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Ignacievij

S.A.P. La Raíz del Árbol: 25-27

25. Bajo el amparo de la oscuridad.

 

Bajina Bašta, Reino de Serbia, 19 de mayo de 1916.

La escasa luz del sol comienza a desvanecerse, permitiendo que la oscuridad de la noche cubra las pequeñas colinas de los alrededores y las copas de los frondosos árboles que cercan el camino que Peter y Rosa recorren para huir de las criaturas mitológicas resplandecientes.

            –¡No puedo ver bien! –se queja Rosa tras sentir como sus pulmones se agotan.

            –¡¿Qué dices?! –Peter detiene su caminata para regresar unos pasos y tomar a Rosa de la mano– Yo aún veo; hay una aldea en las cercanías.

Rosa le dirige una mirada de confusión, imitando el paso de Peter para seguir huyendo.

            –Peter, ¿crees que pueda atacarlas?

            –¡¿Estás loca?! ¡Eso las provocaría más!

Apenas Peter termina de hablar, este voltea nuevamente para ayudar a Rosa, pero se detiene en el momento que hace contacto visual con aquellos seres del bosque.

            –¿Qué sucede, Peter? –pregunta Rosa al ver los opacos ojos de Peter despejados, incitándola a mirar hacia atrás– ¿Qué les pasa ahora?

            –Se… ¿Se están marchando? –comenta Peter al ver cómo las hadas se esconden despavoridas entre los árboles sin despegar la mirada de la primera casa de la villa próxima– ¿Qué las habrá asustado?

            –No tengo idea –Rosa apoya sus manos sobre las rodillas–; pero lo que fue, nos salvó. ¿Qué tenía que ver el juego de las sombras?

Peter saca de su bolsillo un cigarro medio consumido, encendiéndolo en lo que se dirigirse hacia la villa.

            –Al parecer evitar las sombras era el equivalente a bailar imitándolas –un hilo de humo sale de los labios resecos de Peter, dirigiéndole una mirada enternecedora a Rosa, dándole también una palmada en el hombro–. Bailaste tan bien que les provocaste celos.

Las palabras acompañadas de leves carcajadas provocan en Rosa un enrojecimiento en sus mejillas, causándole una cierta confusión al momento de emparejarse al paso de Peter.

A pesar de que la noche ha caído y con eso la profunda oscuridad que se cierra en la punta de los pinos, el camino que guía hasta la villa es iluminado por un centenar de hogueras pequeñas que lucen a escasos metros de las casas de cantera. En lo que terminan por ingresar a la villa, Peter y Rosa logran reconocer a la decena de civiles armados que ahí aguardan, muchos de ellos sentados y apoyados con sus rifles, carcajeando de tal manera que dan a entender que están descansando.

            –¿Son soldados? –Rosa se acomoda la boina desgastada sobre su cabeza.

            –No parecen –una sensación de desconfianza se refleja en la frente de Peter–. Creo que son colaboradores.

Apenas Peter termina de hablar, uno de los militares vestido con ropas civiles, pero con una bandada negra con amarillo en cada brazo, se aproxima ante ellos, haciendo un movimiento con sus manos a Peter, simulando lo que parece ser cigarro, a lo que Peter le niega con su cabeza de un lado a otro mientras golpea los bolsillos de su pantalón.

            –Видео сам да си имала једну –exclama el civil armado mostrando su enojo–. ¿Одакле си?

Peter se queda sin argumentos al no entender el lenguaje del local, quien prepara su arma.

            –Ich bin ein deutscher Sanitäter –responde Peter como último recurso, lo que obliga al paramilitar a bajar su arma de fuego.

            –Usted ha de ser el médico que mandaron –comenta el civil al mismo tiempo que le hace una seña para que lo acompañen–. Síganme, y disculpen mi lenguaje; no soy bueno.

            –No se preocupe.

Peter y Rosa siguen al colaborador entre unas tiendas de campaña, llegando hasta la casa más grande de aquella pequeña villa, la cual aparenta ser un centro de operaciones por su cantidad de movimiento visible en ambos pisos.

            –¿Señor Zmey? Encontré al médico enviado de Belgrado –reporta el militar improvisado ante un grupo de otros civiles armados que juegan cartas en la mesa.

            –Buen trabajo –una voz áspera e imponente se deja escuchar desde el fondo de la cabaña bien iluminada, forzando a que el juego se detenga– Acercarse, por favor.

            –Mi nombre es Alexander Schulz –Peter da un par de pasos adelante, dejando a Rosa atrás de él–, y él es Thomas. Listos para servir a la causa.

            –¿Cuál causa? –responde el individuo que parece ser el más alto jerarca de aquel cuartel pseudo-militar, un hombre de casi dos metros, con marcada musculatura y cabellera café oscura, resaltando de su rostro una cicatriz que atraviesa desde su ceja izquierda hasta el lado derecho de su barbilla– Estamos aquí por dinero. ¿Nos trajo el pago de este mes?

El repentino cuestionamiento del aparente oficial Zmey sobresalta a Peter y a Rosa, no dándoles el tiempo para reaccionar ante tal circunstancia.

            –¿Pago? ¿No me mencionaron nada de eso?

El comentario de Peter parece no ser del agrado del oficial, por lo que extrae su pistola de cargo para colocarla sobre la frente de Peter.

            –Tu acento. Eres del norte de Alemania, supongo –añade el oficial de figura monstruosa, resaltando la frialdad de su ser con cada palabra que dice– ¿Y él? No lo he escuchado hablar.

            –Él es de los Países Bajos –contesta Peter para defender a Rosa–. Muy apenas entiende alemán. Yo hablo holandés con él.

El oficial Zmey se mantiene recio con el revólver al aire, clavando su sombría mirada sobre cada detalle antes de continuar hablando:

            –Es curioso que vengan ustedes, del norte de Europa hasta acá –añade el oficial sin quebrar el contacto visual con Peter–. Casi todos los alemanes que vinieron son de Bavaria.

            –Somos voluntarios –dice Peter como última defensa, demostrando valor ante mortal la situación, circunstancia que se ve interrumpida por el repentino llamado de auxilio proveniente del exterior, atrayendo la atención de todos los presentes que salen a dar ayuda.

            –Ahora veremos si realmente son médicos –el oficial Zmey baja su revólver, encaminándose también hasta el punto en el que se encuentran unos hombres armados asistiendo a tres hombres heridos.

            –¿Qué sucedió? –indaga Peter apenas el comandante de los irregulares es informado de la situación por parte de uno de sus hombres.

            –Fueron atacados por bandidos –el oficial enfunda su pistola en su cintura–; les intentaron robar unas cabras y los atacaron cuando se dieron cuenta. Atiéndalos… ¡Ya!

Sin más que decir, Peter se inclina para asistir a los heridos, siendo asistido por Rosa llevándole un botiquín médico que un civil le acerca. Mientras tanto, el oficial Zmey comienza a dar indicaciones, señalando a un grupo de irregulares que se adentren al bosque y encuentren a los responsables para que los traigan vivos, a lo que estos asienten afirmativamente, partiendo al bosque guiados por la luz de lámparas de aceite.

            –Las heridas no son profundas –dice Peter a la par que se limpia la sangre de sus manos–. Deben de descansar reclinados, especialmente él; la navaja le causó una desgarradura interna.

            –Veo que después de todo sí eres un médico ejemplar –el comandante Zmey alaga el trabajo de Peter, indicándole después a otro auxiliar que vaya hasta cierta cabaña–. Nos serán útiles en lo que nos reubican a Bosnia. Ya le dije a uno de mis hombres que tenga lista aquella cabaña para ustedes. ¿Dónde están sus demás cosas?

            –Es todo lo que tenemos con nosotros –contesta Rosa con un falso tono de voz grueso casi creíble, señalando la discreta maleta de Peter y su propio bulto de ropa envuelta.

            –En ese caso, adelante. Mañana le daré las indicaciones de la unidad –indica el oficial, cuyas oraciones, similares a las órdenes que está acostumbrado a dar, son silenciadas apenas escucha las voces impacientes de un grupo de civiles armados que salen de entre los árboles–. Parece que ya los capturaron. ¿Quieren quedarse a ver?

            –No gracias –comenta Peter con una acentuación reservada, terminando de sacudir un pañuelo manchado de sangre entre sus manos, para después guiar a Rosa hasta la pequeña casa indicada que será sus aposentos–. Mi objetivo es salvar vidas, no eliminarlas.

            –Como quieran.

Zmey gira para observar cómo sus hombres colocan al centro de las cabañas a los cuatro bandidos para ser golpeados brutalmente por sus captores sin misericordia, usando desde sus puños y suelas de las botas hasta las culatas de los rifles. Todo esto al mismo tiempo que sus risas sádicas hacen eco entre la vegetación y las viviendas.

Ya a la puerta de la cabaña, Peter incita a que Rosa entre primero, sabiendo que tal escena le puede turbar drásticamente.

