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Ignacievij

S.A.P. La Raíz del Árbol: 21

21. ¡Ojos abiertos!

 

Budapest, Hungría, parte del Imperio Austrohúngaro, 13 de mayo de 1916.

Las gotas comienzan a caer desde el firmamento golpeando suavemente el pavimento empedrado de la capital húngara, ciudad que luce tranquila por el paso de los transeúntes que van a sus respectivos destinos ya sea en carros tirados, de combustión interna o a pie; cualquier alternativa es buena siempre y cuando los habitantes puedan descansar tranquilamente antes de que la gris ciudad se ilumine por las farolas callejeras que intentan, como cada noche, evitar que la ciudad sea presa de la oscuridad.

En una de las arterias viales de Budapest, en la esquina de la avenida Andrássy para ser exacto, localizada en el corazón capitalino y a un kilómetro y medio del Danubio, el negro vehículo Rába Grand del inspector Nagy se detiene, para que después el mencionado transporte se vacíe con la salida del inspector, Peter, Rosa y Roksana, todos luciendo algo decepcionados con el viaje:

            –Es una pena que el clima no nos permitiera observar la escena del crimen –comenta el inspector Nagy tras mirar las nubes grises que abundan en el cielo, bajando su mirada apenas recibe el impacto directo de una gota que cae justo en medio de sus ojos–. Por lo menos podemos estar seguros de que ya casi terminan de sacar los cuerpos.

            –Eso es un alivio –añade Peter tras cerrar la puerta y colocarse sobre la banqueta, pero su postura cambia apenas ve la seriedad del detective, por lo que Peter recapacita en las palabras que salen de su boca–. No lo mal interprete; sé que es algo lamentable, y créame, es la primera vez que soy testigo de una atrocidad de esta magnitud.

            –Ya veo. De igual manera, veré que podremos hacer apenas la lluvia se detenga –Nagy mira una vez más al cielo, para después guiar a Rosa y a Roksana hasta la banqueta en donde Peter se encuentra esperando–. ¡Había olvidado por completo que casi siempre llueve en estos días del año!

            –Este tipo de días me recuerda mucho a Valencia…

Rosa mantiene su mirada en las lejanas nubes, mostrando también aires de melancolía; postura que cautiva la atención de Peter, empujándolo a hacer algo con respecto a esa situación, pero su oportunidad es aprovechada por Roksana, quien coloca su mano derecha frágilmente sobre el hombro de Rosa.

            –Y a mí me trae recuerdos de casa, la cual no está muy lejos de aquí –Roksana coloca su dedo bajo su barbilla, como si intentara calcular la distancia entre los distintos lugares–; pero, eso no importa por ahora.

            –Ya que estamos en eso, y para que sus ánimos se levanten, también les recomiendo que, apenas terminemos con todo este caso, visiten un poco la ciudad –el inspector Nagy se muestra entusiasmado ante los elogios de su ciudad natal.

            –¡No dudo que Budapest tenga muchos más lugares dignos de visitar! –una sonrisa angelical se dibuja en las sonrosadas mejillas de Rosa– ¿Algún lugar en específico que recomiende?

            –¡Les encantará el castillo de Vajdahunyad! Un castillo dentro de un bosque con un hermoso lago –el inspector hace un ademan con sus manos como si intentara explicar la fortaleza que menciona–. No está muy lejos de aquí, de hecho. Como a un kilómetro.

            –¡Deberíamos ir, Rosa! –Roksana le da un pequeño golpe a la falda de su compañera– Suena algo tenebroso; apuesto que puede haber fantasmas.

            –Inspector, ¿podría decirme en donde estamos? –interrumpe Peter tras observar detenidamente el edificio de cuatro plantas de color amarillo que comienza en la esquina, teniendo en su interior unas cuantas luces encendidas.

           –¡Oh! ¡Disculpen por no comentarles en el camino! –el inspector Nagy frota su cabeza calva como señal de torpeza– Esta es la casa de un buen amigo mío, Izsák Perlmutter, les brindará comodidades y hospedaje durante su estancia en la ciudad.

