25
Ignacievij

MACHTIANI: 3-4

3. Oscuras necesidades.

En algún lugar de Monterrey, Nuevo León. Lunes 3:00 a. m.

Con paso lento pero firme, una persona se adentra al oscuro cuarto guiado por otro individuo que se esconde detrás del marco de la puerta, claramente asustado mientras ve al primero llegar al centro del cuarto, que, iluminado por la luz externa de un poste cercano, luce empolvado como si estuviera ya varios años en desuso:

            –Tráigame todas las velas que tenga y tengan listas las lámparas por si acaso –comenta con una voz muy fina esa delgada persona–. Y otra cosa, don Rodríguez: deje a su familia en la sala, ahí estarán seguros. También si es posible, prepare unos huevos en salsa y un vaso con refresco de manzana.

            –Este… sí… en seguida voy –el señor Rodríguez se retira a toda prisa, cruzando la esquina de ese cuarto separado del resto de la casa, atravesando el poco oscuro patio.

El propietario de la casa llega hasta la cocina, dándole un vistazo a su esposa que distrae a dos pequeños en la sala próxima a la cocina, llevando consigo unas veladoras alargadas y otras con imágenes religiosas.

            –Aquí tiene. Son todas las que había en la casa –el señor Rodríguez llega al marco de la puerta, negándose a entrar a la habitación–. Ahorita le digo a mi esposa que cocine lo que me dijo.

            –También dígale que prepare un pan con un vaso de leche –la delgaducha persona forma un círculo con todas las veladoras, encendiéndolas de una en una desde el interior de la figura–. Y no entre hasta que yo le diga.

El señor Rodríguez se retira de ahí a toda prisa, dejando que esa persona de camisa negra, en la que se disimulan los mechones frontales de su cabello negro y grasoso, así como su cola de caballo, pueda sentarse dentro del círculo cruzando sus piernas:

            –Hola, buenas noches. Mi nombre es Ale Robledo –comienza Ale a hablar con modestia, como si el miedo fuera algo ajeno en su carácter–. Me pidieron que viniera a hablar con usted para que ya no atormente a los habitantes de este humilde hogar. Bien sabe usted que son personas sencillas pero nobles.

            –No, no. Anda mal, joven. Aquí viví yo por más de cuarenta años –le replica una carismática voz senil al oído de Ale–. ¡Y ahora mi propio hijo viene a correrme cuando no lo hizo ni cuando me tenía en vida!

            –Don… yo no hablaba de usted –la seriedad de Ale impacta al señor de piel bronceada sentado a su lado–. Yo me dirigía al pequeño que está atrás de nosotros.

Con un sobresalto, el translucido anciano voltea para ver de quien Ale habla, encontrándose con la fría mirada de un niño de aproximadamente una década de existencia, ataviado con un pantalón corto de tela café que se sostiene con unos tirantes sobre los hombros de la amarillenta camisa.

            –¿Y qué te hace pensar que yo me quiero ir de aquí? –la voz del niño hace un eco espectral a la par que camina hasta estar frente al dúo– Yo estoy muy bien aquí. Me alimento de ese miedo que crece desde que notaron mi existencia.

            –Ese es el detalle: usted es un fantasma ajeno a esta casa, a esta época –los ojos de Ale lucen opacos como los de un muerto–. Y sé de antemano que usted es fuerte; lo sentí cuando llegué aquí.

            –Esa sensación es mutua, supongo –el infante hace contacto visual con Ale para analizar esa mirada perdida–. ¿Entrenaste mucho? Porque no parece que esa habilidad sea algo natural en ti.

            –El… el niño… –el anciano tartamudea al sentirse el más débil del cuarto– Tú te aparecías cuando me dieron esta casa…

            –Por favor; si logras ver a través de mí, te darás cuenta de que atormentarme… –Ale levanta su mirada opaca para ver al niño a los ojos– Soy un pecador que merece la agonía que solo uno de tu tipo puede proveer.

 

Los rezos se detienen apenas se escuchan los platos ser servidos sobre la mesa, mientras que los miembros de la familia se acercan alrededor de Ale, quien comienza a darle unas instrucciones a los habitantes en el muy iluminado comedor:

            –A partir de ahora ya no verán sombras, ni escucharán risas, ni otras cosas de ese tipo –Ale ve al fantasma del anciano sentado en una silla separada de la mesa, meneando la esencia del recién servido platillo de huevos en salsa hacia él–. Eso se los puedo asegurar completamente.

Ale separa la mesa contigua al fantasma del difunto señor, el cual, con muecas de niño chiquito. señala el envase con refresco de manzana, a lo que Ale alcanza para abrirlo y servir el contenido en un vaso anaranjado:

            –Usted me dice hasta cuanto –Ale se detiene un poco más de la mitad del vaso, creando una confusión entre los presentes.

            –Óigame, joven, no es por desconfiar ni nada, pero… ¿Cómo puedo estar seguro de que no es un charlatán? –indaga el padre de familia ligeramente apenado.

            –Ustedes me contactaron –responde Ale con su femenina pero confiada voz.

            –Dile que, siempre lo voy a cuidar, como cuando estaba chamaco –el anciano le indica con una seña a Ale que acabó con el platillo.

            –…que siempre supo que usted fue quien rompió la ventana de la sala con el balón que le consiguió con mucho esfuerzo el Día de Reyes –Ale se acerca el platillo sin dejar de repetir lo que el anciano le dice–; y que le dolió mucho cuando le puso esa canción del Vicente el día que lo velaron ahí, en ese punto de la sala.

            –También dile que no trabaje tanto; que… qué bueno que no se le hizo vicio lo de la botella como a mí –unas cuantas lagrimas brotan de los ojos del anciano mientras ve con ternura a su hijo–. Pero que no descuide a sus hijos. Tienes que pasar más tiempo con ellos, Ramiro. Todavía están niños y necesitan un papá; no uno que llegue a la casa y se la pase viendo mugrero en la tele. No cometas el mismo error de malgastar tu vida trabajando para otros. Se trata de trabajar para vivir bien, no de vivir para trabajar.

            –…trabajar… y siempre estaré contigo en tu corazón…

            –Sólo mi padre diría esas cosas –el señor Rodríguez se limpia las lágrimas de sus ojos y recibe el abrazo que su hijo pequeño y su hija más grande le ofrecen–. ¿Cuánto le debo, joven?

            –No es nada –Ale termina de comer su platillo ignorando la expresión de sorpresa por parte de la familia–. Hago esto feliz al saber que los vivos pueden estar en paz con sus muertos… o al menos con sus almas.

Ale se levanta de la mesa con una sonrisa de tranquilidad en sus mejillas, peinándose sus mechones a un lado para beber el refresco de manzana.

            –Al menos permítame pedirle un taxi…

            –No se apure, camino unas cuantas cuadras y ahí tomo el camión –de inmediato, Ale se aproxima a la puerta principal, que lo dirige a un portón blanco que da a la avenida–. Ustedes necesitan descansar. Ya se lo merecían.

Ale se aleja con pasos largos por la muy poca iluminada avenida, dejando atrás una sensación de preocupación en aquella familia, en especial por el hecho de que esa colonia no luce nada segura por la gran cantidad de protectores y portones altos con terminaciones en picos que adornan las casas de diferentes fachadas, unas terminadas pero despintadas y otras en obra negra inconclusa.

            –Realmente admiro tu valor –comenta el niño al aparecerse a lado de Ale en lo que camina–. Es decir, te atreviste a convencerme de irme contigo y todavía caminas por esta colonia llena de peligros y malvivientes.

A lo lejos, casi doblando la esquina, se logra ver un trío de jóvenes de ropas holgadas que charlan y bromean entre sí:

            –Eh, ahí viene alguien –comenta uno de los tres–. ¿Es vieja o vato?

            –No sé, carnalito; ahorita vemos que trae.

            –Si me permites, yo te los puedo asustar –sugiere el fantasma del niño con una actitud seria–. Puedo sentir que sus intenciones no son nada buenas.

            –Yo también los escuché. Pero no hay necesidad; yo me encargo de ellos.

