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Ignacievij

S.A.P. La Raíz del Árbol: 32-35 FINAL

32. ¡Ay, mamá, los que te dije!

 

Peter se sujeta de los barrotes de la cabina del tren antes de abordarlo, torciendo su cuello hacia abajo para ver una última vez a la pareja que se dispone a despedirle:

            –Les mandaré una carta apenas llegue a Europa. Espero que no tarde mucho en llegar.

            –Me avisas si consigues unas muchachas guapas por allá –el imprudente comentario del joven de tez aperlada es silenciado por el codo de la señorita que lo acompaña.

            –¡Cállate, tonto! Que por tu culpa Peter le agarro gusto al vicio ese del cigarro –la jovencita de oscuros ojos marrones que resaltan por su vestido azul marino recupera su postura para encarar a Peter con una sonrisa–. Espero que dejes de fumar pronto… y que no le hayas agarrado las mismas mañas como al pendejo de Adrián.

            –No te preocupes, Liliana; no quiero terminar cómo él de imprudente.

            –¡Cállate chaparro! ¡Bien sabes que te gustó irte de juerga! –Peter arruga su mejilla como respuesta para Adrián, hasta que el sonido de la chimenea del tren los interrumpe.

            –El tren está por partir, tengo que abordar.

Antes de subir el último escalón, Peter baja inesperadamente de un salto para abrazar a Adrián y a Liliana, quienes le corresponden el abrazo.

            –Prométenos que serás el mejor médico de toda Alemania –susurra Liliana con un nudo en su garganta.

            –Lo prometo…

            –Y que no te convertirás en un mujeriego, que serás un hombre de bien –sugiere Adrián al frotar la melena negra del alemán.

            –Lo intentaré.

            –¡Ya estuvo! –Liliana aparta a Peter rompiendo el triple abrazo– ¡Se te va a ir el tren!

Peter le da un beso en la frente a Liliana y a Adrián en su mejilla para abordar la cabina, no sin antes dar unas últimas palabras de despedida:

            –¡LILIANA! ¡CUIDAS EL DIARIO DE MI MADRE!

            –¡Lo cuidaré con mi vida! ¡Tú no te preocupes!

En seguida, el tren parte dejando atrás la sencilla estación, dejando una densa estela de vapor.

 

Seis años después…

 

Monterrey, Estado de Nuevo León, República Mexicana, 17 de julio de 1916.

Todavía no es ni medio día y el sol quema la piel de las personas que deambulan en la pequeña urbe con marcas de un conflicto reciente, pero que intenta erigirse en una gran ciudad; sin embargo, por ahora sus mayores edificaciones son casas, siendo los recintos más altos las iglesias antiguas y las chimeneas de las fábricas aledañas.

            –¡Hace un calor del infierno! –Rosa se limpia el sudor de su frente al momento de descender de un carro tirado por caballos, luciendo el cuello de su vestido holgado y rosado parcialmente empapado– ¡Necesito agua lo antes posible!

            –¡Ya extrañaba este clima! –Peter le da la mano a Rosa para ayudarle a bajar del carro.

            –En serio… ¡No sé cómo soportas este clima! Y estas personas… ¡¿Cómo son capaces de vivir aquí?!

Manteniendo una sensación de nostalgia dibujada en su rostro, Peter le brinda una palmada a Rosa en la espalda, quien deja de quejarse por un momento, siguiendo al alemán hasta la entrada de la Estación del Golfo, un edificio de estilo inglés que luce vagamente ocupado por pocos usuarios y soldados mal equipados.

            –Veo que la Revolución afectó muy seriamente la economía de la ciudad –exclama Peter tras obtener dos boletos de la taquilla, girando su mirada a su alrededor con la intención de encontrar la plataforma, apreciando la maquinaria del ferrocarril que solo está acoplada a dos pares de carros de transporte–. Ese debe de ser nuestro viaje.

Conforme el ferrocarril sale de la urbe abriéndose camino entre las diminutas casas de adobe, este realiza su recorrido por las vías metálicas bajo el clima desértico que ilumina las estepas de plantas secas y tierra amarilla, dando un panorama de tranquilidad y arrullo que incitan a Rosa a cerrar sus ojos, ignorando el paisaje de enormes montañas grises que rodean el área.

            –¡Despierten ustedes dos! –comanda un soldado de uniforme café claro armado con un fusil corto.

Peter, con deseos de seguir durmiendo, lo mira aturdido; hasta que el uniformado de acento norteño lo sacude del hombro, despertándolo por completo:

            –Ya estamos en la Estación La Soledad. ¿Se van a bajar aquí o no? –añade el militar de espeso bigote y cara cansada, lo que induce a Peter a despertar a Rosa moviéndola del hombro suavemente, para después sacudirla con poca fuerza.

            –Muchas gracias, soldado –Peter se levanta de su asiento para tomar sus pertenencias.

            –Soy cabo, gringuito –responde el uniformado enfado, pero esa apariencia se desvanece en lo que ayuda a Rosa a bajar su pequeña maleta.

Ya en la diminuta estación, una casa de dos salas y de techo rojizo, Peter se queda perplejo al ver el solitario lugar en el que el viento sopla tan finamente que pareciera silbar.

            –¿Qué te sucede, Peter? –le pregunta Rosa al ver su repentina parálisis.

            –No sé cómo decirte esto, Rosa, pero… no tengo idea de dónde estamos.

Al escuchar esto, Rosa le suelta una infantil patada en los glúteos a su compañero, liberando un poco la frustración que creció dentro de ella y que ahora es remplazada por coraje:

            –¡¿Cómo que no sabes en dónde estamos?! –los gritos de Rosa atraen la atención de los pocos lugareños que rondan cerca– ¡Si tú fuiste el que dijo que conocía estas tierras!

            –No recuerdo haber dicho eso –Peter se deslinda de su culpa, optando por preguntarle al encargado de la estación–. Disculpe… ¿En qué dirección se encuentra la Villa de García?

El encargado le señala con su dedo la dirección por la que el alemán pregunta, dándose por satisfecho ante tal respuesta.

            –¡Bien! No debe de estar muy lejos… si mal no recuerdo –exclama Peter causando la esporádica risa del encargado y su acompañante.

            –Este gringo está loco –se burla el acompañante, dirigiéndose después al par de confundidos viajeros–. Si quieren llegar hasta allá tienen que irse a carreta. Si se van a pie puede pasar dos cosas: o que se mueran por el sol o que se los coman los coyotes y otros animales que se puedan encontrar.

            –No te olvides del hombre-oso, tío –alcanza un niño a decir ante el asombro de los presentes, apagando las carcajadas repentinamente.

            –¡Ah, que pinche huerco! ¡No ande diciendo esas cosas! ¿No ves que ni si quiera saben en dónde andan los gringos estos?

            –¿Hombre-oso? –repite las palabras del niño Rosa con voz quedita.

            –¿Hay un ser de ese tipo en estas tierras, caballeros? –pregunta Peter con emoción.

            –Son sólo chimes de la gente –responde el acompañante del encargado de la estación–. Nada más porque vieron animales despedazados. En fin, los llevaré al pueblo; allá ni siquiera saben que está pasando, con eso de los revolucionarios.

Peter y Rosa asienten con sus barbillas, siendo guiados por el bonachón señor de mediana edad y ropas sucias que los invita a subirse a su carreta de maderos viejos tirado por dos burros de apariencia pacífica.

            –¿Y que los trae por acá? ¿La Revolución o qué? –pregunta el conductor del carretón en un intento de iniciar una conversación–. Escuché que han venido muchos extranjeros por diferentes razones. ¿Vienen por lo mismo?

            –Nosotros vinimos por razones personales –responde Peter escondiendo su pesar.

            –Así es –continua la explicación Rosa al notar la inquietud de Peter–. Pero… ¿Podría decirnos que son esos rumores del hombre-oso?

            –Es un chisme que la gente anda diciendo nomás por distraerse de la guerra –comenta el conductor de la carreta, cuyos burros galopean con marcada lentitud.

            –Dicen que detrás de cualquier rumor siempre hay una verdad –añade Peter invadido por la curiosidad, lo que alimenta al nativo a que se inspire a compartir la información.

            –Está bien –continúa el conductor con notable incomodidad y escepticismo–. Dicen que hace un par de años, una muchachita andaba ahí en la pradera recogiendo leña; hasta que un oso negro se la llevó a su cueva y ahí tuvo dos hijos con el paso del tiempo.

            –Suena a algo muy perturbador –comenta Peter en lo que se acomoda en la carreta.

            –Más bien parece un cuento típico alemán –le responde Rosa con intención de burla.

            –Pues muy bien, no quería alargar el cuento. ¿En dónde los dejo? Yo iré al Progreso por unas cosas pa'l ejido y la estación.

            –Nos puede dejar en el ayuntamiento –responde Peter apenas logra visualizar las paredes alargadas de adobe que inician la civilización más cercana–; necesito que me den información sobre la batalla del año pasado.

El conductor menea su cabeza de un lado a otro tras escuchar la intención del alemán, por lo que procede a adentrarse al reducido tráfico provocado por otras carretas de las mismas dimensiones; hasta que se detiene brevemente en la plaza principal, formada por un parque con una fuente en su centro, teniendo de frente a la Iglesia De San Juan Bautista y en la contracara, escondida entre los frondosos nogales, una edificación pequeña pero repleta de habitantes que deambulan por el lugar con costales y otras pertenecías.

            –Al menos esta placita está fresca –dice Rosa como señal de alivio–, y muy bonita.

En lo que Rosa se acerca a la fuente principal a refrescarse con el agua que de ahí brota, Peter se encamina a la puerta principal del edificio de gobierno, dirigiéndose a un encargado con porte de vigilante urbano vestido de civil, quien lo guía hasta una oficina localizada al fondo del edificio de estilo Norestense, siendo recibido por el alcalde en turno: un hombre elegante de mediana edad, con un espeso bigote canoso que resalta su simpático rostro.

            –¡Buenas tardes, bienvenidos sean! –exclama el gobernante mientras se levanta de su amplia silla de madera brillosa y terciopelo rojizo– ¿En qué les puedo ayudar?

            –Muchas gracias, alcalde –responde Peter con cortesía, al mismo tiempo que le extiende su mano, para después saludar al acompañante de este quien se mantiene de pie a un lado de la oficina–. Mi nombre es Peter Gest y ella es Rosa Rojas. Venimos a esta villa por cuestiones de emergencia.

            –¡Oh! Ya veo… –contesta el alcalde con una voz calmada, pero con señales de preocupación, dirigiéndole una mirada a su acompañante de bigote negro y delgado.

            –Y dígame, señor “Guest”. ¿Qué es esa situación que lo trajo desde Europa hasta este humilde lugar? –comienza el cuestionamiento el sujeto de alado, resaltando su rostro severo.

            –Creo que lo más adecuado para empezar sería conocer vuestros nombres –Rosa interrumpe sin un afán de descortesía, a lo que Peter le reprime con su codo.

            –Señorita Rojas, si mal no recuerdo –comienza a hablar el sujeto de apariencia más joven a la del alcalde por una decena de años menos, y quien refleja bajo su bigote casi abundante una sonrisa de supremacía–; creo que lo más prudente para una bella señorita como usted es que no interrumpa una conversación de hombres. Así lo que le recomiendo que mantenga su silencio.

            –No seas así con nuestra invitada, Alfredo –añade el alcalde al rodear su escritorio y llegar hasta donde se encuentran Peter y Rosa–. La jovencita tiene razón, no nos hemos presentado formalmente. Mi nombre es Bernardo Sepúlveda y este macho mexicano es Alfredo Fernández. Y ya aclarado este punto, ¿Podrían decirme ese tan misterioso motivo que los incita a requerirnos?

