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Ignacievij

S.A.P. La Raíz del Árbol: 22-24

22. Hereje.

Budapest, Hungría, parte del Imperio Austrohúngaro, 13 de mayo de 1916.

Los pequeños cristales de la capilla de Ják, recinto de estilo arquitectónico romántico, tiemblan con el sonido de los violentos enfrentamientos que acontecen en los patios del castillo de Vajdahunyad, obligando a la joven de cabellera castaña y ondulada a encogerse de hombros y desconcentrarla de lo que parece ser un rito pagano. Sus pálidas manos con una tonalidad rosada, se mantienen juntas en una posición de oración; eso sin dejar de temblar con cada golpe brusco que repercute tanto en las diminutas vitrinas de aquella capilla iluminada por docenas de velas como en la puerta de madera gruesa.

            –¿Qué tanto está sucediendo allá afuera? –susurra para sí misma la joven mientras muerde su labio inferior resaltando su preocupado rostro sudado.

Mientras tanto, justo en el altar de la capilla donde se profesan las misas, yace tendida Rosa inconsciente, vestida con su camisón blanco empapado y rodeada por un puñado de hojas silvestres que definen su silueta mediana y delgada.

            –Ya es momento de comenzar…

La secuestradora se levanta de los escalones del altar en donde estaba arrodillada, de tal manera que sus labios carnosos quedan a la altura de la frente de Rosa, deslizándose de inmediato a la pequeña boca de Rosa.

Sin esperarlo, Rosa abre sus ojos sorprendida tornándose del color avellana a completamente blancos, al mismo tiempo que su delgada y pequeña figura comienza a flotar levemente sobre el altar; hasta que su cuerpo cae abruptamente, aterrizando sobre una blanca banca de madera localizada en un pequeño parque ennegrecido por la noche.

            –¿Qué… qué estoy haciendo aquí? –Rosa luce sorprendida al verse descalza y con un vestido rosado y sucio, así como también logra apreciar un pequeño canasto viejo con cinco rosas rojas en su interior– ¿Qué está pasando? ¿Qué hago aquí?

Rosa comienza a llorar apenas reconoce la vieja casa en donde solía refugiarse cuando vivía en Valencia.

            –No es posible… esto no puede ser… –Rosa termina de quebrantarse emocionalmente, dejando caer sobre el pavimento del parque el canasto de rosas para cubrirse su lloroso rostro.

            –Creo que toqué más de una fibra sentimental –comenta en español, pero con una acentuación rumana la joven de cabellera castaña y cicatriz en el rostro, quien mantiene sus manos dentro de los bolsillos de la gabardina negra para girar a mirar la antigua casa que alguna vez acechó Rosa–. ¿Tu primera misión?

            –¿Quién eres y que quieres de mí? –gimotea Rosa al hablar, limpiándose las lágrimas de sus mejillas con su muñeca izquierda.

            –Quiero ayudarte –dice la joven rumana al mismo tiempo que se reclina un poco hacia Rosa–. Mi nombre es Ileana, a propósito.

            –¿Y cómo piensas ayudarme si muy apenas puedo ver tu rostro? –las palabras de Rosa siembran confusión en Ileana.

            –Bueno, es no me lo esperaba… –Ileana coloca sus puños sobre sus caderas– veré que podemos hacer.

Rosa ignora por completo las últimas palabras de Ileana apenas ve la silueta de un niño pequeño que corre del parque a la casa de Tócame Roque, por lo que Rosa se apresura a levantarse de la banca y encaminarse a esa dirección

            –¿Sebastián? ¿Luis?

Rosa llama al pequeño quien se desvanece atravesando la puerta, obligando a Rosa detiene su paso, desviando su mirada al balcón del tercer piso, en donde logra verse una silueta negra que emana humo del espacio negro donde debería haber un rostro:

            –¡¿Peter?!

            –Espera… ¡¿A dónde vas?! –Ileana es ignorada nuevamente, dedicándose ahora a ver cómo Rosa trepa por la tubería exterior hasta llegar al mencionado balcón.

            –¿Sebastián? ¿Luis? ¿Dónde están? ¡Salgan de donde…! –Rosa detiene su búsqueda con palabras suaves apenas identifica la silueta del niño sentado de espaldas en la cama de aquella habitación iluminada por la luz eléctrica– Es bueno volver a verte. Ven, hay que encontrar a los demás…

La tranquila sonrisa de Rosa desaparece en cuanto el infante voltea su cabeza para verla, reflejando una mirada tétrica y casi putrefacta, mostrando en sus mejillas carcomidas una serie de afilados dientes. Tras ver esa espectral escena, Rosa intenta gritar sin éxito mientras camina hacia atrás directo hacia el balcón, hasta que su espalda se encuentra con otra figura tenebrosa, presencia que incita a Rosa a retirar las manos de la boca para intentar reconocer a la nueva amenaza:

            –¿Podrías por favor dejar de tocarme? –suplica sonrojada Ileana tras sentir las manos de Rosa en su muslo y glúteo, obligando a Rosa a girar su cuerpo y abrazarla– ¿Es él?

            –Por favor, dime que es lo que está sucediendo. ¡Te lo suplico! –Rosa le muestra su empapada cara a Ileana– Tu rostro, está, está… ¿borroso?

            –Como dije antes, te voy a ayudar; pero antes necesito que me digas quien es eso.

            –¡Él debería estar muerto! –Rosa hunde su rostro en el vientre de Ileana, así como sus manos arrugan el abrigo de la rumana– Lo vi morir en Suiza, luego de matar a su madre.

Un fuerte temblor sobre el techo se deja escuchar en el ambiente, llamando la atención de Ileana, quien se muestra seria ante esa interrupción.

            –Escúchame bien, Rosa –Ileana se inclina sobre sus rodillas, separando a Rosa de su abrigo y sosteniéndola firmemente de los hombros–: como ya te había dicho, estoy aquí para ayudarte. Pero solamente sé cómo debes matarlo; el resto tienes que hacerlo tú misma.

            –¿Bist du meine Mutti? –exclama el espectral niño al subirse a la cama, gateando hasta Rosa e Ileana– ¡¿BIST DU MEINE MUTTI?!

La espectral voz del infante llama la atención de ambas jóvenes, siendo Ileana la decidida en indicarle a Rosa lo que tiene que hacer:

            –Rosa, presta atención a lo que te diré. Tienes que pensar en un arma, o usar tus poderes para crear una. ¡Improvisa! –la voz de Ileana se comienza a quebrantar apenas la figura del niño muerto está a escasa distancia– Esa cosa se alimenta de ti y si no acabas con él rápido, tendrá el control de ambas.

            –No creo hacerlo… –gimotea Rosa ignorando que otro fuerte estruendo retumba en el techo– Peter me ha dicho que es malo arrebatarle la vida a alguien.

            –¡En ese caso hazlo por Peter! –Ileana aprieta los hombros de Rosa con más fuerza– En este momento él está allá afuera peleando por salvarte. Se está enfrentando a una persona que significa mucho para mí, así como tú significas mucho para Peter. Y si no salimos de aquí pronto, me temo que tendré que matarte y luego matarlo a él.

Rosa levanta su mirada del suelo, reconociendo por un instante el borroso rostro de Ileana.

            –Debes ser muy fuerte como para pensar que lo puedes matar –Rosa se gira dándole la espalda a Ileana–. Se ve que no lo conoces.

            –No me gustaría hacerlo –la mirada de Ileana muestra un toque de arrepentimiento–, pero sé cómo matar a los de su tipo.

            –¿A los de su tipo?

Rosa luce confundida, apenas logrando defenderse del aterrador niño que se lanza sobre ella amenazándola con sus voraces dientes; siendo detenido en el proceso por la mano izquierda de Rosa que se aferra a su cuerpo, al mismo tiempo que Rosa toma un poco de aire y cierra los ojos, usando su otra mano para quebrantar los barrotes del armario de madera, tomando una enorme pieza afilada la cual incrusta en el pecho del infante:

            –Perdóname por lo que tengo que hacer. Habla por mí en el paraíso.

Un seco grito es opacado por el sonido de la estaca improvisada que se retuerce en las entrañas del niño vampiro, de cuyo cuerpo comienza a brotar sangre, convirtiéndose en segundos en una densa niebla negra que se rodea al cuerpo antes de desaparecer por completo.

            –Eso fue todo… supongo –Rosa se muestra frustrada y triste tras ver la escena.

            –Entonces… ¿Por qué seguimos aquí?

Ileana es bruscamente empujada contra una silla de madera localizada a lado del balcón, cuyos respaldos se retuercen alrededor de sus muñecas y tobillos, sometiéndola rápidamente.

            –¡Ileana! –Rosa corre a ayudarla, pero es también empujada contra la cama, en donde las cobijas se enredan tanto en tobillos y puños– ¡¿Qué está pasando ahora?!

            –¡Pensé que tú estabas haciendo esto por lo que dije de Peter!

Ileana se retuerce en el asiento en un intento de liberarse, pero su atención, seguida por la mirada confundida de Rosa, se concentra en el reflejo del espejo junto a la cama, el cual comienza a salir del marco dirigiéndose al centro de la habitación.

            –Hola, Rosa –dice con voz ronca el tenebroso reflejo, mientras que en sus dedos grises sostiene un canasto maltratado con cinco rosas–. ¿Qué acaso ya te olvidaste de mí?

Rosa detiene su respiración por un instante, dejando que su mirada dilatada aprecie su propio reflejo andando en aquel cuarto, viendo los ojos de tan espeluznante figura, tan oscuros y resaltados por el tono amarillo que inunda la parte del ojo que debería ser blanca.

            –¡No! ¡No sé quién seas! –Rosa tartamudea al verse así misma vestida con el conjunto rosado ensuciado por lodo seco, dándole una apariencia más precaria a la piel gris.

            –Yo, querida, soy la razón del porque no te moriste de hambre en la calle después de que tu madre te abandonó. Soy todo lo malo que has hecho y deseas hacer. Tus pecados, tus deseos más íntimos, todo ese poder que tienes… –el doble de Rosa deja escapar una siniestra risa amarillenta que alimenta más la repugnancia de aquel ser de cabello rubio cenizo y de pies descalzos, pálidos y enlodados– Yo soy tu verdadera cara.

