24
Ignacievij

MACHTIANI: 1-2

MACHTIANI

O la travesía de Faustino Reyes por deshacerse de sus peculiares tormentos (el título es largo intencionalmente).

 

 

 

Prólogo

El humano y lo sobrenatural siempre han ido de la mano, de lo contrario, no existirían las más de cien imágenes de ser divinos en la compleja historia de la humanidad, en especial la de aquellos seres que protegían al tan temido y respetado inframundo.

En México no hubo una excepción. El Mictlán, parte de la mitología mexica, sigue fascinando a los estudiosos actuales, que se han dedicado a investigar más sobre ese asombroso lugar.

Retomando el hecho de que México es país rico en diferentes culturar indígenas, cada cual con sus propias percepciones, costumbres y creencias, surge como punto de partida en este contexto tan especial para mí que de tal manera me fomentado a dar a conocer más sobre esta cultura tan muchas veces discriminada, tachados incluso de ignorancia sus costumbres tan bien conservadas de las que no se puede explicar al menos que las hayan vivido, por eso mismo, se plasma en esta simple obra mía para dar a conocer más sobre nuestras propias raíces.

Este libro está dedicado a mi familia materna, Reyes Hernández, de las que he tenido un gran apoyo y crianza que no hayo una forma de agradecimiento como tal más que honrar a nuestro patriarca, al cual en vida no conocí: Faustino Reyes.

 

 

Tlasohkamati.

 

 

1. El llanto repentino.

En algún lugar de Monterrey, Nuevo León. Viernes por la noche.

Abrumado por el prolongado tiempo que lleva sentado frente a su laptop, Faustino libera su estrés con un gruñido sobre la pantalla, apartando también los dedos del teclado:

            –¡Ay, ya! ¡Malditas gráficas no salen! –Faustino avienta su nuca hacia atrás, sobre el respaldo de su silla– “Estudia ingeniería en sistemas”, decían, “vas a trabajar de lo que estudias”. ¡Puros cuentos!

Tomando un suspiro en lo que recupera fuerzas para continuar, Faustino se pierde en el ruido proveniente de la calle: las risas de los niños que corren de un extremo al otro y los murmullos de las vecinas que hablan entre ellas en alguna casa cercana.

En eso, Faustino decide tomar el último cigarrillo que yacía en la cajetilla, caminando hacia el patio trasero en lo que prepara su celular para elegir una canción mientras fuma.

            –Ya necesito vacaciones; ya me las deben… –Faustino expulsa el humo en aros y al ritmo de la canción elegida– No entiendo como esa gente allá afuera puede vivir tan tranquila, tan despreocupada.

Un poco más del humo sale de las fosas nasales del joven al mismo tiempo que divaga con la letra de la canción.

            –Necesito terminar eso; es mi pase para un mejor sueldo –en sus palabras se escucha algo de melancolía tras desprender su mirada del cielo nocturno–. De una vez le voy a cerrar al portón de la cochera.

No sin antes apagar el casi extinto cigarro sobre el lavadero de loza, el muchacho se encamina por la diminuta cocina hasta la amplia sala-comedor para salir por la cochera y llegar al portón, llevándose la sorpresa de no ver a nadie en la calle, luciendo absolutamente vacía y sin signos recientes de actividad humana.

Perturbado, Faustino se imagina que el estrés es lo que lo atormenta; decidido ahora a regresar al refrigerador y servirse de una jarra agua saborizada en un vaso de cristal, regresando a su habitación para sentarse frente al escritorio que da al marco de la puerta.

            –¡Pinche suerte! ¡Ya ni sé lo que andaba modificando!

En lo que sus marrones ojos visualizan los detalles de su trabajo, Faustino apenas se percata de que, por el marco de su puerta abierta, algo difuminado pasa por la cocina, lo que lo incita a jalar la manecilla de su puerta para cerrarla de golpe.

            –¡Pinche ratón también! No ha caído en la trampa.

Faustino continúa trabajando con cada trago que le da a su vaso, llegando a perderse por unos largos minutos sobre el monitor hasta que se percata de que se acabó su bebida; por lo que instigado por la sed, sale de su cuarto rumbo al refrigerador, tomando nuevamente la jarra anaranjada para servirse ahí mismo, regresándola de inmediato al refrigerador y girándose para volver a su trabajo, deteniéndose al ver la silueta de una jovencita translucida y ataviada con prendas de hace más de un siglo sentada tranquilamente en el alargado sillón de la sala:

            –Hey… ¿Y tú? ¿Quién eres? –pregunta Faustino inexpresivo sin soltar su vaso.

            –¿Me pregunta usted a mí? –responde la joven con un sobresalto– ¿Natalicia?

            –Ah, bien. ¿Y qué haces en mi casa? –Faustino se muestra algo tranquilo.

            –Llevo un largo tiempo habitando aquí –Natalicia le dirige una mirada de duda–; pensé que ya me había visto anteriormente.

            –No, no, no; para nada –Faustino levanta sus ojos hacia arriba antes de continuar–. ¿Eres un fantasma?

            –Al parecer… sí –Natalicia mueve sus manos sobre su torso para apreciarlas–. ¿A qué se debe la pregunta?

            –No; por nada –apenas Faustino termina de hablar, este se desvanece sobre el frío azulejo, derramando su jugo morado del vaso de cristal.

 

Tras unos cuantos minutos inconsciente, Faustino abre sus ojos que se encuentran directo con la lampara de la cocina, lo que le impide ver bien el trayecto para levantarse, casi resbalándose con los restos de su bebida si no fuera porque logra apoyarse con una silla para ponerse de pie y ver de reojo a la sencilla sala de negros sillones angulares que resguardan su televisor apagado.

            –¿Qué diablos me pasó? –Faustino usa sus palmas para limpiarse la cara tras sentarse frente al escritorio, cerrando también la puerta de su cuarto– Y esta cosa ya se apagó. Mejor lo dejo para mañana…

Tras levantarse de su silla, la cama es el siguiente destino, lanzándose sobre ella mientras desenlaza las cobijas para envolverse; todo eso sin dejar de pensar en lo sucedido.

            –Es el pinche estrés… igual tengo hasta el lunes para entregarlo… –Faustino cierra sus ojos para que su mente se inunde de pensamientos positivos.

            –Me quedé con la duda. ¿Cómo es que apena pudo verme?

La sensación de alguien sentarse a la orilla de su cama obliga a Faustino a levantarse de golpe y orillarse contra la pared, dejando apenas un orificio de entre la cobija para ver

            –Digo, llevo mucho tiempo viviendo aquí y usted apenas llegó hasta hace un año a esta casa.

            –Padre, Hijo y Espíritu Santo… –murmura Faustino en un intento de tranquilizarse.

            –Alabados sean sus nombres, amén –responde Natalicia complementando la oración de Faustino–. Pero volviendo al tema… ¿Por qué tiembla?

            –¡Eres un maldito fantasma! ¡POR ESO! Esto no puede estar pasando; es el estrés… ¡Es el pinche estrés!

            –Si fuera producto del estrés, entonces… ¿Se podría mover esta pluma y caer por sí sola? –Natalicia toma con gran esfuerzo una pluma de tinta azul dejándola caer al piso.

            –No, no, no, no… –Faustino menea su cabeza mientras aprieta sus parpados.

            –No debe porqué sentir temor hacia mí –Natalicia se le acerca un poco colocando sus traslucidas manos sobre la frente de Faustino–. Esto lo hará sentir mejor.

De repente, y como si fuera un trance, Faustino cae relajado sobre la pared a la par que sus parpados se abren para ver a Natalicia sonriéndole amablemente.

            –¿Mejor ahora?

            –Algo… –Faustino se desenvuelve de la gruesa cobija– ¿Qué está pasando?

            –Lo desconozco –las claras pupilas de Natalicia observan fijas a Faustino–. Esperaba que usted me respondiera.

            –Bueno… pues; antes que nada, yo soy Faustino –este mismo le extiende su mano sin dejar de expresarse abrumado.

Apenas Natalicia se dispone a formalizar el saludo, el más ligero roce de sus dedos translucidos con las yemas del joven le obliga a contraer su brazo acompañado de un ligero grito.

            –¿Me ha… quemado? –Natalicia analiza su mano y después mira a Faustino con asombro–. ¿Usted… me quemó?

            –Lo… lo lamento. No era mi intención…

            –Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que sentí un tacto así –Natalicia no despega la mirada asombrada de su dedo–; quizás desde que… ¿morí?

