20
Ignacievij

S.A.P. La Raíz del Árbol: 28-31

28. Subiendo esa colina.

 

Sileen, Cirenaica, Norte de África, siglo IV.

Con la calidez del desierto calentando la arena en la que sus pies descalzos reposan y adornada con vestiduras de matrimonio, elegantes atavíos sujetados por una faja purpura atada a su cintura, la doncella aguarda con impaciencia a la entrada de una cueva plasmada a la lateral de una villa completamente abandonada, moviendo de un lado a otro sus labios comprimidos que hacen juego con su rodilla derecha que se tambalea de arriba abajo:

            –¡¿Qué no piensa salir esa cosa del agua?! –grita aquella doncella en desesperación, sacudiendo al aire sus brazos aperlados que despedazan un ramo de flores coloridas.

De repente, su tranquilidad es calmada por el relinchar de un caballo blanco que a la distancia llega con un jinete de armadura romana cabalgando a sus espaldas; deteniendo al equino con un chiflido al momento que visualiza a la joven aguardando bajo el impiadoso calor desértico:

            –¿Y tú? ¿Qué haces aquí? Este es un lugar peligroso, por si no lo sabías.

            –Necesito un poco de agua para mi caballo –el jinete romano le responde en su lengua al mismo tiempo que en sus quemadas mejillas rojizas se visualiza una sonrisa de empatía–. ¿Puedo preguntar que hace una señorita como usted en estas tierras, si ella misma me dice que son hostiles y violentas?

            –¿Qué acaso no lo sabéis? –responde incrédula la joven, haciendo después un porte de elegancia digna de alguien de realeza– En el estanque de esta caverna aguarda una bestia escamosa y tenebrosa, y yo he sido elegida para ser su ruin alimento.

La postura orgullosa de aquella mujer se esconde tras un velo blanco que cubre su preocupación y mala fortuna.

            –Desconocía tal leyenda –añade el jinete de cabellera rizada y cobriza, que se revela al momento que se quita su tan dañado casco– ¿Y por qué aguardáis a que tan temida bestia salga a devoradle? ¿Qué no tenéis temor?

            –Porque debo de salvar a mi pueblo –revela la doncella con sonrisa sincera.

            –Admiro vuestro valor –el caballero desciende de su caballo, extendiéndole la mano a la valiente dama–. Mi nombre es Georgios de Capadocia.

            –Yo soy la princesa del reino de Sileen –la voz de la joven refleja autoridad y cinismo–. Sería un crimen si usted como un legionario romano no conociese mi nombre; si ya de por sí habéis vuestros líderes comandado combates en estas tierras.

            –Sabra ha de ser vuestro nombre, Regina –Georgios exhala un poco de aire– Me pregunto qué mal recae sobre usted para tener tan triste final.

            –Malas decisiones y mala suerte –responde la princesa Sabra con aires de decepción–. El sorteo de sacrificios no salió como esperaba y heme aquí, esperando a que ese demonio me consuma y escupa mis huesos.

            –Por lo que veo no es la única presente aquí –añade con peculiar felicidad Georgios al percatarse de otros individuos que se esconden entre las casas abandonadas con vasijas en mano–. Son muchos. ¿Habéis pensado previamente en matar a la bestia?

            –Nunca pasó esa idea en nuestras mentes –Sabra hace un gesto de inocencia.

            –Os propongo un trato, a usted y a vuestro pueblo –comienza a hablar el soldado, dándole la espalda a Sabra en lo que de un costado de su caballo comienza a deshacer los nudos que mantienen unidos a su pesado armamento.

            –Mis oídos escucharán.

–Dejad vuestras costumbres paganas y aceptad a la verdadera fe que se esparce por estas tierras como el agua nueva que empapa la arena –complementa Georgios con palabras carismáticas que cautiva a los nativos escondidos que se asoman entre las casas aledañas.

Sabra, al escuchar el constante murmureo de los curiosos que se hablan los unos a los otros, se ve forzada a tomar una decisión gástrica, no sin antes imponer su figura como regente:

            –Parecer ser que la decisión ha sido tomada por mi pueblo. Sin embargo, esa promesa se cumplirá si sobrevives a las voraces garras de esa maldita bestia.

            –Me parece justo –Georgios estira sus brazos a la par que se encamina a la entrada de la caverna, desenvainando su espada gladio mientras que con su otra mano prepara una lanza acortada–. También necesitaré que vuestro pueblo me proporcione más armas. ¡No creeríais que lo mataré con estas armas desgastadas!

Sabra baja su mentón como señal de afirmación, dándole indicaciones a sus vasallos quienes corren hacia el pueblo a toda prisa repitiendo las ordenes que su gobernadora les ha indicado, alejándose lo suficiente de la caverna para ver cómo la bestia de escamas negras sale de su escondite para hacerle frente al valiente guerrero que se dispone a combatirlo.

 

            –“Siempre tiene que ser un maldito tramposo” –la voz quebrantada de Selena se deja escuchar en un eco, a la par que sus ojos opacos recuerdan el rostro sonriente de ese soldado de cabello enredado, quien la mira sonriente y ensangrentado antes de que una filosa espada ancha termine con su vida al momento de aterrizar sobre su nuca, ensuciando con su sangre los altos muros de ladrillos iluminados por la hoguera que se aviva a los pies de Sabra.

 

En algún lugar entre España y Francia, 23 de octubre de 1899.

Las rojizas hojas secas de los árboles comienzan a caer al mismo tiempo que la suave luz solar las ilumina en su trayecto al suelo. De repente, esa tranquilidad es interrumpida apenas un par de botines presionan la gruesa y firme rama de un árbol alto, para después balancearse tranquilamente al tono de las mordeduras en una manzana:

            –¿Qué haces allá arriba? –exclama una voz femenina en español con un ligero acento disimulado, enfocándose en el sujeto que come una gran manzana roja en la mencionada rama del árbol y tambalea sus piernas de adelante hacia atrás.

            –Estoy comiendo pommes –responde con palabras en francés el feliz joven con sus mejillas rosadas ensuciadas con restos de manzana– ¿Quieres?

            –¿Y por qué necesariamente subiste a ese árbol?

            –¡Porque la vista es increíble! –responde con marcado acento francés el joven del árbol.

            –¡Te vas a caer!

Apenas la joven de vestido blanco y gabardina azul marino termina su predicamento, el galo se resbala del árbol, aterrizando con parte de su espalda sobre el terroso suelo, quedando el resto de su cuerpo flotando al compás de las manos de la dama de piel morena:

            –Te lo dije.

            –¡Gracias a ti no pasó a mayores! –añade el francés antes de soltarse a reír de nerviosismo, sacudiendo sus negras prendas del polvo para después acercarse a la doncella y sujetarle la mandíbula hacia arriba, ladeando su mejilla y brindarle un beso– Perdóname.

            –¡¿Qué diablos fue eso?! –las mejillas bronceadas de la joven se ruborizan al instante, en lo que retrocede como reflejo.

            –Mi gratitud –responde el francés sin dejar de reír con tintes de inocencia; actitud que se desvanece al recibir un golpe en la boca del estómago que lo obliga a encorvarse.

            –¿Cargas contigo bisutería o cosas así? –la joven pregunta al escuchar cómo, durante el meneo de dolor del francés, se hace presente un discreto sonido metálico.

            –¡Oh, sí! –exclama el galo, retomando su posición original para mover su corbata de lazo azul verdoso atado a su camisa blanca, revelando un collar pequeño y dorado, con la forma de un corazón– Me lo dio Lucía esta mañana. Me dijo que me protegería contra cualquier mal sobrenatural.

            –Es curioso que digas eso –la joven de piel aperlada desvía su mirada hacia arriba–. Yo le di esa cosa a Lucía hace algunos años…

El francés se mantiene con una actitud calmada:

            –¿Estás molesta?

            –¡Para nada! –la voz de la joven suena con aires de desinterés– Puedes quedártelo.

            –Gracias –el galo se acerca nuevamente a la dama de piel bronceada, tomándola de la cintura y colocando su barbilla sin rasurar sobre su cuello.

            –¡¿Qué diablos te pasa, Fernand?! –la joven de gabardina azul marino se aleja bruscamente ante el movimiento presuntuoso de su acompañante.

            –Nada, nada –Fernand sacude sus manos en un acto de defensa–. Es sólo que después de lo de anoche… tú sabes… pensaría que somos oficialmente algo.

            –¡Estaba confundida! ¡No sabía lo que hacía!

            –Selena, yo… –decepcionado, Fernand intenta decir algo que pueda ayudarle, pero es silenciado por la iracunda actitud de Selena.

            –¡Ni creas que eso se va a repetir! –gruñe entre dientes Selena antes de encaminarse por el sendero, golpeando con su hombro el brazo de Fernand– Inexperto…

            –Te amo… –dice Fernand con suavidad en cada palabra, pero acompañada con una sensación de tristeza que detiene de golpe a Selena, quien se gira un poco hacia su costado, viendo de reojo las rosadas manos de Fernand que tiemblan ante la reciente confesión.

            –Maldito tramposo…

Selena toma una de las manos de Fernand, arrastrándolo consigo por todo el sendero que dirige hacia una pequeña villa, desde donde se visualiza la torre de alguna cercana capilla.

 

Las manos desnudas de Selena detienen abruptamente la afiliada hoja de su propia espada usada en su contra ante el asombro de un furioso Peter y el adolorido clamor de Čelik, forzando a que su piel, descarapelada por el filo de la hoja, permita que unos ríos de sangre fluyan de entre las llagas, cubriendo parte de su frente, negándose a caer tan fácilmente.

            –No eres el primero ni serás el último –un feroz viento sale de los pulmones de Selena con el que se motiva para empujar la espada hacia arriba, dejándola inclinada de tal manera que sus manos brutalmente cortadas, se deslizan hasta la empuñadura, en donde sujeta las manos cerradas de Peter–. Vince… Ascalon.

El murmuro de Selena obliga a que la lanza que yace en la mano de un inconsciente Dragan se agite desenfrenadamente, dejando asombrado a Roland, el cual apenas se disponía a atender las heridas superficiales del serbio tras recostar a un malherido, pero ya vendado Stipan; mientras que este último intenta calmar los descontrolados gritos de Julius.

La lanza llega con una velocidad invisible hasta el cuerpo de Peter, desgarrándole parte de su costado y de su ya casi extinta camisa; pero la vieja arma intenta aterrizar sobre el cuerpo inconsciente de Rosa, siendo su destino interrumpido por la intervención de Lucía al momento en el que esta usa su propio brazo como freno; por lo que, teniendo la lanza a su alcance, la remueve de su extremidad desgarrándola salvajemente.

            –Si lo que tanto quieres es liberar a Vasilii, entonces liberemos a Vasilii… ¡¿Eso es lo que tanto anhelas o no, Selena?! –Lucía extiende su brazo derramando su propia sangre sobre una diminuta fuente que se forma en la puerta transparente, haciendo que el fluido vital materialice parte de lo que ahora luce como un palacio de mediano tamaño, ante el asombro de todos– Peter, discúlpame; pero esta es la única manera de derrotarlos.

            –¡Lucía! ¡¿Qué diablos crees que haces?! –grita Peter al presenciar de reojo la acción de su aliada, pero dicha distracción le cuesta una patada en su nueva herida, perdiendo de esta manera, el control de la espada de Selena.

Empuñando firmemente su espada, Selena se encamina con paso seguro hasta donde se encuentra Lucía, la cual no parece verse intimidada:

            –Tal parece que tu sangre bastaba para cumplir el hechizo; aunque claro es el hecho de que estas perdiendo tu fuerza –Selena intenta no soltar su arma que se le resbala por la sangre de sus manos, por lo que levanta ágilmente la hoja negra y afilada, clavándola en el vientre de Lucía–. Aun así, necesito más sangre virgen.

En lo que Selena suelta su espada quejándose del dolor de sus manos, Lucía se desvanece hacia atrás, no sin antes usar sus fuerzas restantes para hacer una pequeña incisión en la muñeca de Rosa, sorprendiendo a Peter.

            –Entonces… ¡Ten su sangre! –Lucía guía con sus dedos la sangre de Rosa hasta la fuente de la puerta, provocando que una gran luminiscencia se apodere del lugar, cegando por un instante a todos los afligidos combatientes– ¡Ella es más fuerte de lo que crees!

            –¡Lucía! ¡¿Qué crees que estás haciendo?! –las palabras de Peter se acortan al ver un gran palacio dorado aparece en la cima de la montaña, mientras que a sus pies cae la lanza ensangrentada.