            –Entra y cúbrete los oídos –la sugerencia de Peter llega tarde, Rosa logra girar ligeramente y ver con la mirilla de su ojo derecho cómo los bandidos, arrodillados y ensangrentados, son ejecutados a sangre fría por el comandante de aquella turba de mercenarios, incrustándole una pieza de plomo en la cabeza a cada uno, de derecha a izquierda; siendo el último de la izquierda que logra levantarse de esa ejecución, corriendo a paso torpe hasta donde están Peter y Rosa.

Por instinto de supervivencia, Peter alcanza a dar la vuelta y desenfundar su revólver, encontrando su opaca mirada con los ojos claros del prófugo por un segundo antes de dispararle a la altura del pecho y dejarlo caer sobre el fango seco.

            –Fue un muy buen disparo, Herr Schulz –comenta el oficial Zmey sorprendido de tan veloz destreza–. Veo que no es del todo un santo. ¡Nadie de aquí lo es!

            –Por eso le dije que apoyo la causa –responde Peter con un tono frío y monótono.

            –Como usted diga –Zmey les indica a sus subordinados que se lleven los cadáveres al bosque, orden que es acatada inmediatamente.

Peter observa disimuladamente el trayecto que los paramilitares siguen para deshacerse de los cuerpos mientras que Rosa, callada e indiferente, ingresa a la cabaña, seguida por Peter con semblante inexpresivo.

            –Te has adentrado mucho en tu papel de “voluntario” –comenta Rosa con un tono seco mientras toma uno libro mediano del estante empolvado localizado en la diminuta sala de aquella cabaña, para después dejar caer su espalda sobre un maltratado sillón de cuero, exhalando un suspiro de resignación en lo que agita las hojas amarillentas con la delicadeza de sus dedos.

            –Él no era humano –se defiende Peter ante la acusación, escondiéndose tras las cortinas de la ventana cercana.

            –Pues los que son humanos no actúan como tal… –Rosa ajusta la palanquilla de la lampara de aceite para percibir más luz, removiéndose la sucia boina de su cabeza, permitiendo que su cabellera caiga sobre el respaldo del sofá.

            –Ese libro está en serbio, ¿lo sabías? –Peter se acerca hasta la otra ventana para no perder el rastro de los milicianos.

            –¡Pues las imágenes no lo están!

Sin decir más, Peter se adentra en otro cuarto de la cabaña, husmeando por las ventanas el exterior en donde se encontraban, percatándose de que los mercenarios enviados regresan de entre la oscuridad del bosque a paso rápido, incorporándose junto a los demás civiles armados que hacen guardia. Aprovechando la oportunidad que la noche le brinda y el hecho de que la cabaña que habitan está hasta el fondo de la villa, Peter sale sigiloso por la puerta trasera sin hacer ruido, usando las sombras que cada objeto genera por las fogatas de los alrededores, hasta finalmente llegar a la última casa, teniendo en ese tramo que arrastrarse entre los vados de tierra y pasto para evitar ser detectado por un par de civiles que charlan mientras fuman tabaco y consumen tragos de vodka barato.

La profundidad de la noche que ennegrece los espacios entre los rígidos árboles ayuda a que Peter puedo levantarse; deslizándose con su espalda inclinada hasta el interior del bosque, buscando entre los montículos de tierra los cadáveres frescos de aquellos bandidos, llegando hasta un gran agujero cavado por humanos, en el que se desliza accidentalmente, aterrizando sobre una masa suave y humedecida.

            –¡Was zum Teufel!

Peter se muerde el labio para evitar llamar la atención, por lo que, usando la luz lunar y su buena visión, se percata de que la masa que frenó su caída es uno de los bandidos ejecutados.

Las delgadas y pálidas manos de Peter mueven el cuerpo ensangrentado, encontrándose con otro cuerpo que se le resbala de las manos como si fuera aceite.

            –¡Maldición! –blasfema Peter al golpear otro cadáver, el cual hace un sonido horripilante, como si intentara hablar– ¡Este es!

Peter desenfunda su estuche médico, despejando la camisa de aquel sujeto al que le disparó, insertando su escarpelo en la caja torácica para hacer una ligera incisión sobre este y, empleando unas tijeras de su estuche, remueve la pieza de plomo, obligando a que el cadáver regrese a la vida, jadeando en el momento que la confusión se apodera de su mente:

            –¡¿Ко си ти?! –exclama en serbio el aturdido individuo de ropas haraposas.

            –Tranquilo, tranquilo –Peter posiciona sus manos como si detuviera una especie de muro imaginario–. ¿Hablas alemán? ¿O puedes entenderme?

            –Ein bischen –exclama el bandido a la par que se levanta sobre su espalda–. ¿En dónde estamos? ¿Y qué es esa peste?

            –Al parecer estamos en una fosa común…

Tras guardar su estuche médico, Peter se levanta evitando resbalarse, señalando los restos de al menos una decena de cadáver pudriéndose en diferentes etapas de descomposición.

            –¡Oh, dios mío! ¡Chicos! ¡Contesten, chicos! –las desesperadas palabras del bandido son calladas abruptamente por la mano de Peter.

            –Si sigues hablando fuerte ellos vendrán y nos matarán a ambos.

El bandido asiente con su barbilla el hecho de que debe de estar calmado, por lo que Peter se aleja de él para hacer un intento de salir de aquel hoyo de pestilencia seguido del bandido, brindándole sus manos entrecruzadas para que pueda usarlas como un escalón improvisado, evitando resbalarse con el viscoso subsuelo que los invita a caer.

            –¿Cómo usted sabía que yo no era humano? –cuestiona el forajido apenas es asistido por Peter para estar en lo alto.

            –Lo vi en sus ojos; algo me dijo que no eras humano –Peter se sacude la tierra de su saco negro para después lamentarse el atroz y repugnante destino de sus zapatos y la parte baja de su pantalón–. A propósito, mi nombre es Peter Gest.

            –Dragan Petrovic –contesta el bandido con bajo interés–. ¿No los puedes salvar como usted lo hice en mí?

            –Lo lamento; les destrozaron el cerebro al dispararles –tras decir esto, Peter se inclina un poco hacia adelante, esperando que el escándalo de hace unos minutos no atraiga a algún paramilitar despistado que merodee en los alrededores–. Además, tu fuiste afortunado: la bala que te removí no te podía envenenar la sangre como lo hacen las balas de plata.

            –¿Qué es eso?

Dragan cae rendido sobre sus rodillas cubriendo con sus manos su boca para guardarse la tristeza al ver la fosa común, demostrando que el contenido aumenta de una simple decena a casi la mitad de una centena:

            –Esos son… eran… los habitantes de este poblado… y los de las villas próximas. Ahí abajo ¿Los ve? Esos eran… esos eran los soldados que defendieron la frontera el año pasado.

            –¡Dios se apiade de ellos! –dice Peter al percatarse de aquella cruel escena– Los niños… también los mataron. ¡Malditos enfermos!

La sensación de rabia e impotencia compartida entre ambos sujetos se ve interrumpida cuando Peter se queda petrificado, girando su cabeza con visible dificultad, llamando la atención de Dragan al no escuchar más palabras provenientes de él:

            –¿Sucede algo?

            –Tenemos que irnos. Tengo el presentimiento de que algo malo está rondando en este bosque.

 

Un hilo de saliva se tambalea del labio inferior de Rosa, casi tocando su hombro derecho mientras que esta yace recostada en el sillón y con el libro extendido sobre su regazo a punto de resbalarse, hasta que Rosa se despierta abruptamente, mirando con somnolencia el entorno de la pequeña sala que la abraza con penumbras:

            –¿Peter? –Rosa se levanta del sillón cerrando su libro– ¿A dónde te has ido?

Al no recibir respuesta, Rosa con libro en mano, intenta encontrar a Peter adentrando su cabeza en la cocina y los dos cuartos, para finalmente llegar hasta las cortinas de la ventana, guiada por un extraño instinto que la invita a esconderse para apreciar el oscuro exterior.

            –¿A dónde te has ido esta vez?

La atención de Rosa es atraída por una figura espectral vestida con mantos blancos que se desliza con discreción entre las cabañas; siendo su destino final la casa de doble piso en el que anteriormente se habían encontrado con el comandante de los paramilitares, pero que ahora se mantiene en silencio y con la puerta bien iluminada:

            –¿Quién es esa?

Un fuerte estruendo ensordece el área, derribando parte de la fachada frontal del edificio aquel, por lo que Rosa se cubre con su mano su rostro, evitando ceguedad por tal explosión que ha alertado a todos los civiles armados de los alrededores.

            –Pero… ¡¿Qué diablos…?!

Rosa apenas logra percatarse como la causante de aquel alboroto escapa a toda prisa, corriendo justo en frente de la ventana en la que Rosa se encuentra, y quien logra ver parte del rostro cubierto por un ligero velo blanco: un rostro rosado, vivo, con facciones finas.

En lo que termina de apreciar la rapidez con la que se fuga la bandida, Rosa reconoce a Peter saliendo del bosque dándole indicaciones a un arbusto, para después acercarse al lugar de la explosión atascado de paramilitares que intentan tanto rescatar a unos cuantos afectados y apagar el fuego antes de que llegue a lo que parece ser un almacén de municiones.

