15
Ignacievij

S.A.P. La Raíz del Árbol: 18-20

18. Amnistía.

 

Czinkota, Hungría, parte del Imperio Austrohúngaro, 10 de mayo de 1916.

Las voces en húngaro de los soldados y policías que llegan a la pequeña casa de fachada sencilla pero resistente, acompañados por las indicaciones de un señor casi calvo y con ligero sobrepeso, enaltecen los aires de curiosidad que impulsan a los vecinos a asomarse afuera de sus respectivas casas para apreciar a los uniformados que caminan sobre el fango seco que abunda en el área residencial.

            –Vengan, vengan; es por aquí –indica aquel sujeto de mediana edad, guiando a los soldados al interior de la vivienda hasta una puerta de madera gruesa, sellada por un pesado candado–. Son siete barriles; los vi cuando los tenía apilados fuera de la casa, pero ahora están en el sótano. Lamentablemente no tengo la llave para abrir la cerradura.

            –No se preocupe por eso; yo tengo una copia –comenta un policía de alto rango que se adelanta entre los soldados, desvaneciendo la frustración del encargado de mandil negro.

            –¿Una copia? ¿Cómo la consiguió? –reprocha el guía mientras que el oficial introduce la llave en la ranura del candado.

            –Él mismo me la dio.

El uniformado encoge sus hombros antes de que el candado se abra, meciéndose como un péndulo en el aire, por lo que el oficial de alto rango, asistido por un soldado, abren la gruesa puerta para descender una decena de escalones en el interior, llegando hasta un sótano pequeño levemente iluminado por la luz externa, en donde yacen unos siete barriles medianos de metal con tapa sellada, amontonados en uno de los rincones de la habitación subterránea.

De los cuatro soldados presentes en la casa, dos son los que se adentran sin sus rifles, acompañados por el oficial de policía y por el sujeto de mandil negro; mientras que en la parte de arriba se abre paso una señora de mediana edad, algo regordeta y con una pañoleta azul amarrada a la cabeza, quien comienza a hacer preguntas a los dos soldados que aguardan en la parte de arriba.

            –Así que estos son –comenta uno de los soldados al contemplar los barriles metálicos–. ¿Y está seguro de que todos están llenos de gasolina?

            –Sólo hay una manera de asegurarse, bájenlo por favor –indica el responsable del lugar a los soldados, quienes colocan uno de los barriles en el suelo terroso con dificultad.

            –Pesan más de lo que aparentan… como si tuvieran algo adentro –añade el segundo militar tras colocar sus manos en la parte trasera de su espalda.

            –Eso es extraño. Según él me había comentado que sólo los había llenado de combustible –explica el oficial policíaco al mismo tiempo que observa como el encargado del lugar toma un desarmador de punta plana de una mesa cercana y lo intenta incrustar en las laterales de la tapa metálica para abrirla, pero falla en el intento; así que lo clava más al centro, creando un agujero pequeño de donde emana un hedor que se apodera del lugar.

            –¿Qué es esa peste? –el encargado del lugar cubre su boca y nariz con su mano izquierda, acto que los demás presentes imiten por inercia.

            –Huele a… alcohol con algo corrosivo…. –se adelanta a decir el primero soldado desistiendo de acercarse al contenedor, por lo que el policía de alto rango no duda y, manteniendo la respiración, se aproxima para agitar el bote con ambas manos, movimiento que deja al descubierto que hay algo más que gasolina en el interior del contenedor.

            –¡Llame al Departamento y que traigan refuerzos! –orden con voz severa el oficial al encargado del lugar, quien sale de ahí subiendo por las escaleras en donde casi cae– ¡Dígales que se ha cometido un crimen!

Apenas el encargado de mandil negro logra subir y abrirse camino entro los otros dos uniformados, este se encuentra de frente con la humilde mujer, apartándola de su camino cordialmente para salir de aquella modesta casa. Aprovechando la confusión de los militares de la parte de arriba, la señora de mediana edad y de talla ancha se adentra al sótano, siendo detenida en su travesía por el segundo soldado, quien la sostiene delicadamente de los brazos:

            –¿Qué están haciendo? Él inquilino de esta casa me encargó que dejara todo en su lugar y que… –apenas la mujer intenta terminar su excusa, el fétido olor la golpea bruscamente, obligándola a que se refugie en la base de las escaleras, en donde escupe asqueada por la peste.

            –¡Llévala arriba! –ordena el policía al soldado que baja por las escaleras, a lo que obedece sin dudar, guiando a la mujer del brazo hacia el exterior.

            –¿Qué hacemos nosotros? –pregunta el primer soldado, dando a entender que ya se está acostumbrando al hedor saliente de aquel barril de metal.

            –Vamos a abrirlo –dice el policía después de tragar su propia saliva.

Ambos uniformados se miran mutuamente con profunda preocupación, dirigiéndose de inmediato al barril metálico, el cual abren con sus respectivas navajas, empujando la tapa hacia arriba de tal manera que esta es impulsada hacia un lado por la presión interna, dejando al descubierto el tenebroso contenido que horroriza a ambos soldados: en el interior del barril yace una joven mujer desnuda de cabellera oscura conservada en litros de alcohol, y con una bufanda de seda rodeando su conservado y blanco cuello.

 

No pasa ni media hora cuando ante ese amplio barrio pueblerino llega un camión Rába V con una veintena de soldados en su interior, seguido por un pequeño carro negro tipo Rába Grand, del que sale un tipo de traje gris casual que hace juego con un bigote grueso y bien recortado que le da un aire de ser una persona autoritaria de entre los recién llegados. Con paso rápido y firme, el sujeto de sombrero gris y corbata negra se encamina hasta la entrada de la vivienda, en donde lo recibe el otro oficial de policía:

            –Detective Nagy –dice el oficial de policía sin desprenderle la mirada–, llegó más rápido de lo que esperaba.

            –Condestable… me imaginé que sería una emergencia si el mensaje venía de usted –responde el detective, quien de inmediato es dirigido por el Condestable hacia el interior del hogar, quitándose en el proceso su gris sombrero, dejando al descubierto su cabeza casi afeitada–. Así que dígame… ¿Qué es lo que encontraron exactamente? ¿Un cadáver?

El detective Nagy detiene su paso a la altura de la entrada al sótano, girándose levemente al no tener una respuesta por parte del Condestable ni de los soldados.

            –Creemos que no es solamente una víctima –contesta uno de los soldados con un tono temeroso, por lo que el detective frunce su ceja tras escucharlo.

            –Movimos los demás bidones; al parecer casi todos tienen un cadáver dentro –añade el otro soldado con el mismo tono de preocupación–. Será mejor que los vea usted mismo…

Sin decir palabra alguna, el detective Nagy baja los peldaños de madera apresuradamente, siendo golpeado por una ola de pestilencia apenas llega a la escena del crimen, lo que lo obliga a cubrirse la boca con el pañuelo blanco del bolsillo de su saco.

            –¡Te jó ég! –exclama el detective, pero eso no lo detiene de observar de reojo al contenedor metálico exponiendo el cadáver a la vista– Hay que abrir los demás contenedores.

Los soldados, quienes al parecer ya están algo acostumbrados al olor putrefacto, lo obedecen de inmediato, y, tomando el suficiente valor posible, acomodan los contenedores en el sótano, abriéndolos de uno en uno, encontrando una escena aún más macabra:

            –¡Sólo un contenedor tiene gasolina! –grita uno de los soldados mientras se cubre sus fosas nasales– Los demás tienen cuerpos también… de mujeres; todas estranguladas.

Ante tal descubrimiento, el detective Nagy se mantiene pasmado, intentado mantener el porte de estabilidad, siendo su mirada quien lo delata ante los solados.

            –¿Quién vive aquí? –el detective no despega su compasiva mirada de uno de los barriles, en donde yace el cuerpo desnudo de una joven sutilmente acomodada en el barril de metal, cuyos ojos cristalizados no dejan de apuntar al techo.

            –El Condestable y el rentero mencionaron su nombre; lo mejor es preguntárselo a ellos –responde uno de los soldados antes de ir hacia arriba, saliendo directamente a la cocina, en donde los esperan el oficial de policía acompañando al tendero que intenta consolar a la mujer de la servidumbre.

            –Él no se veía como una persona capaz de hacer eso; era amable y bien conocido por todos por su amabilidad –el rentero de mandil negro intenta buscar una justificación ante tales actos, pero al encontrarse con la demacrada expresión facial del detective, un frío sudor empieza a empaparlo.

