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Ignacievij

BARONESA

1. La vida pasa.

 

En alguna ciudad del norte de México de cuyo nombre no quiero acordarme…

Son las cuatro de la mañana y la vida nocturna de ese cabaré de poca fama luce extinta; apenas el guardia, un señor de avanzada edad, se dedica a barrer la poca basura esparcida por el suelo, en lo que el DJ guarda los últimos cables de su computadora portátil.

Mientras tanto, una figura femenina de densa cabellera rubia y rizada, opacada por el vestido de lentejuelas rojizas que despunta con la luz externa que se filtra por las altas ventanas, se adentra a una pequeña oficina repleta de cajas de cartón que rodean a aquel hombre de prominente barbilla quien cuenta los billetes en su mano de uno por uno:

            –Buenas, don Hilario. ¡Ay! Ya ni toqué y me pasé como si nada…

            –¿Qué onda, Rafa?

            –Baronesa. Ya le había dicho que ese era mi nombre artístico...

            –Sí, sí, sí; que cuando anduvieras vestido así te dijera “Baronesa” –Hilario hace una pausa al conteo de sus billetes al ver a Rafa realizando unos ademanes femeninos– De veras que te metes bien cabrón en el personaje ese de trasvesti…

            –Drag Queen

            –Sí; lo que sea esa madre. ¿En qué te puedo ayudar?

            –Este… bueno –Rafa disimula su frustración al ver el desinterés de su jefe, quien guarda su dinero dentro de una cajita metálica resguardada por un candado barato–. ¿Se acuerda que le había dicho que ocupaba un poco más de feria para unos gastos…?

La mueca extendida de Hilario detiene la pegunta de Rafa; así que este desvía su mirada a sabiendas de lo que le va a responder:

            –¡Híjole! Bien sabes que el business ha andado bien bajo estos últimos meses y que a lo mejor voy a tener que traspasar el local. Además, esto del show trasvesti ya no deja como antes. Ya le había dicho a los demás de este pedo…

El rostro de Rafa se queda petrificado, mismo rostro que resalta por una capa de maquillaje muy poco exagerado, el cual pareciera más bien un retoque natural sobre su rostro cacarizo.

            –Igual dile a tu matachín a ver si te hace un paro con eso de la lana –continúa Hilario en lo que guarda su caja con dinero dentro del cajón del escritorio–. Ahí anda en tu camerino.

            –¿Rodolfo? ¿Anda aquí ese wey?

Sin esperar por la respuesta, Rafa se encamina hacia el final del pasillo mientras que sus tacones hacen un notable eco, ruido que se extingue en cuanto Rafa se detiene al marco de la entrada, colocando su mano izquierda sobre su cadera:

            –¡¿Con qué pinches huevos te atreves a pararte aquí, cabrón?!

Rodolfo, un joven de muy buen parecer, se da la vuelta al escuchar a Rafa llegar, escondiendo su sonrisa de ingenuidad bajo su gorra de trailero:

            –¿Ni un hola ni nada…?

            –No, no, no, no, no. ¡A mí no me vengas con mamadas! Cogemos y te desapareces como tres semanas sin ni una pinche llamada. ¿Crees que soy tu juguete o que chingados?

            –No pues, discúlpame. He andado ocupado con lo de la campaña de mi jefe…

Rafa se acerca a Rodolfo para darle una cachetada, seguido casi de inmediato por un profundo beso que este último corresponde con más intensidad al momento de sujetarlo de la cadera y morderle el labio; hasta que su pasión se ve interrumpida por el sonido de las botas que indican la proximidad de Hilario:

            –¡Ora, par de jotos! ¡Ya me voy! Nada más les encargo que no se empujen los frijoles aquí y le dejen un mugrero a don Leo. Nomás termine de barrer él cierra y se va.

Ante tal comentario, ambos amantes asienten sus barbillas en señal afirmativa, apreciando como Hilario se aleja, no sin antes soltar un último comentario:

            –¡Qué no se les vaya a aparecer la niña!

Tanto Rodolfo como Rafa se mantiene apenados hasta que escuchan el sonido de una puerta cerrarse, por lo que ambos retornan su intenso afecto que se enaltece con los gemidos de ambos, fomentando a que don Leo agite su cabeza mientras guarda la escoba y el recogedor:

            –¡Ahorita en un rato me voy, chavos! ¡Mejor váyanse al hotel de la esquina!

Esta vez es Rodolfo el que detiene las caricias, intentado llamar la atención de su pareja:

            –Hey, Rafa; espera por favor. Tengo algo importante que decirte…

            –Me lo dices después de que acabemos, papi…

            –No, detente. Ya no podemos hacer esto. Te lo digo en serio.

El abrupto comentario de Rodolfo obliga a que Rafa se deslice hasta su rostro mostrándose perplejo, quitándose la rubia peluca para dejar expuesto su rizado cabello peinado hacia atrás:

            –¿Ahora qué pasó?

            –Es lo de mi papá. Me va a meter en la política en estas elecciones. Ya movió sus palancas para que me nombren legislador del algún distrito pitero…

            –¿Y luego? –Rafa se limpia su maquillaje con la peluca– ¿Tú quieres eso?

            –¿Y luego qué? ¡Pues ya sabes que sí! Pero los del partido son bien bíblicos y pues todo este pedo me puede costar mucho; todo, mejor dicho.

Rodolfo se quita la gorra para rascarse la cabeza, sin dejar de mirar una mesa cercana:

            –Te traje algo para que te alivianes; ahí están en la mochila azul. Fácil son unos cincuenta mil pesos en billetes grandes. Más al rato te mando otros cien mil, y pues ya que todo muera aquí.

Rafa rompe su expresión de impacto, tragando un poco de saliva antes de hablar:

            –¡¿Apoco ciento cincuenta mil pesos valen tres años de relación, pendejo?!

Rodolfo se abstiene de responder, en especial al escuchar el llamado de don Leo agitando sus llaves para cerrar la puerta:

            –No, ¿pues qué te puedo decir? Éxito y que todo salga bien.

            –¡Te va a costar más mi silencio, pinche culero! ¡Unos treinta mil al mes si no quieres que todos se enteren que te gusta el chile, jotito! ¡Para ti eso no es nada!

Rodolfo detiene su partida por un instante, cambiando su apariencia de lamento por una expresión de disgusto y amenaza.

Finalmente, Rafa rompe en llanto, cayendo en la silla metálica algo oxidada más cercana; arrebatándose el vestido de lentejuelas y sus tacones negros con rabia para guardarlos dentro de la alargada mochila en la que el dinero apenas hace un espacio adicional.

Los tatuajes desgastados y las quemaduras de cigarro impregnados por todo su plano torso son los testigos silenciosos del sufrimiento de Rafa, quien finalmente termina de vestirse con su playera anaranjada entallada al igual que su oscuro pantalón de mezclilla; lavándose el resto del maquillaje de su cara en el sarroso lavabo cercano antes de tomar la mochila de gimnasio para dirigirse a la puerta de salida, percatándose muy tarde de que esta ya tiene candado:

            –¿Don Leo…? ¡Don Leo! –Rafa sacude la puerta de grueso metal como última esperanza– Pinche viejo culero rabo verde.

En su frustración, Rafa se lleva las manos a la cabeza al mismo tiempo que da vueltas en ese espacio, sufriendo un diluvio de ideas consecutivas y desesperantes:

            –¡YA! ¡A LA CHINGADA CON TODOS!

