge de hombros al ver a Ale reposando sobre la cama, con su melena negra alborotada sobre su frente–. Creo que ya me la debes.

            –Ven; siéntate y te responderé todas tus dudas –Ale palmea la orilla de su cama, invitándolo a sentarse–. ¿Te gustó lo de anoche?

Faustino se queda perplejo sentado a la orilla de la cama, sintiendo los rígidos brazos de Ale rodeándolo desde su espalda para frotar su pecho, acercándole también el cigarro a su boca.

            –No recuerdo mucho porque me drogaste. Básicamente me violaste.

            –Tú no te quejaste y estabas arriba de ella y de mí –Ale comienza a besar el cuello de Faustino, obligando a que este cierre sus ojos en señal de gusto–. Y si no lo recuerdas pues podemos repetirlo.

Al no obtener respuesta alguna, Ale cruza sus piernas alrededor de la cadera de Faustino, mientras que el sonido de los besos comienza a hacerse más intenso hasta que unos gemidos les hacen eco.

 

Recostado sobre la cama y con su torso descubierto, Faustino enciende su cigarro al colocarlo en su boca, acto seguido baja su mirada para ver a Ale dándole la espalda, durmiendo en posición fetal con su cobija blanca sobre su delgada y pálida silueta.

            –Mierda, Ale. Me dijiste que me contarías todo –exclama Faustino con la esperanza de que Ale lo escuche y despierte–; y en cambio estoy aquí, haciéndome idiota.

Tras colocarse sus pantalones, Faustino se encamina hasta la ventana que da al Mercado Juárez, siendo los centenares de azoteas con diferentes cosas en ellas, su panorama principal.

            –Pinche ciudad medio culera. No sé si amarte u odiarte.

Faustino detiene su bufa de gruñidos al expulsar el humo que sus pulmones retenían, para después cerrar una de las ventanas con cristales con distintas manchas de tanta suciedad acumulada, percatándose por el reflejo la imagen de un pequeño que se asoma a la habitación:

            –¡Oye! ¿A dónde vas? –Faustino corre fuera de la habitación, llegando hasta la polvorienta sala plenamente iluminada y adornada con un centenar de páginas pegadas sobre la pared y los sortilegios religiosos– ¿Quién eres?

            –Tienes que irte de aquí –le responde con voz tenebrosa Emilio dándole la espalda a Faustino–. No es seguro que estés aquí.

Ignorando la advertencia del pequeño, Faustino lo rodea para encararlo; pero el fantasma se gira abruptamente, mostrando su aspecto tan demacrado como si se tratase de un bulto de huesos apenas cubierto por una delgada capa de piel, lo que causa que Faustino aterrice sobre un alargado sillón asustado, levantando una capa de polvo consigo.

            –Vete de aquí… Tienes que irte… –unas cuantas sombras completamente negras comienzan a danzar de entre las paredes, susurrando sus súplicas al mismo tiempo que la habitación se oscurece–. Tú puedes salvarte… huye… ¡VETE!

Sorpresivamente las sombras y su oscuridad se difuminan ante la presencia de Ale, quien se mantiene de pie ante el marco que da a la sala, con su melena completamente suelta que sobresale por la larga camisa blanca que viste.

            –Tienes que irte –le dice Ale a Faustino con plena tranquilidad, hasta que su delgada silueta termina elevándose por los aires golpeándose en seco de espaldas contra una pared de la sala, derribando las cruces que ahí colgaban–. No… no… No ahora ¡NO!

Faustino se queda inmóvil sobre el sillón, viendo como los brazos de Ale se extienden involuntariamente mientras musita su negación como si algún tercero estuviera en la casa:

            –Me dijiste que todavía no era mi hora…

            –Y tú me prometiste las almas que quisiera… –un tenebroso y ligero murmullo se escucha con la ventisca que entra por una de las ventanas– y ahora me las niegas.

            –¿Qué está pasando, Ale? –Faustino se incorpora del sillón– ¿Con quién hablas?

Ale libera un grito ensordecedor que intensifica la tormenta dentro de la casa, llevándose consigo la marea de hojas y cosas que estaban en la sala.

            –¡Tino! Ve a la Basílica –Ale apenas puede hablar, apretando sus puños en lo que dobla sus codos–. Trae al padre Nicolás… ¡Rápido!

Faustino huye de ahí siguiendo la indicación de Ale, mientras que este, al ver un crucifijo de filosas orillas cercano a su puño derecho, decide usar su limitada fuerza para lanzar su antebrazo contra la pieza de metal, causándose una herida de donde brota la sangre con flujo lento y que le permite a Ale caer de la pared al suelo.

            –Todavía tengo un que otro truco guardado –Ale toma una pluma cercana con la que lacera su ya herida extremidad–. ¿Qué pensabas? ¿Qué me iba a entregar tan fácilmente?

Como si interactuara con alguien, Ale dirige su agotada mirada hacia un rincón de la sala completamente oscurecido, mientras que un sudor frío comienza a brotar de su frente.

            –¿Tan pronto quieres cumplir tu parte del trato? ¿Eh? –Ale se mantiene a la defensiva, esperando una respuesta de ese punto muerto de la sala a la que no le da la luz exterior– ¡Bien sabes que te he cumplido puntualmente!

Ale esboza una sonrisa de confianza acompañada de dolor sin dejar de presionar la herida de su brazo derecho, pero dicha expresión se esfuma apenas logra ver un velo rojizo que adorna la cabeza y cuerpo de una mujer de edad avanzada, quien sostiene con una mano la muñeca de un joven tendido sobre la alfombra.

            –No, tú no, por favor… ¡Tú no!

Ale palidece al ver la mirada de condena de aquella mujer, quien se dispone a extenderle su mano libre sobre su cabeza, lo que obliga a Ale a levantarse del piso con signos de agotamiento, adentrándose a su habitación para desgarrar un pedazo de sabana con la que realiza un torniquete sobre su extremidad herida, separando otros tramos que se amarra alrededor de las muñecas y que también une con los barrotes sólidos de su amplia cama.

            –¡Vengan por mí si de verdad tienen los huevos necesarios! –exclama Ale con respiración agitada, viendo como un túmulo de sombras se aparece en la recamara–. Bismi-llāhi r-raḥmāni…

Ale no termina de pronunciar sus palabras cuando de su espalda una mano manchada de color morado le cubre la boca y lo jala hacia la repentina oscuridad.

Publicado la semana 27. 29/06/2020
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