            –¡Rosa! –un grito en seco sale de la garganta de Peter, reconociéndola de inmediato al verla asomándose por la ventana.

Sin soltar el libro de su mano derecha, Rosa sale de la pequeña casa en dirección a Peter, mostrándose asustada al ver el incendio propagarse a los inmuebles aledaños, incitando a que los guerrilleros combatan con baldes de agua que se pasan desde el pozo hasta las llamas.

            –Rosa… ¿Te ha pasado algo? ¿Estás bien? –Peter toma de las muñecas a Rosa, inspeccionando que esta no tenga heridas que tratar.

            –Sí, sí. Yo estoy bien –responde la joven con voz preocupada.

            –¡Bien! Acompáñame a ayudar a los heridos –Peter suelta una de las muñecas de Rosa, encaminándola al patio lodoso de la primera casa afectada, en donde se encuentra el oficial Zmey presionando un pedazo de tela contra su ensangrentada cabeza–. Señor, permítame ayudarle.

            –Yo estoy bien; es sólo un rasguño. Atienda a los heridos.

            –¡A la orden!

Peter da media vuelta con la intención de brindar atención médica; es en ese momento en el que el oficial saca un revólver de su cintura, con el que apunta a la cabeza de Peter, quien queda petrificado al no ver de frente dicha amenaza.

            –La última vez que lo vi fue entrando a esa jodida casa y él era hombre –Zmey sostiene con firmeza su arma, presionándola esta vez, contra el cráneo del alemán–. Es mucha la coincidencia de que el mismo día que llegan me intentan matar. Y curiosamente, la mujer que hizo esto era casi igual a ella…

La descripción de Zmey deja impactada a Rosa, cuyos ojos reflejan un brillo de esperanza.

            –Berencsi nos mandó –responde Peter en un intento de calmar las cosas.

            –¡Oh! –exclama el amenazante oficial con un tono de voz relajado– No sé quién diablos sea ese.

Peter deja escapar un suspiro de resignación, como si fuera una señal de aceptación ante una muerte segura. Rosa lo mira con un rostro aterrado, dándole discretas indicaciones con sus dedos de que está lista para hacer uso de sus habilidades mentales, a lo que Peter asiente con su mirada seria, pero es en ese momento en el que unos falsos ruidos de gallina atraen la atención de todos, obligándolos a mirar hacia los arbustos:

            –¿Quién es ese loco que está cacaraqueando? –se deja escuchar una voz en serbio, aludiendo a la pobre imitación que Dragan realiza– ¡Disparen a matar!

Aprovechando la confusión, Peter gira audazmente y le propina un golpe con su codo al oficial en la nuca arrebatándole el revólver; mientras que Rosa, extiende sus manos para que las armas de los militares caigan al suelo en pedazos, infligiendo miedo en cada uno de ellos.

            –No sientas pena por estos miserables –Peter cruza sus manos extendiéndolas hacia afuera con un veloz movimiento, derribando a los guerrilleros– Vámonos de aquí.

            –¡Herr Peter! ¡Por aquí! –Dragar grita para que los tres puedan escapar.

            –¡No saldrán de aquí vivos!

La autoritaria voz de Zmey detiene a Peter quien se voltea para encararlo, disparándole con su propio revolver en la mejilla derecha, fulminándolo sobre el lodo.

            –¡Peter! –grita Rosa aterrada, pero es interceptada por el germano, enredando sus brazos sobre su cuello, sin que la primera suelte el libro– ¿Vas a cargarme?

            –¡Sujétate muy fuerte! –dice Peter al adentrarse en el bosque– ¡Dragan, folge mir!

            –Pero… si no tenemos lampara. ¡El bosque está oscuro! –recalca Rosa ese detalle.

            –No necesitamos luz –Peter muestra una mueca de emoción y adrenalina antes de partir a toda prisa de ahí.

El resplandor de aquel incendio provocado se visualiza desde lo alto de las colinas aledañas, cautivando la atención de unos peregrinos que rondan por los alrededores y se mantienen fijos ante el accidente perpetrado, como si esperaran que el silencio se rompa lo antes posible:

            –Una explosión y un disparo.

Comienza a hablar uno de los espectadores: un hombre de prendas negras, tan pálido que incluso en la noche se logra diferenciar, y con una sonrisa perturbadora como sus afilados dientes sobresalientes.

            –¿Crees que esté muerto? –indaga la otra persona: una mujer ataviada de pies a cabeza, de piel bronceada y con unos ojos de tono café oscuro, en los que se refleja el baile del humo que danza a mitad de la noche iluminado por las llamas ya casi extintas.

            –No lo creo –responde el tétrico personaje de palidez extrema después de soltar una sonrisa burlona–. Se necesita más que eso para matar al mismo Baš Čelik.

La mujer no dice nada, tan sólo cierra sus ojos y endereza su proporcionada figura, dando unos pasos hacia adelante siguiendo el trayecto de la colina.

            –Espero que cuando decida matarme no sea tan fría, mi ama –comenta el individuo de ultratumba al notar el desinterés de su acompañante.

            –¿No me digas que el temido Sava Savanović tiene empatía y miedo? –responde la mujer con sarcasmo disfrazado de serenidad, infligiéndole una expresión repudio a su subordinado.

 

 

 

26. De lunas, aves y monstruos.

 

Kragujevac, Reino de Serbia, 20 de mayo de 1916.

Los pájaros cantan entre los árboles apenas los primeros rayos de sol iluminan las copas en las que anidaban. Dicho canto tan pintoresco hipnotiza a Rosa quien mira con sus avellanos ojos las ramas en un intento de localizar a las aves, fascinada ante el espectáculo natural.

            –¿En qué momento te despertaste? –pregunta un somnoliento Peter, levantando su cabeza de entre el montículo de ramas y recibiendo como respuesta la cálida sonrisa de Rosa.

            –¡Mira a los pajarillos! –el dedo rosado de Rosa apunta a las ramas de los árboles.

            –¿Has visto a Dragan? –responde Peter tras ver a las aves que saltan de un tronco a otro, para después levantarse del montón de hojas.

Apenas Peter logra ponerse de pie, de entre los árboles aparece Dragan, con su ropa manchada con sangre seca, mientras que en sus manos carga con un par de conejos muertos.

            –Escuche mi nombre –Dragan se acerca a las cenizas de una fogata e intenta avivar las pocas brasas, no sin antes colocar los conejos sobre un tronco.

            –¡Ah! ¡Él es Dragan! –exclama Rosa con mucha emoción– ¿Habla alemán?

            –Sí –responde Peter en español al mismo tiempo que de su pequeño estuche extrae un cepillo dental que remoja con un chorro de agua proveniente de una cantimplora de piel–. Lo mejor es que hablemos alemán para una mejor comunicación.

Rosa asiente con su barbilla; Dragan le regresa una confirmación con una sonrisa carismática, por lo que procede a sacar un cuchillo guardado en su tobillo con el que corta el pelaje gris de uno de los conejos.

            –Vi cómo le disparó a ese oficial en la cara –añade Dragan apenas la fogata comienza a arder una vez más–. Se debe tener mucho valor para hacerlo. Él es muy temido en esta región; él y sus Schutzkorps. A propósito… ¿Ustedes que son?

            –Este… ¿Nosotros? –Rosa balbucea palabras al azar, intentando descifrar la pregunta.

            –Se podría decir que soy un dhampiro –Peter gira sus ojos hacia arriba, pareciendo que aún no entiende bien su condición–; y ella es humana, pero maneja un poltergeist.

La mano de Rosa se mueve de un lado a otro como si saludara, movimiento que cambia al acomodarse un tirante del pantalón que viste:

            –¿Y tú eres…?

            –Los aldeanos nos llamaban vulkodlaks –Dragan se incorpora de su posición inclinada–; aunque todo indica que soy el último de mi clan.

            –Créeme que no era posible rescatar a tus amigos. Lo lamento –se adelanta Peter a decir con remordimiento y pesar–. Las balas causaron daños graves en sus cabezas…

            –¡No se preocupe! ¡Total! Sólo éramos ladrones de cabras y gallinas… –una mueca de nostalgia se dibuja en las mejillas de Dragan, motivándolo a tomar uno de los conejos despellejados para insertarlo en una rama sin corteza– ¿Cuál es el plan ahora?

            –Bueno, no tenemos nada en mente en este momento –habla Peter por él y por Rosa–. Y no creo que la persona a la que buscamos esté por esta área.

            –Es una pena –Dragan se encoje de hombros sin quitar la mirada de la fogata.

Mientras que Peter se rasca su negra cabellera, Rosa se acerca al montículo de hojas en donde Peter había dormido recogiendo el libro que conservaba desde el escape de aquella villa, hojeándolo rápidamente, deteniéndose hasta una página de en medio:

            –¡Peter, mira! El dibujo de aquí se parece al capitán aquel.

Peter se reclina hacia el libro, frotando su barbilla apenas visualiza el desgastado grabado.

