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Ignacievij

3 CCF: Tres Cuentos Cortos Feministas

Nota del autor: vuelvo a subir estas tres novelas ya que eran una sola antología y están relacionadas entre sí. Decífrenlo y verán a lo que me refiero. Gracias por su atención.

 

Prólogo

Con estas tres historias y el titulo no pretendo usar el término “Feminismo” con fines de popularidad ni con el afán de tener éxito. Siempre he admirado a la figura femenina en el aspecto de fuerza, dedicación y pasión: desde que Lilith se negó a ser la sumisa de Adán y Eva consumió el fruto prohibido guiada por su propia curiosidad, hasta la creencia azteca de que una mujer que moría en parto poseía el mismo estatus aquel a la de un guerrero que moría en el campo de batalla.

Pero en especial admiro a mi madre y a mis tías, quienes, siendo madres solteras y sin una figura paterna, nos sacaron adelante a mí y a mis primos, con los mismos valores que ellas mismos se forjaron. Así que esta pequeña obra literaria es para ustedes, y también para Iovanna, cuya ferocidad me ha inspirado desde aquel mes de marzo del 2014 en las bancas de la facultad.

 

 

Sueño de una travesía.

El simple desmantelamiento de las lonas polvorientas de aquel campamento improvisado acopladas a las izbás más lejanas de las que rodean a la capilla con terminaciones en cúpula sorprende a los locales que se concentran para despedir a un contingente, en especial a Mishka, quien, desde la pequeña ventana cuadrada de la segunda planta de su vivienda, muestra la ausencia de sus dientes frontales.

            –¡Y yo que pensaban que eran de un circo! –Mishka baja del baúl de madera sobre el que se apoyaba, dirigiéndose al centro de la habitación– Entonces, ¿quieres pan con miel para el camino?

            –No sé si debería; ya fue mucha amabilidad de tu parte al quedarme aquí –Sonja termina de abrocharse su zapatilla negra, distrayendo su atención sobre el libro que yace a un lado de ella en la cama.

           –Te lo puedes llevar, si quieres –Mishka rasca su cabellera recortada mientras se coloca una larga camisa gris que le sirve de abrigo–. Es de historia de las Américas; quizás te ayude a entender más sobre esas tierras. Pero ven; le pediré a mi mamá algo para que te abrigues.

            –Tu mamá y tú han sido muy gentiles conmigo –Sonja luce apenada, actitud que cambia apenas escucha su nombre en las lejanías–. Es mi tía; creo que ya está lista nuestra carreta.

            –Ven. Conozco un camino rápido –Mishka dirige a Sonja escaleras abajo, no sin antes darle el primer abrigo que encuentra–. No se te olvide el libro.

 

La ligera capa de nieve se desvanece sobre el pasto con cada paso que Mishka y Sonja dan, siendo esta última más cautelosa con su camino en lo que su acompañante dice con lujo de detalle y movimientos de brazos resúmenes del libro que Sonja carga consigo, para de vez en cuando, golpear con sus dedos rosados la cerca hecha con delgadas ramas de alguna izbá vecina:

            –Y te decía, nadie la quería por ser mujer; pensaban que era impúdico que viera cuerpos desnudos para estudiarlos –Mishka baja su mirada sobre el camino, evitando tropezar con una piedra grande–. No fue sino hasta que le escribió una carta al presidente y este le dio un permiso especial, convirtiéndose así en la primera mujer cirujana de su país. Pero lee el libro, ahí viene su foto; quizás y llegues a su país y también seas como ella.

            –¿Una mujer médica? –exclama Sonja a sí misma con incredulidad– No lo creo, aunque si es algo que me gustaría; pero todo depende de mí comunidad.

Mishka se queda en silencio por un rato, observando el camino hasta detenerse tras una carreta muy desgastada, amarrada a un par de burros:

            –Tú eres dueña de tu propia vida –Mishka retiene un poco de aire en sus mejillas antes de liberarlo, encarando a Sonja–. Yo pienso que serías una buena médica, no, doctora.

            –¿Yo? ¿Doctora de mi comunidad? –los ojos profundamente azules de Sonja se iluminan con el halago, brillo que se desvanece al ver a su abuelo jalar la cuerda de los burros.

            –Sonja, súbete a la carreta y ayúdale a tu abuelo con el otro animal –le dice su tía, una mujer delgada y con finos rasgos faciales, mientras le acerca su sombrero a su padre.

            –Me tengo que ir. Adiós –Sonja entrelaza sus pequeñas manos con las de Mishka, besándose las mejillas mutuamente.

            –Sí; hasta luego –exclama Mishka con inocencia, viendo como la carreta de Sonja es la última de la larga caravana.