En lo que prende un cigarrillo, Rafa se regresa a la oficina de su jefe con su mirada clavada en el escrito de metal y superficie de madera; no sin antes tomar el hacha del equipo antiincendios con la que rompe el cerrojo del cajón de un solo golpe. En el interior de este, Rafa toma la pequeña caja con el candado, encontrando abajo otra caja un poco más grande también con candado, la cual rompe abre a golpes con la misma herramienta:

            –¡Hijo de la chingada! ¿No que no tenías varo? ¡Hasta dólares tienes aquí, culero!

Los ojos del ahora ladrón deslumbran por su encuentro, pero su sorpresa va disminuyendo en cuanto comienza a hojear unos cuantos recibos, seguido de unos papeles similares a un catálogo que terminan por darle sorpresa y asco:

            –¡No mames, pinche enfermo! Estas son… ¡Niñas!

Rafa no termina de hojear los papeles producto de la repulsión, recargando sus manos sobre el escritorio dejando caer su cigarro sobre una de sus manos. La música del local contiguo es lo único que lo mantiene al tanto de la situación, hasta que un profundo suspiro lo sobresalta:

            –¡No mames, no mames, no mames!

Rafa se paraliza al ver el oscuro estante que da al negocio de donde proviene el caos musical, aguantando la respiración al ver el rostro de una jovencita indicarle con se dedo que no grite; indicación que Rafa ignora al dar un grito con su voz aguda y tropezarse con la esquina del escritorio al menor intento de escapar.

            –¡AY! ¡Se me apareció la pinche niña!

            –¡No, no! No hagas ruido, por favor –le dice la pequeña con voz quedita en lo que sale arrastrándose de debajo del estante–. Mira soy piel y hueso; no grites…

Rafa recupera su color poco a poco al percatarse de que la niña está viva, en especial cuando esta se golpea la cabeza con el estante metálico.

            –¡Tú! Tú eres la de las fotos –Rafa apunta a la niña y después al legajo que toma de la mesa–. La del catálogo; María… Mariana…

El momento de euforia de Rafa se extingue apenas escucha una serie de gritos provenientes del negocio de al lado:

            –¡POLICÍA MINISTERIAL! ¡NADIE SE MUEVA! ¡QUÉDENSE EN DONDE ESTÁN! ¡APAGUEN ESA PINCHE MÚSICA!

Tanto Rafa como Mariana se quedan atentos ante el repentino caos próximo a ellos.

            –¡BUSQUEN, BUSQUEN! ¡AQUÍ HAY UNAS MENORES!

Los gritos son entonados por otras órdenes más cercanas y después una serie de detonaciones de armas de fuego:

            –¡MÁTENLAS! ¡NO LAS DEJEN VIVAS! ¡MATEN A ESOS PINCHES PUERCOS TAMBIÉN!

La balacera incita a que ambos se inclinen por reflejo, así que Rafa le indica a la niña que se le acerque para evitar el impacto de una bala perdida.

            –¡POR AQUÍ! ¡HAY UN PINCHE TÚNEL! ¡PÉLENSE POR EL CALLEJÓN! ¡TRUÉNENSE A LA VERGA A QUIEN SE ENCUENTREN DE PASO!

Mariana se sobresalta tras escuchar eso, por lo que deja caer el estante de metal como puede, así como de un par de cajas; acercándose de inmediato a Rafa y salir de la oficina:

            –¡Ya vámonos! ¡Los policías también andan con los malitos!

Por su parte, Rafa mete todo lo que puede dentro de su mochila alargada, llevándose por igual al hacha hasta la puerta de salida que se encuentra al otro extremo de las oficinas, cruzando todo el escenario del decadente cabaré. Sin embargo, esa salida está sellada desde afuera, así que Rafa decide usar el hacha para dañar parte de la chapa hasta que queda inutilizada, dándole paso a ambos para escapar justo antes de que algún otro intruso descubra el escondite de la oficina de Hilario.

            –¡Ven! Vámonos por acá –Rafa toma la mano de Mariana, guiándola por el estacionamiento hasta un puesto de tacos mañaneros–. Quédate aquí y actúa normal. Dos órdenes de barbacoa, por favor.

El taquero deja de prestar atención al caos producto de las patrullas cercanas a la vuelta de la esquina para atender el pedido alimenticio, viendo de reojo como algunos elementos policiacos comienzan a asegurar el perímetro.

            –Oye, ahí viene un policía –Mariana sacude la camisa entallada de Rafa.

            –Sí; que venga. Tú tranquila y cómete los tacos…

Otro oficial de policía, de ropas civiles, llama al primero indicándole que regrese, y es el segundo que se les acerca a los comensales guiados por su instinto:

            –Buenos días, chavos. Provecho –el oficial de quita su gorra con las iniciales de una agencia gubernamental bordadas– ¿De pura casualidad no vieron algo raro antes de que llegáramos?

            –No; para nada, comandante –Rafa consume sus tacos tranquilamente–. Yo vengo recogiendo a mi sobrina de la Central de Autobuses. Acaba de llegar de…

            –…Oaxaca –temprano se da cuenta Mariana de que la coartada de Rafa le iba a fallar–. Mi mami me mandó con mi tío Tino, que es él…

            –¿Y en qué trabaja, señor Tino? –el oficial de policía disimula sus sospechas.

            –En la cocina del hotel de ahí a la esquina… ¿Por qué la pregunta?

            –No, nada más.

Antes de que el detective continúe con su cuestionamiento, otra oficial de prendas civiles lo llama para que vea el interior del establecimiento cateado:

            –Ya está. Qué tengan un buen día y disculpen.

            –¡Ya la libramos! –Rafa se termina su último taco de una sola mordida, gesto que imita Mariana– Bueno. ¿Y ahora qué hago contigo?

            –Ayúdame a irme de aquí. No dejes que me atrapen. Si me encuentran van a hacer cosas bien feas… como a las otras niñas –Rafa se resiste a ceder ante las súplicas de la joven–. Y si me atrapan, me van a preguntar por lo que pasó en la oficina de allá.

            –Bueno, bueno, ya; voy a ver que hago contigo –Rafa lleva a Mariana hasta uno de los cajones del estacionamiento, invitándola a subirse a un Tsuru rojizo en precarias condiciones–. Lo mejor es que te regreses a tu pueblo en Oaxaca…

            –No puedo volver, la tirada era irme al otro lado.

En lo que algunos de los policías salen con gente esposada, tanto criminales como bailarinas y comensales, otros muestran sonrisas triunfantes cargando consigo propiedad perteneciente al lugar; pero eso no paree molestarle al agente ministerial quien clava su mirada en las placas del carro de Rafa antes de que este desaparezca en la esquina.

El tramo es largo y despejado por una de las principales arterias viales de la ciudad, hasta que Rafa orilla su vehículo cerca de una glorieta de banqueta para que Mariana descienda lo más rápido posible y vomite abruptamente.

            –Eso pasa cuando llevas muchos días sin comer –Rafa enciende un cigarrillo en lo que se coloca unas gafas solares para protegerse del sol mañanero–. ¿Cuándo fue la última vez que comiste algo solido… o decente?

            –Hace como una semana –Mariana se limpia la boca con la servilleta que Rafa le extiende–; y digamos que tuve suerte. A las que rifaron no les daban más que tortillas remojadas en caldo dizque para que anduvieran flaquitas.

            –O sea que a ti no te hicieron nada esos desgraciados.

Rafa deja escapar un poco de humo fuera de la ventana, viendo a Mariana menear su cabeza como negativa.

            –¡Qué pinches desgraciados, me cae! Súbete al carro ya; necesito dormir…

Al cabo de un rato, Rafa estaciona su carro en el subterráneo de unos condominios que bien no parecen ser muy lujosos, pero tampoco están demacrados. Con cautela y sin soltar su preciada mochila azul, este sube por las grises escaleras deteniéndose en el tercer piso, en donde abre la puerta de su vivienda con dificultades por la oxidada llave.

