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Ignacievij

S.A.P. La Raíz del Árbol: 15-17

15. Lo bueno dejado deshecho.

 

Roma, Reino de Italia, 25 de noviembre de 1915.

            –No, no es posible… –la sorpresa de Azael fluye por cada poro su piel–. ¡Tú deberías estar muerto! ¡Yo te envíe a la guerra!

            –¿Y tú eres…? –Peter inclina un poco su cabeza para reconocer al agresor– ¡Azael!

            –¡Peter! –gritan casi al unísono Romina y Rosa, que lucen una apariencia de incredulidad cubierta de lágrimas.

            –¡Peter! Azael nos ha traicionado! –Romina se incorpora, ayudando a Rosa hacer lo mismo– Te mandó al frente y asesinó a Mencarelli…

            –¿Es cierto eso último?

Pregunta con frialdad Peter, a lo que Azael confirma con un gesto, para después volver a recuperar un poco de masa muscular en un intento de atacar al alemán; pero Peter rápidamente sujeta con su otra mano, la que sostiene su equipaje, el mentón de Azael, usando el mismo impulso para estrellarle la cabeza contra una de las puertas de madera de la iglesia, rompiendo parte de esta, arrojándolo después sobre el pavimento, acercándosele de tal manera que su rodilla queda sobre el cuello de Azael:

            –Eres una maldita basura…

Peter lo golpea con brutalidad en el rostro, fracturando de gravedad la nariz de Azael, de tal manera que este queda inconsciente, perdiendo toda su masa muscular en el proceso; dejando al descubierto el delgado cuerpo del Azael que conocía. Rosa y Romina se le acercan a Peter, ambas abalanzándosele en un sólo abrazo:

            –Pensé que estabas muerto –Rosa a duras penas puede expresarse de la emoción.

            –También lo pensé yo… –responde Peter con desinterés, acción que reprime Romina al darle una tierna bofetada, que es seguido por un beso cerca de sus labios.

            –Lamento interrumpir su romántico reencuentro –añade Hugo encaminándose ellos, manteniendo sus manos dentro de los bolsillos de su pantalón, como si no hubiera sido gravemente herido–; pero en unos minutos llegaran unas carretas para llevarnos.

            –¡Hugo! –Peter aparta a sus amigas para ponerse de manera defensiva al reconocerlo.

            –¡No le hagas nada! –Romina detiene a Peter– No sé qué está sucediendo exactamente, pero parece que él está de nuestro lado.

Bajando la guardia, Peter voltea a ver a Hugo, cuya cabeza mueve como gesto de veracidad.

            –¿Qué está pasando? ¿Qué haces aquí? –pregunta Peter esperando una explicación, recibiendo en su lugar una mueca de seriedad por parte de Hugo.

            –Ya están llegando las carretas… –Hugo voltea a ver a los vehículos tirados a caballo.

            –¿Tiene que ver con Berencsi? –insiste Peter.

            –Tenemos que ver a Pacelli –comenta Hugo antes de que los carruajes se detengan, de donde se bajan ocho personas que amarran a Azael con una docena de cadenas y lo suben a uno de los carruajes.

Uno de los hombres que descendió de carruaje abre la puerta del primer vehículo, indicándole a Romina y a Rosa que suban, obedeciendo sin decir más, asistidas por otro sujeto que les extiende su mano. El siguiente en entrar es Peter, quien queda a la orilla de Romina y Rosa, viendo que enfrente de ellos van sentados otros dos tipos vestidos con ropas modestas, pero cargando sables cortos y escopetas. Apenas Hugo entra en el carruaje, uno de los hombres le hace un saludo militar muy informal, a lo que Hugo le responde de la misma manera, sentándose en medio de ambos sujetos, quedando de frente a Peter, Rosa y Romina.

            –¿Qué está sucediendo, Hugo? –indaga Peter tras ver cómo es recibido en el carruaje.

            –Todo a su tiempo –dice Hugo manteniendo su característico rostro calmado.

Dejando de lado la tensión en el interior del carruaje, Rosa se dedica a mirar el collar que la protegió, llamando la atención de Romina:

            –Es un bonito collar. ¿Quién te lo dio?

            –Un fantasma –responde Rosa con inocencia, lo que deja a Romina y Hugo atónitos.

            –¿Un fantasma? –repite Romina con una expresión de incredulidad.

            –Sí; el de Praga –Rosa gira para ver a Romina, reflejando una sonrisa de felicidad.

            –¿Puedo verlo? –Rosa se lo quita del cuello ofreciéndoselo a Romina, pero apenas lo intenta tocar, este la repela, asustándola al instante– ¿Viste eso?

            –Sí –responde con emoción Rosa, lo que hace que todos los presentes volteen a verla.

Ignorando que es el centro de atención, Rosa juega con el collar en sus manos, sujetándolo con la yema de sus dedos, dejando que la pieza dorada gire sobre su eje, deteniéndose por momentos, lo que le permite a Romina ver las iniciales inscritas en la parte trasera:

            –¿Qué dice ahí?

            –¿Aquí? –Rosa señala con los dedos de su otra mano, deteniendo el movimiento del collar para leerlo– “De L. B. para F. G., que la magia de este collar te cubra y te proteja contra todo mal, mi dulce amigo”. ¡Ay, que tierno!

            –¿F.G.? –repite Romina para sí misma tras escuchar a Rosa, para después observarla como se aferra tiernamente sobre Peter, quien la recibe con una suave caricia sobre su cabellera rubia oscura, pero sin dejar de mirar el entorno que recorren– ¡F.G.!

            –¿Sucede algo? –le pregunta Hugo al momento de ver la reacción de Romina en lo que extrae de un bolsillo de su purpura vestido holgado el pequeño diario de la biblioteca.

            –¡F.G.! –Romina les indica a los presentes las iniciales doradas inscritas en el diario.

            –¿Ese no es el diario que traje de Praga? –responde Peter como si intentara recordarlo.

            –El mismo –Romina mueve su barbilla de arriba abajo.

            –Pensé que ya no querías saber nada de lo que pasó en Praga; tu misma me lo dijiste.

            –Estuvimos en Praga recientemente –Romina baja su mirada para no ver a Peter, enfocándose en Rosa y en cómo no deja de apreciar el collar dorado–. Parece que tiene algo en el interior. ¿Por qué no lo abres?

            –No sé si debería, la persona que me lo dio me dijo que me lo podía quedar en caso de no encontrar a la persona a quien le pertenece.

Las palabras de Rosa hacen que Romina la mire extrañada, mientras que Hugo, en un intento de holgazanería, coloca su pie derecho sobre la orilla del asiento en donde va, desviando su mirada por una de las pequeñas ventanas del carruaje.

            –¿Y quién te lo dio? –insiste Romina.

            –Un señor llamado Fernand –Rosa hace contacto visual tanto con Romina y con Peter.

            –¿Te dijo para quién era? –ahora es Peter quien hace las preguntas.

            –No exactamente –Rosa se lleva su dedo índice sobre su labio inferior, manteniendo sus pupilas hacia arriba–; me dijo que algo sobre una bruja blanca.

El pie de Hugo cae de golpe sobre el piso del carruaje, haciendo un ruido que llama la atención de todos los pasajeros, por lo que Hugo levanta su rostro y los voltea a ver a todos ofreciéndoles una disculpa por la interrupción, a lo que todos vuelven a sus asuntos, con excepción de Romina, cuyo rostro refleja una creciente incertidumbre que la invade tras ver la palidez en el rostro del bávaro.

            –Hemos llegado –dice Hugo al mismo tiempo que el carruaje se detiene de golpe.

            –¿En dónde estamos…?

La pregunta de Peter se contesta sola apenas aprecia la entrada de Musei Vaticani, en donde se estaciona más de cerca el carruaje en el que llevan a Azael sometido con cadenas, y quien es bajado y transportado rápidamente dentro de las instalaciones por otros sujetos vestidos de civiles que portan escopetas, mientras que desde el interior un par de Guardias Suizos le apuntan con sus armas largas.

Apenas Azael es ingresado a las instalaciones, Jorge asoma su cabeza desde el interior, dándole indicaciones a los pasajeros del segundo carruaje para que entren al recinto, siendo Hugo el primero en dar marcha, seguido por los demás. Ignorando la gran cantidad de reliquias antiguas y preciosas obras de arte poseedoras de un gran valor histórico, Hugo, Peter, Romina y Rosa son escoltados por un par de Guardias y por Jorge, Roger y Roksana, guiándolos por un pasillo largo, tapizado por varios frescos de distintas épocas, para finalmente llegar a una sencilla y nada llamativa puerta lateral, en la que ingresan todos, con la excepción de los integrantes de la Guardia que se detienen en el marco y toman posición de custodia. Cruzando esa puerta, los miembros de la Sezione descienden unos cuantos escalones que los lleva a un escritorio pequeño y de madera, al cual rodean para dar vuelta a la derecha y descender otros escalones más abajo.

            –¿A dónde se llevaron a Azael? –pregunta en su lengua natal Rosa tras percatarse de que en el recorrido no van más que ellos.

            –No te puedo decir eso –responde Hugo con su marcado acento bávaro, pero sin mostrar indicios de seriedad.

            –Veo que tu pierna y hombro están lastimados…

            –Estarán bien –Hugo interrumpe a Peter antes de que este termine de hablar.

Por otra parte, Jorge se empareja al paso de Romina, lo que llama la atención de la checa, especialmente por una pequeña tela roja que cubre su mano derecha:

            –Fuiste tú quien me dejó la nota, ¿cierto?

            –¿Ah? Así es –Jorge levanta su mano y dirige su rostro sonrojado a Romina, pero desvía su mirada al verla a la cara–; no tenía un bolígrafo a mi alcance así que improvisé.

Romina le ofrece una tierna sonrisa a Jorge, pero este mantiene su mirada sobre el pasillo blanco, en el que se encuentra la oficina del monseñor Pacelli, quien los recibe de pie junto a su silla, mostrándose un poco más aliviado:

            –¡Por el amor de Dios y de toda la creación! –exclama asombrado el sacerdote– Peter… ¡¿Realmente eres tú?!

            –¿Quieres una prueba? No te acabes mis cigarros –responde Peter tras tomar un cigarrillo de la cajetilla colocada en el centro del escritorio, a lo que Pacelli aprovecha para acercarse a él para colocar sus manos sobre los hombros del alemán–. Si quieres bésame.

            –Definitivamente eres tú –Pacelli esboza una sonrisa de credulidad ante el sarcasmo de su subordinado–. Y díganme. ¿Cómo salió todo? ¿Y Ramaci y Marcia?

            –Ambos fueron internados en el hospital –se apresura a informar Roger en italiano, seguido por Roksana quien termina la frase.