 

A pesar de que la estepa también luce cubierta por la poca nieve de la noche previa, el plano camino principal se encuentra despejado, permitiéndole a los viajeros tener un paso calmado y sin contratiempos en sus respectivas carretas, lo que le permite a Sonja juguetear con las hojas del libro escrito en un idioma ajeno a ella:

            –¿De qué trata? ¿Algo que nos vaya a servir?

            –Es de datos curiosos de las Américas, papá Piet –le responde Sonja a su familiar sin despegarse del libro, deteniendo el tambaleo de sus pies en una página aleatoria–. Abuelo Piet, ¿a dónde vamos exactamente?

            –Con Dios de nuestro lado, a San Francisco –el abuelo Piet esboza una sonrisa de entre su rubia, pero canosa y espesa barba–. Será un viaje largo. No pudimos haber elegido mejor fecha para partir. Siberia será muy amable con nosotros, mi niña.

Sonja asiente con su mirada volviéndola a las imágenes impregnadas en el libro:

            –Papá Piet, ¿cree que allá pueda estudiar para ser doctora? –el abuelo de Sonja esboza otra sonrisa como respuesta.

            –Mi niña, en un mes tendrás trece años; para ese entonces te tendremos que comprometer con alguien de la comunidad y después labraran las tierras y tendrán hijos. ¿Crees que habrá tiempo para estudiar cuando lo único que ocupas es leer y escribir? –el destino determinado por su abuelo fragmenta internamente las esperanzas de Sonja– Mejor ve atrás y traedme un poco de leche.

Con nata obediencia, Sonja se desliza hacia la parte interna de la carreta, derramando poca leche que le entrega su tía para llevársela a su abuelo y regresar con ella y con su libro de gruesa portada dejado abierto en alguna página marcada.

            –Tía Joan, ¿cree que una mujer pueda ser médico? –la voz de Sonja apenas y es audible por el golpeteo de las llantas de madera con la grava del camino.

            –De ser así aún tendría a mis dos hijos y a mi marido –la tía Joan luce quebrantada, pero disimula su actitud con una falsa sonrisa–. ¿A qué se debe tu pregunta, mi pequeña?

Sonja duda en responder, temerosa de más negatividad:

            –A nada, sólo curiosidad –en ese instante Sonja cierra su libro, no sin antes memorizar a susurros lo único que logra entender mientras mira el paraje desértico y blanquecino–. Matilde Montoya, Matilde Montoya, Matilde Montoya.

 

 

 

Manos confiables.

El anillo que sostiene una llave con hendidura negra se balancea en el dedo de Ramiro como una distracción en lo que ve con desinterés el montículo de prendas tendidas sobre la cama de Abigail, mientras que esta sigue hurgando entre su closet por algo que parece no encontrar.

De la nada, y tras detener el movimiento de sus llaves, la atención de Ramiro se enfoca en los vestidos más elegantes recién arrojados sobre la cama de cobijas rosadas y esponjosas, sosteniendo un vestido largo y de apariencia tradicional y conservadora, de un color azul fuerte bajo un manto azul celeste, conjunto que luce algo desgastada por el paso del tiempo:

            –Y esto, ¿qué es? –Ramiro extrae una capota circular y blanca que yacía escondida en el interior del conjunto– No sabía que eras religiosa.

            –¡Uy, sí! ¿Acaso lo parezco? –Abigail le arrebata el conjunto a Ramiro con tintes bromistas, apreciándolo por un instante– Ha de ser el vestido de mi tía-abuela; a lo mejor mi mamá lo dejó en mi armario por lo mismo que es más grande que el de su cuarto.

            –¿Y si te lo pones? –Ramiro se le acerca con una disimulada picardía que disfraza de curiosidad– Total, es domingo; tenemos todo el día para ir al centro comercial.

Abigail le responde con una sonrisa animosa, atreviéndose a introducirse a su armario para vestirse sin ser visto por Ramiro.

            –¿Qué tal me veo? –el uso de esa prenda y verse reflejada con ella frente al espejo colgado en la puerta del armario, hacen que Abigail sienta un cambio interior que refleja con una mirada de pureza– Me siento como una monja.

            –La novicia rebelde, le dicen –Ramiro se le acerca con cautela colocando una mano sobre su rostro y la otra sobre su cintura, atrayéndola para darle un esporádico beso en la boca–. ¿Sabes? Siempre he querido hacerlo con una monja.

            –¡No digas eso! –Abigail finge su enfado golpeando el pecho de su novio– Mi tío es sacerdote y es incómodo mezclar esas dos cosas.

Apenas Abigail se retira de él para cambiarse, este la empuja entre risas sobre el montículo de prendas alborotadas, seguido de un continuo compartimiento de besos y caricias; hasta que este desliza su mano por el interior de las enaguas en búsqueda de la entrepierna de Abigail.

            –No, no hagas eso; sabes que no me siento lista –Abigail lo empuja para quitárselo de encima cordialmente, con cierto sentido de culpabilidad–. Ya habíamos quedado que no me presionarías.