            –Esto me confunde más de lo que ya es –Faustino rasca su cabeza con indicios de somnolencia–. Pero bueno, mejor me pongo a dormir…

Antes de que Natalicia pueda comentarle algo más, Faustino cae rendido sobre la cama en una posición incómoda, con su cara sobre la cobija roncando ligeramente.

 

Los rayos solares matutinos caen sobre el rostro de Faustino, incomodándolo de tal manera que se despierta de un salto, postrándose sobre su cadera para ver con rapidez los detalles de su cuarto, terminando por partir de la cama directo a su escritorio.

–Acaso… ¿Todo fue un sueño? –Faustino estira su cuerpo y bosteza, rascándose el estómago antes de salir a la cocina– Necesito vacaciones; al chile, las necesito.

Tras servirse un plato de cereal de marca económica, Faustino desayuna mientras le da un vistazo a su celular, recibiendo en ese instante un mensaje de su primo quien lo invita a su casa a comer carne asada; lo que lo deja inmóvil en lo que duda en masticar el cereal de su boca.

 

Usando una llave de su llavero para golpear los barrotes horizontales del portón, el primo de Faustino, Ismael, sale apurado a recibirlo; dándole un estrechón de manos y un cordial abrazo en lo que lo invita al interior de su amplia vivienda y le entrega una cerveza tipo caguama. Todo esto mientras le da indicaciones a sus tres pequeños hijos de saludar a su familiar y de no hacer travesuras.

            –Gracias por invitarme, Mael –Faustino suena algo apenado e inseguro.

            –¡No, para nada, primo! Ya hace tiempo que no venías aquí a la casa –Ismael le da una sueva palmada en el hombro–. ¡Hasta parecía que ya te habías olvidado de la familia!

Faustino hace una mueca de inconformidad al masticar una pieza de pollo asado.

            –Oye, Mael… ¿Te acuerdas de esos cuentos que nos decía mi mamá y la tuya? –Faustino titubea al hablar– ¿Los de lo que les pasó cuando vivían allá en Hidalgo?

            –Sí, claro, claro. ¿Los vas a escribir ya al fin o qué? –Ismael le da un trago a su caguama para pasarse los restos de comida– No estaría mal; ya sabes, con eso de que siempre estás ocupado con tu trabajo.

            –¿Crees que sean ciertos? –Faustino mira algo intrigado a su primo.

            –No sabría decirte, la verdad –Ismael se reclina un poco sobre su mecedora en lo que suspira–. Les pasaron muchas cosas; tuvieron una vida muy dura; especialmente porque se quedaron huérfanas a muy temprana edad.

Faustino hace otra mueca mientras juguetea con el tenedor y los frijoles.

            –Pero lo que sí es seguro es que allí en Coacuilco hay muchos relatos de gente que han visto cosas –Ismael se detiene al ver a sus hijos acercarse–. Yo te recomiendo que vayas; total ahí está tu mamá.

La tarde pasa tranquila entre cervezas y convivencia familiar, hasta que llega la noche y Faustino toma la decisión de partir a su hogar en un vehículo de alquiler; llegando a su colonia cuya la luz mercurial brilla por su ausencia.

            –¿Estás aquí? –la mano de Faustino tiembla un poco tras abrir el portón de la oscura cochera– Bueno, al menos no me ha sacado un susto… si existiera.

Sin más que pueda hacer, el joven se sirve un poco de cereal en lo que el efecto de las cervezas comienza a adormecer su organismo; así que decide prender su televisor y sentarse en una de las sillas del enorme comedor.

            –No sé si es sano mezclar todo esto. ¿Tú qué opinas, Natalicia? –Faustino señala con su cuchara a uno de los sillones de la sala– No creo que realmente haya sucedido lo de anoche…

Algo agobiado, Faustino se dirige a su escritorio de donde toma una pastilla de una hilera cortada para consumirla con un trago de leche; después, abre su nevera y se sirve un poco del whiskey que ahí guardaba.

            –Si mal no me acuerdo, el efecto toma como veinte minutos –tras decirse eso, Faustino se sienta en otro sillón para deslizar la pantalla de su teléfono celular.

Los minutos pasan y el programa que aparece en la televisión no parece llamarle la atención a Faustino; mientras que su cuerpo comienza a sentirse ligero, causándole una que otra gracia desconocida.

            –Mejor veo una película en mi cama…

            –Tal parece que usted no es capaz de distinguir lo malo que es eso para su salud.

Atraído por los quejidos provenientes de uno de los sillones, Faustino logra ver a Natalicia, lo que provoca que ambos se miren extrañados, pero siendo Natalicia la que se muestra fastidiada:

            –¡Vaya! ¡Hasta que se atreve a mirarme!

            –¿Cuánto tiempo llevas ahí sentada?

            –Desde que llegó, más o menos. Le he estado comentando muchas cosas –Natalicia cruza sus translucidos y delgados brazos–. ¿Hasta ahorita puede verme?

            –No lo sé; quizás sea el efecto de la pastilla con el alcohol –Faustino mira adormecido sus manos–. O sólo seas producto de mi imaginación. Mi abuela sufre de Alzheimer.

            –Ese padecimiento no causa delirios, ingenuo –Natalicia se levanta de su lugar para encaminarse a la cocina.

            –¿Cómo sabes eso? Sin ofender, pero tus ropas son de hace más de dos siglos –Faustino traga un poco de saliva antes de continuar–; y el Alzheimer se descubrió después de que murier… digo, tiempo después de tu época.

            –Antes aquí habitó un médico –los pasos de Natalicia la hacen parecer flotar en el aire–; psiquiatra, para ser exacto. Dejaba sus libros por doquier y como no tenía muchas cosas que hacer, pues leía sus vastos contenidos. A propósito, lave unos cuantos trastes.

            –¿Ah? ¿Muchas gracias? ¿Puedes hacer eso?

            –¡¿Qué si puedo?! ¡Lo he hecho en muchas ocasiones y ni lo ha notado?

            –Es que me imaginé por tu situación, que no podías sujetar cosas…

            –Sí puedo; pero en mi condición, pesan más que cuando yo, digamos, vivía.

Faustino aparta su incredulidad por un instante, procediendo a calentar un par tortillas en el comal de la estufa y echarles queso rallado, sirviéndolas sobre la mesa:

            –Mi abuelita decía que a los difuntos hay que dejarles una pequeña ofrenda –Faustino separa la mitad de una de sus quesadillas y sirve un poco de whiskey en un vaso–. Así que ten; espero pueda servirte de algo.

            –¡Muchas gracias! –le responde Natalicia algo apenada–. De hecho, es algo considerado de tu parte. Hacía años que no recibía una ofrenda… ¡Siglos!

            –¿Y cómo le hacen ustedes, los espíritus? –Faustino observa como Natalicia atrae con sus manos el vapor que emana la quesadilla– Digo, para alimentarse.

            –Comúnmente absorbemos la esencia que los alimentos liberan –en ese momento, Natalicia saborea animosa el vapor que flota por su rostro–. ¿Acaso no has probado las guarniciones que dejan en los altares del Día de Muertos? Saben diferentes, y se debe a que algún fantasma ya se alimentó de ellos. Después de eso, los mortales pueden comerlos sin problema.

La extraña explicación de Natalicia pone a pensar a Faustino, quien decide terminar de comer su propia quesadilla:

            –¡Vaya! Sí que se aprenden muchas cosas cuando se está muerto –Faustino le da un trago a su whiskey–. Ha de ser por lo mismo de adaptarse a la situación.

            –¡No, para nada! –Natalicia sonríe provocada por el comentario de Faustino–. Antes del psiquiatra, aquí vivió una señora que estudiaba sobre las costumbres del país y también cosas de chamanes. De hecho, hay espíritus o almas que no se alimentan de la esencia de la comida, sino de la pesadez de la gente. Esos son entes muy peligrosos.

            –Fuertes o no, ya me quiero ir a dormir –Faustino se levanta con paso tambaleante en dirección a su cuarto–. Ahí te encargo que apagues todo.

Natalicia se queda en el comedor confundida, viendo a los pies de Faustino colgar sobre la pequeña cama de su habitación.