            –Supe que la Hacienda de San Antonio de Arista fue seriamente afectada por la batalla del año pasado –Peter deja que esa poca información palidezca a ambos caballeros–; y, por ende, también la Hacienda Villalobos fue totalmente destruida.

            –Es completamente cierto –responde el alcalde Sepúlveda en lo que se limpia el sudor de su rostro con un pañuelo sedoso–.C cuando llegamos, sólo encontramos cadáveres regados por todos lados, y Adrián sufría tanto por la pérdida de su amada familia y las profundas heridas mortales que desangraban su cuerpo.

Los parpados del germano se aprietan de arriba abajo espontáneamente, manteniendo su complexión casi militar, similar al porte que Alfredo mantenía hasta que el recordar los sucesos lo obligaron a desenlazar sus manos cruzadas a su espalda y presionar su codo con una mano, y con la otra presionar su nariz afilada.

            –Me consta decir que toda la familia se defendió hasta la muerte…

            –¿El bebé? –la interrupción de Peter cautiva tanto a los políticos como a Rosa, quien se le había aferrado a su brazo izquierdo en un intento de consolarlo– Liliana estaba encinta con ocho meses. ¿Qué sucedió con su bebé?

            –Es horroroso decirlo; pero todo indica que la pobre criatura fue separada de su madre en un acto de crueldad –complementa con pesar Alfredo, siendo sus palabras quebrantadas las que obligan a Peter a buscar un asiento, mueble que Rosa le proporciona rápidamente.

            –¡¿Welche Sünde hatte das Kind?!

La respiración de Peter se agita en el que se repite a sí mismo la oración, a lo que Rosa hurga el saco negro de Peter, encontrando su cigarrera de dónde saca un cigarro y lo coloca en la boca de su amigo, encendiéndolo con cierta limitación al intentar usar el encendedor.

            –¿Qué está diciendo el caballero? –le pregunta el alcalde Sepúlveda a Rosa al no entender las palabras en alemán que Peter murmura al azar.

            –Dice que “no puede creer eso” y que “¿ese maldito va a pagar por su crimen?” –Rosa luce confundida al ver a Peter en un estado de impacto emocional.

            –Será mejor que llamemos al doctor; creo que la noticia fue demasiada para él –responde el alcalde Sepúlveda preocupado por la situación, dirigiéndose a Alfredo.

            –Mejor llame a un carruaje –interrumpe Peter abruptamente–; quiero ver el lugar de los hechos.

 

El viento con su silbido rompe el silencio del amarillento viento iluminado por el sol desértico mientras que la frágil tierra se rompe con cada pisada que Peter avanza alejándose de la carreta vieja. Tras él, Rosa sigue su caminar, levantando las orillas de su vestido para evitar que se ensucie, cuidando sus brincos de tal manera que tampoco sus zapatillas se empolven.

            –Fue horrible, lo sucedido; algo horrendo de ver –Alfredo interrumpe la tranquilidad de Peter en lo que este observa la dañada fachada de la Hacienda de San Antonio–. La propiedad fue seriamente dañada por esos bandidos: usaron dinamita para demoler lo que quedó de la hacienda de los Villalobos. A los familiares, los enterramos por este tramo.

            –¿Ya se habían registrado casos similares antes? –enfocándose en la deteriorada hacienda, Peter se niega a mirar el sendero que Alfredo le señala, ignorando también que Rosa intenta usar su altura para cubrirse de sol que repercute sobre su rosada piel.

            –Aparentemente los perpetradores de este ruin ataque eran de los Villistas –el alcalde Sepúlveda le da indicaciones a un par de vaqueros armados con carabinas, y con carrilleras en sus torsos, para que resguarden el lugar–; y que a principios de mayo atacaron un pueblo en Texas… y que lo quemaron después de saquearlo.

            –Hace un momento usted dijo que “ese maldito va a pagar por su crimen”. ¿A quién se refería? –Alfredo se muestra intimidante al momento de cuestionar a Peter.

            –No sé si ustedes saben, pero, hace ya unos años yo vine a esta villa. Fue cuando conocí a Adrián y a Liliana –responde Peter–. Aunque duré poco tiempo en este lugar, ese poco tiempo fueron los mejores momentos de mi adolescencia.

Rosa deja de juguetear con la sombra del alemán al escucharlo.

            –Supongo que se refería al teniente Maldonado –Alfredo levanta su barbilla al cielo exhalando un poco de aire–. Un Villista renegado quien ya había cometido crímenes cuando estaba con los Zapatistas; pero antes de eso, hace casi diez años, era un simple bandido que merodeaba por estas tierras.

            –Así es, en ese entonces cometió delitos menores, junto a sus cómplices. Y antes de eso, el maldito fue un capitán del Ejército –Peter decide dirigirse por el camino que se le había señalado, llegando hasta un panteón formado por una veintena de montículos de tierra seca, señaladas con lápidas y cruces de madera, acercándose a uno de esos bultos de tierra para reclinarse y tomar un poco de la tierra suelta–. Auf wiedersehen, mein alter Kamerad.

Rosa observa detenidamente como la tierra suelta se desliza de entre los dedos del alemán; hasta que la atención del pequeño grupo se desvía apenas detectan la caída de unas cuantas piedras de una pequeña ladera, por lo que los hombres armados, junto a Peter, se precipitan a desfundar sus correspondientes armas.

            –¡No disparen! –ordena el alcalde al reconocer que la causante de la reacción ofensiva es una niña de apenas entrada a la pubertad, en cuyo polvoriento rostro se visualizan un par de vidrios rotos unidos con gruesos hilos, mientras que, en sus brazos sostiene un infante escondido entre los desgastados trapos que lo cubren del sol– ¡No disparen! Es solo una niña.

En seguida, los custodios bajan sus armas para evitar una tragedia, en lo que el alcalde se acerca a la niña para entregarle un pequeño bulto con contenido desconocido que cargaba en el bolsillo de su saco, agitándolo para que la jovencita pueda deducirlo:

            –No me sorprendería que la criatura que trae consigo también fue responsabilidad de esos bandidos –comenta con desdén Alfredo en lo que Peter guarda su revólver en su saco.

            –¿Y qué es eso que el alcalde le ha dado a esa pequeña? –Rosa luce confundida por lo sucedido, apreciando como el burócrata regresa hasta donde ellos se encuentran.

            –Son frijoles; no son muchos, pero al menos les servirán para que sobrevivan por unos días –responde Alfredo con un tono de tristeza–. Con esta guerra, los alimentos se están acabando más pronto de lo que esperábamos.

Impactada por la explicación, Rosa hace un largo contacto visual con la joven, detectando que en sus ojos se refleja una mirada opaca. Dicha interacción ocular es interrumpida con la partida de aquella niña, agitando ligeramente al niño en brazos en un intento de evitar que este llore. De repente, el momento de compasión se ve quebrantado con la llegada de un par de caballos que se detienen a las cercanías del carruaje, siendo uno de los jinetes el osado en llegar ante la presencia del alcalde y su asistente:

            –¡Patrón! ¡Don Fernández! ¡Tienen que venir! Encontraron otro muertito.

Asombrados por la noticia, ambos servidores invitan a que los extranjeros aborden el carruaje con ellos, ordenando al conductor que conduzca lo más rápido posible.

            –¿Otro muerto? ¿Ha habido más? –las preguntas de Peter generan incomodidad.

            –Sí, ha habido otros más… –Alfredo explica la situación, hasta que es interrumpido por uno de los custodios que los acompaña en el interior de la calandria.

            –Telcalipoca –dice en náhuatl el guardia–, el oso grande. Dicen que anda por los cerros y…

            –¡No digas estupideces, Manolo! –le reprime Alfredo con tono severo.

            –Espere, espere. Me interesa saber de eso –Peter coloca sus manos como si estuviera deteniendo un muro invisible–. Desde que llegamos hemos estado escuchando de eso.

Sintiéndose acorralado, Alfredo voltea a ver a su superior, el cual que prosiga:

            –Es un rumor que comenzó después de la Batalla de Icamole –Alfredo se detiene por un momento para exhalar aire–. Según dicen, es el hijo de una mujer y un oso; aunque en realidad se dice que fueron dos hijos: Juan, fuerte y cubierto de vellos, y Jesús, elegante y con apariencia más humana. También se cuenta que cuando escaparon del oso que secuestró a la mamá, Patricia, los tres regresaron a la civilización y que, tras varias hazañas, Juan se convirtió en jefe de policía, pero una decepción amorosa lo incitó a irse a la sierra. Desde ese momento se cuenta que él se volvió un asesino comedor de hombres…

            –Pero son cuentos que la gente inventa cuando no entienden lo que pasa… –añade el alcalde con tono de burla, animando el sombrío ambiente generado en el carruaje.

            –Peter… ¿Crees que esto sea obra de algún ser…? –Rosa disimula su asombro al frotar el brazo de su amigo.

            –No lo dudo. Las víctimas han aparecido despedazadas, ¿es correcto?

            –¿Eh? Bueno… sí –afirma el alcalde aturdido por la breve referencia.

            –¿Y les han practicado autopsia? –Peter se reclina impaciente sobre el asiento.

            –Con esta revuelta es difícil realizar eso –le responde Alfredo arrugando su frente–. Eso y el hecho de que no hay recursos para hacerlo. Todo eso se puede hacer en Monterrey; pero por lo mismo de la lejanía, casi todos los muertos los enterramos lo antes posible.

El rechinido de los caballos indica que han llegado al lugar del crimen, por lo que los pasajeros descienden obedeciendo las indicaciones de los hombres armados que cuidan la escena de los curiosos que merodean:

            –No creo que la señorita Rojas deba estar presente; es decir, hay un hombre muerto… –replica Alfredo sin intención de hacerla menos.

            –Tengo entrenamiento médico –contesta Rosa al acercarse al cadáver cubierto por una cobija y rodeado por velas de cera acompañadas de una cruz dibujada con cal–; y no era un hombre, sino una mujer.

Dicho esto, Rosa descubre a la víctima, demostrando que es una mujer de mediana edad que carece de tráquea, exponiendo la herida del cuello hasta la caja torácica, siendo la brutal escena la causante de la sensación de asco en algunos curiosos que rondan la escena criminal.

            –Peter, mira esto… no hay muchos rastros de sangre –los ojos avellanos de Rosa se encuentran con los opacos iris del alemán, invitándolo a reclinarse–. Tal parece que primero bebieron su sangre y después le arrancó la garganta para comerse el corazón.

            –Todo indica que sí –una mueca de preocupación se refleja en Peter–; y parece que volverá a atacar pronto.

            –¿Atacar? –el incrédulo alcalde da un paso al frente– ¿Qué quiere decir con “atacar”?

            –Quiero decir que el responsable de este crimen está desesperado, hambriento –Peter se detiene por un momento para observar el entorno–. Es la primera víctima que ataca a plena luz del día. ¿Me equivoco?

            –Eso es, eso es cierto, señor Gest –tartamudea el alcalde al responder.

            –Los perros, no se escuchan los perros –continua Peter tras analizar las paredes de adobe de las haciendas que forman ese callejón inhóspito, al igual que el viejo muro derretido por la inclemencia de las lluvias y el tiempo, dando entrada a unos cuantos curiosos de unas casas próximas– ¿Cuántos perros muertos hay en esta ocasión?

La repentina duda incita a que los custodios comiencen a buscar entre los muros bajos que dan a casas abandonadas, en donde encuentran esparcidos restos descuartizados de caninos.

            –¡Son cuatro! –grita una voz entre las bardas de adobe.

            –Señor Gest, dígame… ¿Qué está pasando? ¿Cómo es que sabe todo esto? –replica el alcalde con señales de molestia.

            –¿Usted qué cree, caballero? –Peter muestra una mueca de emoción al mismo tiempo que prepara su revolver– Su hombre-oso existe… y es más hombre que oso.

            –¿Y que tiene planeado hacer al respecto? –indaga Alfredo al presenciar la adrenalina fluyendo del rostro de Peter al girarse para encontrarse con Rosa.