            –Bien, Marianita; bienvenida a mi reino…

El departamento de Rafa luce completamente desarreglado; con distintas cajas repletas de revistas y libros y ropas tendidas en la maraña de hilos que cuelgan por gran parte de la sala. Pero a Mariana no parece molestarle, al contrario; su rostro infantil se maravilla al ver los distintos vestidos de llamativos colores y escarchas que dominan hasta los sillones, y ni que hablar de las lisas pelucas que siguen un patrón de orden sobre el único estante del inmueble.

            –Esto es… está todo bien bonito –Mariana se acerca a una peluca de color azul la cual frota con la finura de sus dedos aperlados–. ¿Me la puedo poner?

            –No veo por qué no –Rafa encoge sus hombros en lo que arroja la maleta por la puerta de su recamara–. ¿No quieres darte un baño primero? No quiero sonar mamón, pero si hueles a orines. Ven, el baño está por acá. Deja te pongo el agua caliente porque tiene maña.

Mariana se queda mirando el vapor del agua caliente que cae sobre la tina amarillenta, saliendo de su trance apenas Rafa llega con una toalla limpia unas sandalias grandes.

            –¿Qué te pasa? ¿Nunca habías visto una bañera?

            –Lo más cercano era un tinaco con agua de río.

Rafa disimula el desgarro que le causó el comentario de Mariana.

            –Creo que tengo un suéter y un short que te pueden quedar; los dejaré colgados en la manija de la puerta. Enciérrate desde adentro para que te sientas más segura. ¡Ah! Y discúlpame por los pelos en el jabón.

Una ligera sonrisa se esboza en las mejillas de la niña al introducirse al baño. Por otra parte, Rafa regresa a su habitación para esconder la mochila con dinero dentro de un armario que cierra con llave, misma que guarda en un zapato justo antes de caer rendido sobre su cama tapizada de cobertores rosados desdoblados.

Al cabo de un buen rato y de constantes retortijones sobre su cama individual, Rafa se despierta cuando un haz de luz se filtra por las delgadas cortinas y le da directo sobre sus ojos; levantándose de un salto al diferenciar el sonido de la televisión encendida en la sala de su departamento:

            –¿Qué hora es?

            –Son como las cinco y media de la tarde.

            –¿Qué comes?

Rafa se rasca su cabellera rizada al salir de su habitación, reconociendo a Mariana ataviada con el suéter morado que le queda holgado, no tanto como los shorts que se esconden bajo sus piernas cruzadas.

            –Tenía hambre y pues, vi una caja de cereal –Mariana deja de masticar y se quita la peluca azul de su cabello ondulado–. No te enojes por favor…

            –No, no, no; para nada. Tú come. Es más, pásame la leche…

Mariana luce asustada al ver a Rafa servirse un platón de cereal y pierde su mirada en el programa de la televisión.

            –Tienes muchas cosas bonitas y elegantes. ¿Te gusta mucho vestirte de mujer?

            –Prefiero llamarme Drag Queen –Rafa esboza una sonrisa de la que se escapa un poco de leche–. Supongo que en tu pueblo no es muy común ver a hombres vestirse de mujeres, ¿me equivoco?

Mariana observa su reflejo en la escasa leche de su plato:

            –Tenía un tío, el único que me entendía y defendía. A él siempre le gustaron los hombres y a algunos les molestaba y a otros no tanto. Lo golpearon bien feo cuando salió vestido de mujer por primera vez. Mi propio abuelo le dio el último machetazo…

            –Lo lamento mucho… –Rafa deja de masticar como símbolo de empatía–. Tal parece que la historia se repite en todos lados.

            –Tú me recuerdas a mi tío; nada más que no te ríes tanto como él. Por eso supe que podía confiar en ti a la primera…

            –No bases tu vida en eso. Hay personas que les gustan los de su mismo sexo y pueden ser personas buenas o malas; lo mismo ocurre con la gente “normal”. Todo depende del instinto de supervivencia y empatía –Rafa se acerca a un cajón del estante, de donde extrae una cigarrera que contiene una pipa de madera que rellena con marihuana y los restos de una sustancia cristalina–. Querías verme reír, así que ya es hora de mi medicina para la risa…

Mariana no parece ser sorprendida ante el hábito de su anfitrión; pero justo en el momento en el que Rafa estaba por usar su encendedor, alguien toca la puerta con golpes firmes:

            –¡Ya voy, ya voy! Guárdame esto… –Rafa le entrega su pipa a Mariana para que la esconda en el sillón– Espéreme tantito… Sí, ¿dígame?

            –¿Qué tal? Soy el agente Ricardo Torres. Ya nos habíamos visto esta mañana –la visita del policía en vestimenta civil deja atónito a Rafa, quien apenas y puede reaccionar–. Quería hacerle unas cuantas preguntas si se puede; claro está.

            –Sí, sí; lo que diga, comandante –Rafa se mantiene educado sin despegarse del marco de la puerta–. ¿Cómo le puedo ayudar?

            –Gracias. Es sobre el cateo de esta mañana. Le pregunté al taquero sobre usted y me dijo que usted llevaba ya años trabajando en el local de a lado, en La Pomposa.

            –Así es; unos tres años para ser exacto. De hecho, anoche renuncié. Ya quería ejercer mi carrera como tal y pues con dos trabajos simplemente no se podía…

El agente Torres, un hombre un poco más joven de edad que Rafa, se muestra inexpresivo pero educado al analizar de reojo el interior de la habitación cada que puede:

            –O sea… ¿Trabajaba en La Pomposa y en el hotel?

            –Así es…

            –Y en todo ese tiempo que trabajó en el local, ¿no notó algo raro o fuera de lo común?

Rafa se queda pensativo unos instantes mirando al techo buscando una respuesta:

            –Pues de repe… algunos meseros vendían polvo; o había gente que se iba a tener relaciones en el baño. Al menos eso es lo que yo supe. El que ha de saber más es Hilario, la Hillary. Él era el que siempre se la pasaba hablando de meter otras cosas al local.

            –Tal parece que se lo tragó la tierra. No lo encontramos por ningún lado –antes de retirarse, el agente le entrega una tarjeta a Rafa–. Aquí viene mi número directo. Llámeme por si llega a saber algo más; y muchas gracias por su colaboración.

En cuanto Rafa cierra la puerta, Mariana sale de detrás del sillón, dedicándose sonrisas de alivio mutuamente estimuladas por el nerviosismo:

            –Ahora sí; pásame me pipa.

Mariana hace caso a la indicación de Rafa, y este apenas la recibe acomoda el contenido con su dedo meñique mostrándose algo ansioso y emocionado.

            –¿Realmente ocupas de esa cosa para ser feliz? –Mariana levanta su mirada al techo azul marino adornado por unas estrellas de hule que brillan por la escasa luz– ¡Mira qué bonitas! ¿De dónde las sacaste?

            –No lo recuerdo muy bien; creo que venían en unos paquetes de galletas –Rafa deja a un lado su pipa en lo que se acerca al centro de la habitación–. ¡Y vaya que comía puras galletas! ¡Están hasta en el techo de la cocina!

            –Quiero agarrar una –Mariana se adentra a la recamara de Rafa, cerrando la única cortina para que el cuarto quede a oscuras y brillen esos adornos con intensidad–. ¡Ven a saltar conmigo! ¡Vamos a tocarlas!

Rafa esboza una mueca de inocencia al ver a la pequeña saltar sobre el grueso colchón y sonriendo con una felicidad que hasta él mismo había olvidado años antes.