            –Otra cosa, esta señora casi nos impide abrir el primer bidón –comenta el segundo soldado, por lo que el detective les ordena a dos policías que la arresten.

            –¿Qué me están haciendo? ¿Por qué me esposan? –exclama entre suplicas y sorpresa la encargada de limpieza– ¡Yo no hice nada! ¡No tengo nada que ver con esto!

            –¿Cuál es su nombre? –la interroga el serio detective, extrayendo una cigarrera de la que toma un cigarro para encenderlo.

            –Ella, ella es la señora Jakubec –se adelanta a responder el rentero–; fue contratada por la persona que rentaba esta casa para que hiciera la limpieza.

            –Señora Jakubec, ¿por qué intento detener a los soldados?

            –Me dijo que era peligroso mover los barriles con gasolina porque había material peligroso allí abajo… ¡Pero les juro que no tenía idea de que él había hecho! –esa última oración es acompañada por un fuerte grito de desesperación acompañado de lágrimas de impotencia– ¡Es más! ¡Él mismo me prohibió entrar a una habitación de esta casa! La única vez que me lo dijo me dio miedo… incluso su actitud cambió.

Los representantes de la ley se miran confundidos los unos a los otros, por lo que se ven obligados a suavizar su actitud hacia la desesperada mujer.

            –¿Cuál cuarto es ese? –pregunta el Condestable, mientras que el detective Nagy les da unas indicaciones a unas personas de apariencia medica que acaban de llegar, dándoles un breve resumen de los acontecimientos.

            –Es el que está casi al final de la casa, parece un despacho o algo así –responde la señora Jakubec con algo de tranquilidad.

            –¿Nos llevaría hasta esa habitación, por favor? –añade el detective Nagy al mismo tiempo que le dice a un policía de que le remueva las pesadas esposas, siendo también interrumpido por un horroroso grito al unísono acompañado de maldiciones en húngaro provenientes del sótano– Cabo, será mejor que acompañe a los médicos.

Después de que el militar baja al sótano en el que ya había estado, el detective Nagy, junto al Condestable, el rentero, el otro soldado y un policía adicional, son guiados por la señora Jakubec hasta una puerta blanca, en la que se detienen para que la dama abra esa entrada:

            –Nunca se me brindó la llave de esta habitación –dice la señora Jakubec aturdida.

            –No se preocupe, yo debo tener una copia aquí –interrumpe el rentero, apartándola cortésmente del camino a la par que de su mandil extrae un llavero con una docena de llaves–. Esta debe de ser.

Apenas la llave es introducida en la ranura del cerrojo y es girada, la puerta se abre impulsada por el viento, a lo que el rentero la empuja para abrirla por completo, permitiendo que los investigadores entren y encuentren un estudio mal ordenado, adornado por un estante mediano con libros y cartas empalmadas sobre el modesto escritorio de madera.

            –Estos libros… son muy específicos y delatadores –el Condestable se frota su barbilla afilada y bien rasurada, que hace juego con su rostro no tan juvenil pero tampoco tan envejecido–. ¡Casi todos tratan de venenos, torturas y técnicas de estrangulamiento!

El detective Nagy parece ignorar la información que el Condestable le brinda, debido a que su seria mirada se clava sobre las cartas en el escritorio, las cuales comienza a esparcir sobre la madera brillosa como si las acariciara con la yema de sus dedos.

            –¿Tiene idea de donde se encuentra la persona que renta esta casa en este momento? –indaga el detective sin perder la vista del escritorio, dirigiéndose al rentero.

            –El señor Kiss, quien rentó este lugar por algunos años, fue reclutado por el Ejercito y enviado al frente serbio –responde consternado el encargado; sin embargo, el detective mantiene su enfoque en las cartas, las cuales ordena por fechas como puede.

            –Son más de 100 cartas, la más vieja es de… ¡1903! –susurra para sí mismo el detective hasta que su atención se desvía sobre un álbum de fotos casi escondido entre ese revoltijo de papeles, el cual ojea de manera rápida, para después dirigirse al policía y al soldado que esperan en ese cuarto– ¡Quiero que vayan al Servicio Postal y que bloqueen toda la correspondencia actual que esté membretada con esta dirección y notifiquen al Ejercito que es importante que encuentren y arresten inmediatamente al soldado Béla Kiss!

Dando una señal de afirmación con su barbilla, ambos subordinados salen a toda prisa del lugar, pasando de largo a los demás uniformados que esperan tanto adentro como afuera de aquella pequeña casa, la cual ya está rodeada por los curiosos que merodean a los alrededores.

            –Detective Nagy… tiene que ver estas cartas –el Condestable señala las firmas escritas en la parte inferior de cada pedazo de papel, lo que causa que el rostro del detective se torne sorprendido.

            –“Hoffman”; este enfermo es el Hoffman que tanto han mencionado –susurra el detective tras leer la firma, para después dirigirse al rentero que espera con mucho nerviosismo–. Dígame, ¿Ha tenido más noticias de este inquilino suyo?

            –Sí; al parecer… murió en combate.

            –¿Cómo dice? –exclama el detective muy sorprendido.

            –Verá… hace unos cinco meses llegó la noticia de que el señor Kiss había fallecido en un hospital militar en Belgrado… después de pelear en los Cárpatos –las tristes palabras de la ama de llaves obligan al detective Nagy a sentarse sobre la única silla del escritorio, colocando sus manos sobre su rapada cabeza en señal de frustración.

            –¿Podría explicarme por qué usted, señora Jakubec, ha venido a esta casa si su patrón ya había fallecido y no hay nadie que le pague? –dice el detective sin levantar la mirada del montículo de cartas sobre el escritorio.

            –Pues… después de saber su muerte, su abogado me citó para cobrar una pequeña herencia que el señor Kiss me había dejado –comienza a justifica la señora Jakubec de manera temblorosa–, por esa razón he venido a esta casa a…

            –¡¿Le dejó una herencia?! ¿Por qué le dejó dinero?! –las intimidantes palabras del detective hacen que la señora Jakubec se sobresalte, pero, con lágrimas en los ojos, continúa con su parte de la historia.

            –¡Yo no sabía que me había dejado el dinero hasta que el abogado me llamó! ¡Él fue quien me dijo que había recibido una carta del señor Kiss diciendo que este dinero me lo dejaba porque sentía que no iba a regresar del frente, y porque a pesar de la poca comunicación que teníamos, me tomó algo de afecto! –la señora Jakubec se detiene para tomar un poco de aire y para deshacer el nudo de su garganta– ¡Eso fue lo más amable que alguien hizo por mi después de enviudar! Es por eso por lo que decidí venir a esta casa a honrar su memoria conservando sus cosas intactas, rentando esta casa que brillaba con ese carisma que me recordaba un poco a mi propio hijo.

Finalmente, son sus mismas palabras que terminan por quebrantar a la señora Jakubec en un llanto profundo que cubre con sus manos, por lo que el rentero se le acerca, intentado consolarla al colocar su brazo sobre su hombro:

            –Su hijo falleció en los primeros días de la guerra –añade el rentero con una voz baja.

            –Entiendo –dice el detective con un tono de empatía–. Me imagino que no tenía idea de que los contenedores tenían algo más que gasolina en su interior antes de donarlo…

            –Ella no llamó al Condestable para que se llevaran esos barriles –se apresura a explicar el rentero–. Fui yo; me acordé de que una vez vieron al señor Kiss moviéndolos. Cuando llegó el Condestable, él le dijo que era gasolina que guardaba como reserva en caso de que una guerra empezara; me imagino que ya lo presentía como todos. Y bueno, yo ya había olvidado eso hasta que haciendo unas reparaciones en el almacén del jardín encontré algo similar a la tapa de un barril casi enterrada, accidentalmente la llegué a perforar con un destornillador y…

El rostro del rentero cambia de la nada a sorpresa y miedo, lo que lo limita a seguir hablando.

            –¿Sucede algo? –el Condestable se apoya sobre el escritorio, mirándolo con una incertidumbre que se asimila a la que refleja el miso detective Nagy.

            –Pensé que era un gato o algún otro animal muerto…

            –¿De qué habla?

            –Después de que perforé esa tapa… salió un olor raro. Un inquilino de las cercanías, un químico, iba pasando por allí y dijo que apestaba a algo pudriéndose y… –la palidez reflejada en el redondo rostro del rentero lo detiene de golpe, por lo que, moviendo su mano, les indica a los representantes de la ley que lo sigan afuera de la casa, llegando hasta donde está un almacén improvisado con madera vieja– Es aquí.