Sintiéndose frustrado, Ramiro cae tendido al otro lado de la cama, mientras que Abigail se introduce nuevamente al closet para cambiarse, no logrando apreciar como su novio golpea en repetidas ocasiones las cobijas con su puño apretado.

            –¡Lo encontré! –grita con éxito Abigail en lo que se ata un sencillo pendiente dorado con una cruz de igual manera sencilla– ¿Me pasas ese suéter negro, por favor?

Ramiro obedece la indicación de inmediato, apreciando esta vez el simple atuendo de su novia: un pantalón de mezclilla que le llega hasta las rodillas con una blusa rosada con la imagen de un gato caricaturesco con orejas de conejo que hacen juego con su corte de fleco que cae sobre su frente.

            –Oye, ¿no quieres fumar un poco? –Ramiro extrae de su chaqueta de diferentes bolsas una pequeña pipa de madera, rellena con un poco de marihuana.

            –Sí; pero echas el humo por la ventana –una enorme sonrisa se dibuja en todo el angelical rostro de Abigail–. No quiero que toda mi ropa se apeste a mota.

Acto seguido, ambos jóvenes proceden a darse turnos para inhalar el humo de la pequeña pipa; hasta que Abigail deja escapar un gran tosido que le da a entender que fue suficiente para ella.

            –Ahorita que nos dé el bajón compramos algo en la tienda –le dice Ramiro al mismo tiempo que toma la mano de Abigail para salir de su cuarto–. Por hoy, te dejo conducir mi moto.

Un resplandor en la verdosa mirada de la joven sale a relucir esporádicamente:

            –Pero, si tú eres bien especial con tu moto; no dejas ni que tu hermano la toque. Además, ya casi me pega la mota.

            –Lo harás bien –Ramiro le guiñe el ojo y le apunta con su dedo índice para darle seguridad–; sólo se gentil con ella.

 

El rugido del motor se tarda en detenerse mientras que Abigail, temerosa con cada visto que hace sobre el espacio en el que se estaciona, esconde su nerviosismo bajo el casco cerrado de la motocicleta deportiva de color rojo con franjas blancas; colocando finalmente su pie como indicio del final del recorrido, a la par que Ramiro desciende de la parte de atrás, removiendo su sencillo casco abierto que guarda en un compartimiento acoplado:

            –No fuiste tan gentil como esperaba; pero al menos llegamos vivos –Ramiro disimula su enojo con una mueca animosa–. Para la otra, evita pasarte los semáforos en rojos. Está bien que sea medio rebelde, pero me costó esta belleza.

Abigail no dice nada; tan sólo se dedica a encadenar su casco al manubrio de la motocicleta para después guardar las llaves del vehículo en su pequeño bolso negro brilloso y aferrarse a la cintura de Ramiro para que ambos se encaminen al ascensor que lleva al centro comercial.

Ya en la parte superior, en los vastos corredores atascados de diferentes tiendas que ofrecen distintas mercancías, la joven pareja luce perdida entre los anuncios infinitos que cuelgan por todos lados, callados hasta que Ramiro rompe ese silencio con lentitud en su voz:

            –¿Ya te dio el munchies?

Abigail menea su mentón de arriba abajo sobre el brazo de Ramiro, con una mirada tierna que disimula la irritación de sus ojos.

            –Ven; vamos al Supero Ocho; me cubres en lo que yo agarro lo que pueda.

            –No; espera; traigo dinero –Abigail se sobresalta al escuchar la intención de su amante, en lo que hurga su pequeño bolso en búsqueda de efectivo–. No tenemos que bolsearnos nada, en especial aquí.

            –Tú guarda ese dinero para la gasolina de la moto –Ramiro jala la muñeca de Abigail sin intención de lastimarla, introduciéndola al establecimiento–. Ya sabes que hacer; yo me hago cargo del resto.

Acercándose a la caja registradora, Abigail se concentra en el estante de las cajetillas de cigarros de diferentes variedades, detectando como el encargado se ocupa de hacer el corte rutinario del efectivo de las últimas horas.

            –Ahorita te atiendo, amiga.

            –No te preocupes; ando buscando unos cigarros que casi ya no venden.

            –¿Los mentolados de diferentes sabores? –el cajero se apresura a detectar la marca solicitada, pero Abigail se da cuenta de que Ramiro no ha terminado con su acto ilícito.

            –Sí esos; pero no, mejor dame los de arriba, los de triple sabor. Son nuevos esos, ¿verdad? –a sabiendas de la corta distancia del cajero, Abigail hace lo posible para ganar tiempo, hasta que un discreto chasquido por parte de Ramiro le indica que terminó con su fechoría– O si no, ¿sabes qué? Dame esos, los primeros. Total, vicio es vicio.