            –¡Están muy altas! –Rafa logra tocar una estrella de cinco picos con la yema de sus dedos por sin despegarla del techo– ¡No te vayas a caer!

Todavía entre risas, Rafa se muestra más feliz que de costumbre, dejando caer su delgado cuerpo sobre su cama sin que Mariana deje de brincar a su alrededor poseída por la emoción, hasta que esta decide parar y sentarse cerca de su rostro.

            –Hacía mucho que no veía algo tan bonito –Mariana limpia su cabello del rostro denotando un poco de melancolía–. Allá en mi rancho las estrellas brillaban bien bonitas; pero en esa cantina fea lo único que brillaban eran las luces de diferentes colores.

            –Ya no estás en esa pocilga, niña –Rafa se reclina sobre la cama, viendo el balcón de su habitación– ¿Quieres una pizza? En lo que llega se va a hacer de noche y podremos ver más estrellas, estrellas de verdad. ¡Claro que estas no son como las de tu pueblo! ¡Pero no dejan de ser preciosas! Busca el número pegado ahí en el refrigerador y márcales; yo voy a poner unas cobijas en el balcón.

En lo que Mariana se aleja emocionada del cuarto, Rafa regresa por su pipa con marihuana, de la cual le quita los fragmentos cristalinos con una pluma para fumar la sustancia seca y verde un par de veces.

 

Mariana le da una gran mordida a su rebanada de pizza al observar a las estrellas brillar en el firmamento apenas la luz solar se difumina entre las altas montañas, y conforme ve a cada astro brillar, esta los señala sin dejar de masticar su alimento.

            –No me acordaba cuando fue la última vez que hice eso –Rafa se aleja a un rincón del balcón para prender un cigarro y no molestar con el humo a Mariana–. Quizás desde que tenía como unos quince años…

Mariana se queda en silencio y de reojo aprecia la iluminada sala repleta de coloridas prendas que cuelgan de diferentes ángulos.

            –La vida es muy corta para estar triste todo el tiempo –Mariana le lanza un vestido rojo a Rafa en cuanto este voltea–. Enséñame a ser como tú.

            –¿Cómo yo?

            –¡Sí! Fuerte, independiente; que haces lo que quieras cuando quieras y sin miedo.

Algo entusiasmado, Rafa se coloca el vestido por encima de su conjunto, removiéndose los pantalones apenas el vestido le cubre sus rodillas,

            –Pásame la peluca rubia. Y tú, te vas a poner ese traje de catrín. Vas a ser un Drag King. Nada más déjate pintar un bigote como el de Cantinflas y… ¡Listo! Deja me maquillo para meterle más realismo a este pedo.

            –¿Debo de tener un nombre en especial?

            –Mmm. Tú serás el Duque de la Pista, y yo… –Rafa coloca su tacón encima de un banquito de madera– yo seré La Baronesa.

En seguida, Rafa enciende su estéreo y selecciona unas cuantas canciones de un viejo disco rayado que entona sin dejar de asistir a Mariana cuando esta desconoce la letra; todo esto perdurando en lo que transcurre la noche, desde que el tráfico comienza a reducirse hasta que uno que otro carro deambula por las anchas avenidas.

Sin que Mariana se dé cuenta, Rafa se adentra al baño de su vivienda para fumar un poco de marihuana, reteniendo una gran cantidad de humo en sus pulmones por unos largos segundos hasta que la tos lo vence y deja que esa enorme nube se escape por la ventanilla del sucio cuarto. Después, Rafa se aproxima al lavabo para echarse un poco de agua sobre su cuello y nariz, viendo en su reflejo su maquillaje perfectamente detallado que le exagera una que otra facción facial como los pómulos o las pestañas azules, pero en especial sus labios color carmesí que, con un buen sombreado, lucen tan carnosos como si lo fueran en realidad:

            –Soy y siempre seré la Baronesa –se dice a sí mismo al mismo tiempo que hace una pose con su barbilla hacia arriba.

            –¡Rafa! Digo ¡Baronesa! ¡Ven ya!

Rafa sale del baño para encontrarse a Mariana jugueteando con las luces de una vieja lampara en la sala que destellan sobre las estampas en forma de estrellas que tapizan el techo:

            –Es como en esas películas viejitas; las de blanco y negro –Mariana gira con la lampara sin dejar de reír, cayéndose justo encima del sillón hundido.

            –Brillaba más que la del Faro del centro… –añade Rafa con risas burlescas inspiradas por la marihuana.

            –Ojalá que todas las noches fueran así… –la risa de Mariana disminuye un poco, ignorando que Rafa coloca su cabeza con la peluca rubia cerca a la de ella– Así debe de ser tu vida todas las noches, ¿no?

Rafa erradica su risa por un segundo en lo que busca las palabras adecuadas:

            –Así era al principio; luego, se convirtió en un vil tormento –Rafa se percata que su descripción altera la felicidad de Mariana, así que decide detenerse y frotarle parte del falso bigote–. Pero para ti, mi rey, la vida debe de ser diferente; muy diferente. Siempre tienes que brillar…

 

 

 

2. El Gran Barón.

 

Misma ciudad, a la mañana siguiente…

El constante sonido del teléfono portátil que vibra obliga a que Rafa despierte abruptamente para contestarlo con indicios de somnolencia y pesadez; dándose cuenta de que la llamada entrante es de Rodolfo, así que Rafa decide poner su celular en silencio. Después de mirar por un rato al techo iluminado por la luz matutina, Rafa decide levantarse del sillón para dirigirse a su cuarto en donde Mariana duerme envuelta por un cobertor rosado, así que este abre con delicadeza el armario con la llave que extrae del zapato y extrae la alargada maleta:

            –¿Vas a dejarme? –le pregunta Mariana desde la cama, lo que perturba a Rafa.

            –Dijiste que tu plan era irte al otro lado, ¿cierto? –Rafa se da la media vuelta para encarar a Mariana escondida en las almohadas de la cama–. ¿Qué te parece si nos vamos juntos? Mi hermano vive en Dallas y puede hacernos un paro.

            –¿Me estás choreando? –Mariana se desenvuelve del cobertor impulsada por la incredulidad.

            –Te lo digo bien –Rafa toma un pantalón del armario y se lo pone por debajo del vestido rojizo que todavía viste–. Yo aquí en la ciudad no tengo nada que hacer. Pero allá en el otro lado está lo mero bueno. ¿Qué dices? ¿Nos vamos a la de ya?

Mariana mantiene su sonrisa a pesar de percatarse de la sospechosa inquietud de su anfitrión; pero ese panorama se quebranta apenas alguien toca la puerta del departamento:

            –¡Rafa! ¡Soy Rodolfo! Ábreme la puerta.

            –Escóndete bien y cuídame esto; y no hagas ruido –Rafa le entrega la maleta a Mariana para quitarse el vestido y ponerse una camiseta negra para atender la puerta– ¿Y luego tú que chingados haces aquí?

            –Wey, estamos en un pedo y… –Rodolfo se adentra alterado hasta la sala, pero se sorprende al ver la cara maquillada de su expareja– ¿Tuviste una fuiste o algo así?

            –Me puse a quemar anoche y pues me dio las de cantar –Rafa detiene el meneo de su mano al hablar–. Bueno eso a ti que te valga verga. Según tú ya habíamos terminado y que la chingada. No me andes metiendo en tus pedos…

            –Se metieron al local de Hilario. Se robaron información importante que nos puede meter en unos problemas bien cabrones.