 

El golpe de encuentro de espadas genera un sonido ensordecedor que hace temblar tanto a los cristales de los edificios aledaños, como a las ramas delgadas de los viejos arboles del patio interior del castillo de Vajdahunyad. Berencsi, mostrándose algo preocupado por su mirada serena, acomoda su desgarrada capa de terciopelo para quitársela y colgarla en una rama cercana, quedando al descubierto su camisa manchada de sangre y también rasgada.

            –Me pregunto por cuánto tiempo más vas a seguir peleando.

            –¿Dónde está Rosa? –exclama a regañadientes Peter, cuya camisa blanca totalmente destruida cuelga de su delgada anatomía carente de grasa corporal y musculo.

            –Estará bien, te lo aseguro.

Berencsi se acerca un poco hasta un pequeño jardín en el patio, apreciando cuidadosamente las flores amarillas que ahí crecen, girando después su rostro hacia el oriente del parque, de tal manera que observa como Roksana y su sirviente pelean ferozmente:

            –Dime, Peterje: ¿Cuándo fue la última vez que bebiste sangre humana?

La pregunta deja paralizado a Peter, despejando sus opacos ojos negros llenos de asombro.

Batiendo su espada con golpes certeros y estratégicos, Roksana se aleja velozmente a una distancia segura de aquel guardián de rostro cubierto, evitando así ser sometida por sus enormes brazos que guardan parecido a dos troncos anchos.

            –Has mostrado tener resistencia, prinţesă –dice el custodio con tono de burla.

            –¡Tańcząca księżniczka! –Roksana se eleva por los aires entre las ramas de los árboles, rodeándose de hojas que parecieran formar dos pares de alas redondas que flotan en círculos, mientras que con su espada brillosa apuntando a su oponente, hace una maniobra al cielo, dejando caer las hojas inmóviles y filosas hacia él– ¡Corta!

El salvaje sirviente se cubre de las filosas hojas con sus brazos, las cuales se incrustan peligrosamente en sus extremidades y despedazan la bufanda rojiza que cubre su boca.

Sin interés, Berencsi observa desde lejos como su aliado cae arrodillado ante fulminante ataque, ignorando por completo las suplicas de explicaciones por parte de Peter, quien, a escasos metros del burgués rumano, se dispone a atacarlo.

            –Acabaste muy pronto, Botosu –le dice Berencsi a su sirviente, desconcertando a Peter deteniéndolo antes de atacarlo.

            –Lo siento, barón. Hace tiempo que no peleaba contra alguien así –responde Botosu a la par que se incorpora de su posición de defensa.

            –En ese caso, deja de jugar y tráela aquí –ordena Berencsi con un tono amable, volteándose nuevamente para encarar a Peter.

            –¿Qué está pasando?

Apenas termina Peter de susurrar su duda, Botosu remueve los restos de su bufanda roja y velo negro de su cabeza, revelando tener una estructura craneal similar a la de un perro con una mandíbula repleta de colmillos rojizos, y con cuatro ojos marrones en lugar de dos.

            –¿Eres un hombre-lobo? –indaga Roksana al ver la verdadera forma de su rival.

            –Peor aún. ¡Soy un căpcăun! –Botosu se lanza velozmente en contra de Roksana, quien intenta defenderse de sus rápidos zarpazos en vano, siendo derribada y sometida por este para llevarla hasta los pies de Berencsi– Listo, barón.

            –Cómo te decía, Peterje: ¿Cuándo fue la última vez que bebiste sangre humana? –Berencsi le sonríe con seguridad al asustado germano, paralizado ante la rapidez de Botosu.

            –No sé de lo que estás hablando, pero suéltala. ¡El problema es conmigo no con ella!

            –Peterje, Peterje, Peterje –Berencsi menea su cabeza mientras da un par de pasos para acercarse a Peter–. ¿Qué no te has dado cuenta? Mi sangre corre por tus venas.

La explicación de Berencsi deja helado a Peter, imposibilitándolo de moverse cuando el primero se le acerca y coloca su mano en su hombro.

            –¿Quieres decir que tú…? –Peter traga un poco de saliva– ¿Eres mi padre o algo así?

            –¡NO! –exclama Berencsi iracundo y sonrojado, desconcertando tanto a Roksana como a Botosu– ¡¿Cómo te atreves a decir eso?!

            –Entonces… ¡Explícate!

Peter usa su recuperada fuerza emocional para amenazarlo, el cual camina hasta donde está Roksana, levantándola delicadamente del camino empedrado para hacerle una incisión profunda con su uña filosa en la muñeca izquierda de la confundida agente.

            –Bebe –le indica Berencsi a Peter, mostrando el segundo claros indicios de repudio.

            –¡No lo haré! –Peter se muestra defensivo al ver la sangre brotar de Roksana.

            –Tienes que hacerlo; es por tu bien –insiste Berencsi pacientemente.

            –No –Peter mantiene su postura desviando su mirada al rostro de Berencsi.

            –Hazlo, Peter –las palabras de Roksana sorprenden a los presentes, especialmente a Peter, quien mira la firmeza reflejada en el rostro de la joven–. Haz lo que tengas que hacer.

Viendo como Roksana remarca sus palabras, Peter se acerca hasta su ensangrentado brazo, clavando ferozmente su mandíbula en la extremidad e incitando a Roksana a guardarse su dolor hasta que Peter, saciado por la sangre, levanta su boca manchada de rojo hacia los árboles, haciendo sonidos abominables con su garganta.

Tras ver que el cometido se ha hecho, Botosu se acerca hasta el brazo de Roksana, sacando su manchada lengua para beber la sangre que fluye de su herida; pero este es detenido por Peter al propinarle un golpe bajo el mentón de Botosu, seguido de otro golpe en su estómago, agresión que lanza con brutalidad el corpulento cuerpo del mítico ser a unos metros del lugar.

Botosu, siguiendo su instinto salvaje a base de gruñidos y de caminatas amenazantes, ataca a Peter con todo su peso, pero el alemán logra evitarlo, dándole un fuerte golpe con su rodilla en el pecho y dejando caer sus puños sobre la nuca del salvaje guerrero.

            –Permíteme –le dice Berencsi a Roksana, quien, tendida en el suelo pálida por la pérdida de sangre, observa la salvaje paliza que Peter le brinda a Botosu.

            –¿Qué haces? –pregunta en voz baja la joven de cabello dorado.

            –Te estoy tratando esa herida –añade Berencsi en polaco al mismo tiempo que acomoda a Roksana para darle un tratamiento adecuado, frotando la herida con un gel verde que extrae de un frasco oscuro, no sin antes tomar un poco de la sangre con sus dedos y saborearla–. La herida sanará en pocos segundos con esto. De todos modos, necesitas recuperar esa perdida. Ve arriba en la galería, ahí encontraras alimentos para recuperarte.

            –¿Qué pasara con Peter y ese cabeza de perro? –pregunta Roksana mientras es puesta en pie por Berencsi.

            –Yo me haré cargo de ambos.

 

La tenebrosa doble de Rosa se desliza amenazante sobre la cama hasta llegar al vientre de Rosa, quien todavía está amarrada a los barrotes metálicos del mueble. Por otra parte, Ileana, también sometida en la silla, se agita de un lado a otro en un intento de llamar la atención de aquel espectro, sin resultado alguno.

            –Déjame entrar; quiero tener el control –comenta la doble de Rosa dejando al descubierto su lengua morada y puntiaguda–. Es mi turno de dar las órdenes.

Rosa mueve su cabeza de un lado a otro sin despegar su mirada de los ojos perturbadores de su siniestro doble, fallando en concentrase de escapar de los barrotes.

            –No.

La voz quedita de Rosa parece no surgir efecto en el monstruo, quien ahora sujeta los brazos amordazados de la adolescente con sus uñas largas y quebradizas.

            –Tienes que hacerlo, ya tuviste tu oportunidad.

            –¡Rosa! ¡Destrúyela! –ordena Ileana con una voz desesperada– Esa no eres tú ¡Sé que esa no eres tú! ¡Eres más que eso! ¡No te dejes vencer!

            –¡Callad! –la doble de Rosa voltea a ver la cortina del balcón que está a espaldas de Ileana, amordazando su boca con dicha tela– No tienes oportunidad contra mí. Déjame tener el cuerpo ahora. No lo hagas por los demás, hazlo por nosotras. Nadie nos volverá a lastimar.

Rosa cierra sus ojos llorosos al escuchar las palabras de su perturbadora doble, abriendo sus parpados en señal de ceder a sus suplicas, encontrándose la canasta con rosas rojas que el espectro dejó caer sobre las sábanas.

            –La rosa… –dice Rosa con voz suave y débil, confundiendo un poco a su doble– la rosa que le di a Peter cuando lo conocí, él aún la conserva en su diario.

La doble de Rosa se incorpora confundida, intentando descifrar las palabras de su contraparte.

            –¿Eso qué significa? –exclama el doble reclinándose sobre el regazo de Rosa.

            –Todo. Significa que Peter me rescató de ser tú; de convertirme en ese monstruo que ahora eres y que renuncié a ser.

            –Pero tú me creaste. ¡Estuviste a punto de permitirme tomar el control cuando éramos ignoradas y los vimos morir! ¡Yo te salvé de eso y del abandono de mamá! –grita con una voz espectral la doble, mostrándose ahora con una expresión aterrada– Si no fuera por ese maldito alemán, yo estaría a cargo ahora, ¡Y tendríamos riquezas y mataríamos a los que nos hicieron tanto daño!

            –Peter nos salvó a ambas.

La voz segura de Rosa inunda la habitación con su eco, incitando a que los barrotes y las sábanas se derritan de la nada, logrando así que Rosa quede liberada para llegar hasta Ileana, removiendo sus ataduras con un movimiento de mano.

            –No puedes negar mi existencia; tú me creaste ¡Soy parte de ti! –exclama la doble de Rosa preparándose para atacar.

            –No te estoy negando –Rosa refleja una confianza recién obtenida, mientras que en su mano izquierda comienza a aparecer una espada corta y recta de hoja azul celeste, con rosas talladas en la empuñadura color mármol–. ¿La recuerdas? Era la espada de mamá.

La doble de Rosa se paraliza al ver el arma de combate, logrando apenas a retroceder, pero Rosa se adelanta un par de pasos para insertar la filosa arma en el corazón de su oponente.

            –Eso no funcionara conmigo, querida –sonríe el espectro a la par que empuja su propio cuerpo en la espada, frotando el filo con sus delgados dedos grises, quedando de esa manera a poca distancia de Rosa.