Ale se encoge de hombros en lo que se aproxima hasta el trío de malhechores, dando un pequeño brinco que lo eleva del piso más tiempo de lo normal, asustando en el proceso a los bandidos que deciden cruzar la acera.

            –¡No mames! ¡¿Vieron eso?!

            –Parece que flotó. ¡Se le desaparecieron las patas!

            –Ha de ser un fantasma, se siente un chorro de frío. Vámonos de aquí, en corto.

Una sonrisa de triunfo se forma en las finas facciones de Ale, que al parecer sorprende al fantasma del niño y que lo disimula.

            –¿Sabes? Este solía ser un barrio muy prospero. Mis padres compraron muchos terrenos que revendieron –el espectro se empareja al paso de Ale–. Después se llenó de gente sin esperanzas de una buena vida. Muchos de ellos Untermensch.

            –¡Oye! ¿Quién te enseñó ese término? –Ale se gira un poco disgustado con la manera de expresarse del niño.

            –Mi padre. Él era de Europa, de ahí mi nombre: Emilio Pohl.

            –Bueno, ahora tiene sentido.

Sin decir más, Ale sigue con su destino hasta llegar a la avenida principal, quedándose en la esquina en la que yace un señalamiento con una casi extinta imagen de un autobús.

            –Ya pasan de las cuatro y cuarto, ya no debe de tardar en pasar el primer camión –comenta una amable señora que espera junto a unos trabajadores que también aguardan.

El trayecto en el autobús es lento debido a las constantes solicitudes para abordarlo, sin llenarse en su totalidad; pero parece que a Ale eso no le interesa. Tan sólo se dedica a mirar por el amplio cristal del transporte público, ubicando cada tramo y vuelta que el camión sigue hasta que este se incorpora de su asiento, recorriéndose hacia la puerta trasera, presionando el timbre para poder bajarse.

            –Este lugar sí que da miedo –exclama Emilio al ver al notable Mercado Juárez entre las penumbras de los borrachos que por ahí deambulan o caen rendidos en alguna que otra banqueta–. Dime que no vives cerca de esta inmundicia.

            –¡Para nada! El lugar en el que vivo está más adentro –Ale señala la oscura calle por la que tiene que caminar, notable por sus bares de mala muerte.

A pesar de lucir asqueado por la apariencia de la avenida y su debida oscuridad, Emilio sigue a Ale por todo el trayecto, sorprendido al ver el valor de este quien no se inmuta ante los posibles peligros de la gentuza que a la primera oportunidad podría hacerle algo con el fin de arrebatarle sus pertenencias.

            –Entonces… ¿Está pocilga es tu hogar? –Emilio luce sorprendido al ver al edificio de tres plantas en completo deterioro.

            –Así es. ¡Hogar dulce hogar! –Ale se encamina por las escaleras protegidas por un viejo barandal oxidado–. Mi casa está en la parte de arriba; es de las últimas.

A Emilio no le queda más que seguir al paso lento de Ale, llegando al fin hasta una puerta cubierta por una delgada costra de polvo y otras manchas amarillas que esconden el color blanco de lo que fue en algún momento aquella entrada.

            –¿Una cruz? ¿Es en serio? –Emilio mira con desdén al símbolo religioso, ignorándolo apenas entra a la vivienda de Ale–. ¿Y todo esto? ¿No me digas que tú...?

Emilio se queda pasmado al ver el interior de la casa tapizada con un sin fin de objetos religiosos y páginas de distintos libros e idiomas; pero más aún es su preocupación al darse cuenta de las súplicas que hacen aquellos arrinconados en las esquinas de la casa y tras algunos muebles:

            –Bienvenido a tu nuevo hogar...

Ale se levanta las mangas de su camisa negra dejando expuestos sus antebrazos adornados por incontables cicatrices, mientras que la puerta de la entrada se cierra de golpe.

 

Los ojos claros de Natalicia estudian con curiosidad la gallina negra que duerme sobre la espalda de Faustino, asustándola apenas la adolescente frota con sus translúcidos dedos su plumaje, forzando un fuerte cacareo que sobresalta a Faustino:

            –¿Qué pasó? ¿Qué hora es? –Faustino intenta encontrar su teléfono celular.

            –Pues temprano no es. Ya pasa un cuarto de hora después de la salida del sol.

Natalicia se mantiene en posición firme, con sus brazos cruzados y sin perder de vista a la gallina merodear por el cuarto.

            –O sea, las ocho y cuarto –el rostro de Faustino luce inexpresivo, hasta que se da cuenta de la realidad–. ¡Mierda! ¡Se me va a hacer tarde! ¡Carmela! ¿Por qué no me despertaste? ¿Carmela...?

            –Tu acompañante se fue hace como media hora. Te intentó despertar, pero parecías una roca, inclusive te dejó hecho algo para desayunar y un número sobre el refrigerador –Natalicia golpetea los dedos de una mano sobre el codo del otro brazo–. Es un alivio saber que no cometieron un acto carnal sin los debidos votos maritales.

            –No, no. Nada de eso –Faustino se apresura a tomar unas cuantas prendas de su armario de madera antes de adentrarse al baño–. Espera... ¿Estás celosa? Tu cara está muy seria ¡Oh, Gasparina está celosa!

            –¡No digas barbaridades! –Natalicia lanza de manera paranormal a Faustino al interior del baño, cerrando la puerta de la misma manera– ¡A propósito, cuidado cuando mastiques el huevo de tu desayuno! Al parecer tu acompañante no sabe cocinar bien.

 

La mañana sigue su curso habitual a pesar de que la fluidez vial se ve retraída por un choque automovilístico en las cercanías del camión en el que Faustino viaja, irritándolo momentáneamente al menos en lo que su transporte pasa justo al lado del trágico accidente: un vehículo mediano impactado contra la gruesa barda de cemento que divide a los carriles, y cuyo conductor luce tirado sobre el pavimento, muerto.

            –Pobrecito –exclama una pasajera al mismo tiempo que dibuja una cruz sobre su frente y pecho.

            –¿Quién le manda no fijarse en el camino? –comenta otro pasajero como si regañara al difunto–. ¡Ay, pobre de su familia cuando se enteren!

Faustino gira su cabeza para ver los murmullos de pena acompañados del morbo de algunos otros pasajeros, regresando su vista a la triste escena, viendo como unos paramédicos colocan una manta blanca con unas piedras en las esquinas sobre el muerto, y a su cabeza un hombre llora la pérdida del finado que viste las mismas prendas que él, expresando muecas de desesperación en lo que mira a todos lados buscando un poco de consuelo; hasta que cruza mirada con los ojos abiertos de Faustino.

            –No, no ahora. Tengo que llegar temprano al trabajo o pierdo el bono de puntualidad –de repente, el celular de Faustino timbra, alertando la llegada de unos mensajes–. ¡Me lleva! Es Fernanda.

            –¿Tú... tú puedes verme? –el fantasma del recién fallecido se aproxima a la ventana del camión, a la altura de Faustino– Ayúdame, por favor. Te lo suplico. Si ya estoy muerto… ¡Pues ya qué! Pero no quiero quedarme aquí. Tengo una niña de cuatro años; quiero despedirme de ella. Por favor...

Una sensación de responsabilidad inunda la mente de Faustino al ver por la ventana la angustiada súplica de ese hombre que fácilmente le lleva unos años por delante; por lo que Faustino decide llevar su teléfono a su oído apenas esté le notifica otro mensaje:

            –¿Sí? ¿Bueno? Pasaré por ti apenas salga del trabajo –Faustino se le queda mirando al fantasma de camisa de polo a rayas, temblando sus ojos y cejas al hablar–. Salgo a las cuatro y media, o sea, que estaré de regreso como a eso de las cinco.

            –¡Oye! ¿Me estás ignorando? –la angustia del finado cambia a indignación.

            –¡No, como crees! Te estoy poniendo atención –Faustino le señala al fantasma los demás pasajeros con sus pupilas–. No vayan a pensar que estoy loco, por eso no te respondía. No te voy a quedar mal, de a rato te veo, voy a colgar. Bye.