            –¿Perlmutter? ¿Ein Deutscher? –indaga Peter sorprendido.

            –Ein Jecke, denke ich –el inspector de policía se encoge de hombros ante la pregunta del alemán–. Cualquier cosa que necesiten, háganmelo saber; usen su teléfono sin pena. De todas maneras, regresaré pronto. Iré por la otra señorita que fue con Roland a la morgue.

            –Estaremos bien.

Peter muestra una sonrisa que deslumbra confianza, para de inmediato girarse junto a Rosa y Roksana y dar con la puerta de aquel edificio que es abierta por un hombre de mediana edad con bigote largo y rojizo, acompañado también por una joven de cabellera roja oscura.

 

Serena y tranquila la luna menguante se desliza por el firmamento ennegrecido, acompañada por unas nubes tenebrosas que dejan caer una ligera capa de lluvia que a intervalos cambia a un torrencial desenfreno acuoso que combina con los repentinos truenos. Mientras eso sucede en la bóveda celestial, Peter, alumbrado por la suave luz de una lampara de aceite, observa detenidamente una serie de fotografías de las víctimas encontradas en la casa de Kiss. Mostrándose algo abrumado, y empleando su puño como soporte para su mejilla, Peter deja escapar un tenue suspiro, para después tomar su cigarrera café guardada dentro de su saco negro colocado sobre la angosta cama de sabanas azules.

            –¡Scheiß! –exclama Peter tras ver la ausencia de cigarros, procediendo como reflejo, a dirigirse hasta su maletín de viaje de donde extrae una cajetilla cerrada y su diario personal.

Después de encender un cigarrillo Peter abre su diario, en especial un apartado resguardado por un bolígrafo, páginas que aprovecha para tomar notas de las ideas que corren por su mente y se acoplan a la investigación que realiza. Es en ese momento en el que decide buscar algún contenedor pequeño para vaciar las cenizas de su cigarro, golpeando accidentalmente su diario tras girarse para alcanzar un vaso de cristal, por lo que, mostrándose fastidiado, hunde su vicio en el cenicero improvisado, inclinándose hacia el suelo para recoger su maltratado diario, mirando con la esquina de su ojo derecho una silueta que deambula por su puerta abierta:

            –¿Rosa? –llama Peter al pensar que es su amiga quien camina por el pasillo, por lo que sale al corredor iluminado por una luz eléctrica muy baja– No deberías estar merodeando por la casa; somos invitados, no tomes esa confianza.

Rosa, vestida en un camisón blanco, se gira para verlo, dirigiéndole una sonrisa antes de adentrarse en su habitación.

            –¿Tenías hambre? Dime que no acabaste con el refrigerador…

Un repentino relámpago interrumpe a Peter, infligiéndole un miedo que lo obliga a encorvarse en su trayecto por el pasillo.

Otro relámpago se hace presente, iluminando las calles y el interior de ese edificio, incrementando la ira de la lluvia que golpea bruscamente la tubería del recinto. Peter se aproxima hasta el marco de la puerta que cruzó Rosa, siguiendo su instinto fraternal de asegurarse de que este bien; pero su travesía es interrumpida por otro relámpago que se deja escuchar, iluminando el pasillo con tanta intensidad que le permite a Peter ver su propia sombra en el piso de madera, acompañada de otra silueta de menor tamaño a la suya:

            –¿Qué sucede?

Peter se contiene de gritar al percatarse de que es Roksana quien lo acompaña, ataviada con una larga toalla blanca que cubre su cuerpo.

            –¿Qué… qué estabas haciendo? –el rostro de Peter comienza a recuperar vida.

            –Estaba cenando con los Perlmutter; ahora tomaré un baño.

            –¿Y Rosa?

            –Se fue a la cama hace como media hora; dijo que se sentía cansada –Roksana sujeta su toalla en un intento de no quedar expuesta–. ¿Sucede algo?

            –Nada… nada. Regresaré a mi cuarto.