            –Ileana… ¿Sabes cómo puedo vencerla? –pregunta Rosa con su voz infantil, manteniendo su incertidumbre a flote.

            –No tengo idea…

Ileana luce sorprendida al ver como el espectro de Rosa sonríe pícaramente e introduce su mano en el canasto de dónde saca una rosa roja, la cual se convierte en una espada ropera de menor tamaño, con una hoja negra como la noche y empuñadura hecha con pétalos rojos, siendo la contraguardia una hélice espinada.

            –Esta es nuestra espada, Rosita –comenta con un tono burlón la doble, retrocediendo de un salto de tal manera que logra removerse la espada azul de su pecho.

Rosa se lanza contra su versión corrompida agitando su arma con valentía y delicadeza, permitiendo que ambos filos choquen la una con la otra, ensordeciendo el cuarto con el encuentro de ambas.

            –Podemos enfrentarnos toda la noche si así lo quieres –dice el espectro de Rosa, imitando cada ataque que se le propina–. Conozco todas tus decisiones egoístas.

            –¡No me importa que es lo que tenga que sacrificar para que no salgas de este lugar! –la espada azul de Rosa atraviesa la mejilla gris de aquel ser, pero el daño no se hace notar.

            –¡Llévala al espejo, Rosa! ¡De ahí salió! –Ileana observa el enfrentamiento impotente al no poder hacer algo, intentado buscar un detalle que pueda ser de ayuda para Rosa.

            –¡Tu cállate, inútil! ¡Ni siquiera puede ver tu rostro! –responde la doble de Rosa con indicios de desesperación.

            –¡Tengo una idea mejor! ¡Distraedla! –comanda Rosa tras batir su espada otra vez.

            –¿Qué me distraiga? ¡¿Pero qué puede hacer ella?! –el espectro gris se queda inmóvil al ver a Rosa dejar caer su pecho en la punta de la hoja negra en la distracción de su otro yo, quien luce confundida– ¿Por qué hiciste eso?

            –Tú misma lo has dicho –Rosa no esconde su dolor, mientras que la mancha rojiza de su vestido rosado y enlodado se expande a partir de su pecho–. Eres egoísmo total; lo que yo nunca seré… ni espero ser.

Aprovechando el momento de distracción, Rosa empuja su oponente hasta el espejo de la habitación; usando también su espada azulada, clavándola en el estómago de su doble.

            –Has ganado otra vez –el espectro, a punto de desintegrarse en el centro del espejo, le dirige una sonrisa tranquila a Rosa, y ella respondiéndole el gesto con una mueca similar–. Pero nos volveremos a encontrar. Cuando menos te lo esperes, en cada reflejo que tengas, ahí estaré; esperando a que tú me llames en tu perdición.

La silueta gris putrefacta termina de desaparecer ante la presencia de Rosa e Ileana, quien, al ver como la primera cae fulminada por su mortal herida, se apresura a asistirla.

            –Ya acabo, Rosa. Eres libre –dice Ileana con su marcado acento rumano, sosteniendo en sus brazos a una victoriosa Rosa con la espada todavía incrustada en su plano pecho.

            –¿Cuándo podré ver tu rostro? –responde con felicidad y dolor la adolescente, antes de desviar su mirada ante la nada y dejar caer su cabeza hacia atrás.

            –Muy pronto –comenta con dulce voz Ileana, tendiendo a Rosa sobre el piso de madera de aquella habitación y llevando sus manos hacia adelante, cerrando las palmas en un solo puño.

Repentinamente Ileana se despierta abruptamente, acostada a los escalones del altar de la capilla, apresurándose a levantarse y observar a Rosa tendida sobre las hojas verdes colocadas a su alrededor.

            –¡Rosa, Rosa! –Ileana sacude gentilmente los hombros de la Rosa, cuyos ojos se abren con serenidad, encontrando el claro y definido rostro de Ileana.

            –Eres… eres hermosa –dice con voz suave Rosa, mientras que con su mano derecha comienza a acariciar las mejillas rojizas de Ileana, especialmente su fina cicatriz.

            –Tú también lo eres –corresponde Ileana con felicidad, inclinándose un poco sobre los labios de Rosa.

            –¿Qué crees que haces? –interrumpe Rosa ya sin su tono meloso, deteniendo a Ileana.

            –Pensé que… que esto es lo que seguía –avergonzada y con su rostro rojo, Ileana se retrocede unos pasos, permitiendo que Rosa se levante del altar y se baje.

            –No es así –Rosa evita contacto visual, ocultando su pena con tramos de su cabellera.

            –¡Lo siento! Yo no pensé, digo, tú, lo que pasó –Ileana intenta disculparse empeorando más la bochornosa situación.

            –Podemos fingir que esto nunca pasó, si quieres… –Rosa se aleja del altar, levantando su vista en los alrededores de la capilla– ¿En dónde estamos?

La pregunta de Rosa se ve interrumpida por un fuerte empujón que abre repentinamente la puerta principal de la capilla, sembrando el miedo en ambas; siendo Ileana la única capaz de reconocer que el causante de ese alboroto es nada más y nada menos que Berencsi, con su camisa blanca totalmente despedazada y ensangrentada, dejando al descubierto su esquelética figura cubierta de vellos dorados:

            –¡Tío Gusztáv!

Ileana luce aterrada al ver a Berencsi resbalarse de la puerta donde se apoyaba, cayendo postrado de rodillas a un lado del marco, permitiendo así que Peter entre a la capilla angustiado con szabla en mano, mostrando heridas similares a la de su oponente.

            –¡ROSA!

Peter llama a su amiga ignorando que esta se encuentra justo en frente de él, por lo que Berencsi se avienta con los brazos extendidos sobre las piernas de Peter, mirando fijamente a una aterrorizada Ileana.

            –Por favor, no la lastimes. Ella es la única familia que me queda…

La súplica de Berencsi es silenciada por un rodillazo de Peter, quien, tras empujarlo, le clava la szabla en el pecho, empujándolo una vez más para extraerle la espada y tenderlo sobre el piso, dejando horrorizadas a ambas señoritas.

            –¡Unchi Gusztáv! –Ileana se acerca a paso apresurado hasta donde yace su pariente moribundo, lanzando por los aires a Peter par que aterrice en un rincón de la capilla no sin antes golpearse la cabeza con la base de la estatua de un santo– Tío Gusztáv; diga algo.

Los dedos blancos de Ileana palpan la garganta de Berencsi buscando algún indicio de vida, sin que ninguna señal se perciba, lo que provoca que Ileana, con lágrimas en sus ojos y rabia dibujada en su rostro, gire su mirada hacia Peter, el cual se frota la cabeza mientras mira a su alrededor y logra ver a Rosa cubriéndose la boca con sus manos.

            –Rosa… ¿Eres tú? ¿Estas… estas bien?

            –¡Tú! ¡Maldito bastardo! ¡No te irás de aquí vivo! –un humo purpura comienza a salir de los puños de Ileana, al mismo tiempo que esta flota unos metros sobre el suelo, infligiendo un temor en Peter que lo aproxima a Rosa.

            –¿Qué crees que estás haciendo? –comenta con tranquilidad Berencsi moviendo su cabeza en la dirección de Ileana, asustándola en ese momento y obligándola a que termine abrazada de una columna y se deslice hasta la base.

            –¡Tío! ¡Pensé que habías muerto!

            –Tengo dos corazones y además ya estoy muerto –Berencsi se quita un zapato y se lo avienta enojado a la cabeza de Ileana–. ¿Y todavía me tomas el pulso?

 

 

 

23. Ha Te Tudnád.

Budapest, Hungría, parte del Imperio Austrohúngaro, 14 de mayo de 1916.

Sentado en una silla de madera en aquella luminosa aula en donde ya se había encontrado con Berencsi, y dándole sorbos a su jugo de naranja, Peter observa cómo su oponente arrastra hasta un rincón a su sirviente Botosu inconsciente y malherido, tratándole sus peores daños con vendas y cubriéndole el rostro con los restos de su bufanda.

Tras observar ese compasivo acto y mostrándose sin arrepentimiento por los estragos provocados, Peter coloca su vaso de vidrio con zumo de naranja sobre la mesa, dedicándose esta vez a observa a Rosa e Ileana comiendo de manera acelerada de los platillos servidos sobre la mesa; hasta que sus manos se juntan cuando están por tomar la misma rebanada de pan, lo que las obliga a mirarse tiernamente y dedicarse unas sonrisas, antes de hacer contacto visual y sonrojarse de la nada, dejando la ansiada rebanada intacta.

Por otra parte, y sentada a lado de ellas, Roksana consume granos secos provenientes de un tazón morado, indiferente ante la actitud de las otras damas; pero su actitud nihilista se desvanece al observar a Peter sentado frente a ella, vistiendo una cobija blanca y manteniendo una postura relajada sobre su asiento, dándole sorbos cortos a su extracto de naranja.

            –¿Sucede algo? –le pregunta Peter al sentir cómo la joven de dorada cabellera lo miraba de reojo y quien baja su mirada al ser interrogada.

La pregunta de Peter acapara la atención de Rosa e Ileana, forzándolas a detener su voraz consumo, mirándolo en lo que desenvuelven su charla:

            –Es sólo que, me preguntaba… –dejando de lado su voz pesimista y con un limitado lenguaje italiano, Roksana tartamudea sus intrigas, frotándose con su mano derecha el brazo vendado sin dejar de mirar la mesa– ¿Cómo te sientes?

Peter observa a Roksana fingir una sonrisa que oculta su preocupación, por lo que decide responderle asintiendo con su barbilla una afirmación, devolviéndole una mueca de empatía.

            –Botosu se va a recuperar pronto –interrumpe en italiano Berencsi al acercarse hasta la mesa, usando, de igual manera, una cobija blanca que deja expuesta la delgada estructura física del rumano–. Tengo que reconocer que nunca nadie antes le había dado una golpiza de tal magnitud.

            –Dejemos a un lado la fraternización, comienza dándome las explicaciones que me prometiste –comenta Peter con voz reafirmante, dándole después otro sorbo a su jugo–. Eso es lo que dijiste hace unos minutos en la capilla.

            –Ciertamente no te encuentras en condiciones para negociar –la voz de Ileana se hace presente tras beber de un vaso de leche, refiriéndose a los claros signos de debilidad que Peter muestra en su descubierto torso–; ni para alardear.