La mano del rentero señala a una pequeña montaña de lodo seco, la cual el detective Nagy escarba con su navaja de bolsillo, hasta que esta se encuentra con una superficie metálica.

            –¡Traigan unas palas! –ordena el Condestable obedecido por un par de policías.

Mientras tanto, el detective Nagy se vuelve a incorporar, colocando sus manos sobre su cabeza, mostrándose más preocupado que cuando encontró los cadáveres, siendo su temor más grande al ver como a uno de los médicos que se había adentrado al sótano salir apresurado, invitándolo a acompañarlo a la primera escena del crimen:

            –¡No creerá esto! –comenta el médico con asco en sus ojos.

            –¿Qué encontraron? –indaga el detective mientras se acerca a uno de los barriles.

            –Mire las marcas del cuello de esta víctima, y de esta también, y de la otra… –el detective se deja guiar por el médico, llevándose una sorpresa mayor con cada observación que hace– estaban cubiertas por sogas o bufandas.

            –¿Agujas?

            –Aún no lo sé, señor, pero de lo que sí estoy seguro es que les sacaron las sangre…

El detective sale de ese lugar asustado, palideciendo con cada paso que da, llegando nuevamente a las afueras de la casa, en donde observa como policías y soldados trabajan en equipo escarbando gran parte del jardín y la entrada al bosque contiguo.

            –Señora Jakubec… ¿Recuerda el nombre del abogado que la citó por la herencia?

            –Por supuesto –responde la sirvienta con clara intención de ayudar–, no era de por aquí; creo que era rumano. Si mal no recuerdo su nombre era Gusztáv Berencsi.

 

Roma, Reino de Italia, 13 de mayo de 1916.

Tan sólo basta un leve golpe sobre el cristal de la ventana contra la frente de Peter para que este se despierte de su siesta, manteniendo una sensación de aturdimiento que poco a poco se desvanecen apenas el galeno reconoce el interior de su cabina, al mismo tiempo que en el fondo del pasillo del tren se escucha una voz italiana que indica que el recorrido ferroviario está por llegar a su fin.

Ya con sus cinco sentidos de regreso, Peter se inclina sobre sus rodillas, procediendo a extraer su característica cigarrera de donde toma un solitario cigarrillo, encendiéndolo sin consideración de encontrarse en un espacio cerrado, impregnando la pequeña habitación de un denso humo que se escapa por el espacio inferior de la puerta de acceso.

            –No esperaba volver después de todo…

Peter se levanta de su acolchonado asiento apenas el tren termina de frenar en la estación destinataria, dirigiéndose a la parte superior de su asiento para bajar de la rendija superior una maleta negra mediana con bordes dorados, con la que se apresura a salir al andén principal de la estación.

Los pasajeros de aquel tren, siendo muy pocos, vacían la enorme maquinaria en cuestión de segundos, dejando que Peter, con medio cigarrillo ardiendo en sus labios, sea el último en desalojar el medio de transporte, manteniéndose sereno, tranquilo y con sus ojos cerrados de tal manera que ignora totalmente el ambiente de la estación, hasta que su serenidad se difumina al percatarse de que todo el ruido del interior del edificio se esfuma lentamente, reemplazado por el sonido de los cerrojos de una veintena de carabinas que le apuntan:

            –Será mejor que no hagan algo estúpido…

Peter no luce perturbado, al contrario, su muestra facial inflige miedo en aquellos civiles armados, pero esto no los detiene de seguir con sus armas en alto; por lo que Peter no vacila en escupir su cigarro y dejar que su maleta caiga sobre el piso pavimentado del andén.

 

 

 

19. Sed.

 

Roma, Reino de Italia, 13 de mayo de 1916.

El ruido de los engranes de un reloj de madera colgado en la pared rompe el tenso ambiente que fluye en la oficina del Monseñor Pacelli, el cual, manteniéndose de pie con Filippo a su derecha y Ramaci a su izquierda, muestra un semblante serio y autoritario, actitud que se alimenta con cada paso que se escucha aproximarse del largo pasillo que conduce a su oficina, deteniéndose por un instante ante el escritorio que custodia la entrada:

            –Monseñor Pacelli, conde Ottajano, teniente Ramaci –se adelanta a abrir la puerta Romina, quien luce adornada por un largo y modesto vestido gris que le cubre desde el cuello hasta las zapatillas negras, mismo atuendo que hace juego con el paño opaco que cubre su cabellera negra ahora recogida–, los hermanos Armand y Reginald Cranswell han llegado.

            –Hágalos pasar –ordena Pacelli denotando su autoridad, haciendo que Romina abra más la puerta para que los visitantes entren–; retírese por favor.

            –Sí, señor… –responde Romina con clara rebeldía y disgusto, cerrando la puerta apenas sale, liberando su frustración con un suspiro ahogado que desaparecer conforme su espalda se desliza sobre la puerta de madera hasta que sus glúteos tocan el suelo.

            –¡What a lovely and humble place for a person of your position, Monsignor! –se adelanta a comentar con inglés británico Armand, el invitado de cabellera castaña bien peinada, el cual viste un elegante traje azul griseo que es opacado por una grotesca sonrisa cínica y segura dibujada en las rosadas mejillas de aquel bretón.

            –¡Sei in Italia ora!¡Parla italiano! –la voz prepotente de Pacelli desaparece por un momento la mueca de seguridad de aquel visitante, asustando al acompañante del inglés.

            –Ya veo, Monseñor; jugaremos con sus reglas –responde Armand con lentitud sin esconder su acento–. Muy bien. Iré directo al grano, que esto no es un viaje de placer.

            –Entonces, hable.

Pacelli se mantiene firme ante la burlona actitud de su visitante, invitándolos a tomar asiento en las sillas frente a su escritorio, invitación que es rechazada por un ademán teatral por parte de Armand, lo que incita que Filippo y Ramaci se vean obligados a quedarse de pie junto al Monseñor.

            –La cuestión es la siguiente: su agente, el señor Peter Gest, se involucró de manera fraternal, si se puede llamar de esa manera, con uno de los nuestros, Sam Rood, y nuestra preocupación es que esa acción arruinó una misión de suma importancia para nuestra organización –la breve explicación de Armand se ve limitada por su poco conocimiento del lenguaje romance, pero su característica sonrisa decrepita disimulan sus palabras cortadas.

            –¿Y qué quiere que hagamos al respecto con la, eh, peculiar promiscuidad de Peter? –se adelanta a indagar Filippo, imitando la misma postura de su superior, quien no hace nada por reprimir esa descortés intromisión.

La sonrisa de Armand se esfuma por un segundo, tan sólo para volver a aparecer más alimentada de egocentrismo y seguridad nata.

            –Caballeros –continua Armand–, aún y con esa rivalidad profesional e histórica, somos aliados en muchos aspectos. No me parece necesario que exista conflictos innecesarios entre ambas organizaciones, así que pedimos una acción correctiva para su agente.

            –¿Me estás tratando de decir que ustedes, los herederos de la casa Cranswell, viajaron todo este recorrido tan sólo para sugerirnos un castigo administrativo? –añade Ramaci, intentado no esconder su inconformidad.

            –No necesariamente –responde Armand jactándose de la situación.

            –¿Qué sugieres? –la voz de Pacelli se hace nuevamente presente.

            –Verá, lo que hizo el señor Gest con Sam quizás es visto como algo pecaminoso y obsceno en su estructura eclesiástica; pero en Inglaterra no nos importa mucho esos detalles –la postura de Armand luce más relajada, pero mantiene su esencia cínica–. Sin embargo, tanto nuestra madre en Inglaterra como mi hermano aquí presente sienten que esa acción fraternal ha sido un gran insulto para nuestra familia como para, eh, su amistad con Sam, por lo que Reginald considera necesario tomar el asunto en sus propias manos.

            –Sea más específico, lord – responde con desinterés Filippo, manteniendo contacto visual con Reginald, un joven de complexión delgada y debilucha que se la ha pasado de pie a espaldas de su hermano, sudando ríos de nerviosismo desde que entró a aquella habitación.

            –¡He venido a retar a Peter a un duelo a muerte! –exclama en italiano y de manera teatral Reginald, cuyo sudor ha arruinado su elegante saco café y que ha despeinado su cabellera algo rojiza.