Peter se adentra una vez más a su habitación, dirigiéndose al escritorio en donde había colocado su maltratado diario, percatándose de que, entre las maltratadas hojas, sobresale un sobre sellado, el cual toma con delicadeza para voltearlo y leer el remitente:

“Para: Marianne Moran. 1 allée Paul Feuga, Toulouse, France, 31000.

De: Gusztáv Berencsi. Budapest, Andrássy út 60, 1062 Hungría, Magyarország”.

Una bola de saliva recorre la garganta de Peter, al mismo tiempo que sus ojos opacos comienzan a leer detenidamente la carta que debió haber dejado hace mucho en la oficina de su superior. La lluvia deja su agresividad por un momento, dejando que el agua de la regadera golpee la vieja tubería de aquel departamento, dándole al ambiente un poco de incomodidad al ser el único ruido de mayor intensidad en todo el lugar.

Sumado al ruido de la tubería y la llovizna que acaricia todo lo que puede, el ruido de unas ruedas de madera deteniéndose en la lejanía le adhiere un poco más de melancolía a la noche, detalle que Peter no aprecia, ya que se enfoca en buscar otro cigarrillo antes de leer la carta, tomando un poco de valor a la par que una gran cantidad de recuerdos inundan su cabeza; hasta que finalmente decide leer aquel pedazo de papel escrito con un francés quebrantado, sintiéndose un poco incomodado por el rechinido de un caballo que se escucha desde las cercanías, ruido que decide ignorar en su totalidad.

 

9 de junio del presente 1915.

Mi estimada Marianne, discípula mía.

Antes que nada, disculpa por mi poca comunicación contigo; no me gustaría que pensaras que ya te he olvidado, ¡Al contrario! Tú has resultado ser mi gran triunfo, la llave que nos llevará al éxito total en esta nuestra misión. La verdadera razón del porqué no me había comunicado contigo apenas “renaciste” fue esta guerra, esta maldita, despiadada y vil guerra que los mismos mundanos han provocado y ha causado las bajas en nuestra causa. Pero no me refiero sólo a la guerra en la que están involucradas las naciones; no, esa guerra no es la única. Me refiero a la guerra que por siglos han librado los humanos ordinarios, nuestro alimento, contra los nuestros. Y no solo los nuestros, ¡Los aliados han aumentado!

Quizás te preguntes: ¿Quiénes son esos aliados? Pues se podría decir que nuestra estirpe no está sola, que todo aquello que se considera folclore, leyendas y mitología, está basado en algo, y ese algo ha estado oculto ante la ignorancia de casi todos los humanos; y es ahí que nosotros intervenimos para lograr nuestro cometido: nuestra supervivencia como tal. Verás, querida alumna, de los nuestros quedan muy pocos, y replicarlos es una labor muy, pero muy complicada: tú eres un éxito ante dos decenas de fracasos. ¡Ni qué decir de nuestros aliados! Los hombres-lobo (así como lo lees), están casi en extinción, quedan muy pocos y las familias reales están por sucumbir; los berserkers, los puros, todavía tienen oportunidad, si no fuera porque están siendo malgastados como carne de cañón en las trincheras hediondas. ¡Y ni que decir de los errantes! De esos quedan como cuatro en el mundo, pero la alianza con ellos no es nada segura. Lo mismo sucede con los magos, hechiceros y las brujas mayores; su interés es nulo, y, por ende, lo mejor es acabar con ellos antes de que se alíen entre sí.

Se que son muchos términos nuevos para ti, mi pequeña alumna, pero con el tiempo entenderás de que se trata todo esto. Y es aquí, en este punto culminante, donde tu entras. ¿Recuerdas la manera en que te renací como el bello ser que ahora eres? Espero que sí; y la misma metodología que fue empleada contigo, debes implementarla con muchos otros. “¿Cómo?”, lo más seguro es que te lo preguntes, y la respuesta es sencilla: tienes que convertir a unos cuantos, los que tu consideres necesario; empieza con tres (es probable que fallezca uno o dos, pero el que sobreviva basta), especialmente soldados, necesitamos un ejército pequeño pero fiable. Sigue el procedimiento a la ligera, como los antiguos, no los consumas de manera abrupta o morirán, o en el peor de los casos, perderán el control total de sí mismos.