            –Ramaci tenía heridas muy serias, mientras que la señorita Cíccaro tenía unos golpes leves –Roksana le dirige una mirada de desconcierto a Hugo tras terminar su breve reporte–. El conde Ottajano dijo que se quedaría montando guardia en caso de ser necesario.

            –No me culpen, no me quiso escuchar –Hugo se encoje de hombros tras justificarse.

            –Ya que estamos contigo, ¿podrían explicarme que hace él aquí? –Peter se adelanta a indagar la presencia de Hugo, acusándolo como si fuera algún criminal.

Pacelli se encamina a su escritorio, removiéndose sus pequeños anteojos redondos para limpiarlos con un pañuelo blanco y después volvérselos a colocar, mostrando una seriedad total, pero denotando una confianza indiscutible:

            –El señor Kramer vino a advertirnos sobre Azael –Pacelli suelta un gran suspiro–; se podría decir que llegó a tiempo para informarnos sobre esta traición.

            –Pensé que él era nuestro enemigo –exclama con coraje Peter, colocando sus puños sobre el escritorio– ¡Sabe de Berencsi!

            –Y lo es, pero al mismo tiempo es nuestro socio –Pacelli desvía su mirada hacia abajo como señal de culpabilidad, dejando impregnado en el rostro de Peter una imagen de incertidumbre–. Sólo te pido que no dañes mi escritorio con ese cigarro.

            –¿De qué demonios se trata todo esto? –Peter se muestra furioso, por lo que Romina se le acerca para tomarlo gentilmente del brazo y jalarlo más al centro de la pequeña oficina– ¿Qué no ves que Berencsi ha estado tratando de matarnos?

            –Quizás está tratando de matarte a ti solamente –la voz de Hugo se deja escuchar a espaldas de Peter, lo que incita a que este último a voltear a verlo mostrándose sorprendido– A propósito, esto es por Bertha.

Un fuerte puñetazo propinado por Hugo derriba a Peter sobre la alfombra, dejando sorprendidos a todos los presentes, quienes no saben cómo reaccionar ante ese ataque.

            –¡No golpees a mi Peter! –Rosa le dirige un fuerte golpe a Hugo, el cual es detenido rápidamente por Romina, dirigiéndole un meneo de cabeza de izquierda a derecha.

            –Dejemos de lado nuestros problemas personales –Hugo observa a Jorge y Roksana ayudar a Peter a levantarse–; ya estamos a mano, y siéntete agradecido de que me contuve.

            –¿Tienes idea de lo que nos hizo esa bruja? –Peter se limpia la sangre de su labio.

            –Lo sé perfectamente; sé lo que le hizo a ese pobre niño y créeme, eso me sorprendió de ella –los ojos negros de Hugo muestran un poco de sinceridad.

            –Me lo dice un maldito que le vende armas a los austríacos…

            –¡Y no solo le vendo armas a los austríacos! También le compro municiones a los alemanes y se los vendo a los serbios; si a los franceses les sobran cañones se los vendo a los turcos. Todos están en mi nómina.

            –¿Y todavía tienes el cinismo de decirlo? ¡Maldito monstruo!

            –Aún tengo principios, una cosa es venderle armas a ejércitos enteros para que se maten en las trincheras, y otra cosa muy diferente es lastimar mujeres y niños; aunque al parecer ustedes no entienden ese último punto –Hugo dirige su mirada a los integrantes de S.A.M., quienes se mantienen en silencio en un rincón de la oficina.

            –Nosotros estamos aquí por voluntad… –Jorge intenta defenderse de esa acusación.

            –Lamento lo que Bertha les hizo. Yo intenté guiarla por un camino diferente –el semblante sereno de Hugo finalmente se desvanece–; pero se dejó envenenar, y siguió un destino que ella misma se forjó.

            –¿Y que nos puedes decir de Azael? –pregunta Romina para calmar la situación.

            –Azael rompió todo contacto con nosotros –Hugo observa a Romina abrazar gentilmente a Rosa–. La verdad, desconozco cuales eran sus intenciones.

La intensidad de la discusión se rompe con el sonido de unos pasos que se acercan a toda prisa, causados por uno de los sujetos que venía en el carruaje con ellos:

            –Disculpen mi intromisión; el prisionero se ha despertado.

            –¡Justo a tiempo! –comenta Peter con tono sádico dirigido hacia Hugo– Entonces hay que sacarle la verdad.

Sin decir nada más, Peter sale encaminado por custodio en dirección desconocida, seguidos por Rosa y Romina. Por otra parte, Pacelli les ordena con un gesto de mandíbula a Jorge, Roger y Roksana que los sigan, dejando atrás a Hugo en la oficina con el Monseñor:

            –¿Lo notaste? –Pacelli se levanta de su silla para encaminarse al cigarro casi extinto que resbaló de la mano de Peter, colocándolo en un contenedor de basura.

            –Por supuesto –responde Hugo al mismo tiempo que se acomoda el tirante de su pantalón–. Tal como me lo dijeron.

            –No lo pierdas de vista –la seriedad del rostro de Pacelli se convierte en preocupación.

            –No lo haré –con estas palabras Hugo termina la conversación, saliendo de la oficina para seguir a los demás.

 

Guiándose por la presencia de varios hombres armados con rifles y escopetas, Peter logra llegar hasta un pasillo estrecho que lo conduce a un cuarto subterráneo, cuya estructura da aires de que ha estado en ese lugar desde hace siglos; sin embargo, a Peter parece no importarle esos detalles, por lo que se enfoca en llegar a la puerta metálica del calabozo.

            –Ya pasó el efecto del sedante –comenta uno de los custodios dándole entrada a Peter–. De igual manera, él se encuentra muy lastimado, no creo que logre hacer algo.

Peter no dice palabra alguna, tan sólo se dedica a propinarle un fuerte golpe con su puño izquierdo en la mejilla de Azael, obligándolo a escupir sangre y saliva.

            –¡Maldita rata traidora! –dice Peter entre dientes, para darle otro fuerte golpe.

Mientras tanto, a las afueras de ese recinto, Romina y Rosa llegan finalmente, siendo Romina la que le indica a Rosa que aguarde afuera sentada en una silla que se encuentra en las cercanías. Rosa obedece sin quejarse, mostrando preocupación ante lo sucedido, viendo también como la puerta del cuarto antiguo es cerrada apenas Romina se adentra:

            –Es suficiente –Romina detiene el brazo de Peter antes de que este le reviente la mandíbula a Azael, el cual ya luce cubierto de sangre–. Lo único que harás es darle fuerza.

            –Si por mi fuera aquí mismo lo mataba –Peter intenta contenerse, deslizando su brazo para no parecer descortés con su amiga.

            –Ahora resulta que tu amiga, la ramera, te controla –comenta Azael intentado mantener su cinismo–. ¿Y qué me dices de la huérfana de allá afuera? ¿Hasta cuándo le vas a seguir ocultando la verdad?

            –¿De qué hablas?

Indaga Peter con su ceja levantada, pero Romina lo empuja hacia atrás educadamente, para después ver la agonía de Azael reflejada en su rostro ya casi mutilado, desviando su mirada en cada rincón del cuarto, observando con detalle tanto la estructura como a los dos individuos presentes que mantienen guardia ahí.

            –Todas esas veces, que convivías con Rosa; que recibías sus cartas y le comprabas golosinas, las recuerdas, ¿verdad? –Romina levanta su pie derecho y lo deja caer bruscamente sobre el área genital de Azael, quien deja escapar un grito seco– ¿No te daba vergüenza jugar con las ilusiones de ella? Rosa realmente te apreciaba, y tú solamente querías utilizarla.

El pie de Romina gira de un lado a otro, causándole más daño y dolor a Azael, el cual comienza a gritar de dolor y desesperación. La situación comienza a incomodar a los presentes a tal grado que Peter se ve obligado a apartar a Romina, para después tomar un pedazo de leño y golpear el brazo fracturado de Azael, liberando un sonido de tejido muscular desgarrándose con cada contacto con el pedazo de madera.

            –¡¿Cuál era tu plan?! ¡¿Quién te mandó?!

La furia de Peter se visualiza con cada golpe que le da a su antiguo colega, cuyos gritos ensordecedores hacen eco en el lugar, hasta que de la nada, todo el interior del calabozo comienza a tambalearse, causando confusión entre los presentes hasta que la pesada puerta metálica se abre de golpe:

            –¡Por favor! ¡Ya no lo golpees! –Rosa se apresura a detener a Peter aferrando sus brazos alrededor de la cintura del alemán–. ¡Es suficiente! ¡Tú no eres el Peter que conozco!

            –Rosa, apártate, por favor –Romina intenta desprenderla de Peter, pero Rosa la empuja hacia atrás con un movimiento sobrehumano.

            –Tú no eres así; tú no eres malo –el sollozo de Rosa le evita articular correctamente las palabras–. Esperaba que regresaras para que fuéramos a más misiones, comer gelato en las tardes, no para esto.

Conmovido por el llanto de su pequeña amiga, Peter baja el leño que sostenía, colocándolo sobre una pequeña mesa, y sin decir nada, acaricia la cabeza de Rosa, dirigiéndola a la salida, seguidos por Romina, hasta que los tres llegan a los escalones de la salida del pasillo blanco.

 

Cubriéndola con una cobija aterciopelada, Peter se despide de Rosa, quien ya se encuentra profundamente dormida sobre la ancha cama de la habitación; por lo que Romina se acerca hasta ella para darle un tierno beso sobre su frente despejada, limpiando también una última lágrima que desliza por su mejilla rosada.

            –Se quedó dormida de tanto llorar –añade Romina al mismo tiempo que se aleja un poco–. Tú también necesitas descansar; fue un viaje largo, supongo.

            –Nunca la había visto llorar de esa manera –comenta Peter tras besar la mano de Rosa y colocarla sobre la cobija–. ¿Crees que sea cierto lo que dijo? ¿Cambié mucho?

Romina mira a Peter con una expresión de compasión, tomando de inmediato su mano para levantarlo y sacarlo de esa habitación, intentando cerrar la puerta con cautela, dirigiéndolo hasta otro cuarto oscuro en donde lo empuja sutilmente sobre la cama:

            –No te preocupes por eso ahora –Romina se sube en el cuerpo de Peter de tal manera que este no pueda hacer nada, bajándose el cierre trasero de su vestido, dejando su torso desnudo–. Yo también te extrañe…

Cegado por la tentación, Peter recibe los besos lujuriosos de Romina, acariciándola también de la espalda, pero sorpresivamente se detiene, alejándola de sí mismo.

            –No… –la negativa de Peter confunde a Romina, quien se acomoda sobre Peter, siendo rechazada nuevamente– No sabes por lo que he pasado estos meses…

            –¿Qué sucedió? –Romina ve como los ojos de Peter reflejan una profunda tristeza.