Apenas logran interpretar aquellas palabras provenientes de Reginald, los tres italianos se suelten a reír de uno en uno, dejando mal parado a ambos hermanos, siendo sus risas aumentadas de tal manera que la burla se apodera del recinto, hasta que una fuerte patada derriba la pesada puerta que cae bruscamente sobre el piso, silenciando las risas:

            –¡¿Podrían decirme por qué diablos mandaron a la Guardia a detenerme?! –grita Peter desde el marco de la puerta, teniendo a sus espaldas a Romina asomándose sorprendida ante la irrespetuosa acción del germano, quien luce una apariencia desgastada, como la de un borracho que acaba de salir de una pelea de algún burdel.

            –¡Quizás si te hubieras reportado hace cinco meses no me hubiera obligado a tomar esas medidas! –Pacelli recompone su postura de autoridad, mientras que los demás individuos se recuperan lentamente de dicha sorpresa.

            –Lo siento, estaba en Alemania; quizás las cartas que mandé se atrasaron por la guerra –se defiende Peter de manera sarcástica, apresurándose hasta el escritorio de su superior de donde toma un cigarrillo de la cajetilla que ahí yace–. ¿Y estos? ¿Quiénes son?

            –Peter, estos son los representantes de la familia Cranswell; muestra un poco de respe…

            –Dejemos las cortesías a un lado por ahora, Monseñor –Armand interrumpe la falsa seriedad de Pacelli, dirigiéndose de inmediato ante Peter, colocando sus manos sobre los hombros del alemán, gesto que Peter observa desconcertado mientras prende su cigarro–, tenemos un asunto pendiente con usted, lord Gest.

            –¿What do you need from me? –Peter se aleja un poco de Armand, manteniendo una postura defensiva.

            –I´ve come all this way just to kill you –añade Reginald con una falsa seriedad que pasa como si fuera de verdad, por lo que Peter no quebranta el contacto visual con él.

La recién surgida tensión es quebrantada por el ruido de unos pasos que van a toda prisa hasta ese lugar, ignorando por completo los sucesos que en aquella simple oficina acontecen, y, aunque Romina intenta detener al recién llegado, esta es ignorada súbitamente:

            –¡Monseñor Pacelli! ¡Disculpe la intromisión! ¡Llegó un mensaje urgente de Hungría! –la dulce voz de Rosa atrae la atención tanto de propios y extraños.

            –¡Rosa! –exclama un muy sorprendido Peter al ver a su pequeña amiga ataviada con un atuendo similar al de Romina, pero acompañada por una gabardina más oscura y por una larga trenza que cuelga de su hombro izquierdo– ¿Y ese uniforme?

            –¡Peter! –Rosa luce sorprendida al verlo, reflejando una gran emoción en sus ojos color avellana, emoción que se esfuma con un gesto de índole militar que la obliga a mantenerse a un margen profesional– Perdón, señor Gest.

            –Rosa, ¿estás bien? –un gesto de confusión se visualiza en el rostro de Peter.

            –¿Cuál es esa noticia tan urgente que me trae, Rojas? –interrumpe con severidad Pacelli, incitando a que Rosa le extienda una carta que sostenía entre manos.

Pacelli lee el comunicado de la manera más atenta, mientras que los demás presentes aguardan en silencio ante los sonidos que el párroco hace con su garganta, agregando más seriedad al mensaje.

            –Rojas, contacte a Pajdaszka y preparen sus cosas; irán a Hungría –ordena Pacelli con un semblante tranquilo, dejando algo aturdido a Peter, mientras que Rosa, con seriedad en su angelical rostro, hace un movimiento de afirmación, dispuesta a retirarse, pasando de largo a la presencia de Romina

            –¿Las piensas mandar solas a una misión? –indaga con agria actitud Romina, sembrando una sensación de indisciplina ante Pacelli, quien se gira a confrontarla.

            –Arregla esa puerta… –el amargo tono de voz del Monseñor limita de responder a Romina– Peter, tú vas con ellas; tienen que salir hoy mismo.

            –En ese caso será mejor que la alcance –responde con admiración Peter para después dirigirse hasta la puerta, pero es detenido por la intromisión de Reginald que lo observa de manera impaciente.

            –¿What about our duel?

Sin decir más, Peter toma el cenicero de la mesa de Pacelli y se lo avienta con furia a la frente del joven inglés, dejándolo inconsciente por el impacto.

            –You lost –responde desinteresadamente Peter antes de salir de aquella oficina a toda prisa, pasando de largo también a Romina, a quien casi empuja.

Sintiéndose más que miserable pero sin reflejar su decepción ante los presentes de esa inesperada junta, Romina comienza a recitar en voz baja una lengua extraña, usando esa habilidad para arreglar la puerta, dejándola como si nunca hubiera sida dañada, de tal manera que se queda del lado del pasillo donde se encuentra ese escritorio de recepción, sentándose y colocando sus codos sobre la mesa y cubriendo con sus manos sus oídos en un intento de ignorar la conversación que acontece adentro; todo esto al mismo tiempo que infla sus mejillas y desvía su mirada hacia un punto muerto de la pared blanca frente a ella.

            –Malditos hombres –susurra Romina con desprecio–. ¿Quién los necesita?

Pasado apenas unos minutos de aquel bochornoso incidente, Armand abre la puerta cargando a su hermano sobre su hombro derecho, el cual aún luce afectado por el impacto recibido, cerrando en el proceso la puerta sin parecer descortés y encontrando su mirada con la de Romina, quien parece indicar un fastidio que roza con la decepción:

            –No deberías dejar que te traten así –dice Armand, ya sin su sonrisa mofante en su rostro, tras ver la desmotivación de la bruja, pero esta le responde con una mirada de nihilismo sin dejar de inflar sus mejillas–. ¿Sabes? Por lo que vi, parecer ser que nadie te da tu lugar sólo por ser mujer.

Romina intenta expresar algo más que frustración, pero se contiene al sentir que se estaría exponiendo emocionalmente. Armand, al presentir eso, apoya a su hermano contra la pared sin dejar que se caiga, al mismo tiempo que del bolsillo interior de su saco azul griseo extrae una pequeña tarjeta que le entrega a Romina, quien en un principio vacila al recibirla, pero finalmente lo hace por cortesía, para después hacer contacto visual con Armand, visualizando una faceta más humana y menos cínica.

            –Si te interesa puedes contactarnos. En nuestra familia no apartamos a nadie, al contrario, los apoyemos a que sigan sus sueños, porque sin los sueños no somos nada.

            –¿Ese es el lema de su familia? Porque de ser así, entonces suena más a un libro de cuentos clásicos que a una organización seria –responde Romina con un ligero tono agresivo, a lo que Armand lo recibe con una mueca de gracia, procediendo al instante a cargar a su hermano para retirarse de aquel pasillo.

            –Tú no los necesitas… ellos necesitan de ti –añade Armand antes de retirarse–. Sigue tus sueños, o lo que realmente quieras en la vida; corre, arrástrate ¡Haz lo que sea! Pero no te quedes estancada, mucho menos por la gente que no te valora.

Romina le dirige una última sonrisa antes de ver como los ingleses se retiran, para después juguetear un rato con la tarjeta de presentación, y finalmente guardarla en un pequeño cajón de la vieja mesa.

El ruido de las llantas metálicas que comienzan a correr sobre las vías se apodera del ambiente, dando la clara indicación de que la pesada máquina que arrastra varios vagones está por partir de la estación, a lo que Peter, apostado sobre el marco de la entrada del vagón, se apresura a tomar de los hombros a Roksana, quien se aferra fuertemente a Roger, negándose a despegarse de él, obligando a que Jorge jale a su compañero de la cintura:

            –¡No quiero ir! ¡Es mi primera misión sin ti, tonto! –gimotea Roksana con una dramática expresión facial, que al mismo tiempo hace juego con los fluidos nasales que corren por su boca rosada.

            –¡Lo sé! ¡Quiero ir contigo, sister! –añade Roger cuyo llanto se limpia con la gabardina negra de su amiga.

            –¡Déjense de ridiculeces, ustedes dos! ¡El tren está por irse!

Jorge jala con más fuerza a su compañero inglés, quien no se ha dado cuenta de que el tren ha comenzado su marcha, por lo que Peter jala suavemente a Roksana al interior del vagón, sujetándole amablemente para evitar que se resbale del vehículo en movimiento.

            –¡Prométeme que rezaras una plegaria por mi esta noche! –grita con una voz dulce y marcado acento Roksana, al mismo tiempo que agita frenéticamente su mano.