De igual manera, documenta todo, cualquier mínimo detalle, esto para que en un futuro los resultados sean perfectos. Yo haré lo mismo, continuaré con este proyecto desde las trincheras del enemigo de tu nación, al final de cuentas, las naciones no importaran apenas nuestra misión culmine. Lamentablemente los humanos de la Orden estuvieron cerca de acabar con el laboratorio de Budapest, y, por azares del destino, fui enlistado en la ruin armada de esta que llamo patria, por lo que te he tenido que corresponder desde el frente, en donde me he alimentado, y experimentado, con los que caen por las garras del plomo, con el temor de ser descubierto con cada minuto que paso en este horrible matadero.

Por esa misma razón nuestra causa está en riesgo, pero gracias a nuestra “bendición” (por así llamarle) sigo vivo, en lo que cabe; así que por el momento esta responsabilidad cae en tus hombros. Pero no te angusties, yo haré todo lo posible por asesorarte desde este horripilante y húmedo lugar; aunque, por las razones de la Orden y su cacería infinita, me veré obligado a usar un alias, así que no te sorprendas si repentinamente ves otro nombre en tu correspondencia. De igual manera, mis cartas serán enviadas desde la misma dirección, la persona propietaria de ese lugar no está al tanto de eso, pero no creo que se moleste en saber lo ocurrido.

Hasta aquí te envió mis más sinceros respetos y mi ofrecimiento de nuevas esperanzas, si todo marcha bien, nos volveremos a ver apenas esta guerra de humanos termine. Que la oscuridad sea nuestro refugio en lo que la luz nos recibe.

 

Tu sincero amigo, Hoffmann.

 

El agua de la regadera se detiene al momento y la boca de Peter luce media abierta, mientras que en sus dedos se hace presente la quemadura de un cigarro ya extinto. El rechinido del caballo vuelve a escucharse, así como el sonido de la tubería exterior que se mueve frenéticamente y la puerta del baño que se abre, acompañado por las pisadas de los pies desnudo de Roksana que chocan con la madera del piso, dando indicios de que se dirige a la habitación compartida con Rosa. De repente, un grito en seco se deja escuchar, alertando de inmediato a los habitantes de aquel hogar, siendo Peter el primero en levantarse de la silla y correr despavorido hacia la habitación contigua.

            –¡¿Was passiert?!

Peter recibe como respuesta la temblorosa figura de Roksana envuelta en una toalla mojada, señalándole la silueta femenina que se sujeta con una mano al marco de la puerta, mientras que, con su otra extremidad sujeta al cuerpo inerte de Rosa contra su propio hombro, para que de esa manera no caiga al vacío.

            –¡¿Qué diablos crees que haces con ella?! ¡Bájala en este mismo instante!

La misteriosa mujer de cabello castaño claro y marcados labios rojos le dirige una mirada desafiante a Peter, para después soltarse de la orilla de la ventana sin mirar hacia abajo. Al ver esa mortal escena, Roksana se lleva sus manos a la boca, mientras que Peter se apresura hasta el marco de la ventana, observando desde ese punto a la calle, visualizando a la mujer de gabardina holgada con Rosa en su hombro adentrarse en un carruaje, volteando una vez más hacia la ventana del segundo piso en donde Peter se encuentra, dirigiéndole nuevamente una mirada de desprecio, expresión que se ve resaltada por una cicatriz que recorre desde el centro de su frente hasta llegar a su mejilla izquierda.

            –¡Espera! –grita Peter antes de poner su pie en el marco de la ventana para lanzarse.

            –¡No, señor Gest! ¡Estamos en el segundo piso…!

Roksana intenta advertirle a su superior en vano, ya que este salta sin medir las consecuencias, golpeándose bruscamente sobre el pavimento empapado, usando como escudo su brazo izquierdo.