            –Tengo que reconocer que es cierto, hasta con la cicatriz de su cara –Peter intenta leer las palabras en serbio sin éxito–. ¿Qué dice aquí, Dragan?

            –Es una imagen de Baš Čelik –el rostro de Dragan luce despreocupado ante tal imagen–. Según los cuentos de hadas, él es un ser inmortal e imposible de detener. Ahora que lo mencionan, ese tal Zmey sí se parece mucho a él; quizás es una coincidencia

La descripción del serbio deja a Peter y a Rosa intrigados, por lo que vuelven a mirar el dibujo.

            –Yo no creo en coincidencias –comenta Peter con tono seco.

            –Es irónico que lo diga un ser del folklore local –dice Rosa al cerrar el libro para guardarlo en una bolsa de su ancho pantalón.

            –Dime más sobre el cuento –insiste Peter tras recoger sus pocas pertenencias.

            –Según esto, un príncipe, tras casarse con una princesa que rescató, vive en el castillo de ella, en donde él puede visitar todos los cuartos, menos uno –Dragan se frota el gorro sobre su cabeza en un intento de recordar–. El príncipe encontró a un hombre encadenado, quien le pidió tres vasos de agua, con cada vaso que bebía, el príncipe recibía una vida. Al tercer vaso, el hombre recuperó sus fuerzas, rompió las cadenas y voló de ahí con sus alas, encontrándose a la esposa del príncipe en el camino.

            –Yo no recuerdo ver alas en el oficial ese –añade Rosa cuando Dragan hace una pausa.

            –Pero sí tenía los labios resecos, como si no hubiera bebido agua… –Peter se frota su barbilla tras recordar al guerrillero.

            –Aún no termino –Dragan le extiende su mano a Rosa, pidiéndole el libro de su bolsillo, el cual le entrega para logre traducir el relato–. Aquí dice que la princesa se da cuenta de que Čelik no puede morir porque su vida está en un pájaro, que habita en el corazón de un zorro que habita en una montaña alta.

            –Los relatos serbios no son muy diferentes de los alemanes –Peter luce resignado con la explicación de Dragan–. En fin. ¿Qué más dice? ¿Cómo lo derrotó?

            –Con la ayuda de sus cuñados, los amos de los dragones, halcones y águilas… –Dragan se detiene abruptamente, perdiendo su mirada en un vacío.

            –¿Sucede algo? –le pregunta Rosa mientras le agita su mano extendida en el rostro.

            –Señor de los dragones, Tsar Zmey –Dragan recibe las confusas expresiones faciales de los dos viajeros–. El nombre del oficial era Tsar Zmey, eso significa “Emperador Serpiente” en serbio.

            –Y en ruso es “dragón” –añade Peter–. ¿A qué viene eso?

            –Ese nombre es de otro cuento en donde el Emperador Serpiente era un hombre de guerra y tesoros –Dragan hojea rápidamente el libro, deteniéndose hasta encontrar el cuento que relata–. ¡Aquí está! Según el cuento, Vasilii el Desafortunado hizo un trato con Tsar Zmey: Vasilii no molestaría a Zmey, y este seguiría merodeando por el mundo.

            –Es un buen trato –dice Rosa con su dulce voz, arrancando una pierna del conejo.

            –Ahora que lo mencionas, si mal no recuerdo, había leído hace tiempo que en una montaña de esta región habitaba un hechicero de nombre Vasilii –la frente de Peter se arruga en lo que este hace memoria–. No sé la verdad si tienen relación ambos relatos.

            –¿Y cuál será esa montaña que dicen? –pregunta Rosa con sus mejillas embarradas de grasa– Ya van dos relatos que mencionan una montaña.

            –Es cierto –los delgados dedos de Peter se deslizan por su larga y grasosa cabellera negra–. ¿Te suena algo de una montaña, Dragan?

            –Hay una montaña, al sur. La conoce como Monte Rtanj –la mirada rígida de Dragan se desvía a la dirección mencionada, dirección desde donde se visualiza una serie de colinas pequeñas adornadas por centenares de árboles que esconden una montaña en el fondo, peculiar por su inmenso tamaño imponente ante los demos montículos naturales–. Los pobladores dicen que ese lugar es maldito, que ven luces extrañas y que antes vivía un hechicero que tenía un gran tesoro, pero que el castillo desapareció con el hechicero adentro.

            –En ese caso creo que hemos encontrado a nuestra montaña –Peter extrae un cigarro el cual enciende con la fogata–. Si Lucía quiere asesinar a Zmey, entonces tiene que haber ido en esa dirección.

            –¿Y si mi madre no fue ahí? –la desesperanzada voz de Rosa se hace notar.

            –Entonces nosotros mataremos a Zmey –la decisión de Peter perturba a sus dos acompañantes–. Ese bastardo de seguro asesinó a las personas de aquella fosa.

            –Yo también iré; mis amigos fueron asesinados por él y su ejército –Dragan se muestra firme ante su pesar–. Tengo que vengarlos… ¡Y vengar a todos sus víctimas!

Rosa luce dudosa, pero sujeta la mano de su amigo germánico, quien le corresponde con una sonrisa que se visualiza entre el humo que exhala de su nariz.

 

El ladrido de los perros acompañados por voces en serbio quebranta el silencio del bosque; hasta que, rendidos por el agotamiento, una de las voces da una señal final, indicando que es momento de descansar; por lo que los perros, que apenas hace unos momentos lucían bravos y sedientos de violencia, silencian sus gruñidos con jadeos, en lo que los paramilitares montan un campamento improvisado, dándole atenciones principales a uno de los perseguidores, cuyo paso se ve limitado:

            –Mi comandante, ¿se encuentra usted bien? –comenta un guerrillero, acercándole una cantimplora de agua a su superior.

            –Es sólo agotamiento –responde Zmey con signos de dolor y con la pieza de plomo aun en su mejilla.

            –¿A dónde cree que escaparon, señor? No creo que pudieron huir tan lejos ¡Ya hemos recorrido como cien kilómetros! No creo que hayan podido correr tan rápido. Al menos que…

            –Esos tres no eran humanos –Zmey frota con sus robustos dedos el pedazo de plomo en su rostro–. ¡Los quiero vivos! Hagan lo que quieran con la chica, pero esos dos los quiero vivos; en especial al Švabe.

            –¡Eres tan terco como dicen los cuentos! –se deja escuchar una voz femenina desde el interior de los árboles, alertando a los paramilitares y a los perros– Ten; bebe esto.

La misteriosa mujer le lanza una cantimplora de piel a Zmey, quien lo atrapa con destreza.

            –¿Qué es esto? –comenta Zmey con un visto bueno después de un largo sorbo.

            –Es agua del río Jordán –la fría voz de aquella mujer inyecta miedo en los presentes, que dudan para atacar–. Tú más que nadie debe de saber qué es lo que hace esa agua.

            –¿Quién eres tú? –Zmey ondea su mano para que sus subordinados bajen las armas.

            –Puedes quedarte con la cantimplora –señala la mujer de velo blanco al ver al serbio darle otro gran trago–. Mi nombre es Selena. No te molestes en presentarte; ya conozco tu historia, Baš Čelik.

Apenas Selena pronuncia esas palabras, los civiles armados retroceden gritando asombrados.

            –Selena, dices –Zmey gruñe con sarcasmo–. Pensé que tan sólo era una vieja leyenda.

            –¿En serio? –Selena lo mira con una expresión vacía– ¿No me digas?

            –¿Y qué quiere de mí la Reina Traidora? –Zmey se muestra más sarcástico.

            –Princesa… y digamos que necesito asesinar a un par de personas.

            –Eso lo puede hacer usted misma, princesa –dice Zmey tras beber un tercer trago.

            –Este no puedo –Selena camina hacia uno de los aterrados soldados, a quien acaricia con gentileza la frente, obligando que este se gire contra sus compañeros, apuntándoles con su rifle y provocando los ladridos de los perros–. Tú eres el único que puede matar a Vasilii.

Zmey refleja preocupación mientras que su largo abrigo se sacude desde la espalda:

            –Sargento, ordene a los hombres que se cancela la búsqueda. Diríjalos hasta el campamento en Zlatibor –el suboficial sigue la orden al pie de la letra, haciendo que los combatientes se retiren alterados–. No quería que mis hombres vieran esto.

Un par de alas formadas por cartílago brotan de la espalda de Čelik, así como también la bala cae de su rostro.

            –Tendrás tus razones para matarlo –comenta Zmey con seriedad–; pero él y yo tenemos un trato. Además… ¡Nadie sabe dónde está!

            –Yo sí… –añade con un tono de confianza Selena.

            –¿Cómo sabes eso? –los labios del humanoide balbucean su duda.

            –Eso no es lo importante –la nata autoridad de Selena se impone ante Čelik–; la mayor preocupación es que está por ser liberado para usarlo en tu contra.

            –¿En mi contra? ¡Por eso los atentados!