 

Faustino llega a la hora acordada al lugar en el que había ocurrido el accidente, encontrándose de frente con la ancha avenida con poca circulación y con unos cuantos pedazos de carro sueltos arrastrados hacia la banqueta.

            –La grúa se llevó mi carro después de que recogieron mi cuerpo –el fantasma se aparece justo al lado de él, sentando, con su cabeza sobre sus antebrazos–. Alguien pudo contactar a mi padre con mi propio teléfono. En este momento ha de estar reconociendo mi cadáver.

            –Lo lamento mucho –Faustino se mantiene de pie, con la mirada perdida sobre los edificios del otro lado del río en el qué hay más árboles que agua–. Supongo que han de estar en el anfiteatro. Puedo llegar hasta allá en taxi, lo que no sé es si tú puedes viajar ya que, pues, aquí falleciste.

El espectro no dice nada, sino que se dedica a mantenerse reclinado a la orilla de la carretera jugueteando con un pequeño rosario plateado que yace por sus tobillos.

–¿Era tuyo? –le pregunta Faustino al ver la dedicación con la que se concentra.

            –¿Esto? Me lo dio mi esposa para que me protegiera, pero parece que no me sirvió –apenas termina de hablar a regañadientes, el fallecido se dispone a arrojar el sortilegio, pero Faustino lo detiene abruptamente.

            –¡No, espera! –Faustino le quita gentilmente el rosario, mostrándose un tanto feliz al tomarlo–. Con esto te puedes ir de aquí. Vamos, sígueme.

            –¿Irnos? ¿A dónde? –el fantasma confundido sigue a Faustino hasta la parada de autobuses más cercana, viéndolo levantar su dedo índice al aire.

            –Pues a la morgue, puñetas.

 

Ya en las instalaciones del anfiteatro, Faustino camina por el pasillo con cautela y pena hasta la mujer que solloza en una de las sillas del recinto, acompañada por su pequeña hija que le jala su blusa rosada.

            –Disculpe… ¿Es usted Claudia? –Faustino se reclina un poco escondiendo el rosario entre sus manos.

            –Dígame… no es el mejor momento, pero… ¿Qué se le ofrece?

            –Verá –Faustino titubea un poco al mirar el rosario–. Tenga; lo encontré en el lugar del accidente. Su marido quería que se lo entregara.

            –¿Conocía usted a Santiago? –Claudia se levanta de su silla impulsada por la sorpresa.

            –No necesariamente. Vi el accidente cuando iba para mi trabajo, y pues una cosa llevó a la otra y…

Faustino deja de hablar apenas la puerta de al lado sale un señor de poco más de mediana edad con una mirada triste y sus ojos hinchados de llanto y desesperanza.

            –Sí es él, Claudia. Mi niño ¡Mi pobre hijo! –el demacrado señor se lanza a los brazos de su nuera, para que ambos se quiebren en un llanto mutuo.

            –¡No puedo con esto! –Santiago se lleva su mano a su rostro al ver el sufrimiento de su familia– ¡Tienes que decirles que estoy aquí, y que sufro junto con ellos!

Faustino le da una indicación con su mano para que espere, evitando llamar la atención del forense que había acompañado al padre de Santiago desde la sala de cuerpos.

            –Su cabecita, su cuellito no aguantó el impacto y… y… ¡AY, MI SANTIAGO!

            –¿Cuello? Pero si ni siquiera iba a alta velocidad –dice Santiago tras escuchar el relato de su padre, obligando a que Faustino lo voltee a ver–. Yo sentí una presión en el pecho y de ahí el dolor en los brazos y después me quedé sin aliento y me desmayé. A lo mejor me chocaron cuando ya no sentí nada.

            –¿Estás seguro? –la pregunta al aire de Faustino llama la atención de todos los presentes.

            –Eso explicaría el por qué no tiene rastros de fractura craneal –exclama el forense tras clavar su mirada opaca en la silueta de Santiago, sobresaltándolo.

            –¿Quién es usted? –le pregunta el padre de Santiago a Faustino, dirigiéndose en esta ocasión al forense– ¿Y qué quiso decir con eso de la fractura craneal?

            –Yo sólo vine a entregarles el rosario que me encontré en el lugar del accidente.

            –¿Y cómo supo que era su rosario? –el padre de Santiago se muestra desconfiado.

            –Diles que fue por un paro cardiaco; mi papá ya sabe qué hace un par de años me había pasado lo mismo por estrés –Santiago motiva a que Faustino no se deje intimidar por el semblante desafiante de su padre–. Mi padre es muy recio y algo racista. Si no le dices o haces algo te sacará de aquí a golpes.

            –Jovencito, le pido de la manera más amable que se retire de aquí por respeto a nuestra tragedia familiar.

El padre de Santiago, un hombre alto y delgado, pero de complexión firme, se aproxima hasta Faustino de manera amenazante, hasta que este decide hablar:

            –Santiago dice que no murió por el choque, sino que le volvió a pasar lo mismo que sucedió el año pasado en su quinta, en Cadereyta: lo del dolor en el corazón –con algo de miedo, Faustino comienza a repetir lo que Santiago le dice–. Que usted tenía razón, señor Octavio, y señorita Claudia, con lo de tomar vacaciones y alejarse del trabajo ya que el estrés lo estaba consumiendo lentamente.

Octavio, el padre de Santiago, se queda inmóvil ante la revelación de Faustino.

            –Son las mismas palabras que diría mi Santiaguito –don Octavio se mantiene pasmado, recuperándose al sentir los brazos de su nuera rodear su brazo derecho.

            –De ser cierto eso, lo cual lo creo, no será necesario hacerle una autopsia –sugiere el forense indiferente, quien todo este tiempo se ha mantenido bajo el marco de la puerta–; al menos que ustedes lo soliciten.

Apenas los familiares de Santiago se ponen de acuerdo para tomar una decisión, la inocente sonrisa de la hija del difunto abre sus bracitos al aire, mirando hacia la nada:

            –¡Papi! Papito. ¿Por qué estas llorando? –todos los presentes ven aturdidos la tierna escena que ahí acontece.

            –Mi pequeña Edith. Perdóname por dejarte tan joven, tan chiquita –Santiago acaricia los dorados rizos de su pequeña hija, no logrando contener su propio llanto–. Mi princesa, ya no estaré contigo como todos los días, pero ten por seguro que cuidaré de ti cada momento de tu vida.

            –No te entiendo, papi –Edith baja su ilusa mirada, jugueteando con el rosario que llega a sus manos repentinamente–. ¿Ya no te vas a quedar conmigo?

Sosteniendo su lamento, Santiago recarga su barbilla sobre la frente de su hija, dándole un abrazo que invita que su esposa y padre se acerquen y hagan lo mismo.

            –Muchas gracias, joven –exclaman Claudia y don Octavio al unísono–. Gracias.

            –Fascinante, no solo puedes ver a los espíritus, también puedes interactuar con ellos –le comenta el forense que se pone a un lado de Faustino, removiéndose su cubrebocas–. Me da gusto conocer a otra persona con este don; si lo podemos llamar así. Mi nombre es Ale.

            –¡Ah! Yo soy Faustino –este estrecha la pálida y fría mano de Ale quien también le dirige una sonrisa amigable–. ¿Perturbador? ¿No lo crees?

            –Sorprendente, diría yo –Ale invita a Faustino a retirarse de la familia en luto, llegando hasta un cuarto de personal–. Si no te molesta, me gustaría hablar más sobre tu caso en particular. A leguas se ve que eres nuevo en esto. Mi turno está por acabar, quizás podemos ir a comer algo. Me muero de hambre.

 

Sobre la diminuta y cuadrada mesa para dos, la mesera coloca un frappé de café y un sándwich recién hecho del lado de Faustino, y una taza de café negro con una rebanada de pastel de mango frente a Ale, asintiéndole a la servicial joven con una sonrisa:

            –Si necesitan algo más, háganme saber.

            –Muchas gracias, amiga –en seguida Ale le da un ligero sorbo a su bebida caliente y corta un pedacito de la rebanada de pastel para ofrecerle a Faustino.