            –¡Tenía que hacerlo! ¡Es ahora o nunca! –en lo que Lucía termina de hablar, Čelik aprovecha la distracción de Peter para derribarlo con un golpe que resbala ambos por la ladera, rodando hasta las cercanías en donde Roland atiende a Dragan.

Čelik se abalanza con dificultad sobre Peter; pero este esquiva cada embestida con ligeras inclinaciones, llegando al punto en el que el germano hace muecas de diversión con cada ataque fallido proveniente de él:

            –¡Deja de burlarte de mí? –gruñe Čelik al momento de usar sus garras como armas.

            –No me burlo de ti; es sólo que recordaba la última vez que me enfrenté a un ser parecido a ti –Peter señala las dos cicatrices que le atraviesan todo el pecho de manera angular–. Son tan predecibles.

Acto seguido, Peter le incrusta la lanza en el pecho a Čelik, pero este se logra retroceder no sin antes usar su deforme cola para derribar a Peter, removiendo al mismo tiempo la lanza de sus manos, la cual arroja al suelo cerca de Roland, quien intenta en vano despertar a Dragan al presentir como el dragón se encamina hacia ellos mostrándoles sus afilados dientes.

De repente, el sonido de las pesadas puertas que se abren llama la atención de Čelik, forzándolo a desviar su mirada hacia la cima, en lo que Lucía abraza con firmeza a Rosa.

            –¿Vasilii? Tú no… ¡Selena, mátalo! –ordena Čelik al ver la silueta de un anciano emerger de las puertas del palacio, sosteniendo en sus brazos una zorra anaranjada que se escapa de un gran salto.

            –Selena, eso hará que el tiempo se detenga y… –Vasilii desfallece repentinamente; es en ese momento en el que Rosa, protegida por los brazos de Lucía, se despierta, para presenciar como Selena se encamina hasta ellas, dispuesta a terminar con sus vidas.

            –Siempre tienes que meterte en lo que no te incumbe –exclama Selena con semblante frío e inexpresivo–; pero ya es hora de que tú y tu legado desaparezcan de este mundo.

            –No le hagas daño a la niña –clama Lucía a la par que abraza con más fuerza a Rosa–. Ella no tiene la culpa de nuestros pecados.

            –¿Mamá? –balbucea Rosa suavemente al escuchar la voz de Lucía a sus espaldas y sentir sus brazos que rodean su delgada figura– ¿Mamá? ¡Estás sangrando!

Lucía parece ignorar las súplicas de Rosa, enfocándose primordialmente en la amenaza que Selena representa, y quien finalmente decide hacer su movimiento: encaminarse hasta donde Vasilii ha caído y extraer una pequeña daga con la que intenta apuñalarlo. Sin embargo, su plan se ve frustrado por Lucía al lanzarse sobre el cuerpo del anciano, recibiendo la puñalada en su pulmón derecho.

            –¡Te iba a matar a tu debido tiempo, estúpida! –Selena extrae la daga del costado de Lucía– ¡Siempre tienes que apresurar las cosas!

Repentinamente, Selena guarda silencio, girándose lentamente hacia atrás con sus ojos opacos inyectados de preocupación, sensación que incrementa y le palidece el rostro apenas logra ver a Rosa ya de pie y con su mano derecha extendida hacia ella, mientras que, con la otra, sujeta firmemente el collar que cuelga de su cuello.

            –Más te vale que no cometas una idiotez, niña –le dice Selena a regañadientes, temblando en lo que termina de girar su silueta.

Rosa se mantiene callada, pero con una decisión reflejada en su angelical rostro, decisión que la lleva a arrancar el collar de su cuello, liberando en el proceso unas ráfagas de viento que empujan a Selena, quien se niega a caer al precipicio.

            –¡Tenías que ser igual a tu madre! –le grita Selena tras dejar de cubrirse del polvo que se levanta.

            –Es irónico que lo digas –responde adolorida Lucía con una mueca de confianza.

            –Espera… ¿A qué te…?

Selena no termina de hablar cuando repentinamente siente el aire regresar de donde provino, formando una nube negra que sale de los ojos y boca de Rosa que colorea partes de su piel a un tono gris blanquecino, mientras que la esclerótica de su ojo derecho cambia a un color amarillento.

            –¡Es mejor que dejes de molestar a mi madre y a mis amigos!

La voz de Rosa suena tenebrosa, como si dos seres hablaran a la misma vez, cautivando la atención de Selena, por lo que Lucía extrae de su largo manto ensuciado una espada corta y recta de hoja azul celeste con rosas talladas en la empuñadura color mármol, con la que intenta dañar las pantorrillas de Selena; pero esta se percata de la trampa y con un movimiento rápido de manos atrae a su espada por los aires, llegando hasta sus dañadas manos.

            –¡Rosa! ¡Toma mi espada! Y por lo que más quieras… ¡No habrás el medallón! –Lucía le lanza su arma a Rosa, quien la logra agarrar de la empuñadura.

            –No pensaba hacerlo –responde Rosa con su voz duplicada, amarrando la cadena del collar sobre su muñeca izquierda.

            –¿Cómo conseguiste ese collar? –Selena menea una de sus manos al aire, haciendo que las heridas de sus palmas cierren rápidamente.

            –Su antiguo dueño me lo dio –la respuesta de Rosa sobresalta los ojos opacos de Selena.

            –Eso quiere decir que… ¿Él sigue vivo? –Selena tiembla tras terminar de hablar.

            –No. Su fantasma me guió hasta encontrarlo –dice Rosa con serenidad, inquietando a su oponente.

            –Ya veo. Entonces él fue quien te dijo que esa cosa disminuía tus poderes –Selena se jacta de sus propios pensamientos–. ¡Que ingenua fui al sobrestimarte!

            –Ni siquiera lo sabía…

Rosa hace una mueca con su boca, para de inmediato levantar su mano izquierda y extenderla sobre el monte, obligando a que la tierra tiemble hasta que de sus profundidades aparece una vieja espada de apariencia romana completamente oxidada, la cual empieza a moldearse al aire al mismo tiempo que va tomando materiales del subsuelo hasta que termina con la forma de una espada ropera con hoja negra como la noche y empuñadura hecha con pétalos rojos, siendo la contraguardia una hélice espinada:

            –Yo también tengo mi propia espada, mami.

Disimulando sus heridas, Lucía sonríe ante el saludo que le dirige Rosa con felicidad, intentando levantarse con el apoyo del hechicero, quien intenta se recupera de su aturdimiento.

            –En ese caso, acabemos de una vez con esto.

Selena hace que un par de montículos de tierra se levanten del suelo y caigan sobre Rosa, la cual las derrumba con ambas espadas, intensificando los ataques de Selena, quien corre hacia ella, agrediéndola con el filo de su gladio que aterriza sobre las espadas cruzadas.

            –Pareciera que no quieres atacarme de verdad –Rosa aprovecha la cercanía para provocar a Selena–. ¿Tienes miedo de hacerme daño?

            –Hacía mucho que no me enfrentaba a alguien tan fuerte –responde Selena al sarcasmo de Rosa, dando un brinco hacia atrás para después levantar su brazo sobre la ladera desmoronada, atrayendo consigo una gran cantidad de escombros.

Recuperándose de la agresión de Čelik e incorporándose sobre un montículo de ramas viejas, Peter se levanta de su zona de aterrizaje quejándose del ataque que recibió previamente, deteniéndose esta vez ante la intensidad de la batalla que acontece en la cima de la montaña.

            –¿Was zum Teufel geht hier vor? –exclama Peter al ver las violentas ventiscas que agitan el ambiente de la cima, siendo su atención desviada al ver a Čelik paralizado, cautivado por la misma escena.

Peter se dispone a atacar al dragón que es más una amenaza para Roland y los heridos; hasta que de entre unas ramas una mano lo detiene del hombro:

            –Peter, soy yo, Romina. ¿Aún tienes el anillo de la bruja esa?

            –¿Ah? Así es… –Peter le enseña su dedo anular izquierdo.

            –¿Por qué necesariamente en esa mano? –Romina se muestra enfadada ante el gesto del alemán– Bueno, eso no importa por ahora. Dame tu mano.

Romina mordisquea la yema de su dedo índice, liberando unas gotas densas de sangre que caen sobre el anillo que cambia a un tono morado, sorprendiendo a Peter.

            –Tú intenta derrotar a esa cosa –señala Romina a Čelik–. Yo iré por la zorra.

Sin decir más, Peter se encamina hacia el dragón, lanzándole un fuerte golpe en la cara que lo aturde; sin embargo, este ser se niega a caer, respondiéndole con otros golpes que son evitados por Peter al momento de inclinarse hacia atrás.

Čelik intenta volar olvidando que sus alas han sido desgarradas de su espalda, por lo que ataca a Peter con su cola, siendo el germano hábil al momento de evitar sus ataques frustrados. Enfocado en el fallido combate del alemán y el dragón y en el enfrentamiento que en la cumbre sucede, Roland no se da cuenta de que Dragan se ha despertado, cubierto de vendas manchadas de rojo; logrando reconocer que, a escasos metros de él, está la lanza, lo que motiva a que este se incorpore para poder combatir.

            –Tus heridas están abiertas –le comenta Roland en el idioma mal pronunciado del serbio, colocando a Stipan sobre una roca vertical.

            –Eso no me importa –Dragan frota con una de sus manos su costado dañado, moviendo su cabeza después de tomar la lanza, visualizando a Romina que persigue a la zorra que se adentra en el bosque–. ¡No es posible!

Dragan se dispone a encaminarse en búsqueda de la zorra, pero su pequeña travesía se ve interrumpida por un ataque de la cola de Čelik, cuyas púas negras se incrustan en la espalda del serbio, atravesándolo de atrás hacia adelante.

            –¡Ya era hora de que ese maldito campesino se muriera! –alardea Čelik tras ver su cola desprendiéndose del cuerpo de Dragan, dejándolo sobre el fango seco.

            –¡NO! –grita Peter tras ver a Dragan malherido; por lo que, guiado por la furia, ataca nuevamente al dragón con el puño que tiene el anillo de Bertha, el cual libera un aura morada que cubre todo su brazo izquierdo, el mismo con el que agrede a Čelik con tanta fuerza que lo levanta por los aires– Querías volar, maldita lagartija… ¡Pues vuela!

La zorra que tanto perseguía Romina llega al lugar en donde Dragan desfallece, lamiendo su oreja; lo que obliga a Dragan a usar sus últimas fuerzas para girarse y reconocer al animal.

            –Es tan bella… –Dragan sonríe al ver el cautivador pelaje del animal, logrando escuchar que de sus entrañas proviene el canto de un ave, lo que incita a empuñar la lanza para clavársela en el vientre– Perdóname…

La zorra libera un fuerte chillido al sentir su carne desgarrada, opacando el canto del pajarillo abruptamente; mientras que, en las alturas, Čelik retuerce su pecho al caer al vacío, girando un poco su cabeza al horizonte oscurecido, visualizando a lo lejos resplandores dentro de las nubes, iluminando levemente la distancia.

            –Macedonia… –alcanza a decir Čelik con aires de decepción.

            –¡Peter! ¡Acaba con él! –indica Romina después de ver la zorra apuñalada.

Peter usa la energía que el anillo desprende para elevarse, levantando de inmediato su brazo izquierdo, golpeando a Čelik por la espalda, despedazándolo al instante.

            –¡Eso es por todos aquellos que asesinaste con tus soldados! –grita Dragan al aire a todo pulmón, apreciando como el torso y cabeza de Čelik, aún emanando vida, caen en las cercanías– ¡Traicionaste a tu pueblo por tu propia ambición, maldito monstruo!

Finalmente, los ojos de Čelik se cierran, al mismo tiempo que Dragan exhala su último aliento, cerrando también sus ojos.

 

 

 

29. Sólo un ayer.

 

El dragón amó a la princesa con tanta pasión, que se quedó en el estanque para protegerla; pero su corazón, frío como las noches del Sahara, amaba a otro hombre, un soldado que, sin que se le preguntase, venció a la descendencia de Leviatán”. Selena termina la narración sin decir más, cerrando la portada del libro para poder recargar su cabeza sobre el hombro de Fernand, clavando su mirada opaca sobre la llama que danza en la chimenea de aquella cabaña, recibiendo el cálido abrazo por parte de él.

 

Sileen, Cirenaica, Norte de África, siglo IV.

            –No es necesario que me alimentes –comenta el dragón de escamas negras que se transforma en una figura humana–. Prefiero morir de hambre a que tú acabes con tu pueblo.

            –Si no comes, morirás de hambre –responde Sabra con indiferencia, observando como el humano de piel morena merodea en el interior de la cueva–. Eres nuestra mejor arma para la guerra.