            –He visto el horror en su máximo esplendor; muerto, tras muerto, tras muerto, y yo, impotente de no poder salvarlos a todos…

Los opacos ojos de Peter se humedecen, detalle que Romina ve con empatía, recibiendo un cálido abrazo por parte de Peter, quien recuesta su frente entre los pechos de Romina, quien lo abraza brindándole un beso reconfortante en su cabellera negra.

            –Muchos de ellos aún eran niños… ¡Niños! ¿Cuántos sueños quebrantados en el fango de una miserable trinchera? ¿Cuántos anhelos y aspiraciones que no volverán a ver la luz del día? ¿Cuántas madres que no volverán a abrazar a sus hijos, dejando un gran vacío y dolor en sus corazones? Y yo, yo no pude hacer nada por ellos.

            –Hay cosas que no podemos controlar, que simplemente están fuera de nuestro alcance –Romina apoya su mejilla izquierda sobre el cabello de Peter–. Por lo que me dijiste, parecer ser que viste un pedazo de infierno en la tierra; pero… ya estás en casa.

Peter levanta su mirada para ver a Romina, brindándole otro beso en los labios, a lo que ella corresponde dulcemente; sin embargo, Peter se detiene, apartándola delicadamente de su regazo y acostándola a un lado de la cama:

            –¿Escuchaste eso? –Peter se levanta de la cama y se dirige al balcón de la habitación.

            –No escuché nada –responde Romina con un tono de preocupación.

            –Escuché algo… como si fueran sables –Peter se apoya sobre el barandal del balcón, dirigiendo su vista a la puerta del Musei Vaticani de donde ve salir a un grupo de hombres armados que comienzan a darse indicaciones– ¿Qué estarán haciendo ahora?

Apenas termina de hablar, Peter es fuertemente empujado al interior de la amplia habitación, aterrizando sobre un armario de madera, por lo que Romina cierra su vestido nuevamente y extraer un revolver del cajón de la mesa de noche.

            –Una señorita como tú no debería tener una de esas –comenta sarcásticamente Azael mientras sostiene el brazo armado de Romina, dejándola impactada al verlo de frente, con su masa muscular incrementada como previamente.

            –¡Suéltala! –Peter se levanta del destruido armario, del que toma pedazos de madera para lanzarlos de manera paranormal contra Azael, forzándolo a que desvíe su interés en Romina y se enfoque en él.

            –¿Dónde está la española? –Azael tras esquivar los pedazos de mueble como si fueran moscas– Quiero agradecerle por haberme liberado.

La noticia sorprende a Peter y Romina, mientras que Azael camina hacia Peter, tomando una silla en el trayecto con la que pretende agredir al alemán.

            –¿A qué te refieres con eso de que “te liberó”? –Peter se acomoda en posición de defensa, a lo que Azael le responde con una sonrisa de demencia.

            –¿Qué acaso no te diste cuenta de que cuando sacudió aquella mazmorra, también aflojó las cadenas que me detenían? –Azael gira de derecha a izquierda su cuello, dejando que un fuerte intimidante crujido de huesos se deje escuchar– No sé si lo hizo con toda la intención o quizás sólo fue algo que no podía controlar; pero, de todas maneras, me alegras que aún no pueda controlar su fuerza…

Azael levanta la silla por encima de su cabeza, disponiéndose a usarla en contra de Peter, quien se adelanta a lanzarle una fuerte patada en el estómago que lo hace retroceder unos pasos, hasta que se incorpora en una posición de agresividad.

            –Si la guerra no te pudo matar, entonces lo haré yo mismo…

Apenas Azael intenta lastimar a Peter con la silla, esta vuela en pedazos en el aire tras ser impactada por una bala disparada del arma que Romina logró alcanzar a tiempo.

Con la sangre hirviéndole de ira, Azael golpea fatalmente a Peter, lanzándolo contra la pared más cercana, para después saltar rápidamente sobre la cama cercana a Romina, la cual despedaza con su propio peso; infligiéndole un gran temor en ella, quien luce impactada al ver como Azael luce más rápido y más peligroso.

            –También es tu turno de morir, maldita ramera –dice Azael antes de golpear a Romina con su codo, tumbándola sobre la cama, colocando su pie izquierdo sobre la mano de Romina que sostiene el arma–. Siempre te consideré un desperdicio de aire.

Azael levanta su puño dirigido a la cara de Romina, pero antes de que este logre impactar su fuerza sobre el cráneo de la eslava, un murmullo infantil proveniente del pasillo se deja escuchar, llamando inmediatamente la atención de Azael y Romina:

            –¡Rosa! ¡Vete de aquí! ¡Ahora! –exclama Romina lo más fuerte que para prevenir a su amiga que entra a la habitación con los ojos cerrados y con una sonrisa de despreocupación dibujada en sus rosadas mejillas.

            –¡Hasta que al fin apareces!

Azael deja de someter a Romina para encontrarse con Rosa, quien deja de tararear, mientras en el rincón de la habitación, Peter recupera el conocimiento justo a tiempo.

            –Hola, Azael –las palabras de Rosa hacen que el rostro de Azael se torne de un color pálido–. Ha pasado mucho tiempo…

            –No… no es posible; esa voz… –la respiración de Azael se acelera y la situación empeora cuando Rosa abre sus ojos y estos son de un color azul violeta que brillan en la oscuridad de la noche– ¡Fernand!

El brazo de Rosa se levanta al aire, elevando consigo algunos pedazos de madera con punta, los cuales lanza contra Azael, pero estos se detienen flotando sin razón aparente:

            –¡No! ¡Detente! –grita Peter con una voz ronca y angustiada, manteniendo su mano derecha apuntando a Azael– ¡No obligues a Rosa a que se manche las manos de sangre!

            –¿Peter? –la dulce voz de Rosa se deja escuchar, acompañada también por el sonido de pasos que suben a toda prisa desde la planta baja– Peter… ¿Qué está pasando?

Peter no dice nada, tan sólo se acerca a Rosa manteniendo su mano levantada con dirección a las estacas flotantes, situación que aprovecha Azael para atacar a Peter por la espalda, a lo que Rosa reacciona por reflejo soltando un grito desahuciado y un levantamiento de manos inesperado, incrustando cerca de una decena de pedazos afilados de madera en el cuerpo de Azael, siendo las heridas del pecho y del cuello las que más sangre dejan fluir.

Peter se abalanza sobre Rosa para abrazarla y cubrirla de la cruel escena, pero es demasiado tarde: Rosa lo ha visto todo. Romina se acerca a ellos para guiarlos fuera de la habitación gentilmente, reflejando una expresión de lamentación total.

            –¿Qué he hecho? ¿Qué acabo de hacer? –gimotea Rosa angustiada mientras que Romina y Peter se mantienen en silencio, silencio que no se quebranta aun cuando Hugo y un par de sujetos llegan hasta el pasillo en donde se encuentran.

            –¿Están bien? Azael escapó y… –Hugo deja de hablar al ver la indicación que Peter le hace con su quijada para que se asome en la devastada habitación, a la que ingresan los sujetos armados para ver la agonía de Azael– Lo lamento mucho…

Las palabras de Hugo parecen no surtir efecto alguno, ya que Romina y Peter intentan reconfortar a Rosa, mostrándole con abrazos que no está sola.

            –Creo que no es el momento indicado para decir esto, pero… –Hugo contiene sus palabras por un instante en lo que saca una cajetilla de cigarros de su pantalón para entregársela a Peter, quien lo ignora cortésmente– Berencsi quiere verte.

 

 

 

16. Escupiendo veneno.

 

Basilea, Suiza, 19 de diciembre de 1915.

El clima decembrino se hace presente cubriendo con un ligero manto blanco de nieve las calles y techos de los medianos edificios de la ciudad helvética. Dicho paisaje comienza a desplazarse apenas el tren comienza a moverse lentamente, tomando velocidad para apresurarse a su destino, mientras que Peter ve el trayecto transcurrir por la ancha ventana de su cabina privada. Motivado por el frío que se traspasa por el amplio vidrio y que repercute en la fricción de sus temblorosas manos, Peter le da un último vistazo a los edificios que pasan, levantándose de su asiento para salir de su cabina con cigarrera en mano, decidido a colmar el frío con el humo de tabaco. Pero, ignorando por completo la escasa fluidez de unos cuantos pasajeros en el pasillo, Peter golpea con su hombro accidentalmente a un joven de boina azul marino que iba caminando en sentido opuesto, lo que lo motiva a disculparse de inmediato, pero sus palabras parecen ser ignoradas por el incauto pasajero.

Dándole un último suspiro cigarrillo y acosado por el gélido clima que lo golpea directamente en ese pequeño balcón localizado entre los vagones, el alemán decide adentrarse al vagón en movimiento, encaminándose hasta su cabina asignada, a la cual le desliza la puerta de la entrada, tan sólo para darse la sorpresa de encontrarse a la persona con la que minutos antes se había tropezado, sentada en el sillón frontal al asiento en donde él estaba:

            –¿Kann ich Ihnen helfen? –Peter da claras señas de que la presencia del extraño le incomoda.

            –“Petah Gest” –responde aquel intruso de overol azul marino que hace juego con su boina, de donde cuelgan unos cuantos mechones rosados, cubriéndole parte de la frente.

Sin pensarlo ni un segundo más, Peter introduce su mano frenéticamente en la parte interior de su saco negro, pero el brusco movimiento se detiene al ver como el invasor le extiende su revólver, sujetándolo del mango de madera con apenas dos dedos:

            –¿Was ya loo’ing foh fis? –comenta con un acento cockney aquella misteriosa persona sin dejar de menear el revolver– ¿Es así como esperabas recibirme? ¿Con un disparo?

            –Hello, Sam –la voz de Peter suena relajada apenas logra visualizar el juvenil rostro de la persona que se ríe de la situación, por lo que Peter se adelanta a arrebatarle el arma y colocarla dentro de su saco–. No esperaba volver a verte; al menos, no pronto.

            –Yo también te extrañaba… si a eso te refieres –Sam lo mira con picardía al mismo tiempo que se extiende sobre el sillón bocabajo, de tal manera que las puntas de sus botas golpean el cristal de la ventana–. Escuché las buenas nuevas.

            –¿En serio? ¿Cuáles? –Peter se sienta en el otro sillón de color café, para después tomar el periódico que yace escondido en una estantería discreta.

            –Pues, que tienes una nueva novia… de hecho, ¿no sabía que te gustaban muy jóvenes? –las palabras algo provocadoras que dice Sam con su voz aguda sacan de sus casillas a Peter, quien le dirige una mirada de negación.