Ignorando esa confrontación, Berencsi se aleja unos pasos, llegando hasta la parte trasera de una de las columnas de donde descuelga el cuadro de la doncella que expone su lengua, llevando dicha pintura hasta la mesa:

            –Este cuadro originalmente era una fotografía –la voz de Berencsi demuestra ser de melancolía, sensación que se ve reflejada en la expresión serena de su rostro.

            –¿Una fotografía? –indaga Roksana con un tono de curiosidad.

            –Así es –Berencsi levanta su barbilla, buscando en la otra parte del Aula Superior hasta encontrar otras pinturas similares esparcidas entre las columnas, señalándolas una a una con cierta emoción–. Lamentablemente la fotografía se desgastó muy rápido. Por fortuna, no se dañó antes de mandarlas a dibujar.

            –¿Mandarlas a dibujar? –pregunta esta vez Rosa aturdida– ¿A quiénes?

            –A ellas…

Berencsi le entrega el cuadro que sostenía a Peter, adelantándose a traer los otros tres lienzos, colocándolos en las manos de quien se encuentre disponible.

            –¿Y ella es? –Roksana se inclina sobre su asiento, observando el lienzo de Peter para leer la inscripción dorada incrustada en la parte inferior– ¿Louise Bindels? ¿Quién es ella?

            –Mi madre…

Peter no deja de observar detenidamente la pintura, por lo que Roksana lo mira con una mirada quebrantada, reclinándose hacia atrás a su posición original.

            –¿Y las demás? –indaga Rosa en un italiano limitado, recibiendo cómo respuesta uno de los lienzos ofrecido con amabilidad por parte de Berencsi.

            –Ella, señorita, es Lucía Benavent; tu madre.

La explicación de Berencsi cae de sorpresa en Rosa, quedando boquiabierta en lo que aprecia el cuadro de su madre: una joven muy similar a ella, vestida con un atuendo blanco pastel, con un flequillo dorado sobre su frente que disimula tanto a los ojos color avellana algo azulados que miran hacia una esquina, cómo a sus mejillas infladas algo sonrosadas.

            –¿Mi madre? –Rosa se mantiene sorprendida e interrumpible ante tal revelación al mismo tiempo que aprecia cada detallada característica física de su progenitora plasmada en aquel lienzo.

           –Y déjame adivinar –continua Peter sujetando la pintura delicadamente con sus delgados dedos–, esa es la madre de esta joven, que, a propósito… ¿Cómo te llamas?

            –Mi nombre es Ileana; y sí, ella es mi madre –responde Ileana con una sonrisa disimulando su mal hablado italiano, sonrojándose al ver el retrato de su madre, la cual comparte muchas características físicas con Berencsi.

            –¿Y ese otro cuadro? ¿Quién es ella? –Peter señala el óleo que Roksana sostiene–. No creo que sea la madre de Roksana. La niña del cuadro parece ser del Mediterráneo.

            –No lo es –comenta Roksana con una actitud de desinterés, moviendo el cuadro de un lado a otro–. Mi madre vive en Varsovia.

Berencsi se mantiene en silencio, haciendo un leve contacto visual con Ileana, cuyo rostro serio revela una ligera sensación de miedo:

            –Ella es Selena, La Errante.

            –¡Errante! –exclama Peter casi levantándose de su silla.

            –¿Qué es una Errante? –Rosa gira su cabeza buscando a alguien quien le pueda ofrecer una respuesta, siendo Berencsi el primero en responder.

            –Los Errantes son humanos que han estado en este mundo por mucho tiempo –Berencsi se aclara la garganta antes de continuar–. Son más antiguos que los vampiros y…

            –Se dice que son hijos de Caín, o de aquel tipo que se burló de Jesucristo durante su calvario –interrumpe Peter sutilmente, encendiendo un cigarrillo en el proceso–. Aunque hay unas fuentes que dicen que son los hijos de Azazel, uno de los líderes de los ángeles caídos que engendraron hijos con mortales, dando paso a los Néfilim… y a otras criaturas.

            –No puedes fumar aquí –reprocha Berencsi disgustado, pero Peter parece ignorarlo.

            –Aunque también se sabe que son humanos cuya naturaleza biológica se detuvo sin razón aparente, manteniéndose del mismo aspecto por muchos años, hasta que finalmente deciden morir –un hilo de humo se escapa de la boca de Peter, levantándose de su silla con una actitud algo agresiva–. Pero bueno, al menos eso es lo que dictan las leyendas. Y a todo esto… ¿Qué tiene que ver con mi madre y el hecho de que estemos aquí? ¿Cómo tienes un cuadro de ella y de la madre de Rosa cuando eran jóvenes?

            –Él las conoció –concluye Rosa repentinamente, dejando a un lado su tono infantil, mirando a Berencsi con seriedad–. Las conociste, ¿es cierto eso?

Berencsi mira detenidamente a Peter y a Rosa, para después acercarse un poco hasta la mesa para servirse un poco de leche y beberla antes de hablar:

            –Fue en 1885; conocí a Louise justo en el momento en el que mi existencia se estaba corrompiendo –Berencsi mira al cuadro de Louise que cuelga de la mano de Peter, explayando con sus ojos caídos una sensación de dolor–. Se podría decir que ella me salvó. Meses después tuve que salvarla, haciendo lo que nunca me imaginé que sería su condena.

            –¿La convertiste en vampiro? –murmura Roksana mientras que Ileana, atenta a las revelaciones, pone a un lado el cuadro de su madre para continuar comiendo sin mirar directamente a su plato.

            –Se podría decir que sí, pero no fue así –Berencsi se sirve otro vaso de leche antes de seguir hablando–. Sucedió durante un viaje en España, a las afueras de Barcelona, en donde conocimos a Lucía. Fue ahí cuando fuimos atacados por un Dip: ese perro-demonio se lanzó sobre el hombro de Louise, desangrándola hasta dejarla moribunda.

            –Y la vampirizaste, ¿cierto? –añade Peter mostrándose interesado.

            –Convertirla en un monstruo como lo soy yo no era la mejor alternativa, así que hice algo mejor que eso –Berencsi levanta su mirada, encontrándose con los ojos opacos de Peter, opacos como los suyos–: con mi propia sangre improvisé una especie de antídoto y se lo injerté en las venas casi extintas del brazo de tu madre.

La respuesta de Berencsi exalta una sensación de sorpresa entre los presentes, pero principalmente en Peter, quien cómo médico, es el más que sorprendido.

            –¿Cuáles fueron los efectos secundarios? –Peter mira una vez más el cuadro de su madre, percatándose de una disimulada y pequeña marca detallada en su brazo derecho.

            –En ese momento, ninguno –Berencsi se aproxima a la mesa, de donde toma un puñado de granos y los consume de uno en uno con lentitud–. Sin embargo, con el pasar de un par de semanas sus hábitos cambiaron: dejó de comer grandes cantidades de alimentos cómo acostumbraba y dormía menos. Fue esa razón suficiente para darme cuenta de que se estaba vampirizando, y, aunque se mostraba fuerte con cada caída que tenía por la debilidad, ella encontraba la manera de mantenerse de pie y humana, dedicándose exclusivamente a beber zumos de frutas, especialmente de las naranjas.

            –¿Y eso se pasó a Peter? –Rosa observa el vaso casi vacío de zumo de naranja del que Peter bebía.

            –Totalmente –Berencsi suelta un suspiro antes de continuar–. Cuando Louise decidió regresar a Vaals, tras cumplir nuestra aventura de viajes y cacerías, optó por sentar cabeza tras conocer a tu padre, y decidieron empezar una familia. Ignoro completamente si él estaba al tanto de su condición, pero, por sus últimas cartas, me dio a entender que ya no sufría de ese proceso; que se sentía completamente sana y feliz ya que tú, Peter, estabas en camino. ¡Inclusive me invitó a tu bautizo!

            –¿Quieres decir que, mi madre sanó por completo mientras vivía? –Peter enciende un cigarrillo ya previamente fumado a medias, para de inmediato, encontrarse con la mirada opaca de Berencsi–. Y lo que sucedió esa noche, en el panteón, cuando salió de su tumba cómo una completa vampiro… ¿Quién la eliminó? ¿Tú o yo?

Las preguntas de Peter dejan intrigados a todos los presentes en ese recinto, esperando con respiración detenida la respuesta por parte de Berencsi.

            –Si has vivido con culpa al pensar que tú mataste a tu propia madre, lamento decirte que has vivido con pensamientos negativos innecesarios –Berencsi inclina su cabeza manteniendo sus ojos cerrados, abriéndolos para ver la fría expresión que Peter mantiene en su rostro–. Ni tú ni yo la matamos: ella misma lo hizo en un momento de claridad. Justo antes de que te degollara el cuello con sus propias uñas me arrebató mi daga y apunto con el filo a su propia garganta, no sin antes pedirme que te guiara por un camino de bien y sin dejar de cuidar de ti. Después de eso, te dedicó unas cuantas palabras en holandés sin dejar de mirarte con esa dulzura característica de ella; observando cómo su hijo yacía inconsciente sobre las lápidas.

Un silencio abrupto se apodera del lugar, obligando a los testigos a esconder sus miradas apenadas en cualquier punto de la mesa.

            –Ya para cuando ella estaba decidida a cortarse la garganta, me pidió gentilmente que le clavara una estaca en su corazón; y, aunque el pedido fue muy doloroso, tuve que cumplirlo, así que fui yo quien le atravesó su pecho con un pedazo de madera mientras ella dejaba caer la filosa hoja al suelo, cerca de mi calzado, por lo que me vi obligado a recogerla y limpiarla –continua Berencsi con su garganta nublada y sus ojos humedecidos–. Para cuando tú despertaste, a los pocos segundos de lo sucedido, lo primero que hiciste fue amenazarme, aludiendo a que la asesiné a sangre fría, jurando que me matarías sin importar el tiempo o los medios, siendo ese el preciso momento cuando conociste tu verdadero poder. Lo que no sabías era que ella te protegió a ti y a tu hermana hasta el último momento.

            –Te alegrará saber que tus palabras me tranquilizaron un poco –Peter se reclina en su asiento dejando a un lado el cuadro que sostenía, desviando su mirada a las mejillas rosadas de Rosa y volteando nuevamente a ver a Berencsi con una mirada vacía–; pero sé que mientes y te agradezco que lo hagas.