            –Pero si vuestro pueblo descubre tu plan… ¡Os matarán! –el dragón-humano muestra su feroz mandíbula sin intención de intimidación– ¡No podría vivir con eso en mi conciencia!

            –Bien sabes que, apenas tu demonio salga, tendrás que comer –Sabra se apoya sobre sus rodillas.

            –¿Y qué pasará cuando la suerte no os sonría? ¡No os arrebataré la vida! –la mirada oscura del recién formado humano se encuentra con los ojos avellanos de Sabra.

            –Tú no podrías… pero el dragón lo hará –la imagen de Sabra se desvanece con las sombras de la cueva, iluminada por una fogata que se niega a extinguirse.

 

Más tierra se levanta de la superficie de la montaña, formando un montículo a los pies de Selena para elevarla en el aire, ensamblándose hasta simular la figura de un reptil alado con un aspecto intimidante y sobrenatural.

            –Yo también sé hacer esos trucos –dice Rosa con su voz infrahumana, levantando las espadas sobre la vereda para extraer de las profundidades una gran cantidad de restos humanos adornados por viejas armaduras de diferentes épocas, acomodándose de tal manera que asemejan a una figura felina.

            –Sin duda alguna eres más sádica de lo que aparentas –halaga Selena a Rosa.

Rosa guarda silencio, dedicándose a tomar una posición defensiva inclinado sus rodillas sobre la horrible escultura hecha con restos humanos exhumados. Mientras eso sucede en la cima, Peter, inclinado sobre el cuerpo inerte de Dragan, dirige su mirada para arriba, temeroso de aquella escena que transcurre; incrédulo de que, la contrincante de la legendaria Selena es ni más ni menos que su apreciada amiga Rosa:

            –¿Deberíamos hacer algo al respecto? –le pregunta Romina apenas se acerca al grupo de heridos atendidos por Roland.

            –Creo que seré yo quien intervenga –responde Peter al momento de acomodar el occiso con los brazos cruzados, colocando un par de monedas sobre sus ojos.

            –Puedes morir, y lo sabes bien –le comenta Stipan con una mueca de dolor sobre sus mejillas, en lo que intenta sentarse apropiadamente para observar la batalla en la cima.

            –Eso no importa. Ella es mi amiga, y no permitiré que se termine de corromper.

Peter recalca con seriedad cada una de sus palabras, siendo interrumpido por el brusco ataque que Rosa lanza sobre Selena, haciendo que los restos de huesos y cráneos, descarapelados y momificados, se incrusten en las grumosas fisuras del dragón de tierra.

Motivados por tal movimiento, Romina y Peter se encaminan cuesta arriba, llegando con paso agitado hasta la puerta de aquel palacio en donde Peter, al ver las heridas de Lucía, se apresura atenderla, pidiéndole a Romina que consiga pedazos de tela.

            –Las heridas son muy profundas; necesitaremos llevarla a un hospital –Peter gira su cabeza por la ladera llamando a Roland para que le lleve utensilios médicos en la brevedad posible–. Pero… ¿Qué es esto…?

Peter palidece tras abrir las ropas que cubren el vientre de Lucía, quien, soportando los claros signos de dolor, se da cuenta que Peter la mira fijamente, con sus ojos inyectados de dudas.

            –¡Peter, Roland me lanzó el equipo médico! ¡Atiéndela lo antes posible! –ordena Romina en lo que le entrega las vendas y el material para saturaciones, atendiendo después a Vasilii, quien hace su mayor esfuerzo para recuperarse de unas fuertes jaquecas.

            –Esa herida, sobre tu Bauch… –Peter tartamudea intrigado disponiéndose a atender a Lucía– quiere decir que tú…

            –Así es –Lucía le responde con una expresión de frustración y tristeza dibujada en su rostro, dejando que sus ojos se humedezcan y se desvíen al firmamento en donde Rosa se enfrenta a Selena–. Hay cosas que una madre hace bien, y otras que hace mal.

Sin perder más el tiempo, Peter satura el profundo desgarre en el abdomen de Lucía, cerciorándose de que más sangre no se pierda; mientras que Vasilii vuelve en sí con clara recuperación, sin dejarse de frotar su amplia frente blanca.

            –¿Qué ha pasado? –Vasilii se gira sobre su eje en un intento de reconocer las circunstancias que acontecen, reconociendo a la mujer tendida a la entrada de su palacio– ¿Lucía? ¿То си ти? ¿Qué te ha pasado?

            –Selena te encerró con tu propio hechizo en el castillo –dice Lucía con incomodidad al sentir las agujas que unen a sus carnes–. Has estado fuera de este mundo por cerca de quince años.

Vasilii dirige su mirada hacia el cielo, apreciando con detalle el enfrentamiento que sucede:

            –Esa es Selena sin duda alguna –añade el viejo mago en español y con un marcado acento serbio–; pero la otra, ¿quién es?

            –Ella es Rosa –interrumpe Romina–. Es nuestra amiga, pero no sabemos que está sucediendo con ella.

Ante la mirada fragmentada de Romina, Rosa desvía otro ataque de tierra proveniente de Selena, por lo que la primera le responde con una lluvia de espadas viejas y rotas y huesos afilados, causándole daños drásticos a la silueta del animal legendario que sostiene a Selena.

            –Es como si estuviera enfrentándome a dos personas totalmente diferentes entre sí –Selena se percata que su criatura de tierra y piedras no es el único afectado, ya que en su hombro izquierdo se incrustó un hueso pequeño que remueve sin quejarse–. Una intenta matarme, y la otra… ¿protegerme?

            –No lo mal intérpretes, vieja bruja –le responde una de las voces de Rosa, la cual refleja una sonrisa de sadismo–. Tú ya estás muerta en vida; tan sólo me estoy divirtiendo.

            –¡Esa no eres tú, Rosita! –grita Peter a todo pulmón apenas escucha su siniestra voz–. No te conviertas en una asesina. ¡Tú no eres así! ¡Tú eres un ser de luz e inocencia!

            –¡Te equivocas, cerdo alemán! –se jacta Rosa mientras que su piel se vuelve más gris y sus espadas se tornan oxidadas– ¡No nos conoces en lo absoluto!

            –Esa voz… ¡Su voz cambió! –exclama Romina al percatarse del cambio repentino en la actitud de su amiga– Peter, Rosa intenta tomar el control, si no es que se contiene.

            –En ese caso, es momento de intervenir –Peter termina las últimas saturaciones en el cuerpo de Lucía, cuya palidez no da buenas señales–. ¡Demonios! Necesitamos sangre para que sobreviva.

Romina lo mira fijamente, ignorando que la decisión que recorre por la mente de Peter puede ser demasiado drástica en esa situación.

            –Peter, si crees que lo importante es salvarla en este momento, estás en lo correcto –añade Lucía con una gran debilidad en su rostro–. Pero… es necesario que… lo que hayas concluido… nunca se lo digas.

Lucía tose un poco de sangre, percatándose de que Roland ha llegado hasta ella, disponiéndose en ese rato a terminar el trabajo de Peter.

            –Si ella sabe la verdad… no sabremos que tanto le puede afectar –Lucía exhala un poco de aire.

            –Ni para bien o para mal –Peter no desprende su mirada del anillo que adorna su mano izquierda y que todavía libera haces de aura morada–. Lo único que me importa es que ella vuelva en sí lo antes posible.

Sin decir más, Peter apunta su anillo sobre el suelo, permitiéndole dar un gran salto que llega a las cercanías del montón de cuerpos despedazados, sobrepasándolos hasta salir por arriba de Rosa, tomándola por sorpresa al momento de propinarle un fuerte golpe para derrumbarla y, por ende, calmar el caos de las osamentas invocadas.

Selena aprecia esa escena con un poco de incertidumbre, ignorando que a sus espaldas Vasilii imitar el mismo movimiento de Peter, derribándola del deforme dragón de tierra que le sirve como amortiguador de su fatal caída.

            –¡¿Por qué hiciste eso?! –grita iracunda Rosa con su voz espectral disminuida, conteniéndose de atacarlo con ambas espadas–. ¡Esta era nuestra oportunidad!

            –Querrás decir que era la oportunidad tuya, espectro que no eres Rosa –Peter le propina otro fuerte golpe en el rostro griseo, casi derrumbándola–. Pero Rosa es un ser de buen corazón, y no permitiré que se corrompa por tu propia ambición.

Los ojos de diferentes colores de Rosa se abren totalmente, denotando una incertidumbre que obliga a que el espectral perfil de Rosa disminuya, resistiéndose lentamente al proceso.

            –¡Tú no nos conoces en lo más mínimo! –exclama la voz tenebrosa de Rosa en lo que se hace adelante y agita su brazo, mostrándose desafiante– ¡Desconoces las penurias que hemos sufrido! ¡Las pérdidas que hemos sufrido!

            –Tienes razón; no sé nada de Rosa, mucho menos de ti –Peter mantiene su mirada empática–. Sin embargo, no incites a Rosa a que derrame sangre innecesaria, tal como lo hiciste con Azael.

            –¡¿Qué?! Yo… ¡Yo ni siquiera maté a ese idiota! Fue Fernand.

Selena se sorprende apenas escucha el nombre de su conocido francés, por lo que se abalanza sobre Rosa empuñando su espada romana; pero Rosa logra reaccionar a tiempo, defendiéndose del ataque con la espada de hoja azul perteneciente a Lucía.

            –Fernand sería incapaz de arrebatarle la vida a otro ser vivo –gruñe entre dientes Selena, manteniendo una mirada de desprecio sobre Rosa.

            –Sólo digo las cosas como fueron, querida –exclama Rosa con la voz tétrica, liberando una mueca que se asimila a una sonrisa de burla.

Selena agita su espada de manera cruzada con la intención de despedazar el brazo derecho de la joven, pero esta contraataca usando la espada de filo negro, rasguñando parte del abdomen de Selena, sorprendiéndola por su ligera distracción.

Selena, con su leve herida empapando su corsé cromado de un tono rojizo, aterriza sobre lo que hace un rato fue el dragón de tierra, y en donde Vasilii intenta someterla usando las raíces de los troncos cercanos para inmovilizarla.

            –¡Шваба! ¡Haced lo posible por controlarla! –sugiere Vasilii a Peter usando como ejemplo a Selena atrapada por las ramas.

Peter asiente con su cabeza, colocando su mano sobre el hombro de Rosa, quien todavía se muestra agresiva, pero accesible ante la sugerencia de Peter.

            –¡Herr Peter! –grita desde las cercanías Roland, quien termina de auxiliar a Lucía– Está muy grave. ¡Hay que llevarla a un hospital!

Impactada por la escena de ver a Lucía muy debilitada, Rosa vuelve a su apariencia normal, corriendo hacia ella dejando caer ambas espadas a la orilla del sendero.

            –¡Mamá! ¡Mamá! –Rosa cae de rodillas acurrucando sus brazos alrededor del cuello y hombros de Lucía; dejando que sus lágrimas caigan sobre las mejillas de la segunda– Perdóname por lo que acabas de ver.

            –No te preocupes, cariño –Lucía limpia con su mano disponible la mejilla de Rosa, dirigiéndole una dulce sonrisa para consolarla–. A veces hacemos actos crueles para proteger a los que verdaderamente amamos.

Lucía interrumpe sus palabras con un tosido seco, lo que provoca la preocupación de Rosa.

            –¡Peter! –grita Rosa llamando al médico alemán– ¡Haz algo, por favor, haz algo!

Sin perder más tiempo, Peter le indica a Romina que prepare la carreta del señor Minh, a lo que ella obedece sin dudarlo, llevándose consigo a Stipan y al señor Minh.

            –Pero… ¡Qué hermosa capilla! –exclama Julius Minh en un momento de cordura.

De repente, Selena rompe las raíces que la detienen y se da la vuelta, incrustándole la hoja negra de espada romana a Vasilii en el pecho, a la altura del corazón, al verse este distraído.

En lo que el mal herido hechicero cae de rodillas, Selena se apresura a llegar hasta Rosa, blandiendo su espada de arriba abajo para despedazarla, movimiento que es detenido por la misma Rosa al momento de levantar su mano y detener la muñeca de su contrincante.

            –Tú mataste a Fernand… –exclama Selena con clara ira– y le arrebataste ese collar.

Viéndose sometida por la fuerza psíquica de Rosa, Selena le clava sus largos dedos afilados en el abdomen a la joven.

            –Yo no lo maté –Rosa usa su mano libre para empujar de la muñeca el brazo de Selena, permitiendo que sus manos cambien a un color gris claro–. Pero si tanto quieres el collar… entonces… te lo regreso.