            –¡Las cosas no son así! –Peter arruga el periódico en sus manos, mientras que Sam comienza a tambalear sus piernas al aire, dándole ligeros golpes a la ventana con sus pies.

            –¡No seas tan cínico! –Sam se acomoda en el sillón para sentarse en el mismo asiento en el que está Peter, a quien le dirige una coqueta mirada a la par que se le acerca a su pálido rostro– Sí por ahí me dijeron que hasta le pusiste mi apellido. ¡Se ve que no me extrañabas!

            –No es lo que tú crees… –Peter desvía su mirada en un afán de justificarse, pero Sam se le acerca un poco más para tomarle gentilmente la barbilla con su mano rosada, intentado besarlo al instante, siendo Peter quien rechaza ese movimiento alejándose un poco hacia atrás– Ya no soy el mismo de antes.

            –¡Qué lástima! ¡Si supieras que te he extrañado tanto! –Sam se incorpora encima de Peter, cruzando sus brazos sobre su nuca, dirigiéndole unas palabras al oído con un tono meloso– Tanto así que ni siquiera he estado con otro hombre después de ti, porque, ya sabes, tú fuiste el primero.

Peter desvía su mirada una vez más hacia la puerta corrediza de la cabina, a la que le extiende su mano izquierda deslizándola para abrirla, lo que incita a Sam a bajarse de Peter con una expresión de decepción.

            –¡Demonios! ¡Esperaba que el candado se cerrara! –exclama Peter algo molesto, para después cerrar la puerta como el esperaba– Disculpa, hace mucho que no uso estas habilidades. ¿En que estábamos?

Tras percatarse de la intención real de Peter, una expresión de vivaz emoción se ilumina en el rostro angelical de Sam, por lo que empieza a aplaudir antes de abalanzarse sobre Peter y besarlo desenfrenadamente.

 

El tren sigue su curso a una velocidad moderada, cortando de tajo la vista panorámica suiza antes de que se desvanezca con el cambio fronterizo germánico, en el que, por decreto de la ley, policías fronterizos deben hacer inspección de cada pasajero que viaja en la alargada máquina de vapor.

            –¿Para qué son las vendas? –indaga Peter tras observar cómo Sam se amarra las alargadas tiras de tela alrededor de su torso.

            –Nada en especial… –la respuesta de Sam deja algo satisfecho a Peter, quien termina de abotonarse su camisa blanca dejando el cuello desarreglado, para después ponerse su saco negro y colocar un cigarrillo en su boca–. ¿Aún sigues viendo a esa chica de Bohemia?

            –Sí –Peter se inclina al asiento frontal y agarrar la boina de Sam para entregársela–. Es mi compañera de trabajo; difícil no verla día a día.

Sam le dirige un intento de sonrisa a Peter mientras termina de acomodar su cabello bajo la boina y abotonar su overol azul.

            –¿Y qué me dices de ti? –Peter se encamina hacia la puerta deslizable, sacando su encendedor del bolsillo de su pantalón negro– Lo último que escuché fue que terminaste trabajando para la casa Cranswell. ¿Te tratan bien?

            –Sí, me tratan bien… –responde Sam con una voz de desinterés, lo que causa que Peter detenga su transcurso y le dirija una mirada dudosa.

            –¿Sure? –pregunta Peter con su marcado acento alemán.

            –Es sólo que ya no soporto al hijo mayor, Reginald… ¡Siempre se la pasa diciendo que él va a ser el heredero de la familia, y que esto y que el otro! –Sam deja escapar un profundo suspiro antes de proseguir– Aunque el tipo no es mala persona; siempre es atento conmigo, me compra cosas que no debería y todo el tiempo me dice que si me hace falta algo que le haga saber. ¡Pasa de ser un engreído imbécil a un bobo inocente!

            –Se ve que no es el único que intenta guardar secretos –comenta Peter tras soltar una disimulada carcajada.

            –¿Qué quieres decir? –Sam mantiene su ceja izquierda levantada.

            –¿No es más que obvio? ¡Le gustas! –Peter se dispone a retirarse de la cabina para disfrutar su cigarro, dejando atrás a Sam con un rostro rojizo y sin palabras para defenderse.

            –No te tardes mucho; dentro de poco estaremos en la frontera…

Las palabras de Sam parecen surgir efecto en el ferrocarril ya que este comienza a disminuir su velocidad mientras que en el fondo del pasillo una voz indica que pronto abordaran soldados fronterizos.

            –Entonces, ahora huyes del presuntuoso de Cranswell –concluye Peter tras lanzarse resignado sobre el sillón.

            –¡No estoy huyendo de él! –la voz algo afeminada de Sam inunda la pequeña cabina– Al contrario, me encomendaron una misión.

            –¿Una misión? –Peter deja de jugar con su cigarro apagado para mirar sorprendido a Sam– ¿Qué clase de misión?

            –No debería hablar de eso; pero tú nunca me ocultaste nada –Sam esboza una sonrisa de conformidad al mismo tiempo que se encoge de hombros–. Me encargaron localizar a Lucía, “La Bruja Blanca”, o “La Curandera”; el apodo varía según la región.

La serena respuesta de Sam deja helado a Peter, quien deja caer su cigarro sobre la alfombra.

            –¿Estás bien? –le pregunta Sam al ver la palidez de su rostro, pero Peter apenas reacciona cuando un par de oficiales alemanes entran a su cabina.

            –Reisepass, bitte –exclama uno de los oficiales, por lo que tanto Sam y Peter se disponen a extraerlos para extendérselos al uniformado, quien los lee con sutil delicadeza– Peter Alexander Gest und Sam Rood… ¿Sam Rood? ¿Nur wie das?

            –Ja; mein Name ist kurz –responde Sam en alemán fingiendo un acento holandés, por lo que el oficial, viéndose satisfecho con la respuesta, les regresa sus documentos y se despide educadamente, encaminándose a la siguiente cabina, no sin antes cerrar la puerta corrediza.

            –Tu alemán fue muy bueno –añade Peter mientras coloca su cigarrillo en su boca.

            –Gracias; aprendí del mejor… –responde Sam con una sonrisa pícara, a lo que Peter le dirige el mismo gesto para después mirar el paisaje nevado que el tren va dejando atrás.

            –Y dime, ¿qué quieren los de la casa Cranswell de “La Curandera”? –Peter no despega su mirada del cristal, pero ahora con su cabeza reclinada sobre este, disimulando su ansiedad con el movimiento de sus piernas.

            –¡Oye! Quedamos en que sólo te diría mi misión; no los detalles.

            –¡Vamos! Nadie se va a enterar de que me dijiste –Peter se reclina sobre sus rodillas con dirección a Sam, quien deja escapar una pequeña mueca de emoción y se limpia la frente de su cabellera rosada.

            –La verdad es que los Cranswell le perdieron la pista hace unos años –añade Sam después de cambiar a una seriedad parcial–; pero últimamente ha habido indicios de que aún sigue rondando la parte sur de Europa.

            –Entonces no murió como se creía…

            –En ningún momento se mencionó que hubiera fallecido –dice Sam al mismo tiempo que se cruza de brazos–; solamente desapareció. Además… ¿Cuál es tu interés en ella? ¿No sabía que al Vaticano le podría interesar?

            –Nada en especial –Peter deja escapar un suspiro–. ¿Hasta dónde planeas viajar?

            –Hasta Holanda. ¿Y tú?

            –Es un viaje largo…

            –¡Y sí que lo es! –Sam coloca su pierna izquierda sobre la derecha para tambalearlas.

            –Entonces, creo que deberíamos ocupar el tiempo en algo productivo –tras decir eso, Peter se sienta en el sillón en el que se encuentra Sam, propinándole un par de besos antes de que se acuesten sobre el asiento.

 

Bad Aachen, Imperio Alemán, 19 de diciembre de 1915.

Golpeando con los escalones de la salida del vagón y con cigarrillo encendido en la boca, Peter mira al azar a las diferentes personas que rondan en la plataforma de salida, así como también cubre con su mano el lado izquierdo de su rostro para que los rayos solares no le dañen la vista. Manteniendo esa posición, pero dejando que su cigarro se convierta en cenizas, Peter se encamina fuera de la plataforma de abordaje, adentrándose a la inmensa estación central con toques arquitectónicos modernistas, y en donde se observa un gran túmulo de gente que va de un lado a otro como si de un enjambre de abejas se tratasen. Apenas se acerca a la salida principal del recinto, este es interceptado por dos personas: una mujer joven de piel blanca y de cabello castaño oscuro cubierto por un sombrero ancho y blanco con listón azul que hace juego con su vestido blanco de flores amarillas y un soldado con uniforme gris y gorra de oficial, que no combinan con su bigote pequeño y mal recortado.

            –¡Piet! –exclama con emoción la joven dama de guantes blanco antes de atacar a Peter con un cariñoso abrazo, gesto que Peter corresponde con unos indicios de felicidad en sus labios– ¡Al fin llegas!

            –¡Tessa, hermana mía! –responde Peter con tono afectivo– ¡Me alegra mucho verte!

Tessa le brinda dos besos en cada mejilla a Peter, quien la levanta levemente para dar un par de vueltas sobre su propio eje, ignorando por completo al soldado, el cual mantiene sus manos ocupadas con un ramo de rosas rojas.

Finalmente, y tras colocar a Tessa en el piso, Peter logra apreciar la presencia del uniformado de bigote mal cuidado y de cara algo pesimista, por lo que Peter no muestro mucho entusiasmo al verle ahí:

            –Friedrich, no esperaba verte aquí.

            –Es un gusto verte otra vez, Peter –comenta el militar, añadiendo una sonrisa ingenua mientras le extiende el sencillo ramo de rosas, el cual Peter toma con cierta sorpresa no sin antes agradecerle–. Permíteme ayudarte con tu maleta.

Manteniendo su amabilidad, Friedrich toma la maleta que Peter había dejado caer ante el encuentro con su hermana, procediendo de inmediato a adelantarse a la salida del edificio, dejando que Peter y Tessa tengan una conversación más amena:

            –¿Qué hace él aquí? –le susurra Peter a su hermana tras ver como Friedrich le da la maleta a un conductor de carruaje que espera a la salida.

            –No quería decírtelo por cartas; quería que fuera una sorpresa –responde Tessa mientras inserta su mano en el arco del brazo de Peter, encaminándolo hacia el carruaje con paso sereno–. Friedrich y yo estamos comprometidos.

            –¡¿Qué?! –Peter se contiene de gritar apenas se acercan lo suficiente para que Friedrich lo invite a abordar el carruaje, manteniendo una sonrisa amable en su rostro algo decaído.