Las palabras del germano intrigan a las jóvenes, sembrando una sensación de paz interior en Berencsi que demuestra con una arruga a lado de su mejilla.

            –¿Y cómo era mi madre? –pregunta Rosa con una voz tímida e intentando mirar al rumano– Es decir, su personalidad. ¿Cómo era?

            –Es una persona magnifica –comienza a hablar Berencsi mostrándose algo alegre–; no ha cambiado mucho desde que la conozco. Siempre ayudando a la gente…

            –Espera… –interrumpe Roksana tras recargar el cuadro de la errante contra la mesa– ¿Ella está viva?

La pregunta de la joven de melena rubia confunde vorazmente a Rosa, mientras que Peter se muestra algo incomodo, disimulando su inconformidad.

            –Así es… ella está viva –dice Berencsi con un tono de voz algo dudoso, arrugando su frente en lo que continúa hablando–. ¿No lo sabían?

El rostro inocente de Rosa se torna rosado, dejando que una imagen de esperanza se deje apreciar, por lo que es observada por Roksana y Peter cómo si aguardaran alguna respuesta por parte de la hispana; mientras que, con una actitud de desinterés, Ileana bebe a sorbos el contenido de una taza blanca.

            –Esperen un momento… –continua Berencsi expandiendo sus peludas manos blancas– ¿Ella no tenía idea?

            –Según los reportes, se perdió su rastro hace un par de años en Rusia –Roksana se gira sobre la silla para encontrarse con Berencsi e Ileana–. No se sabía qué fue de su destino.

            –¿Lo sabías? –reprocha Rosa ante la respuesta de su compañera, colocando el cuadro de su madre encima de la pintura que Ileana sostenía hace un momento– ¿Y no me dijiste?

            –Ignoraba que fuera tu madre –responde Roksana cortantemente, regresando su énfasis hacia Berencsi–. ¿Y en dónde se encuentra ella ahora?

            –La última carta que recibimos de ella provenía del único hospital que todavía funciona en Belgrado –interrumpe Ileana tras dar el último sorbo de su bebida caliente–. Al parecer se encarga de atender a los heridos de combate y prisioneros de guerra por igual.

            –Ha de ser el mismo hospital, que, de acuerdo con los reportes del inspector Nagy… –balbucea Peter en voz alta– es en donde aparentemente falleció ese tal Béla Kiss.

            –¡No vuelvas a mencionar el nombre de esa rata traidora frente a mi presencia! –exclama Berencsi con un tono aristócrata y con una iracunda expresión facial–. Su simple ambición es aborrecible y sus actos son crímenes dignos de un enfermo mental.

            –¿Qué tanto sabes de él? –Roksana intenta obtener algo de información.

            –Ese pedazo de animal vino a mí diciéndome que necesitaba ayuda para tratar a su esposa enferma –la voz de Berencsi suena rasposa con cada palabra que sale de sus cuerdas bucales–, pero el desgraciado lo que quería era hacerse un vampiro de sí mismo.

            –Ignoramos completamente cómo él supo de nosotros –continua Ileana al percatarse que la frustración de su tío lo limita continuar–. Pero lo que sí es seguro es que él no tenía la intención de curar a alguien, sino de convertirse en un ser de la noche para cometer tantos delitos cómo quisiera. Ya cuando nos habíamos dado cuenta de lo que hacía en su casa, nos dimos a la tarea de encontrarlo; pero por desgracia, ya estaba en camino al frente serbio.

            –Pero dicen que Lucía se encuentra en Belgrado, donde aparentemente Kiss fue un prisionero –sigue Peter con la conversación alimentando un poco de esperanza en el alma de Rosa–. Tal vez ella tenga información sobre su paradero, o en caso más extremo, de su tumba. ¡Tenemos que ir hasta Belgrado!

            –Me parece lo correcto –Roksana luce sorprendida ante la idea de Peter, por lo que se levanta de su asiento dispuesta a prepararse para irse de ese recinto.

            –¿Podría alguien decirme porque mi madre es del interés propio de la Sezione? –Rosa presiona ambos puños contra la mesa de madera, cubriendo sus ojos con el fleco de su cabello, cautivando la atención de sus acompañantes que están más que listos para partir–. Lo diré una vez más: ¿Qué es lo que quiere la Sezione con mi madre, una simple humana?

            –¿Tampoco lo sabe? –dice Berencsi en lo que se levanta de su asiento, encaminándose a unos cuantos pasos de Rosa e ignorando las señales manuales que Peter le dedica– Verás pequeña. Tu madre, Lucía Benavent no es cualquier persona, de hecho, es más que eso; es un ser tan fuerte que se ha ganado el apodo de La Bruja Blanca, y con decir eso es más que suficiente para entender las razones de porque es buscada.

            –¿La Bruja Blanca? –exclama Rosa suavemente, llegando a su mente el recuerdo del fantasma de Fernand en lo que frota el collar que él le dio y que mantiene oculto bajo su camisón blanco– Entonces…

            –Si quieres verla lo único que tienes que hacer es ir a Belgrado –Berencsi le dirige una mueca carismática–; eso si es que no se ha ido a otro lado.

            –¿Qué quisiste decir con eso? –Peter se cruza de brazos al escuchar hablar a Berencsi.

            –Ella está en su propia cacería –añade Berencsi mientras toma otro puñado de granos y lo lleva a su boca–. Está matando a varios berserkers que surgen en el campo de batalla, al igual que otras criaturas. En pocas palabras, está acabando con casi todo el folklore europeo.

            –¿Con que objetivo? –los ojos verdosos de Roksana se encogen apenas escucha la fría respuesta del rumano.

            –Con el objetivo de asesinar a Selena –un ambiente tétrico se deja sentir en esa sala, afectando principalmente a Peter y Roksana, detalle que Berencsi disfruta para sí mismo–. Si realmente quieren que la pequeña vea a su madre, tienen que detenerla antes de que se enfrente a ella.

            –¿Qué sucedería si ellas dos se… pelean? –pregunta Rosa con voz temerosa.

            –La matará –la respuesta de Berencsi derrumba a Rosa sobre la silla–. Lucía no tiene oportunidad contra Selena. Al fin de en cuentas, ella ha vivido más que todos nosotros juntos.

Los ojos avellanos de Rosa se pierden en algún lugar del piso cerámico, mientras que Berencsi se aproxima hasta la ventana, desde donde observa con una mirada melancólica y sufrida la tranquilidad del patio en donde previamente había existido un caos.

            –Entonces lo que dicen los manuscritos, sobre San Jorge y el Dragón, ¿son ciertos? –comenta Peter intentando estructurar sus ideas.

            –Efectivamente –responde Berencsi desde su lugar, apreciando la ausencia de su reflejo–. Ella fue una de las principales razones del porque esta Orden se hizo, la Orden del Dragón, con la ayuda del Vaticano, claro.

La atención de Berencsi regresa hacia la mesa tras escuchar un ligero choque contra la madera, siendo el causante la cartera de Peter extendida bocarriba, mostrando una cruz roja rodeada por flamas amarillas:

            –La encontré después de lo que sucedió en Vaals –Peter se mantiene con una postura serena–. Se te habrá caído o algo así. Es el símbolo de tu Orden, ¿no?

            –Puedes quedártela –Berencsi luce desinteresado–. Te sirve para obtener descuentos en hoteles y restaurante… y en uno que otro crucero.

Sin más preámbulo, Peter guarda la cartera de regreso en su pantalón, ignorando por completo la actitud nostálgica de su antiguo contrincante.

            –¿Por qué nos ayudaste? Es decir, lo de Rosa en la capilla con Ileana. ¿Por qué? –una bola de saliva se desliza en la garganta de Peter al hacer la indagatoria, haciendo que las mejillas de Ileana se tornen rosadas.

            –Peter tiene razón. ¿Por qué lo hiciste si tú mismo eres un strigoi? –Roksana acompaña a Peter en su interrogatorio.

            –Para que el balance se mantenga –responde Ileana con voz firme–. Sin ese balance, estaríamos en un caos total, viviendo cómo en la Edad Media… ¡O peor aún! Y eso es lo que Selena quiere. Mi madre la enfrentó apenas supo sus intenciones y…

            –Creo que con eso es suficiente, fiica mea –interrumpe Berencsi levantando ligeramente su tono vocal, disimulando una sensación dolorosa que se traspasa a Ileana.

Las miradas de Peter y Roksana se cruzan por un momento, pareciendo que se dan señales imprecisas; pero la sensación del silencio incómodo y las dudas se despejan apenas se deja escuchar el sonido de un par de pies descalzos que tocan el frío piso y que brincan unos pasos hacia uno de los arcos que dan a las escaleras.

            –Rosa… ¿Sucede algo? –pregunta Peter en lo que se encamina a ella, recibiendo cómo respuesta una dulce sonrisa que resalta por los parpados casi cerrados de Rosa.

            –Tenemos que ir a Belgrado… a encontrar a mi madre –Rosa no deja de sonreír, escondiendo su pesar–; y a hablar con Selena.

Apenas Peter y Roksana entienden las inocentes intenciones de Rosa, estos deciden retirarse definitivamente del recinto, llegando hasta las escaleras, siendo Rosa la primera en bajar acompañada de Roksana, mientras que Peter se atrasa por un instante, girando su barbilla hacia arriba para encontrarse con las siluetas acompañantes de Berencsi e Ileana, dirigiéndose al primero con expresión nula sobre su rostro:

            –Una cosa más: ¿Realmente tuve oportunidad de matarte? –Peter se mantiene inmóvil, pero listo para continuar hasta la salida de la planta baja.

            –Deberías irte ya, tu amiga Romina debe de estar muy preocupada por los tres –la respuesta de Berencsi deja sorprendido a Peter, invitándolo a retirarse de ahí sin mirar atrás, escuchando a lo lejos los últimos alardes del rumano–. Le dije a Hugo que yo te encontraría, no tú a mí.

 

Con un intento agotado de no resbalarse con cada paso que da al correr sobre los húmedos tejados de los altos edificios capitalinos y custodiada por la luna menguante escondida entre las nubes, Romina mantiene su ritmo sin distraerse de su objetivo: un pálido cuerpo masculino putrefacto que no deja de correr sin dejar de gruñir con cada falso suspiro, suspiro que se detiene al instante en el que una hoja afilada y curveada le separa la cabeza por completo de su cuerpo, obligándolo a caer arrodillado sobre uno de los tejados.