Los sueños que transcurren por la mente de Faustino son algo peculiares: una mujer que llora queriéndolo abrazar mientras que un hombre de bata la separa de él para darle un medicamente inyectable, al mismo tiempo que su visión se nubla y logra ver una luz rodeada de negrura y de diferentes siluetas que van de un lado a otro. Hasta que su visión se hace clara y logra reconocer la lampara del consultorio médico y a su madre que lo abraza, pasando de ahí a la sensación de una mujer que lo arrastra de la cama de la sala para llevárselo a su cuarto en lo que la anciana mujer comienza a rezar temblorosa, intentando ignorar los terroríficos lamentos provenientes de alguna cercanía y que incita a que los perros más lejanos aúllen atormentados.

De repente, Faustino se despierta abrumado, viendo la hora que su celular le dicta: las tres con nueve minutos. Percatándose de que todas las luces de la casa están encendidas, Faustino se levanta de su cama para apagarlas, mientras murmura palabras al azar:

            –¡Sabrá Dios si esa niña existe! O si de plano estoy enloqueciendo.

Antes de apagar la televisión, Faustino revisa su celular, dejándose caer sobre el sofá bajo una ventana que da a la cochera:

            –Debo dejar de mezclar esas pastillas e irme de vacaciones…

En lo que Faustino se queda dormido sobre el sillón, una ligera ventisca recorre toda la calle introduciéndose hasta su sala, lo que lo obliga a levantarse somnoliento de su lugar de reposo para dirigirse a su habitación por una cobija; cerrando en el proceso la cortina de su ventana, lo que le causa un cosquilleo sobre sus hombros:

            –Para ser verano se siente mucho frío –exclama Faustino en lo que se acomoda sobre el sillón–; aunque no debería sorprenderme. Es Monterrey después de todo.

Dándole una revisada a su celular con su dedo deslizándose por la pantalla, Faustino decide cerrar también la ventana que da a la cochera, percatándose de que al otro extremo se visualiza una sombra opaca, cuyos ojos se pegan al cristal, asustándolo de un sobresalto que lo hace caer del sofá.

            –¡¿Qué mierda fue eso?! –Faustino intenta cerrar la cortina azul logrando ver también las manos del espectro que se empañan sobre el vidrio– ¡Santo Cielo!

A continuación, una blanca sonrisa se dibuja bajo los ojos fantasmales de aquel ente, como si se burlara de él; a lo que el joven jala la cortina de golpe para no verlo.

            –¿Natalicia? ¡¿Eres tú?! –apenas termina de hablar, otra fuerte corriente de aire se apodera del interior de su vivienda– ¡Mierda! ¡La ventana de mi cuarto!

Faustino da un par de pasos largos para dirigirse a su habitación, en la que el vidrio de la ventana luce abierta y menea la cortina anaranjada que la cubre y de donde se logra ver la sombra de una mano adentrándose al interior, golpeando al ventilador que está cerca.

Repentinamente, la ventana y la puerta de la cocina se cierran de golpe, obligando a que el ente oscuro saque su mano del cuarto; pero sus pasos, similares a las de un humano existente, se dejan escuchar tanto en el pasillo como en el patio de atrás.

            –¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago? –un frío sudor empapa todo su rostro–. Esa cosa es tan real.

Se deja escuchar un golpe en la ventana de la cocina, seguido por un llamado consecutivo sobre la puerta que da al patio.

            –“Recuerda la oración que te enseñé” –repite Faustino en un intento de recordar las palabras de su madre–. En el nombre del Altísimo, el omnipotente, el piadoso…

Faustino tartamudea al recordar la oración tras los consecutivos golpes que la puerta sufre. Tanto es su terror que, instintivamente, toma un cuchillo que yacía a lado de la estufa, derramando en el proceso el bote de sal que también ahí se encontraba.

            –¡Los chamanes! –exclama el joven con positivismo, abriendo el refrigerador para extraer una botella de whiskey–. Falta la vela… ¡Aquí está! Y un poco de clavo.

En lo que Faustino se prepara, la puerta de la cocina se abre de golpe, dándole paso libre a la visible sombra adentrarse; por lo que Faustino decide poner un poco de whiskey en su boca, seguido por la sal y el condimento, escupiendo la mezcla sobre la sombra de sonrisa aterradora obligándola a detener su amenazante paso.

            –¡En el nombre del Altísimo, el omnipotente, el piadoso… te pido que te retires, que vuelvas a las penumbras para ser juzgado como se debe…!

Faustino se sienta sobre el piso justo enfrente de la vela encendida y forma un círculo de sal alrededor de él; viendo como la sombra se le abalanza como si quisiera ahorcarlo, pero, en un acto instintivo de defensa, Faustino coloca sus manos sobre el rostro del ente para escupirle los restos de whiskey acompañados de saliva.

            –¡Regresa a tu mundo, maldito ser! Tú no perteneces aquí –de repente, el espectro comienza a quejarse en lo que su rostro desprende un aroma a cenizas y humo–. Vete en paz, te lo pido. En nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

La sombra cae de rodillas sobre la orilla del círculo de sal, casi a la altura de la vela; situación que Faustino aprovecha para reclinar la cabeza del ente sobre la llama, obligándola a que desaparezca de manera lenta hasta que no quede más que un humo gris.

Faustino cae hacia atrás reclinado sobre sus palmas, con su respiración agitada y todavía sorprendido de lo que acaba de ser testigo; viendo como la llama se apaga y mirando hacia arriba cerrando sus ojos en un intento de encontrar paz interior.

            –Lamento no poder haberle ayudado más –la repentina exclamación de Natalicia asusta nuevamente a Faustino, quien se golpea con la estufa en su intento de alejarse–. Si esa cosa me detectaba, podía haberme consumido; como lo hizo con los demás.

            –¡TÚ! Dime… ¡¿Qué diablos acaba de pasar? ¿Qué chingados fue eso?

            –Eso era un espíritu chocarrero; un fantasma de alguna persona que vivió en pecado y que vagaba en pena. Hasta que su propia maldad, junto a la maldad de la gente que peca, lo convirtió en eso –Natalicia detiene sus palabras por un instante–. Era muy fuerte y te quería hacer daño. Tal vez poseerte.

            –¿Poseerme? ¡¿Por qué?! –Faustino se levanta del piso y se sirve un poco de jugo para tranquilizar sus nervios–. ¿Y de dónde salió?

            –Usted lo atrajo –la respuesta de Natalicia casi ahoga a Faustino–; con su estrés y negatividad. Así suele pasar con esos entes.

            –También dijiste que esa cosa consumió a otros fantasmas. ¿Cómo es eso?

            –Verá usted: antes en estas tierras y con el paso del tiempo, había demasiados como yo que no se podían desprender de sus respectivos lugares de descanso –Natalicia invita a Faustino a sentarse a la sala–. Hasta que esa cosa, capaz de deambular por sí sola, comenzó a devorarlos, haciéndose más fuerte. Cuando sucede eso, es capaz de poseer a un mortal, obligándolo a hacer cosas horribles y grotescas.

Todavía agobiado y con el vaso a la mitad con jugo de uva, Faustino escucha detenidamente la explicación que Natalicia le brinda.

            –¿Y por qué a mí? ¿Por qué necesariamente yo? –Faustino levanta su sudada frente– ¿Y a ti? ¿Por qué te veo?

Natalicia se queda en silencio por un momento:

            –Con todas esas cosas que consume, creo que ha abierto ese don tuyo –Natalicia observa las pastillas sobre la mesa y los diferentes envases de licores que las acompañan–. Otra sería que simplemente eres una mala persona; aunque lo dudo por el poco tiempo que llevo conociéndolo.

            –Una vez mi abuelita me comentó que su abuela era bruja, de las que hacían cualquier encargo –la mirada temblorosa de Faustino se cruza con la de Natalicia–. Y mi madre y mis tías me enseñaron a hacer oraciones para cuando sentían cosas en casas a las que las invitaban.

            –Entonces… ¿Desciende usted de brujos? –Natalicia lo mira con curiosidad al acercársele– Eso tendría más sentido; según los libros que leí cuando vivía esa peculiar señora en esta morada. Ahora que lo menciono, esa señora también practicaba brujería. A lo mejor dejó a ese espectro como un residuo.

            –Mejor mañana hablamos de eso; por ahora, quiero dormir –Faustino se dirige a su cuarto, encendiendo su abanico antes de envolverse en las sabanas–. Ya hasta se me bajó el efecto de las pastillas.

Natalicia lo sigue hasta su cama y se sienta a lado de él mientras le frota su cabellera descubierta.