La transacción económica surge rápidamente, a lo que Abigail, aún con nerviosismo, se apresura a salir del local, fingiendo no conocer a Ramiro, el cual sale un par de minutos después que ella, pero en su caso, encontrándose de frente con un guardia de seguridad corpulento, de mediana edad y de bigote recortado medio canoso como su corte militar.

            –Discúlpeme, don; casi lo tumbo.

            –Si tú lo dices, chavo –le responde el guardia con un sonido intimidante.

 

Encontrándose en un punto retirado del local, bajo una palmera artificial, Ramiro extrae de su chaqueta de amplias bolsas unas cuantas bolsas de frituras y panes endulzados, tendiéndolos descaradamente sobre el regazo de Abigail:

            –Nada más me faltó el refresco y el kit estaría completo –el cinismo de Ramiro obliga a que la preocupación de Abigail se desvanezca por un momento–. Me vio un guardia, pero no creo que nos empine; ya nos hubieran dicho algo.

El repentino comentario de Ramiro detiene la voracidad con la que Abigail consume sus donas endulzadas, decidiendo finalmente a terminar de comer con mayor rapidez.

            –Bueno, ya que terminemos esto; vamos a ver esas tiendas nuevas, se ven prometedoras –Ramiro se muestra más optimista ante Abigail–. Y si quieres algo pues te lo compro.

            –Sabes que no me gustan esas tiendas; son muy fresas.

            –Pero al menos vamos por esa área; me gusta usar los baños de ahí.

Mostrándose más relajada, Abigail termina de tirar las envolturas de los aperitivos robados en el bote de basura cercano, siendo esta vez ella la que jala la muñeca de Ramiro para partir en la dirección mencionada.

La tienda Mooshy & Monroy no es nada sencilla a la hora de ofrecer sus productos ostentosos de última moda, pero, aun así, mantiene un margen de accesibilidad a los clientes femeninos con sonidos de música ambiental amigable y con decenas de anuncios marcados con promociones variables en diferentes productos.

            –¡Que genial! Tiene de todo este lugar –exclama Abigail emocionada inspirada por el color rosado que decora casi todo el establecimiento–: desde las cosas de esta cantante hasta cosas de los cómics que te gustan.

La voz de Abigail se detiene apenas ve por el aparador un peluche similar al de su playera, pero cuyo precio no se ve convencerla de todo.

            –Está muy caro… –Abigail enchueca su boca como señal de duda– ¡Pero está muy hermoso!

            –Ni que lo digas; hay muchas cosas hermosas por aquí –la mirada de Ramiro se enfoca en los glúteos de unas cuantas jóvenes que pasan cerca de él, y que una de ellas le dirige una señal de coqueteo–. Todo bien acá, bonito y así. Oye amor, voy rápido al baño, ¿me esperas aquí?

La barbilla de Abigail confirma su consentimiento en lo que continúa revisando los artículos desde el exterior de la no tan abarrotada tienda, mientras que Ramiro, aprovechando la falta de usuarios en ese baño, extrae de su cartera con total rapidez una diminuta bolsa resellable, de la que inhala el polvo que tenía como contenido, acabándoselo con ambas fosas nasales.

            –Muy bien, campeón; hora de lucirte con las morritas –Ramiro se acerca al espejo del lavábamos para detectar el crecimiento de sus pupilas marrones–. Pues si no se hace con ella, pues a ver que agarro.

Antes de retirarse de ahí, Ramiro se acomoda su cabello hacia un lado con la poca agua que retienen sus manos; partiendo de inmediato del sanitario sin darse cuenta de que ha dejado atrás a lado del lavábamos a su sospechosa bolsita, no lo suficientemente pequeña como para ser detectada por el guardia canoso con el que ya se había encontrado antes, y quien a simple vista concluye sus sospechas.

            –Hola, amor, ¿por qué no entramos a la tienda? –le sugiere Ramiro disimulado su aceleración corporal– Estando aquí afuera parecemos jodidos.

Sin nada que decir, ambos deciden adentrarse al elegante local, siendo Ramiro lo suficientemente atento para percatarse del peluche que su novia tanto observaba.

            –Hola, bienvenidos –un guardia más joven que el interior y de fina piel morena los recibe con una amable sonrisa.

            –Gracias, chavo –Ramiro desvía su atención por los diferentes productos del negocio, mientras que con sus manos se presiona su cintura para calmar la sustancia que recorre por su cuerpo–. Oye amor, ¿te acuerdas del cómic que me dijiste? Pues ahí se ve un poster. Si quieres ve, yo voy a ver si hay un llavero nuevo para el de la moto.