            –No será sencillo, pero lo podemos capturar. Rosa… ¿Te molestaría?

            –Con este calor y el cambio de horarios del viaje… ¡Estaré más que a gusto con ser la carnada! –repentinamente, la esclerótica del ojo derecho de Rosa se torna amarillenta, dándole una cierta satisfacción a Peter, alimentando su sonrisa de emoción.

 

 

 

33. Contra el viento.

 

Villa de García, Estado de Nuevo León, República Mexicana, 17 de julio de 1916.

La noche cae lentamente cubriendo el panorama con parcial oscuridad omitida por la luz de los escasos faroles de aceite sembrados en la calle. Mientras tanto, adentrándose en una casona de dos pisos, embellecida por la hilera de balcones de la segunda planta escondidas entre las hojas de un angosto árbol frontal, Peter y Rosa son guiados por el alcalde y don Alfredo; presentándolos ante la propietaria de la inmensa casa de tintes Norestense:

            –Pueden pasar la noche en estas instalaciones –dice el alcalde al momento de encontrarse ante la dueña, una mujer de apariencia amargada y de medio siglo de edad–. Ella es la señora Pomposa de García; una pariente mía.

Peter y Rosa le rinden sus humildes saludos a la acaudalada dama, quien, tras presentarse con una voz recatada y soberbia, los guía por el enorme salón principal; llevándolos hasta una habitación amplia y considerablemente iluminada por la tenue luz del candelabro de velas, localizada en la planta baja del edifico, cerca de la salida al jardín trasero.

            –Se pueden quedar en esta habitación –comenta la respetable dama con refinada voz–; tiene dos camas pequeñas, así que no creo que tengan problema con eso.

            –Muchas gracias, doña García –Rosa hace una reverencia levantando los bordes de falda, a lo que ella responde con su ceja arqueada, retirándose del recinto con paso sereno.

            –Me imagino que tú, Bernardo, pagarás por los gastos –doña Pomposa se dirige al alcalde con su peculiar actitud.

            –¡No lo dude ni por un segundo, mi estimada prima! Todo sea con tal de que nos ayuden a capturar a ese bandido.

            –¡Y lo haremos! –responde Peter con entusiasmo– Mañana por la mañana les enseñaré nuestro plan así que…

Peter limita sus palabras apenas Alfredo le indica con un movimiento de bigote la presencia de la patrona de la casa.

            –Así que por el momento hay que descansar del viaje –Peter continúa con una improvisación–. De por sí Rosa luce muy cansada por los cambios del transcurso.

            –Solamente espero que ningún crimen ocurra esta noche –Alfredo vuelve a mover su bigote en señal de preocupación.

 

La noche transcurre con calma, alimentando la tranquilidad que se siente entre las amplias calles de pavimento empedrado. Tanta es la serenidad que lo único que quebranta el silencio es la escasa brisa al silbar, extinguiéndose entre las hojas de los nogales; haciendo una sinfonía arrulladora que disminuye el ladrido aislado de unos cuantos caninos en la lejanía.

Aún y con el arrullo de la noche, una incomodidad esporádica provoca que Rosa se retuerza entre las delgadas sábanas de algodón, para finalmente despertar contra su voluntad; teniendo en su rosado rostro todo su cabello enrollado.

            –¡Pero qué clima tan extraño! –alardea Rosa en voz baja a la par que levanta su torso delgado– Primero hace un calor infernal y ahora está frío como Suiza.

De inmediato, Rosa se levanta de su cama para tomar una cobija más gruesa doblada sobre una silla, mirando a la cama de Peter, cual más creativo, luce envuelto en una cobija de la misma apariencia, dormido en posición fetal de tal manera que le da la espalda a Rosa.

            –¿Estás despierto, Peter? –Rosa estira su brazo a la silla más cercana, tomando el saco negro del alemán que ahí se encontraba tendido, colocándoselo sobre sus hombros.

Ya con esta prenda puesta que le cuelga hasta las rodillas y que cubre el camisón blanco que usa como pijama, Rosa se encamina para tomar la gruesa cobija, evitando a toda costa que sus pies descalzos toquen el helado piso liso en lo que busca sus zapatillas azules.

            –¡Mucho mejor! –Rosa se cubre con la gruesa cobija dispuesta a regresar a su cama con una mueca de felicidad en su pálido rostro, pero su momento de satisfacción se esfuma tras escuchar a una rama que se azota contra la ventana–. ¡Ese ruido no me va a dejar dormir!

En eso, Rosa sale de la habitación, sintiéndose ligeramente temerosa de encontrarse con la dueña de la casa y que malinterprete su osadía.

            –¡Listo! –musita Rosa tras abrir la ventana y retirar la rama, cerrándola para poder regresar a su aposento; sin embargo, es en ese momento en el que decide asomarse hacia la calle atraída por su curiosidad que surge con el instinto de estar en peligro.

            –¿Qué haces? –pregunta una voz femenina al ver a Rosa flotar sobre el suelo.

            –No lo sé –Rosa desciendo un poco al darse cuenta de que flotaba, girando su mirada hacia su lado izquierdo para descubrir a su contraparte espectral de tonalidad gris.

            –No deberías estar aquí, fuera de tu cuerpo.

            –¿Fuera de mi cuerpo? –Rosa se le acerca a su contraparte para frotar su rostro griseo con la yema de sus dedos, incomodándola.

            –¡Deja de hacer eso y regresa a tu cuerpo!

            –No tengo ni la más remota idea de cómo hacerlo; casi siempre es involuntario –Rosa aprecia el entorno en el que se encuentra, viendo por la ventana a unas cuantas siluetas transparentes y de diferentes tonalidades y exclamando lamentos, deambulando por la calle vacía–. Pero… ¿Qué es este lugar? Nunca había visto algo tan maravilloso.

            –Esto, querida Rosita, es el mundo astral; habitado por almas, espíritus, energías sueltas… ¡O como quieras llamarlos! –su doble luce preocupación en su rostro tétrico– Y no es un buen lugar para que estés, así que… ¡Regresa a tu cuerpo!

Ante la insistencia de su doble, Rosa asiente con su cabeza su respuesta, inflando sus mejillas y apretando sus parpados esperando que esa acción le ayude a regresar a su estado físico, con nulo éxito en el proceso.

            –¿Es en serio? –el espectro le vuelve a reprochar su fracaso.

            –Si sabes cómo hacerlo entonces dime –le contesta Rosa ante los reclamos de su contraparte, quien se ve interrumpida al instante de escuchar un ruido proveniente de una esquina, decidiendo regresar a la pesada puerta de madera del recinto a la que intenta atravesar sin éxito, procediendo a abrirla como de costumbre y sin ninguna dificultad–. ¡Quién diría que esta puerta fuera tan ligera!

            –Es porque en el mundo astral usas tu fuerza sobrenatural… ¡No, estúpida, no salgas a la calle! –el rostro del espectro luce enfadando al ver a Rosa encaminarse por la banqueta para ir por la calle empedrada, acercándose a una de las siluetas de tonalidad azul que desaparece apenas los rosados dedos de la española lo frotan; lo mismo ocurre con otra figura de contorno gris que da gritos desesperados al cielo– ¿Sabes que es lo que estás haciendo?

            –No exactamente; pero me imagino que cada alma va a su lugar –responde Rosa con melancolía, a lo que su doble se dedica a esbozar una sonrisa cínica.

            –No existe ni el cielo ni el infierno como tal. Lo que tú haces al momento de tocarlos es absorber su esencia, y, por ende, su fuerza –la abrupta explicación del tétrico ser incita a que Rosa se gire horrorizada–. La manera en cómo se desvanecen depende del poder de cada uno: los de color claros o fosforescentes eran personas comunes y corrientes, libres de pecado, y los grises, opacos y cafecitos, eran gente corrompida, mala, un poco más fuertes, pero la fuerza depende también de cada ser.

            –¡No digas esas cosas! –Rosa se le acerca a su doble de contorno café oscuro para propinándole una bofetada.

            –¡Así es como mamá te pasó de su fuerza, y como tú me creaste! –la doble de Rosa cambia su apariencia física, resaltando su cabellera color castaño cobrizo– Con los espíritus de tantos lugares malditos en los que rondabas.

            –Esa sensación… no se parece en nada a la de mi madre –señala Rosa al ver la serenidad que el espectro guarda en lo que su color de piel se torna aperlada.

            –Lamento decirle, señorita, que esa cosa tiene toda la razón –afirma una carismática voz masculina proveniente de una silueta que camina desde la esquina más cercana, ocultando sus manos atrás de su espalda.

            –¿Te podemos ayudar en algo? –reprocha el doble de Rosa sin el acento valenciano.

            –No; al menos ya han hecho más que suficiente…

El misterioso y sonriente hombre se acerca lo suficiente a ambas jóvenes, dejando al descubierto una cicatriz en su rostro que comienza desde el centro de su frente, por encima de su nariz y que se desvía por su mejilla derecha hasta llegar del mismo lado de su cuello.

            –¿Lo suficiente? ¿De qué diablos hablas, cara de patata mal pelada? –el espectro vuelve a tomar la apariencia física de Rosa– Rosa, regresa a la habitación y haz todo lo que puedas para despertar a Peter.

            –Eso no será necesario –Rosa muestra una sonrisa victoriosa que confunde tanto a su doble gris como al espectro masculino, siendo el segundo atacado por una ráfaga de viento que le cae de arriba–. Perdona por no avisarte lo del plan, Rosita fea.

            –Todo indica que el cazador resultó cazado, ¿verdad, chamaco? –alardea el sujeto de la cicatriz facial conservando su sonrisa serena, dirigiéndose a Peter que flota en el aire, sosteniendo en su mano izquierda una szabla plateada de empuñadura dorada.

            –Teniente Flavio Maldonado –Peter reconoce a su atacante en lo que desciende hasta estar cerca del pavimento–. Nunca imaginé que caerías tan bajo como para despedazar gente.

            –Creo que te estás equivocando de asesino en esta ocasión –añade Maldonado encogiéndose de hombros.

Tras sujetar la empuñadura de su espada con ambas manos, Peter se abalanza sobre Maldonado, quien lo detiene con un barrote de una ventana cercana que logra quebrantar.

            –¡Eres un desgraciado, hijo de perra! –la voz agresiva de Peter es silenciada con el crujido de sus dientes– ¡Tú mataste a Adrián, a Liliana y a toda la familia! ¡¿Y todo para qué?! ¡No satisfecho le arrancaste el bebé del vientre a Liliana! ¡Te voy a matar, desgraciado!

Maldonado logra apartarse a una distancia segura de Peter justo en el momento exacto en el que el segundo se disponía a atacarlo con más fuerza:

            –Tienes razón, Pedrito. Lo de la masacre de esa familia fue toda mi idea; es más, yo personalmente le di el tiro de gracia a varios hombres que capturamos, inclusive a Adrián –alardea Maldonado recalcando su ausencia de moral–. Pero lo del bebé, no necesariamente fue mi idea. Aún tengo principios; no soy un monstruo.

            –¡MALDITO CÍNICO HIPÓCRITA!

Peter se apresura a lanzarle otro ataque blandiendo su espada al aire, atrayendo consigo una ráfaga de viento que daña la fachada de una casa aledaña; pero Maldonado la esquiva, sacudiendo las mangas de su rojizo saco y peinando su cabello castaño oscuro hacia un lado.

            –Déjame terminar, chamaco –Maldonado conserva su apariencia confiada–. Verás, fíjate que lo del bebé se me salió de las manos; al fin de en cuentas no era mi objetivo principal. Tú bien sabes que cuando quiero algo soy directo y me aferro hasta conseguirlo.

Es en se momento en el que Maldonado levantando una de sus manos con una pose similar a como si sostuviera una copa de vino, haciendo aparecer un libro de cubierta rojiza y algo desgastado; mientras que su sonrisa incrementa, revelando su siniestra dentadura perfecta.