El carruaje parte en el instante en el que Peter logra incorporarse al mismo tiempo que muestra signos de dolor al sujetarse el codo izquierdo. Mientras tanto, Roksana se retira de la ventana del segundo piso para tomar sus prendas y vestirse, saliendo de aquel cuarto y correr escaleras abajo hasta llegar al recibidor en donde ya se encuentran el señor Perlmutter y su hija, justo debajo del marco de la puerta principal.

            –¿Qué ha sucedido? –exclama el señor Perlmutter mientras se frota el bigote.

            –Es Rosa, nuestra amiga… ¡Se la llevaron! –Roksana aparta gentilmente a la hija de su anfitrión, saliendo del edificio hasta llegar a la banqueta en donde está Peter manteniendo una mirada perdida hacia la dirección que tomó el carruaje– ¿Cómo está tu brazo?

            –Se encuentra bien; no me duele tanto como lo esperaba –Peter sigue sin despegar su mirada de aquella dirección– ¿Qué hay en ese rumbo?

            –¡Eso no importa, frate! –Roksana intenta mantenerse inquebrantable, pero en un vano intento– Tenemos que localizar al inspector y a sorella Romina y…

            –Por ese rumbo está el castillo de Vajdahunyad –comenta con una voz tenebrosa y con un marcado acento alemán la hija del señor Perlmutter.

            –Vajdahunyad…

Peter voltea al marco de la puerta, mostrándose serio y confundido al mismo tiempo, apariencia que se desvanece de golpe apenas clava sus oscuros ojos en la esquina de la casa, esquina en donde yace incrustada la placa del nombre de la calle, mirando el diminuto letrero que cuelga encima del marco de la puerta.

            –Avenida Andrássy, 60…

Una lluvia de pensamientos aborda la mente de Peter, recordando el instante en cuando abrió el sobre que minutos antes tenía en sus manos; todo esto mientras hace contacto visual con Roksana, luego con la hija del dueño de la casa y finalmente enfocarse en el señor Perlmutter, el cual da un par de pasos hacia Peter:

            –Herr Peter ¿Qué le sucede? ¿Se encuentra…? –el señor Perlmutter no termina la pregunta cuando Peter se le abalanza poseído de rabia, sujetándolo de su camisa blanca– ¡¿Herr Peter?!

            –¡Basta de cortesías, Hoffman! –dice Peter entre dientes, ignorando la expresión de susto que expresan las jóvenes al observar tan esporádica escena de violencia– ¿O prefieres que te llame Kiss?

            –No… no sé de lo que habla… ¡Se volvió loco! –Perlmutter intenta zafarse de las manos de Peter, quien lo empuja hacia el interior del edificio hasta la sala de recepción, iluminada por la luz eléctrica de un enorme candelabro– Entiendo que está enfadado por lo que acaba de pasarle a su amiga; pero si no me suelta… se meterá en serios problemas.

Peter ignora las suplicas de su anfitrión, por lo que libera el puño derecho listo para ser usado, acto que obliga al señor Perlmutter a ladear su rostro y cerrar los ojos en la espera del inevitable golpe, golpe que se tarda en aterrizar, lo que incita al anfitrión a levantar su mirada para percatarse que su agresor se ha quedado observando a un boceto antiguo de una cruz en llamas sobre un dragón colgado a lado de una pintura grande que la opacaba.

            –Esa imagen… ¿De dónde la consiguió? –la voz de Pete se escucha serena a comparación de hace unos instantes, soltando definitivamente al señor Perlmutter.

            –Me la regaló un burgués rumano que se hospedó aquí a principios de año… como gratitud…

            –¿Recuerda su nombre? –pregunta Peter sin dejar de observar aquella imagen antigua.

            –Sí; trabajo con él en el museo dentro del castillo de Vajdahunyad –añade el señor Perlmutter con un tono de voz más tranquilo y relajado–; es el barón Gusztáv Berencsi.