Ni tarda ni perezosa, Abigail se encamina animosa casi dando brincos hasta la sección que Ramiro le menciona, en lo que este se aproxima a una encargada de la tienda, a quien, a base de coqueteos y piropos, le pide que le muestre el peluche del gato con orejas de conejo, dirigiéndose después a la caja registradora; todo esto sin darse cuenta que el guardia canoso se había aproximado al de la tienda, dándole indicaciones al oído del joven que acaba de entrar.

            –A tu novia le va a encantar ese regalo…

            –Hermana… ella es mi hermana –Ramiro improvisa una excusa repentina, sembrando la curiosidad de la rubia que lo atiende.

            –Pues si en ese caso, un chavo tan guapo como tú está soltero, no veo el inconveniente en darte mi número de teléfono.

            –¡Mira, amor! Me voy a comprar este tomo –la voz animosa de Abigail interrumpe el cortejo que Ramiro sostenía.

            –Así que tu hermana… –la encargada de blusa rosa mexicano se muestra totalmente indignada.

            –¿Pasa algo, Ramiro? –Abigail se niega a aceptar sus propias conclusiones.

            –Oye amigo, disculpa, ¿podrías venir un momento? –comenta disimuladamente el guardia de Mooshy & Monroy.

Sintiéndose totalmente acorralado, Ramiro empuja un estante con carteras sobre la encargada para casi al instante tomar todas las cosas que quepan en su mano; indicándole a Abigail que salgan por la puerta que da al estacionamiento superior, no sin antes pasar por la sección de vestidos entallados que le da un toque elitista al propio establecimiento.

            –¿Qué está, pasando Ramiro? ¿En qué pedo nos estamos metiendo?

            –¡Tú sólo corre y no preguntes pendejadas…!

            –¡Yo los rodeo por acá! –grita el guardia canoso en lo que corre tras ellos, creando una persecución que termina en Abigail derribar todo los estantes y maniquíes que le estorban.

            –¡¿Qué no puedes ser más rápida, pinche lenta?! –Ramiro logra llegar hasta la puerta que da al estacionamiento, pero el guardia de ese local lo alcanza primero.

            –Amigo; no lo hagas más difícil de lo que ya es… –el guardia le muestra las manos para que Ramiro no desconfié de él– La supervisora es buen pedo; te la puede dejar pasar.

En ese instante, Ramiro suelta todas las cosas que sostenía y le propina un fuerte golpe en el ojo al guardia de traje, casi derribándolo; escapando tan sólo con el peluche del gato con orejas de conejo por la puerta que da a la planta baja del estacionamiento, recordando también, que su motocicleta se encuentra en la parte inferior.

            –¡Mierda, chingada madre! –tras blasfemar un poco Ramiro ve a lo lejos como Abigail logra escapar tras dañar gran parte de las cosas más costosas– ¡Rápido, por las escaleras!

Abigail logra reconocer la indicación que su pareja le hace, pero se da cuenta muy tarde que el guardia de corte militar y canoso la logra alcanzar, sujetándola de los hombros para no lastimarla; en lo que ambos aprecian como el guardia del ojo dañado se le acerca con pose intimidante.

            –Yo te lo advertí, carnal; ahora suelta el muñeco y ponte de rodillas…

Ramiro obedece la indicación del vigilante, extendiéndole con cautela el peluche para que rápidamente, extraiga del bolsillo de su pantalón una navaja de bolsillo con la ataca al joven guardia; primero en la parte superior de su pulmón izquierdo, y luego en la parte baja de su cuello, tumbándolo sobre el suelo en ese instante.

            –¡NO! –grita con desesperación el guardia que retenía a Abigail, corriendo a toda prisa para alcanzar a Ramiro y derribarlo con su propio peso sobre la grava caliente del estacionamiento– ¡Pinche morro, loco! ¡Pasaste de ladrón a asesino!

Aun cuando Ramiro forcejea con el peso del guardia, este logra ver a Abigail llegar a la escena del ataque, totalmente paralizada al apreciar al encargado de seguridad tratar de cubrir sus heridas, haciendo un último contacto visual con el agonizante.

            –¡Mauro, chavo, no te mueras…! –el guardia que somete a Ramiro mira con miedo a Abigail, ignorando que detrás de ella, un túmulo de curiosos se les acerca.

Logrando ver que en la cintura del fornido guardia se encuentra un paralizador eléctrico, Abigail se lo arrebata rápidamente al ya de por si asustado sujeto, a la par que la joven se las ingenia para su funcionamiento y hace un último contacto visual con el corpulento vigilante.

            –Perdóname… Ramiro… perdóname… –antes de que pueda recibir una respuesta, Abigail ladea como puede al guardia, colocando sobre la nuca de su amante los alambres que liberan la carga de energía que al principio lo obliga a gritar, y después, un conjunto de sonidos inentendibles sale de su boca junto con su saliva– ¡Espóselo rápido y venga a ayudarme con este niño antes de que se nos muera!