            –Pues yo no anduve involucrado en más que la cantada. No sé de qué otra cosa me pueda acusar a mí. Al menos nunca me involucraste en tus pedos financieros que tenías con él –Rafa se encoge de hombros al hablar–. Además, los mismos policías se andaban llevando cosas del teibol de al lado durante el cateo.

            –¿Cateo? ¿Viste el cateo? –Rodolfo arruga su rostro blanquecino tras escuchar a Rafa– ¿Cómo supiste lo del cateo? ¿Pues hasta que hora te quedaste?

            –Sí, Rafa. ¿Hasta qué hora te quedaste? –Hilario sale de la esquina de las escaleras para empujar a Rafa al interior del departamento– A ver, pinche joto. Explícame cómo es que me robaron el dinero y unos papeles que sólo yo sabía y que tú lograste ver.

Hilario sienta con su puño a Rafa en el sillón.

            –¿Qué más viste, pinche cagaleche? ¡Respóndeme!

Rodolfo se apresura a cerrar la puerta para después dar un par de vueltas dentro de la misma sala:

            –Al chile a mí no me anden metiendo en sus pedos del jale. Y tú, Rafa, nada más respóndele a este cabrón lo que quiere saber. O reponle de la lana que te di. ¡No sé!

La respiración de Rafa incrementa por su nerviosismo al ver el pesado puño de Hilario cerca de su cara:

            –Hilario… no sé qué pedos traigan ustedes dos, pero bien sabes que este cabrón tiene paros con los puercos… y de los más altos –Rafa apunta a Rodolfo en lo que Hilario baja su puño con incertidumbre–. Y apenas ayer me dijo que su jefe lo va a meter en la política. ¿Por qué no te avisó del cateo si bien sabía que te podría afectar? ¡Piénsalo!

Hilario se acomoda su boina gris en lo que suelta a Rafa, mirando a Rodolfo con crueldad:

            –Sí es cierto, pinche junior joto. ¿Qué me estás ocultando?

Rodolfo deja de morderse las uñas y se limpia la mano en su saco azul opaco, nervioso al ver a Hilario acercársele de manera amenazante:

            –Wey… Hillary, Hilario. Cálmate, por favor. Nada más escucha lo que este cabrón está diciendo y ponte a pensar…

            –Es lo que estoy haciendo: escuchando.

Hilario extrae un pequeño resolver del bolsillo de sus bermudas cafés, lo que provoca que Mariana, quien observaba por la orilla de la puerta media abierta, se asuste y deje caer la maleta con el dinero, lo que atrae la atención de los tres hacia el cuarto. Hilario se acerca rápidamente a la cintura de Rodolfo para quitarle su arma tipo escuadra y guardarla en su propia cintura:

            –Órale, putito. No seas culo y ve a ver que fue.

Rodolfo se adentra a la recamara para regresar con Mariana sujetada sometida del cuello con su antebrazo y con la mochila alargada repleta de dinero en la otra mano.

            –¿No que no sabías nada, pinche vestida?

Hilario baja su arma para comenzar a golpear a Rafa con la empuñadura del revólver en la cara y la cabeza, para después tumbarlo del sillón y patearle el estómago con sus botas de gamuza; todo esto ante Mariana quien luce aterrada por la violenta paliza.

            –Ahora sí ya te cargo la que tanto te gusta.

            –Espérate, cabrón –interrumpe Rodolfo al ver a Hilario apuntarle a Rafa en la sien–. No podemos matarlo aquí. Se van a dar cuenta los vecinos.

            –¿Y qué propones?

            –Pues… en el monte, allá por la carretera.

En lo que Hilario guarda su arma tras escuchar la propuesta, Rafa le dirige una mirada a Mariana, y en seguida Rafa le clava sus dientes a la pierna velluda de su agresor, mismo gesto que Mariana imita sobre la muñeca despejada de Rodolfo. Las mordidas obligan a ambos verdugos a gritar de dolor e ignoran a sus respectivas víctimas; situación que Rafa aprovecha para levantarse lo más rápido que puede y agarrara la nuca de Hilario para estrellarlo contra un espejo cercano, mientras que Mariana se da la vuelta para patear a Rodolfo en los genitales y tomar una pluma que ve en una mesa para clavársela en el brazo derecho. Hilario se resiste a ser sometido por Rafa a pesar de tener la frente sangrando, a lo que este mete su mano en el bolsillo de la bermuda para sacarle el revólver y dispararle por instinto en el lado izquierdo del costado.

            –¡No se muevan, pendejos, o los mato! ¡Tiéndanse en el suelo, con las manos en la nuca! Marianita, tráete la mochila y ve por mi celular al cuarto. ¡Pero rápido, mi vida! También tráete el suéter, el morado.

Ambos cómplices siguen las indicaciones de Rafa en lo que este, sin dejar de apuntar, se acerca hasta un pantalón tirado en medio de la sala de donde extrae las llaves de su carro.

            –Sabes que te vas a meter en un pedote si me haces daño, ¿verdad?

            –¿Y cuando te la metía no te quejabas y bien que te dolía? Vámonos, mija. ¡A la chingada de aquí!

Rafa alcanza a tomar una tarjeta que localiza en el mueble a la puerta de su departamento, para después ambos huir a toda prisa por las escaleras del edificio, dejando atrás a ambos cómplices que a duras penas logran incorporarse.

            –¿Estás bien, Hillary?

            –Simón, no hay pedo. La bala entró y salió.

Rodolfo se apresura a asistir a Hilario, revisándole la herida al levantarle su camisa polo:

            –¡No mames! ¡Nada más fue un pinche rozón y ya andas chillando como nena!

            –¡Pues arde, puñetas!

            –¿Y de cuál calibre era tu pistolita que casi ni hizo ruido?

            –Era una veintidós.

            –¡No la chingues! ¡Muy pinche malandro y cargas con esas mamadas!

En seguida, Rodolfo le quita su propia arma y se la guarda en su cintura sin dejar de jalonear a Hilario para salir del departamento con dirección a las escaleras.

 

Tras un gran tramo recorrido en su precario Tsuru, Rafa decide adentrarse al estacionamiento de una gasolinera, en donde apaga el motor para después recargar su nuca contra el respaldo de su asiento, rompiendo en llanto de inmediato al dejar caer so rostro golpeado y con restos de maquillaje sobre el volante; presionando sus nudillos contra sus ojos para mitigar el llanto en lo que Mariana lo observa:

            –Rafa, Rafita… ¿Estás bien?

Rafa no le responde; tan sólo se dedica a limpiar su llanto con las manos:

            –Yo no pedí nada de esto. Esta vida culerísima. Todos estos pedos innecesarios. Yo sólo… sólo quería cantar y ser quien realmente soy… ¡Pero eso vale madres! ¡Mi vida vale pura cagada! ¡PURA PINCHE MIERDA!

Mariana baja su mano tras un fallido intento de consolarlo, acomodándose en su asiento pensando en las posibles palabras que pueda decir para ayudarlo:

            –Al menos pudiste elegir qué hacer con tu vida. Hay muchas otras personas que ni eso tienen; la opción de elegir.

Mariana observa la arrugada cajetilla de cigarros sobre el tablero del vehículo, decidiendo tomar uno para encenderlo con un encendedor blanco dentro de la misma cajetilla, tosiendo frenéticamente al instante del inhalar el tóxico humo:

            –Tu vida no es una cagada. Como tú mismo me dijiste anoche: todo lo que hacemos es para sobrevivir. Quizás las decisiones que tomaste no fueron las correctas, pero al menos has sobrevivido.

Rafa le quita el cigarro de la boca a Mariana en cuanto esta intenta aspirarlo una segunda vez, fumándolo de tal manera que lo consume hasta la mitad y lo apaga contra su lengua.