            –Con ese rostro te ves más como un humano. ¡Hasta parece que gustas mucho de su manera peculiar de resolver sus diferencias! –recalca Selena al ver los ojos vivos llenos de asombro de Čelik– Pero si aún quieres gozar de esa adrenalina en el campo de batalla, será mejor que, por el bien de ambos, eliminemos a Vasilii.

Sin nada más que pueda decir, Čelik asiente con su barbilla y comparte un contacto visual sólido con Selena, por lo que esta se encamina hasta el centro del campamento improvisado, extendiendo su mano abierta sobre los objetos esparcidos, haciendo que dichos utensilios se retuerzan en el aire hasta desaparecer de la nada.

            –Eso significa que estamos listos, me imagino –la voz de Sava, quien emerge de entre los árboles, interrumpe el momento de concentración de Selena.

            –¿Quién es este fantasma? –Čelik no disimula su incomodidad por Sava.

            –Un aliado nuestro –responde Selena al mismo tiempo que se retira de ahí.

            –Debe de ser una situación muy difícil para que tengas como aliado al mismísimo Sava Savanović –Čelik demuestra su sarcasmo tras reconocer al vampiro–. ¿A quién vamos a matar exactamente?

            –A Vasilii; también a otra mujer de nombre Lucía, una hechicera muy poderosa, y finalmente a Peter Gest, el legado de Berencsi –Selena sigue su camino dentro del bosque.

            –¿Quién es ese tal Berencsi de quien tanto he escuchado estas últimas horas? –la piel de Čelik se torna rojiza mientras que sus uñas cambian a un color negro y forma puntiaguda.

            –Es otra persona que podría matarnos si está aburrido –Selena comienza a ser escoltada por Sava y su nuevo aliado–; pero para él no somos su problema.

 

Mirovo, Reino de Serbia, 20 de mayo de 1916.

El atardecer templado comienza a adornar la vereda en la que Peter, Rosa y Dragan viajan, rompiendo el lodo seco con cada paso que dan. Finalmente, cuesta arriba del ancho camino, logran visualizar los pequeños tramos de civilización formados por series de casas de diferentes materiales: desde paja y lodo hasta piedra y cemento.

            –¿Ya casi llegamos? –Rosa da signos de cansancio, a lo que Peter se dispone a responder, pero este es interrumpido por el paso de una carreta jalada por un par de asnos.

            –Поздрав –exclama el conductor, un sujeto vestido de saco azulado y con un sombrero de paja.

            –No hablan serbio –responde Dragan en su lengua natal–. Son alemanes.

            –¡Oh, alemanes! Yo hablo un poco de alemán. ¿De dónde ustedes son?

            –Yo soy alemán; ella es española. Me llamo Peter, ella es Rosa, y él es Dragan.

            –Es un gusto; mi nombre es Julius Minh. ¿A dónde van?

            –Nos dirigimos al Monte Rtanj –responde Dragan con su también limitado alemán.

            –Yo voy para allá. Suban, por favor. Los llevo –dice Julius con tintes de emoción– ¿Qué los trae por acá? Los austriacos no son bien vistos por esta región.

            –No venimos por parte del gobierno –Peter se acomoda entre las herramientas de la carreta–. Somos escritores; investigamos sobre las leyendas del Monte Rtanj.

            –¡Oh! Muchas leyendas, muchas luces –la emoción de Julius se ve limitada por su semblante serio–. Mis trabajadores han visto luces; dicen que es el hombre ido.

            –¿El mago? –exclama Rosa emocionada.

            –Sí, ese, ese –Julius luce más emocionado–. Los dejo en la entrada de la mina. Las luces están en la alta montaña, en Šiljak. Pero es bueno ir con comida. ¿Han comido ustedes?

Los tres viajeros menean sus cabezas, provocando una mueca de gracia en la mejilla de Julius, por lo que se detiene a un lado del camino.

            –Comeremos en mi casa –añade Julius al ver el estado mugriento de sus pasajeros–; mi esposa cocina buena comida. De ahí pueden ir a caminar en la montaña.

            –Le agradecemos mucho su ayuda, señor Minh –se expresa Peter evitando que una pala caiga fuera de la carreta.

En lo que la carreta rodea la ladera de una enorme montaña, el señor Minh evita el silencio incomodo entre los pasajeros con su limitado conocimiento de la lengua alemana, por lo que Peter, sintiéndose satisfecho por el recorrido, le responde con cordialidad, acompañado tanto por Rosa, quien, a pesar de también conocer la lengua materna de Peter, falla en una que otra palabra, siendo forzada a reírse en cada ocasión que intenta recordar la traducción directa, asistida por Peter.

            –¡Miren! tenemos otro visitante –el tono de voz del señor Minh se sobresalta apenas logra ver la silueta a lo lejos en el camino de lodo seco.

            –¿Cómo sabe que no es de por aquí? –Peter intenta descifrar la silueta lejana.

            –Eso es fácil: ¡Conozco a toda la gente de los alrededores! –Julius golpea levemente a sus asnos, haciéndole un sonido para que avancen y lleguen hasta la altura de aquella persona extraña a los pueblos de la localidad, a la que Julius saluda con amabilidad–. Buenas tardes. ¿De dónde es usted?

            –De muchos lados, y al mismo tiempo de ninguno –responde la voz femenina de la viajera ataviada por un largo manto blanco que le cubre hasta la cabeza–. Es impresionante que usted me hable en alemán, caballero.

La cautivadora voz de aquella mujer llama la atención de los viajeros, obligándolos a ladear sus cabezas para mirarla, siendo Rosa la que, repentinamente, siente una extraña agitación emocional que le obliga a esbozar una sonrisa de oreja a oreja.

            –¿Mamá? –susurra Rosa en español mientras intenta ver bajo el blanco reboso de aquella mujer.

            –¿Disculpe? –responde en el mismo idioma la viajera, descubriendo gran parte de su rostro en el momento en el que gira su barbilla en dirección a la parte trasera de la carreta.

            –Perdone usted a mi amiga; al parecer la ha confundido con otra persona –el marcado acento alemán de Peter resalta en cada línea del idioma castellano.

            –Ya veo –responde aquella mujer con una sonrisa de amabilidad–. En ese caso, seguiré mi camino. Pero díganme antes: ¿Por qué me preguntó el caballero en alemán?

            –Porque yo soy alemán –responde Peter con una ligera apariencia de ingenuidad.

            –Es algo curioso, porque justamente buscaba a un médico alemán.

            –En ese caso, heme aquí.

Peter desenfunda su revólver lo más rápido que puede, detonándolo tres veces hacia el bronceado rostro de Selena, quien logra esquivar los fragmentos de plomo con un movimiento rápido de cintura.

La sorpresiva detonación del arma de fuego altera a los viajeros y a los asnos, por lo que proceden a cuestionar la acción de Peter:

            –¡¿Qué diablos le ocurre?! –indaga Julius en lo que intenta controlar a las bestias.

            –¿Quién es ella? –pregunta Dragan, pero su cuestionamiento se ve paralizado al sentir como un par de alas detienen su vuelo abruptamente a su espalda, girándose para recibir un fuerte golpe que lo derriba al fango seco.

            –¡Esta vez te mataré yo mismo! –grita exaltado Čelik, resaltando su afilada hilera dientes por el color de su piel rojiza y verde.

            –¡Dragan! –Rosa llama con desesperación a su conocido serbio al verlo derribado.

            –¡Који курац! –blasfema Julius a la par que de su asiento extrae una escopeta de doble cañón con la que le dispara a Čelik en el pecho, causándole tan sólo un leve rasguño.

            –No deberías provocarlo –comenta con su voz rasposa y espectral Sava al salir de la nada para sujetar el arma de Julius, dirigiéndole una siniestra sonrisa acompañada de una mirada sombría y nauseabunda–. Mírame a los ojos, mírame a los ojos, mírame a los ojos.

Julius se queda petrificado con el contacto visual que mantiene con Sava, hasta que comienza a dar alaridos de locura.

            –¡Herr Minh! –Peter intenta asistirlo, pero este es detenido por Selena.

            –Nunca hay que darle la espalda a tu oponente –le comenta Selena en alemán a Peter.

            –¿Puedo comerme a la niña? –Sava señala con su puntiagudo dedo a Rosa, pero este es atacado repentinamente por las herramientas de la carreta, ahuyentándolo no muy lejos.

            –¡Peter! –Rosa aplica el mismo ataque sobre Čelik, siendo este alejado abruptamente por los aires hasta aterrizar en la copa de unos árboles cercanos– ¡A un lado, bruja!

La mano de Rosa se mantiene en el aire, apuntándole a Selena, quien, con serena mirada la observa, viendo crecer el temor en el rostro de la joven de un momento a otro:

            –No… ¿no funcionó? –dice Rosa con una voz aterrada y con sus pupilas completamente contraídas, resaltando el color de sus ojos avellanos.

            –Tienes potencial, querida –le responde Selena en español–; pero tienes que saber que el potencial no es nada contra la sabiduría.

Rosa intenta una vez más usar sus poderes para atacarla, pero Selena se le acerca con paso lento, propinándole un fuerte golpe con su rodilla en el vientre, derribándola del impacto.