            –Es bueno hablar con alguien; ha pasado mucho tiempo –en ese momento, la joven apunta al apagador de la pared, oscureciendo la habitación.

            –¿Sabes? Mi madre solía acariciarme de esa manera hasta que me quedaba dormido… –de la nada, Faustino cae en un sueño profundo.

 

A la mañana siguiente, Faustino se dedica a tallar los azulejos color crema de la bañera con una esponja humedecida en lo que, a sus espaldas, Natalicia se le acerca flotando hasta el marco de la puerta del baño; deteniéndose al ver la desganada actividad que él realiza tras remojar la esponja en un bote lleno de agua con jabón:

            –¿Sabe usted? Cuando no se encuentra en la casa y estoy aburrida, me dedico a ordenar alguno que otro utensilio que habéis usado para comer –Natalicia observa de reojo al lavabo–. En otras ocasiones prendo esa caja negra llamada televisor; aunque no hay nada llamativo que apreciar. Solamente enseñanzas de cocina.

            –¿Así que es por eso por lo que a veces llega el recibo algo caro? –Faustino se gira para ver con incertidumbre a la translucida fantasma– Otra cosa, ¿puedes hablarme de “tú”? Creo que ya me has visto el tiempo suficiente como para que haya confianza.

            –¿Cómo dice? –una chispa de curiosidad se refleja en el rostro de Natalicia– La verdad, es una vieja costumbre; digo, por lo mismo que fui educada para ser recatada.

            –Bueno, pues bienvenida al siglo XXI; ya tu recatado léxico es muy arcaico… y de viejitos –Faustino busca con su mirada el cuadro que siga por limpiar, hasta que de repente se gira intrigado, alejando con ese movimiento a Natalicia–. Oye, hablando de verme… ¿Acaso me has visto en las noches, cuando, tú sabes…?

Natalicia luce indignada al imaginarse la finalidad de la pregunta:

            –¡Por supuesto que sí! ¡Qué repugnante actividad o costumbre tienes! –Natalicia levanta su mentón cerrando también sus ojos– ¡Cuando no tienes la decencia de reducir el sonido me he visto en la necesidad de desvanecerme! Yo respeto vuestra privacidad, pero al parecer a usted no le ha de importar.

            –Ah, bueno –Faustino disimula su vergüenza al continuar con la limpieza de la bañera–. Y ya tutéame; tu manera de hablar me hace sentir como en la época colonial.

Repentinamente, el sonido del teléfono móvil hace eco desde la habitación de Faustino, invitándolo a dejar la limpieza, para encaminarse a ver la notificación.

            –¿Qué sucede? ¿Buenas noticias? –le pregunta Natalicia al ver al inquilino deslizar la pantalla de su celular.

            –Se podría decir que sí –Faustino le dirige una ligera mueca de emoción a la par que le enseña la pantalla del dispositivo–. Es un correo electrónico de un amigo que trabaja en el Archivo Histórico. Me mandó información sobre esta área que te puede interesar.

            –¿A mí? ¿A qué se debe? –flotando en el aire, Natalicia se reclina un poco para ver el contenido que le indica Faustino– No puedo ver muy bien lo que dice; las letras son muy pequeñas y la luz brilla demasiado.

            –Aquí dice que, a principios de 1600 hasta mediados del siglo XIX, era común que los nativos locales y otros no tanto atacaran a todo aquel que intentase asentarse por estas tierras –Faustino menea su dedo como si diera una lección en clase–; así que probablemente tú caravana fue una de aquellas desafortunadas que fueron emboscadas, lo que explicaría tu destino. ¡Mira! También hay una imagen de aquella época.

Natalicia observa la imagen que Faustino le muestra, logrando ver los detalles de un carretón cubierto por un largo manto; y a su costado, unos viajeros de apariencia agotada.

Toda esa revelación hace que Natalicia se siente a la orilla de la cama, visibilizando sus pies al tocar el gris azulejo, postrando sus manos sobre su regazo sin dejar que su rostro muestra alguna otra expresión más que tristeza.

            –Ya lo recuerdo… todo este tiempo lo había olvidado, o decidí ignorarlo; pero lo recuerdo todo: los salvajes gritos de aquellos paganos, mis conocidos cayendo uno a uno sin tiempo para recargar, y mi padre, mi propio padre… –Natalicia se lleva las manos al rostro cubriéndose antes de romper en total llanto–. Mi padre sólo tenía una bala, y… y ya malherido, la usó para dispararle a mi hermanita mientras que a mí me daba su cuchillo y me decía que me quitara mi propia vida.

El llanto de la joven se hace más intenso, tanto así que las pertenencias de la habitación se agitan bruscamente, asustando a Faustino quien ve aterrado los rincones de su cuarto.

            –Oye, tranquila. Lo lamento; no debí tocar fibras sensibles –temeroso, Faustino coloca con lentitud su mano sobre el hombro de Natalicia, quien levanta mostrando una apariencia demacrada–. Perdóname; no sabía que sucedió así.

            –Tomé su cuchillo y apenas vi el rostro demoniaco de aquellos salvajes, lo introduje en mi pecho, a la altura de mi corazón –una mancha rojiza aparece en el área señalada sobre el vestido rosado de Natalicia–. Tal vez es por eso por lo que nunca pude irme, porque arremetí contra mi propia vida; pero sólo Dios sabe qué cosas perversas podían hacerme si me tomaban viva. Había relatos, pero no los creía…

Faustino escucha atento la tragedia de Natalicia; percatándose también, que su mano sobre el hombro de ella no parece afectarle como la noche previa.

            –Luego, la vasta cantidad de fantasmas comenzó a incrementar, y no me sentía sola –Natalicia mantiene su mirada perdida en la pared frontal–. Lamentablemente esa población aumentó conforme la guerra llegó. Pero bien sabía que mi destino era calmar a todos esos pobres seres asustados. Y lo hice con dedicación; hasta que esa cosa apareció…

            –¿Esa cosa? ¿La que me atacó anoche?

            –La misma. Fue hace como tres décadas; él era una mala persona que cometió muchas maldades y hacía actos en contra de la divinidad, hasta que se suicidó –Natalicia muerde sus labios y toma fuerza para continuar–. Hizo lo mismo que yo por desesperación; pero ya muerto, siempre estaba aislado de todos. En agonía, gritaba y vagaba vociferando blasfemias, y todo empeoró cuando supo cómo aprovecharse de las almas de los débiles e inocentes, reduciendo todas aquellas presencias…

            –Eso quiere decir que tú también te hiciste fuerte, ¿cierto?

            –Con el paso del tiempo lo aprendí; siempre huyendo de esa cosa maldita –Natalicia se gira repentina para ver a Faustino a los ojos–. Si yo me hice fuerte y tú puedes verme y lo viste, significa que tienes un don que no todos tienen.

            –Así es… supongo; no lo sé…

Natalicia toma desprevenidamente la mano de Faustino, apretándola con suavidad:

            –¿Puedes prometerlo? ¿Qué ayudarás a otros como yo y que eliminarás a esos entes que agobian a los mortales?

            –No estoy tan seguro; es decir, eso consume tiempo y yo tengo un trabajo…

            –¿Y si tu destino no es ese? –Natalicia refleja una sensación de esperanza al hablar– Estuve aquí cuando en esa convivencia con tus amigos dijiste que de niño te atraía el mundo paranormal; que sentías a aquellos que ya no eran de tu mundo…

            –Lo más seguro es que estaba ebrio –Faustino se incorpora de la orilla de su cama–; hay cosas que digo o hago cuando bebo demasiado, que es casi siempre…

Faustino frota su cabeza con ambas manos, exhalando también aire de sus mejillas mientras camina en círculos por su habitación; hasta que su celular vuelve a sonar:

            –¿Bueno? ¿Fernanda? Sí, dime ¿Qué? ¿Estás segura? ¿No tomaste o fumaste algo? –con su teléfono al oído, Faustino hace contacto visual con Natalicia– Okey, pero mañana trabajo, así que llevaré un cambio de ropa. Llego en una hora.

            –¿Qué acontece? ¿Todo bien? –Natalicia se lleva sus pequeñas manos a la boca.

            –Es una amiga, dice que algo raro pasó en su casa –Faustino empaca unas cuantas prendas en su mochila negra con rapidez–. Yo digo que fue sólo su imaginación o algún roomie le estaba haciendo una broma pesada.