            –Todo empezó con este pinche vicio, cuando de niño quería sentirme grande por ver a mi papá y a mis tíos fumar como si fueran verdaderos machos –Rafa suelta una carcajada de ironía al ver el cigarro apagado–. ¡Y resulta que ni a macho llego!

En seguida, Rafa le dirige una mirada compasiva a Mariana quien lo ve detenidamente:

            –Tan sólo quería ser un niño feliz y seguir sonriendo como anoche sonreí.

Mariana se lanza con sus brazos abiertos sobre el cuello de Rafa, quien vuelve a romper en llanto ensuciando de maquillaje la camisa blanca que la joven viste.

            –Ya en el gabacho podremos ser lo que queramos –Mariana frota la cabeza rizada de Rafa antes de despegársele–. Al menos que tú quieras hacer otra cosa.

Rafa gira su cabeza para ver la mochila azul, detectando la orilla de una carpeta amarilla prendida del cierre.

            –Voy a hundir a ese par de cabrones, primero que nada –Rafa frota la cabellera castaña de Mariana dirigiéndole una tierna mirada–. Y a ti te voy a enseñar a conducir, digo, por si se llega a ofrecer.

Alejándose de Mariana, Rafa saca su celular del bolsillo de su pantalón para encenderlo, marcando el número de la tarjeta que el agente Torres le dio.

            –¿En qué estás pensando? –Mariana luce aterrada por la decisión de Rafa– La misma chota estaba involucrada con los del bar ese. ¡Yo los vi!

            –Yo también los he visto; pero esos son Municipales. Este que vino ayer es un Ministerial –Rafa se lleva el teléfono móvil al oído–. Todavía esos son más limpios.

Mariana se queda estoica viendo la guantera en lo que Rafa enciende el motor y conduce hasta una maquina despachadora de la gasolinera.

 

Una camioneta blanca se estaciona a la orilla de la carretera de donde desciende el agente Torres para observar el terroso parque de futbol aledaño a una colonia cercada, viendo como el Tsuru rojizo deja de dar vueltas para que Rafa baje de la puerta del copiloto:

            –Agente, buenos días –Rafa se aproxima hasta el policía para estrecharle la mano–. Casi medio día ya.

            –Buenas, joven –el corpulento agente señala al vehículo cubierto de tierra amarillenta–. ¿Esa es la niña que me dijo?

            –Así es; y como quedamos: ella se va para Texas y yo testifico en su lugar.

El agente Torres asiente afirmativamente, invitándolos a que se adentren a la camioneta blanca de doble cabina y pequeña caja trasera, a lo que Mariana obedece tras ver la indicación que Rafa le da.

            –¿Qué trae en la mochila? –pregunta el agente al abrocharse el cinturón y ver a Mariana sentarse en la parte trasera y aferrarse a la maleta azul– ¿Las pruebas?

            –Eso y unas cuantas ropas que compramos pa’l camino –responde Rafa en lo que se coloca sus gafas solares que le ayudan a disimular los hematomas en su cara–. Yo le daré las pruebas en cuanto ella esté segura en la otra ciudad.

El agente Torres concuerda con esa decisión tras poner en marcha su vehículo para regresar por la carretera y tomar rumbo hacia el norte. Un silencio incomodo abruma el recorrido, pero nadie se ve dispuesto a romperlo: Mariana no despega su mirada de la ventana para ver el monte pasar, mientras que la vista de Rafa se mantiene fija en el camino al igual que la del agente Torres, serio ante todo momento. Lo único que repentinamente causa ruido es la radio del oficial que de vez en cuando le pide que atienda al llamado para una emergencia en caso de encontrarse en las cercanías y que se pierde entre otras peticiones laborales.

De repente su teléfono personal vibra, a lo que el agente se ve obligado a contestar con un semblante serio y sin despegar la mirada de la carretera que se divide entre carriles opuestos con fragmentos parciales de muros de concreto:

            –Sí; afirmativo. Ahorita estoy en una situación del trabajo, estaré de regreso como a eso de las tres –la mirada del agente Torres se torna seria tras una larga pausa–. ¿Mi madre? ¿Sí? Sí. Mi hermana quedó de irla a recoger al hospital. Ahorita estoy conduciendo. Permítame le regreso la llamada.

La esporádica conversación del agente atrae a la atención de los otros dos viajeros, y apenas el agente Torres intenta estacionarse a la orilla de la carretera, Rafa saca el revólver que le había quitado a Hilario y con el que le apunta en la cabeza al policía.

            –¡¿Qué chingados te pasa, maldito loco?!

            –Hablaste demasiado fuerte que ni te diste cuenta de que en la radio te están llamando porque no te presentaste a trabajar. ¡Te estacionas y te mato!

El agente Torres traga un poco de saliva al darse cuenta de su descuido; mientras que en el asiento trasero Mariana se queda paralizada por la repentina reacción de Rafa. Inesperadamente, el agente Torres se cambia de carril apenas detecta un retorno entre los muros de concreto sobre la carretera, lo que obliga a que Rafa se impacte contra el tablero por no portar el cinturón de seguridad sin que su arma se deslice de su mano derecha.

            –Escúchame. No es nada personal y no me interesa saber con quién te metiste. Pero aparentemente es alguien de mero arriba y me amenazaron cuando se dieron cuenta de que tenía a mi madre en el hospital –el agente Torres gira su atormentado rostro para ver la incertidumbre de Rafa–. En mi lugar, estarías haciendo lo mismo.

            –Créeme que te entiendo, y por eso ando haciendo esto –Rafa jala con su pulgar el martillo del arma, pero el agente Torres no se ve dispuesto a disminuir la velocidad–. ¿Cómo es que se enteraron de que nos íbamos a ver?

            –Me dijeron que una vecina me vio el día de ayer cuando fui a tu departamento. Tal vez de ahí se agarraron para contactarme. Por eso te digo que son pesados.

            –¡Pinche doña Laura chismosa! ¡Siempre metiendo su nariz en donde no debe!

El oficial detecta a lo lejos el terreno en donde Rafa había dejado su carro y que ahora luce acompañado por otro vehículo negro de reciente modelo; así que disminuye la velocidad de su camioneta para apartarse del camino.

            –¡Dispárale, Rafa! ¡Dispárale! –grita Mariana poseída por la angustia.

            –Si me disparas o no, los únicos afectados serán ustedes.

En eso, el agente presiona el acelerador para estrellar su camioneta contra el carro negro, empujándolo lo suficientemente lejos del Tsuru rojizo.

            –Eso les dará tiempo suficiente. Yo les diré que me agarraste en un descuido. ¡Pélense a la verga de aquí y destruyan lo que tengan de evidencia!

Con expresión incrédula, Rafa se baja de la camioneta para asistir a Mariana y juntos abordar su carro, arrancando de tal manera que una columna de polvo le impide a Rodolfo apuntarle bien con su arma tras salir de su automóvil:

            –¡Mírate! ¡Hasta varonil te ves agarrando esa fusca! –Hilario se burla de Rodolfo a la primera oportunidad– Así has de agarrar pitos para chuparlos.

            –¡QUÉ VERGAS ACABA DE PASAR! –Rodolfo abre la puerta de la camioneta para encarar al agente que finge estar aturdido– ¡Te los encargué y se te pelaron!

            –Esto no hubiera pasado si me hubieran dicho que ese wey traía una pistola.

Rodolfo e Hilario se miran perplejos hasta que finalmente abordan la camioneta blanca, quedando Rodolfo como copiloto.