            –¡Rosa!

Peter, quien también se había quedado pasmado ante la aparición de los aliados de Selena, se acerca hasta donde yace Rosa a los pies de Selena, pero este es detenido por Sava al aparecer a sus espaldas para sujetarlo; mientras que, desde la copa de los árboles, regresa Čelik, clavándole sus afiladas garras negras de su mano derecha en el costado de Peter, arrancándole fragmentos de carne ensangrentada.

            –¡Peter! –exclaman al unísono Dragan y Rosa, siendo el primero el que intenta asistir a Julius, quien se revuelca en el suelo atormentado por la demencia.

Čelik se da cuenta de la presencia de Dragan, por lo que se eleva al agitar sus alas para después aterrizar sobre la cintura del bandido, fragmentándole los huesos con el impacto.

            –Nunca me imaginé que serían tan violentos –comenta Selena en serbio, en un intento fingido de halagar las acciones de sus aliados.

            –¿Qué hay de la chica? –el tono de Sava se escucha angustiado.

            –Tengo planes para ella –Selena intenta levantar a Rosa, aunque esta se resiste.

            –Me prometiste que…

            –A su debido tiempo.

En lo que Selena y Sava discuten, Peter, quien ya luce liberado de las huesudas manos de Sava, cae sobre sus rodillas, intentando descifrar lo que le acaba de suceder. Su respiración se comienza a agitar, forzando a que el aire entre en sus pulmones, pero este se escapa por la mortal herida, causándole un dolor que muy apenas logra expresar.

Así mismo, sucumbiendo por su propio sufrimiento, el sonido de más huesos que se rompen como ramas secas se escucha a escasa distancia de él; mientras que los gritos de Dragan comienzan a extinguirse, y los alaridos de Julius son más intensos, a tal grado que hasta los asnos intentan escapar de aquel violento escenario.

            –Peter… –la voz quedita de Rosa llama la atención del germano, mirándola discretamente para no llamar la atención de Selena y Sava– bebe mi sangre…

Peter menea su cabeza horizontalmente tras leer los labios de Rosa, visualizando la sangre de esta que corre de su regazo y boca, no lo suficiente para que llegue hasta su posición.

            –Tienes que hacerlo…

Peter mantiene su negativa ante la insistencia de Rosa, por lo que esta decide cortar con una espina de una rama cercana alguna vena de su muñeca, siendo intercedida por Selena quien la agarra de su cabellera para levantarla violentamente.

            –No hagas nada estúpido, por favor –Selena observa de reojo cómo Peter intenta respirar, dirigiéndose después a Sava–. Te veré en la cima cuando hayas acabado con él.

Sin decir más, Selena se retira de ahí con Rosa sobre su hombro, indicándole a Čelik que la lleve a la cima, a lo que este obedece de inmediato, sujetándola delicadamente con sus extremidades, llevándoselas lejos.

            –Te estás tardando mucho.

La sonrisa burlona de Sava intenta intimidar a Peter, pero dicha expresión se desvanece apenas una gran cantidad de flechas caen de improvisto, forzando a Sava alejarse de ahí adolorido por una que otra hoja afilada que logró incrustarse en su cuerpo pálido.

            –¡Desgraciado! –exclama la poseedora del arco que lanzó esas flechas, llegando hasta donde Peter desfallece–. ¿Y tú quién eres? ¡Pareces un vampiro también!

            –Ayúdame… la han capturado… –la voz de Peter apenas es audible, lo que inflige incertidumbre en la desconocida, cuyo manto blanco se mancha con la sangre del germano– La tienen… tienen a Rosa. Lucía… ¡Salva a tu hija!

 

 

 

27. Reina de la noche.

 

Monte Rtanj, Reino de Serbia, 20 de mayo de 1916.

            –¿Peter? Peter.

            –¿Quién está ahí? –exclama Peter al escuchar su nombre proveniente de una voz dulce, resaltada por el eco espectral del vacío.

            –¿Qué haces ahí tirado? –pregunta una silueta femenina quien se inclina ante Peter, pero cuyo rostro no le es visible.

            –Esa risa… ¿Mamá? –Peter se reclina sobre su torso de entre el pasto crecido ligeramente agitado por el viento– ¿Mam? ¿Por qué no te puedo ver? ¿Dónde está Tessa?

Manteniendo su sonrisa, la madre de Peter le extiende su mano, a la que este se intenta sujetar; pero una sensación escalofriante lo detiene apenas se percata de como el paisaje cambia abruptamente a oscuridad al mismo tiempo que el verde pasto se marchita.

            –¿Mam? –el rostro de Peter palidece al verse rodeado de total oscuridad.

            –¡Peter! –se vuelve a escuchar su nombre, pero esta vez pronunciado por otra voz.

Peter se despierta aún tendido sobre el lodo seco, y con su camisa blanca despedazada y manchada de sangre, gritando su sorpresa acompañada de sudor

            –¡Romina! ¿Romina? ¿Qué haces aquí?

            –Peter, no tenemos tiempo… ¡Tenemos que ir por Rosa! –Romina no deja de sacudir a Peter del cuello de lo que queda de su camisa, mientras que este suda confundido y nervioso.

            –Espera; se supone que yo… yo… debería estar… ¿Muerto? –Peter se frota la herida que previamente le había inducido Čelik, percatándose que está ya fue tratada– ¿Cómo es esto posible? ¿Me curaste? ¿Cómo?

            –Era una herida demasiada profunda. Siendo honesto, se iba a morir, Herr Gest –le responde Roland quien se incorpora tras atender a un inconsciente Julius, el cual yace tendido a lado de su carreta–. Usted estaría muerto si no hubiera sido por Lucía y esa agua que le dio a beber. Un agua milagrosa sin duda.

            –¿Roland? –Peter se sobresalta un poco al verlo caminar hasta donde está sentado Dragan, con sus brazos cruzados sobre sus piernas– ¿Dijiste algo sobre Lucía?

            –¡No hay tiempo que perder! –le grita Romina a la par que lo jala de sus brazos, levantándolo del suelo– Ellos ya están por alcanzarlos, pero están en desventaja.

            –¿Quiénes son “ellos”? ¿Y qué le pasó a tu cara? –dice Peter tras percatarse de los leves rasguños con sangre seca que tiene Romina en su pálido rostro, haciéndola lucir tétrica.

            –Después te explico –Romina comienza a correr colina arriba sin dejar de jalonear la muñeca de Peter–. Tenemos que alcanzarlos.

            –¿A quiénes?

            –A Stipan y a Lucía –responde Romina con un tono preocupante.

 

Más allá en la montaña casi desnuda de árboles, pero con abundante pasto, muy cerca del pico más alto de aquella enorme montaña, Selena detiene su paso, recostando a Rosa sobre un montículo de piedras, inmovilizada por el del golpe que recibió en su abdomen.

            –¿Puedes sentir eso, Čelik? –le pregunta Selena a su aliado.

            –Sí. Se siente como si fueran dos fuerzas muy inferiores; una más que la otra –comenta Čelik tras girarse levemente para observar las laderas de la montaña.

            –No te confíes mucho –añade Sava tras aparecerse de la nada, removiendo de su hombro unas cuantas flechas–. No se ven que sean simples humanos.

            –Y pensar que te consideraba un vampiro de alto nivel –Selena muestra su sarcasmo, para después encaminarse un poco más a la cima, en donde se ve un camino causado por el movimiento del hombre que se detiene en la nada–. Es justo aquí.

            –Hacía años que no ponía un pie sobre estas tierras –comenta Čelik con melancolía.

            –¡Ay! Te pusiste sentimental –le responde Selena con su característico sarcasmo.

            –¡No digas estupideces y trae de regreso a Vasilii! –ruge Čelik con violencia, señal que se ve resaltada por el cambio de piel, la cual se ve rasposa y dura– Habrá un nuevo frente en Macedonia y no quiero perdérmelo.

Selena levanta ambas manos a la altura de su pecho, atrayendo con estas las piedras de diferentes tamaños de los alrededores, girándolas al frente de ella hasta que forman lo que parece ser una puerta arqueada, pero dicha actividad es interrumpida por la velocidad de una flecha que atraviesa parte del manto blanco de Selena, pero que no le causa daño físico.

            –Čelik… ¿Podrías? –ordena Selena con calma y sin bajar sus brazos.

            –Con gusto –exclama Čelik emprendiendo el vuelo, permitiendo de esta manera que Selena continúe con la formación de la entrada, que ahora toma la forma de una casa pequeña.

            –¿Y cómo entra la chica en todo esto? –pregunta Sava sin dejar de dirigirle miradas perturbadoras a una preocupada Rosa.

            –Se necesita un sacrificio de sangre para terminar el conjuro –le responde Selena, desconcentrándose por un segundo para voltear a ver a Sava–. A propósito, deberías ir con Čelik. Tu mirada me está perturbando.

            –Tengo hambre y la chica parece ser virgen.