            –¿Reconoces este libro, mi querido Pedrito? –el rostro del alemán luce horrorizado al ver el bloque de hojas amarillentas en la mano de Maldonado.

            –¡¿Qué es ese libro, Peter?! –le grita Rosa desde las cercanías tras observar la quietud de su aliado, petrificado por el asombro.

            –Ese es el diario de mi madre… –responde Peter aturdido– se lo dejé a Liliana…

            –¿Preocupado, Pedro? –la sonrisa de Maldonado se mantiene en lo que coloca al diario a la altura de su mejilla– Resulta que la familia de tu amigo lo resguardo muy bien. Y aunque fue difícil encontrarlo… al final lo logré.

            –¿Qué tiene de especial ese viejo libro? –añade el espectro de Rosa en pose defensiva.

            –Esto, pequeño monstruo, no es un simple diario que una adolescente escribió hace años –Maldonado se encamina con paso desafiante hasta el centro de la calle empedrada–. Se podría decir que es una réplica casi exacta de un viejo grimorio que en su momento estuvo en manos del gran Berencsi: La Poule Noire, o La Gallina Negra, por si no sabes francés. Tengo que admitir que traducirlo del holandés al español fue una tarea compleja, pero no difícil. Aprendí muchos términos del idioma de tu madre, jonge.

Desafiado por la prepotencia del oficial rebelde, Peter vuelve a atacarlo con la intención de quitarle el libro, siendo esquivado nuevamente por Maldonado al hacerse a un lado.

            –¡Rosa! ¡Tenemos que quitarle ese libro! –ordena Peter con desesperación.

            –Es un reto que estoy dispuesto a aceptar; pero lamento decirles que este libro se encuentra con mi forma física en algún lugar lejos de aquí. Tampoco soy un tonto –repentinamente, el libro se desvanece en el aire ante la sorpresa del alemán y las dos jóvenes–. Además, se me hace un poco injusto una pelea de tres contra uno; por lo que te tengo una sorpresa que te va a cautivar.

De la nada, justo a la derecha de Maldonado se levanta un torbellino de tierra negra que forma la silueta de una persona alta ataviada con ropas militares de color verde azulado, similar al uniforme de una época anterior.

            –Hola, Peter. Tiempo sin vernos –dice el nuevo contrincante al mismo tiempo que desenvaina una espada de artillería, con la que le apunta a Peter.

            –¿Jacinto? –Peter observa los ojos oscuros que se esconden bajo un quepí militar azul marino, mirada que sobresale por el fino bigote curveado y un recortado triangulo de vello bajo su labio que adornan su rostro fiero– ¡Tú deberías estar muerto!

            –Ya lo estaba cuando te conocí –le responde Jacinto inexpresivo.

            –¡Pero qué hermosa reunión de amigos! –Maldonado hace un ademan con sus manos que alimenta su sarcasmo–. Y aún no se me acaban las sorpresas, solo espera unos segundos.

 

Escondidos en una esquina cercana a escasos metros del campo de batalla, el alcalde Sepúlveda, junto a Alfredo y un puñado de hombres armados apostados en distintas direcciones lucen impacientes mirando la calle vacía frente a la mansión de doña Pomposa, buscando detenidamente en los distintos balcones que adornan ambas plantas de la casa.

            –¿Por qué se estarán tardando esos dos? –reprocha Alfredo con revolver en mano, consultando su reloj de bolsillo y dirigiéndose a su superior– Ya pasan de las nueve de la noche y no nos han dado la señal. Lo único que hemos visto son esos remolinos raros.

            –Aguarda, aguarda –dice el alcalde en voz baja–. Confío en ese alemán.

Las serenas palabras del alcalde Sepúlveda calman la impaciencia de sus hombres, sensación que se ve nublada por la repentina aparición de dos piernas verdosas que aterrizan justo enfrente de ellos, dejando también que sus pesadas alas descansen sobre su enorme torso.

            –Buenas noches, caballeros –saluda cordialmente el largo ser alado con una voz áspera que suena más a gruñido–. Disculpen de antemano por asustarlos de esta manera.

            –¡Es un monstruo! ¡Disparen! –grita uno de los custodios aterrado por la presencia del ser volador, lo que casi causa una ráfaga de detonaciones, si no fuera porque el enorme humanoide usa una de sus alas para derribar a todos sus adversarios.

            –Por favor, no hagan eso. Yo no seré su oponente –exclama el hombre alado después de recuperar su postura y señalar con su dedo de afilada uña negra hacia la parte trasera de los civiles derribados–; él lo es. Así que les recomiendo que tomen sus armas y se defiendan.

Sin decir más, el hombre con alas se retira dirigiéndose hacia el centro de la calle frente a la casa de los balcones, dejando que los hombres se apresuren a tomar sus armas al apreciar cómo de entre las sombras una figura los comienza a atacar, siendo los últimos en tomar sus respectivas armas, los capaces de defenderse con detonaciones que iluminan la oscuridad de ese tramo de la calle. Sus propios gritos son opacados por la pólvora que explota, silenciándose para dar paso al sonido de la carne que es desgarrada.

 

            –¿Qué está sucediendo allá?

Peter se distrae ante el ruido de las armas de fuego, por lo que, usando la iluminación de las detonaciones, logra identificar al causante de dicha masacre a quien le arroja una ráfaga de viento que golpea una de las paredes cercanas; ahuyentando al atacante al escalar ágilmente por la pared; lo que permite que los sobrevivientes retomen sus rifles y pistolas y sigan el trayecto del salvaje atacante.

            –Justo lo que necesitaba para entrar –el ser alado introduce su puño a través de una grieta translucida causada por la ráfaga que Peter lanzó; forzándola hasta que se abre lo suficiente como para introducir su cuerpo con dificultad–. Damas, caballeros; buenas noches.

            –¿Otro dragón? –exclama Rosa sorprendida mientras que su contraparte gris hace un gesto con sus dedos entrelazados para cerrar esa grieta.

            –No; ese es otra especie de monstruo –Peter retrocede unos pasos dejando al descubierto su mandíbula apretada–: es un hombre-pájaro. Su nombre es Garza.

            –Peter, han pasado muchos años. Diez, si mal no recuerdo –el feroz rostro de Garza se mantiene calmado en lo que observa el panorama, moviendo la parte inferior de su quijada de donde sobresalen un par de colmillos hacia arriba–. Así que este es el mundo astral. ¡Que decepción! Realmente esperaba encontrarme con seres espeluznantes; pero solo están ustedes y las siluetas claras. Al menos esta sensación de neblina transparente le da un toque único.

            –¡¿Cómo es posible que estés tú en este mundo?! –le reprocha Peter luciendo más desesperado– ¡Tú no eres un ser psíquico!

            –¿Qué acaso no lo sabías, Pedrito? –Maldonado se apresura a responderle a Peter– En el momento exacto en el que lanzaste esa onda de fuerza espiritual abriste un portal que le dio la oportunidad a Garza de acompañarnos.

Imitando el mismo gesto que su contraparte hizo hace unos momentos, Rosa entrelaza sus dedos, extendiendo sus manos a la altura de su cintura, sacudiendo el entorno brevemente.

            –¿Qué acabas de hacer, pequeña dama? –indaga Garza sin verse preocupado.

            –Dejaron a uno de los suyos en el mundo físico, en donde estaban nuestros cuerpos a su suerte –le responde Rosa sin quebrantar su seriedad–; así que los traje a este mundo.

            –Inteligente la niña –el labio de Maldonado sobresale en señal de sorpresa.

            –¿Y por qué me dices tu plan? –Garza cierra sus ojos denotando tranquilidad– ¿Qué no sabes que yo soy tu enemigo?

            –La verdad, lo desconozco –Rosa se mantiene estable flotando en el aire–. A lo mejor fue tu caballerosidad; me inspiró una sensación de honor que muy pocos tienen.

            –¡Rosa! ¡¿Qué has hecho?! –le recrimina Peter tal acción, preparando su espada para atacar– ¡Le diste nuestros cuerpos a los espíritus que deambulan en este mundo! En especial a ese idiota de uniforme. ¡Él es quien lo desea más!

            –No te preocupes por eso; ya lo había pensado –tras decir esto, Rosa le extiende su mano izquierda a su doble para que ambas comiencen a absorber a los seres transparentes de diferentes tonalidades que divagan en el área de combate, desapareciéndolas por completo.

            –¡Ah! ¡Qué bien se siente consumir almas en pena! –la doble de Rosa desliza su dedo anular desde el contorno de sus labios hasta llegar a la orilla de su mandíbula, procediendo a atacar a un asombrado Jacinto, propinándole una patada que lo avienta hasta una barda baja–. Pensé que eras un fantasma cualquiera. De serlo, te hubieras desintegrado con ese golpe.

Percatándose de lo sucedido, Maldonado se asombra al ver a Rosa aparecer a una corta distancia de él, cruzando sus manos a la altura de su tráquea rápidamente:

            –Lo que vayas a hacer, hazlo bien, señorita.

Maldonado denota confianza, ignorando el hecho de que la doble de Rosa materializa su espada de hoja negra para lanzarla en contra de Maldonado pero que logra esquivarla; sin embargo, Rosa atrapa el arma de la empuñadura con forma de pétalos rojos, redirigiéndola a Maldonado, logrando rasguñarle la mejilla, dejando una herida abierta y sin sangre.

            –¡Ten cuidado, Rosa! Las heridas que suframos en este mundo se reflejarán en nuestros cuerpos físicos –Rosa asiente su mentón a la explicación de Peter, por lo que este se enfrenta a Garza, cuya paciencia lo ha mantenido en el mismo lugar todo este tiempo–. Supongo que tú eres mi oponente.

            –Regresa a tu forma física, por favor –Garza levanta su puño para golpear al aire, creando unas grietas translucidas que se restauran en cuestión de segundos.

            –¿Qué acaso intentas quebrar la barrera entre ambos mundos? –replica Peter sorprendido, disponiéndose a atacarlo con su szabla– ¡Estas loco si quieres hacer eso!

            –Insisto, regresa a tu cuerpo. No estoy dispuesto a participar en una pelea dispareja –Garza suelta su puño otra vez, creando el mismo efecto–. Tú, en esa forma, puedes atacarme a diestra y siniestra y yo estaré indefenso; y en lo personal, ir por tu cuerpo vacío y destruirlo se me hace algo bajo y deshonroso.

Peter presiona su mandíbula en lo que escucha la petición de su oponente, sintiéndose limitado de opciones.

            –Si no estás dispuesto a cumplir esa solicitud, entonces continuaré intentando romper esta barrera –añade Garza dando otro fuerte golpe con resultados incrementados–. O puedes lanzarme ataques. Sobra decir que el individuo que se encuentra afuera no dudará en despedazar los cuerpos de ambos apenas entre a este mundo.

Peter se mantiene inmóvil ante la ausencia de ideas, por lo que gira su rostro para ver a su alrededor, mientras que Garza continúa golpeando la barrera con éxitos diversos. En lo que eso sucede, la doble de Rosa, quien ha recibido la espada con la que le causó daño en la mejilla a Maldonado, se dispone a blandir el arma contra Jacinto, el cual en cada intento de levantarse logra defenderse con su propia espada, haciendo lo posible para no caer víctima de su contrincante de piel grisea.

            –Lo derribó demasiado rápido –comenta Maldonado a la par que palpa su herida ausente de sangre y mira cómo Rosa se prepara para atacarlo cruzando sus brazos–; pero ese ya no es mi problema.

            –¡Rosea ray!

Una gran florescencia rosada rodea el contorno de Rosa, misma que arroja contra Maldonado y que cambia a un color morado oscuro simular a llamas negras y rojizas que arden en la banqueta en donde Maldonado yacía.