 

Con la frontera a escasos metros de la enorme casona, y con el sol escondiéndose entre los árboles frontales a ese edificio de fachada antigua, el carruaje con tonos azules finalmente llega a la mencionada vivienda, tan inmensa como una hacienda y formada por pequeños edificios de dos plantas interconectados, teniendo a su lado un pequeño lago escondido entre arbustos y árboles cubiertos por una fina capa de nieve. Friedrich es el primero en bajar de aquel vehículo, extendiendo su mano para recibir a Tessa y evitar que suceda un accidente en la bajada, siendo el último en salir con maleta en mano Peter, que, apenas pone sus pies sobre el terreno algo lodoso, se gira para poder apreciar su antiguo hogar, exhalando un suspiro de felicidad en el acto.

            –¿Padre está en el comedor?

Indaga Peter al ver como las luces del interior toman más notoriedad conforme la luz solar se desvanece, pero ni Tessa ni Friedrich le responden, por lo que comienza a seguirlos apenas estos emprendan marcha al ala donde aparentemente yace el comedor.

Tessa, dando unos pequeños brincos y manteniendo el optimismo reflejado en sus mejillas, regresa con Peter para jalarlo cariñosamente del brazo, incitándolo a que se apresure a entrar, llevándose la incómoda sorpresa de ver unos cuantos invitados en el ancho comedor.

            –¡Amigos míos! ¡Me alegra verlos! –exclama Peter tratando de ocultar su entusiasmo, siendo recibido por los cálidos abrazos de dos mujeres de su edad y otro joven soldado, con la excepción de otro uniformado que yace sentado en la silla de madera.

            –¡Pero pareciera que no has envejecido, Piet! –dice una de las mujeres, cuya belleza sobresalta por sus ojos azules y cabellera negra.

            –No lo alagues tanto, Gertrud; ya sabes que apenas le digas algo su ego se eleva por los cielos –añade la otra joven de rasgos más finos, ojos verdes y cabellera castaña.

            –Es bueno verte de nuevo, Piet –comenta el otro uniformado al mismo tiempo que intenta apartar a las elegantes señoritas de la silueta de Peter.

            –Lo mismo digo, Hans –Peter le da una palmada en el hombro a su amigo, para después volver la mirada con sus amigas–, Gertrud, María.

            –Demasiada charla por ahora… –dice Tessa quien sale de la cocina con una cacerola mediana que sostiene con unos pedazos de tela mojados, seguida por Friedrich quien trae consigo otra cacerola más grande– mejor acomódense que la cena ya está lista.

            –¿Y mi padre? ¿No va a cenar con nosotros? –pregunta Peter mientras su hermana le sirve sopa caliente en su plato.

            –Vati se encuentra con la tía en Holanda –se apresura a decir Tessa al mismo tiempo que es asistida por Gertrud y María para servir el estofado–. Se le hace más fácil visitar al médico y obtener medicinas de aquel lado; pero no te preocupes, llegara por la mañana. Ya sabe que estás aquí.

            –Además de que muchos médicos fueron llamados al frente y a la retaguardia –añade el otro joven de uniforme que se ha mantenido silencioso todo este tiempo–. Hola, Peter.

            –Ernst –Peter inclina su mandíbula como señal de cortesía, pero su rostro no muestra felicidad de verlo.

            –Es bueno tenerte de regreso –las palabras de Ernst siembran una sensación de seriedad en el comedor, manteniendo las conversaciones de los demás reducidas a silencio.

            –No estaría aquí si no fuera por ti –Peter rompe la seriedad de la gran habitación con su voz calmada, haciendo contacto visual con todos los presentes quienes muestran alegría con su compañía–. Sí no hubieras hablado con tu padre…

            –Eso no importa –interrumpe de tajo Ernst, llamando la atención de todos.

            –No te pongas en esa actitud –dice Gertrud sosteniendo el brazo de Ernst en un intento de calmarlo–. Disculpa a mi hermano, Piet; regresó del frente hace una semana y…

            –Discúlpenme todos –Ernst toma gentilmente la mano de su hermana, denotando ahora una voz más relajada–. No estamos aquí para hablar de eso, sino todo lo contrario, para celebrar el compromiso de Friedrich y Tessa, los más pequeños de todos nosotros.

Apenas Ernst termina de hablar, el grupo de amigos explotan en conversaciones cortas de alegría y felicidad, pero Tessa, siendo la última en servirse, se sienta sobre su asiento, dándole indicaciones a todos de que pueden comenzar a comer.

            –La sopa está muy rica, hermana; la verdad, ya extrañaba tu comida.

            –Y cuéntanos, Peter… ¿Cómo te ha ido? ¿Qué has hecho todo este tiempo? –pregunta María con una vivaz luz reflejada en sus ojos verdosos.

            –Pues no mucho, la verdad, he estado trabajando como médico de cabecera para una familia en Suiza –responde Peter manteniendo una postura modesta, pero que sorprende a más de uno en la mesa.

            –¿Sabes? No nos vendría más un médico en nuestro Batallón –añade Hans sin afán de poner tensión sobre la conversación, por lo que es recibido con sonrisas por parte de los demás invitados con la excepción de Ernst.

            –No me veo como ustedes, combatiendo por el Imperio –una sonrisa fingida se logra ver en la mejilla de Peter antes de desaparecer con un sorbo de sopa.

            –¿O es por lo mismo que no tienes el valor para hacerlo? –las palabras de Ernst causan severa inquietud en la mesa, obligando a Gertrud a sostener el brazo de su hermano nuevamente.

            –Si lo que quieres decir es que soy un cobarde, tan sólo dilo, no lo escondas –la firmeza de Peter se visualiza en sus ojos oscuros, intimidando en parte a la robusta amargura de Ernst–. Sí, soy un cobarde; no apoyo a esta guerra, por eso me fui de aquí. ¿Es lo quieres escuchar o no? ¡Esta maldita guerra no tiene sentido! Hemos escuchado cómo mueren nuestros conocidos. No me gustaría terminar como Ulf o Manfred…

            –Tú no tuviste que recuperar sus cuerpos y entregárselos a sus padres –Ernst se inclina sobre la mesa al mismo tiempo que su voz imponente resalta una vez más–, así que no los involucres en esto.

            –¿Podrían ambos callarse? –Gertrud rompe su postura de codos sobre la mesa mientras reprime a su hermano y a su amigo, dándole indicaciones con su barbilla de que la situación es demasiado incomoda en especial para María, quien sujeta el brazo de Hans, ambos sin despegar la mirada de un punto muerto en la mesa, y para Tessa y Friedrich, quienes entrecruzan sus manos manteniéndose en alerta sobre la bochornosa situación.

Al sentirse acorralado, Peter le da otra cucharada a su platillo, para después colocar su servilleta blanca sobre la mesa y salir de aquel pequeño edificio con dirección al centro del recinto, dispuesto a encender un cigarrillo. Ernst lo sigue, y temiendo lo peor, Gertrud se levanta para seguirlos, quedándose en el marco de la puerta tras observar como el caminar sereno de su hermano sobre la nieve no da indicios de una postura violenta:

            –¿Son de esos cigarros de América? –Ernst le extiende su encendedor a Peter, el cual tiene problemas para usar el suyo.

            –Sí, ¿pensé que habías dejado de fumar? –Peter le pasa el cigarro a su amigo, recibiéndolo sin reproches.

            –Lamento lo que hice allá adentro; pero la verdad, no tienes idea de lo que ha pasado este último año –Peter gira su cabeza para encontrarse con Ernst, dándole una expresión de entendimiento total, a lo que, aún apenado, Ernst desvía su mirada sobre el cielo oscurecido, dándole otra aspirada al cigarro antes de dárselo a Peter–. Quédate; no lo hagas por nosotros, quédate por tu familia, por tu padre, pero en especial por tu hermana, te va a necesitar.

            –¿De qué hablas? –Peter voltea su cabeza, mostrándose sorprendido y confuso.

            –Tengo que ir al baño, será mejor que entres o te vas a enfermar –tras decir eso, Ernst se dirige a una letrina de madera localizada a lado de otro edificio más grande.

Siguiendo la sugerencia de su amigo, Peter se encamina de regreso al comedor, encontrándose de frente a Gertrud, con quien comparte unas palabras en el corto pasillo de salida al marco de la puerta, impidiendo que sus profundos ojos azules se desvíen de la mirada sombría de Peter, sin éxito:

            –Supongo que aún no me perdona lo de Otto –Peter extrae otro cigarrillo de su saco negro, pero Gertrud se lo arrebata antes de que lo coloca en entre sus labios.

            –No es tanto eso… –Gertrud se detiene antes de encender el cigarro para ella misma.

            –Todo es sobre eso –Peter le quita gentilmente el cigarrillo para aspirarlo, devolviéndoselo de inmediato– El hecho de que haya movido hilos para venir aquí sin ser arrestado puede que alimente su ego.

            –No tienes idea de lo que ha pasado; ha visto morir a muchos de nuestros amigos de la infancia –Gertrud baja la mirada intentado no conmoverse con sus propias palabras, Peter la mira sabiendo que la justificación de su amiga es la adecuada, por lo que se adentra para ir al comedor de donde provienen risas amenas, pero Gertrud lo detiene del brazo, obligándolo a girar–. Gracias por evitar que mi hermano se manchara las manos de sangre.

            –Al menos su conciencia está limpia –Peter arrastra cordialmente a Gertrud hacia el interior tras ver como esta titiritea de frío a la entrada, recibiendo como respuesta un gentil beso por parte de la dama de labios carmesí sobre su mejilla.

            –No me imagino que tanto has de cargar, Peter; tu mirada luce vacía, opaca, tan así que tus ojos perdieron ese ligero tono azul que tanto cautivaba –apenas Gertrud termina de hablar, Peter se da cuenta que Ernst está en su camino de regreso, por lo que se limpia la mejilla con la manga de su saco antes de que Ernst llegue, siendo recibido por un par de sonrisas fraternales por parte de Peter y Gertrud.

            –Gracias por esperarme –Ernst les regresa la sonrisa con un ligero toque de tristeza, haciendo un movimiento de mano para que se adentren primero.

 

La noche de la pequeña festividad sigue su curso, manteniéndose viva por las risas y cantos del pequeño grupo de amigos que celebran con alegría su existencia y amistad, celebración iluminada por las lámparas del comedor que al paso de unas cuantas horas se apagan, dando a entender que la reunión se ha terminado, por lo que un par de luces provenientes del edificio aledaño iluminan el interior, denotando las siluetas en entre la luz y la oscuridad deambulan:

            –Me hubiera gustado que se quedaran –comenta Peter al mismo tiempo que es escoltado por su hermana a la puerta de su habitación–, como en los viejos tiempos.

            –Ellos también hubieran querido lo mismo –Tessa le responde con una dulce mueca en sus mejillas–; pero la guerra los mantiene ocupados, a todos.