            –¿Acaso eres paramédico o algo así? –le pregunta el guardia tras apretar las esposas que rodean las muñecas de Ramiro.

            –Soy estudiante de medicina –Abigail se reclina sobre el joven que aún agoniza, apresurando a remover el traje gris y la camisa ahora ensangrentada rompiéndola con toda la fuerza que puede–. Esta herida en el pulmón la puedo tratar yo, pero la del cuello no. Tiene que meter sus dedos y tapar el escape de sangre…

Antes de que pueda terminar, el corpulento guardia coloca su grueso pulgar sobre la herida, no sin antes remover un poco de la carne dañada.

            –Le hemorragia es controlable –la repentina acción del guardia de seguridad sorprende a Abigail, detalle que el sujeto se da cuenta–. Fui militar; este tipo de eventos son los más comunes cuando andas en la sierra.

Las luces de la ambulancia que se aproxima por la rampa son tan notorias como el sonido de la sirena de ese vehículo y el de una patrulla que le sigue, llegando ambos transportes hasta la escena del crimen, realizando las maniobras necesarias lo más pronto que les es posible, mientras que tanto Abigail, como el guardia de pelo canoso, se sientan sobre la orilla de una banqueta cercana, apreciando como el túmulo de gente se desvanece conforme el sol de medio día se esconde tras una larga estructura en construcción.

            –Cualquier cosa que te vayan a preguntar, diles que él te obligaba a robar y esas cosas –de uno de los bolsillos de su pantalón negro tipo militar, el guardia extrae una bolsa de frituras de queso enrolladas hasta la mitad, ofreciéndosela a Abigail–; de lo contrario, también terminaras en el bote como él. Ese chavo acaba de arruinar su vida. Le han de esperar como mínimo cinco años; pero no creo que dure mucho en el bote.

Abigail imita el mismo gesto que el guardia; sacando de una de las bolsas de su suéter negro de holgadas bolsas un refresco a medio tomar, el cual le ofrece a su ahora consejero y que le bebe tomando una distancia entre la boca de la botella y su bigote canoso.

            –¿Quiere un cigarro? –Abigail le extiende la cajetilla tras golpearla un par de veces y abrirla– Son de sabores, pero con el queso de sus fritos crearé un nuevo sabor.

En seguida, el guardia extrae su encendedor blanco, prendiendo primero el cigarro de Abigail y después el suyo, generando en unos segundos una ligera nube de humo pulmonar que disimula la sangre que manchan las manos de ambos interlocutores y de la mejilla derecha de Abigail.

            –Nomás dime, mija, ¿te dejo algo bueno ese chavo?

Abigail se mantiene en silencio, pensando en que responder al mismo tiempo que guarda sus cigarros en su bolsillo negro y brilloso, y de donde extrae las llaves de la motocicleta deportiva de Ramiro, las mismas que observa con una expresión producida por la mezcla de ironía y nerviosismo.

 

 

 

Beat, beat, sexy kiss.

Decir que me siento más que motivado es poco a comparación con lo que realmente siento. Es decir, se mantener mi postura y hasta disimulo cuando algo me emociona… ¿Pero esto? ¿Un seminario por parte del mismísimo obispo Balmes? ¡Esto es más que fascinante!

Desde que inicié mi vida en el sacerdocio, hace como diez años, escuché maravillas sobre él: que su voz era tan gentil y confortante como la de un sabio y que su carisma sobresalía con su afeitada cabeza, pero, sobre todo, que sus diálogos y compartimiento de fe eran equiparables a las de un mesías, y sin final de blasfemar, claro está.

Y finalmente estoy aquí, en esta humilde parroquia de este casi despoblado pueblo mágico; entusiasmado por escuchar por primera vez sus experiencias con sus homólogos irlandeses. No sé ni siquiera en donde sentarme: si al frente para apreciar cada palabra suya o en medio, para no parecer un admirador a simple vista.

Finalmente, mi respuesta se contesta sola al reconocer entre los pocos sacerdotes al padre Rodrigo, un personaje un tanto peculiar ya que, a pesar de llevarme un par de años, actúa como si fuera un cardenal del Vaticano; es decir, es muy conservador y refinado. Pero, aun así, es un hombre muy llamativo: su barba tupida y bien cuidada le permite disimular las entradas en su cabellera que relame con algún gel que le da un toque algo seductor, y espero por los cielos que mis comentarios internos no sean mal interpretados.

Y ahí está, sin perder tiempo o sin presentaciones especiales o retardos innecesarios, el obispo Balmes, saliendo de un sencillo compartimiento cerca del altar principal, sonriéndonos a cada uno de nosotros al momento de hacer contacto visual.

Para ser una persona de alta jerarquía, el obispo, mi ejemplo a seguir, es muy directo: hace una presentación sencilla, una broma inocente que suelta más de una carcajada y comienza a relatar su intercambio de diálogos con sus equivalentes en Dublín con esa voz tan fina, tan hermosa e hipnotizante.