            –Primero que nada, soy mujer, y no dejaré que hagas tus peculiares costumbres para comer con esa niña, maldito enfermo –comenta Selena en lo que se acerca a Rosa para acomodarla sobre el altar improvisado–. Y segundo, tu recompensa era Peter, que no lo hayas matado no es mi problema.

            –¡¿Qué?! ¡Ese no era el trato! ¡Yo pensé que la chica sería mi…! –las quejas de Sava son silenciadas abruptamente por un fuerte apretón que hace Selena en el área genital del vampiro, dejándolo mortalmente sorprendido y callado.

            –Tú me seguiste por iniciativa propia, no te lo pedí –la intimidante mirada de Selena se incrusta en la boquiabierta expresión de Sava–. Ahora, si realmente quieres alimentarte para dejar de joder en un buen tiempo, ve allá abajo y cómete a una tal Romina; ella es más fuerte que Peter.

            –¿Romina? –balbucea Rosa tras escuchar el nombre de su amiga.

Selena abre su mano liberando a Sava de tan peculiar sufrimiento, dirigiéndose esta vez hasta Rosa, quien luce un poco más recuperada.

            –Pero… ¿Dónde están mis modales? –Selena hace un ademan teatral que resalta su cinismo en lengua española– Discúlpame, querida, ¡Nunca me imaginé que no entenderías una sola palabra en serbio!

            –¿Qué es lo que quieres conmigo? –indaga Rosa manteniendo la calma.

            –Nada en especial, querida; es sólo que tengo que sacrificarte para un simple rito y esas cosas. No te lo tomes personal –se explica Selena sin empatía alguna, desenfundando una pequeña daga de debajo de su manto– ¿Algún último deseo? Digo, tampoco soy una perra sin corazón, hasta donde yo sé.

Rosa se queda en silencio, dibujando resignación en su angelical y ensuciado rostro.

            –Vine aquí buscando a mi madre –las repentinas palabras de Rosa dejan confundida a Selena–; y la verdad, algo me dice que hasta aquí llegue. Pero no quiero morir; al menos no sin antes conocerla. ¿Podría verla? ¿Hablar con ella?

Selena se queda inmutada ante tal petición, petición que se ve acompañada por una sonrisa de melancolía pura que hace que Selena se tiente el corazón.

            –¿Y quién es tu madre?

            –Mi madre es Lucía –responde Rosa quebrantada y con ojos humedecidos.

            –Espera un segundo… ¿Tu madre es Lucía? ¿Lucía, la Bruja Blanca?

            –Todos me han dicho eso –responde Rosa con inocencia.

            –No te puedo permitir que hables con ella porque… es un riesgo para mis planes –Selena agita sus manos al explicar las circunstancias–; pero puedo dejarte ver como muere.

            –Me parece un trato justo.

Rosa no oculta su resignación, a lo que Selena la incorpora sobre sus propios pies; invitándola a sentarse a la orilla de la ladera y mirar en dirección en donde se logra ver el violento encuentro entre Čelik y Sava contra otros dos contrincantes.

            –¿Sabes? Cambie de opinión. Dejaré que Lucía venza a esos dos y cuando venga por ti la haré sufrir –dice Selena en lo que de un compartimiento de su vestido extrae una pequeña bolsa de piel que le extiende a Rosa– ¿Cacahuates?

            –Gracias –responde Rosa con timidez, agarrando un pequeño puñado de semillas.

 

Mientras tanto, a un costado del terreno polvoso de la piramidal montaña, el enfrentamiento entre afiladas y resistentes hojas de metal contra las curveadas e intimidantes garras de Čelik hacen que la tierra de aquel campo abierto se levante de su sitio, mezclándose con las ágiles maniobras de arma blanca que hace Lucía contra Čelik; mientras que Sava evita ser atacado por los rápidos movimientos de Stipan, regresándole uno que otro golpe.

            –¡Stipan! ¡Ten cuidado! –grita Lucía con su acento español en alemán– ¡Detrás de ti!

            –¡Zu deiner Linken! –responde Stipan, quien por un falso paso casi cae de espaldas.

            –Es imposible matarme, mujer –comenta Čelik a la par que su morfología física aumenta y sus alas lucen imponentes con la mezcla colorida de escamas rojizas y verdes.

            –Eso de antemano lo sé, querido.

Lucía esboza una sonrisa demostrando seguridad, lo que provoca cierta confusión en Čelik, atacando con una de sus alas a Lucía, casi derribándola.

            –Eso no va a pasar. Tal parece que ya estas agotada.

Čelik se mantiene con una postura arrogante en lo que Lucía se pone de pie, lanzándole con un movimiento de su mano una nube negra que detona apenas se acerca a su escamoso rostro. Inquietado por el ataque, Čelik bate sus alas para poder ver, derribando por completo a Lucía.

            –Esa no es la manera de tratar a una dama –comenta Peter apareciendo a un costado de Čelik, tumbándolo con el codo.

            –¡TÚ! ¡Deberías ya estar muerto! –Čelik baja su mirada, encarando a Lucía– ¡¿Le diste agua del Jordán?!

Lucía no dice nada, tan sólo se dedica a usar su arco para lanzar tres flechas juntas al rostro del feroz humanoide con facciones de reptil, siendo esto una distracción para que Romina se acerque a él y le clave una rama afilada en el cuello, petrificando el área de contacto.

            –¡Eso lo detendrá por un rato! –grita Romina en lo que se encamina cuesta arriba–. ¡Rescatemos a Rosa!

Peter logra alcanzar el paso de Lucía y Romina, quienes lucen angustiadas ante lo que pueda suceder en la cima; siendo alcanzados de inmediato por Stipan cubierto de rastros de sangre.

            –¡Oye, alemán! –le grita Lucía a Peter– ¡Ten esto!

Lucía la lanza la punta de una flecha tallada en bronce que logra atrapar en el aire; analizándola por un momento en lo que está en sus manos.

            –Será mejor que Lucía y yo vayamos por Rosa –añade Romina con un semblante de decisión anticipada–. Usa esa lanza para detener lo más que puedas a ese dragón.

            –¿Y yo que hago? –indaga Stipan mientras corre al paso de ambas hechiceras.

            –Tú quédate con Peter; Sava no es un ser tan fácil de matar –le responde Lucía antes de apresurar su paso.

Confundido ante las peticiones, Peter se detiene con Stipan, girándose ambos cuesta abajo para apreciar cómo Čelik se intenta remover con dolor y dificultad el pedazo de árbol de su yugular; asistido repentinamente por Sava, quien lo quita de tajo. Viéndose liberado de ese hechizo, Čelik se incorpora sobre sus pies, extendiendo sus alas para parecer lo más imponente posible, intimidando tanto a Peter como a Stipan.

            –¿Qué tenemos que hacer ahora? –menciona Stipan con cierto nerviosismo.

            –Atacar –comenta a regañadientes Peter, antes de lanzarse contra el alado ser.

            –¿Realmente creen que tienen oportunidad contra mí?

Čelik se jacta de la decisión del alemán, el cual se adelanta lo más rápido que puede hasta él; perforándole el área del estómago con la punta de la lanza:

            –¿Cómo… cómo es posible que esta cosa me hizo daño?

            –No lo sé exactamente, lagartija con alas –responde Peter con cinismo–. Pero lo que sí es seguro es que esta no es cualquier arma.

Čelik baja su mirada buscando su herida abierta; encontrándose con Peter que sostiene la oxidada arma afilada.

            –Reconozco esa lanza… –los ojos de Čelik se abren lo más que pueden, demostrando cierto temor ante la vieja hoja casi desgastada.

            –Te felicito –Peter le lanza otro certero corte al brazo de Čelik, causando una abundante hemorragia–. Mientras funcione contigo me doy por satisfecho.

Viéndose limitado por los constantes ataques del alemán, Čelik retrocede concentrándose en no salir malherido, ignorando por completo como Sava intenta repeler los ataques que Stipan le propina con su corta espada curveada, logrando destazar partes de piel putrefacta que provocan una ensordecedora gritadera de dolor por parte del vampiro.

            –Algo no está bien –le grita Stipan a Peter en alemán para no ser descifrados.

            –¿De qué hablas? –responde Peter con agotamiento, mismo estado que Čelik muestra.

            –¡Ellos son una distracción! –grita Stipan al mismo tiempo que evita un golpe con las huesudas manos de Sava.

Peter se da cuenta de lo que Stipan le intenta decir; sin embargo, apenas dirige su mirada a la cima, es atacado por la cola escamosa de Čelik, derribándolo al instante de tal manera que suelta la punta de la lanza lejos de su alcance.

            –¿Por qué no te mueres de una vez? –Čelik prepara su garra para fulminar a Peter de un solo golpe, pero el dragón humanoide es interrumpido por una puñalada propinada por Dragan, quien le incrusta la lanza recuperada en la parte inferior de la barbilla.

            –¡Peter! ¡Vaya arriba! ¡Yo mataré a este monstruo! –comenta Dragan en lo que toma posición de defensa al ver como Čelik se intenta remover el arma puntiaguda.