Sin esperar dicho altercado, Romina gira su sorprendido rostro agotado hacia atrás, encontrándose con las imágenes exhaustas de Roland y Stipan, siendo este último el que se adelanta a recoger el arma blanca.

            –Te dije que nos esperaras –reprocha con voz agitada Roland mientras coloca sus manos sobre sus rodillas para descansar–. Creo que ese era el último.

            –Tengo que estar bien seguro de que ya no vuelva de entre los muertos –añade Stipan al acercarse al cadáver para arrancarle brutalmente el corazón con sus propias manos y sin mostrar señas de remordimiento.

            –¿Tienen idea de en dónde estamos? –Romina intenta esconder su cansancio, pero su atención se desvía para apreciar la inmensa torre puntiaguda que sobresale de entre los árboles del bosque.

            –Eso, pequeña damisela, es el castillo de Vajdahunyad –responde Stipan manteniendo una ligera sonrisa en su rostro– ¿Quieres ir a visitarlo?

            –Observen esto… –Roland señala con un pedazo de varilla la base de la nuca dañada por el arma de Stipan– Este sujeto tiene una marca en su cuello, pero… ¿Qué es? Tal vez si junto la cabeza con…

            –Lo bueno es que hice un corte limpio –Stipan adjunta la cabeza cercenada, ignorando con una sonrisa cínica el hecho de que su atuendo y rostro se están ensuciando de sangre.

            –¿Es una mordedura? –exclama Romina al ver la marca que Roland había notado– Pero según tu reporte, Kiss drenaba la sangre con perforaciones de agujas tras ahocar a sus víctimas. ¿Por qué este tiene una marca de mandíbula?

            –El único que nos puede decir eso es el mismo Kiss – Stipan suelta un corto suspiro.

            –Lo último que supe de él por los reportes de Nagy es que se encuentra en el frente serbio –Roland luce decidido a terminar su investigación–. Tenemos que ir por él, y hacerlo pagar por sus crímenes, si es que aún sigue vivo… si se puede decir de esa manera.

            –Yo voy contigo –confirma Stipan su decisión–. ¿Cada cuando puedes ir a la guerra de paseo? Además, tengo que llevarle unas galletas a mi hermano. ¿Tú que dices, damisela? ¿Te nos unes?

Sin dejar de observar ese castillo y las siluetas alumbradas de los ocupantes que merodean en el interior, Romina se mantiene callada, dejando intrigados a sus dos acompañantes.

            –Esas pobres mujeres, casi niñas, una inclusive embarazada, asesinadas por un desquiciado enfermo que ve a las mujeres como simples objetos… –Romina hace una pausa, recordando los cuerpos en la morgue, pasando por memorias cortas de su infancia, llegando hasta el momento en el que habló con Armand, volviendo en sí en ese instante– Alguien tiene que hacerles justicia, a ellas y a todas las mujeres que han sufrido bajo el puño de dementes desalmados. Voy con ustedes, y no pienso volver a Roma hasta encontrarlo.

La voz áspera y dolida de Romina, acompañada con su semblante firme, disturba a Stipan y a Roland, por lo que deciden acercarse a ella y colocar cada uno su mano sobre sus hombros, acto que Romina imita con ellos como señal de compañerismo.

 

Belgrado, Reino de Serbia, 14 de mayo de 1916.

El lamento de los convalecientes tendidos sobre el largo y oscuro pasillo no dejan de escucharse en lo que las enfermeras y asistentes, con claros signos de estar acostumbrados a semejante panorama, deambulan de un rincón a otro cargando en sus manos el material necesario para atender a los uniformados heridos.

            –Enfermera… enfermera –exclama piadosamente en húngaro uno de los malheridos que tiene la dicha de estar recostado sobre una camilla metálica.

            –Dígame, ¿qué necesita? –responde una mujer en las cercanías, inclinándose un poco para atender al militar vendado de la parte superior de su cabeza sin una mano.

            –¿Podría brindarme un poco de agua? –señala el incapacitado, petición que la mujer ataviada de un manto largo y blanco, adornado por un par de franjas azules que caen a los lados, cumple sin dudar– Muchas gracias, señorita. Dios la bendiga por tan noble acción.

            –No diga más que tiene que reposar para que pueda regresar a su pueblo –responde la mujer de mediana edad, pero de apariencia juvenil gracias a su notoria y feliz sonrisa que calma la angustia del militar adolorido.

            –¡Eso me queda más que claro! A propósito… ¿De cuál tierra viene usted? Su acento es algo peculiar.

            –De tierras lejanas, señor Kiss –contesta la mujer de cabellera castaña, dejando perplejo al combatiente.

            –Hágame el favor de no decir el nombre de ese demente. Su locura me causó dicha herida sobre mi cuello –añade el soldado al señalar una marca de mordedura en su yugular, siendo silenciado por una daga ancha que le detiene permanentemente el corazón.

 

 

 

24. Mariposas y huracanes.

 

Roma, Reino de Italia, 17 de mayo de 1916.

Presenciando cómo sus diminutos anteojos redondos cuelgan a la altura de su nariz, Pacelli se apresura a empujarlos hacia arriba con sus dedos, levantando la vista dirigiéndose a Roksana, sentada frente a su escritorio con una actitud nerviosa y notable.

            –Supongo que no hay nada adicional que puedas decir con respecto al hecho de que Peter y Rosa partieron a Belgrado sin ninguna autorización oficial –Pacelli se limpia su garganta después de terminar de hablar, cubriendo con su puño su boca por cortesía–. Y con la situación de Romina, ella simplemente dejó Budapest.

            –Affermativo –Roksana disimula estar calmada ante la presencia de su superior custodiado por Filippo y Ramaci, de pie junto a la silla del clérigo.

            –Y tú decidiste regresar por tu cuenta después del entierro de las víctimas de este tal Kiss, claro está –continua Pacelli con voz pasiva y autoritaria–. Es de apreciar tu lealtad a la Sezione y tu responsabilidad en las misiones. Puedes retirarte, Roger y Jorge esperan por ti.

Mostrándose sorprendida por la respuesta final de Pacelli, Roksana se retira de la oficina con paso lento, llegando hasta la puerta que es abierta amablemente por Filippo, despidiéndola con una expresión de serenidad y empatía, regresando nuevamente al interior de la oficina, en donde toma el asiento que Roksana.

            –Estamos en una situación muy peligrosa –Ramaci se para al frente del escritorio de Pacelli, cerca de la posición de Filippo–. Romina se ha ido, Berencsi movió sus cartas, Peter y Rosa se van tras los pasos de Benavent, y para terminar de jodernos Benavent es la madre de Rosa y ni teníamos idea.

            –¿Sabía algo respecto a eso, Monseñor? –indaga Filippo algo desafiante.

            –Para nada –Pacelli bebe un poco de café caliente, empañando sus lentes con el vapor que se eleva–. De haberlo sabido, habría puesto especial atención sobre ella.

            –¿Qué vamos a hacer con todo esto? –Ramaci lleva sus manos sobre su cabellera castaña, resaltando su actitud paranoica.

            –Lo de Peter y Rosa no me preocupa tanto, ya contacté a conocidos en Belgrado para que no interfieran en la búsqueda de Lucía –Pacelli le da otro sorbo a su café, cerrando los ojos cómo si quisiera demostrar tranquilidad–. La Orden de Berencsi tampoco es una preocupación mayor: ya está en total decadencia y los últimos integrantes son funcionarios comunes y corrientes, además de uno que otro miembro de la realeza.

            –¿Y Romina? –Filippo acomoda su pierna sobre la otra, delatando su propia curiosidad sobre los planes de su jefe– Con todo lo que acabas de decir nos dejas más que claro que nos conviene tener a la Bruja Blanca de nuestro lado. Pero si mi memoria no me falla, se ha dicho que Romina ha alcanzado su nivel de poder, inclusive, que es más fuerte que Peter.

            –Romina es fuerte porque Peter le dio parte de su poder a ella cuando se conocieron en Praga –interrumpe Pacelli con tono relajado–. Tengo la confianza de que Romina regresará apenas termine lo que tenga que hacer; no hay necesidad de hacer una cacería de brujas, literalmente.

            –Espero y el mal trato que le diste por lo de Peter no influya en su decisión –comenta Ramaci con la mirada perdida en algún lugar de la oficina.

            –Es lo suficientemente madura para aceptar su responsabilidad –reafirma Pacelli inspirando confianza en el tenso ambiente que se experimenta en ese momento.

            –¿Qué cree usted que haya sucedido entre Peter y Berencsi? Es decir, lo que reportó Pajdaszka. ¿Realmente es de fiar el hecho de que esos dos hicieron las pases? Peter sólo tenía un objetivo en la vida y era matar a Berencsi, y ahora resulta que el mismo Peter es un dhampiro –Filippo resalta cada palabra que sale de su boca– Y de haber sucedido eso… ¿Lo habrá convencido de ayudarlo a involucrar a Benavent en su Orden?

           –Estás hablando del hombre que te salvó la vida y que se ha mantenido leal desde un principio, Filippo –exclama iracundo Ramaci, dirigiéndose de inmediato a Pacelli alimentado con las mismas dudas–. Pero tiene un punto sólido. ¿Qué es lo que usted considera, Monseñor? Además de eso… ¿Qué pasará con Rosa? Nadie de aquí conoce el nivel de su poltergeist.

            –Lo mismo que dije de Romina es lo que digo de Peter: ellos saben cómo actuar y que tienen que hacer, así como ustedes dos –Pacelli aleja la taza vacía de café al centro del escritorio–. No dudo en ningún instante en que ellos, juntos o por su cuenta, puedan hacerse cargo de Rosa si algo grave llega a pasar. Así que, caballeros, la puerta no se va a abrir sola, al menos que quieran intentarlo.

Las palabras del clérigo, acompañadas de su semblante autoritario, incitan a que Ramaci y Filippo se encaminan hasta la salida, siendo Ramaci el primero en salir con paso rápido, dejando atrás a Filippo, al margen de la puerta:

            –A todo esto, ¿por qué dices el nombre de la Bruja Blanca con tanta familiaridad? –la mirada seria de Filippo se incrusta en los ojos de Pacelli, dejándolo perplejo en ese momento– Lo dices cómo si ya la hubieras tratado anteriormente.