            –Entonces ve. Ella te necesita; sentí su miedo, aunque no me lo creas…

            –¿Creer? ¡Ja! Si en estos momentos no me la creo que estoy hablando con una niña que vio hasta la mismísima Revolución –mostrando su escepticismo, Faustino decide partir, no sin antes regresar por un instante con Natalicia–. Oye, ¿no hay problema si te dejo sola?

            –¡No te preocupes por mí! Estaré bien. Te lo dice una niña que vio a Pancho Villa tropezarse con una piedra frente a sus hombres.

            –¡¿En serio pasó eso?! Bueno, luego me cuentas a detalle. Tengo que irme. De todas maneras, te dejo mi laptop. Tan sólo no te metas a la carpeta de vídeos.

El rostro de Natalicia se torna rojizo, levantando su barbilla en el acto.

            –¡Vete de aquí, promiscuo enfermizo!

Apenas Faustino cierra la puerta de la casa, Natalicia se encamina hasta la ventana de esta; regresando al baño de la vivienda para tomar con visible dedicación la esponja que Faustino dejó sobre el piso:

            –Será mejor que termine lo que él empezó ¡A limpiar como siempre!

 

 

 

2. Por razones desconocidas.

San Nicolás de los Garza, Nuevo León. Domingo por la tarde.

Faustino se adentra con paso lento a la sala de la vivienda de dos pisos; sala con la falta de luz exterior debido a las cortinas cerradas. En seguida, Faustino coloca su mochila sobre uno de los sillones viejos, tan viejo pero imponente por su calidad.

            –Entonces, dime… ¿Qué fue lo que te pasó? –pregunta Faustino en lo que Fernanda se aproxima al comedor en donde yacen sus cigarros, encendiendo uno.

            –No sé cómo decirlo sin que me taches de loca –le responde Fernanda con un marcado acento del norte del país y con sus ojos caoba humedecidos.

            –Pues más loca no puedes estar; digo, con todas esas cosas que te has metido… –Faustino analiza los rincones de la casa con su mirada, ignorando la indignación de la joven de cabello rizado corto hasta los hombros– Dices que te espantaron, ¿cómo pasó?

            –Sí, bueno; fue anoche mientras dormía. Mejor dicho, en lo que me dormía viendo una película –Fernanda expulsa un poco de humo sin que la blanca mano que sostiene el cigarro deje de temblar–. Ya me andaba durmiendo cuando de repente escuché como que abrían la puerta de la entrada y después la llave del fregadero de la cocina. En un principio no me llamó la atención pues pensé que era uno de mis roomies que acaba de llegar. Y luego escuché que subían por las escaleras y como que querían abrir la puerta y pensé que a lo mejor llegó mi roomie; pero así de la nada me acordé de que ella andaba en Guanajuato con su familia y que volteo y pensé lo peor: se metieron a robar.

Fernanda hace una pausa para aspirar lo que queda del cigarro, conteniendo al mismo tiempo las lágrimas que están por brotar de sus enormes ojos.

            –En eso vi desde mi cama la orilla de la puerta, ya que dejé la luz del pasillo prendida… ¡Y no vi nada! Digo, si se querían meter a mi cuarto, pues se vería la sombra de los pies o algo. ¡Pero no se veía nada! ¡Y la puerta se seguía agitando como si se quisieran meter! Lo bueno es que tenía el seguro puesto y todavía tiene para ponerle llave desde adentro… Faustino, tengo mucho miedo. Si me asusté; te lo juro.

            –Ya veo. No te preocupes; ya veré que haremos para resolver esto –Faustino se acerca a Fernanda para consolarla, viendo como esta rompe en llanto.

            –No sé si fue mi imaginación; ya no me he metido nada. Llevo como un mes limpia –Fernanda gimotea escondiendo su rostro entre sus muñecas–. Primero fue lo de Carlos, terminó internado por tanto mugrero que se metía; y allá en donde vivía antes pues si se sentía una vibra bien pesada y fea. Incluso Carlos dijo que veía una niña, y no le creía porque pensé que eran alucinaciones por las cosas que inhalaba.

            –Sí, fue lamentable lo de Carlos, pero al menos ya no estás siendo arrastrada por su mala influencia…

            –Luego, no llevo ni un mes viviendo aquí y pasa esto –Fernanda se limpia las lágrimas que recorren por su nariz, encendiendo otro cigarro–. Vente pa’ afuera para no apestar la casa.

Faustino toma uno de los cigarros para encenderlo en el patio que da tras cruzas la cocina.

            –Se me murió el perrito que adopté. ¿Sí te conté? O sea, pagué y lo cuidé el poco tiempo que lo tuve, como una semana y luego se murió y eso me deprimió todavía más –Fernanda se detiene para consumir de su cigarro, mientras Faustino analiza su comportamiento repentino de tristeza a euforia–. Pero yo digo que fue la casa, o algo; por eso te llamé, porque tú sabes de eso. ¿Te acuerdas cuando te conocí que te vi leyendo una revista de cosas ovnis y fantasmas?

            –Bueno, eso fue hace como cuatro semestres, ya ni leo esas cosas…

Sintiéndose abrumado por la petición, Faustino le da un vistazo al interior de la casa, causándole una sensación incertidumbre tras ver el largo y ligeramente oscuro pasillo que conduce a la puerta principal, pasando por las escaleras.

            –Si te puedo ayudar en algo, no sería ahorita, no es la hora como dicen –Faustino se adentra por la cocina, viendo nuevamente el comedor–. ¿Qué te parece si pedimos algo de comer? Digo, veo que no has comido bien en estos últimos días.

Fernanda se percata de su apariencia desgastada, así que asiente su barbilla para que su invitado pueda ordenar la comida con una llamada.

 

La tarde, casi noche, transcurre lenta entre platicas y risas mientras que ambos participes se recuestan en sus respectivos sillones; hasta que Fernanda siente la necesidad de fumar otro cigarro, dirigiéndose hasta la ancha mesa del comedor en donde yace la cajetilla para tomar su vicio e irse al patio trasero, no sin antes ofrecerle uno a Faustino:

            –No, gracias –Faustino menea su mano.

Fernanda se encoge de hombros en lo que sale al patio, dándose cuenta de que su ropa espera en la secadora, a lo que decide recogerla para llevarla a su recamara; pero cuando se dispone a hacer eso, la pesada puerta metálica y de pintura negra algo escarapelada se cierra de golpe, retumbando su ruido por toda la casa.

            –Faustino, ¿podrías abrirme la puerta? Dejé las llaves arriba –Fernanda disimula su miedo tras el fuerte impacto metálico.

            –En seguida voy –Faustino sube rápidamente por las escaleras, llegando hasta el cuarto de Fernanda–. ¡Ah, qué caray! Está cerrada por dentro.

Faustino se apresura a bajar nuevamente, pasando de largo por el pasillo, regresando unos cuantos pasos atrás para ver de reojo a los sillones.

            –¡Tino! ¿Por qué tardas tanto? –Fernanda comienza a sonar angustiada.

            –¡Ya voy! ¡Cálmame! –Faustino se adentra a la sala de luz baja, alterándose apenas siente un cosquilleo recorrerle por toda la espalda– ¿Hay alguien aquí?

No hay respuesta alguna más que la clara visión del hundimiento del sillón, como si alguien se sentara; lo que provoca en Faustino un miedo similar al de la noche previa y que lo empuja a dirigirse hasta la puerta de la cocina, teniendo dificultades para abrirla.

            –Vamos… ¡Ábrete pinche puerta oxidada! –justo cuando el picaporte está por abrirse, este se regresa bruscamente a su posición original– No, no, no. No puede estar pasando otra vez…

Dando un par de pasos lentos hacia atrás, el joven no se percata de que, por la alacena colocada a la altura de su cabeza, se desliza una pesada lata que cae sobre él y lo deja tendido en el suelo; siendo Fernanda la única testigo de tal suceso, tornando su ya de por sí pálida cara más blanquecina de lo normal.

 

El intenso golpeteo sobre la puerta comienza a reducir su intensidad hasta que finalmente reina el silencio. La frente de Faustino se arruga ligeramente antes de abrir sus ojos, dando signos de confusión a la par que se levanta del piso meneando su cabeza:

            –¿Fernanda? ¡Fernanda! –Faustino se lanza sobre el cerrojo de la puerta, abriéndolo con facilidad– ¿Fernanda? ¿Te encuentras bien? No estoy seguro de lo qué pasó allá adentro…

Fernanda se mantiene en posición fetal tras una casita para perro hecha con tablones, bajo el frondoso naranjo que sobresale en ese rincón del patio.