Desviando estratégicamente la espada romana, Rosa deja de usar su mano izquierda para detener el arma de Selena y colocarla sobre el hombro de su contrincante, al mismo tiempo que con su otra mano empuja hacia afuera el brazo de Selena y la sujeta de la cadera. Teniendo a Selena sometida de esa manera, el contorno de Rosa comienza a brillar con un tono amarillento que luego cambia un color rosado, cautivando al instante a todos los presentes; mientras que, en las partes corporales sometidas de Selena se comienzan a visualizar unas erupciones rosadas que cambian a un color verdoso:

            –Huele a… ¿menta?

Un sobresalto se refleja en la mirada de Selena al mismo tiempo que Rosa aplica un poco de presión, causando una implosión que ilumina el lugar de un color verde limón.

Selena logra retroceder, descubriendo que las partes de su cuerpo que habían sido tocados por Rosa están calcinadas y se desprenden como las cenizas de una fogata viva que se niega a apagarse; por lo que, aún con esos daños, decide contraatacar, usando su desgarrada capa blanca para cubrir su herida en el hombro:

            –Muy hábil de tu parte, pequeña –comenta Selena con agitación–; pero eso no es nada.

Apenas termina de hablar, Selena le lanza una nube de fuego negro que se impregna en el torso de Peter al apresurarse a servir de escudo humano.

            –¡Peter! –grita Rosa preocupada– ¡No tenías que hacer eso!

            –El anillo… –Peter se remueve el artefacto de su dedo– úsalo… acaba con ella.

Aún con incertidumbre reflejada en sus ojos, Rosa toma el anillo y se lo coloca en su dedo anular izquierdo, topando con el collar dorado en forma de corazón; y, antes de que Selena vuelva a lanzar otro hechizo, Rosa extiende su brazo izquierdo, preparando un haz de luz morada y rosada que emana de su antebrazo llegando hasta la palma de su mano.

            –¡Deja de hacer daño! –la voz de Rosa vuelve a sonar duplicada– ¡Rosea ray!

Toda la energía liberada por parte de Rosa recae sobre Selena, quien logra cubrirse con su manto blanco, siendo cubierta totalmente por la brillante luz que cambia de un color rosado a morado. En ese instante, el anillo de Bertha se hace añicos mientras que el collar de Fernand se desvanece en el aire apenas se desprende de la mano de Rosa, abriéndose en el proceso y quemando parte de las fotos que mantenía en su interior.

Agotada por la liberación de tanta energía, Rosa cae de espaldas sobre el suelo, detenida audazmente por Roland, colocándola sobre el suelo rocoso muy cerca de su madre, a quien intenta dirigirle unas palabras acompañadas de sonrisas, limitada por el dolor y el humo que brotan de su cuerpo delgado:

            –No te esfuerza, mi pequeña –Lucía coloca su dedo sobre los labios entreabiertos de Rosa, sonriéndole en todo momento–. Perdóname por haberte abandonado de esa manera. Nunca fue mi intención; no sabes el dolor que todo este tiempo le ha causado a mi corazón, y desconozco que tanto sufriste en mi ausencia.

            –Mamá… –alcanza a decir Rosa con un agitado aliento.

            –Si te llevaba conmigo… hubieras corrido demasiados riesgos: Cranswell, Berencsi, la Sezione –Lucía escupe un poco de sangre en lo que habla, por lo que Peter, con la grave herida sobre su pecho, intenta asistir a Lucía, pero esta lo detiene cortésmente–. Guardo en mi memoria tus primeras palabras: “Mamá”. ¡Añoraba que los años nos reunieran para poder escuchar esas palabras nuevamente y aquí estamos…! Me has dicho “mamá” una vez más.

            –Mamita. ¿Por qué me dices todo ahora? ¡Tenemos que llevarte a un hospital! –interrumpe Rosa con una impresión de incertidumbre.

            –Ya no hay tiempo –Lucía sujeta fuertemente la mano de Rosa, desviando un segundo su mirada al cielo para volver después a mirar a su hija–. Te amo demasiado, hija mía. Aún recuerdo tus primeros pasos, esas caídas, tu sonrisa… ¡Que hermosa es tu sonrisa! ¡Y mírate ahora! Toda una señorita.

Un mar de lágrimas comienza a fluir de las mejillas de ambas mujeres, mientras que, los presentes miran al suelo sabiendo la incomodidad de sus presencias. Sin embargo, Lucía, con las pocas fuerzas que aún conserva, hace lo posible para abrazar a Rosa colocándola sobre su regazo, dejando que su oído quede a la altura de su corazón.

            –Eres lo único que me queda de él y le agradezco al cielo por haberme dado el mejor regalo que es tu vida –la respiración de Lucía se siente cada vez más apagada, por lo que levanta la barbilla empapada de Rosa para encontrarse con su mirada nublada–. Nunca dejes que esa cosa vuelva a tomar el control… Tú eres fuerte, y así tienes que ser… Pero, sobre todo, nunca dejes de sonreír, mi pequeña princesa.

                –Mamita, no… –la última escena que ve Rosa es la de Lucía dejándole un beso en su frente y una última sonrisa de total serenidad, acurrucando con sus brazos a Rosa, dejando a esta quebrarse en llanto al no sentir más el latido del corazón de su madre.

Romina extiende su mano en un intento de consolarla, pero Peter la detiene meneándole el mentón.

            –¡Mamá! Apenas te encontré y tú, tú… –Rosa golpea su rostro contra el cuello de Lucía– ¡Te perdono! Sé que lo hiciste por mi bien ¡Y prometo que nunca dejaré de reír! ¡Lo prometo!

Rosa termina de caer a un costado de su madre, dejando que su respiración se tranquilice y permitiéndose que una sonrisa de felicidad pura se explaye en sus mejillas rojizas, intrigando a sus compañeros; es en ese momento en el que Peter se acerca a ella, sujetándola de la cadera para retirarla, apreciando como a lo lejos, la vieja capilla se desvanece en el aire.

            –No entiendo –comenta Romina a lo lejos en lo que busca los restos de Selena, cuando repentinamente aparece Stipan apoyado por Julius–. No se ve ni su armadura ni su espada. Es como si… ¿Hubiera desaparecido?

            –Fue muy fuerte el impacto; tanto así que hasta las piedras parecen que fueron desintegradas –Stipan señala las piedras de los alrededores, reafirmando su teoría.

            –Yo opino que deberíamos enterrarlos en este lugar, en donde apareció la capilla –sugiere Julius con mirada perdida y vacía.

            –Se lo comentaré a Rosa –Romina se aleja seguida por Stipan, quien se recuesta sobre una piedra.

            –Fue una dura batalla –le dice Stipan a Julius en lo que este golpea las piedras del suelo–. ¿Cómo sigues de tu cabeza? ¿Ya no te he escuchado gritar?

            –Supongo que me encuentro mejor –responde Julius mostrándose depresivo.

            –Si en ese caso estás sano, ayúdeme a traer el cuerpo de Dragan –comenta Peter en lo que es atendido por Roland y consume los restos de un cigarrillo ya a medias–. Lo haría yo solo, pero me duele hasta el alma.

Tras terminar de ser atendido, Peter se encamina cuesta abajo para ver por última vez el cuerpo del bandido tendido sobre el fango seco con una mueca de satisfacción, indicándole a Julius que lo lleve a la cima, no sin antes pedirle que lo ayude a detectar los restos de Čelik, cuyo torso con cabeza se despedazan lentamente sobre unas ramas secas.

            –Si hay un infierno espero no verte allá –Peter mueve de un lado a otro su zapato sobre la cabeza de Čelik.

            –¡San Jorge! –exclama con sorpresa reprimida Julius al ver la acción del alemán.

            –¿Disculpe? –la colilla de cigarro de Peter cae repentinamente.

            –Usted es… ¡San Jorge! El hombre que derrotó el dragón. ¡Usted es él!

            –¡No diga esas cosas…!

Peter es interrumpido por la repentina llamada de Romina, indicándole a ambos que suban el cuerpo de Dragan para poder enterrarlo junto a Lucía y Vasilii.

El sepelio se realiza en la cima de la montaña iluminado por un par de fogatas, siendo Rosa la que más cerca yace del montículo de tierra en donde su madre fue enterrada, manteniéndose en silencio y con la cabeza agachada, jugueteando con sus dedos vendados sin cesar. Romina, a espaldas de Rosa y con sus manos sobre los hombros de la española, se aleja por un momento, atraída por la conversación que Roland y Peter mantienen a voz baja:

            –¿Tienes otro cigarro? –la pregunta de Romina se responde con un cigarro medio fumado extendido por Roland– ¿Y de que hablaban?

            –Roland estaba por comentarme cómo se encontraron con Lucía, que en paz descanse –dice Peter rascando su ceja.

            –Fue por azares del destino. Nos encontrábamos en un hospital en Belgrado en busca de Kiss cuando… –Romina interrumpe su explicación para soltar una gran nube de humo, cambiando su gesto amable a uno agresivo– ¿Qué me están ocultando ustedes dos?

Tomados por sorpresa ante el cuestionamiento de Romina, ambos médicos se miran resignados, permitiendo que sea Roland el que comienza a hablar:

            –Herr Gest y yo llegamos a la conclusión de que, debido a las cicatrices de Lucía, pues…

            –Esa cicatriz en el vientre de Lucía parece ser de hace más de veinte años –se adelanta Peter a hablar tras ver la inseguridad de Roland, manteniendo un tono de voz bajo.

            –¿Quieren decir que Rosa es más grande de lo que parece? –murmura Romina tras girar a ver a Rosa, quien es acompañada por Stipan con un ramo de flores locales y por Julius, el cual alimenta la fogata.

            –No, tonta –Peter le da un suave golpe en el fleco de Romina, sin lastimarla.

            –Lo que Herr Peter intenta decir es que el vientre de Lucía mostraba una gran cicatriz causada por un arma muy filosa que le pudo haber costado la vida –Roland termina la explicación de Peter, sembrando confusión en el rostro de Romina–. Y, por el periodo de cicatrización, el ángulo y ubicación, se podría decir que…

            –Ella no podría tener hijos… –concluye Romina con voz quedita, volteando nuevamente su cabeza para ver a Rosa colocar el ramo que le dio Stipan sobre la tumba de Lucía– Entonces… ¿Qué es Lucía de ella? ¿Y las constantes pláticas de Rosa sobre los pocos recuerdos de Lucía? ¡Físicamente se parecen en uno que otro detalle! ¡Nada tiene sentido!

            –Si lo tiene… –exhala Peter antes de seguir–. Probablemente Lucía no es, o era, la madre biológica de Rosa; pero estuvo con ella hasta que tuvo que dejarla en España.

            –¿Y tu punto es…? –interrumpe Romina tratando de deducir lo acontecido.

            –Si comparas bien su complexión física, sus ataques, pero, sobre todo, su fuerza mental, te darás cuenta de que Lucía y Rosa no tienen mucho en común –la explicación de Peter congela la sangre de Romina, quien palidece al instante–. Es más, nadie en su sano juicio atacaría a Selena aun sin conocerla. ¡Con el simple hecho de sentir su fuerza mental muchos retroceden! Sin embargo, Rosa se enfrentó a ella sin dudarlo por un segundo, y eso se pudo deber a tres razones: o que Rosa está completamente loca, o que es lo suficientemente fuerte como para no haber sentido la presencia de Selena, o…

            –Que los lazos sanguíneos bloquean la psique –Romina tiembla tras decir su conclusión, sintiendo una rabia muy dentro de sí–. Ante mis ojos, Lucía es la madre de Rosa y es el fin de esta conversación.

La decisión de Romina deja perplejos a sus compañeros, quienes la observan encaminarse de regreso hasta la posición de Rosa, abrazándola apenas la tiene cerca y clavando su mirada en el ramo de flores iluminado por la fogata.

            –Lamento que hayas conocido a tu madre bajo estas circunstancias –Romina tartamudea al momento de dar sus condolencias–. Es hermosa; se parecían mucho.

            –Lo sé –responde Rosa a la par que deja caer su mejilla sobre el vestido negro de Romina–. Por lo menos la volví a ver. Su simple presencia calmó mis demonios. Ahora sé en donde se encuentra y a donde vendré a verla cuando me sienta confundida.

Un nudo de impotencia se forma en la garganta de Romina con cada palabra animosa que escucha venir de Rosa.

            –Ustedes también son mi familia, Peter y tú –Rosa levanta su mirada inocente para encontrarse con los ojos llorosos de Romina–; aunque no de sangre, pero, siempre lo seremos. ¿Me lo prometes?