            –¿Es todo lo que vas a comer? –Faustino luce incrédulo ante la escasa merienda de su acompañante– Me dijiste que te morías de hambre. Algo inapropiado en la morgue a propósito. Ten, te doy la mitad de mi sándwich. El queso derretido te va a encantar.

            –Y tu agarra del pastel; no pasa nada –las mejillas de Ale se tornan rojizas al ver a Faustino–. Entonces, llevas poco en esto de hablar con los que se fueron, por lo que veo.

            –Bueno, sí y no –Faustino menea la cuchara de su bebida, revolviendo la crema con el contenido de abajo–. Verás, cuando era niño ya sentía y en ocasiones veía cosas. Lo típico de siempre: sombras, siluetas, una que otra voz, pero pues mi abuelita me decía que era mi imaginación.

            –No te ves que seas de Monterrey, sin ofender –Ale le da otro sorbo a su café caliente sin dejar de analizar las facciones de Faustino–. ¿Tú familia es de la Huasteca Hidalguense?

            –¡Vaya! Sí que eres bueno –Faustino bebe de su frappé antes de hablar–. De mi lado materno soy de allá, y mi familia paterna es de Guadalajara.

            –Ligeramente se logran ver tus facciones europeas en tus pómulos y tu altura.

Ale despeja uno de los mechones de su cara para después desviar su mirada a su izquierda y ver los demás establecimientos del centro comercial, situación que aprovecha Faustino para mirar por la holgada prenda negra que deja al descubierto parte del pálido torso de Ale, hasta que este regresa a verlo, obligándolo a perder la mirada en el pastel.

            –Entonces, si tu abuelita es de la Huasteca, significa que pudo haber estado ligada a la brujería, ¿no es así? –la expresión de Ale luce confiada pero no amenazante.

            –Sí… es una larga historia –Faustino deja caer sus hombros–; pero no me la sé completa, o, mejor dicho, nunca me la dijeron. Tan sólo sé, y por rumores del pueblo, que mi abuelita practicaba magia blanca, lo más básico; por otra parte, mi abuelo, que en paz descanse, me dijeron que fue un chamán muy importante.

            –¡Vaya! Eso quiere decir que traes este don por herencia, aunque no me lo creas –Ale juguetea con las mangas de su negra camisa, dejando al descubierto los trazos de un tatuaje sobre su pecho, interrumpidos por una cicatriz, más grande que las marcas que se esconden en las muñecas de Ale–. Por mi parte yo tuve que desarrollar esta, pues habilidad; me llevó un par de años, pero me ha sido útil.

            –¿Ganas dinero con los fantasmas? –Faustino refleja una mueca de indignación.

            –No, no, no. Para nada –Ale le sonríe con su respuesta, bajando su mirada–. También ayudo a los espíritus buenos y malos. No lo hago por un afán económico ni nada; aunque hay gente que me regala cosas sin pedirlo, como gratitud, ya te imaginaras.

            –¿Buenos y malos? –Faustino no puede disimular su inquietud.

            –Sí, de hecho, los primeros que vi fueron espíritus violentos; algunos decían que eran demonios –las mejillas de Ale se inflan para dejar escapar un poco de aire–. Hablando con sinceridad, no me esperaba ver a los agresivos primero.

Antes de que Faustino puedo seguir cuestionándolo, el teléfono de Ale comienza a sonar desde su bolsillo, por lo que decide atender la llamada, siendo su respuesta corta pero directa, pidiendo que le envíen la ubicación por un mensaje de texto.

            –Bueno, el deber me llama –Ale se encoje de hombros esbozando una sonrisa de ironía–. Deberíamos estar en contacto, digo, por si se te ofrece ayuda. Anota mi número.

            –Sí, claro –en lo que Faustino extrae su celular, Ale logra ver una serie de mensajes, todos provenientes de una sola persona–. ¡Ay! ¡Cómo chinga esta morra!

            –Te entiendo, tengo una amiga que es así de hostigosa. Pero bueno, anota mi número que ya me tengo que ir. Te invitaría, pero supongo que sería algo incómodo.

Tras guardar el número de Ale, Faustino parte del centro comercial con una cascada de pensamientos en el interior de su cabeza, idea que lo toman por sorpresa de tal manera que no se percata que el camión que lo deja cerca de su casa se pasa por alto.

 

Con una actitud optimista al llegar a su casa y aventando su mochila cruzada sobre uno de los sillones, Faustino encuentra a Natalicia sentada en el comedor, completamente entretenida en la computadora y con la gallina deambulando entre las patas de la silla:

            –¡Oye, Natalicia! ¿A qué no me creerás que me pasó el día de hoy? –Faustino se lleva otra sorpresa al ver a su compañera de casa escribiendo con sus dedos índices en la computadora– ¡Órale! Veo que ya le agarraste el modo a esa cosa.

            –¡Así es! –le dice Natalicia con una voz infantil y sin despegar su rostro del monitor– Encontré de todo aquí, desde libros que en mis tiempos se consideraban prohibidos hasta videos de jovencitas enseñando a polvorearse el rostro y quedar muy recatadas. ¡Y no sólo eso! También vi lo que se llaman series y videos y al final decidí escribir mi propia novela. Aunque creo que sería mejor que hiciera videos sobre cómo era vivir en mis tiempos.

            –Eso te dejaría dinero, de hecho; pero no sé si en tu condición estarías infringiendo ciertas leyes paranormales.

            –¡Ah! No me preocupo por eso. No hay un manual exacto de que un fantasma puede hacer o que no. Aunque hay cosas que se hacen por rutina –Natalicia desprende su atención del monitor, encarando a Faustino con peculiar alegría–. Y dime, ¿qué es eso que quieres decirme? ¿Cómo estuvo tu día?

            –Ah, sí. Conocí a una persona que también puede ver e interactuar con fantasmas –Faustino se dirige al refrigerador para servirse un poco de jugo de uva–. Es alguien muy peculiar. Dijo que logró desarrollar su habilidad en un par de años, y que lo primero que vio fue fantasmas agresivos y uno que otro demonio.

Natalicia regresa al tecleo que realizaba por un instante, girando su rostro ligeramente a Faustino:

            –¡Vaya! eso sí que es sorprendente –de inmediato, Natalicia regresa al monitor.

            –Pero antes, ayudé a un fantasma hablar con su familia.

            –¿Qué? ¿En serio? ¡Eso es maravilloso! –Natalicia se detiene nuevamente, sólo que está vez, mira de frente a Faustino– Oye… ¿y sí tu don para vernos está mejorando?

            –O tal vez siempre estuvo ahí y decidí ignorarlo –Faustino sacude su barbilla, dudoso de sus acciones–. Eso tendría mucho sentido.

            –En ese caso, deberías solicitarle a tu nueva amistad que te explique cómo funcionan –Natalicia comienza a flotar entusiasmada por la sala–. ¡Qué tal si ese es tu destino!

            –¿Qué? ¿Cómo? ¿De qué hablas? –Faustino retrocede asustado por el comentario de Natalicia–. Yo ya tengo un trabajo estable. No podría dejar lo que me costó cinco años de mi vida por una vieja fantasía infantil. ¡Sería una ridiculez!

            –¿O sea que de infante querías hacer esto? –Natalicia se acerca a Faustino dejando que sus grandes ojos hagan contacto con los suyos– ¿Ayudar a los demás? En especial a los que ya no estamos con ustedes en el mundo terrenal.

            –Eh… no sé –Faustino se talla la grasa de su rostro con ambas manos–; digo, sé que mi abuela fue una bruja blanca y mi abuelo un chamán o nahual, y… y una que otra tía tenía la mesa. Pero, por otra parte, había otras personas de la familia que hacían cosas malas. Es por eso por lo que decidieron alejarse de ese pueblo.

            –¿La mesa?

            –Así le dicen al don de poder hacer brujería.

            –Bueno, en todo caso igual no deberías perder contacto con esa persona –Natalicia le da una palmada al hombro de Faustino para relajarlo–. Creo que te puede ayudar más de lo que yo podría.