            –Eso fue un movimiento muy osado y conveniente –dice Maldonado al mismo tiempo que apaga una llama que alcanzó a encenderse sobre su saco café rojizo– De hecho, me recuerda mucho a una técnica que ya había visto.

            –Es un movimiento que aprendí recientemente –titubea Rosa al ver a Maldonado acercársele tranquilamente, haciendo que en su mano se materialice una espada corta y recta de hoja fina y dentada–. Me la enseñó mi madre con su esencia antes de morir.

            –Lucía Benavent, supongo –Maldonado expresa su cinismo con una sonrisa, deteniéndose a poca distancia de Rosa.

            –¿Cómo sabes eso? –le reprocha Rosa a la par que ahora ella se le acerca.

            –Digamos que soy una persona que le gusta estar informada –Maldonado relaja la mano que sostiene su filosa arma–. Pero es curioso que menciones que ella era tu madre. Según tengo entendido, era imposible para ella que pudiera tener descendencia, ya que yo mismo me encargué de atravesarle su vientre con esta misma daga hace ya como unos quince años.

 

 

 

34. Una promesa.

 

10 años atrás…

A pequeños y frágiles pasos, temerosa de caerse, pero feliz de caminar por su cuenta, la pequeña se encamina hasta la mesa, recibida por la delgada figura de una joven dama que la sujeta antes de caer en su último paso, cargándola consigo con sus firmes brazos:

            –¿Quién eres tú? –pregunta la niña mientras jalonea un mechón de color castaño claro, soltando risas de emoción que son imitadas por el rostro angelical de aquella dama de vestido azul celeste con encajes negros.

            –¿Yo? Pues yo soy… –la mujer duda por un momento sus palabras, hasta que es interrumpida por otra mujer algo mayor a ella, quien llega hasta la sala con una tetera y galletas que coloca sobre la mesa principal.

            –Ella es tu madre, Rosita; Lucía –comenta la anfitriona al servir un poco de té en un par de tasas de porcelana– ¿Qué acaso no la recuerdas?

Una enorme sonrisa se dibuja en la cara infantil de Rosa después de escuchar las tiernas palabras de la propietaria de la casa, por lo que Rosa coloca sus pequeñas manos sobre el rostro de Lucía, dándole pequeñas palmadas.

            –¡Que hermosa te ves con ese vestido! –Lucía aprecia el atuendo de Rosa, un vestido de una sola pieza de un color rosa fuerte con bordes blancos.

            –¡Mami, mami! –Rosa agita sus brazos de la emoción–. ¿Ya no te vas a ir?

Lucía se queda pasmada por la pregunta de la niña, dejando de sacudirla para colocarla sobre su regazo tras sentarse en una silla de madera, lista para deleitarse con una taza de té, no sin antes darle una galleta a Rosa que sostiene con sus pequeños dedos.

            –Ya no me voy a ir, mi pequeño angelito –Lucía le da un ligero sorbo a su bebida caliente, para después dirigirle otra sonrisa a Rosa–. Ya pasé mucho tiempo lejos de ti. Esta vez vine para llevarte conmigo.

Rosa se dedica a comer su galleta, desconociendo bien las palabras que le dirigen; situación que Lucía aprovecha para conversar con su anfitriona:

            –Y dígame, doña Colmenero… ¿Qué ha pasado en todos estos meses? –Lucía mueve su rodilla de arriba abajo, distrayendo a Rosa quien intenta comer su golosina.

            –No sé si debería decir esto, pero… –la señora Colmenero observa la felicidad de Rosa, hasta que la amabilidad de Lucía la invita a continuar– en las últimas semanas han pasado cosas muy extrañas; hay cosas que desaparecen de su lugar y aparecen en otros lados. Y a veces, cuando preparo el fuego para cocinar, este cambia de color misteriosamente.

            –¿Y desde cuando empezaron a ocurrir esos eventos? –Lucía sujeta a Rosa para que no se caiga, deslizando sus dedos sobre sus castaños cabellos bien peinados.

            –Pues, desde que la niña tiene una amiga imaginaria –responde doña Colmenero con semblante serio al mirar la felicidad que refleja Rosa–. Al principio pensé que ella hablaba sola por el hecho de que no hay niños de su edad en la casa, pues mis hijos casi no están aquí por sus trabajos. Por lo que he pensado en cuidar a las nietas de mis vecinas para que tampoco se queden solas en sus casas.

            –Ya veo… –Lucía le da otro sorbo a su bebida, dirigiéndose esta vez a su pequeña–. Rosita, dime: ¿Has jugado con otras niñas?

            –No, mami –Rosa termina de comer su galleta–; sólo con una.

            –¿Y cómo es ella? ¿Te ha dicho su nombre?

            –Dijo que se llama Rosa, como yo, y se parece mucho a mí –Rosa deja de reír al recordar detalles–; pero su cabello y ojos son negros. Es muy traviesa. No la regañes, por favor; también está solita.

            –No te preocupes, no le vamos a decir nada –Lucía reafirma sus cálidas palabras.

Lucía acomoda a Rosa sobre su otra pierna para extraer un pequeño amuleto verde de su muñeca con la que comienza a musitar unas palabras en un lenguaje ajeno al español, meneando el artefacto sobre la cabeza de Rosa, quien intenta atraparlo.

            –Con eso bastará –Lucía le entrega el verdoso amuleto rectangular a la pequeña para que juegue con él, dirigiéndose esta vez a la dueña de la casa–. Ya no verá cosas en un buen tiempo, doña Colmenero; no se preocupe.

Mientras las mujeres siguen con su conversación, Rosa, aún sentada en el regazo de Lucía, gira su cabeza para ver su reflejo en un espejo cercano, apreciando su propio reflejo que le dirige un saludo agitando su mano, manteniendo a flote su semblante espeluznante.

 

Villa de García, Estado de Nuevo León, República Mexicana, 18 de julio de 1916.

Distraída por el hecho de que Maldonado y Rosa están a poca distancia, la doble de Rosa recibe un fuerte golpe con la parte sin filo de la espada de Jacinto que logra derribarla, obligando a que su arma de hoja negra se le resbale de sus manos.

            –Nunca le des la espalda a tu enemigo –Jacinto blande su espada para acercar el arma derribada al espectro, dejándola impresionada–. Tómala y pelea.

            –Tuviste una muy buena oportunidad y la desaprovechaste –la doble de la española toma su arma velozmente, dando en seguida un gran salto para atacar al militar quien se cubre con su sable colocado de manera vertical.

            –No me gusta pelear contra una mujer; pero tú eres realmente fuerte. Un enemigo digno diría yo –Jacinto empuja la hoja plateada, repeliendo a su contrincante, promoviendo un constante choque de filos que parecen no detenerse.

Por otra parte, a poca distancia de ellos y sin intenciones de atacar, Maldonado se mantiene relajado con su arma en su mano, evitando romper el contacto visual entablado con Rosa, quien se preparada para defenderse si la situación lo amerita. Mientras que, al otro polo, Peter se niega a alejarse de Garza, viéndose limitado por el audio distorsionado por la distancia y la sensación borrosa en el ambiente:

            –Lucía es mi madre lo creas o no –Rosa baja sus brazos a su costado para ver con seriedad los ojos claros de Maldonado.

            –Una madre no es la que engendra, sino la que da todo su amor –Maldonado recibe una bofetada por parte de Rosa, atrayendo la atención de todos los contendientes.

            –¡No le prestes atención, Rosa! ¡Es un manipulador de primera! –Peter se retira de su ubicación en un intento de alejarla de Maldonado, a lo que Garza aprovecha para seguir golpeando la barrera inter-dimensional, fragmentándola en pedazos grandes.

Peter levanta ambos brazos sosteniendo su curveada espada para atacar a Maldonado quien logra empuja a Rosa con su palma extendida, usando de inmediato su espada dentada para contrarrestar al alemán, creando un impacto que sacude la neblina translucida. Aprovechando esa liberación de energía, Jacinto golpea a la doble de Rosa agitando su espada de tal manera que la parte paralela de la hoja la derriba, avanzando también para atacar a Peter, quien antepone su brazo para cubrirse del sable, generándose un corte ausente de líquido sanguíneo:

            –Jacinto, debiste concentrarte en esa niña de piel gris –exclama Maldonado a la par que aplica presión sobre su espada para herir a Peter.

            –Esta es mi oportunidad de volver a vivir –Jacinto presiona su sable, obligando a que Peter gruña de dolor–; pero primero tengo que matarlo.

            –¡Eres un ambicioso de primera, traidor! –la szabla de Peter se desliza a la lateral para cortar la frente de Maldonado, aterrizando en la yugular de Jacinto, obligándolo a cubrir su herida–. ¿Sientes eso? Es la sensación de morir una segunda vez. Quizás no estarás sangrando, pero la sensación de falta de aire es casi igual.

Aterrorizado por la sensación, Jacinto retrocede unos pasos llegando hasta la banqueta evitando quebrantar el contacto visual con el germano; deteniéndose apenas siente la mano de Rosa que le toca del hombro. Es en ese momento en el que la doble de Rosa corre hasta donde ambos están de pie, evitando que ambos se vean de frente:

            –¡No absorbas su fuerza! ¡Es demasiado fuerte para ti! –el espectro habla muy tarde ya que Rosa ya tenía a Jacinto sujeta de su muñeca, iniciando un proceso de desaparición lento que aterra al fantasma del militar.

Sin embargo, la otra Rosa logra llegar para sujetar la muñeca derecha de Jacinto para absorber parta de la implosión repentina que se genera con el contacto de ambas chicas. Dicho destello arroja corrientes de energía por todos lados, llegando inclusive hasta donde Garza golpea la barrera cuyas grietas se reconstruyen de inmediato; por lo que este aprovecha para dar un fuerte impacto con su puño al invisible muro, quebrantándolo lo suficiente como para entrelazar ambas dimensiones, atrayendo consigo los aullidos de los perros más cercanos.

            –¡¿Qué diablos acaba de suceder?! –Peter ignora su encuentro con Maldonado, el cual le rasga con su peculiar espada parte del pecho.

            –No te distraigas, niño –Maldonado espera a que Peter se incorpore, acción que realiza para blandir su szabla con la que lanza una fuerte corriente de aire que va directo contra el pecho de Garza y lo derriba, sellando al mismo tiempo el hueco que había creado–. Buena juagada, niño; muy buena jugada.

            –¡Rosa! ¡Intenta reponerte! ¡Nuestros cuerpos físicos están de regreso en el mundo de los vivos! –Peter observa cómo en lo alto del oscuro firmamento deambulan diferentes sombras oscuras y de otras tonalidades fosforescentes, dirigiéndose hacia el centro de batalla– ¡Esos entes que vienen son muy peligrosos!

Ambas Rosas captan el mensaje de Peter; por lo que ambas intentan para reponerse.

            –Eso que hiciste con Jacinto; toda esa fuerza… tú… –Peter titubea al hablar.

            –Cuando lo encontré, él ya había absorbido una gran cantidad de almas por su cuenta –interrumpe Maldonado deslindándose de cualquier acusación.

            –Y el libro… ¿Cómo lograste conocer esas técnicas? –Peter mantiene su espada en posición defensiva.

            –Estudiándolo hasta soñar con cada palabra de la fea letra de tu madre –replica Maldonado con sarcasmo–. Pero sé de antemano que no soy tan fuerte como tú o como las niñas aquellas; es por eso por lo que se han ganado mi respeto, y eso es un elogio que les doy antes de sus respectivas muertes.

Los parpados de Peter se abren tras percatarse de que ya no se encuentran en el mundo astral, sino que sus presencias deambulan por el mundo de los vivos, como proyecciones astrales.

            –¡CORRE A TU CUERPO! –grita Peter a todo pulmón para que Rosa regrese el interior de la casa.

De inmediato, Peter se da la vuelta para encontrarse con su enemigo, quien lo espera paciente y sin espada en mano.