Tras decir eso, Filippo se retira cerrando la puerta en el proceso, dejando a solas a Pacelli, quien, relajando toda la tensión acumulada, se quita los anteojos para limpiarlos, balbuceando palabras apenas audibles:

            –Peter, Romina, no hagan algo estúpido.

 

Belgrado, Reino de Serbia, 19 de mayo de 1916.

Con su codo apoyado a la orilla de la ventana del vagón y con su atención desviada sobre los edificios en ruinas que van pasando a los lados del tren, Rosa se mantiene callada, ignorando por completo el ambiente del alargado vagón, en donde viajan también, y algo incomodos, varios pasajeros, entre civiles y soldados austrohúngaros, siendo la mayoría de los viajeros los del segundo grupo, mostrándose algo contentos de llegar a la capital ocupada.

            –¡Excelente! –exclama Peter en español y ocultando su propio acento germánico en lo que pasa la página de un periódico en alemán– Otra batalla en Asiago.

Rosa, tras escuchar su lengua materna provenir de Peter, lo mira fijamente con sobresalto, para después, ignorarlo nuevamente, volviendo a su posición original y mostrándose nostálgica, sensación que es resaltada por su vestido rosa alargado.

            –¿Por qué te sorprende? –Rosa suspira al terminar de hablar, detalle que capta Peter de inmediato, bajando su periódico para verificar la preocupación de su amiga– ¿Y por qué me hablas en español? Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lo hablaste.

            –Lo hago para quejarme sin llamar la atención –Peter se esconde en su periódico fingiendo regresar a su lectura, siendo su verdadera intención la de provocar una respuesta el Rosa–. Muchos de estos soldados son de Austria, por ende, me entenderían si hablo en alemán, y yo, siendo de Alemania, si llego a decir algo en contra de la guerra, puedo terminar fusilado.

Rosa no dice nada, pero su repentino movimiento de pies, adornados por unas botas negras algo sucias, da a entender que no ignora a Peter del todo.

            –Tienes un acento muy raro cuando hablas en español, ¿te lo había dicho?

Rosa gira su cabeza en dirección a Peter, quien, curioso por el comentario, baja el periódico hasta su mentón, luciendo una mueca facial de carisma que deslumbra en sus ojos opacos.

            –No; nunca me lo habías recalcado –comenta Peter en lo que dobla su papeleo, disimulando exitosamente su interés en hablar en ese idioma–. Debe de ser porque viví en México por unos años. Realmente me gustó vivir allá.

Rosa regresa su posición inicial, algo incomoda al realizar un contacto visual con el alemán, pero moviendo frenéticamente sus piernas de arriba hacia abajo.

            –¿Qué hay en México? –la palma de Rosa sirve de apoyo para su barbilla, mientras que sus ojos se clavan en el paisaje desolado que emana una sensación de miedo.

            –Unos amigos –responde Peter en lo que busca la razón por la que Rosa mira tanto por el cristal, encontrándose con montículos de escombros–. Ya pasó casi un año y aún no terminan de reconstruir la ciudad…

            –¿Piensas volver a México algún día? –Rosa gira su cuello, encontrado la mirada preocupada de Peter que aprecia las posibles razones que hacen que el tren se disminuya.

            –Eventualmente.

            –¿Me llevarías? –la pregunta de Rosa toma por sorpresa a Peter, forzándolo a mirarla en su posición nihilista y melancólica.

            –Por supuesto –Peter sonríe nuevamente, gesto que la joven hispana lo interpreta sincero y de corazón, por lo que, de improviso, desliza una bola de periódico de debajo de su asiento, tomándola entre sus manos para después levantarse de su asiento con destino nulo–. ¿A dónde vas?

            –Al baño; Romina me platicó lo que sucedió cuando esta ciudad fue tomada –Rosa responde con connotación fría–. No quiero correr con la misma suerte.

Sin decir más y con una actitud reservada, Rosa se encamina hasta el baño, pasando de largo ante la presencia de cuatro soldados que observan descaradamente la delgada silueta de Rosa en lo que entra al baño, descortesía que Peter capta y le siembra molestia.

Rosa desenvuelve la misteriosa envoltura improvisada sobre el lavabo, descubriendo que en el interior escondía prendas de color azul marino, las cuales extiende delicadamente en donde puede, para finalmente, encontrar una pequeña gasa limpia que envuelve con una venda.

            –Las dichas de ser mujer, ¿no es así? –comenta una voz en el interior del sanitario, pero a Rosa parece no importarle, tan sólo deja que otro suspiro escape de su nariz y boca.

            –Sí –exclama con recelo y desinterés en lo que se apoya sobre el lavabo, encontrándose de frente con el pequeño espejo redondo en el que se logra apreciar una tétrica figura muy similar a Rosa–. Ya te habías tardado.

            –¿Qué te puedo decir? –responde con cinismo el reflejo, cuyos ojos, oscuros como la noche, resaltan por el contorno amarillento de las escleróticas–. Tú misma me trajiste, no te quejes.

En lugar de parecer sorprendida, Rosa luce despreocupada, por lo que, limitada por el brusco movimiento del tren, se viste con las prendas que había extendido, apoyándose con la puerta y el lavabo para evitar posibles caídas.

            –¿Qué es ese escándalo de allá afuera? –indaga el tenebroso reflejo algo molesto.

            –No lo sé, ni me interesa.

Rosa termina de vestirse, acomodándose los tirantes del pantalón sobre sus hombros, procediendo a envolver su melena clara algo maltratada sobre su cabeza para que esta no sea impedimento al enjuagarse su cara.

            –Si tanto te molesta las miradas hostigosas de cada bárbaro que encuentras en la calle… ¿Por qué no cambias de cuerpo? –comenta la espectral voz del reflejo, captando la atención de Rosa, quien deja que el delgado hilo de agua se malgaste.

            –¿Es posible hacer eso? –pregunta Rosa en lo que cierra el grifo y se seca la cara con su vestido rosado mal doblado.

            –¡Claro que sí! –la respuesta del reflejo va acompañada por una teatral sonrisa, expresión que se difumina repentinamente– Pensé que ya lo sabías, con eso de que te proyectas repentinamente en lugares inesperados.

Una voz que anuncia la próxima llegada interrumpe la conversación de Rosa y su reflejo, obligando a que la primera salga del sanitario, encaminándose hasta su asiento con su vestido en mano, ignorando el balbuceo en una lengua ajena que sucede a sus espaldas.

            –He vuelto –exclama con voz quedita, dándole un toque infantil a su llegada.

            –Qué bueno porque ya estamos por llegar –responde Peter, escondiéndose con el periódico que presuntamente lee.

            –¿Todavía tienes esa boina que te encontraste en la frontera?

Peter mete su mano en su sucio saco negro, extendiéndole un pedazo de tela café a Rosa sin bajar su periódico, por lo que Rosa, sospechando algo desde que regreso, se lo arrebata bruscamente, dejando al descubierto una contusión en el ojo derecho del alemán:

            –¿Qué le sucedió a tu ojo?

            –Nada, nada –Peter se reclina ligeramente hacia la derecha, dándole una intimidante mirada a los soldados que habían mirado a Rosa previamente, y que ahora lucen malamente agredidos–. Toma tus cosas; ya casi llegamos a la estación y no quiero que el túmulo de gente nos impida bajar.

            –Esto es todo lo que tengo –Rosa señala su vestido en lo que se coloca la boina.

            –En ese caso, vámonos de aquí –dice Peter mientras toma la muñeca de Rosa, apreciando por la ventana como alguien avisa a la policía militar que pasaba por allí.

 

Mientras los transeúntes deambulan de un lado a otro, demostrando tener miedo ante los militares armados que también recorren las calles con sus rifles sobre los hombros, Peter y Rosa se muestran tranquilos, dirigiéndose por la pequeña calle estrecha que los lleva hasta un edificio de color claro, algo amarillo, y cuya estructura neorromántica luce ligeramente dañada por la guerra ya acabada, al menos en esa localidad.

            –¿Te sucede algo malo? –exclama Rosa al sentir como Peter la observaba.

            –Nada en especial –responde Peter con un afán de desinterés–; es sólo que ese traje, me trae recuerdos de cuando estuvimos en Francia.

Un poco de aire se escapa por las fosas nasales de Rosa, como si intentara dar una respuesta.

            –Es ese el hospital que nos dijo Berencsi –un bulo de saliva se desliza por la garganta de Rosa, mientras que sus ojos observan cada detalle de aquel edificio custodiado por poco más de una docena de soldados que entran y salen–. Según la última persona a la que le preguntaste, también es el único hospital que funciona desde que tomaron la ciudad.

            –Solamente hay una forma de comprobarlo –Peter se encamina hacia la reja de la entrada, dejando unos metros atrás a Rosa, procediendo a hablar con el militar armado que vigila el lugar.

Rosa observa paciente el intercambio de palabras entre Peter y el soldado de uniforme azulado, hasta que el primero le hace una seña para que se acerque, en lo que el militar levanta su mano apuntando el interior del inmueble.

            –¿Qué te dijo? –indaga Rosa en lo que alcanza el apresurado paso de Peter.

            –Le comenté que soy un médico voluntario de España y que estaba buscando a una compatriota –Peter mantiene su paso veloz involuntariamente–. Y dijo que había sabido de Lucía, por su acento; pero que la jefa de enfermeras es la que nos puede dar más detalles.

            –¿Te dijo algún nombre? –Rosa refleja ternura y nerviosismo esperando a que Peter le brinde una respuesta, pero este la ignora al interrumpir a una enfermera.

            –Хвала –dice Peter tras recibir una indicación de la enfermera, dirigiéndolo a un cuarto continuo en donde se encuentra a otra enfermera con una apariencia de agotamiento y estrés– ¿Es usted Sanja? ¿Habla alemán?

            –Muy poco –responde Sanja al mismo tiempo que dobla unas sábanas blancas– ¿Cómo le puedo ayudar?

            –Buscamos a una mujer de España, su nombre es Lucía –Peter mantiene una pronunciación lenta para que la enfermera le pueda entender adecuadamente.

            –¿Lucía? No enfermera de ese nombre aquí –responde sorprendida Sanja, alimentando una incertidumbre entre Peter y Rosa–. Fulanita es de España.

La corta explicación de la enfermera deja perplejos a Peter y Rosa.

            –Usó un nombre falso y simple para pasar desapercibida –le dice Peter a Rosa en español.