En seguida, Natalicia se aproxima a la computadora sobre la mesa para seguir con su reencuentro con la tecnología, dejando que Faustino aclare su mente.

            –Oye, otra cosa; con lo del fantasma de hoy y lo que alcancé a aprender en el pueblo.

            –Adelante.

            –Es algo muy incómodo y espero no te moleste –Faustino baja sus ojos apenado–. ¿Tienes algún objeto que te ate a este lugar? Es decir, no sólo a la casa, sino al área…

            –Mis huesos están enterrados treinta pies bajo tu patio trasero –la voz de Natalicia se escucha monótona al hablar–. Puse a descongelar la carne que me dijiste.

            –Oh, ya veo –Faustino se aproxima a la cocina contigua al comedor, no sin antes abrir su refrigerador para extraer unos cuantos ingredientes–. Entonces, si te hiciera una misa o algo ya podrías descansar en paz. Lo digo por tu tranquilidad, no porque me molestes.

Natalicia esconde su expresión de seriedad tras los cortos mechones de su cabellera, disimulando al regresarle una sonrisa amable a su cohabitante del hogar.

            –Hay cosas que, simplemente, son algo difícil de explicar –le responde la joven mientras esconde su mano derecha ennegrecida tras el monitor de la laptop.

 

 

 

4. En el lado equivocado del cielo.

En algún lugar de Monterrey, Nuevo León. Martes por la noche.

Se escuchan dos disparos seguidos del sonido de un bulto caer sobre la tierra. Las manos del soldado sostienen firme el arma recién detonada, mientras que sus ojos abiertos miran a la anciana que llora a gritos desconsolados abrazando al adolescente tendido sobre la tierra, cuya sangre comienza a gorgotear de las heridas y de su boca abierta.

La respiración del soldado de piel enrojecida por el sol desértico se vuelve más agitada, y sus oídos ignoran los pasos apresurados de otro uniformado al acercársele justo antes de que otros dos disparos repitan el mismo sonido de un bulto tocando la rocosa superficie, deteniendo los lamentos de la mujer que lloraba.

Ale se despierta sudando sobre su cama en su ya de por si tenebrosa habitación. Su veloz respiración comienza y termina con su boca abierta, tranquilizándose al adentrarse en la regadera y dejar que el agua purifique su delgada figura ataviada con sus prendas negras y su larga cabellera humedecida se mezcla con la tela. Tras terminar de secarse y manteniendo su murmullo, Ale se mantiene quieto unos segundos frente a una alfombra, dejándose caer sobre sus rodillas al mismo tiempo que su frente y manos tocan la tela en tres ocasiones, repitiendo el mismo rito un par de veces más, sin dejar de murmurar.

            –…as salâm –Ale gira su barbilla a la derecha tras terminar de murmurar, seguido de otro rezo consecutivo en lo que se aleja del tapete–. Ya es hora de torturarme, supongo.

Un par de siluetas negras se acercan a Ale por la espalda, mientras que otra se menea en un rincón llorando en lo que una de las sombras coloca su mano sobre el hombro de Ale; misma mano que tiene garras en lugar de uñas y que clava en su camisa perforándole la piel y causándole fuertes alaridos.

 

Todavía no termina de llenarse la taza de café cuando comienza a vibrar el teléfono de Faustino e interrumpe su bostezo matutino, aturdiéndolo al ver el numero de la llamada entrante:

            –¿Bueno?

            –Hola, Faustino. Soy Carmela, perdón por llamar. ¿Estás ocupado?

            –Eh, no, todavía no; apenas llegué a mi trabajo –Faustino retira su taza con café de la cafetera–. Este… ¿Cómo conseguiste mi número?

            –¿Juras que no te vas a enojar si te digo? –la voz de Carmela se vuelve infantil para evitar el posible regaño– Bueno, revisé tu celular antes de irme de tu casa; ya sabes, por si las dudas. De igual manera dejé mi número en tu refrigerador…

            –Ah sí, no te apures. Es sólo que es incómodo que me hayas revisado mi celular –Faustino sostiene su teléfono entre la oreja y el hombro para prepararse su café–. No lo vuelvas a hacer; digo, no es que tenga algo importante, pero sí es incómodo.

Ambos jóvenes sueltan una risa espontanea, antes de que Carmela pueda proseguir:

            –¿Te parece si vamos a cenar hoy?

            –De verdad, lo siento; pero saliendo del trabajo quiero llegar a mi casa…

            –Ya veo –Carmela se queda en silencio–. Mejor te llevo la cena.

Antes de que Faustino pueda decir algo, un compañero suyo del trabajo comienza a darle instrucciones, obligándolo a terminar la llamada:

            –Luego hablamos, ten un buen día.

Justo en ese momento, otro par de mensajes llegan a su celular, está vez de Fernanda, lo que incita a Faustino a abrir el mensaje a regañadientes, cambiando su actitud al abrir la liga que venía con el mensaje:

            –Pero… ¿Qué diablos es esto? –Faustino se encamina a su lugar de trabajo al mismo tiempo que llama a Fernanda– Oye, eso de la página que me mandaste… ¿Es Ale?

            –¿Bueno? Sí, es de Ale. ¿Lo conoces? –Fernanda suena confundida respecto a la respuesta de su amigo– No sé si te platiqué más de Ale esa noche que te fuiste…

            –No del todo. Lo que me sorprende es que sea una celebridad entre páginas de lo paranormal. Es decir, ni siquiera mencionan su nombre, pero es sí que es conocido.

            –Ya sé, ¿verdad? ¡Y vaya que esa vez en mi casa no hizo nada! –Fernanda hace una pausa antes de continuar– Tal vez porque tenías razón, estábamos intoxicados.

            –Eso ya es muy tu vida; pero sí, conocí a Ale recientemente –Faustino coloca su taza a lado del monitor en el que trabaja–. Oye me tengo que ir. Luego hablamos.

 

El aluminio que protege a la pastilla se quebranta con la presión de los dedos de Ale; en seguida, Ale consume el fármaco con un trago de whiskey para obtener seguridad y acercarse a una pareja en la nitidez de ese bar, coqueteando tanto con la dama como con su acompañante masculino. De repente, una canción los invita a bailar en el centro de la pista vacía, tan ausente de gente como el resto del establecimiento.

            –¿Y ustedes son pareja o andan en el ambiente? –pregunta Ale mientras baila con el par de desconocidos.

            –Pues nada más somos amigos; pero nos gusta experimentar cosas nuevas –en seguida, la joven le muestra su lengua adornada por un piercing y un pequeño cuadro de papel con colores desgastados por la saliva–. ¿Y tú qué onda?

            –Creo nos llevaremos muy bien –Ale no se esperaba el beso que le brinda la chica, mismo gesto que comparte con su acompañante.

            –Mi depa está cerca de aquí por si te animes a venir –añade el varón de voz gruesa.

Ya pasa una hora después del medio día y los miles de trabajadores comienzan a deambular por la pintoresca avenida en busca de alimentos, imagen que Ale aprecia desde el balcón de un quinto piso al encender su cigarrillo con su camisa desabotonada que descubre tan solo desde su garganta hasta su vientre lampiño.

            –Muchos piercings, ¿no crees? –comenta el acompañante masculino tras llegar al balcón y encender su propio cigarrillo– A propósito, esas pastillas que traías están… ¡Uf!

Ale asiente su barbilla, exhalando un poco de humo de sus pulmones:

            –En todo caso, voy a descansar un rato. Lo de hace un rato estuvo agotador.

Ale termina su cigarro en lo que el joven de marcada musculatura se acuesta a lado de su amiga cobijada con un cobertor verdoso, descubriendo sus hombros desnudos.

            –¡Ay! ¡Ya sé lo que tengo que hacer! –Ale presiona la base de su nariz con sus dedos en lo que regresa al interior del departamento– ¡¿Podrías guardar silencio?!

Como si fuera una orden, los murmullos que atormentaban a Ale se extinguen mientras que Ale ve al otro lado de la recamara a un asustado individuo de apariencia translucida.