Rosa levanta su dedo meñique izquierdo en dirección a Romina:

            –Lo prometo –Romina entrelaza su dedo con el de Rosa, juntando ambas manos e inclinarse para besar la venda sobre los nudillos de Rosa, quien no hace nada más que dirigirle una tierna sonrisa y deslizar los dedos de su otra mano entre los mechones lacios de Romina.

 

 

 

30. Fechas límite y compromisos.

 

Villa de García, Estado de Nuevo León, República Mexicana, 5 de septiembre de 1915.

La amarillenta tierra se despeja de los parpados que apenas se abren revelando una pupila que se contrae con el contacto directo de la luz solar en lo que el individuo, tendido sobre la arena seca, se incorpore con sus manos, apreciando el desgarrador paisaje que lo rodea: una casona en llamas vagamente saqueada, teniendo en sus patios más de una docena de cuerpos tendidos, entre mujeres, ancianos, hombres y niños.

De repente, percatándose de los moribundos que desfallecen de uno en uno, su atención se enfoca en un cuerpo en especial: el de una mujer de piel bronceada tendida sobre un charco de su propia sangre que empapa el seco y natural pavimento, así como a su blusón blanco de encajes y su larga falda morada y rosada.

            –¡Liliana, amor mío! ¡Resista! –dice el sobreviviente mientras sacude con fragilidad el cuerpo de su amada logrando despertarla, limpiando de inmediato sus mejillas.

            –¿Adrián? ¡Adrián! ¡El bebé! ¡No lo siento! –exclama Liliana al momento de frotar su vientre, descubriendo la fluye de sus entrañas– ¡¿DÓNDE ESTÁ MI BEBÉ?!

Las manos de Liliana tiemblan sin control mientras que sus ojos se quedan fijos en su vientre vacío, desfalleciendo finalmente, entre los brazos de Adrián.

            –¿Liliana? ¡LILIANA!

Un grito desgarrador proviene de la garganta de Adrián, para después quedarse en silencio y recargando su rostro sobre las mejillas de su amada: procediendo de inmediato a levantar su mirada al cielo caluroso, dejando que su garganta ruja su furia, atrayendo consigo, el sonido de unos disparos que se impregnan en la tierra seca y desértica que lo rodea.

 

24 de junio del presente 1916.

Mi querida Romina, amiga mía.

Se que han pasado apenas unas semanas desde la última vez que nos vimos, y, aún con gran pesar en mi corazón y mi conciencia, tengo que avisarte que Rosa y yo tendremos una misión asignada de la que me temo; puede haber sentimientos encontrados en su pequeña cabeza.

Verás, desde los sucesos acontecidos en aquella montaña en Serbia, Rosa ya no es la misma; su sonrisa ya no ilumina el día como en los días de antaño, y eso es de extrañarse. Recuerdo que, aunque yo amargado, molesto e indiferente, fingía mi alegría con cada ocurrencia que esta niña decía. Pero ahora, su carisma y semblante, así como sus preciosos ojos de colores variados, ya no parecen ser los mismos.

Es más, hasta me estoy convenciendo de que esta Rosa, nuestra Rosa, ya no es quien antes solía ser. ¡Hasta mirar su reflejo en el espejo me atormenta con confusión y desdicha!

No te he de mentir cuando digo que, en ocasiones, mi propia mente me juega bromas que quisiera que fueran mentiras, y lo digo por lo mismo que, cuando veo a esta señorita, es como si viera a un ser muy diferente de lo que antes era; como si fuese un muerto andante, un recipiente vacío.

He pensado seriamente en analizarla, en tratarla como uno de esos monstruos a los que nos hemos enfrentado, y sé que debería; pero mi valor tiembla, y no por desconocer su potencial mental, si no por lo que realmente significa ella.

Todo esto lo digo porque me perturba el hecho de que iremos a Valencia, ese lugar que vio su nacimiento, y no me refiero al de nuestra Rosa; sino al de ese monstruo horrible que habita en su alma pura y tierna. ¿Nuestra misión? Investigar unos casos de posesión que quizá estén relacionados con la condición de Rosa; aunque dentro de mi alma y conciencia, sean solo fabulas de novela.

Si escribo estas palabras es por lo mismo que espero que tú estés al pendiente de lo que pueda suceder; así mismo, también te notifico que he cumplido el mandato especial que me has pedido antes de despedirnos para que tú puedas continuar en tu cacería por Kiss: el de recoger las preciadas piezas que en tu habitación guardabas, y que, maravillado estoy, has avanzado en tu propia investigación.

También he de recalcar que me confunde tus peculiares muestras; aunque tus especulaciones de su uso pueden ser contraproducente y espero, innecesario por el momento.

            –¿A quién le escribes esa carta? –interrumpe Rosa con voz dulce la constante escritura de Peter, el cual se muestra asustado por la repentina intromisión.

            –A… mi hermana, Tessa –Peter improvisa su respuesta–. Me preocupa su situación, después de lo acontecido.

            –Lamento mucho lo de tu hermanita, Peter –Rosa recuesta su espalda sobre el asiento de cuero de aquella cabina de ferrocarril que se desliza por las vías, mirando por la ventana el paso de los árboles–. Es muy joven para tener que cargar con tantas pérdidas.

            –Es fuerte; es lo que admiro de ella.

Peter lame su bolígrafo para extraer un poco de tinta y continuar escribiendo, pero las palabras de Rosa interrumpen su pensamiento; por lo que el alemán le dedica una discreta mirada de curiosidad, encontrando primero su rostro rosado de perfil al cristal, siguiendo con sus brazos cruzados sobre su torso y su pierna cruzada que se tambalea sobre la otra, ataviada por un vestido azul verdoso de una sola pieza que le llega hasta las botas negras.

            –¿Sucede algo? –voltea Rosa al sentirse observada.

            –Ese sombrero –Peter apunta con su pluma al adorno rojizo que cubre la cabellera recogida de Rosa–, me gusta el detalle de las rosas blancas en la orilla.

            –¿Gracias? –responde con duda la española– Me lo regaló Romina antes de partir.

            –Buena elección y gusto por parte de ella –Peter regresa a su escritura, bajando su cabeza hacia el papel.

            –¿Falta mucho para llegar a España? –Rosa cambia el tema abruptamente.

            –Si no te sientes cómoda al ir a Valencia, te puedes quedar en la casa de los Lefèvre –responde Peter con voz tranquila y de entendimiento, frotando sus dedos unos con otros–. Hace tiempo que no les escribes. Han de extrañar tus cartas.

            –No estaría mal una pequeña visita –Rosa deja que en sus mejillas se dibuje una sonrisa tranquila–. Pero de igual manera, quiero ir a Valencia.

El enfoque de ambos viajeros se ve interrumpido por la disminución en la velocidad del ferrocarril que se empareja con otro tren proveniente de otras vías que se juntan, quedando las ventanas de ambos vagones a la misma altura, permitiendo que Peter y Rosa logren reconocer a los heridos que viajan en montones.

            –Pobres diablos… –exclama con tristeza Peter, influyendo una sensación de duda en Rosa que se desvanece apenas ve unas gotas golpear la parte exterior del ventanal– ¿Cuánto tiempo más tiene que durar esta innecesaria guerra?

 

Roma, Reino de Italia, 24 de junio de 1916.

Rodeado por sus subordinados de más alta alcurnia en aquella humilde oficina ennegrecida por los estantes de libros y la escasa luz de lampara, Pacelli lee unos documentos con sus diminutos anteojos redondos puestos, concentrado en no perder el texto; hasta que repentinamente, la puerta de su despacho se abre, descubriéndose a Marcia entrar con un semblante de preocupación y palidez absoluta.

            –Espero que tengas una buena excusa para interrumpir esta sesión –comenta Pacelli con voz autoritaria y sin despegar su mirada de la hoja blanca.

            –Tiene visita –responde Marcia con tono tembloroso, obligando a Pacelli levantar su mirada al sentir la incomodidad de la pelirroja, incitando con su mano a que el visitante entre.

            –¡Ha pasado mucho tiempo, Eugen!

Apenas Berencsi pone un pie dentro del despacho apoyado por un bastón y seguido por Ileana como guardaespaldas, Filippo y Ramaci desenvainan sus respectivas armas.

            –¡NO! ¡Bajen sus espadas! –Pacelli les indica a sus hombres la orden, indicación que es obedecida con cierta confusión– ¿Cómo te atreves a venir a este recinto sagrado?

            –Veo que te ha ido bien; me sorprendes –responde Berencsi con afán de burla.

            –Conde, teniente, salgan por favor –la nueva indicación de Pacelli siembra intriga.

            –¿Pero…? –pregunta Filippo, siendo interrumpido por Pacelli en ese momento.

            –Déjenos solos –exclama Pacelli con tono severo.

            –Ileana, ¿podrías? –ordena Berencsi con tranquilidad.

Los tres subordinados salen de ahí resguardando en el pasillo, creándose un ambiente de total intranquilidad entre los italianos y la disciplinada actitud de la rumana.

            –¿Qué haces aquí? –los dientes de Pacelli se golpean al formular su pregunta, mientras que su mirada se queda fija al ver cómo su visitante se acomoda en la silla frontal.

            –Peter ya sabe todo, al menos eso es lo que parece –comienza a decir Berencsi–: lo de su madre, los padres de Rosa, entre otros detalles menores.

            –¿Qué esperabas que hiciera? –Pacelli recae sobre su asiento, colocando sus codos sobre el escritorio y sus manos en su frente– No pude matarlo. ¡No tenía oportunidad!

Berencsi se inclina sobre el escritorio, levantándose de su silla:

            –Te dije que lo vigilaras. Nunca mencione que lo mataras.

            –Entonces… ¿A qué has venido? –se expresa Pacelli con rostro tenebroso.

            –Maldonado se alió a los Villistas en México –continua Berencsi tras volver a su asiento, frotando la base de su bastón.

            –¿Eso es bueno o malo?

            –¿Tú crees que vine todo el trayecto hasta aquí tan sólo a darte esa noticia? –responde Berencsi con sarcasmo– El muy idiota está cometiendo crímenes a diestra y siniestra.

            –¿Y eso cómo nos afecta a nosotros? –Pacelli agita sus manos al aire esperando una respuesta.

            –¿Te suena el nombre de Adrián Villalobos? –Berencsi se reclina sobre el asiento, frotando la empuñadura redonda y dorada de su bastón negro, haciendo que la apariencia del clérigo italiano se precipite.

            –¡Oddio! –musita Pacelli en lo que se recupera al escuchar el nombre mencionado por el aristócrata.

            –¿En dónde está Peter en este momento? –continua Berencsi con su interrogatorio.

            –Lo envié a España en una misión –Pacelli busca de su cajón una cajetilla de cigarros ya casi vacía–; a estas alturas debe de estar en el sur de Francia.

            –Suenas muy relajado –le responde Berencsi con su mirada inexpresiva–. Realmente no te has dado cuenta, ¿verdad?

            –¿De qué hablas? –pregunta Pacelli dejando que el humo se escape de su boca.

            –De los sucesos en Serbia –Berencsi responde sin dejar de mirar el humo que flota en hacia él–; Peter recuperó sus poderes. Todos.

Petrificado por unos instantes, Pacelli se levanta bruscamente de su enorme silla, tocando una campanilla escondida en su escritorio con la que llama a sus subordinados que esperaban en el pasillo listos para atacar de ser necesario, pero sorprendidos al ver a Berencsi reclinado en la silla, calmado como las aguas de un río en pleno diciembre.

            –¿Qué ha pasado, Monseñor? –indaga Filippo confuso.

            –¡Organicen una Caccia! –ordena Pacelli con severidad, intrigando a sus subordinados que son acompañados por Ileana.

            –¿Contra quién? –añade Filippo con seriedad.

            –Contra Peter Alexander Gest –responde Pacelli, sorprendiendo tanto a Filippo como a Ramaci y Marcia–. Es una Segnale 14.

 

En las afueras de Valencia, Reino de España, 27 de junio de 1916.

Recargando su barbilla sobre su puño y con el codo apoyado en alguna superficie no visible, Rosa descansa con su mirada cerrada ignorando el fondo oscuro y vacío, mientras que en su silueta se reflejan recuerdos al azar; desde cuando conoció a Peter entregándole la rosa roja hasta la emoción de ver a Lucía enfrentarse a Selena, pasando por los eventos ocurridos en un exorcismo junto a Romina, repitiéndose diferentes momentos de su vida, todas con la presencia de su doble que le sonríe dulcemente.

            –Rosa…

Una mano sostiene su muñeca con delicadeza, despertándola en ese momento sin dejar de presenciar las diferentes escenas de su vida; encontrando con sus ojos avellanos a Peter con un semblante confuso y proyectado con sus propios recuerdos sobre su cuerpo:

            –Estamos por llegar a Valencia.