            –Hilario, ten –Rodolfo le entrega la pistola que encuentra en la guantera tras abrirla para buscar algo con qué limpiarse la tierra del rostro–. ¡Pues que esperas, mi rey! ¡Písale al acelerador, padre santo!

            –Sí te echas unas buenas expresiones cuando andas cagado –se jacta Hilario del comportamiento prepotente de Rodolfo, mientras que el agente Torres prepara la camioneta para adentrarse a la carretera–. Lo bueno que esta madre tenía tumbaburros; sino ya estaríamos valiendo pito.

Otra cortina de polvo se levanta de aquel campo de futbol improvisado en donde queda el elegante vehículo negro parcialmente destrozado.

 

Mariana gira la palanca de la puerta para bajar el cristal de la ventana, permitiendo que el humo del cigarro que Rafa fuma no se acumule dentro del Tsuru; mientras que este se mantiene fijo en el volante, mirando esporádicamente el tablero:

            –Lo bueno que pedí tanque lleno por si se ofrecía –Rafa intenta ser optimista ante la frustración de Mariana–. Siempre hay que tener un plan de emergencia.

            –Tú nunca tuviste un plan de emergencia –Mariana gira más su cuello para perder su mirada en el panorama que va quedando atrás–. Te dije que la misma policía andaba involucrada y no me creíste. Prefieres confiar en desconocidos que en tu propio instinto.

Las palabras de la niña siembran culpabilidad en Rafa, hasta que una llamada de Rodolfo hace sonar su teléfono celular:

            –¿Qué chingados quieres, puñetas?

            –Nada, nada. Sólo te llamo para avisarte que los soldados del retén ya están informados de que secuestraste a una menor.

            –¡Pura verga que saben eso! ¡Ya me hubieran detenido!

            –Mira, Rafa, sé que no eres un pendejo; un poco retraído, sí, tal vez. Pero sé que eres lo suficientemente listo para darte cuenta de que estás cometiendo la cagazón de tu vida. Así que dejemos esto por las buenas y cumpliré lo que me pediste: te voy a dar unos treinta… no cincuenta mil pesos al mes y haces lo que se te de la regalada gana.

            –¿Y qué hay de la niña? ¿En dónde queda ella en todo esto?

            –¿Estás arriesgando tu vida por una chamaca que ni sabes de donde es? ¡Por favor! ¡No harías eso ni por mí y eso que nos conocemos desde hace tres años?

            –¡Jotos! –grita Hilario desde el fondo del vehículo.

Rafa se queda en silencio pensativo ante la decisión que puede tomar, viendo de reojo a Mariana quien luce totalmente angustiada.

            –Un millón…

Ahora Rodolfo es el que se queda en silencio:

            –Se arma.

            –¡Un millón de veces te puedes ir a la pinche verga y retorcerte en ella como tanto te gusta y gemir como la pasivota que eres, hijo de tu putísima madre! ¡No le puedes poner precio a la vida de alguien, desgraciado! ¡Y menos vender a niños para gente con mierda en la chompa!

Acto seguido Rafa arroja su teléfono por la ventana del carro junto con la colilla de su cigarro, desviándose del camino principal para tomar un tramo de terracería que da a otra carretera que se interconecta fuera de la caseta de cobro.

            –¡¿Qué estás haciendo, Rafa?! –le pregunta una muy sorprendida Mariana.

            –No tomaré el riesgo; capaz ese desgraciado sí tiene paro con los militares. Nos iremos por la libre.

Rodolfo apaga el altavoz de su teléfono, mostrándose cínico ante sus silenciosos compinches:

            –Vete por la libre. El pendejo no se va a arriesgar a encontrarse con los sorches… y yo tampoco.

 

 

 

3. El Pozo.

 

A las afueras de la ciudad de XXXX, esa misma tarde.

Rafa continúa conduciendo entre un camino de asfalto escondido entre la maleza de distintos terrenos, estacionándose a orillas sin motivo aparente.

            –¿Qué… qué pasa? ¿Por qué te detienes? –Mariana se acerca al tablero para ver los medidores– ¿Nos quedamos sin gasolina?

            –Me acordé de que la familia paterna de este pendejo es de por acá –Rafa recarga su cabeza sobre su asiento apretando sus ojos y dientes–. Capaz ya les dio el pitazo a los Municipales de la ciudad.

            –¿Y ahora? ¿Qué hacemos ahora? Dime, Rafa. ¡¿Qué hacemos ahora?!

Mariana comienza a ser víctima de la histeria, hasta que Rafa la sujeta de los hombros para que se tranquilice.

            –Hey… ¡Hey! Te prometí que no te iba a pasar nada, ¿okey? –Rafa le da una leve bofeteada a la mejilla derecha de Mariana– Pero es un riesgo si nos ven juntos si es que los perros de acá ya están avisados.

            –¿Y sí no? ¿Y si ese tipo ni siquiera sabe por dónde nos fuimos?

            –Lo mismo me gustaría pensar; pero conozco a Rodolfo y es un mañoso de primera. Él no es de las personas que pierden poco. O es todo o nada.

            –¿Y qué tienes planeado hacer?

Mariana observa a Rafa con ilusión en sus ojos y este retuerce su cuerpo sobre el asiento para alcanzar la mochila y sacar el vestido de lentejuelas rojizas y la peluca rubia que ahí había guardado.

            –Ellos van a andar buscando a un hombre adulto y a una niña –sale del carro para poder cambiarse de prendas–. Pásame la cosmetiquera rosa de la guantera.

Mariana hace lo que se le pide para que Rafa pueda maquillarse con los cosméticos de la bolsa, pidiéndole también que salga y se le acerque para poderle cortar sus largos y lisos mechones hasta que su cabello le llega por encima de la oreja.

            –Con un poco de maquillaje pasarás por desapercibida. ¡Lo bueno que te quedaste dormida con el pantalón del traje! Ten, ponte el suéter –Rafa sacude los restos de cabello de los hombros de Mariana y le sube el cierre de la prenda morada–. Como te decía, ellos van a andar buscando a un par de personas que no existen. Así que escúchame muy bien: cuando llegues a la ciudad dejas el carro en el estacionamiento de un supermercado y en frente vas a ver una estación de autobuses; ahí compras un boleto para XXXX. Ya que andes allá pides un taxi y le dices que te lleven a esta dirección. Ahí vive mi tía Soraida, le dices que eres mi hijastra y que trabajé en La Pomposa de mesero y que te mandé con ella para que te cruce al otro lado. Ella ya sabe más o menos como está el pedo con Rodolfo y se las va a ingeniar para mandarte con mi hermano en Texas. Le das lo que puedas del dinero. Tienes que ser bien cuidadosa de no perder este papel y también con la mochila con dinero.

            –No… por favor, no –Mariana rompe en llanto tras escuchar el plan de Rafa– No me digas que te vas a quedar aquí.

            –No tengo de otra. Los tránsitos ya me conocen porque les di un show el año pasado y tengo una multa reciente; por eso te digo lo de abandonar el carro. También, cuando estés en Dallas, le llevas todas las pruebas a un tal Orlando Kane; él y Rodolfo se odian a muerte. Si no lo localizas, pues se las llevas a la policía.

Mariana se aferra con un abrazo a la cintura de Rafa, quien le corresponde el gesto con un beso en la frente para después despegarse de ella y mirarla con ternura:

            –Prométeme que serás una buena niña, y que no vas a fumar nunca en tu vida.

            –Lo… lo prometo –Mariana solloza su respuesta y se limpia la cara con la manga.

            –Bueno pues ya dale que me vas a hacer llorar y estos cabrones no tardan encontrarnos –Rafa agita sus dedos bajo sus ojos para que no se corra el maquillaje–. Gracias por haber llegado a mi vida.