            –Tú también vas a venir conmigo –dice Ale al apagar el cigarro sobre su lengua.

 

La tarde llega tranquila y con ella la hora de salida, ritual que a Faustino parece causarle más fastidio que alegría ya que el camión urbano que estaba por abordar luce abarrotado, haciéndole difícil la tarea de irse a su casa. Por esta misma razón y en lo que pasa otro camión, este decide revisar sus mensajes y contactos, encontrándose al número de Ale, decidiendo llamarle tras unos segundos de indecisión:

            –¡Hey, Ale! ¿Qué tal? ¿Estás disponible?

            –No mucho. Apenas voy a mi trabajo. Me tocó el turno nocturno. ¿Sucede algo?

            –No necesariamente –Faustino está alerta en caso de que venga su transporte–. Es que, tenía una que otra duda y pues, ya sabes, creo que tú entenderías.

            –Ya veo… –Ale se mantiene en silencio por un segundo– ¿Qué te parece si vamos a Barrio este viernes? Yo invito los tragos.

            –Ah, gracias. De hecho, me dieron el sábado libre así que puedo ir un rato.

            –Pues ya quedó; nos vemos en la entrada, ¿va? Adiós –Ale termina la llamada justo en el momento en el que el camión de Faustino se detiene, llenándose de la gente que esperaba ansiosa su llegada.

 

Todavía hay luz de día que ilumina la amplia avenida que poco a poco se va librando del tráfico tanto de vehículos como de transeúntes, en especial los costados de los anchos muros del panteón por el que Faustino camina hasta llegar a la entrada principal ya cerrada con una cadena pesada al igual que el candado oxidado.

            –¡Ay, Dios! No me queda más que comprobar si es cierto –Faustino reclina su cabeza sobre los barrotes del portón de la entrada principal, haciendo un esfuerzo para encontrar algo–. No, nada. Veamos esa casa abandonada.

Las pupilas de su mirada de color marrón se contraen apenas visualiza una vieja silla que es arrastrada de un lado a otro en el segundo piso de aquel edificio abandonado, hasta que la situación empeora al aparecerse la silueta de una persona de mediana edad que mira a Faustino algo extrañado, mientras que este desvía su mirada a otro lado.

 

Finalmente, Faustino logra llegar a su hogar, encontrando a Natalicia haciendo gestos frente al monitor, dirigiéndole una discreta señal con su mano para que no la interrumpa.

            –…y bueno, así es como las antiguas caravanas solían mantener sus reservas frescas y listas para cualquier ocasión. No se olviden de comentar los temas que gusten y nos vemos –Natalicia menea su mano al aire en señal de despedida–. ¿Qué crees? Decidí hacer videos y subirlos en esta página. ¡Es tan emocionante! Claro, necesitan modificar ciertas cosas para que pueda ser más visible ante la cámara.

            –¿Estás segura de eso? Quiero decir, sí, puedo editarlos y serás más visible, supongo –Faustino se dirige a su refrigerador para servirse un poco de agua de uva, para después prender un cigarro y salir al patio trasero–. Lo haría el sábado en la tarde.

            –¡No sabes cómo te lo agradecería! –Natalicia flota en el interior de la cocina con visible emoción–. O sea, es eso y otras cosas con las que me has ayudado…

            –¿A qué te refieres? –Faustino busca en su celular una canción, sin dejar de mirar a Natalicia– Digo, solamente te presté mi lap y te enseñé cómo usarla.

            –Me refiero al hecho de que, tú pudiste verme –los ojos claros de Natalicia lucen humedecidos–. ¡Y no sólo eso! Tantos años aquí; tantas generaciones que vi llegar, crecer irse o morir. No tienes idea de lo que has hecho por mí. La última vez que interactúe con alguien, y si se puede llamar así, fue con la señora rara que practicaba brujería, y en más de dos de sus ritos, casi dejo de existir. Pero tú me ves como si fuera una persona viva; no me temes como esas personas y sus misas que hacían para deshacerse de mí.

Faustino se queda inmóvil con el cigarro casi quemándole los labios, viendo como Natalicia abre el mosquitero sin tocarlo y le brinda un cálido abrazo:

            –Puedo… ¿Puedo sentirte? –le dice Faustino intrigado ante la sensación.

            –Muchas gracias, gracias. ¿Puedes abrazarme? Quiero sentir un poco de calor humano –Faustino lo duda debido a su experiencia previa, pero decide hacerlo–. Gracias por hacerme sentir como si estuviera viva, atrapada en una era que no pensé que llegaría a conocer y que es mejor que lo que a mí me tocó vivir.

            –No hay cuidado –Faustino descansa su mentón en el hombro de Natalicia en un intento de reprimir lo que a él lo atormenta–. Gracias a ti por hacerme compañía cuando realmente no tengo a nadie con quien hablar al llegar a casa.

La bizarra fraternidad es interrumpida por unos golpes sobre el portón, lo que incita a que ambos se separen mientras que Faustino se limpia sus humedecidas ojeras:

            –Soy yo, Carmela. Te dije que te iba a traer la cena.

            –Oh, ya voy –Faustino ignora la expresión de decepción que se visualiza en Natalicia–. Hola. Perdón, olvidé que ibas a venir. Ya te imaginaras, he estado ocupado.

            –No te apures –le responde Carmela con alegría y con bolsas con comida–. ¿Te molesta si vemos esta serie en lo que comemos? Hoy se estrena un nuevo capítulo.

Faustino le da una última mirada a Natalicia como si esperara su aprobación, cosa que ella recrimina con una mueca de desinterés.

Con las luces de la sala apagadas e iluminados por la luz de la televisión, Carmela mira sin emoción la escena que transcurre acompañada por el ruido de unas espadas, mientras que Faustino da intervalos entre el programa y Natalicia, quien está sentada en el sillón angular al que ellos están. Repentinamente, Carmela desliza su cabeza desde el hombro de Faustino hasta quedar en su regazo, acomodando su cabellera lisa sobre las piernas de Faustino en lo que este se encoge de hombros al ver a Natalicia.

            –Hazme piojito –Faustino obedece tembloroso viendo también como Natalicia pretende ver el programa en la televisión con su mentón levantado–. ¡Mira esta parte!

Un ruido exterior sobresalta a Carmela de tal manera que se aferra disimuladamente al brazo de Faustino, quien al igual se sobresalta y se dispone a asomarse por la ventana.

            –¿Otra vez esos pinches gatos? –exclama Faustino algo irritado– ¿Ya volvieron?

            –Supongo que sí –Carmela se recuesta sobre el sillón–. No les prestes atención. Solitos se van.

Otro ruido externo similar al de un porcino que choca con un vehículo cercano llama la atención de Faustino, por lo que decide levantarse del sillón y tomar las llaves colgadas cerca de la puerta que da a la vacía cochera.

            –No, Faustino; no vayas –Carmela luce un tanto aterrada–. Se escucha peligroso.

            –Es sólo un puerco. A alguien debió habérsele escapado y ha de estar rayando tu camioneta –Faustino busca la llave del portón principal bajo el marco de la puerta, justo antes de entrar a la oscuridad de la cochera–. Además, está bien raro que alguien tenga un puerco en esta zona de la ciudad.

En lo que Faustino sale por la puerta del portón para explorar la calle, Natalicia se asoma por la ventana que da a otra ventana dentro de la cochera, viendo a Faustino merodear la parte frontal de la casa bajo la luz mercurial del poste más cercano.

            –Algo anda mal –Natalicia atraviesa la ventana de la sala, deteniéndose ante la ventana que da a la calle–. ¡Faustino, detrás de ti!

Faustino logra esquivar a duras penas al porcino que lo trata de embestir por la espalda, aterrándolo al ver su expresión enfurecida similar a la de un humano y cuyos grotescos bramidos obligan a aullar a los perros que aguardan dentro de las demás casas.

            –Huele a… ¿a azufre? –Faustino intenta moverse al ver el siguiente ataque del salvaje animal de gran tamaño y filosos colmillos, pero sus extremidades no le responden– ¿Qué me está pasando? Mi piel se erizó y siento mucho frío.