Sin perder tiempo, Peter se encamina cuesta arriba, visualizando a Romina y a Lucía llegar hasta donde están sentadas Selena y Rosa, obligando a la primera a incorporarse:

            –Muy bien; aquí vamos –Selena junta ambas manos para provocar que la tierra y piedras de la cuesta abajo se levanten en forma de columna para detener a Romina y a Lucía.

            –¡No tenemos tiempo para esto! ¡Romina, dame tu mano!

Romina extiende su palma con la de la Lucía, formando en ese momento una nube rojiza que incrementa en tamaño y usan para derribar la pared, fragmentándola al tacto.

            –¡Vaya! No me esperaba esa táctica –Selena disimula su sorpresa con cinismo, para después mirar el ocaso, retrocediendo hasta Rosa–; pero no tengo tiempo que perder.

Selena exhala fuertemente, liberando una silueta transparente similar a ella, la cual se enfrenta a Romina y Lucía, quienes tratan de evitarla a toda costa:

            –¡Es una proyección astral! –le dice Lucía a Romina– ¡No dejes que te toque!

En lo que Romina evita ser atacado por el doble de Selena, esta toma la muñeca derecha de Rosa, frotándola suavemente con sus largas y filosas uñas para detectar la vena radial de la adolescente, desgarrándola con un poco de presión que aplica con dos de sus dedos:

            –Relájate.

Selena le dirige un guiño a Rosa en cuanto la segunda gime de dolor al sentir la punzada en su antebrazo. Tras esto, Selena la jala hasta traslucida puerta arqueada, que, apenas la sangre de Rosa toca hace aparecer de la nada una construcción pequeña, similar a una capilla.

Lucía, al ver la sólida construcción aparecer, se queda inmutada; recibiendo en ese momento un fuerte golpe proveniente del doble transparente de su enemiga, derribándola de inmediato.

            –¡El hechizo aún no está completo! –alcanza a decir Lucía en un intento de levantarse.

Romina junta las yemas de sus dedos en lo que pronuncia unas palabras en lengua desconocida, lanzándole un denso humo negro a la proyección de Selena, desapareciéndola.

Selena se percata de la audacia de Romina, por lo que suelta a Rosa dejándola caer al fango seco, para de inmediato despejar parte de su manto blanco y desenvainar una espada gladio de hoja negra y empuñadura azul, con la que le apunta a Romina.

            –¿Qué pretendes hacer con esa vieja espada? –exclama Romina con mirada fija al ver la posición defensiva de Selena.

            –Romina… ¡Ten cuidado! –señala Lucía en lo que llega a la misma distancia de su aliada– Esa no es cualquier espada. ¡Esa es la espada con la que San Jorge derrotó al dragón!

Una ligera mueca de confianza se visualiza en la mejilla de Selena, a la par que un brillo de emoción y esperanza se refleja en las pupilas de Rosa tras ver a Lucía muy cerca de ella.

            –Ma… mamá –balbucea en voz fuerte Rosa, lo que llama la atención de Lucía.

            –¡Rosa! No te preocupes; te liberaré de ella –dice Lucía con sus ojos castaños claros humedecidos apenas reconoce a la adolescente.

            –No creo, ni pienso permitir eso –Selena empuña rápidamente su espada hacia atrás, dirigiendo la punta de la hoja al pecho de Rosa, propinándole un certero golpe mortal.

Lucía se lleva las manos a su boca en un intento de silenciar un grito inexistente; mientras que Romina da un paso hacia adelante con la esperanza de poder hacer algo, pero se detiene para apreciar cómo en los ojos opacos de Selena se visualiza confusión, por lo que esta se gira para ver la causa de la conmoción inmóvil de sus oponentes.

            –¡¿PERO QUE DEMONIOS?! –blasfema Selena tras ver la hoja de su espada incrustada en el puño ensangrentado de Peter, el cual luce agotado pero satisfecho de haber llegado a tiempo y detener el fatal impacto.

            –Perdón por la demora… –comenta Peter con respiración agitada y claros signos de dolor por la herida de su mano derecha, mientras que en su mano izquierda sostiene su revólver– Así que con esta espada se puede matar dragones, ¿cierto? Creo que la necesitaré.

Con un rápido movimiento, Peter levanta su arma y le dispara tres veces a la delgada silueta de Selena, pero esta los esquiva hábilmente, desprendiendo la espada de la mano de Peter en el proceso, causándole un fuerte gruñido de dolor.

            –¡Peter! –Rosa toma de su viejo amigo, evitando que este caiga por el impacto de la herida– Peter… tienes que beber de mi sangre.

            –Nunca haría eso –responde el alemán en lo que Romina y Lucía le hacen frente a Selena, evitando ser derribadas por sus ágiles movimientos de espada–. Necesito esa espada.

Las quejas de Peter se ven interrumpidas en cuanto, justo frente a él, aparece Selena levantando su espada romana; dirigiéndola nuevamente al corazón de Rosa, lo que aterroriza tanto a Peter, como a Romina y a Lucía, quienes yacen derribadas sobre el rocoso suelo.

            –De esta no te salvas –Selena dirige la hoja de su espada corta a la ensuciada camisa blanca de Rosa, deteniéndose abruptamente apenas la punta aterriza en el collar dorado en forma de corazón que cuelga del ahora despejado cuello de Rosa.

            –Ese collar… es el de… –el susurro de Lucía es interrumpido por Selena, cuya compostura serena y confiada se quebranta al reconocer el amuleto de verdoso brillo.

            –¡¿CÓMO ES POSIBLE QUE TENGAS ESA COSA CONTIGO?! –alarde Selena iracunda al ver la integridad de Rosa intacta, dirigiéndose furiosa a Lucía, quien también luce confundida– Lucía… tú, maldita zorra… ¡¿QUÉ EXPLICACIÓN TIENES PARA ESO?!

Al ver la desesperación de Selena, Rosa toca el collar dañado por la espada, frotando con sus dedos el sencillo amuleto para generar una implosión en la cima de la colina, lanzando por los aires a todas las presentes que aterrizan en diferentes puntos del Monte Rtanj.

Una densa nube de polvo cubre la ladera en la que una silueta se tambalea intentando no caerse, tosiendo al mismo tiempo que se encamina hasta la fantasmagórica capilla que aún se mantiene de pie a la espera de poder aparecer sólidamente. De repente, un fuerte sacudido de alas despeja el polvo que flota e intenta aterrizar en el suelo, descubriendo que esa silueta que se niega a caer es la de Selena, cuyas vestimentas lucen desgarradas, dejando al descubierto un corsé plateado que le cubre el torso:

            –Veo que también eres difícil de matar, princesa –comenta Čelik mientras que de sus garras frontales deja caer a Sava, el cual mantiene una apariencia desgastada.

Selena se mantiene callada, mirando fijamente a ambos seres que aguardar por órdenes:

            –¿Vieron en donde cayó esa niña? –Selena se acerca un poco más hasta apoyarse sobre los restos del altar que dan a la puerta de la capilla.

            –Al parecer, fue la única que quedó aquí –añade Sava apuntando a una desvanecida Rosa recostada al otro lado de la ladera.

            –Tráela –ordena Selena con tono seco y escupiendo los últimos restos de polvo.

            –Lo intenté; pero por una extraña razón, me repele apenas la intento sujetar –Sava agita sus manos simulando su previo intento.

            –Ha de ser por ese maldito collar –Selena levanta sus manos al aire para arrastrar a la joven; atrayéndola hasta la entrada de la arqueada puerta en donde decide tenderla de tal manera que su vientre queda mirando al cielo, expuesto al filo de la navaja que empuña la fría hechicera–. Si yo hice esa cosa, yo puedo destruirla.

Čelik y Sava se mantienen atentos ante el sacrificio que Selena está por realizar, ignorando por completo que, a espaldas de ellos, aparece Peter empuñando con su mano ensangrentada la espada romana de Selena, con la que, de un solo tajo, corta las alas de Čelik, llegando a decapitar a Sava en el proceso, cuyo cuerpo cae arrodillado sobre el fango, salpicando una abundante fuente de sangre al aire.

Un grito ahogado escapa del dragón con facciones de humano, dibujando una expresión de miedo repentino en los ojos de Selena tras observar como un segundo ataque con su propia espada se dirige a ella, incrustándose en su corsé metálico y despedazándolo parcialmente del costado, de donde caen fragmentos de escamas cromadas salpicadas por sangre:

            –Егорий Храбрый –balbucea Čelik al presentir su derrota.

            –¡Eres un maldito tramposo! –Selena intenta en vano regresar un golpe defensivo, pero se tiene que conformar con retroceder, cubriendo su herida con su palma derecha–. ¡Siempre tiene que ser un maldito tramposo!

Las palabras pronunciadas por Selena son ignoradas por Peter, el cual se dispone a dar un golpe final al momento de levantar la espada en un ángulo perpendicular, liberando un grito de coraje; mientras, que, bajo la espada, Selena se inclina resignada por su herida, cerrando sus ojos esperando su final.

 

Publicado la semana 19. 04/05/2020
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