            –¡Lo haré! ¡No se te olvide cepillarte los dientes! –añade Roger desde lo lejos, casi sometido por Jorge para evitar que este corra tras el último vagón.

Ya con su llanto algo consolado, Roksana se deja guiar por Peter al interior del vagón, llegando hasta la cabina asignada, por lo que, en un acto de caballerosidad, Peter desliza la puerta, permitiendo que Roksana entre y se siente a lado de Rosa, la cual se dedica a observar el recorrido por el amplio cristal de la ventana.

            –¡Sí que son muy unidos ustedes dos! –Peter exhala un poco de aire y limpia su frente con un pañuelo de seda blanca, para después clavar su mirada sobre la distracción de Rosa– ¿Todo bien, Rosita?

            –¡Oh! Hola, amigos –la infantil voz de Rosa es acompañada por una tierna sonrisa que les dirige a ambos–. ¿Por qué se tardaron tanto?

Viendo al actitud relajada y poco inusual de su vieja amiga, Peter comienza a mirarla con una extrañeza personal, como si desconociera por completo a aquella jovencita española que tiempo atrás mostraba un gran estrecho emocional hacia él.

            –Me… me duele mucho dejar a Roger –dice entre sollozos Roksana, limpiando sus lágrimas con su propio atuendo.

            –Estará bien –Rosa intenta consolar a su colega, acompañando su comentario con un suave pero firme estrechón de manos–. Volveremos muy pronto, más de lo que crees.

            –Discúlpenme por un segundo, señoritas, iré a encender un cigarro.

Peter con cigarrillo en boca, hace un ademan con sus manos antes de girarse por completo para salir de la cabina; pero apenas desliza la puerta, este es detenido por un fuerte golpe que lo obliga a aterrizar sobre el suelo, dándole poco tiempo a las jóvenes de reaccionar.

            –¡¿Qué diablos te sucede, mujer?! –Peter se limpia la sangre que brota de su boca, percatándose que su agresor es nada más y nada menos que Romina.

            –¡Yo debería hacerte esa pregunta, maldito irresponsable! –exclama iracunda Romina, procurando no romper su semblante de dama refinada– Te fuiste seis meses ¡Seis malditos meses! ¡Y ni una maldita carta! Tuve que justificarte fingiendo cartas los primeros dos meses; luego Pacelli me descubrió y me costaste todo mi trabajo. ¡Más te vale que tus razones hayan valido la pena, idiota!

Disimulando su culpabilidad, Peter se levanta sin dejar de limpiar su boca, procediendo de inmediato a ponerse a una distancia moderada de Romina, cuyo semblante cambia del de una mujer furiosa a la de una adolescente cautivada por lo misterioso; todo esto mientras Rosa y Roksana se abrazan mutuamente con un poco de temor inyectado en sus rostros inocentes:

            –Disculpa por no avisarte, ni a ti, ni a Pacelli, ni a Rosa. Se me olvidaba que estaba en un país que se encuentra en guerra –se excusa Peter con un poco de sarcasmo, dejándolo a un lado por un instante–. Y pues bueno, una cosa llevó a la otra; mi padre falleció, dejando a mi hermana devastada, añadiéndole también el hecho de que enviudó a muy temprana edad, y, siendo yo su único hermano, supongo que era mi responsabilidad cuidar de ella el tiempo suficiente hasta que se recuperara emocionalmente.

            –Peter… lo lamento; nunca me lo hubiera imaginado… –Romina coloca sus manos sobre sus propias mejillas, impactada por las noticias que Peter claramente intentaba evadir–. Y tu hermana, ¿se encuentra mejor?

            –Se quedará un tiempo en Vaals con mi tía –responde Peter mientras coloca su cigarro en su boca, rechazando a la vez el intento fallido de un abrazo de consolación por parte de Romina–. ¿Me acompañas a fumar el cigarro?

            –Adelántate, por favor –dice Romina de manera cortés, por lo que Peter se retira con sus manos en los bolsillos, dejando atrás a Romina, quien mira a Rosa y Roksana, siendo la primera la que abraza a su compañera, acariciándole sus rubios mechones como si fueran las cuerdas de un arpa dorada–. No se muevan de aquí, niñas, regresamos en seguida.

Ambas jóvenes menean sus cabezas de manera afirmativa, viendo a Romina deslizar la puerta de aquella cabina, apresurándose a llegar hasta el balcón del vagón, en donde Peter se encuentra ya con el cigarrillo encendido.

            –Lamento lo sucedido –Romina se inclina sobre la barda metálica del balcón, rechazando sin querer el cigarro que Peter le extiende–; no tenía idea de lo que había pasado.

            –Eso no importa por ahora –responde Peter con seriedad en sus palabras que son exhaladas con el humo de sus pulmones–. ¿Qué le sucedió a Rosa? Nunca la había visto de esa manera.

La mirada de Romina se encuentra con la de su compañero alemán, pero la desvía nuevamente hacia el pasar de las vías que se visualiza entre los vagones.

            –No lo sé; ha estado así desde la última misión que salí con ella –la respuesta por parte de Romina deja insatisfecho a Peter, pero este se niega a presionarla.

            –¿Qué clase de misión fue?

            –No fue nada del otro mundo, en lo que cabe –Romina hace una mueca de sorpresiva ironía ante su propia respuesta–. Tuvimos que ir a un pequeño pueblo en Suiza, cerca de la frontera con Alemania, a atender un caso de vampirismo, un Wiedergänger al parecer.

            –¿Al parecer? –Peter se muestra un poco asombrado ante la explicación de Romina.

            –No había mucho que investigar –continúa Romina manteniendo su posición inclinada sobre el andén, moviendo sus caderas de tal manera que hacen juego con el meneo del vagón–; los locales realizaron el rito. Quizás el hecho de que Rosa presenció el desmembramiento de un bebé vampiro fue suficiente para dejarla impactada de esa manera.

            –¿Lo desmembraron? ¿Qué pasó con la mamá?

            –Murió después de ver cómo su pequeño fue “exorcizado” –con una frialdad en su relato, Romina se levanta de su posición relajada, acercándose un poco a Peter, colocando sus blancos dedos sobre su afilada barbilla–. Rosa te necesitaba, yo no sabía qué hacer, ella gritaba tu nombre las noches siguientes a ese suceso.

            –Lo lamento…

Peter sujeta cordialmente la muñeca de Romina para retirarla y mantenerse un poco reflexivo, pero este es acorralado nuevamente por las manos de Romina que caen sobre sus hombros.

            –Yo te necesitaba también; no sabía cómo reaccionar ante nuestra pequeña Rosita –Romina inclina sus labios rojos sobre los labios de Peter, desviándose hasta su mejilla, marcándole un discreto beso antes de susurrarle al oído–. Habla con ella, aún te necesita.

Logrando su cometido, Romina se aleja de Peter, recargándose a espaldas del andén metálico.

            –¿Y esto fue antes de que Pacelli te contratara como su secretaria personal? –la pregunta de Peter incomoda a Romina de tal manera que sus ojos se desvían hacia arriba.

            –Sí, sí; justamente fue antes de que ese viejo imbécil me descubriera fingiendo tus justificaciones –Romina infla un poco su pecho como intentando socapar su indignación–. Mejor termina con ese cigarro; ya me quiero regresar a la cabina.

Sin decir más, Peter extingue el fuego de su vicio sobre el barandal de metal, acto que Romina ve como indicación para regresar a su lugar asignado en el viaje, adelantándose unos pasos a Peter, quien aprovecha para darle una palmada a Romina en sus glúteos adornados por un vestido negro, deteniéndola en ese instante:

            –Yo también te extrañé –comenta Peter con una ridícula voz seductora.

            –Idiota –susurra Romina, intentado mostrarse furiosa, pero escondiendo su sonrojado rostro de Peter, evitando que este se salga con la suya.

            –Iré al baño a lavarme el rostro –añade Peter intentado opacar el bochornoso momento.

            –Haz lo que quieras –responde Romina con un afán de mostrarse indignada, pero manteniendo una sonrisa para sí misma.

Dejando la puerta entreabierta, Peter termina de enjuagar su pálido rostro con la corriente de agua que fluye de un pequeño grifo dorado, levantándose sólo para tomar una toalla con la que puede secarse, mirando de reojo el pequeño espejo, en el que ve reflejado la silueta de Rosa que cruza el estrecho pasillo.