Inmóvil e indefenso, Faustino ve al animal correr a toda prisa hacia él con sus ojos brillosos como dos llamas y expresión iracunda; un ataque que hubiera sido mortal sino fuera por la intervención de Carmela y la escoba rota que sostiene con firmeza.

            –¡Te dije que no salieras! Está cosa lleva siguiéndome desde la tarde.

            –¡Carmela! ¡Hazte a un lado! –Faustino se lanza frente a ella para recibir la embestida del porcino salvaje– ¡Rápido, toma la manguera y échale agua!

Carmela tarda en reaccionar tras ver cómo Faustino retiene al cerdo negro con sus manos, agarrándolo firmemente de los dientes inferiores que parecen colmillos.

            –“A tu abuelo se le apareció un cerdo en la noche cuando venía de la milpa y no lo dejaba pasar. Dice que hasta le dio con el machete y se escuchaba como si golpeara metal –son las palabras que retumban en la mente de Faustino mientras mantiene contacto visual con los ojos del porcino, ojos que parecen más a los de un humano–. No fue hasta que le echó el agua de su jacal que confundió al chancho y le dio otro machetazo…”

El rostro del cerdo quebranta su actitud de ira al ver la mueca de seguridad que Faustino refleja al mismo tiempo que un gran chorro de agua empapa a ambos.

            –“…ya al día siguiente atendieron en la clínica a don Cleto. Luego se dieron cuenta que él era…” un maldito nahual.

Faustino gira ambas manos hacia su izquierda, torciendo el cuello del cerdo que se resiste a rendirse; por lo que este decide usar su pulgar derecho para incrustárselo en el ojo.

Un aullido de dolor se deja escuchar por ese tramo de la calle, sonido similar a un lamento humano que al de un animal salvaje, lo que deja atónitos tanto a Faustino como a Carmela.

            –Ese… es el brujo del panteón –Carmela se queda petrificada al ver cómo el animal transmuta su morfología a la de un humano.

En lo que este se retuerce en el pavimento por el dolor, Faustino aprovecha para someter su desnuda figura sujetándolo con firmeza del cuello y del antebrazo derecho, causándole unas marcas similares a la de una quemadura entre más tiempo toca su piel:

            –Mira, viejo. Que aquí quede todo por la paz –Faustino se mantiene firme y amenazante al hablar–. Yo soy descendiente de brujos blancos, y ya me las sé todas.

De la nada, el brujo de mediana edad y barba ligeramente canosa comienza a reírse, sin dejar de cubrir la herida de su ojo:

            –¿Y tú crees que vine solo o qué, pinche chamaco?

            –¡Faustino! ¡Detrás de ti!

El grito ronco de Carmela resalta al ser poseída por el miedo, incrédula al ver una silueta lánguida y muy alta aparecerse a espaldas de su amigo y coloca lentamente su delgada mano sobre el hombro de Faustino, dejándolo inmóvil y temeroso.

Faustino aprieta sus parpados al sentir un escalofrío recorrerle la nuca, mientras que los dedos grises de ese extraño ser de vestido negro son detenidos por otra sombra negra que le aprieta la muñeca.

            –Estos son mis dominios; no tienen derecho de estar aquí –exclama una voz espectral en eco como si más de una persona hablara al mismo tiempo.

El primer ser, ataviado con un sombrero con manto negro translucido que le cubre el rostro, luce indignado ante la osadía de la sombra opaca que le hace frente. Faustino, incitado por la curiosidad, suelta al brujo sobre el suelo y se levanta rápidamente para ser testigo de tan peculiar enfrentamiento que mantiene a los perros aullando a lo lejos.

            –¿Otra sombra? ¿Cómo la de hace unas noches? –Faustino recupera su postura al ver a Carmela desvanecerse sobre sus rodillas–. Carmela, guarda la calma y no los mires; es más, tápate los oídos.

Apenas Faustino esquiva al primer ser para llegar hasta su amiga, este levanta su mirada para ver al ser de prendas negras acercársele con seguridad a la sombra opaca de menor tamaño, extendiendo su larga mano en un intento de intimidación, hasta que le lanza su antebrazo como si fuera un martillo; golpe que la sombra opaca logra retener con ambos brazos, perdiendo su tenue oscuridad en el proceso:

            –¡Estúpida! ¡He vivido más años que tú y te atreves a desafiarme con un simple golpe de argüendera! –comenta con soberbia Natalicia, quien resulta ser la sombra opaca, misma sombra que concentra en sus brazos– ¡Se más original, ramera barata!

Natalicia incrusta su mano derecha extendida en el abdomen de su contrincante abrumado por el contraataque, ahogando su dolor con su silencio.

            –¡Largaos los dos de aquí antes de que me quede con sus almas! –tanto la silueta de vestido negro y el brujo desnudo retroceden hasta el final de la calle, el segundo tomando la forma de un cerdo y la primera de una lechuza– ¿Están bien?

Faustino ayuda a Carmela a levantarse sin despegar su incrédula mirada de Natalicia, de cuyo cuerpo comienza a desvanecerse la oscuridad con la que defendía sus antebrazos:

            –Tú… tú eras esa misma sombra que me atacó el otro día –Faustino suena furioso–. Y ahora te atreves a burlarte de mí. ¡Pensé que éramos amigos!

            –No es lo que parece; por favor, no confundas las cosas. Esa sombra y yo, somos… –Natalicia hace una pausa para recuperarse de su agotamiento– somos dos cosas completamente distintas. El de esa vez no era yo…

            –Carmela, ¿traes las llaves de tu camioneta? –Carmela afirma con su barbilla, ignorando que Faustino no despega su mirada acusativa de Natalicia– ¡Pues vámonos a la chingada de aquí! A un lugar seguro. Y tú, Natalicia, no tienes madre, la verdad.

            –Quería decírtelo, pero no creí que lo entenderías…

            –Ya vámonos. Conduce tú, Carmela.

El vehículo enciende el motor y en unos instantes parte del lugar, dejando atrás a una desconsolada Natalicia que se encamina hasta el portón de la casa en donde se desvanece.

            –¿A dónde vamos? –asustada, Carmela trata de conducir en lo que Faustino extrae del bolsillo de su pantalón su celular dañado de la pantalla, pero funcional al momento de hacer llamadas–. ¡Tino! Dime a donde vamos.

El sonido del otro lado de la línea deja de escucharse apenas la llamada es contestada por una voz sombría pero familiar para él:

            –Bueno ¿Sí? Ale ¿Estás ocupado?

            –No del todo, pero dime, ¿qué onda? –desde el otro lado de la línea se logra escuchar a Ale empujando un carrito metálico y abriendo unas compuertas.

            –Nos atacó una bruja mayor y un chamán o hechicero. Creo que están siguiéndonos –un fuerte aleteo pasa por encima de la camioneta, alertando a los pasajeros–. ¿Has tratado con esos tipos antes?

            –Están en un problema algo grave, me cae –la voz de Ale suena tranquila ante los hechos explicados–. Pero bueno; vengan a la morgue, aquí estarán seguros. Por ahora tengo que colgar. Me cayó un poco de trabajo.

Al terminar la llamada, Ale se dispone a guardar dos cuerpos, uno masculino y otro femenino, en unos frigoríficos, dirigiéndose esta vez a una bitácora que tienen las fotos de los respectivos cadáveres:

            –¿Hora de fallecimiento aproximado?: una de la tarde; ¿Causa?: sobredosis. Características: hombre robusto y alto, mujer con cuatro perforaciones.

            –Entonces, ¿Qué pasó? ¿Para dónde nos vamos? –pregunta Carmela sin despegar su vista del camino.

            –A la morgue; ahí estaremos a salvo –le responde Faustino sin dejar de ver su celular.

            –¡¿Qué?! ¡¿Estás bien pinche loco o qué?! Es bien sabido que es en esos lugares es en donde hay más espíritus chocarreros.

            –Tú sólo conduce. Tengo el presentimiento de que todo saldrá bien.