            –Nunca pensé que estar mucho tiempo fuera de mi cuerpo sería muy agotador. Es una pena; realmente quería ver tu muerte y la de tus amigas –comenta Maldonado con melancolía, desvaneciéndose ante la vista del alemán–. Me conformo con ver la noticia en los diarios por la mañana. También te aviso que tengas cuidado con tu “hombre-oso”; le dije unas cosas no muy agradables de ti.

De repente, se escucha el silbato de un tren que frena, confundiendo a Peter mientras que Maldonado despierta abruptamente del trance en su cuerpo físico, sentado sobre una silla de madera y con el libro y su espada recargados a la orilla:

            –¿Se encuentra bien, patrón? –pregunta un sujeto joven de pelo largo y rizado mientras baja la cortina de la ventana del oscuro cuarto que da a la Estación del Golfo.

            –Nada del otro mundo, Mechudo –Maldonado se limpia la sangre que fluye de las cicatrices de su rostro, lo que obliga a su subordinado a recargar su carabina contra el muro para extenderle a su jefe un pañuelo para limpiarse–. Al fin y al cabo, conseguí lo que quería.

De regreso a la calle empedrada en donde Peter se muestra confundido ante tal desaparición, este regresar al interior de la casona, encontrándose en su trayecto a Garza, el cual se incorpora del pavimento listo para atacarlo; pero su osadía es detenida por la repentina aparición de los guardias armados sobrevivientes, entre ellos el alcalde Sepúlveda y Alfredo, con ligeros rasguños en diferentes partes de sus cuerpos, y quienes abren fuego con sus armas, obligándolo a Garza a dejar el área con un fuerte alteo que lo conduce por el oscuro cielo.

            –¡¿A dónde se fue?! –grita uno de los sujetos armados cegado por la noche, comentario que Peter ignora en lo que regresa a su cuerpo físico.

Ya en el cuarto en el que hace unas horas Rosa y Peter descansaban, la española localiza su cuerpo flotando sobre las sábanas; mientras que el cuerpo de Peter permanece sentado a la orilla de su cama, con los ojos abiertos clavados en algún punto muerto de la pared de adobe.

            –¡Oye, niña! Regresa a tu cuerpo lo ante posible –indica la doble de Rosa al sentir unas figuras en pena merodear por la casa.

            –¿Y cómo diablos se hace eso? –replica Rosa estresada, incitando a que su doble la empuja hacia su cuerpo para despertar su forma física que cae sobre la cama– ¿En dónde te has escondido?

            –Aquí sigo; es sólo que va a tomar tiempo para que me puedas ver.

Satisfecha con la respuesta, Rosa se levanta de la cama frotando su frente aturdida, buscando con los pies descalzos sus zapatillas azules y restos de vidrios rotos esparcidos por el suelo.

            –¿Quién está ahí? –Rosa extiende su mano para levantar algunos objetos de la habitación; pero su afán se ve interrumpido con la aparición de una silueta proveniente de la amplia ventana de barrotes doblados.

Repentinamente, la puerta del cuarto se sacude, despertando a Peter de su trance y respirar una gran cantidad de aire por su garganta al sentir la vida regresar a su cuerpo. Es en ese momento en el que comienza a llamar a su amiga en el interior del cuarto oscurecido:

            –Rosa, ¿Rosa? –la voz de Peter atrae a los hombres armados al interior de la casa, limitados por la pesada puerta principal, la cual logran abrir forzándola con el peso de sus hombros– ¡Rosa!

Peter detiene sus gritos apenas ve la ventana forzada, desenfundando su revólver de su saco tirado en el piso y saltando con el arma hacia el patio exterior, en donde logra reconocer a Rosa sentada en una silla de mimbre, inmóvil y serena.

Peter se apresura a llegar hasta ella, tragando un poco de saliva en lo que la luz lunar le permite distinguir a su amiga, cuyo rostro se gira levemente, mostrando sus pupilas aterradas y con ligeras marcas de rasguños en su garganta:

            –¡Rosa! ¡¿Qué te sucedió?!

Rosa menea su barbilla algo tarde para que Peter pueda detectar el eco de una bota perteneciente al extraño de gran tamaño que la acompañaba escondido entre las sombras.

            –No me parecía justo lastimarla hasta que tú estuvieras presente –el misterioso sujeto sale de la penumbra, resaltando el golpeteo de sus botas con el suelo.

            –¡Maldito hijo de…! –Peter levanta su revólver dispuesto a usarlo; pero su mano titubea al reconocer al desconocido que se acerca hasta él– Ad… ¿Adrián?

El rostro de su viejo conocido luce demacrado, con unas ojeras bajo sus ojos ennegrecidos y con unos dientes afilados que sobresaltan con cada jadeo.

            –Han pasado varios años, teutón –Adrián avanza amenazante, revelando su desgastada camisa blanca ensuciada por la tierra al igual que sus pantalones y botas de jinete cubiertos de capas de tierra seca–. Pensé que nunca regresarías.

            –¡Adrián! Me dijeron que habías fallecido y… –la improvisada sonrisa de Peter se desvanece tras ver la apariencia de su amigo, enfocándose en su piel pálida y uñas manchadas de marrón con rastros de sangre fresca, concluyendo que él es el responsable de las heridas sobre el cuello de Rosa–. Adrián… ¿Cómo es que sobreviviste? ¿Qué te hizo Maldonado?

            –Sobreviví por una extraña razón. Después de ser fusilado y enterrado medio muerto –Adrián habla con una voz ronca similar a gruñidos, mientras que sus uñas largas y amarillentas rozan la orilla de una pequeña mesa, en donde yacen diferentes cubiertos y platos–. Y respecto a lo que me dijo, mencionó que apestas a tabaco y a queso rancio.

Rosa asiente ligeramente su cabeza dirigiendo sus ojos a su amigo, reafirmando el comentario de Adrián, a lo que Peter aguarda por el mejor momento para hablar:

            –Adrián, sea lo que sea que te haya hecho Maldonado, tienes que mantener la calma –Peter baja la mano que sostiene el revólver–. Recuerda lo que nos hizo hace diez años.

            –¡Lo que nos hizo a los dos hace diez años! –gruñe Adrián intimidando a ambos, calmando su apariencia intimidadora en un momento repentino– ¡Querrás decir lo que hizo por capturarte! ¡A ti y a tu maldito libro ese!

Adrián retrocede un poco al sentir una amargura que se refleja en sus ojos:

            –¡Maldonado sólo me dijo que todo era tu culpa! ¡Que tú eres el jinete del caballo bayo! Portador de La Muerte y que a cualquier lugar a dónde vas dejas destrucción y caos.

            –Él está jugando con tu mente; estás bajo algún tipo de encanto –Peter se acerca lentamente a la silla en donde está Rosa, siendo repelido por la presencia amenazante de Adrián, quedando ambos a cada polo de la mesa con Rosa sentada al centro.

            –Quizás sea cierto; pero saberlo o no, no traerá de vuelta a toda mi familia, a mi amada Liliana… ¡Ni mucho menos a mi angelito! –una mezcla de lágrimas y sangre sale de los ojos agotados de Adrián, llevándose ambas manos a su cabeza para desgarrar con sus uñas afiladas parte de su espesa cabellera en lo que se retuerce de dolor.

 

Los últimos recuerdos de Adrián comienzan a atormentarlo; empezando por la sensación de ser extraído de la tierra humedecida y el sol cegando su vista de los militares haraposos que le apuntan temerosos y de la imagen de Maldonado ordenándole a sus hombres que bajen sus armas, acercándosele con tranquilidad y sonrisa perdida:

            –Yo no di la orden de abrir fuego. Tan sólo venía a comprarte esto, legalmente; sin conflictos –Maldonado refleja culpabilidad, extendiéndole el diario de cubierta rojiza para que lo reconozca–. Sabes bien quién trajo tu desdicha; y también sabes que se necesita mucha sangre para traerlos a la vida, al menos a dos personas. Tú no moriste, pero te ofrezco una solución a tu dolor… y a tu venganza.

Sin decir más, Adrián aparta a Maldonado de su camino, lanzándose en cuatro extremidades como una bestia salvaje sobre los espantados rebeldes, despedazándolos uno por uno lo más rápido que puede hasta que su masacre se detiene apenas Maldonado chasquea sus dedos:

            –Necesitarás comer cada luna llena. Los de tu especie son muy económicos en aspectos alimenticios –Adrián deja a un par de los subordinados de Maldonado vivos y petrificados de miedo–. Y si realmente quieres traer de regreso a algunos difuntos, necesitas sangre de un dhampiro; tal como el ser que trajo a ti la tragedia y mí la ambición.

 

Los recuerdos perturbadores de Adrián se desvanecen espontáneamente al mismo tiempo que le dirige una expresión de desprecio a Peter:

            –Adrián… ¿Escuchas eso? Son hombres armados que vienen a matarte. ¡Tienes que irte! No puedes quedarte aquí ¡Huye!

Lentamente el demacrado aspecto Adrián cambia con una sonrisa que se dibuja tras imaginar a su amigo con una apariencia más juvenil y con un contorno brilloso alrededor de él:

            –¿Peter? ¿Eres tú? ¡Viniste por fin a visitarnos! Sabría que vendrías a apadrinar a mi hijo –Adrián se acerca a Peter sin agresividad–. Liliana y yo estuvimos de acuerdo en ponerle tu nombre, Pedro.

            –Sí. Soy yo, pinche palo alto –responde Peter al visualizar a la muy afectada cordura de Adrián, dirigiéndole una sonrisa–. ¿Qué pensabas que ya no iba a volver o qué?

Peter le extiende sus brazos simulando un abrazo, a lo que Adrián le responde rodeando con sus extremidades musculosas el delgado cuerpo del germano.

            –¡Han pasado muchas cosas, pinche teutón!

Adrián presiona su boca contra el hombro derecho del alemán al mismo tiempo que palpa su espalda, lo que confunde a Peter; siendo este el encargado de señalarle a los recién llegados armados con rifles a que contengan su fuego.

            –¿Recibiste mis cigarros?

            –Sí… sí. Puntuales como siempre –le responde Peter amablemente, mientras que Adrián se le retira sujetándole los antebrazos con gentileza–. Gracias por el regalo.

            –¿Y tu madre? ¿Cómo fue? ¿Sufrió demasiado? –las preguntas de Adrián sobresaltan a Peter, borrándole la sonrisa amistosa de su rostro– ¿O la mataste rápido?

Repentinamente, Adrián dobla el brazo derecho de un incauto Peter hacia atrás en lo que da un paso hacia adelante de tal manera que dicho brazo queda inmovilizado por el pesado cuerpo de Adrián, que, al mismo tiempo, le coloca su propio antebrazo sobre el cuello al alemán para que este no respire.

            –¡A… Adrián! ¿Qué crees que… estás haciendo?

            –Ya sufrí mucho por la pérdida de Liliana… ¡AHORA TE TOCA SUFRIR A TI!

Sin dejar de someter a Peter, Adrián sujeta con ambas manos la mano que aún sostiene el revólver para apuntarle a Rosa; forzando a que Peter presione el gatillo involuntariamente, incrustándole una pieza caliente de plomo en el pecho, a la altura del corazón.

            –Peter… siento… siento… que el… el pecho… me… quema… –exclama Rosa con gran dificultad, mientras que Peter, estoico, observa cómo el camisón blanco de Rosa se tiñe de un tono rojo oscuro y su delgada figura se desliza en la silla, intentando no perder de vista a los ojos opacos de su amigo.

            –¡FUEGO! –grita Alfredo a todo pulmón, liberando una tormenta de detonaciones que dañan superficialmente a Adrián, quien libera a Peter para escapar escalando las altas paredes del patio interior.