            –Fue esa cosa…–musita Fernanda con voz quebrantada– Tengo miedo de lo que hay en esta casa.

            –Déjame te llevo adentro; yo me encargo de lo demás –Faustino toma con delicadeza el brazo y después la cintura de su amiga, dirigiéndola al interior de la casa–. ¿Tendrás whiskey de pura casualidad?

            –¿Es en serio que quieres tomar con todo lo que está pasando? –Fernanda suena enojada tras escuchar la pregunta– Pero sí, sí tengo; está en el congelador.

            –¡Excelente! –tras sentar a Fernanda en una silla del comedor, Faustino se dirige al mencionado aparato, extrayendo una pequeña botella de vidrio verdoso–. También voy a ocupar sal… ¡Oye, Fernanda! ¿Tendrás velas o veladoras?

            –Es… están arriba, en la alacena de la derecha…

Tras colectar los utensilios necesarios, Faustino regresa a la sala y se coloca en el centro de esta, vertiendo un montículo de sal que extiende con su dedo índice derecho hasta formar un círculo con unos cuantos símbolos en el interior, colocando en cada punto cardinal cuatro veladoras de diferentes tamaños para encenderlas mientras susurra palabras apenas audibles.

            –Por último, pásame un cigarro…

            –Pero no puedes fumar dentro de la casa; se va a apestar aquí adentro –le reprocha Fernanda desde su asiento en el comedor tras ver lo que su invitado hacía.

            –¿Quieres que te sigan atormentado o no? –Faustino sale del círculo para ir por el cigarro, regresando al interior de la figura sentándose en pose de meditación– Una última cosa: cualquier ruido que llegues a escuchar o todo lo que vaya a hacer, que no salga de esta casa, por favor. Ahora, recarga tus brazos sobre la mesa y esconde ahí tu cara… y no te levantes hasta que yo te diga.

Fernanda obedece al instante, por lo qué Faustino comienza con su rito murmurando nuevamente palabras ajenas al español al mismo tiempo que junta sus manos a la altura de su nariz y menea su torso de atrás hacia adelante; apretando también sus párpados:

            –Si eres un alma errante, te pido por favor que te marches; aquí te tengo como ofrenda este whiskey y el cigarro. Bien sabes que ella no tiene algo más que ofrecerte…

La meditación de Faustino se ve interrumpida por el repentino golpe de los cajones bajo el fregadero de la cocina, lo que lo levanta de sobresalto, reclinándose tan sólo para encender el cigarro con la llama de una vela, tomar un poco de sal con su mano izquierda y darle un largo trago a la botella de whiskey, reteniendo el ardiente líquido en su boca.

De inmediato, el joven se adentra a la cocina escupiendo al mismo tiempo que le da una aspirada al cigarro; llevándose también un poco de sal de su puño a la boca, expulsando esa mezcla peculiar sobre él área del fregadero.

Tras hacer eso, unos pasos se dejan escuchar nuevamente desde la sala, muy cerca de la simbología que Faustino hizo, lo que obliga a que el joven se dirija a ese lugar, relajando sus hombros al momento de sentarse dentro del círculo:

            –Si decide partir, se lo agradeceré desde lo más profundo de mi ser… –susurra Faustino con tono humilde.

            –Está es mi casa, y no me iré… –una voz cercana a su oído le eriza a Faustino la piel, inmovilizándolo como para poder voltear– pero no te preocupes, no le haré daño. Ella me recuerda a mi amada nieta, la que ya no habita este hogar; el hogar que construí con mi esposa, y que ya no está conmigo porque cruzó ese umbral.

            –Es usted… ¿Un anciano? –Faustino logra por fin girar su nuca.

            –Así es, jovencito. Tú pareces ser una buena persona, no como el demente aquel que vino anoche.

            –¿Qué? ¿Quien?

            –No te preocupes por tu amiga –la voz de la presencia se hace distante con cada palabra que dice–; en ningún momento he invadido su privacidad, pero recomiéndale que deje de meterse esa basura en su cuerpo.

Un ambiente de total paz y quietud se apodera no sólo de la sala, sino de toda la vivienda; mientras que Fernanda, quien durante todo este tiempo se mantuvo en la posición indicada, deja de temblar de miedo y levanta la cabeza de un salto apenas Faustino le frota su pálido hombro:

            –¡Me asustaste! ¿Qué pasó? Sólo se escuchaba como ibas de un lado a otro y escupías y… ¡Apestaste la casa a cigarro!

            –Créeme que era justo y necesario –el sudor frío deja de fluir de los poros de Faustino–; pero ya pasó lo peor. Tu casa está segura.

            –¿Cómo sabes eso? –Fernanda detiene su pregunta al ver una sonrisa de tranquilidad en el rostro de Faustino– De pura casualidad, ¿viste a mi perrito?

            –¿Ver? ¿Crees que soy vidente? –Faustino luce indignado, pero su actitud cambia al ver a Fernanda más tranquila– No lo vi, pero de seguro tu perro es un ángel ahora.

Fernanda se levanta de golpe para darle un abrazo y romper en llanto sin razón aparente, dejando que sus lágrimas empapen el hombro en el que ella coloca su rostro, mientras que Faustino clava su mirada opaca sobre la figura translucida de un canino mediano que juguetea con la larga cortina de la ventana de la puerta que se menea arrastrada con el aire; el canino imita el mismo gesto meneando su cola y liberando un sordo ladrido.

            –Ahora podría decirme, señorita, ¿ya había venido alguien más a ayudarte?

La pregunta sobresalta a Fernanda, retirándose de Faustino y mirándolo incrédula.

            –¿Cómo sabes eso…? –Fernanda hace una pausa para menear su cuello– ¿En verdad hablaste con el fantasma de esta casa? ¿Él te lo dijo?

            –Quizás sí, quizás no; o quizás hablas dormida. Tú dime.

            –Bueno, lo qué pasó anoche, no me pasó exactamente a mí, sino a Ale –Fernanda se detiene otra vez, deslizando un poco de saliva por su garganta–. No creo que conozcas a Ale; es de otra facultad, de Biología. Y pues anoche tomé alcohol y con unas dos pastillas me quedé dormida antes que Ale. Fue Ale quien me dijo lo qué pasó anoche.

            –¡Ah! Y según tú ya habías dejado esas cosas –Faustino disimula su decepción con sarcasmo–. En fin… ¿Quién soy yo para juzgarte?

A pesar de que ya es noche, Faustino decide tomar su mochila para partir, dejando en el interior de la casa a Fernanda, cuyas explicaciones carezcan de coherencia decidiendo al fin quedarse callada y ve a su amigo perderse bajo la luz mercurial y los espesos arbustos que adornan la calle repleta de enormes casas elegantes de diferentes arquitecturas.

            –Si me apresuro, quizás logre agarrar camión –el ladrido de los perros de las casas cercanas comienza apenas detectan al joven caminar a toda prisa–. De lo contrario, tendré que usar un taxi y no sé si lo vaya a completar.

A lo lejos de él, en la avenida, se escuchan los carros que quebrantan el silencio que reina en cuanto el semáforo parpadea; mientas que los ladridos de los perros se apagan conforme Faustino llega hasta la arteria vial, llevándose la sorpresa de encontrarse con una pared larga, tan larga que apenas puede ver la única entrada al otro lado de ese muro: la entrada al panteón municipal.

            –Falta media hora para las doce y la parada está cruzando este lugar –un escalofrío recorre la nuca de Faustino apenas se imagina la larga caminata–. No sé qué es peor, si el hecho de que me asalten si cruzo la avenida o que se me aparezca otro muerto.

Encogiéndose de hombros, Faustino decide apretar su paso al lado de la alta pared de adobe; logrando ver a lo lejos las luces de un camión urbano que hace pausa en su recorrido ante un semáforo mientras que unas pocas siluetas se acomodan para recibirlo extendiendo las manos como indicación para que el chofer frene y los recoja.

            –Ese ha de ser el último… –Faustino hace un intento de correr con pasos cortos, sosteniendo también los tirantes de su mochila– Todavía no cambia. ¡Qué bueno!

Una extraña sensación paraliza al joven en cuanto cruza por la puerta del panteón de tal manera que lo único que puede moverse es su cuello, el cual gira tétricamente hacia la izquierda para ver el oscuro interior del camposanto, distinguiendo primero a las ramas de los árboles que se abaten entre las diferentes lápidas; después, la silueta de una mujer en ropas negras que le cubren hasta la cabeza, quien lo mira con una expresión facial que refleja curiosidad en lugar de temor.