Apenas Peter escucha el nombre del hombre que tanto busca, su mente se nubla completamente, teniendo solamente presente, la imagen de Hugo a punto de abordar un tren, dirigiéndole unas palabras antes de partir:

            –Como ya te dije; Berencsi quiere hablar contigo, no sé cuáles sean sus intenciones –con maleta en mano, Hugo coloca un pie en el escalón del vagón.

            –Entonces, dime dónde encontrarlo –le reprocha Peter algo iracundo.

            –Está en Budapest; en ese lugar que te dije cuando estaba por matarte en Liechtenstein. Era una fortaleza o algo así –Hugo frota su cabeza en un intento de recordar–. No recuerdo bien el nombre, pero eso no importa; él te encontrará a su debido momento. Sólo pon atención a los detalles.

            –El castillo de Vajdahunyad –balbucea Peter, confundiendo tanto al señor Perlmutter como a su hija y a Roksana, las cuales apenas se habían adentrado al edificio.

Sin decir nada, Peter sale despavorido del edifico casi derribando a ambas jóvenes en su trayecto, llegando hasta la vacía avenida Andrássy, partiendo a toda prisa hacia el noroeste e intentando no resbalarse sobre el asfalto mojado, llegando hasta una rotonda adornada por espesos árboles en donde reduce su velocidad para tomar aire.

            –Rosa… Berencsi… mamá…

Peter comienza a tomar pulso para emprender nuevamente su carrera, levantando su empapada cara para observar el trayecto: un boulevard adornado por una larga fila de edificios y árboles que terminan hasta una plaza histórica.

Peter comienza a correr, esta vez cegado por una sed de venganza que lo impulsa a llegar hasta el Monumento del Milenio, siendo recibido por la estatua del Arcángel Gabriel en la punta de la columna principal. Peter, deteniéndose por un instante para recuperar la respiración y no llamar la atención de la poca gente que pasea en la plaza, decide observar el entorne, ubicando rápidamente el puente al otro extremo de la plaza, a donde se dirige para poder localizar al castillo de Vajdahunyad, edificio que se ve perfectamente desde el inicio del puente, teniendo como obstáculo al pequeño lago opacado por las nubes oscuras.

En un último intento por llegar hasta aquel recinto y motivado por la desesperación de encontrar a Rosa, Peter apresura su paso para cruzar el puente y cortar camino por un sector del parque escaso de árboles, llegando hasta otro puente que da directo a la entrada del castillo-museo, en el que se adentra con paso lento, alerta en caso de ser atacado. Todavía con su respiración agitada y sus ojos moviéndose de un lado a otro, Peter cruza por la Iglesia de Jak, siguiendo de largo por las altas torres de estilo gótico, llegando hasta la entrada del Museo de Agricultura Húngara, en donde se encuentra el carruaje en el que Rosa fue secuestrada custodiado por la enorme figura de un ser extraño adornado por una túnica negra de bordes rojos y con una capucha que deja al descubierto sus ojos marrones:

            –Bienvenido, Herr Gest –comienza a hablar el custodio en alemán con un marcado acento rumano–. El amo Berencsi lo espera en el aula del piso superior. Sólo siga las escaleras a la planta y ahí lo verá.

            –Muchas gracias, perro faldero –responde Peter a la defensiva, incitando a que el alto guardián de aquella puerta le gruña como un animal salvaje al pasar a su lado.

Con una respiración honda y exaltada, Peter sube las escaleras de la iluminada galería, llegando a la planta alta, en donde se ve de frente con una puerta cerrada que da a otra galería; pero se desvía hacia su derecha, llegando a la altura de una estatua de una mujer que sostiene un frutal en su mano. Apreciando la escultura por unos segundos, Peter gira hacia su derecha nuevamente, siguiendo derecho el trayecto hasta llegar a una especia de balcón interior, pasando a lado de una pintura antigua en la que yace plasmada la imagen de una joven de la edad de Rosa vestida con un atuendo anaranjado que ayuda a resaltar la cabellera negra de la joven, mientras que en su rostro angelical presume su lengua rosada que cuelga de manera infantil, dándole un toque único a tan realista retrato.