            –Rosita… ¿Rosita? –Peter camina con paso lento hasta la silla, dejando caer su revólver que detona al impactarse con el suelo, liberando una bala que rebota y perfora la mandíbula de Peter–. Rosa, meine kleine Rose… ¿Qué te pasó?

Peter se recupera de su estado catatónico, percatándose de la sangre que fluye del pecho de Rosa; así que, guiado por su instinto médico, comienza a presionar sobre la herida:

            –Rosa… no, no, no… sigue conmigo. ¡Alguien que me pase mi maleta! ¡En el cuarto! ¡SCHNELL! –Alfredo se apresura a seguir la petición, regresando con el maletín del germano– Rosa… ¡Rosa! ¡Quédate conmigo!

Un hombre anciano sale de entre los pistoleros, portando un maletín con material quirúrgico.

            –Señor, mi nombre Juan de Dios Treviño; también soy doctor –el amable galeno aparta con delicadeza a Peter para revisar la hemorragia detenida–. Esta niña está muy grave; se nos va a morir aquí si no la llevamos a un hospital.

Peter continúa presionando con una mano el pecho ensangrentado de Rosa, mientras que con la otra sacude el interior de su maleta, extrayendo unos cuantos frascos diminutos de cristal opaco, removiendo con su dentadura el corcho que sirve como tapa hermética para derramar el contenido en los labios rosados de la agonizante española.

            –Trink es, bitte… trink es, meine süßes Rose –la muñeca de Peter tambalea con cada gota que fluye del frasco, evitando perder de vista a los avellanos ojos de Rosa, ojos adornado por una palidez mortal que desvanece el color de su piel rosada.

            –¿Potasio? –indaga el doctor Treviño al ver la letra “K” en la etiqueta del frasco, pero su duda incrementa al ver que le sigue una “r”.

            –¡Rosa, Rosa! Lass mich bitte nicht –las lágrimas de Peter caen sobre la barbilla de Rosa en lo que saca otro frasco etiquetado con la letra “P”, vertiendo el contenido líquido de igual manera como antes–. Vergib mir, meine Liebe.

            –¿Fosforo? ¡¿Qué cosas le está dando a esta muchachita?! –reniega el doctor Treviño aterrado–. No tenemos tiempo que perder ¡Una carreta! ¡Rápido!

            –Peter… –la voz de Rosa es casi inaudible, por lo que este se le acerca un poco a su pecho– Me duele… mucho. Prométeme que… que me llevarás contigo… a todos lados…

            –¡No digas eso, Rosita! Todavía te queda una vida muy larga por delante –replica Peter con un tono de esperanza–. Sabes que no soy bueno cumpliendo mis promesas.

            –Eso dices tú…

Rosa le dirige una sonrisa angelical, desviando su mirada al centro del patio en donde visualiza a su doble de ojos amarillos saludándola con su mano al aire, y que también refleja una mancha roja sobre su pecho y preservando una mueca amigable en su rostro sereno.

            –¿Qué haces? –le respiración de Rosa ya no es tan agitada.

De repente, el entorno se paraliza y se ilumina de blanco en lo que la doble de Rosa se le acerca extendiéndole su mano cordialmente.

            –Mi único acto de bondad –dice el espectro al momento de inclinarse a ella, colocando su mano sobre la herida abierta–. Fue un gusto haber estado contigo todos estos años. En las buenas y en las malas.

La sonrisa de su doble se mantiene, invitando a que Rosa imite el mismo gesto, gesto que Peter observa con sus ojos ennegrecidos, dándose cuenta de que Rosa se ha ido.

            –Eres la única promesa que he mantenido y hasta ahora te lo digo –Peter sacude los pequeños hombros de la difunta en un intento final de despertarla– ¿Rosita? ¿Rosa? ¡¡¡ROSA!!!

 

 

 

35. El jinete.

 

            –Cuando llegues a Roma ve a mi habitación –Romina luce agotada y nostálgica, sin desprenderse de la mirada sorprendida de Peter–, y te diriges al pasadizo frío donde guardo mi comida. Encontrarás unas muestras raras guardadas en frascos.

            –Entonces… no regresarás con nosotros a Italia, según veo.

Peter observa la carreta del señor Minh lista para partir, con Roland y Stipan como conductores, mientras que el señor Julius luce pasmado en la parte trasera de su vehículo.

            –Lamentablemente no –Romina menea su cabeza de un lado a otro, cerrando sus ojos por un instante–. Le aseguramos a Lucía que iríamos tras los pasos de Kiss.

            –Y después de encontrar tus pócimas raras… ¿Qué quieres que haga con ellas? –replica Peter en lo que busca en su maleta una camisa de repuesto para reemplazar los restos de la que vestía.

            –Primero, no dejes que caigan en manos de Pacelli –Romina inclina su mirada al decir el nombre de su superior–. Segundo, úsalas en caso de ser una emergencia de vida y muerte; te darás cuenta de qué hablo cuando las veas.

 

Villa de García, Estado de Nuevo León, República Mexicana, 18 de julio de 1916.

            –Ustedes lo sabían… –gruñe Peter girando su cabeza para ver a los hombres armados que se acercan para ayudar, sorprendiéndolos con su acusación– Sabían que estaba vivo y lo protegieron. Eso es lo que ustedes los acaudalados siempre hacen. ¡Se cubren sus espaldas los unos a los otros para su propio beneficio!

            –¡Eso no es cierto! –se defiende Alfredo enojado, pero el alcalde Sepúlveda lo detiene tocándole el hombro.

            –Mi hermano y otras personas que no están aquí en este momento lo sabíamos –el alcalde Sepúlveda reclina su cabeza meneándola en señal de culpabilidad–. Lo vimos cometer el primer crimen hace casi ya un año; y al verlo en ese estado, sumado a lo que tú dices, lo protegimos soltando a criminales para que él se alimentara.

Tras escuchar esto, Peter cierra los ojos de Rosa y cruzar sus pequeños brazos sobre su pecho, levantándose agresivo:

            –¡¿Y por qué lo permitieron?!

            –Pudo más los lazos políticos y familiares –el alcalde se encoge de hombros indeciso.

            –Díganme donde queda su escondite… ¡Díganmelo!

Peter recoge su revólver del suelo para verificar cuantas balas le quedan en las recamara, rellenando los espacios vacíos con balas plateadas de puntas huecas que extrae de su maleta:

            –Deben de conocer su escondite así que ¡DÍGANMELO!

            –Joven, estás sangrando de la quijada y enojado por lo que acaba de suceder –interviene el temeroso doctor Treviño–. Permíteme atenderte y…

            –¡DÍGANMELO! –grita Peter totalmente enloquecido.

            –El Panteón de Dolores –responde el alcalde Sepúlveda–. Hay una cripta subterránea que usa como guarida.

Sin decir más, Peter se abre paso entre los hombres armados, quienes asustados por la expresión espectral de sus ojos no dicen nada, situación que Peter aprovecha para arrebatarle a uno de ellos la carabina con una carrillera.

            –Una última petición –la atención de todos los hombres se centra en Peter–. Quiero que preparen a Rosa y la pongan en una vitrina. Volveré pronto por ella.

Dicho esto, Peter se encamina al exterior de la casona pasando por la amplia sala, de donde toma una espada curveada que ve colgada en una de las paredes para luego salir a la avenida empedrada y romper con un solo movimiento las ataduras de un caballo amarillento que estaba a una carreta cercana, montándose en él y golpear las costillas del equino con sus botines negros para que este acelere por el camino que dirige hacia el oeste.

Los cascos del caballo atraen consigo el ladrido de los perros al pasar enfrente de la Iglesia de San Juan Bautista, siguiendo por el camino que se divide justo en frente de la Capilla de Santo Cristo, tomando el trayecto de la derecha; percatándose también del olor a pan horneado que emerge de los alrededores y finalmente culminar hasta una pequeña colina al final de las casonas y haciendas. Es ahí donde el caballo levanta sus patas delanteras, frenando su veloz viaje.

            –Lamento lo sucedido, Pedro –comenta Garza en lo que desciende del cielo batiendo sus enormes alas formadas de cartílago–; pero matarlo no traerá de regreso a tu pequeña amiga. Sino todo lo contrario; te convertirás en algo como él…

Un sorpresivo corte transversal detiene Garza, dejándolo sorprendido al reclinarse para tocar su pecho y sentir la herida.

            –Una vez tú me hiciste un corte igual a ese –Peter se abre su camisa, mostrándole su herida–. Ya era tiempo de que me las pagaras. Y esto es por Rosa.

Peter le incrusta el corto sable curveado en la costilla izquierda a Garza, retrocediendo un paso para tomar velocidad y usar la hoja como una palanca que lo eleva hacia arriba, y, de esta manera, le desgarrar con sus manos desnudas las alas a Garza, infligiéndole un dolor insoportable.

            –Hablas de pelear con honor y te alías con criminales de baja categoría –Peter suelta una de las alas desprendidas, dejando que la otra extremidad articulada cuelgue a su suerte de la espalda de Garza, arrodillado en el suelo–. Esto es lo que te ganas por tu hipocresía. De ahora en adelante caminaras como un simple humano.

El aullido de los perros vuelve a hacerse presente, atrayendo la iracunda atención del germano quien mira hacia la dirección en la que se dirigía, arrebatándole el sable del costado al agonizante individuo, regresando al caballo para seguir con su recorrido.

Tras una moderada cabalgada sobre un camino de terracería, Peter detiene al caballo justo en la imponente entrada del camposanto, acomodándose la carabina y carrillera alrededor de su atuendo negro tras descender del equino mientras que con su cinturón sostiene el sable. Con su rostro inyectado de ira, Peter retuerce los barrotes de la puerta, adentrándose en el panteón.

            –¡Adrián! –Peter deambula entre las escasas tumbas elegantes, iluminadas por la luz de la luna llena– ¡Quiero hablar contigo! ¡Sal de tu escondite!

Desesperado por la calma del cementerio, Peter realiza dos detonaciones al azar, recargando el arma jalando la palanca hacia abajo con cada tiro.

            –¿Podrías dejar a los muertos descansar? –Adrián salta sobre el techo piramidal de una cripta, atrayendo el cañón de la carabina, la cual escupe tres piezas de plomo, evitadas por los rápidos reflejos del hombre de facciones caninas–. Eso no fue muy inteligente de tu parte. ¿Qué pasa contigo? ¿Por qué no usas tus poderes paranormales para detectarme? ¿O es que acaso no los puedes usar todavía por el desgaste de estar en el mundo astral? ¿O quizás fue por lo de tu noviecita?

            –¡CÁLLATE!

Peter dispara con cada movimiento en la oscuridad que detecta hasta que se le agotan las balas, oportunidad que Adrián aprovecha para derribarlo con un solo golpe, rompiendo la carrillera que colgaba del pecho del alemán.

            –¿Ahora ya sabes lo mismo que estoy sufriendo? ¡Me arrebataron todo lo que tenía!

Adrián ignora cuando Peter extrae su revólver del saco para dispararle.

            –¡Rosa no tenía la culpa! –un par de balas plateadas se incrustan en el pecho y hombro de Adrián– ¡El problema era conmigo, no con ella! ¡Me hubieras matado a mí!

Adrián retrocede para esconderse detrás de una lápida alta que cae despedazada tras recibir dos impactos; mientras que Peter rodea los restos de la estructura, realizando otros dos disparos que se incrustan en el suelo.

            –¡¿Balas de plata?! ¡Qué creativo! –Adrián frota las heridas en la lateral de su pecho– Si sabes que eso es puro cuento, ¿verdad? Aunque si duelen como el infierno mismo.

            –Son balas expansivas, imbécil.

Peter revisa su revolver vacío y lo recarga, pero es en ese momento en el que Adrián, con marcadas facciones animales, se le lanza encima, obligándolo a soltar su arma a la orilla de un hueco en la tierra preparado para algún entierro.