            –¿Qué haces aquí?

Somnolienta, Rosa logra distinguir el plano en el que se encuentran, preguntándole esta vez con su mirada a su doble, quien le responde con una negación al encogerse de hombros.

            –No lo sé –Peter pareciera flotar en el aire, así como Rosa mantiene su postura sentada, pero Peter recae a la misma posición que la de ella–. Tenemos que salir de aquí; el tren ya casi llega a la estación.

La oscuridad de fondo se desvanece repentinamente, formándose alrededor de ellos la cabina del tren en donde viajan, implicando curiosidad en Rosa apenas logra reconocer el vagón:

            –Toma tus cosas –Peter se levanta de su asiento para dirigir sus manos al compartimiento de arriba para bajar una maleta gris, volteándose para ver a Rosa, quien luce una apariencia desgastada–. Te dije que te quedaras en Toulouse con la familia Lefèvre; ellos estaban en la disposición de darte hospedaje.

            –No te preocupes, Peter –Rosa prepara su pequeña maleta celeste, mostrándose aún agotada–. No puedo huir de mi pasado, es lo que me has enseñado tú.

Rosa sonríe con un semblante de seguridad y adormecimiento, sembrando en Peter una sensación de bienestar; por lo que ambos se encaminan por el pasillo hasta bajar del tren en la plataforma de la Estación del Nord, siendo recibidos por el vapor que emana de la maquinaria y el bullicio de la gente que se desplazan de un lado a otro.

            –Quiera o no, me siento feliz de volver a España –exclama Rosa exhalando un poco de aire y apreciando la fluidez de personas que abundan en el lugar–. Se siente bien escuchar tu propio idioma después de muchos años.

            –¡Ah! ¿Sí? ¿Entonces yo que he hablado todo este tiempo? –Peter prepara un cigarrillo proveniente de su cajetilla– ¡No es posible! Este es mi último cigarro. Será mejor que lo disfrute en lo que me llegan más.

Tras prender su cigarro, Peter camina guiado por Rosa quien no para de hablar y saludar a cualquier extraño que se encuentra a su paso, incomodando de cierta manera Peter, el cual deja que su amiga disfrute su felicidad, alejándose por un momento de ella apenas salen de la estación, acercándose a un pequeño puesto de frutas para comprar unas cuantas naranjas.

            –Tenga usted buen día –responde con una cálida sonrisa la vendedora que aparenta ser de la misma edad de Rosa, a lo que Peter responde con una mueca de gentileza.

            –Peter… ¿Por qué te alejaste tanto? –le pregunta Rosa en cuanto se acerca hasta él.

            –Compraba unas naranjas, ¿quieres una? –Peter le ofrece uno de los cítricos a su amiga, pero esta se queda quieta y en silencio mirando fijamente a la vendedora de frutas.

            –¿Cristina? –Rosa susurra el nombre con voz seca, mostrándose inquita al decirlo.

            –¡Rosa! –le responde la joven de castaña cabellera con emoción– ¡Vaya que ha pasado mucho tiempo! ¡Casi un año sin saber de ti! Veo que te has casado.

            –¡No, no! No es lo que parece –Peter agita sus manos que sostienen las naranjas y su maleta.

            –¡Vale! Cualquier cosa que has logrado con tu vida me alegro de que sea para bien –continua Cristina con optimismo– ¡Las dos hemos salido adelante por nuestros logros!

            –Nadie pensaría que estas pobres niñas huérfanas saldrían adelante por sus propios méritos –la fría reacción perpleja de Rosa se desvanece con una mueca de felicidad.

            –¡Así es! –exclama Cristina antes de salir de su puesto y abalanzarse sobre Rosa, abrazándola fuertemente, acción que Rosa imita, forzando a ambas a desmoronarse en lágrimas– ¿Dónde has estado todo este tiempo? ¡Me has hecho mucha falta!

            –Perdóname, hermanita –gimotea Rosa resignada a recibir los golpecitos que Cristina le propina en su espalda–. Han pasado muchas cosas: las posesiones… mi madre. Perdóname.

            –¡No me vuelvas a abandonar! –Cristina despega un poco su rostro para limpiar su nariz con la manga de su vestido, mientras que Peter se mantiene al pendiente de la conmovedora escena– Primero Sebastián, María, Luis; luego te fuste tú, y ahora, Ada…

            –¿Ada? –exclaman al mismo tiempo Rosa y Peter, para después verse mutuamente incrédulos ante el conocimiento mutuo de dicho nombre.

            –No me digas que la misión tiene que ver con Ada… –le dice Rosa a Peter, siendo este el que responde con su semblante serio y pesimista– En ese caso, tenemos que encontrarla cueste lo que cueste.

            –¿De qué hablan? –pregunta Cristina en lo que se vuelve a limpiar sus ojos y nariz.

            –Es sobre mi trabajo –Rosa termina de limpiarse su rostro con un pañuelo azul celeste, mientras que Peter intenta persuadirla de no hablar más de lo debido–; nos enfocamos en encontrar personas desaparecidas.

La respuesta tranquiliza a Peter, el cual se adelanta a ayudar a Rosa para levantar a Cristina:

            –¿Sabes dónde fue la última ubicación en la que fue vista? –añade Peter tras prestar su apoyo, a lo que Cristina responde inclinándose un poco.

            –Lo último que supe de ella es que fue a confesarse a la Iglesia de San Nicolás –comenta Cristina con voz temblorosa.

            –En el Barrio de El Carmen… –Rosa termina la oración de su amiga, marcando fuertemente su acento catalán.

            –Es la iglesia a la que nos dirigieron –añade Peter a la par que guarda los cítricos en el poco espacio de su maleta, de donde también extrae unos documentos sellados.

            –No está muy lejos de aquí; a pie llegarán en menos de media hora –sugiere Cristina al mismo tiempo que señala con su dedo la dirección, alentando a los recién llegados a continuar su travesía–. Rosa, traed por favor a Ada; es nuestra hermana.

Rosa asiente su barbilla en señal de afirmación, marcándose en su mirada valentía, adelantándose a correr por la ancha avenida sacudiendo su maleta, seguida inmediatamente por Peter, el cual le grita que tenga cuidado con los transeúntes de la calle.

La luz del medio día deslumbra las calles valencianas y su característica variedad arquitectónica que va desde lo romano hasta lo moderno. El paisaje es también iluminado por la alegría de los ciudadanos, por las mujeres adornadas con vestidos de diferentes tonos coloridos y sombríos, y los hombres con trajes caen en la elegante monotonía oscura. De entre ellos, en especial a la entrada de una puerta de metal negra, sobresale la figura de Rosa que admira detenidamente el marco de la entrada en cuyo techado tiene una cruz y justo arriba del marco de la puerta tiene las palabras inscritas “PARROQUIA SAN NICOLAS”.

            –¡Rosa, Rosa! –le grita Peter apenas la alcanza– Veo que ya encontraste la entrada.

            –Este lugar, me trae muchos recuerdos. ¿No fue aquí donde…?

            –Buenas tardes, bienvenidos –una voz jovial varonil los recibe con alegría, demostrando ser la de un joven párroco que se acerca con una bolsa de papel con vegetales–. Soy el cura Ibáñez. ¿En qué les puedo ayudar?

            –Mi nombre es Peter Gest y ella es Rosa Rojas y…

            –¡Fraile Gest! Recibimos un mensaje de Italia la semana pasada acerca de su llegada. Adelante por favor.

El cura les extiende a ambos visitantes su mano como cordial invitación al interior del pasillo, tomando en el proceso las respectivas maletas de ambos viajeros.

            –Si no le molesta, queremos empezar nuestra misión lo antes posible –interrumpe Peter sin sonar arrogante–. Creemos que hay una vida en riesgo.

            –Y no solo una vida, sino muchas –continua el cura Ibáñez con cierta preocupación.

            –La información que nos enviaron en el reporte indica sobre las posesiones del Santuario de Balma –comenta Peter en lo que se adentran por el pasillo hasta llegar a las puertas de la escondida iglesia.

            –Así es, ha habido demasiadas; muchas de ellas ni siquiera son posesiones confirmadas, sino casos de personas con enfermedades mentales –informa el clérigo con tristeza–. Eso es lamentable, pero, en fin. ¡Qué bueno que habéis llegado!

            –¿Ha habido casos particulares o especiales de los que nos pueda decir? –indaga Rosa con cierta preocupación nada disimulada.

            –Ahora que lo menciona, ha habido ciertos casos en la ciudad, pero son muy aislados –el cura Ibáñez se acomoda la sotana en lo que hace malabares con sus pertenencias domésticas y las maletas.

            –Espero que el sacerdote al mando de esta catedral nos pueda dar más información al respecto –Peter intenta ayudar a su anfitrión con al menos una maleta antes de que se caigan.

            –Ese soy yo, fraile –el joven cura se muestra algo tímido ante tales palabras–. Desde que dieron de baja al antiguo sacerdote, el padre Montalvo, yo he sido el encargado.

            –No sabía que habían expulsado al padre –responde Peter dando una ligera vuelta hacia Rosa en señal de comodidad, dejando a esta última en una situación de alivio interno.

            –Lamentablemente se ha dicho que el padre Montalvo ha participado en tales eventos atroces –continua el cura Ibáñez con su explicación–. No dudaría ni un segundo que esos susodichos rumores sean ciertos.

            –¿Qué lo hace pensar eso? –pregunta Peter en lo que es guiado, junto con Rosa, por la capilla de estilos arquitectónicos combinados tales cómo gótico con decoración barroca, pasando directamente a unas oficinas diminutas, en donde Ibáñez acomoda las maletas en lo que busca unas llaves en el cajón del sencillo escritorio.

            –¡Estas son! Se quedarán en los cuartos del edificio continuo en lo que terminan su investigación –el cura Ibáñez sacude las llaves, mostrándolas felizmente a sus invitados–. Y con respecto a mis sospechas, se alimentaron hace casi un año, después de que el caso de la casa de Tócame Roque se cerró repentinamente.

Tanto Peter y Rosa lucen sorprendidos al escuchar la explicación del joven sacerdote.

            –Después de eso, se interesó demasiado en los casos de posesiones, fantasmas y demonios –continua Ibáñez al mismo tiempo que les indica que lo sigan por otro pasillo de piedra iluminado con la luz que se filtra por las ventanas de cristal, llegando hasta unos escalones–. Ya cuando el sacerdote fue despedido, por razones que aún desconozco, él se la pasaba hablando de que le haría entrar en razón a sus superiores y fue ahí cuando lo perdimos de vista, hasta que una feligresa me dijo que le comentaron que lo vieron en dichos exorcismos en aquel santuario.

El cura Ibáñez baja las maletas apenas llegan a las puertas de unos cuartos en el segundo piso, abriéndolas cada una a su tiempo. Peter es el primero en adentrarse, seguido por Rosa, quien deja caer su espalda sobre el colchón de tela duro y viejo, mostrando insatisfacción con la experiencia. Es en ese momento en el que Peter sale de su cuarto con aires de enojo, alcanzando a Ibáñez antes de que baje por las escaleras.

            –¿De quién es esta habitación? –pregunta Peter en lo que se adentra en el cuarto.

            –Disculpe usted por mi distracción. Ese cuarto era del sacerdote Montalvo –responde Ibáñez algo asustado por su error–. Con tanta palabrería sobre él, le di su habitación. No mal interprete mi intención.

            –¿Hay algún problema, Peter? –intercede Rosa al escuchar la queja del alemán, quien extrae su brazo escondido del cuarto, enseñándole a ambos un casco improvisado con metales viejos y cables de diferentes colores quemados.

            –Son las pertenencias del padre Montalvo –dice Ibáñez con intriga en lo que entra al cuarto de piedra–. Pensé que nos había desecho de ellas…

            –¿Sucede algo, padre? –pregunta Rosa al no escuchar más palabras del joven clérigo.

            –Esos libros, la cosa de metal, las sábanas –Ibáñez comienza a tartamudear, acercándose un poco a la ventana, analizándola con la mirada, al igual que como lo hizo con las cosas que se encuentran esparcidas en la habitación.

            –El padre Montalvo estuvo aquí recientemente –comenta Peter al mismo tiempo que prepara su revólver escondido en su saco negro.

            –¿Qué lo hace pensar eso, fraile? –Ibáñez se gira asustado, encontrándose con la imagen de Peter listo con el arma de fuego y con la que apunta a una mesa pequeña en las cercanías, en donde se encuentra una taza de té que aún expele vapor de su epicentro.

            –Tenemos que ir a buscarlo, Rosa. ¿Rosa?