Peter se encamina hasta la cama, deteniéndose al pie del mueble para extender sus brazos y caer como un tronco boca abajo, siendo cobijado por Tessa, quien le brinda un tierno beso a la altura de la oreja derecha.

            –Descansa, Doofkopf.

Tessa se encamina fuera de la habitación, resaltando con cada paso el ruido de sus tacones bajos que golpean la madera del piso, llegándose a escuchar por todo el angosto pasillo que divide las habitaciones del edificio.

            –Por fin estoy en casa –dice Peter para sí mismo mientras escucha los pasos de su hermana que merodean en la habitación contigua, dirigiéndose de un lado a otro, como si de un baile se tratara–. La calidez de mi cama, la sonrisa de mi hermana, el sonido de esta casa.

Con cada palabra que Peter mentaliza su cuerpo se relaja entregándose al sueño, siendo los pasos de su hermana lo único que lo limita para caer profundamente dormido, llegando a incomodarlo un poco.

            –Debería dormirse ya…

Peter se revuelca en su cama quedando boca arriba, sentándose después a la orilla de la cama, sintiéndose aún más irritado, decidiendo ponerse de pie para dirigirse a la salida de su cuarto abierto, y caminar por el pasillo hasta llegar a la puerta cerrada del cuarto de su hermana, la cual derrumba con una fuerte patada al mismo tiempo que desenfunda su revolver:

            –¡Suéltala, ahora!

            –No tiene que ser tan agresivo, Herr Gest –le responde con cinismo el tipo que amordaza a Tessa con sus delgadas y tétricas manos, cubriéndole la boca y sujetándola del cuello para que esta sea el perfecto escudo humano.

            –¡¿Quién diablos eres?! –Peter no deja de apuntar con su revólver sin dejar de ver como su hermana intenta decirle algo–¡¿Qué es lo que quieres?!

            –Soy sólo un mensajero –una repugnante sonrisa se dibuja en las mejillas con severas marcas de quemaduras, resaltando más su peligrosidad.

            –¿Te mandó Berencsi? –Peter duda si dar un paso hacia adelante o no hacerlo.

            –Se podría decir que sí –el intruso vuelve a mostrar su sonrisa cínica, sujetando más fuerte a Tessa quien intenta zafarse de su captor–. Tranquila, pequeña, que esto no durará por mucho tiempo.

El intruso acerca sus dientes afilados sobre el cuello de Tessa y sin dejar hacer contacto visual con un asustado Peter; pero Tessa reacciona rápido y le propina una fuerte patada sobre el pie al mismo tiempo que le da un golpe con su codo en el estómago y usa su cabeza para golpear la mandíbula de aquel sujeto de rostro demacrado, soltándola apenas se percata del dolor que su cuerpo repercute. Aprovechando esa situación, Peter abre fuego sobre el cuerpo del intruso, el cual usa su antebrazo para recibir los letales fragmentos de plomo que lo hacen gritar de dolor, ignorando que Peter se acerca hasta él para intentar rematarlo:

            –¡Primero tus malditas zorras me causan estas heridas y ahora tu hermana me hace esto! –el sujeto alardea furioso antes de esquivar a Peter, empujándolo sobre el suelo.

Tessa reacciona de la manera más rápida que puede atrayendo una pesada silla con un movimiento de mano, haciéndola flotar por los aires en dirección al intruso, siendo este capaz de detener el mueble con un fuerte golpe que la despedaza, brindándole tiempo a Peter para vaciar el tambor del revolver sobre el cuerpo del atacante, perforando su estómago con plomo antes de que caiga por la ventana y corra lo más rápido que puede en el campo abierto.

            –¿Estás bien? –le pregunta Peter a Tessa mientras el primero recarga su arma.

            –Sí, ¿y tú? –Tessa abraza a su hermano para después mirar por la ventana, viendo como a lo lejos su atacante casi se desvanece entre la noche– ¿Qué era eso?

            –Un vampiro –es la única explicación que dice Peter antes de brincar por el marco de la ventana dispuesto a darle cacería–. Quédate aquí y ten lista la escopeta de ser necesario.

            –¡¿Estás loco?! ¿Qué tienes planeado hacer? –la sorpresa de Tessa se dibuja en su rostro juvenil, cambiando en un segundo a preocupación desmedida.

            –Matarlo –Peter voltea a ver su hermana, mostrándole una seriedad inquebrantable–, antes de que llegue a la tumba de mamá.

 

 

 

17. Dame tus ojos.

 

Bad Aachen, Imperio Alemán, 20 de diciembre de 1915.

Los zapatos negros de Peter se hunden dentro de la nieve con cada paso que da, saliendo cubiertos de lodo mientras se encamina por el campo abierto hasta llegar a un muro de árboles altos, siendo la barrera natural entre Alemania y Los Países Bajos. Sin dudar un segundo más y con revolver en mano, Peter decide cruzar esa delgada barrera natural, que le da la salida al costado de un camino terrenos, el cual es resguardado del otro lado por un muro alargado no muy alto, lo que hace que el corazón de Peter se acelere.

Aprovechando la baja altura de aquella pared de piedra y ladrillo y el hecho de que no hay guardias fronterizos en las cercanías, Peter escala la pequeña construcción, encontrándose en pocos instantes del otro lado de la muralla, en donde aprecia un panorama tapizado por tumbas y mausoleos modestos. El rostro de Peter palidece apenas aprecia los últimos aposentos de los que ahí yacen; pero su mirada se distrae apenas escucha el sonido proveniente del otro extremo del panteón de unas ramas que se rompen, por lo que decide dirigirse hasta ese punto para confirmar que el atacante de su hermana esté ahí y enfrentarlo. Sin embargo, entre el recorrido de aquellas tumbas adornadas por lápidas sencillas y la penumbra nocturna del lugar, Peter desvía su mirada al percatarse de las aves que descansan en las copas de los árboles, eso sí, manteniendo su revolver en alto en caso de ser necesario.

            –No debería estar aquí –la mente de Peter comienza a hacer crueles bromas conforme recorre ese tétrico lugar, decidiendo mantener su curso, evitando distraerse con los animales que saltan de una rama a otra.

En un intento de mantenerse alerta, Peter gira a sus lados para no ser una víctima fácil de aquel sujeto de rostro desfigurado, apreciando a los lejos, directamente del camino por donde él entro al panteón, como un par de luces deslumbran con gentileza y con paso lento sobre la nieve. Peter deja escapar un leve suspiro, acompañado de un casi invisible vapor proveniente de sus pulmones, efecto producido por el frío decembrino, que de igual manera torna su piel pálida aún más blanca. Finalmente, los pies de Peter se detienen, como si hubieran conocido el final del camino, obligando al alemán a mirar hacia abajo con una expresión vacía, que lo incita a bajar su arma y a ignorar el resto de su entorno.

            –Han pasado muchos años –Peter se inclina sobre su rodilla y coloca la palma de su mano izquierda sobre la sencilla lápida de mármol–; perdóname por no haberte visitado antes.

Peter se levanta otra vez, al mismo tiempo que intenta buscar algo en los bolsillos de su pantalón, pero sin éxito. Mostrando pocas señales de frustración, Peter vuelve a inclinarse sobre la tumba, limpiándola de la maleza y de la nieve, para poder leer bien el epitafio escrito sobre esta, siendo su noble gesto interrumpido por el fuerte golpe de un leño viejo sobre el lado izquierdo de su mandíbula, obligándolo a soltar su arma mientras cae sobre la nieve.

            –Pensé que no me seguirías –añade el atacante arrojando el tronco de madera a lo lejos para acercarse a un agonizante Peter que se retuerce en el suelo, no sin antes detenerse ante la tumba que Peter apreciaba instantes antes–. ¿Conocida tuya? Veamos quien era esta persona: Louise Bindels, madre, esposa, amiga, cuídanos desde donde estés. Bien, tal parece que no te está cuidando justo ahora.

Aún con su rostro lastimado y con claros indicios de dolor, Peter intenta alcanzar su revólver, pero su atacante se adelanta de un paso hasta su lugar, pateándolo hacia el interior de las demás tumbas, para después acercarse a Peter, colocándose de cuclillas cerca de él para sujetarlo del cuello de su camisa blanca manchada de lodo, intrigándose tras removerle las manos de la mejilla:

            –¡Sorprendente! Ese golpe te hubiera destrozado toda la boca –dice el atacante tras apreciar el moretón en el rostro de Peter, soltándolo de inmediato sobre el fango que la ligera capa de nieve produce.

            –¿Qué diablos quieres? –Peter se muestra desafiante ante su adversario.

            –Nada en especial –el misterioso sujeto se encoge de hombros y hace una mueca de sarcasmo– Sólo hay un par de cosas que me gustaría saber de ti, Herr Gest.

            –¿De mí? –Peter logra ponerse de pie, manteniendo su posición de defensa– ¿Te envió Berencsi?

            –Tú sólo relájate –acto seguido, el atacante golpea el cráneo de Peter con ambas manos extendidas, lo que causa que caiga sobre sus rodillas–, y dime tus secretos.

Peter se mantiene inmóvil, intentando en vano quebrar el contacto visual con su oponente, quien lo mira con una expresión de tranquilidad, hasta que su figura se desvanece en la nada, liberando a Peter de aquel momento de tensión y parálisis.

            –¿Qué fue todo eso? –Peter intenta tomar aire de manera brusca y se logra levantar una vez más, siendo un par de detalles los que confunden a Peter en ese momento– ¿Y este traje? ¿Y la nieve?

Confundido y en un afán de encontrar respuestas, Peter acaricia su cabeza, sintiendo claramente como su cabellera negra esta recortada, por lo que mira por todos los rincones del cementerio, el cual todavía yace cubierto por la oscuridad de la noche.

Nuevamente, Peter enfoca sus ojos opacos sobre la tumba que previamente lo había detenido, apreciando como esta luce adornada por unas frescas flores amarillas y rojas colocadas dentro de un vaso de cristal con agua, lo que provoca que Peter se impaciente ante ese detalle.

            –Esas flores… las puse yo, el día que mamá murió –los ojos del alemán comienzan a humedecerse inevitablemente–; antes de que me fuera de aquí.

            –¿Peterje? ¿Mijn knappe jongen? –comenta una voz desde las cercanías, lo que hace que Peter se gire en esa dirección sin dudarlo.

            –¿Mammie? –el rostro juvenil de Peter se inunda de alegría, al mismo tiempo que aprecia como una silueta de una mujer vestida con un atuendo rosado y de cabellera negra sale de entre las penumbras, incitando a Peter a abalanzarse para darle un fuerte abrazo– ¡Mammie! ¿Ben jij het?