Peter deja de lado la imagen, tomando un poco de aire antes de adentrarse más en el aula, la cual luce adornada por unas cuantas armas medievales que cuelgan entre las columnas de las ventanas, así como también hay otras dos pinturas parecidas a la primera, ambas con dos jovencitas plasmadas con cada trazo.

Apenas Peter da un par de pasos más en esa sección, este logra apreciar una mesa mediana de madera con dos sillas a los lados, y con unos alimentos sobre el mueble; mientras que, de pie, aguarda un elegante caballero con capa roja de terciopelo, prenda que le hace resaltar su cabellera amarilla blanquecina perfectamente peinada hacia atrás:

            –Hallo, jongen. Ha pasado mucho tiempo –comenta Berencsi en holandés con una voz sombría y tenebrosa, a lo que Peter no responde, por lo que Berencsi se acerca a la mesa adornada de alimentos y, con su blanca mano y cubierta de vellos, le hace una cordial invitación a Peter para que se acerque también–. Te ves algo agitado, ¿gustas un vaso de leche con cereales? ¿Vino?

            –No, gracias –Peter se muestra desafiante ante la invitación de Berencsi–. De seguro son cosas que le robaste a los campesinos de la región.

            –Ya no tengo necesidad de hacer eso. Tal vez prefieras un vaso con jugo de naranja; a tu madre le fascinaba…

Berencsi levanta un vaso con jugo como cortesía, antes de que Peter se abalance sobre él a toda prisa, extendiendo su mano hacia los artículos militares antiguos, atrayendo consigo una espada que emplea para atacar ferozmente a Berencsi.

            –¡No metas a mi madre en esto! –Peter, pareciendo que flota en el aire, aplica presión sobre la espada con la que ataca a su rival, el cual usa su brazo derecho que sostiene el vaso de cristal para defenderse de la agresión.

            –Esa szabla, si mal no recuerdo, tenía el otro par… antes de que me la robaran. ¿La trajiste? –Berencsi empuja con su brazo de defensa la espada de Peter, lanzándolo lejos de él, mostrándole al mismo tiempo, que no ha sufrido daño alguno.

            –Esa otra espada… ¡¿Es la que le diste a Bertha cuando nos mandaste a matar?! –Peter ve como Berencsi se acomoda su cabellera hacia atrás con su paliducha mano, dirigiéndole una mueca de seguridad acompañada por su tenebrosa mirada reflejada a través de sus ojos negros como la noche.

            –¿Qué parte de que me la robaron no entendiste?

Berencsi ahora muestra seriedad en su blanco rostro a la par que Peter se prepara para lanzarle otro golpe con la filosa espada dirigiéndola a su cuello; pero Berencsi logra retroceder evitando el fatal corte que pudo haber recibido, acercándose a una columna en donde se encuentra una espada de caballería colgada, que usa para enfrentarse a Peter apenas este le intenta dar un tercer golpe.

Blandiendo su espada como defensa ante cada golpe que recibe, Berencsi logra guiar a Peter por el pasillo, luego, baja las escaleras llegando a la entrada principal en donde se encuentra el misterioso guardián, quien luce tranquilo en lo que ambos contrincantes salen al patio central del castillo.

            –Será mejor que tengamos nuestra “charla” en este lugar; no me gustaría dañar los tesoros del museo –añade Berencsi sin intención de burla, a lo que su subordinado sonríe detrás de su roja bufanda, risa que se desvanece apenas es casi derribado por una delgada silueta que lo ataca desde arriba.

            –¡Yo seré tu oponente! –exclama Roksana con valentía, mientras apunta con su espada corta en la dirección del vigilante– ¡Wróżkowa księżniczka!

            –Una princesa, dices… –dice el guardián con un brillo en sus ojos, procediendo a dar un salto sobrehumano en contra de Roksana.

Publicado la semana 16. 19/04/2020
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