La joven no responde ante el llamado de su colega, por lo que este se le acerca, observando con ceño fruncido el libro con apuntes que Rosa hojea, llegando hasta las paginas en las que hay bocetos de una cama con una persona femenina amordazada y con cables conectados a lo que simulan ser metales que rodean la cabeza de la víctima.

            –¡¿Was zum Teufel ist das?!

Peter le arrebata el libro a Rosa para que su sorpresa aumente segundos después de hojear el manual, lo que lo obliga a salir de la habitación a toda prisa, dejando caer el libro amarilloso sobre el suelo. Rosa sale tras Peter, dejando al cura Ibáñez tomar el libro para darse cuenta de que en varias hojas hay un rostro dibujado repetitivamente, el rostro que el clérigo reconoce como el retrato angelical de Rosa.

 

 

 

31. Reprimidos.

 

Valencia, Reino de España, 27 de junio de 1916.

Peter guarda su revolver en el bolsillo de su saco, mientras busca preocupado en los alrededores de la calle, siendo su concentración interrumpida por la llegada de Rosa.

            –Sabe que estamos de regreso –comenta Peter con su marcado acento germánico–. Lo sabe. ¿Puedes sentirlo?

            –¿Sentir qué? –Rosa mira a su afligido compañero con una respiración agitada.

            –Concéntrate y sentirás de lo que hablo –Peter cierra sus ojos para calmar su respiración con el ritmo de sus latidos, abriendo sus ojos opacos con una emoción que sobresalta a Rosa–. ¿Qué hay en esa dirección?

            –¿Más casas? –le responde Rosa sin perder de vista el pálido dedo del alemán que apunta al sureste– Peter, ¿qué te está sucediendo? Estás actuando muy raro.

            –¿Qué pasó en esas casas?

            –No sabría decírtelo –responde Rosa intentando mantener la calma.

            –Entonces tenemos que ir.

Guiado por un instinto que Peter no puede explicar ni entender y abriéndose paso entre la gente que camina por los angostos callejones, el alemán aprieta su paso para no llamar la atención, dando de vez en cuando una vuelta que lo guía a otra avenida, y de ahí a otro callejón; hasta que finalmente su impulso lo lleva hasta la Carrer del Mar, en donde visualiza una casona de estilo gótico adornada con barandales viejos que le da un aspecto de abandono parcial, si no fuera por la presencia de la poca actividad humana de las casas contiguas.

            –¡Peter, Peter! –le grita Rosa apenas logra alcanzar su paso apresurado, el cual frenó el germano a la entrada del pequeño palacio– ¿Qué sucede? Me dejaste atrás.

Rosa detiene su propia reclamación al ver cómo su amigo se queda quieto mirando el tejado de aquel edificio de tres plantas, y, sin perder de vista una de las ventanas de madera podrida, camina hasta donde Peter se mantiene de pie.

            –¿Puedes sentirlo? –le pregunta Peter aún con su mirada clavada en la estructura.

            –Y no sólo eso –replica la joven con voz quedita.

            –Rosa, ¿qué me puedes decir de esta casa? –Peter se acerca un poco más a la edificación, tocando una de sus columnas con la yema de sus dedos.

            –Es el Palacio de los Valeriola –Rosa se acerca a la entrada principal, adornada con dos ventanas altas en cada lado–. Se dice que, en esta casa, hace muchos años, el dueño fue asesinado y su hijo acusado del homicidio, pero el asesino real se entregó tiempo después. Desde entonces, el fantasma del señor camina en pena, buscando a su asesino.

            –Puedo sentirlo –Peter coloca su mejilla sobre la pared caliente–. Puedo sentir al espíritu clamando por su venganza.

Repentinamente, un ruido parecido al golpe de un fierro se deja escuchar del cuarto superior, llamando la atención de ambos, siendo un segundo ruido similar el que obliga a Rosa a adentrarse por la puerta principal, no sin antes abrir la cerradura con un movimiento de manos haciendo uso de sus habilidades sobrenaturales.

            –¡Espera, Rosa! –Peter intenta detenerla imitando su intromisión– ¡Rosa!

Ignorando sus disimulados llamados, Rosa se interna más al edificio, llegando hasta el patio central, en donde ubica al otro extremo las escaleras que la conducen a las plantas superiores. Peter se queda callado para poder guiarse con el ruido que los tacones de Rosa hacen al momento de golpear los escalones, acompañados con el constante golpeteo de los fierros provenientes de la planta superior.

De repente, el golpeteo de escalones es silenciado y Peter, usando su propio instinto, llega hasta un amplio cuarto en el que Rosa se encuentra parada, observando a la silueta atada a los barrotes de la cama cubierta por una pesada sábana blanca.

            –Peter… ¿Qué crees que sea eso? –murmura Rosa al sentir la presencia de su amigo.

            –No lo sé; pero sea lo que sea…

            –¿Rosa? –la voz femenina proveniente de aquella cama incita a Rosa acercarse.

            –¡Esa voz! ¿Ada? ¿Eres tú? –musita Rosa en lo que se aproxima, siendo detenida por Peter, quien sostiene su hombro con su pálida mano.

            –Rosa, detente –le ordena Peter sin soltarla–. Recuerda lo que pasó en la casa de los Lefèvre. Los fantasmas malignos toman la forma de aquello que esperamos encontrar.

Las palabras de Peter obligan a Rosa a recapacitar, girando su cabeza levemente para encontrarse con la mirada vacía del alemán en lo que agita su mano derecha al aire para remover la cobija que cubre a la amordazada, revelándola como su amiga de la infancia con sus extremidades sometida con alambres y con su rostro, angelical como el de Rosa, marcado por cicatrices con rastros de sangre seca.

            –¡Ada! ¡Sabía que eras tú desde el principio! –Rosa brinca sobre la cama, usando sus pequeños dedos para liberar a su amiga de cabellos grasos y castaños dorados que cubren su maltratada cara– Peter… ¡Ayúdame a liberarla...!

La petición de Rosa se ve interrumpida por la repentina aparición de una silueta que emana desde las sombras del abandonado edificio, golpeando con un tubo oxidado la nuca de Peter con tanta fuerza que lo derrumba sobre el polvoriento piso de madera.

Ya derribado, el misterioso atacante continua con su agresión, propinándole al germano una paliza con la misma herramienta, haciendo que con cada golpe Peter exhale su dolor; hasta que Rosa, impactada por la brutalidad del intruso, detiene la golpiza al momento de extender su mano para arrojar al atacante contra la pared, muy cerca de la ventana, desde donde la luz del día se filtra e ilumina el rostro del feroz agresor.

            –A ti, a ti te recuerdo –balbucea Rosa al instante de reconocer al agresor como el sacerdote Montalvo recargado contra el muro, quejándose del golpe que amortiguó su caída– ¡¿Por qué has lastimado a mi amiga?!

            –¡Pero mira como son las recompensas del destino! –se jacta Montalvo soltando una risa de conformismo– Hace un año eras una pordiosera cualquiera; y ahora mírate, vestida con finas telas y peinada con elegancia. Al menos ya no eres tú la que estas atada a la cama.

Rosa se mantiene callada mostrando su enojo con su fija mirada, incitando a que los pocos objetos polvosos de la habitación floten y se tambaleen, lo que obliga a un adolorido Peter a levantarse del piso para propinarle una fuerte patada en la mandíbula al antiguo clérigo:

            –¡Cuida las palabras que dices! –gruñe Peter antes de golpearlo nuevamente.

            –Peter… no… –Rosa mantiene su iracunda mirada, levantando su mano para alejar a su amigo hasta un tocador empolvado al otro lado de la habitación.

            –¿Por qué me detuviste? –indaga Peter al presenciar su derribe y mirándola con inconformidad, sensación que se desvanece al ver a Rosa flotar por el aire, llegando hasta donde Montalvo se encuentra recuperándose– ¿Rosa?

            –Ayudadme a desatar a Ada, y bríndale asistencia médica –responde Rosa con una actitud autoritaria nunca presenciada por Peter–, si es que te llamas a ti mismo médico.

            –¿Qué diablos te está pasando, dummes Mädchen?

            –¡¿Qué no has escuchado?! –le responde Rosa más enojada, a lo que Peter reacciona pasando de largo a la delgada figura de Rosa que flota a su altura, llegando hasta la vieja cama de barrotes oxidados– ¿Por qué le has hecho esto a mi amiga?

            –Y fíjate que ella no es la primera –menciona Montalvo con una risa burlona, haciendo que Rosa aplica presión psíquica sobre su garganta, ahogándolo lentamente.

            –Rosa, no hagas nada de lo que después te arrepientas –Peter deja de desamarrar los torcidos alambres.

            –Tú no entiendes, Peter; este desgraciado hizo de la vida de los huérfanos un infierno –replica Rosa sin despegar la mirada de Montalvo–. ¿Qué intentabas hacer con ella?

            –Intentaba hacer otra persona como tú –responde Montalvo a duras penas, liberado parcialmente por el impacto que Rosa recibe al oír la respuesta.

            –¿Otra como yo? –Rosa desciende rápidamente sobre el piso de madera, situación atestiguada por Peter y Ada, esta última quien intenta recuperarse– ¿Para qué? ¿Con qué fin?

            –Si lograba replicar otra como tú, mis superiores me restaurarían a mi posición, y… y me creerían. ¡Ya no me juzgarían de loco! –Montalvo muestra demencia en sus ojos– ¡Por vuestra culpa perdí mi prestigio y credibilidad! ¡Por la llegada de ese maldito tudesco y tu maldita existencia, pordiosera!

            –Rosa, por lo que más quieras, no te dejes llevar por sus insultos; no vale la pena –Peter a Rosa llegar hasta donde se encuentra Montalvo, mirándolo con desprecio y pena.

            –¿Rosa? ¿Rosa? ¿Eres tú? –pregunta Ada al reconocer la voz de su amiga y sin poder verla, por sus cabellos sobre su rostro– Si eres tú, ayúdame a salir de este lugar… ¿Rosa?

Sin decir nada, Rosa extiende sus dedos liberando a Ada de los alambres que caen en pedazos al piso, mientras que Peter la sujeta para que no caiga agotada.

            –¡Mein Gott! –exclama Peter al sentir el delgado y malnutrido cuerpo de Ada.

            –Peter, creo que tendrás mejor visión para atenderla en el pasillo, que la luz aquí no entra del todo bien –exclama Rosa sin despegar su mirada sombría de Montalvo.

            –¿Rosa? No hagas nada malo, por favor; vamos a beber un poco de té y galletas con doña Colmenero –las palabras de Ada hacen que una lágrima brote del ojo de Rosa, dándole a entender que su vieja amiga ha sufrido un gran impacto emocional.

            –Me llevaré a Ada de aquí –dice Peter resignado en lo que carga a Ada en sus brazos–. Haz lo que creas que es lo correcto, pero, sobre todo, que no te afecte de aquí en adelante.

Apenas Peter sale de la habitación y la puerta se cierra espontáneamente, Rosa gira un poco su cabeza para poder ver su reflejo en el espejo cubierto de polvo que yace sobre el tocador, logrando visualizar su ojo con un entorno amarillento y su tez que palidece en cada momento:

            –No te necesito ahora –recita Rosa mirando su propio reflejo, causando una confusión en el clérigo–. Dime… ¿A cuántas más usaste para tus enfermos experimentos?

            –Como a cuatro… o cinco –Montalvo no muestra remordimiento, pero sí su miedo al presenciar cómo el ojo amarillento de Rosa vuelve a la normalidad–. Según los relatos, tenía que usar un lugar embrujado para poder completar la transformación.

            –¿Transformación? –exclama Rosa su duda.

            –¿Qué no sabías? Tu condición también puede ser inducida por medios mecánicos y estrés –una carcajada de cinismo sale de la garganta de Montalvo, cuya cabellera larga, grasienta y canosa, cae por su frente, aumentando por demás su situación mental deplorable–. Me lo dijo un francés hace años. ¡Y yo no le creí!

Provocada por la burlona y demente risa del antiguo clérigo, Rosa levanta su mano en dirección a Montalvo para levantarlo por la pared hasta llegar al techo, forzando también a que los objetos del cuarto se agiten, provocando un torbellino que mueve todo a su alrededor.

Mientras tanto, en una parte bien iluminada del pasillo, Peter le brinda una limitada asistencia médica a Ada, improvisando con un pequeño estuche médico los cuidados necesarios, tranquilizándola en cuanto se mueve incitada por el dolor de su herida.

            –Don, no deje que Rosa haga algo malo –exclama Ada con voz baja y agonizante, acariciando gentilmente el rostro del germano, quien, con mucho pesar, refleja su preocupación en sus ojos opacos.