            –¡Ay, mierda! –exclama Faustino antes de desvanecerse, dejando caer su cuerpo sobre el barandal antiguo de la entrada, el mismo que se abre con su peso corporal.

 

Las hojas de los árboles sacudidas con el gélido viento nocturno captan la atención de Faustino que apenas se recupera del desmayo, viendo también entre las hojas al firmamento despejado con un tono más morado que oscuro, y con la luna llena escondida tras una solitaria nube que se niega a moverse a pesar de la insistencia del viento.

            –¿Qué ching…?!

Una mano cubierta por un guante negro interrumpe la exclamación que Faustino, mientras que este logra ver con poca claridad el rostro de la joven que le indica con el dedo índice de su otra mano que guarde silencio; todo en vano ya que Faustino pierde el conocimiento nuevamente tras el susto.

            –Oye, amigo. Despierta; nada más no te asustes –susurra la joven de prendas negras al sacudir a Faustino de los hombros hasta que este reacciona–. Oye, no te espantes; no soy un fantasma.

Faustino se sobresalta al reconocer a su acompañante, quien le vuelve a colocar su mano sobre la boca.

            –Amigo, no te asustes. Me llamo Carmela. ¿Ves? Soy humana –Carmela acaricia la mejilla derecha de Faustino con gentileza, lo que lo tranquiliza poco a poco.

            –Bien, bien –Faustino luce empapado por el sudor que recorre desde su frente hasta su cuello–. ¿En dónde estamos? ¿Y qué hora es?

            –Ya casi es medianoche. Estuviste inconsciente unos veinte minutos.

            –¡Media hora! –El propio sobresalto de Faustino le impide incorporarse correctamente de la tumba en la que yace recostado–. ¡Pinche suerte! Ya no debe de haber camiones. ¿Y ahora? ¿Como le voy a hacer?

Tras quedarse pensativa unos segundos, Carmela le dirige a Faustino una sonrisa dulce y amistosa junto a una posible solución:

            –¿Qué te parece si te dejo en tu casa apenas haga lo que vine a hacer aquí? –el cacareo de una gallina se deja escuchar del interior del costal que Carmela dejó sobre el suelo– Dejé mi camioneta estacionada al otro lado del panteón, por la colonia privada.

            –Bueno… si lo dices de esa manera pues no me queda de otra –la sensación de tranquilidad de Faustino se desvanece apenas relaciona las prendas negras de Carmela con el plumífero guardado en la bolsa de tela–. ¿Viniste a hacer alguna especie de rito o algo por el estilo?

            –¡Oh! ¿Lo dices por esto? –Carmela levanta el costal con mucha calma– En realidad vine a hacer un amarre.

            –¿Un amarre? –Faustino se muestra incrédulo ante la tranquilidad de Carmela–. ¿Viniste tú sola a hacer eso?

            –No del todo; ando esperando al santero.

            –¿Santero? –Faustino trata de recuperar su postura, viendo de reojo que no sólo trae a la gallina en ese costal– ¿Qué otra cosa te pidió el santero que trajeras? ¿Y a qué hora se quedaron de ver?

Carmela se pone pensativa en lo que intenta elegir qué pregunta responder:

            –Me pidió que viniera vestida de negro, la gallina, un calzón de mi exnovio y otras cosas que no recuerdo pero que sí las traje. El santero acaba de llegar, será mejor que te escondas en lo que terminamos el trabajo.

A lo lejos, se escucha la conversación entre dos señores, uno citando el hecho de que el otro puede trabajar en el camposanto siempre y cuando le dé para unas cervezas, a lo que el presunto santero accede con risas amistosas al mismo tiempo que se aleja hasta el punto dentro del cementerio acordado con Carmela, a la que saluda con caballerosidad:

            –Muy bien, damita. Me dijo mi amigo el guardia que esta es la tumba de una doñita que acaba de fallecer no hace más de una semana –explica el santero, un sujeto de edad mediana y piel algo bronceada que resalta por su retorcido bigote canoso al igual que su peinado en terminación de cola de caballo–. ¿Sí trajo todo lo que le pedí?

            –Así es –Carmela responde emocionada y nerviosa, colocando cada utensilio que extrae del costal sobre la ancha lápida de mármol–. Los cirios, rojo y negro, los chiles de diferente tipo, las fotos de mi ex y la perra de su amante, el calzón de mi ex, la carta, y por supuesto, la gallina amarrada. ¿Realmente es necesaria la gallina para esto?

            –¡Pues claro! ¿O no quiere que funcione el amarre?

Escondido tras una lápida curveada, Faustino observa detenidamente como el santero comienza a realizar el ritual, siendo la atención de Carmela cautivada por las palabras que el santero recita en una lengua ajena a la suya.

            –Ese rito… lo he visto antes…

Un recuerdo llega repentinamente a la mente de Faustino de cuando este era un niño y fisgoneaba a través de una cortina rojiza, viendo al otro lado tres mujeres, dos de ellas sentadas sobre sus rodillas frente a la otra que luce calmada al ver cómo con un cuchillo le arrebatan la vida a una gallina de plumaje negro; pero este es retirado de inmediato por una tranquila mujer anciana.

Al mismo tiempo que el santero termina sus rezos y prepara una mezcla nauseabunda con algunos de los materiales que Carmela le había entregado, este le indica que se quite sus oscuras prendas y que se lave con esa morbosa sustancia; a lo que Carmela, con marcada incertidumbre, realiza mientras ve al santero continuar con la siguiente parte del ritual.

            –¡Está cosa huele horrible! –dice Carmela al frotarse el cuello con la rara mezcla.

            –Lo sé; pero es parte del proceso –con los ojos cerrados, el santero interrumpe su rezo, prosiguiendo con las palabras en lengua ajena.

La oración del santero continúa hasta que un florero delgado se estrella contra su cabeza, seguido de un par de golpes en la nuca que lo dejan inconsciente, lo que aterra a Carmela al ver a Faustino como responsable de tal agresión:

            –Pero… ¡¿Qué chingados te pasa?!

            –¡Vámonos de aquí! –Faustino esculca los bolsillos del santero, arrebatándole su teléfono celular y un cuadernillo desgastado– Te explico en el camino. ¡Pélate!

Antes de partir, Faustino guarda algunas de las cosas que Carmela había colocado sobre la tumba; jalándola también de la muñeca para retirarse de ahí a toda prisa, no sin antes que Carmela agarre a las amarradas patas de la gallina para correr entre las diferentes criptas y tumbas hasta una de las bardas de mediana altura. Faustino es el primero en trepar, sentándose justo a la mitad de la gruesa pared de adobe para asistir a Carmela, quien sufre la complicación de ir con su vestido negro desabotonado casi dejando al descubierto su pecho.

            –¡Espera, espera! ¡La gallina! –Carmela intenta apoyarse con sus botines negros, casi resbalándose si no fuera por la mano de Faustino que la sujeta firmemente– Tengo miedo… y esta cosa que me puse… pica mucho.

Ya al otro lado de la barda, al frente de una hilera de casas de diferentes portones, Faustino ayuda a Carmela para que no se lastime al aterrizar tras un gran salto sobre la banqueta, mirando también a ambos extremos de la calle por si acaso alguien malinterpreta la situación en la que se encuentran.

            –¿En dónde dejaste tu camioneta? –pregunta Faustino al mismo tiempo que recoge la asustadiza gallina y al costal.

            –Al otro lado de esta calle… pasando la esquina.

Ambos aventureros corren hasta la camioneta de reciente modelo propiedad de Carmela, quien, de entre el bulto de telas logra extraer la llave del vehículo, presionando el botón que abre las puertas para que ambos puedan partir apenas el motor enciende, no sin antes que Faustino aviente el costal y la gallina amordazada en el asiento trasero.

            –Ahora bien… ¿Podrías decirme que carajos pasó allá? –Carmela luce incomoda, rascándose la nuca y espalda, pero sin despegar la mirada de la calle– ¿Tienes idea de cuánto dinero le había pagado a ese brujo? ¡Y lo peor del caso es que casi me ve desnuda!

            –La gallina… los cirios. Ese ritual no era para un amarre, pendeja –la seca respuesta de Faustino impacta a Carmela–. Te estaba ofreciendo como sacrificio.