El abrazo de Peter es correspondido tiernamente por su madre, lo que calma las lágrimas de Peter, hasta que la voz de una persona ajena a esa escena se hace presente:

            –Aléjate de ella –Peter suelta a la figura de su madre para poder voltear y encontrarse a la persona que le ordena tal cosa.

            –¿Wie ben jij in hemelsnaam? –la mirada desafiante y temerosa de Peter se ve opacada por una siniestra figura más alta que él, con una melena rubia peinada hacia atrás y ataviado con ropas elegantes que sobresaltan su rostro pálido e inexpresivo– ¡¿Berencsi?!

Berencsi despeja su largo abrigo rojizo, dejando al descubierto una espada corta, la cual desenfunda para lanzarse sobre Peter y su madre; pero Peter se coloca frente a su madre como si fuera un escudo humano:

            –¿Qué está sucediendo? Todo esto ¡¿Ya lo viví?! –los pensamientos de Peter comienzan a retumbar dentro de su mente.

Antes de que pueda hacer algo, Peter es sujetado por su madre, de tal manera que esta se inclina sobre él quedando a la altura de su cuello intentando incrustar sus filosos dientes, dejando a Peter perplejo y congelado, pero Berencsi logra intervenir a tiempo, dándole una fuerte patada en la cabeza que lo deja inconsciente.

            –Peter… ¿Peter? ¡Herr Gest! ¡Despierta, idiota! –exclama una voz burlona.

Impulsado por esa voz familiar, Peter logra regresar así mismo a tiempo para darse cuenta de que aún tiene de frente a Berencsi, quien lo mira con compasión y profunda tristeza:

            –Lamento mucho por lo que tuviste que pasar –añade Berencsi con un marcado acento rumano mientras le quita a Peter la daga que sostiene en sus ensangrentadas manos–. Créeme que me hubiera gustado que esto terminara de otra manera.

Sin entender muy bien aquellas palabras, Peter, saliendo de un estado catatónico, voltea a ver a su madre tendida sobre el suelo, con una estaca incrustada en su pecho, de donde brota una gran cantidad de sangre que forma un gran charco a su alrededor. Peter da un par de pasos hasta ella, escena que le causa una sensación de estrés e ira que lo obligan a voltear a ver a Berencsi, quien termina de limpiar la larga daga antes de guardarla y marcharse del lugar.

El impacto emocional en Peter es tal, que lo único que puede hacer en ese momento es soltar un grito de angustia, lo que provoca que las ramas y piedras del entorno se muevan frenéticamente, incitando a Berencsi lo mire con cierta preocupación:

            –¡Te voy a matar, maldito! ¡Tú la mataste! ¡Tú mataste a mi madre! –las manos del joven alemán se extiendo con dirección a Berencsi, el cual se ve obligado a desenfundar su corta espada.

            –¡No es lo que tú crees! ¡Tú…! –Berencsi se ve interrumpido ante la imparable inestabilidad de Peter que agita bruscamente todas las lápidas cercanas, por lo que se dispone a defenderse usando su arma blanca contra Peter– No quiero lastimarte… pero te mataré si es necesario.

Los intentos de Berencsi por neutralizar a Peter son en vano, ya que este logra usar su fuerza sobrenatural para lanzarlo por los aires, causándole grandes daños físicos en el proceso.

            –¡Te mataré! –alardea Peter con rabia, pero su frustración y sed de venganza se ven interrumpidos por el sonido de unos aplausos provenientes de las cercanías.

            –Así que fue aquí donde comenzó todo, ¿cierto? –el atacante de Peter aparece bajando los aires, dejándolo confundido– Ahora entiendo porque quieres matarlo.

            –¡¿Todo este tiempo fuiste tú?! –Peter se muestra iracundo ante el tipo de rostro lastimado, pero al mismo tiempo se ve más tranquilo tras apreciar que todo ese escenario yace inmóvil– ¿Te metiste en mi memoria?

            –Si así quieres llamarlo, adelante –el atacante se acerca a Peter, cuya figura física y facial lucen aparentemente más joven de lo que ya es–. A propósito, puedes llamarme Karl, Karl Gabriel Yoder.

            –¡Vete al diablo! –Peter intenta agredirlo, siendo inmovilizado por una fuerza extraña– ¿Qué me hiciste? ¿Qué quieres de mí?

            –Relájate; no te voy a hacer daño –Karl le da una leve palmada en la mejilla a Peter, provocándolo con ese gesto–. Lo único que me interesa saber de ti es saber a dónde se fue todo ese poder y para eso tengo que hurgar en tus recuerdos más violentos, trágicos y reprimidos; nada del otro mundo.

            –¿Qué ganas con eso? –Peter no se deja de ceder ante su violenta actitud provocada por el cinismo de Karl.

            –Poder…

Karl desliza su mano sobre la cara de Peter, llevándolo a un escenario caluroso, en donde cae sobre la desértica tierra amarilla, maniatado con unas cuerdas fuertes; pero Peter intenta ignorar la sensación de dolor al ver como otro joven de su mismo semblante es golpeado en el suelo sin oportunidad de defenderse.

            –¡Adrián!

Peter ve impotente como esa persona amordazada es golpeada brutalmente, mientras que una señorita de cabellera castaña y ropas oscuras maltratadas es llevada lejos de ahí por dos sujetos de apariencia bandolera y otro sujeto alto, y con una gabardina de piel, los mira tirados en el suelo con una expresión de desinterés.

            –¿Qué idioma hablan ellos? –Peter ignora totalmente a la voz de Karl, ya que se enfoca en deshacer el nudo de las cuerdas, liberando de esa manera sus manos, apresurándose a ponerse de pie para asistir a su amigo quien es encañonado con un revolver sobre la frente– ¿Y qué tiene de especial este recuerdo?

            –¡Detente, cabrón! –exclama Peter en español, pero es detenido por el sujeto alto, el cual abre su gabardina de piel, vestimenta que resulta ser un par de alas largas con garras en las terminaciones, provocándole una herida angular en el pecho de este que lo arroja sobre la tierra–. Maldita rata traidora con alas.

            –Eres un idiota si crees que él los traicionó –comenta con aires de victoria el tipo que encañonaba a Adrián, pero que ahora se encamina a Peter–, cuando realmente quien me los entregó fue la chamaca esa.

Con una gran incertidumbre en su rostro, Peter hace contacto visual con la joven que es acompañado por los dos bandidos, y quien luce una imagen de arrepentimiento.

            –Liliana… ¿Fuiste tú? –una mueca de decepción se refleja en Peter, mientras que la joven se retira del lugar sin decir nada.

            –Ya entiendo, la decepción del primer amor –Karl se hace presente entro los hombres de aquel escenario, como si fuera parte de ello, de tal manera que es testigo de cómo Peter usa nuevamente sus habilidades sobrenaturales para arrojar a los agresores por los aires.

            –¡Te tengo!

Peter levanta su rostro manteniendo una sonrisa de triunfo, infligiéndole miedo a Karl, pero esa sensación se desvanece al verlo detener la escena con un simple movimiento de manos.

            –¿De verdad pensaste que podías atraparme? Estamos en tus recuerdos, y los recuerdos no pueden ser modificados; en especial estos, los más traumáticos.

Sin decir más, Karl vuelve a mover su mano, ubicando esta vez a Peter en un callejón cerrado formado por altos edificios residenciales, adornado por cajas viejas de madera que apenas se logran ver por la oscuridad de la noche, pero iluminados por la escasa luz proveniente de la avenida. Ahí entre las cajas viejas, Peter se detiene después de dar un par de pasos con total temor, observando como Romina yace tendida en el pavimento con severas contusiones por todo su cuerpo y con su vestido morado totalmente despedazado.

            –Los que te hicieron esto… ¿Fueron los tipos del mercado? –le pregunta Peter en alemán, pero la respuesta negativa de Romina da a entender que ella entiende poco del idioma, por lo que sólo se dedica a menear la cabeza de manera afirmativa.

            –Esto no me lo esperaba –comenta Karl desde un rincón de aquel callejón, observando como Romina aparta bruscamente las atenciones médicas que Peter intenta aplicarle con el material que extrae de un pequeño maletín café.

            –Quédate quieta; no te voy a lastimar –la voz serena y comprensible de Peter tranquiliza a Romina, quien intenta hacer una expresión facial, pero se ve limitada por el dolor de los hematomas en su rostro–. No te merecías nada de esto. ¡Esos desgraciados van a pagar por lo que te hicieron!

Entendiendo que el alemán intenta ayudarla, Romina lo aparta apenas Peter le limpia sus piernas ensangrentadas con su saco negro, cohibiéndose con indicios de vergüenza y culpabilidad. Al ver esto, Peter le acerca una de sus zapatillas que se encontraba en los alrededores, colocándosela cortésmente para después ayudarla a levantarse muy a su pesar.

            –El libro… ¿Todavía lo tienes? –Peter se inclina ante Romina, respondiéndole de manera afirmativa, indicándole una de las viejas cajas con su mano, haciendo que con un chasquido de dedos un libro pesado y antiguo con caracteres de otra lengua aparezca en sus manos– ¡Muy bien! No sé si me entiendes, pero te juro por mi vida que nadie más te volverá a hacer daño.

Peter le arrebata delicadamente el libro a Romina, abriendo de inmediato una página marcada que empieza a leer en lengua antigua a la par que toma las manos de Romina, la cual se niega en un principio, pero sede sin entender. Apenas la voz de Peter hace eco en el estrecho callejón, las cosas ahí presentes empiezan a bailar sin razón aparente, asustando a Romina hasta que todo vuelve a la normalidad.

            –Creo que con eso es suficiente…

Peter se levanta del pavimento dirigiéndose a uno de los rincones del callejón y extiende su mano, con la que logra mover mentalmente algunas cosas, pero sin la fuerza de antes.

            –Entonces le pasaste tu poder a esa chica –añade Karl que funge como espectador, llevándose una sorpresa mayor al ver como ese recuerdo se adelanta de la nada hasta que el sol está por salir–. ¿Qué está pasando? ¿Qué haces?

            –Estas en mis recuerdos y este es especial –Peter deja el callejón en compañía de Romina, dándoles la espalda a un muy confundido Karl, quien los sigue fuera del callejón en donde un mercado ambulante comienza a establecerse–. Espera aquí.

            –Pensé que ya habías entendido cómo funciona esto…

            –No te decía a ti.

Peter coloca su saco sobre los hombros de Romina, no sin antes quitarle el revólver del bolsillo interno para envolverlo con un pedazo de tela viejo y dirigirse al otro extremo del mercado donde se forma otro callejón por las lonas de los locales cercanos, y en donde se encuentra a un sujeto grotescamente obeso pero joven, de cabello rizado y colorado:

            –¡Oye tú!