El llanto de Mariana le impide responderle, así que tan sólo se adentra al Tsuru rojo y enciende el motor para partir por el camino, viendo en el retrovisor a la silueta de Rafa desaparecer en la distancia.

Unos minutos más tarde, la camioneta del agente Torres se detiene por indicación de Rodolfo al ver unos pantalones arrastrados por el viento sobre la carretera despoblada, bajándose para comprobar su origen:

            –¿Son los pantalones de tu matachín? –pregunta Hilario en forma de burla.

            –Sí son; yo se los regalé el año pasado –Rodolfo busca a su alrededor en un intento de encontrar indicios de Rafa–. Debe de estar cerca.

Con pistolas listas, el trío comienza a recorrer la zona en búsqueda de Rafa, hasta que el agente Torres localiza una nube de humo salir de un vado muy adentro del terreno baldío.

            –¡Rafa! ¡Sal de ahí! ¡Hasta acá apesta a cigarro barato! –Rodolfo se dirige esta vez a sus acompañantes con voz quedita–. Ahora sí que no se nos olvide que tiene el pinche revólver de este pendejo.

Rafa sale de su escondite y se les acerca con un cantoneo de caderas, sosteniendo una carpeta y su cigarro en una mano, y en la otra el revólver:

            –Te propongo algo, pendejete: las pruebas que tanto quieres a cambio de que dejes de perseguir a la niña.

Tanto Hilario como el agente Torres voltean a ver a Rodolfo en espera de su respuesta.

            –Está bien. Aviéntame la carpeta para comprobar que sean las originales.

            –¿Crees que con todo este desvergue tuve tiempo para pasar a una papelería?

Rafa arroja la carpeta al suelo y Rodolfo le indica a Hilario que las recoja, orden que sigue con temor de ser abatido.

            –Mira, jotín. Aquí está todo.

Rodolfo toma la carpeta sonriente al analizar los papeles para después quemarlos con su encendedor:

            –¡Pues yo sí vi que en la última gasolinera sacaban fotocopias! Pero bueno, nadie le va a creer a esa pinche niña indígena por ser una vieja. Más probable que te pelen a ti; y eso que eres una pinche vestida, Rafa.

            –Baronesa –Rafa traga un poco de saliva en señal de indignación–. Yo soy y seré La Baronesa.

Rafa levanta el revólver para dispararle a Rodolfo, pero una serie de detonaciones por parte de Hilario y el agente Torres frustran su cometido; derribándolo moribundo muy cerca del vado.

Con pistola en mano, Rodolfo se queda pasmado ante los disparos realizados, dándole una palmada al policía como reconocimiento:

            –Al chile te mereces un ascenso, cabrón. ¡Qué puntería!

Los tres sujetos se acercan ante un agonizante Rafa, cuyo labial carmesí se mezcla con la sangre que brota de su boca y de las heridas en sus pulmones; mientras que sus ojos hacen un esfuerzo para mirar a sus victimarios, pero que no logran despegarse del firmamento.

            –Oye, wey. Ya es hora de que te vayas haciendo machito –sugiere Hilario señalándole su arma y la agonía del moribundo–. Dale el tiro de gracia; ya de perdido por piedad.

Rodolfo mira su pistola en lo que duda para dispararle, intentado ver los ojos perdidos de Rafa; pero su intención se ve interrumpida por un impacto de bala en el cráneo de Rafa causado por el agente Torres.

            –Ya vámonos a la verga de aquí. Y tú recoge tu pistolita de juguete.

            –Ahora resulta que el tamaño del calibre importa –Hilario toma su revólver de la mano inerte del difunto para alcanzar a los otros dos–. Oye, Rodo; entonces lo del restaurante… ¿Sí se va a hacer o puro pedo?

            –Sí, sí. Ya quedamos que se traspasa el negocio.

            –¡Ah! ¡Qué chido, wey! Tú vas a comer gratis ahí, pinche grandulón.

            –¡No me toques, maldito pedófilo!

El ruido de la camioneta blanca desaparece conforme esta se aleja, dejando que el viento chifle su pesar entre la crecida maleza de la caliente estepa.

 

 

Crónica policiaca:

LE DAN FIERRO A SEÑORITO.

09 de mayo de XXXX.

El cuerpo sin vida de un hombre vestido de mujer fue localizado cerca de las inmediaciones de la línea estatal. Cabe mencionar que, a pesar del avanzado estado de putrefacción del ahora occiso, este mostraba el característico tiro de gracia; por lo que no se descarta una venganza por parte de células del crimen organizado que azotan esa región.

 

GOBIERNO DEL ESTADO

C. LUIS ALFONSO MARIÑO HUERTA, presente:

a 11 de junio del presente año.

Por medio de la presente, me honra felicitarlo, no sin antes brindarle un cordial saludo y un fuerte abrazo a usted, C. RICARDO TORRES VILLA, en homenaje a su bien merecido ascenso y reconocimiento en su combate contra el crimen, en especial en contra de aquellos que osan a usar a los más indefensos para su explotación. Así mismo, también le notificó que ya el Gobernador del Estado está al tanto de su interés de formar parte del Grupo Especializado para...

 

Internacionales:

02 de julio de XXXX.

Un grupo de manifestantes, junto a dos organizaciones sin fines de lucro, se reunieron la tarde de este martes en las inmediaciones de la caseta de aduana de la ciudad de Laredo. Aunque la manifestación no tenía el mismo auge que el de los eventos anteriores, la idea principal se mantenía firme: exigirles a las autoridades que sean más flexibles a la hora de entregarles amnistía a menores que intentan cruzar la frontera en búsqueda de mejores oportunidades. Todo esto surgió a partir de que a mediados del mes pasado se localizó el cuerpo sin vida de una menor flotando a orillas del lado americano del río Bravo. La menor fue encontrado atascada entre las ramas de los árboles cercanos del mencionado cause y no portaba nada que la pudiera identificar más que el suéter morado que portaba consigo. Este fallecimiento se suma a los más de mil...

 

En portada:

A TRUMP-ADAS MATAN A LA HILLARY.

30 de agosto de XXXX.

Hilario Muñoz Pino, alias “La Hillary”, fue encontrado muerto esta mañana dentro del interior de su negocio de mariscos “El Barquito”, localizado al poniente de la ciudad. Se presume que sus victimarios se adentraron a su negocio para robarlo; pero al encontrarlo terminando sus deberes a altas horas de la noche, los amantes de lo ajeno decidieron silenciarlo a golpes sin medir sus actos. Las ganancias, producto de las ventas del día anterior...

 

Sociales:

¡La cigüeña toca a la puerta de la familia Mariño-Palacios!

16 de noviembre de XXXX.

¡Durante la tarde de ayer se dio a conocer la noticia de que la socialité Leticia Palacios Montes y el licenciado Rodolfo Mariño Báez acaban de ser padres de su primer hijo! Por parte de nuestro equipo de redacción, les mandamos una cordial felicitación y todas las buenas vibras a los nuevos papás. No está por demás mencionar que este es otro gran logro para el licenciado Mariño, ya que apenas hace unos meses arrasó en las contiendas para legislador del Distrito XX. Sin duda, este nuevo retoño traerá dicha y felicidad a este joven matrimonio proveniente de unas de las familias más importantes de...

 

 

NOTA DEL AUTOR:

Todo lo anterior es ficción inspirada en hechos reales. Se omiten nombres de lugares y fechas porque casos similares (o peores) ocurren en diferentes partes a todo momento

 

Publicado la semana 22. 25/05/2020
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