            –¿Rosa? ¿Meine kleine Rose? –exclama Peter con una voz tenebrosa, por lo que se adelanta a salir del baño, para encontrarse con su amiga, la cual ve cómo se encamina hasta la cabina del vagón, dejando la puerta media abierta.

Con paso apresurado y disimulando su intranquilidad, Peter se encamina hasta la cabina en donde yacen sus compañeras laborales, deslizando sorpresivamente la puerta corrediza, llamando la atención de las tres señoritas con ese brusco movimiento:

            –¿Sucede algo, Peter? –pregunta Romina a la par que se lleva a la boca una cucharada sopera de frijoles provenientes de una lata de aluminio.

            –No, nada en especial; sólo me aturdí con el viaje y el cigarro –responde Peter tras ver como Rosa le dirige una mirada de incomoda alegría, mientras que en su regazo luce recargado la cabeza de Roksana, quien hojea tranquilamente las páginas de una guía de viaje– ¿Cuánto tiempo nos tomará llegar hasta Hungría?

            –Sin contratiempos, como un día entero –dice Romina quien no deja de alimentarse de la lata de frijoles, ignorando como Peter se deja caer sobre el sillón donde ella se encuentra, exhalando un largo suspiro que es lo último que hace antes de cerrar los ojos y quedarse dormido.

 

 

 

20. Sacrilegio.

 

Budapest, Hungría, parte del Imperio Austrohúngaro, 13 de mayo de 1916.

Los recuerdos al azar, acompañados por una gran cantidad de voces, comienzan a retumbar en la mente de Peter, inundándolo de dudas e incertidumbres, así como también de momentos de su vida que de una o de otra manera lo marcaron, dejándolo en un momento de divagación nula, como si de una cortina negra se apropiara del espacio de su visión. De la nada, los mismos recuerdos vuelven a aparecer, siendo los primeros, los rostros de sus amigos en Alemania, desde que eran niños hasta cuando se vieron obligados a separarse, pasando por la última imagen de su madre enferma en cama, recuerdo que lo lleva a la imagen de Berencsi en el panteón, acercándose a él, desvaneciéndose en la nada tras la silueta de Karl, quien es opacado por la presencia de Romina, cuyas manos pálidas caen sobre los hombros de Rosa, la cual, porta una rosa roja entre sus pequeñas manos, que en cuestión de segundos cambia a la figura de un corazón que late, ensangrentado, arrancando de la joven española:

            –Ayúdame… –susurra con una voz tétrica Rosa y con una tonalidad opaca en sus pupilas, lo que obliga a Peter a despertarse bruscamente de su sueño efímero, encontrándose de frente a Rosa, quien con ayuda de Roksana, lo intentan levantar del asiento de la cabina.

            –¿Was hast du gesagt? –pregunta Peter apenas se despierta.

            –¡No te decía a ti! –responde Rosa con un tono de delicadeza y una sonrisa carismática– Le decía a Roksana que me ayudara a moverte para despertarte, como lo hemos hecho en todo el trayecto hasta aquí.

            –¿Todo el trayecto? –Peter desenlaza sus brazos para frotarse el rostro.

            –Así es –dice Roksana introduciéndose en la conversación–, hasta los guardias fronterizos intentaron despertarte, pero fallaron en el intento; hasta que tuvimos que mostrarle tu pasaporte. Tuvimos suerte de que no pensaran que fueras un espía o algo así.

            –Discúlpenme por este inconveniente –añade Peter a la par que deja soltar un gran bostezo, extendiendo en el proceso sus largos brazos–; para ser honesto, no sentí que el viaje fuera muy largo.

            –¿Es enserio? –añade de manera dramática Roksana después de alejarse de Peter y enfocarse en bajar sus propias maletas del compartimiento– ¡Durmió casi diez horas!

Peter no dice nada, tan sólo se dedica a girar su cabeza de un lado a otro como si buscara algo que dejó en la cabina, y que, al no encontrar la causa de su creciente preocupación, interroga sutilmente a Rosa, quien ya está por salir de aquella habitación:

            –¿Y Romina? Se supone que deberíamos estar los cuatro descendiendo.

            –Romina se tuve que esconder de los guardias fronterizos y de los inspectores del tren –responde con una dulce voz Rosa, manteniendo una sonrisa serena en sus mejillas–. No me hubiera imaginado que se subió al tren de contrabando.

Entendiendo a duras penas la respuesta de su amiga, Peter se apresura a tomar sus pertenencias empacadas de su respectivo recinto, siguiendo a paso apresurado a las dos señoritas que ya están por salir del corto vagón hacia la plataforma de la estación Budapest-Keleti, una enorme construcción de estilo ecléctico, diseño que, enaltecido por su gran belleza, se considera una de las estaciones más modernas de todo el Imperio Austrohúngaro.

            –¡Este lugar es impresionante! –se expresa Roksana muy sorprendida al ver la enorme estructura arquitectónica, adornada por un sinfín de edificios que comparten casi la misma altura a la de la estación de trenes, con la excepción de que estos se opacan por una corta gama de colores sombríos.

            –Lo mismo digo –añade Rosa a la sorpresa de su compañera, al mismo tiempo que sujeta sus pertenencias y se adelanta hasta la puerta principal, esquivando sin problemas el pasar de los demás pasajeros que se distribuyen en el interior de la estación.

Peter tan sólo se dedica a mirar al par de jóvenes que mantienen su conversación y se dirigen a la puerta principal del reciento, para después perder su mirada en los pequeños locales que abundan en el trayecto, intentado localizar a Romina entre la multitud de gente y soldados que van de un lugar a otro; pero su intención se ve opacada al perder de vista a Rosa y a Roksana, por lo que Peter se apresura para encontrarlas, logrando identificarlas a lo lejos.

            –Te viste muy preocupado, ¿sucede algo?

Las palabras de Romina hacen que Peter casi salte del susto, ignorando por completo de que esta se encuentra a sus espaldas; sin embargo, Peter mantiene su postura, quedándose con la sensación de miedo para sí mismo.

            –Nada en especial – la palidez de Peter se desvanece lentamente–; tan sólo intentaba recordar los detalles de la misión.

Romina, quien luce adornada por un conjunto morado compuesto por un chaleco y falda que hacen juego con su sombrero de palma con listón negro, se empareja al paso de Peter, ayudándole a encontrar a sus acompañantes a la salida de la estación de trenes.

            –Si no te conociera estaría segura de que algo te preocupa.

Romina intenta ganar la confianza de Peter, pero este no responde, ya que, apenas detecta a Rosa, Peter logra visualizar como un pequeño infante camina a lado de ella, aferrándose a la muñeca izquierda de la joven, y, tras sentirse observado de la nada, gira a la dirección de Peter, el cual se queda plasmado al ver el rostro pálido y algo putrefacto del menor.

Peter cierra sus ojos y sacude su cabeza en un intento de borrar de su mente aquella imagen, deseo que se cumple, pero lo deja confundido, ya que de la nada, el niño ya no está, lo que incita al alemán a interrogar Romina sobre lo acontecido.

            –¿Visto eso? –los ojos de Peter lucen sorprendidos, pero Romina ignora ese detalle.

            –¿Ver qué? –responde Romina con algo de molestia.

            –Nada, nada –Peter intenta disimular sus preocupaciones, dirigiéndole una sonrisa nerviosa a Romina, quien lo mira con confusión–. Entonces, ¿qué procede ahora?

            –Pues tenemos que esperar por un carruaje y rezar al cielo para que el Obispo de la ciudad nos brinde su apoyo –explica Romina mientras llegan hasta la salida de la estación de trenes, en donde se encuentran con Rosa y Roksana, cuyas maletas de apariencia ligera descansan en los escalones de la entrada.

            –Entonces, pediré un carruaje –dice Peter antes de levantar su brazo.

            –No será necesario, Herr Gest –una voz ronca, y con un áspero acento detiene a Peter de levantar su mano, misma voz que acapara la atención de las tres damas que lo acompañan.

            –¿Lo dice quién?

Peter responde con un comportamiento defensivo, actitud que se desvanece apenas ve a un sujeto casi de su misma edad, pero con un porte elegante y serio, características que sobresaltan por su cabellera castaña y espesa, bien cortada y acomodada hacia la izquierda.

            –Mi nombre es Roland Farkas, médico forense del Departamento de Policía de Budapest –se apresura a presentarse el galeno de elegante traje café, extendiéndole su mano a Peter, saludo que corresponde de manera educada–. Es grato encontrarse con un colega.