            –Estás muy débil; necesito llevarte a un hospital.

Peter responde con un marcado acento germánico, escuchando involuntariamente lo que acontece en la habitación: el constante golpeteo de los objetos que se estrellan contra las paredes y las carcajadas de demencia de Montalvo, hasta que un grito angustiado haga presencia, acompañado del ruido de las cosas que caen, dando paso al silencio total

            –Rosa, por favor… –Peter se lamenta en voz baja en el pasillo.

De repente, la puerta se abre para que Rosa salga aquel recinto con un semblante ya calmado, encontrándose a su paso con Ada acostada y vendada; mientras que Peter yace sentado con sus brazos cruzados sobre sus rodillas.

Al darse cuenta de su presencia, Peter levanta su mirada, encontrándose directamente con los ojos dilatados de Rosa, desviando su mirada al instante para evitar una tensión adicional:

            –Ada está estable, pero tenemos que llevarla a un hospital –Peter rompe el silencio, levantándose para poder cargar a Ada hacia la planta baja.

            –Peter… yo… –Rosa intenta hablar con sudoración que recorre por su angelical cara.

            –En el camino para llegar a aquí vi una clínica; espero que nos puedan asistir –continua Peter dándole la espalda a Rosa–. Lo mejor es que contactes a Cristina.

            –Peter, lo siento… Lamento lo sucedido, pero yo no…

            –Tú no eres Rosa –Peter se gira bruscamente antes de bajar las escaleras, mostrándose furioso ante las excusas de su compañera–. La Rosa que yo recuerdo no le quitaría la vida a otro ser humano… ¡Es más, ni un rasguño cometería! Pero tú, tú no eres esa niña que recogí en esta misma ciudad hace un año. La venganza te ha poseído y yo ya no te reconozco.

            –Romina me comentó que tú has matado gente –Rosa se sostiene de un muro, intentando esconder su propia culpabilidad–; pero… en este caso fue diferente…

            –¡Y mírame en lo que me he convertido! –gruñe Peter mostrando su furia– Ahora ve por Cristina en lo que llevo a esta niña al hospital.

Peter se retira bajando por las escaleras las dos plantas, llegando hasta el callejón de entrada con Rosa caminando a sus espaldas, decaída.

            –Espero que la luz solar no te moleste –Peter cubre el rostro de Ada con una parte de su saco, desviando su mirada hacia la tercera planta.

            –Don, ¿también siente eso? –exclama Ada con voz quedita y con una sonrisa débil dibujada en sus mejillas, provocando una reacción de sorpresa en Peter, quien gira su mirada hacia ella, antes de verla desvanecerse en sus brazos.

 

Un jarrón con flores frescas yace sobre la mesa de noche en la sala del hospital; mientras que Cristina, recargada a un costado de la cama, llora sobre el cuerpo vendado de su amiga inconsciente. A lado de ella, se encuentra Rosa de pie, con la mirada perdida sobre las sábanas blancas y la boca de Ada, culpándose internamente lo sucedido hace unos instantes, pero su momento de perdición se nubla apenas siente la mano de Peter sujetando la suya, apretándola.

            –Peter, yo… no sé qué decir –Rosa voltea para ver a su amigo con cierta melancolía.

            –Las cosas pasan por algo –Peter le regresa una sonrisa amigable–; es lo que siempre decía mi madre.

Sin decir más, ambos se apoyan sobre Cristina, dándole apoyo emocional en lo que cabe.

            –No sé cómo agradecerles por encontrarla –dice Cristina con ojos nublados, pero con un rayo de esperanza–. El doctor dice que está muy grave, pero que se recuperará.

            –Ten esto –Peter le extiende un saco con monedas a Cristina, sorprendiéndola repentinamente–; cubrirá los gastos de recuperación y hospedaje, además de que puede sobrar para gastos adicionales, como hospedaje o poner un pequeño local.

            –Señor, yo no… –Cristina cae sobre el regazo de Peter– ¡No sé cómo agradecerle!

Rosa imita el gesto de su amiga, abrazando a ambos al mismo tiempo. Al cabo de unos minutos y tras ver que Cristina se encuentra mejorada y ya sin sollozo, Peter se retirar del lugar, guiado por su instinto vicioso del cigarro, seguido por Rosa, dejando atrás una nota arrugada sobre la mecedora en la que descansaba.

Ya afuera del hospital, Peter intenta encontrar a alguien a quien le pueda pedir un cigarro; es en ese momento en el que Rosa lo intercepta, dispuesta a entablar una conversación con él:

            –Peter…

            –Rosa, es importante que sepas que Ada –Peter traga un poco de saliva antes de continuar–, que Ada ha desarrollado poderes.

            –Montalvo mencionó algo de despertar poderes como los míos –Rosa asiente su cabeza en señal de entendimiento–. Dijo que se lo había dicho un francés.

            –¿Poseedores artificiales? Algo había escuchado de eso.

El intento de Peter de recordar más detalles al respecto se ve nublado por la sensación de tabaco quemado, a lo que el alemán, desesperado por la ausencia de sus cigarros, sigue el rastro, llegando hasta las afueras de un teatro en donde se encuentran unos fumadores:

            –Disculpen –interrumpe Peter con singular carisma–, ¿ese es tabaco de México?

            –Así es –responde un caballero de traje negro brilloso y con un moño como corbata que le da elegancia en lo que le extiende una cajetilla–. Tome uno; son muy buenos la verdad.

            –Muchas gracias –exclama el alemán teniendo a sus espaldas a Rosa, evitando que de esta manera el humo le llegue al momento de encenderlo–. ¡No cabe duda de que este es el mejor tabaco! A propósito, mi nombre es Peter Gest; no pude evitar detectar su acento del noreste de México. Bonito lugar, hermosas montañas.

            –¿Ah? Yo soy Raúl Flores –Raúl le aprieta la mano a Peter como cortesía–, y sí, soy del noreste; de García, Nuevo León, para ser exacto.

            –¡García, Nuevo León! –exclama Peter sorprendido de tal manera que casi se le cae el cigarro de la boca– Yo tengo amigos en García. Adrián Villalobos. ¿Lo conocerá usted?

El rostro de Raúl palidece al escucha el nombre, desvaneciendo la alegría de la cara de Peter.

            –No sabe lo que le sucedió, según veo –Raúl exhala un poco de humo antes de continuar–. El año pasado, durante la Batalla de Icamole, su hacienda sufrió los estragos de la retirada de los Villistas.

            –¿Cómo pasó eso? –Peter se muestra asustado ante tal revelación, mientras que Rosa se le acerca para apoyarlo.

            –Al parecer, un grupo de desertores atacó su hacienda y… toda la familia se defendió con las pocas armas que tenían –Raúl exhala el humo para recuperar fuerzas en su descripción–; pero sus esfuerzos no fueron suficientes. No hubo ningún sobreviviente. Lo lamento. No queda más que decir que se defendieron con valentía, protegiéndose entre sí.

Raúl le da una palmada a Peter en señal de duelo para después retirarse, dejando a Peter con una parte de su alma muerta, por lo que Rosa se le acerca, abrazándolo desde la espalda.

            –Mi amigo… ¿Muerto? –Peter balbucea palabras al azar– Y Liliana… ¿El bebé?

            –Los conocía muy bien por lo que veo –añade Raúl al girarse tras escuchar los lamentos de Peter–. Según los rumores, al responsable lo llamaban Teniente Maldonado.

El sólo hecho de escuchar ese nombre altera las fibras neuronales de Peter, provocando que los vidrios de las casas continuas, al igual que los pocos carros de los alrededores, comiencen a tambalearse ligeramente, atrayendo la atención de los músicos que empacan:

            –No me imaginaría que habría un temblor –se expresa Raúl al sentir la vibración.

Rosa se acerca a Peter, colocando la yema de sus dedos índice y corazón sobre las sienes de él, tranquilizándolo al instante, evitando que el temblor se disperse en las avenidas próximas.

            –Tenemos que ir a México –dice Peter con su mirada perdida–. Esto es algo personal.

            –Lo entiendo –exclama Raúl mientras que Rosa lo observa con preocupación.

            –¿Estás seguro de tomar esa decisión en este momento, Peter? –Rosa se muestra comprensiva con cada palabra que dice–. La noticia te ha afectado; pero si realmente quieres ir hasta allá, entonces iré contigo.

            –En el tren escuché que un barco con ayuda humanitaria iba a salir del puerto de Valencia con dirección a Veracruz, México –comenta Peter tras sentir las reconfortantes manos de Rosa frotar las suyas.

            –Y no sólo con ayuda, también van muchos voluntarios. Los acompañaría de regreso, pero por el momento, tengo que ir a Inglaterra a dar un recital de piano –explica el músico en lo que observa su reloj en la muñeca–. ¡Santo cielo! Ese barco saldrá en media hora.

Sin decir palabra alguna, pero con una expresión de gratitud en su mejilla, Peter toma de la mano a Rosa, alejándose con paso veloz, recorriendo cada callejón y avenida que recuerda para poder regresar a la iglesia en donde dejaron sus pertenencias para de ahí, partir al muelle.

De regreso a la Parroquia de San Nicolás, Peter le indica a Rosa que busque al cura Ibáñez, en lo que él recoge las maletas en la planta superior, en donde se encuentra casi de golpe al sacerdote bajando las escaleras y sosteniendo un pesado libro que leía:

            –Perdón por el golpe, padre, no lo vi venir –Peter ayuda al clérigo a levantarse, y quien al parecer no se muestra molesto por el incidente.

            –No se preocupe, fraile, yo venía leyendo mientras caminaba; un mal hábito mío de hacer dos cosas al mismo tiempo –Ibáñez se ríe de su propia torpeza–. A propósito, ¡Qué bueno que lo veo! Me acaban de notificar que dos de sus compañeros están por llegar de Italia, el conde Ottajano y el teniente Ramaci.

Un brillo de preocupación se refleja en los ojos opacos de Peter:

            –¿Le comentaron algo adicional? –cuestiona Peter disimulando su preocupación.

            –¡Ah, sí! Que también vienen unos miembros de la Guardia. Nunca me imaginé que el caso de Balma tendría un gran impacto –Ibáñez se muestra emocionado ante tal suceso, ignorando que Peter le da una indicación a Rosa para que vaya por sus cosas.

            –De llegar aquí, dígales que iremos al Santuario, ahí los esperaremos –Peter se apresura a tomar su maleta, apartando cortésmente al clérigo–. Le agradecemos su asistencia; igual espero llamarlo para su apoyo.

Finalmente, y dejando al cura Ibáñez algo perplejo, ambos viajeros salen de aquel recinto, solicitando el servicio de un carruaje que ven pasar por el camino.

 

Manteniendo sus brazos cruzados, con sus ojos cerrados y frente arrugada, Filippo cambia su postura, acomodándose en el espacio asignado en la cabina del tren, mismo que se va deteniendo apenas se visualizan por la ventana las casas valencianas que rodean a la próxima estación, tan altas como los árboles viejos que sobreviven en los bosques.

            –¿Sentiste eso, Ramaci? –le pregunta en italiano Filippo a su compañero, el cual está sentado justo enfrente de él, jugueteando con una navaja pequeña entre sus dedos.

            –No tanto como lo imaginaba; pero sea lo que sea, no fue normal… y no está muy lejos –responde Ramaci guardando su navaja en un compartimiento de su saco café.

            –Esa presencia es la de Peter –Filippo se levanta de su asiento para dirigirse al compartimiento de a lado, en donde se encuentran varios hombres vestidos de civil, con ballestas y rifles en sus manos–. Caballeros, estamos ante una situación difícil. Tenemos ordenes de ir por uno de los nuestros por una acusación de traición: Peter Gest. Sé que muchos lo conocen y saben perfectamente que es un riesgo para nuestra organización. Tengan en cuenta que ahora él es una amenaza del Nivel 14. Hay que atraparlo sin importar lo que tengamos que hacer. ¡Es matar o morir!

 

Publicado la semana 20. 11/05/2020
Etiquetas
Wilco, Rock, Duran Duran, Mecano, El estruendo de la mar reventando contar el barco, Poltergeist , La lluvia, La abundancia que crea escasez, El deseo expreso de una amiga, Momentos de frustración y dolor intensos, La vida misma, Todo lo vivido, La noche, Terror , De noche, En Francia, En cualquier momento, En el bar, Con las manos frías, Sírvase templado si dispone de una sonrisa que no termina de salir, En la cama, Con un café, claro , In English, uvas, golpe, cabeza, luz, hospital, Viaje, Ruinas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
20
Ranking
0 155 0