            –¿Dónde está en este momento? –la pregunta de Rosa se ve casi opacada por su agitada respiración.

            –Ella no ha venido en dos días –Sanja se aparta de ellos para atender a unos pacientes que otra enfermera le indica, dejando en esa habitación a Rosa con una ilusión quebrantada–. Dijo que iba a otro país.

            –¡Muchas gracias! –comenta Peter en un intento de no ser descortés, volteando para encontrarse con Rosa mirando hacia la ventana de aquella amplia habitación– ¿Estás bien?

            –Mi madre, Peter, tan cerca de ella y tan lejos –responde Rosa con su tierna voz.

            –No te preocupes, pequeña; la encontraremos.

            –Tú no lo entiendes, Peter; tú conociste a tu madre, y yo… –los hombros delgados de Rosa se tambalean, por lo que Peter se acerca con delicadeza, preocupado del cómo su compañera pueda reaccionar.

            –Rosa, creo que es mejor que me acompañes afuera para…

Peter intenta deslizar su mano sobre el hombro derecho de Rosa con la intención de dirigirla al patio, así como con el objetivo de que los objetos de aquella habitación detengan su baile tembloroso que surge por cada gimoteo de Rosa.

            –Tú pasaste tus cumpleaños con tu madre, la conociste, entendiste sus razones…

            –Lo sé.

Peter suspira quebrantadamente, bajando su mano al percatarse de que el tambaleo de los artículos de las alacenas se detiene, lo que incita a que él abrace a Rosa por la espalda, colocando su afilada barbilla sobre la boina sucia que cubre sus rubios cabellos.

            –No me interesa conocerla realmente –el sollozo de Rosa se hace un poco más intenso, especialmente al sentir el abrazo sincero de su amigo–. Lo único que quiero de ella es saber su respuesta, saber por qué me abandonó.

Finalmente, Rosa rompe en llanto, usando el saco negro de Peter para limpiar sus lágrimas.

            –¿Por qué? ¿Por qué ¿Por qué? –los pequeños nudillos de Rosa comienzan a batir ligeros golpes en los costados de Peter, pero esto parece no molestarle, hasta que un fuerte golpe le causa una sensación de dolor.

            –La encontraremos –Peter se inclina hacia adelante, mostrándole una sonrisa de confianza que detiene el llanto de Rosa–. La encontraremos y tú misma le preguntaras eso, y ella te dará la respuesta. Te lo debe.

            –¿Cómo estas tan seguro? –Rosa limpia las lágrimas de sus mejillas con sus muñecas.

            –Porque la vamos a encontrar; tu y yo. Será la mejor misión que hayamos tenido –un guiño por parte de Peter detiene el gimoteo de Rosa, por lo que esta se lanza a sus brazos, tomando por sorpresa de Peter, quien recibe el gesto incondicionalmente–. Ahora lo que importa es buscar alguna pista que nos lleve a ella. ¿Se te ocurre algo?

La delgada figura de Rosa adornada por las prendas masculinas se desprende de los brazos rígidos de Peter, mientras que este busca a sus alrededores hasta que su opaca mirada se encuentra con los ojos verdes de un soldado imperial, quien luce sorprendido al verlo, por lo que decide alejarse de su puesto de vigila para encaminarse hasta Peter y Rosa, influyendo una sensación de temor en ambos.

            –Usted, a usted lo recuerdo, en Praga –comienza a hablar el militar en un quebrantado alemán, lanzando al piso empedrado su cigarro casi consumido y dibujando en su rostro una mueca producto del miedo y la sorpresa.

            –No sé de lo que habla –Peter finge un acento ibérico, colocando a Rosa detrás él.

            –No me engaña; usted es el del mercado de Praga –el soldado menea su dedo de arriba a abajo, manteniendo expuesta su manchada dentadura–. Usted mató a esos hombres malos. No lo puedo olvidar.

Sin nada que pueda decir en su defensa, Peter se queda petrificado luciendo más pálido de lo que de por sí ya está, por lo que Rosa, sin dificultades para entender al soldado por su idioma entrecortado, le hace frente, intento persuadirlo de que se retire:

            –¿Tienes pruebas de lo que hablas?

Rosa se mantiene firme ante el uniformado, quien, en lo que se frota la barbilla, piensa una respuesta que le pueda dar.

            –Tu acento, suena como de otro país –añade el uniformado cuya sonrisa de obsesión se desvanece–. Suena igual al acento de aquella enfermera.

            –¡¿Qué?! ¿Sabes a dónde fue? –Peter se adelanta a preguntarle al soldado.

            –Sí, sí; yo lo sé –una sonrisa con tintes de inocencia reaparece entre sus mejillas–. Ella se fue lugar malo, maldito. Río Rogačica, en Bajina Bašta, por allá.

El dedo rojizo de aquel soldado apunta hacia el oeste, por lo que, como si se tratase de un lugar cercano o familiar, Peter y Rosa miran en esa dirección, incrédulos de su suerte.

 

Los rayos de luz solar se filtran entre los espacios de las verdosas hojas que bailan apenas el aire sopla, generando un sonido suave y reconfortante que quiebra el silencio del bosque. Dicha melodía se deja escuchar constantemente y aún más ruidosa cada que el viento sopla iracundo, como si intentase quitar la melancolía del valle.

De repente, aquel ruido de naturaleza viva y aves que cantan se ven acompañadas por el sereno galope de los cascos de un caballo en dueto con un par de ruedas de madera, hasta que su marcada sinfonía se detiene en seco, terminando el ritmo musical con un rechinido del caballo viejo, pero de rojizo pelaje brillante.

            –¡Овде смо! –exclama el viejo carretonero serbio de barba maltratada y gris, pero con peculiar alegría, invitando a Peter y a Rosa a que desciendan de su vehículo maltratado, guiándolos con su arrugada mano río abajo, en donde se aprecia una pequeña choza casi en ruinas, compuesta de ladrillos viejos y maderas podridas–. Jagodića vodenica.

            –Hemos llegado –dice Peter al mismo tiempo que presiona la parte baja de su espalda con sus manos hacia adelante.

            –El lugar no se ve muy agradable que digamos –Rosa imita el movimiento de Peter, dándole una ligera variación con un estiramiento de brazos.

Cautivado por el valor histórico, Peter es el primero de los dos en encaminarse hasta las pequeñas ruinas del molino, seguido por Rosa, quien, a pesar de aun vestir prendas masculinas y disimular su apariencia, resaltan sus características femeninas con cada paso que da, imitando a los brincos de alguna bailarina que va en sus comienzos:

            –¡Rosa! Acércate a ver esto –Peter se ve sorprendido al ver la decadente estructura que se niega a caer de aquel montículo de piedras apiladas.

            –Realmente no creo que mi madre haya venido aquí –Rosa cruza sus brazos e infla sus mejillas, demostrando más incomodidad que decepción por estar ahí.

            –Según cuenta la leyenda, aquí habitaba un vampiro de nombre Sava Savanović, quien mataba a todo aquel que venía a moler sus granos.

            –Y… ¿Con qué finalidad? –pregunta inocentemente Rosa.

            –¡Para beber su sangre, claro! –Peter responde con naturalidad, infligiendo escalofríos en Rosa, pero no este no se percata de eso por lo mismo que continúa buscando algo que le sea útil de aquella vieja estructura.

            –Peter –la voz de Rosa suena infantil, opacado por el hecho de que golpea las piedras las unas con las otras–. ¿Has tenido la necesidad de beber sangre humana?

Con clara confusión, Peter voltea a ver a Rosa, quien luce apenada por tal argumento:

            –Ahora que lo dices, no, no he tenido esa necesidad –la concentración de Peter vuelve al interior del viejo molino, por lo que Rosa vuelve a su juego improvisado pateando piedras.

            –Quiero que sepas que, si llegas a necesitar de sangre, puedes… –el ruido de un objeto romperse interrumpe a Rosa, alterando abruptamente a Peter en el proceso.

            –¿Y ahora que rompiste? –Peter se incorpora iracundo, girando para ver a Rosa, siendo su imagen inmóvil la que calma los nervios alterados de Peter– Rosa, aléjate con mucho cuidado y toma mi mano.

            –¿Es eso un cráneo humano? –exclama Rosa sin dejar de contemplar la parte ósea expuesta a la superficie del suelo, fijando su dedo quieto sobre el punto quebrantado.

Apenas Rosa da un paso hacia atrás, un fuerte crujido proveniente de la tierra se deja escuchar, provocando la inminente caída de Rosa sobre el suelo, que, si no fuera por los reflejos de Peter, hubiera sido trágica por el centenar de piedras sueltas de los alrededores.

            –No te asustes –Peter intenta calmar a Rosa, quien, poseída por la curiosidad, decide ver la causa de su caída, percatándose que de la tierra abierta se exponen viejos huesos de procedencia humana–; son solo cráneos. Por el simple hecho de que se rompieron fácilmente, deben de estar ahí desde hace más de un siglo.

            –¿Se supone que eso debe de tranquilizarme? –el pequeño puño de Rosa golpea sin fuerza el pecho del alemán.

            –Tal vez esa no es nuestra mayor preocupación por ahora –la mirada inquebrantable de Peter se queda fija sobre los árboles, de cuyos troncos comienzan a salir unos espectros femeninos de gran belleza y piel brillosa, casi de la misma estatura que la de Rosa.

            –Son, son hermosas –exclama Rosa maravillada por el pequeño grupo de mujeres fantásticas que se acercan a ellos con expresión neutra–. ¿Qué son?

            –Son leles, hadas de bosques –Peter retrocede un par de pasos, invitando a Rosa a que realice lo mismo–. No atacan al humano al menos que estén enojadas.

La expresión de placer cambia a la de temor apenas Peter ve como las hadas lucen enfadadas con cada paso que se aproximan.

            –Rosa, ¿te acercaste evitando las sombras cuando llegamos? –Peter tuerce un poco su cuello, esperando una respuesta por parte de la joven española.

            –Este… ¿Sí?

            –En ese caso… ¡Corre!

Peter termina por torcer todo su cuerpo para retirarse a toda prisa, tomando la muñeca de Rosa en el proceso, quien le toma un par de segundos en seguirle el paso en lo que, a sus espaldas, los persiguen las hadas, cantando dulces melodías que hacen de aquella pequeña persecución un hecho aterrador.

 

Publicado la semana 18. 27/04/2020
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