Tan sólo ha habido una voz tan más hermosa y seductora previamente a la de él, y es la de la que fue mi primero ejemplo a seguir años atrás, hace casi una decena; cuando era un joven no estúpido pero muy ingenuo, tímido y torpe social, que vivía con el conflicto si estudiar medicina como lo dicta la tradición familiar o filosofía, mi verdadera pasión.

Entre tantas dudas me encontré con un par de viejos amigos de un trabajo al que había renunciado hace poco… ¡Oh, qué bello recuerdo! ¡Qué voz tan cautivadora! En fin, esos amigos, que curiosamente ya estaban cursando la carrera de filosofía, y yo decidimos ir al centro histórico de esta urbe industrial, un lugar tranquilo con muy poco bullicio vehicular.

 

Recuerdo bien que el Flaco, un tipo con una abundante melena rizada, se ofreció a ayudar a un par de jovencitas que tenían complicaciones al cargar unas bocinas y las piezas separadas de una batería de marca costosa.

            –¡Eh! ¡Vengan! Dicen que si les ayudamos a subir rápido al piso de arriba nos pichan los tragos –nos dijo el Flaco al Mechas y a mí, obedeciendo casi al instante.

            –Oye, pero este lugar no es para conciertos… –les dije al percatarme que el edificio era de un restaurant ya cerrado a esas horas, muy temprano para ser las 4:00 p.m.

            –Este toquín va a ser la mamada –me respondió una de las chavas que cargaba un tambor guardado en su funda–. Es más, si todo sale como lo planeamos capaz y nos los venimos llevando a otros eventos.

Nuestra sorpresa no fue de esperarse, así que de inmediato subimos todo lo que se necesitaba hasta el techo de aquella antigua casa colonial con distintas renovaciones, en donde nos esperaban otras dos mujeres y un chavo de apariencia ruda, pero que después de saludarnos, se veía tan amigable como un chihuahueño.

            –¡Ah, no mames! –exclamé lo más calmado que pude al reconocer quienes eran esas personas, en especial a la mujer de cabello corto y algo gordita– ¡Ustedes son Rage on Hish! La banda que les decía, chavos. Disculpen mi actitud de quinceañera chiflada, pero la verdad, esto es la más pinche genial que me ha pasado: ustedes son mi banda favorita desde que empezó la segunda oleada.

Dani, la vocalista de la banda, la gordita de pelo mal cortado y de lentes oscuros, a la que ya le había hecho más de una reverencia, me dedicó una sonrisa a medias, mientras que, viendo que el resto del equipo terminaba de preparar la instrumentación, me mira de reojo antes de poder decirme algo:

            –Te ves simpático, morro. ¿Te consideras un buen presentador? –en las manos de Dani, logre ver que tenía un micrófono en forma de diadema que golpeteaba con la palma de sus manos.

            –Pues sí, sí… –tartamudee un poco, lo que causó otra mueca en forma de sonrisa en la cara de Dani.

            –Pues ya estuvieras… –Dani me aventó ese micrófono, para después señalarme por el barandal de cemento a toda la gente que se encaminaba a los bares cercanos, casi todos de mí misma edad– Estas bocinas son las más potentes y claras que se pueden conseguir en el país, úsalas para juntarnos esa gente allá abajo y que todos se pongan a bailar y cantar como locos a mitad de la calle.

Lo único que hice en ese momento fue aclarar mi garganta y, con la mejor voz lo suficientemente digna como para hacer los honores a la bandera en un lunes por la mañana, comencé con mi presentación:

            –Damas, caballeros; su atención por favor…

            –¡Oye! ¡Muestra más entusiasmo y menos formalidad! –me gritó Dani algo sobresaltada– ¡No es una fiesta de graduación!

En ese instante lo único que pude hacer, influenciado por la seguridad de Dani, fue arrugar mi rostro, apretar mi mandíbula y dejar que el resto saliera de mis pulmones por sí sólo:

            –¡A ver, pinches rancheros! ¡Para los que no pudieron ir al festival del mes pasado! ¡Aquí esta… RAGE ON HISH!

De repente, la potente voz divina de Dani hizo un fuerte estruendo que duro varios segundos y que opacaba a los mismos riffs de las guitarras. Yo por supuesto, ya sabía cuál era la canción con la que iban a empezar, así que decidí asomarme por el balcón y, sin pena alguna, volví a presentar la canción con el grito más auténtico que pude hacer:

            –¡BEAT, BEAT, SEXY KISS!

Como si fuera una ola de mar, las chicas en la calle gritaron emocionadas y no las podía culpar: esa canción era el himno femenino por excelencia, es decir, ¿quién no amaría una canción que hable sobre cómo sobrevivir en una sociedad tan podrida como la nuestra y explicada con la voz divina de Dani? ¡Imposible!