            –Lo mismo digo –Peter se muestra tranquilo y menos agresivo, procediendo a presentar a sus colegas–. Ellas son Romina, Rosa y Roksana, nuestra traductora asignada.

            –Es un placer –responde Roland con una sombría voz y una reverencia a las jóvenes.

            –Nos alegra mucho saber que sus superiores hacen lo mejor para permitirnos trabajar en equipo.

            –Esta misión es extraoficial –dice Roland con un tono de frialdad, dirigiéndose después a las puertas del amplio carruaje dorado, las cuales abre para darle paso a los recién llegados para que lo aborden–. Lo mejor es que lleguemos lo antes posible a la Comisaría.

Sin cruzar palabra alguna, el grupo aborda el carruaje tirado por dos caballos blancos, comenzando así un viaje incomodado por el silencio de Roland, quien no parece mostrar interés en una conversación amistosa entre él y sus acompañantes, mostrándose más preocupado en observar el paisaje rodante que se ve por la pequeña ventanilla, y limitándose a responder que apenas lleguen a la Comisaría sabrán más detalles del llamado de emergencia.

Aún y con todo el misticismo del anfitrión, el recorrido en carruaje se extiende a lo extenso de la avenida Kerepesi, siguiendo de largo y de manera recta a la par con las vías del tren que provienen de la misma estación Budapest-Keleti; manteniendo una dirección casi recta en la amplia avenida despejada que va hacia el este. Por otra parte, los caballos blancos con protección sobre sus ojos, se ven limitados por la luz solar que cae directamente sobre ellos, por lo que el recorrido se ve algo atrasado, fomentando a la incomodidad que comienza a emerger dentro del vehículo; hasta que finalmente, después de un recorrido de media hora, el galope de los caballos se detiene en frente de un edificio amplio de dos plantas y de fachada discreta, de donde entran y salen varios uniformados con paso apresurado de un lugar a otro.

            –Hemos llegado –comenta al aire Roland mientras sale abruptamente del vehículo, seguido por los confundidos pasajeros que lo acompañaban–. Síganme, por favor.

El corto trayecto guiado por Roland lleva a Peter, Romina, Roksana y Rosa hasta una pequeña oficina algo desarreglada por una multitud de papeles, localizada en la planta baja, habitada especialmente por el detective Nagy, quien luce sorprendido ante la llegada de Roland:

            –¿No deberías estar haciendo más autopsias? –indaga Nagy con su ceño fruncido y sus lentes colgando de su nariz– ¿O me traes más reportes?

            –Nada de eso –Roland se aparta de la puerta, permitiendo que Peter ingrese al cuarto.

            –¿Ki ez? –pregunta Nagy al ver la presencia del germano.

            –Olaszország olasz küldöttje –responde Roland en húngaro, aumentando la intriga de las damas que esperan afuera.

            –¿Was machen Sie hier? –dice el inspector en un alemán algo fragmentado, a lo que Peter intenta responder, no sin antes jalar levemente a Roksana dentro de la habitación para que le ayude a traducir de ser necesario.

            –Fuimos llamados para atender un caso en particular en esta ciudad –las palabras que usa Peter para explicarse son sutilmente traducidas por Roksana.

            –No es necesario que use una traductora –añade el detective Nagy mientras se levanta de su asiento–; me hace falta practicar mi alemán, señor…

            –Peter Gest –Peter intenta mantener su nerviosismo al sentirse capturado en la oficina del detective–. Ella es Roksana, y las chicas que se están asomando son Romina y Rosa.

            –Yo soy el inspector Károly Nagy –comenta el calvo y algo regordete oficial, poseedor de un espeso bigote–, es un placer. Lamento no estar preparado para brindarles una bienvenida decente, pero mi mayor preocupación es: ¿Quién diablos los mando a llamar?

La sorpresiva actitud iracunda del detective siembra confusión entre los recién llegados, quienes se miran los unos a los otros hasta que finalmente se enfocan en Roland:

            –Ese fui yo –Roland da un par de pasos adelante–. Yo me comuniqué con el arzobispo de Budapest y él les mandó el reporte al Vaticano.

            –¿Y por qué hiciste eso? ¿Con que autorización? –la represión de Nagy hacia el médico se mantiene entre dientes para evitar llamar la atención de los demás policías.

            –Lo hice porque este es un claro caso de vampirización en masa –Roland infla su pecho, mostrándose por primera vez asustado–; y ellos son los expertos en este tipo de casos.

Las temblorosas palabras de Roland crean un aire de sorpresa entre los presentes, a lo que el detective Nagy actúa dando una indicación con la mano a Rosa para que se adentren y cierren la puerta. El pequeño grupo de personas se las ingenia para mantener su propia distancia dentro de aquella pequeña, mientras que el detective Nagy extrae de un cajón de su escritorio un portafolio amarillo totalmente relleno de papeles que están por desbordarse.

            –Lo que están a punto de ver es totalmente confidencial, pero viendo la situación, considero que ustedes ya están familiarizados con este tipo de situaciones –tras dejar establecido lo anterior, el detective Nagy extiende el contenido del portafolio sobre su escritorio, dejando al descubierto una serie de fotografías recolectadas de alguna escena del crimen–. Esto es realmente tenebroso.

Como un instinto protector, Peter trata de poner la palma de su mano izquierda sobre los ojos de Rosa; sin embargo, la española se apresura a inclinarse sobre el escritorio de donde toma una foto para analizarla detenidamente.

            –Lo que se ve sobre el cuello de esta mujer, los orificios… ¿Fueron para sacarle la sangre? –dice Rosa en un alemán algo roto, pero lo suficientemente bueno como para darse a entender, hecho que sorprende a Peter.

            –Según mis reportes, la sangre fue drenada por esos orificios –se adelanta a decir Roland después de tomar una de las fotografías más graficas–. Aparentemente la sangre se drenó post mortem.

            –Entonces la persona responsable de cometer estos crímenes no fue un vampiro –la breve explicación de Rosa llama la atención de todos los demás–. Si hubiera sido un vampiro no hubiera hecho los orificios, al contrario, se verían unas… ¿Cómo se dice? ¿Mordeduras? Alrededor del cuello.

            –Rosa tiene razón –añade Romina también en un alemán algo quebrantado–. ¿Qué necesidad tendría de causar perforaciones si un vampiro de verdad usa toda su mandíbula?

            –No te olvides de que hay algunos que usan solo sus dientes caninos –comenta Peter tras apreciar un par de fotografías más–; y, aun así, las punciones de estos orificios en la nuca están muy separados.

            –Lo peor de todo es que todavía se siguen sacando cuerpos de la escena del crimen –el detective Nagy se limpia su amplia frente mientras clava su mirada en una foto de la pequeña casa en donde encontraron los primeros cadáveres–. Este enfermo mataba principalmente mujeres solteras con las que mantenía correspondencia. Se hacía llamar “Hoffman”. Le perdimos la pista hace años y estaba más cerca de lo que pensé. ¡Szar!

La ira y frustración se reflejan con el ligero golpetazo que le propina a su escritorio, haciendo que los demás presentes intenten distraer sus respectivas miradas en lo que pueden; tal es el caso de Peter, que, sin querer, mira nuevamente la foto que sostiene en su mano derecha, foto que captura el exterior de la pequeña casa en donde se cometieron dichos crímenes; por lo que, impulsado por un reflejo de investigador, le dirige unas palabras al inspector Nagy, obligándolo a que se distraiga de su sensación de rabia disimulada en un segundo:

            –Disculpe, Herr Nagy, ¿nos permitirá ir a ver esta casa?

            –¡Por supuesto! De hecho, su presencia nos vendría de gran ayuda en ese lugar, ya que, usted sabe, con la guerra, muchos médicos han tenido que ir al frente y sólo algunos practicantes nos apoyan en la ciudad –dicho esto, el inspector Nagy le dirige una disimulada mirada de seriedad a Roland, el cual parece no incomodarse ante tal comentario.

            –Yo debo regresar a la universidad a recibir los demás cuerpos –responde Roland en alemán con un ligero acento húngaro, manteniendo como sello personal, su calmada seriedad.

            –Romina, ¿crees que puedas ayudar a Herr Farkas con las autopsias? –indaga Peter sin dejar de contemplar la fotografía.

            –Por mí no hay problema; tú ve con Rosa y Roksana. Sabrán trabajar muy bien en campo.