Ya sin su revólver, Peter desenfunda el sable y toma una posición defensiva, apuntando la afilada hoja contra su oponente.

            –Así que con que esas tenemos, ¿eh?

Adrián se dispone a atacar a Peter y este usa una tumba cercana para agarrar velocidad y clavar verticalmente la espada en Adrián; quien se defiende cruzando ambos brazos, por lo que la hoja se incrusta en su piel, obligándolo a gruñir de dolor y emoción:

            –¡¿Esa es toda tu fuerza, enano?!

De repente, Peter suelta el arma que cae a la altura del estómago de Adrián, sonriéndole antes de propinar un intenso golpe que lo deja sin aire, seguido de otros cuantos golpes que casi lo derrumban sobre las tumbas.

            –¡Pensé que no tenías fuerza…! –comenta Adrián al gruñir un poco de preocupación.

            –Quizás mis poderes psíquicos están aún inhabilitados por andar en el mundo astral, pero mi fuerza física sigue incrementando por una extraña razón –Peter desliza su mano sobre su cara, bajándola para dejar al descubierto que el contorno de sus escleróticas ha cambiado a un color amarillento, tonalidad que se ve opacada por el azul de su iris derecho, mientras que la otra se mantiene en un color opaco.

Acto seguido, Peter hurga en el bolsillo exterior de su saco negro, extrayendo un pequeño frasco similar a los anteriores con la etiqueta marcada con una “Az” al inicio, despedazando el corcho al presionarlo sus dedos para beber su contenido inmediatamente.

            –El olor de ese frasco… se me hace conocido –comenta Adrián al ver a Peter arrojar la pieza de cristal–, pero… ¿De dónde? ¡Ya lo he olido antes!

            –No sé ni me interesa –en el rostro de Peter se refleja una sonrisa de crueldad.

En seguida, el alemán ataca a su oponente propinándole una patada que Adrián esquiva y aterriza sobre la rama de un solitario naranjo que cae al impacto. Al ver esto, Peter recoge uno de los pocos frutos regados, bebiendo de este su jugo. Instantáneamente, Peter regresa su larguirucha pierna para apoyarse, lanzando otro golpe que destruye la parte posterior de otra lapida.

            –Me sorprendes, teutón…

Adrián esboza una sonrisa de emoción en lo que se levanta del suelo tan sólo para apreciar cómo Peter levanta su mano atrayendo una gran cantidad de grava y piedras sueltas que caen como lluvia sobre Adrián, quien por instinto se cubre entre las tumbas, encontrándose con una gran piedra que le arroja a su contrincante y que la logra esquivar:

            –¡No vas a salir vivo de aquí, Peter!

            –Lo dice el que tiene un agujero de bala en el pulmón.

El comentario del germano provoca a Adrián de tal manera que este remueve la espada incrustada en su antebrazo izquierdo, agitándola de un lado a otro; pero Peter, sereno, se mueve al lado contrario de cada embestida.

            –¡No juegues conmigo! –le impotencia de Adrián dibuja una mueca de placer en Peter, cuya piel luce más blanca de lo habitual.

            –No lo estoy haciendo.

Peter brinca hacia atrás un par de veces, levantando su mano con los dedos torcidos para atraer otro gran puñado de grava y piedras. Sin pensarlo, Adrián se vuelve a cubrir sin soltar la espada, recibiendo los impactos de la grava hasta ver la misma roca que había lanzado, por lo que agarra una pala abandonada en las cercanías y la usa para impactar la enorme piedra, desviando su trayecto. Acto seguido, Adrián se acerca a Peter velozmente, golpeando con la lateral metálica de la pala el brazo izquierdo del germano, desgarrándole parte de la piel desde el hombro hasta la mano.

            –¡MALDITO SEAS! –Peter intenta cubrir la gran herida con los restos limpios de su camisa y saco, sujetando la piel que cuelga.

            –Tengo entendido que una persona con habilidades psíquicas tiene que usar sus manos para canalizar la energía; de lo contrario son unos inútiles.

Adrián patea a Peter arrojándolo cerca de la fosa abierta, en donde encuentra su revólver colgando a la deriva de la tierra, pero antes de que lo pueda recoger este logra apreciar la punta del sable salir del centro de su propio pecho:

            –Nunca le des la espalda a tu oponente –Adrián sonríe al levantar el sable con Peter clavado en él, abriendo un poco más la nueva herida–. Pero… ¿Qué te pasa? ¿Tan rápido te derroté? Dime, Peter: ¿A que sabe la impotencia de morir y no haber podido tener la justicia que tanto anhelabas?

Adrián deja caer a Peter sobre un montículo de tierra, recogiendo en ese instante el frasco que había arrojado, analizándolo en lo que este agoniza sobre la tierra acumulada.

            –Este olor… me resulta familiar –expresa Adrián en lo que olfatea el contenido–. De hecho, creo haber visto la receta en el libro aquel. Si mal no recuerdo era para conservar brebajes… ¡Oh, sí! ¡Ya lo recuerdo! También decía que sirve para sanar rápido las heridas; siempre y cuando no sean de gravedad. Es una lástima que ese tiro que le diste a tu amiga fue más que certeros.

            –Yo… yo no le… disparé… ¡Fuiste tú…!

Peter se arrastra hasta alcanzar su revólver, pero Adrián coloca su pie sobre la mortal herida, moviendo brutalmente la posición del sable que lo obliga a gritar más fuerte.

            –Veamos, sangre con laurel, menta y… –la nariz angosta de Adrián se arruga al dar un último olfateo, llenando de impacto sus ojos ahora café oscuros– ¿Azafrán?

Boquiabierto, Adrián mira al interior del cementerio visualizando una silueta femenina que merodea por el lugar y que simula preparar una mesa imaginaria, extrayendo comida de una caldera y dirigiéndole una sonrisa apenas lo ve, para después, frotar su redondo vientre.

            –¿Liliana, mi amor?

Adrián ignora lo que ocurre a su alrededor, distracción que Peter aprovecha para acomodar la guardia del sable en una varilla cercana, atascándola de tal manera que pueda deslizarse hacia enfrente para removérsela; todo esto guardándose los quejidos de dolor al presionar sus labios con sus dientes ensangrentados hasta liberarse del filo. Sin embargo, Adrián se percata de la intención de Peter al levantar su revólver para dispararle:

            –¿Qué crees que haces? ¡Ya usaste tus seis balas!

            –Mi revolver es de siete…

el dedo pálido de Peter aprieta con suavidad el gatillo para que la bala desgarre gran parte del hombro izquierdo de Adrián, incitándolo a tambalearse agonizante entre la grava y tierra suelta del panteón hasta tropezarse con una raíz suelta que lo obliga a caer en la fosa abierta, arrastrando también el pantalón de Peter, llevándoselo al vacío.

La oscuridad del entorno limita ver el fondo de la fosa, hasta que una gran nube se despejada por el aire permite que la luna ilumine el interior, a lo que un Peter, en gran estado de sufrimiento, gira su cabeza a su lado derecho para apreciar la mirada vacía de su antiguo amigo, sintiéndose aterrado por un instante, pero aliviado al ver que el pesado cuerpo de Adrián ha aterrizado sobre unas vigas de madera incrustadas en diferentes partes corporales.

            –Peter… –la suave voz de Adrián sobresalta al alemán– Mátame… por… favor… mátame. Acaba… con…esta agonía…

            –No te lo mereces –le responde Peter lidiando con su propia dificultad.

            –Liliana… quiero… verla… en…. Cielo…

Conmovido por la petición, Peter busca con su mano sobre el suelo un pedazo de viga de madera con la que se dispone a terminar con la vida de Adrián, no sin antes hacer un último contacto visual con él.

            –Per… dona… me –los ojos de Adrián comienzan a humedecerse–. Haz… lo, … ami… go…

Con un gran pesar, Peter deja caer la estaca improvisada sobre el corazón de Adrián, terminando con su sufrimiento, siendo esta vez él el que llora al recordar los sucesos que lo condujeron hasta ese profundo lecho.

Aún aturdido, Peter se intenta incorporar del suelo humedecido, hasta que un fuerte dolor lo detiene, percatándose que una viga de madera lo atravesó desde la espalda al estómago, complementando una serie de heridas mortales que le siembra resignación al alemán, quien se deja caer sobre la tierra lodosa, extendiendo sus brazos lo más que puede.

            –¡¿No imaginaste que esto pasaría, o sí?! ¿Eh, Rosa?

Peter sonríe al ver el firmamento estrellado, imaginando el angelical rostro de su amiga que se desvanece con el ruido de un alboroto cercano, el llanto de un niño pequeño, y los haces de luces de las lámparas de aceite que se aproximan:

            –Pronto te veré… y seguiremos recorriendo el mundo.

Del bolsillo de su camiseta, Peter extrae la rosa ennegrecida y marchita que Rosa le había regalado cuando la conoció, presionándola con su puño hasta que esta se hace polvo y se desvanece con una ligera corriente de aire.

 

            –¿Un vampiro dices? –pregunta el joven en lo que se coloca su chamarra azul a la puerta de la casa.

            –Sí, un vampiro está enterrado ahí en el panteón. Me lo contó mi abuelo, quien conocía al enterrador –le responde otro joven preadolescente de casi la misma edad.

            –Ha de ser puro cuento tuyo para asustarme. Bien sabes que tengo que pasar por el panteón para tomar el camión. Ya de por sí dicen que se aparece la niña.

            –Si no lo quieres creer muy tu problema.

El segundo joven observa a su amigo retirarse cerrando la puerta, encaminándose por la oscura avenida adornada por un monte baldío de un lado y del otro las altas bardas de bloques pintados; por lo que este se guía por la luz mercurial de la calle, llegando hasta la esquina que es parte de una tienda de abarrotes que se encuentra cerrada.

            –Ya es bien noche –se dice a sí mismo el adolescente, acomodándose la mochila que cuelga de su espalda–. Y ni un pinche taxi pasa.

En lo que mira a su alrededor por precaución, el joven dirige su mirada al segundo piso de una casa cercana, viendo como una mujer de piel blanca y cabello rubio consume un cigarro a la orilla de la ventana; pero su distracción le evita ver a la vieja caseta de donde sale la figura espectral de una niña que se encamina hasta donde él espera el camión.

            –¿Quieres jugar? –le pregunta la figura translucida, espantándolo apenas el joven la voltea a ver, corriendo lo más rápido con destino desconocido.

 

Pasewalk, Pomerania, Imperio Alemán, 13 de noviembre de 1918.

Convaleciente, el coronel Binder se retuerce en su camilla en un intento de mitigar el dolor con unas pastillas que le dejó una enfermera en una pequeña mesa junto a su camilla, mueble adornado por un florero con flores frescas y una jarra de vidrio llena de agua, acompañada por un par de vasos de cristal:

            –Dibujas muy bien, Gefreiter –halaga el oficial al ver los bocetos que el soldado de al lado realiza en una libreta.

            –Gracias, mi coronel –responde el cabo de bigote destrozado con modestia y timidez.

            –Un austríaco en uniforme de bávaro. ¿Por qué no me sorprende?

El dibujante no dice nada; tan sólo sigue trazando las líneas de la casa que plasma con lápiz, sonriendo ligeramente ante el comentario del coronel.

            –Oye… ¿Crees que si te describo a alguien lo pueda dibujar? –insiste el oficial para evitar ser poseído por el aburrimiento.

            –No estoy acostumbrado a dibujar personas; aunque no pierdo nada con intentarlo –el soldado de cabellera y bigote castaño detiene su boceto, girándose para ver al oficial.

            –A propósito, soy el coronel Fabian Helmuth Binder –el coronel extiende su mano en señal de cordialidad, siendo su gesto respondido por el soldado recostado sobre su camilla.

            –Y yo soy el Gefreiter Adolf Hitler –añade el joven formalizando el saludo.

 

Publicado la semana 21. 23/05/2020
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