Sin nada que pueda decir al respecto, Carmela pisa el acelerador hasta una de las arterias principales que conllevan al otro lado de la ciudad, llegando en cuestión de minutos.

Ya en el estacionamiento del hospital, Faustino guía a Carmela sin soltarle la mano hasta un costado del hospital, ingresando tras ver la falta de guardias en las inmediaciones y abriéndose paso entre los pocos corredores que forman el sótano, llegando hasta la cámara frigorífica en donde encuentran a Ale justo cuando salía de su área de trabajo.

            –¡Vaya! Sí que llegaron rápido –Ale revisa su reloj de muñeca en lo que se quita la bata–. En fin. Por sus caras parece que vieron algo bien feo; horrible, mejor dicho.

Una fuerte risa burlona se deja escuchar proveniente de una ventana cercan al pasillo, igual que un fuerte aleteo.

            –¿Sabes que podemos hacer para que no nos persiga esa bruja? –Faustino mantiene su semblante de fortaleza para que Carmela no caiga en pánico.

            –Estas no son horas de reconocimiento –exclama un sujeto alto de pelo castaño peinado hacia atrás y de lentes rectangulares medianos de pasta ancha– ¿Qué hace este par de jóvenes en las instalaciones, Robledo?

            –Lo mismo me pregunto yo, doctor Vallejo –le responde Ale a la defensiva–: ¿Qué hace un psiquiatra a estas horas y en esta área que no le corresponde?

Sin respuesta alguna, el galeno se retira dirigiéndose al elevador, mientras que Ale regresa con el par de visitantes alterados ante los ruidos ocasionales de afuera.

            –Será mejor que nos vayamos a mi casa; aquí no están seguros –Ale termina de quitarse su bata y colgarla en un gancho cercano–. Los practicantes se las ingeniarán sin mí por un rato. ¿Vienen en carro?

            –Sí, sí. Está en el estacionamiento –Carmela tartamudea al responder.

            –Entonces no perdamos más tiempo. Vámonos de aquí.

En lo que el trío se retira por el pasillo, Faustino logra ver por la ventanilla circular de la puerta que da al área de cuerpos a unas siluetas borrosas arrinconadas en los alrededores.

 

En camino hacia el amplio estacionamiento del nosocomio, Ale desvía su atención a un árbol cercano de donde proviene un chistido seguido por una risa macabra, mientras que a lo lejos se escucha el chillido de un cerdo que se aproxima desde el otro lado del recinto.

            –Rápido. Súbanse a la camioneta –Carmela abre su vehículo con el botón de un llavero–. Pues entonces, tú, Ale, dime, ¿para dónde le doy?

Ale se reclina del asiento trasero al espacio de entre los asientos frontales, haciendo gestos con sus manos para que Carmela pueda tener una idea del recorrido:

            –Te vas por Gonzalitos, de ahí a Reforma y ya llegando a Juárez te digo más o menos en donde es –Carmela asiente su barbilla ante la indicación de Ale, poniendo en movimiento su vehículo hacia la dirección señalada.

 

La camioneta negra de Carmela recorre la angosta calle con la cautela que la conductora percibe al ver la mediocre y triste vida nocturna que se percibe por el área a la que Ale los ha llevado; adentrándose, por indicación de Ale, al patio frontal de un viejo edificio con portón caído y que luce en completo abandonado, siendo los frondosos árboles de las cercanías los únicos que parecen tener vitalidad.

            –Estaciónate debajo de aquel árbol –sugiere Ale en lo que apunta con su dedo índice–, sirve de que queda bien escondida la camioneta y está más cerca de las escaleras.

En lo que el trío desciende del vehículo, el oscuro follaje de un árbol lejano se sacude ligeramente, acompañado de un chasquido vocal que se repite en tres ocasiones. Simultáneamente, se escucha el sonido de un porcino furioso, el cual emerge de una esquina del deteriorado portón.

De repente, del árbol cae una bola de fuego del tamaño de un balón de futbol, el cual no causa daño a las hojas del árbol y flota a toda prisa al trío que aguarda por las escaleras.

            –¡Rápido, suban! Última planta; luego a la derecha, ultima habitación –Ale les da ventaja a Faustino y a Carmela para que suban por las escaleras de aquel viejo edificio–. ¡Entren ya!

En ese poco tiempo en el que Ale abre la puerta de su domicilio, un ave bate sus enormes alas cubiertas en llamas a la altura de la muralla del pasillo, sorprendiendo a todos con su rostro similar al de una persona.

            –¡¿Qué es esa cosa?! –Antes de que Carmela pueda tener una respuesta, tanto ella como Faustino son empujados por Ale hacia el interior de una sala, atrancando después la puerta con un mueble– ¡¿Vieron eso?¡ No tenía piernas, y… y… ¿Qué está pasando?

            –Era una bruja… –Faustino se detiene al escuchar unas pezuñas galopar por las escaleras y detenerse justo frente a la puerta.

Ale se retira del mueble que sirve como barricada encaminándose hasta la cocina apenas iluminada por la luz exterior de la ciudad, regresando con un bote de sal que esparce en la sala al mismo tiempo que murmura en un lenguaje que Faustino no logra comprender.

Toc, toc, toc.

            –Abre la puerta; no queremos hacerte daño –comenta una voz desde al otro lado de la puerta–. Tan sólo queremos hablar…

            –Nosotros no –responde Ale en lo que coloca a Faustino y a Carmela dentro del círculo de sal.

            –…contigo –las palabras del brujo intrigan por completo a Ale–. Te conviene; sabemos quién eres y a qué te dedicas… y tienes nuestro respeto.

Ale se mantiene inmóvil por unos segundos, susurrándole a ambos que se queden en el círculo de sal, siendo más específico con Faustino con las instrucciones:

            –Quédense aquí; tú protégela. Cúbrele los ojos y oídos y pase lo que pase no mires.

Ale mueve el mueble que cubría la puerta para salir, encontrándose tanto con el brujo como con la extraña dama de vestido negro. Ignorando lo que Ale le dijo, Faustino gira su barbilla sobre la cabellera de Carmela en dirección a la puerta abierta que da al pasillo:

            –Oh, ya veo… vaya… ajá, ajá… entonces, ¿era todo? –Faustino escucha cada palabra que Ale dice mientras que un aleteo sacude una fuerte corriente de aire hacia el interior de la vivienda–. Ya veo.… pues sí está complicada su situación…

Una gota de frío sudor se adentra en el ojo derecho de Faustino al mismo tiempo que se da cuenta de que ellos no son los únicos en esa polvorienta sala, dedo que algunas sombras comienzan a manifestarse desde los rincones de la habitación, tanto del suelo como del techo, fomentando a que sus latidos causen incertidumbre en Carmela mientras la abraza.

            –¿Qué pasa, Tino? Me está dando mucho miedo…

            –¡Shhh! No digas nada –Faustino le aprieta sus oídos y presiona su cara contra su pecho.

            –¿Nada más quieres a estos dos? Ah, bueno; si así está la cosa, ni cómo hacerle Ale se adentra a la sala, provocando que las sombras espectrales dejen de manifestarse y descubriendo que Faustino lo ve con sus ojos bien abiertos–. Te dije que no miraras.

Ale mira a Faustino con frialdad, colocándole su mano extendida evitando que sus pies rompan el circulo de sal. De repente, otro fuerte aleteo se deja sentir con una brisa, acompañado también, de un grito seco y del sonido de huesos romperse.

Publicado la semana 25. 15/06/2020
Etiquetas
Wilco, Rock, Duran Duran, Mecano, Relatos, Marilyn Manson - Sweet Dreams (Are Made Of This), Leonard Cohen - hallelujah , La lluvia, La abundancia que crea escasez, El deseo expreso de una amiga, Momentos de frustración y dolor intensos, La vida misma , De noche, En cualquier momento, En el bar, En el primer día del invierno, Con las manos frías, Sírvase templado si dispone de una sonrisa que no termina de salir, En noches, Con un café, claro, Con el alma resentida , In English, golpe, cabeza, luz, hospital, Viaje, Cuento
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
25
Ranking
0 34 0