Apenas el sujeto regordete voltea a ver a Peter, este le apunta en el pecho, disparándole en tres ocasiones, obligándolo a soltar la caja de tomates que cargaba, tendiéndose en el suelo ante el impacto de su fusilamiento improvisado.

            –¡Mírame a los ojos, hijo de perra! –le ordena Peter con rabia, por lo que su víctima lo mira, recibiendo un certero tiro en la frente.

Con el caos que surge tras la ejecución, uno de los colegas del occiso, un tipo bajo y delgado, intenta escapar entre el pequeño túmulo de gente; pero Peter lo identifica de inmediato, disparándole en ambas piernas sin dudarlo, dejándolo inmovilizado sobre el pavimento empedrado, en donde Peter, ya sin balas en su revólver, toma un cuchillo de una de las mesas cercanas, con el que le corta la garganta fríamente a su segunda víctima, dejándolo tendido sobre la pequeña plaza, en cuyo otro extremo se encuentra Romina cubriendo con sus manos su boca manteniendo a flote su mirada aterrada.

            –No soy quien, para juzgar; pero si no lo hubieras hecho tú, esa pobre chica nunca hubiera tenido justicia –las palabras de Karl son ignoradas por Peter; sin embargo, ese escenario se desvanece para sorpresa de Karl, llevándolos a ambos a una calle ancha, iluminada por las farolas de aceite de las casas cercanas– ¿Qué hacemos aquí?

            –Este también es especial –Peter se encamina por la calle que da a una taberna cercana llena de gente, encontrando a Ernst aguardando a la puerta del local, manteniendo una mano en su gabardina.

            –No deberías de estar aquí –le reprime Peter a su amigo, el cual luce demacrado y con un rostro de lamento–. ¿Has estado bebiendo?

            –Ese degenerado la maltrató… la golpeó –Ernst no desprende su mirada del vidrio de la ventana por el que ve un grupo de amigos beber entre risas–. Le quitó su honor y la dejo morir como si fuera un animal… ¡Y todavía lo dejan libre por ser el hijo del Tesorero! ¡Del maldito Tesorero!

            –Ernst, no vas a ganar nada más que ir a la cárcel; espera a que tu padre regrese de…

            –¡No Piet! –Ernst mira con sudor, lágrimas y desesperación a su amigo, sembrándole una sensación de miedo que recorre por su garganta– Vengo a matarlo.

Peter muestra asombro al ver el arma que Ernst empuña en su abrigo y la decisión firme que este mantiene alentada por el alcohol; hasta que una sensación de alivio recae al escuchar la dulce voz de Gertrud llamando a su hermano, y que también es escoltada por Hans.

            –¡Gracias al cielo no ha hecho nada estúpido! –añade Gertrud mantenido una sonrisa amable, con la que esconde dolor y preocupación– ¡Qué bueno que lo encontraste a tiempo, Piet! Ven hermano mío, vámonos

Aprovechando la situación alcohólica de Ernst, Peter le retira hábilmente el arma, mientras observa como este es encaminado a duras penas por Gertrud, siendo asistida por Hans.

            –¿Peter? Gracias por evitar que mi hermano se manche las manos de sangre –le dice Gertrud, en cuyo hombro se recarga el brazo de su hermano–. Será mejor que te apresures, tu tren sale en diez minutos.

Peter le responde con una sonrisa a su amiga, observando como los tres se alejan lo suficiente del lugar, distancia que Peter aprovecha para adentrarse en la taberna, dar un par de pasos hasta la barra, y encañonar con el revólver a uno de los consumidores:

            –¡Otto! ¡Esto es por Sophie! –la voz ronca de Peter es silenciada por las detonaciones que le propina a Otto, a quien no deja de dispararle aun cuando este ya está en el piso.

La ejecución a sangre fría obliga a los comensales a salir despavoridos, situación que Peter aprovecha para escabullirse hasta llegar a la estación de trenes, siendo el recuerdo interrumpido por Karl.

            –No sé qué decir; la verdad, me sorprende cómo una persona puede matar a otra y vivir con la conciencia tranquila. Es decir, si yo lo hago es por alimento, y casi siempre son criminales… ¿Pero tú?

            –Eso es lo de menos…

La fría respuesta de Peter toma por sorpresa a Karl, y su impresión es mayor al ver como el escenario cambia a una masacre que ocurre dirigida por Peter en una granja destruida.

            –Todos esos… esos que mataste… son como yo –balbucea Karl al ver los restos de los soldados que son calcinados.

            –¡Todos a cubierto!

Ordena uno de los soldados al escuchar la artillería acercarse y caer sobre su posición, despedazando a muchos de los perpetradores reduciéndolos a polvo y sangre; así como también la sensación de morir invade a Karl, lo que lo obliga a intentar buscar refugio, acercándose finalmente a Peter, quien usa sus habilidades sobrenaturales sobre unos leños que sirven como refugio para él mismo y para un joven soldado.

La artillería se detiene en cuestión de segundos, lo que incita a Peter a dejar de usar su refugio improvisado y a ayudar al otro soldado, quien se encuentra sentado en posición fetal con restos de astillas y metales incrustados en su rostro casi despedazado.

            –A esto me refería –comenta Peter tras sentarse dentro de una tina de baño abandonada, invitando a Karl a hacer lo mismo.

            –Tú también huías de la guerra, ¿no es así? –Karl recibe una respuesta afirmativa de Peter, mientras que presiona sus rodillas sobre su pecho– Te entiendo…

            –No intentes enfrentar a Romina; te matará fácilmente.

            –No lo haré –las palabras de Karl denotan sinceridad, al mismo tiempo que en sus mejillas marcada por heridas se visualiza una sonrisa honesta.

            –Y ahora… ¿Podrías salirte de mi mente por favor?

Karl intenta decir algo, pero cae inconsciente sobre su propia postura, haciendo que todo el entorno vuelva a su matiz original, resaltando la nieve sobre las lapidas, y a dos guardias fronterizos que gritan ordenes en holandés a Peter.

            –Lo tuve que golpear –comenta uno de los guardias armado con un rifle–; no dejaba de gritar en alemán. Se escuchaba hasta dos cuadras de aquí.

            –Sí; estuvieron de esa manera como una hora –dice el otro guardia–. Pensaríamos que estaban en trance o algo así.

            –Muchas gracias –responde en holandés Peter.

            –Será mejor que te marches; tenemos ordenes de disparar a los intrusos, Piet –añade el primer guardia–. ¿Qué hacemos con él?

Peter los mira sin decir palabras, girándose después al horizonte para ver como el sol comienza a salir.

 

Con sus codos recargados sobre el marco de la ventana y con su diario a un lado, Peter observa detenidamente a unos naranjos medianos localizados a escasa distancia de la casona, los cuales, aunque cubiertos de nieve, muestran sus frutos crecidos, brindándole a Peter una serenidad que lo hacen perderse en la ignorancia del entorno de ese cuarto.

            –Te ves cómodo, hijo – las palabras provienen de un señor de mediana edad poseedor de un bigote alargado algo canoso que hace juego con su traje combinado de azul y negro algo desgastado, al igual que su voz–. Escuché que el padre de Ernst movió influencias para que se te retiraran los cargos; con eso de que ya es capitán.

            –Hola, papá –Peter se levanta para abrazar a su padre–; me alegra verte otra vez.

Su padre, con una sonrisa serena y cálida, le responde el abrazo y lo invita a sentarse, acto que él obedece no sin antes darle un trago a un vaso con jugo de naranja que se encontraba en una discreta mesa, de donde también toma un cigarrillo que enciende para pasárselo a su padre, quien lo rechaza cortésmente.

            –¿Sabes? Deberías dejar ese vicio, es malo para tu salud –las palabras del señor Gest son seguidas por una tos ronca y seca–; te lo digo por experiencia.

            –¿Estás bien, padre? –Peter luce intrigado ante la salud de su progenitor.

            –Según el doctor Licknit, estaré bien –añade el padre de Peter, el cual observa como su hijo le da otro sorbo a su jugo de naranja–. Es un buen médico; de hecho, está buscando quien le pueda ayudar en Holanda.

            –Bien sabes que ya tengo trabajo en Suiza, papá –Peter desvía su mirada a los árboles de naranja.

            –Siendo honesto, no me gustan las naranjas; nunca me gustó su sabor –comenta el padre de Peter en referencia a los árboles–. Pero esos árboles, los sembré por tu madre; a ella les encantaba, siempre cortaba las mejores naranjas y las preparaba para ti y tu hermana.

            –Lo sé; creo que me quedé con el gusto y Tessa heredó tu desprecio del sabor.

            –Tu madre era un ángel en la tierra –la voz ronca del señor Gest se hace más presente en especial por el nudo que se forma en su garganta al recordar a su difunta esposa–, y por eso trabajé duro por esos naranjos; todo por verla feliz.

Peter le brinda un sincero abrazo a su padre al sentir como la tristeza invade su alma desgastada, haciendo que una sonrisa se esboce en sus arrugadas mejillas, dándole una suave palmada a su primogénito.

            –Tu madre decía que, si fuera un vampiro, ella preferiría beber jugo de naranja antes de beber sangre –la felicidad vuelve a la mirada del señor Gest al recordar ese comentario.

            –¿Cómo? –responde Peter mostrándose aturdido ante aquel comentario.

            –No le tomes importancia, eran cosas infantiles que siempre decía –el señor Gest le da un trago al jugo de naranja de su hijo, para después tomar el cigarrillo del cenicero y darle una suave aspirada–. Peter, el día que yo me vaya quiero que me entierres entre esos árboles. ¿Podrías hacerlo?

            –Lo haré –añade Peter como respuesta, al mismo tiempo que observa esos árboles cubiertos de nieve, nieve que se derrite eventualmente, nutriendo al pasto de agua y minerales, así como también lo hace con los naranjos, haciendo que sus frutos crezcan de la mejor manera, cubriendo disimuladamente la sencilla tumba que entre los troncos descansa casi escondida.

 

Con papel y lápiz en la mano y sentada sobre la cúpula de esa pequeña iglesia, Rosa mantiene su mirada sobre el horizonte, observando detenidamente la puesta del sol, ignorando la presencia de Romina que escala hasta ahí y rodea su busto con ambos brazos:

            –¿Has tenido noticias de Peter? –la voz quebrantada de Rosa hace juego con sus ojos.

            –Ninguna… –le responde Romina con voz neutra, opacando su propia preocupación.

            –Dijo que volvería pronto; que sólo era una visita ocasional –las cuencas de los ojos de Rosa comienzan a inundarse, pero se resisten a desbordar las lágrimas– ¿Crees que le ha sucedido algo? Prometió que volvería en unas semanas, y ya han pasado meses.

            –Él siempre ha sido malo cumpliendo sus promesas.

 

Publicado la semana 14. 30/03/2020
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