Apenas Romina termina de hablar, el inspector Nagy sale de su diminuta oficina para darle indicaciones a uno de los uniformados que deambulaba en el pasillo, indicándole que pida dos vehículos para distintas direcciones. El joven policía se retira a toda prisa, regresando un par de minutos después al mismo despacho para comentarle a su superior que la orden ha sido cumplida y que ambos vehículos aguardan a las afueras del edificio.

            –La universidad está poco después de la estación Budapest-Keleti –el gordo dedo del detective señala hacia el occidente para después abrir la puerta del carro negro tipo Rába Grand, cediéndole la entrada a Rosa y Roksana–. Nosotros iremos en esa dirección, al este. Estaremos ahí en unos minutos.

 

Pasados cerca de diez minutos de viaje en el vehículo Rába Alpha deportivo rojizo con la capota de lona montada, Roland zigzaguea entre callejones formados por cortas series de edificaciones altas de diferentes corrientes arquitectónicas, hasta que finalmente detiene la marcha del automóvil justo enfrente de una mansión de ladrillos rojos, en cuya entrada principal yacen plantados unos frondosos árboles que añaden un tinte sombrío a la ya de por si misteriosa mansión.

            –Pensé que iríamos a la Universidad de Budapest –comenta Romina al mismo tiempo que toma la mano que Roland le extiende cortésmente tras abrirle la puerta.

            –Estamos en el Departamento de Medicina Forense, la Facultad de Medicina está fragmentada en diferentes edificios. Tenga cuidado con el lodo –Roland sujeta firmemente la mano de Romina, guiándola entre el empedrado camino hasta llegar a las puertas del segundo edificio de dos plantas–. Mi área de especialización está bajando estas escaleras.

            –Puedo caminar sola, no se preocupe –dice Romina sonrojada soltando la mano de Roland.

            –¡Oh! Disculpe usted…

El comentario de Roland parece ser ignorado por Romina, quien toma los laterales de su falda morada para descender las casi escondidas escaleras que dan a una puerta subterránea, dejando al descubierto sus botines negros.

Roland, no dejando que su caballerosidad pase de largo, se adelanta para abrir la ligera puerta de madera Romina, permitiendo que esta entre al sótano, removiendo de su oscura melena el sombrero de palma adornado con un listón negro.

            –Espero que no le incomode presenciar los cadáveres –Roland se encamina por un corto pasillo que los guía hasta una puerta metálica que al abrirse libera rastros de aire frío.

            –Todo estará bien; ya he visto cadáveres antes –Romina se cruza de brazos ante el trato de Roland.

            –Ya veo. ¿También tiene formación médica...? –la pregunta de Roland se ve interrumpida apenas entra a la morgue, manteniéndose en silencio por un segundo tras prender la luz de la instalación y ver que todo está en orden.

            –No necesariamente. ¿Sucede algo? –pregunta Romina al ver la expresión de Roland.

            –Nada en especial; es sólo que me sorprendió ver el cuerpo destapado –Roland se acerca hasta una plancha metálica en donde se encuentra tendido un pálido cadáver femenino con la cabeza descubierta, lo que permite apreciar disimulados rastros de putrefacción.

            –Era muy joven… –dice Romina al apreciar el demacrado, pero conservado rostro de la mujer que permanece tendida sobre la fría cama metálica– casi de mí misma edad.

            –Se llamaba Margaret Toth –la sombría respuesta de Roland captura por sorpresa a Romina, levantando su rostro confundido hacia donde él se encuentra analizando un par de utensilios quirúrgicos–. La logramos identificar por medio de una de las cartas de “Hoffman”.

            –¿Qué tienes planeado hacer? –comenta Romina al ver como Roland acomoda un nuevo escalpelo sobre una pequeña bandeja plateada, pero este no responde y prosigue con su cometido de tomar la bandeja con su estuche médico y dirigirse a una de las planchas que se encuentra cerca de él– ¡Oye! ¡Te estoy hablando!

Romina se acerca bruscamente a Roland de tal manera que por accidente lo empuja su hombro, obligándolo a tropezar con la plancha en la que se encuentra otro cadáver cubierto, el cual se resbala con el brusco movimiento, estampándose en el suelo al mismo tiempo que libera un grotesco sonido de viscosidad fresca, sonido que suena aún más repugnante al deslizarse la cabeza del cadáver por entre las patas de las mesas.

            –¡Perdona! No fue mi intención…

Romina se ve silenciada al percatarse cómo, de manera abrupta, Roland se gira sobre su propio eje, dirigiéndose con el escalpelo empuñado de manera agresiva hacia Romina, quien, impregnada de miedo, retrocede unos pasos hacia atrás hasta que su cadera se encuentra con la plancha en donde descansa el cuerpo de Margaret Toth, la cual se recuesta sorpresivamente para someter a Romina con sus fríos y pálidos dedos arrugados, colocando así mismo, sus dientes afilados a la altura del cuello de la joven.

            –¡Menj le! –Roland se abalanzar sobre Romina y el cadáver que la amordaza, obligando a la primera a ladearse a su derecha, dejando al descubierto el torso marchitado de Margaret, punto en el que el escalpelo de Roland termina incrustado– ¡La sierra! ¡Rápido!

Apartando su confusión de lado, Romina toma de una pesada mesa metálica la sierra para huesos, mientras que Roland se las ingenia para mantener apartado al cadáver que se retuerce en un afán de herirlo, gritando despavoridamente al sentir all bisturí girar dentro de su pecho, hasta que finalmente el cuerpo deja de moverse tras removerle la cabeza de un sólo tajo.

            –No pensé que esa cosa tuviera tanto filo –los verdosos ojos de Roland lucen abiertos ante la sorpresa de ver el cadáver caer sobre el azulejo, siendo su sorpresa mayor al voltear a ver a Romina sostener a duras penas el utensilio médico.

            –Ella no lo hizo –comenta una voz ronca y grave que proveniente de un rincón oscuro de aquella gélida habitación.

            –¡Roland, aléjate! –Romina se adelanta a jalar hacia atrás al médico húngaro, colocándose en posición defensiva.

            –No tiene de qué preocuparse –comenta una vez más aquel sujeto que sale de entre las sombras con postura serena mientras limpia una alargada daga curveada con un pañuelo blanco–. ¡Al contrario! El preocupado debería ser yo al estar frente a “La Bruja Negra”.

Manteniéndose a la defensiva, Romina no despega su mirada de ese misterioso individuo de aspecto muy descuidado, con una barba algo crecida rubia ceniza como su cabellera larga y grasosa, pero con una sonrisa de amabilidad que obliga a Romina a bajar un poco su guardia:

            –¿Quién eres tú y cómo conoces ese apodo mío? –la firmeza de Romina incita al desconocido a encogerse de hombros y bajar su daga curveada apuntando al piso.

            –Se podría decir que eres una celebridad en el mundo del ocultismo –responde el desconocido con un alemán forzado, remarcando su acento eslavo–. Y a propósito, ya que estamos en las presentaciones, mi nombre es Stipan, Stipan Marjanovic. Es un placer conocerla, finalmente.

            –¿Qué es lo que dices? –Romina levanta su ceja izquierda ante tanta formalidad y confianza por parte de Stipan.

            –¡Ya tendremos tiempo para respuestas! –añade Stipan con desinterés, encaminándose hasta Romina y Roland, deteniéndose a lado de la plancha metálica que se encuentra en las cercanías para descubrir el cadáver masculino que ahí yace, removiéndole con su daga afilada la cabeza de un solo corte, extremidad que cae rodante y limpia de sangre ante los pies de Romina– Ayúdenme a cortarle la cabeza a los demás cadáveres.

            –¿Cortar cabezas? ¿Con que intención? –Roland sale a la defensiva ante tal profanidad, alimentando su indignación galena, pero su firme posición se desvanece apenas ve la seriedad penetrante de los ojos azules de Stipan.

            –Con la intención de no tener una plaga de vampiros en la ciudad.

 

Publicado la semana 15. 07/04/2020
Etiquetas
Rock, Duran Duran, Mecano, Relatos, Donde solíamos gritar, *Starman de David Bowie, Poltergeist , La lluvia, La abundancia que crea escasez, El deseo expreso de una amiga, Momentos de frustración y dolor intensos, La noche, Miedo, Terror , De noche, En cualquier momento, En el bar, Con las manos frías, En la cama, En noches, Con un café, claro , In English, uvas, luz, Viaje, Cuento
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
15
Ranking
0 50 0