Conforme la canción tomaba su curso, los ecos de las muchachas no se hacían esperar, algunas de ellas inclusive comenzaron a golpearse entre ellas contra sus brazos cerrados poseídas por la euforia, mientras que los tipos, los chicos rudos o simplemente idiotas, se hacían a los lados confundidos por tanta emoción.

Pasaron como dos horas en lo que ese éxtasis se fue incrementando de tal manera que la avenida principal próxima se saturó de tanta gente que inclusive comenzaron a embriagarse en ese lugar, y, mientras la última canción que Dani cantaba, una balada triste de una persona que perdió a su madre y le dedicaba cada triunfo personal, una sensación dentro de mi comenzó a cambiar, y como una señal en el cielo, provocada por las sirenas de una patrulla que resplandecían la oxidada cruz de una catedral cercana, decidí irme de ahí, satisfecho de haber hecho un no sé qué, que me llenó de satisfacción.

Lo último que vi antes de bajar por una pared de otro local fue el rostro confundido de Dani quien no entendía mi decisión pero que no le impidió terminar esa balada de más de seis minutos y que todavía se escuchaba apenas llegué a una esquina despoblada en la que abordé el camión que me dejaría cerca de mi casa.

De ahí en adelante, no volví a ver al Flaco ni al Mechas, y con respecto a la banda, perdí el gusto cuando comenzaron a hacer música más radical que caía en lo morbo y grotesco, justo al mismo tiempo que decidí unirme al seminario de sacerdocio.

 

Salgo de mi trance emocional apenas me doy cuenta de que el obispo Balmes terminó su plática y se dedicaba a contestar preguntas que le hacían, claramente distraído por el repentino sonido de una turba que se hacía más notorio ante las proximidades de la pequeña parroquia, hasta que las puertas de este recinto se abren abruptamente por una comitiva que nos gritaban blasfemias y otros tantos llenaron el lúgubre lugar con color variados y llamativos impregnados en telas de distintos tamaños:

            –¡Alto, alto! ¿Qué sucede aquí? –fueron las palabas que dije con mi voz ronca pero firmemente autoritaria– Podemos dialogar de lo que quieran, pero por favor, no hagan sus desmanes aquí.

            –Queremos oírlo a él –un tipo de barba larga y descuidada me hace frente, intimidándome internamente con su atuendo de pechera de piel negra–. ¡Vamos, si nos vas a traicionar, al menos se tú mismo una vez más!

Unos murmullos inentendibles se logran escuchar por parte de los seminaristas, hasta que un tipo, algo obeso y vestido de luchador se acerca al altar mayor con una guitarra eléctrica y un amplificador mediano.

            –Jóvenes, no sé de lo que hablan… –dice el obispo Balmes con voz temblorosa pero llamativa–. Les pido por favor que, si quieren escuchar algo de mí, tomen asiento ordenadamente.

Como si fuera una orden, gran parte de la turba se acomoda en donde puede con total organización, ¡Inclusive los pasillos se llenan de gente sentada! Pero la situación cambia con cada riff que el hombre vestido de luchador realiza como un reto en contra del obispo Balmes.

            –Jóvenes, desconozco que tienen en mente hacer, pero sólo quiero dejar algo en claro –sin razón aparente, el obispo arruga desde su mentón hasta su frente rapada–: ¡Esto es BEAT, BEAT, SEXY KISS!

La multitud en la capilla se llena de júbilo al escuchar al obispo iniciando con su peculiar voz, disponiéndose también a rasgar su humilde sotana negra, dejando al descubierto su velludo torso y espalda que sobresalen con los movimientos que hace sobre el escenario improvisado a la par que su canción aumenta los ánimos de los visitantes y ahuyenta entre murmullos y coraje a mis compañeros seminaristas, incluyendo a Rodrigo, quedándome tan sólo yo al final disfrutando internamente esta fantasía que no esperaba vivir.

 

Mientras la canción llega a su clímax, el resto de las prendas del obispo Balmes, o Dani, como quieran llamarlo, terminan cayendo sobre las escaleras del altar. Quizás quedarse desnudo a propósito fue su intención o quizás fue poseído por esa misma euforia que se siente en el recinto, pero lo que sí es seguro es que al ver su figura desnuda y redonda, cubierta de vellos de pieza a nuca, pero peculiarmente, percatarme de su ausencia de miembro viril, me dio una tranquilidad interna que no se compara como la primera vez de hace diez años, hasta que al darme cuenta de tan vil sacrilegio, decido partir de ahí pidiendo permiso a los individuos que bailan y se besan, no sin antes hacer un último contacto visual con Dani, quien me guiñe el ojo antes de darme un saludo de despedida.

Publicado la semana 23. 02/06/2020
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