            –¿Sacrificio? ¿Para qué o por qué? ¿Y tú como sabes de eso? ¿Eres brujo o algo así? Porque no lo pareces.

            –No lo soy, ni de pedo –Faustino se recarga pensativo sobre el asiento–. Pero vengo de una familia que hacía ese tipo de trabajos. Tanto trabajos de los buenos como de los malos; y en los malos, siempre se usa una gallina negra. Esas son para trabajos que involucran la muerte de alguien más.

            –Pero… el santero ese no me dijo nada al respecto. Nada más me mencionó que mi ex volvería conmigo y… –Carmela hace una pausa al entrar en razonamiento– ¡¿Me vendió?! ¿Ese pinche santero me vendió para el trabajo de otra persona?

            –Supo disfrazar sus malas intenciones –Faustino suaviza su voz para calmar la abrupta histeria de Carmela–. Abusó de tu necesidad y desesperación.

            –Entonces, ¿ahora qué hago? –un río de lágrimas comienza a fluir de los ojos verdosos de la joven, sin dejar de ver el camino que da a la avenida– Se ve que tú sabes de eso. Dime, ¿qué hago para que mi ex vuelva conmigo?

            –Lo mejor es que lo dejes todo atrás y sigas con tu vida –Faustino la mira compasivo, colocando sus dedos sobre su hombro descubierto–; y que te alejes de todo esto… te lo digo por experiencia. Eres una chava muy guapa, y por lo que veo, vienes de una buena familia. No dejes que una mala experiencia en el amor arruine tu vida, tu futuro.

            –Pero… yo lo amaba con todo mi corazón –la boca de Carmela comienza a hacer una mueca histriónica justo antes de romper en llanto.

            –¿Lo amabas o era un capricho tuyo y nada más? –Faustino la mira ahora con seriedad– Tú misma lo acabas de decir: lo amabas, en tiempo pasado. Si lo dices de esa manera significa que es tu ego el que está hablando.

Carmela deja su gimoteo al escuchar a Faustino.

            –Unas diez cuadras más y habremos llegado a mi casa –Faustino señala con su dedo la dirección de su domicilio, hasta que la camioneta llega al portón frontal.

            –¡Muchas gracias! –Carmela se abalanza sobre él dándole un sorpresivo abrazo– En verdad, muchas gracias. Me salvaste de algo que pudo haber sido mucho peor.

            –Bueno, sí… pero no me abraces tanto… ¡Ya de por si hueles bien feo!

Carmela se retira tras escuchar la incomodidad de Faustino, dirigiéndole una sonrisa frágil con un cese de lágrimas.

            –¿Qué hago con la gallina? –Carmela señala a la gallina del asiento trasero.

Ambos giran su mirada hacia atrás para ver al silencioso plumífero que los mira también.

            –Será mejor que yo me la quede, si es que no te molesta…

            –¡No, para nada!

Un silencio incomodo se genera en lo que Faustino decide bajar del vehículo.

            –Oye… si te parece te puedes bañar de una vez –dice Faustino con un poco de pena que se opaca por un ligero cacaraqueo que la gallina hace al ser sujetada.

Carmela accede tras dudarlo unos segundos, descendiendo también de su camioneta adentrándose por la puerta que Faustino le abre como cortesía:

            –Siéntete cómoda y sujeta la gallina. En seguida vuelvo.

Aprovechando la oscuridad de la calle, Faustino se aleja hasta la esquina más cercana, arrojando en el bote de basura la bolsa repleta de los elementos del rito; cortando con sus dedos unas ramas de romero de una glorieta cercana mientras ve caminar por la esquina a un amable anciano de sombrero desgastado que se apoya con un bastón, desvaneciendo en la negrura de la noche. Tras obtener las ramas necesarias, Faustino se adentra a su vivienda ya con las luces prendidas, encontrándose con la frágil silueta de Carmela.

            –¿Y esas ramas para que son?

            –Vamos a verificar que tanto te hizo el brujo ese. Vente para el patio.

Carmela sigue a Faustino hasta el patio trasero, en donde Faustino voltea una cubeta para que su invitada se siente.

            –Descúbrete la espalda –Faustino descuelga una toalla cercana de un cable de ropa–; usa esto para cubrirte.

Carmela obedece lo que Faustino le dice mientras este se coloca a espaldas de ella, tomando del lavadero una manguera que abre y deja caer agua sobre la nuca de Carmela.

            –¡Está fría!

            –¡Ah, pero la niña quería andarle jugando a las brujas! –Faustino se aproxima para cerrar la manguera– Sécate bien… en seguida vuelvo.

En lo que Carmela se seca con la toalla, Faustino regresa al patio con un par de huevos, una botella de alcohol etílico, un bote de sal, otra botella de refresco con agua en su interior, un vaso de vidrio, las ramas que había cortado junto a otras ramas de epazote, colocando todo sobre la lavadora cercana que le sirve como mesa.

            –Te voy a hacer una limpia –explica Faustino tras notar la incertidumbre de Carmela–. Párate y extiende tus brazos y piernas; nomás cúbrete el pecho.

Carmela sigue las indicaciones de su anfitrión, sintiendo el huevo recorrer desde la punta de su cabeza, pasando por sus brazos abiertos, hasta llegar a sus talones; todo esto en lo que Faustino musita unas oraciones tanto en español como en otra lengua, cerrando los ojos cada que se le olvida una palabra.

            –Bien; ahora chécate esto –Faustino llena el vaso de vidrio hasta la mitad con agua de la botella de plástico; luego, rompe el huevo que cae en el agua y libera su contenido completamente negro–. Tal como me lo imaginé, magia negra, y de la más pesada.

            –¡No inventes! –los ojos verdosos de Carmela se abren más al observar el contenido del vaso– Y huele bien feo esa cosa.

            –Aquí se sabe que ese santero sí era bueno en lo que hacía.

            –¿Y ahora? –la pregunta de Carmela se responde al presenciar a Faustino juntar las dos variedades de ramas y rociarlas con un poco de alcohol, sal, y agua del envase de plástico– ¿No me digas que vas a hacer algo igual a lo que me hizo el brujo?

            –Tranquila, es agua bendita. Me la trajo mi tía la última vez que me visitó –enseguida, Faustino comienza a zarandear las ramas obligando a que Carmela grite ligeramente del susto–. ¡No grites! Vas a despertar a los vecinos. Ahora, extiende otra vez los brazos y separa las piernas.

Carmela observa al huevo recorrer toda su postura hasta que Faustino acaba:

            –Mira otra vez; ahora el huevo salió limpio. Significa que ya estás libre de magia.

            –¿Y ahora qué sigue? –la duda le borra la sonrisa del rostro a Faustino.

            –Pues, este… puedes darte un baño en la regadera… y si quieres puedes quedarte –Faustino se traga su imprudencia con saliva–, o como veas.

            –Gracias; en serio, muchas gracias –Carmela sujeta las manos de su anfitrión de tal manera que no descubra su torso– ¿Sería mucha molestia si me prestas algo? Digo, por el vestido, parece que me caí en un charco.

            –Por supuesto; deja te presto un short y una playera.

El agua deja de correr de la regadera para después dejarse escuchar la cortina recorrerse, dando paso a que Carmela se vista y salga del baño, encaminándose unos pasos al cuarto de Faustino, quien yace acostado boca abajo en la cama vestido con un short angosto y una camisa grisácea:

            –Te puedes acostar del lado de la orilla; ahí te va a dar más rico el abanico –sugiere Faustino con una voz adormecida, a lo que Carmela hace tras apagar la luz.

            –Oye, Faustino. Espero no se malinterprete, pero ¿podrías abrazarme? Siento todavía algo de miedo…

La timidez de Carmela se desvanece al darse cuenta de que Faustino duerme profundamente, por lo que ella decide colocarse sobre su hombro.

 

Publicado la semana 24. 09/06/2020
Etiquetas
Duran Duran, Mecano, Moderat, Alabaré a mi señor, Poltergeist, Violín , La lluvia, La abundancia que crea escasez, El deseo expreso de una amiga, Momentos de frustración y dolor intensos, La vida misma, Todo lo vivido, La noche, Humor, Teatro del absurdo , De noche, En Francia, En cualquier momento, Con las manos frías, Sírvase templado si dispone de una sonrisa que no termina de salir, En la cama, En noches, Con el alma resentida , In English, uvas, golpe, cabeza, hospital, Viaje, Cuento, cita
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
24
Ranking
1 237 0