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Ignacievij

S.A.P. La Raíz del Árbol: 12-14

12. Del rapto y otros pormenores.

 

Praga, Bohemia, Imperio Austrohúngaro, 22 de noviembre de 1915.

Guiándose por una pequeña lampara de aceite y por la luz de la luna, Daniel va a la delantera de la improvisada caravana, balbuceando para sí mismo los números que dividen las secciones del cementerio, deteniéndose en una parte despejada donde yacen las tumbas de los que no pudieron pagar.

            –Supongo que es aquí –Daniel se regresa unos pasos para jalonear a Romina y arrodillarla sobre el fango–; al fin y al cabo, aquí están enterrados tus padres.

Romina presiona fuertemente su mandíbula tras escuchar los comentarios insensibles de Daniel; pero, aun así, decide colaborar tanto con él como con los policías que los rodean.

            –¿Dónde está la evidencia que incrimina más a ese alemán? –le reclama el capitán Růžička, cuya paciencia se va desvaneciendo.

            –Usted tranquilo, capitán, que ya verá que apenas encontremos ese libro todo se resolverá –apenas termina de hablar, Daniel se dirige al uniformado que carga pico y pala, arrebatándole cortésmente ambas herramientas–. Ahora, Romina. ¿Dónde está el libro?

Romina levanta su mirada para verlo de frente, señalándole con su barbilla una tumba con una humilde cruz como identificación.

            –Ahí debe de estar –el rostro de Romina se desvía para intentar ver al golem que amordaza a Filippo y a Jakub, siendo el primero en notar como la expresión facial de Romina refleja una sensación de odio; un sentimiento que, a pesar de la difícil relación personal que tienen, nunca había visto en ella–. Malditos hombres…

El murmullo amargo de Romina llama la atención de todos los presentes, por lo que el capitán Růžička se dirige a ella y se inclina sobre una rodilla para acercarse a su rostro:

            –¿Qué dijiste? –la voz áspera y breve del oficial se hace notar en las cercanías, induciendo al temor a sus propios subordinados, incluyendo a su propio hijo.

            –Lo que dije fue: ¡Malditos hombres! –Romina suelte su ira con una marcada respiración agitada– ¡Siempre hacen lo que quieren con nosotras las mujeres! ¡Nos ven con debilidad, como propiedad o como si fuéramos simples trofeos! Y peor aun cuando la mujer es de nadie, o si no tiene a un hombre con ella, un hermano o un padre, porque son capaces de aprovecharse de eso. ¡Malditos cerdos!

Romina detiene sus palabras ante la impotencia acumulada, teniendo todavía de frente al inquebrantable rostro del capitán, quien voltea a ver a su alrededor, enfocándose en Daniel y uno de los policías, los cuales, tras presenciar la frustración de Romina, deciden ponerse a excavar en la modesta tumba.

            –Te atreves a hablar de lo que es justo y de leyes; pero claramente sabes de las injusticias que viví. ¡Las injusticias que cometieron conmigo! ¡Los crímenes que me hacían! –un fuerte escupitajo sale de la boca de Romina y aterriza sobre el rostro del oficial– Tú eres el peor de todos ¡Te escondes detrás de tus propias palabras para mantener tu reputación en lo más alto! ¡Maldito cobarde!

El capitán Růžička se incorpora totalmente al mismo tiempo que se limpia la saliva de su rostro, girándose por completo para retirarse de Romina, quien después de liberar su frustración, intenta guardarse para sí misma el llanto.

            –Perdóname… –susurra el oficial sin ver de frente a Romina– Sabía perfectamente lo que te hacían, pero no hice nada; por lo mismo que en ese entonces no tenía el rango que ahora tengo, y porque eran personas poderosas.

            –Tus palabras no ayudan en nada –Romina intenta no perder su poca estabilidad.

            –A partir de ese entonces, me prometí a mismo que ningún crimen se quedaría impune; sin importar quien lo hiciera.

            –Ma… Ro… –el golem intenta articular palabras, llamando la atención de todos.

            –¿Podrías decirle a tu estúpida creación que se quede callada? –le dice Romina a Daniel, pero este yace atento a la exhumación de la tumba.

            –Para eso necesito el libro…

Daniel voltea a ver a Romina con una mirada fría, dejándola petrificada por un instante; sólo para que, en cuestión de segundos, una mueca de cinismo se dibuje en la mejilla de la joven.

            –Apártese a un lado capitán, que ahora Daniel lo ha destronado como el rey de los idiotas –tras escuchar los insultos de Romina, Daniel se le acerca buscando una explicación.

            –¿Qué quisiste decir?

            –Mi… na –el monstruo de arcilla continúa con su balbuceo.

            –¿No me digas que no te habías dado cuenta? –la rebeldía de Romina fluye en su sarcasmo– ¿En serio crees que el resto del libro aún sigue ahí enterrado?

La confusión se apodera de todos los presentes, en especial de Daniel, quien mira a los demás intentado buscar una lógica a lo que escucha:

            –No entiendo.

            –Matar…

            –Lo que quiero decir es que tú no hiciste este golem y por lo tanto… ¡Alguien más se te adelantó!

            –¡Romina…!

La bestia suelta Filippo y a Jakub de golpe para abalanzarse sobre su víctima principal; pero, aun con las manos sometidas en su espalda, Romina vuelve a girar sus muñecas liberándose de las esposas, levantándose lo más rápido que puede para propinarle una ágil patada a su atacante, separándole una de las piernas del resto del cuerpo.

            –Al parecer no era tan resistente como decían los cuentos –Romina en un afán de victoria, ve como los policías desenfundan sus armas apuntándole a la bestia y a Daniel recitar palabras escritas en los escritos que sostiene–. Eso no va a servir de nada; tal vez lo que dice Daniel sirva en algo, pero las balas, no lo creo.

            –¿Qué está sucediendo aquí?

El capitán Růžička observa como el golem vuelve a adherir su pierna al resto del cuerpo, haciendo que la expresión victoriosa de Romina cambie a emoción y maldad.

            –¿Quiere saber qué es lo único bueno que me dejaron todas esas injusticias y ese maldito libro, capitán? –Romina se acerca decidida a escasa distancia del ya regenerado golem, mientras que su propia piel se torna a un color gris– Un poder que ni yo misma puedo entender, pero sí manipular.

            –¡Romina! ¿Qué te está sucediendo? ¡Tú no eres así! –Jaroslav hace un intento para que su amiga vuelva a entrar en razón, pero ella simplemente lo ignora.

            –¡Los rezos ya no tienen efecto! ¡Necesito la otra parte del libro! –exclama angustiado Daniel.

Sin decidirse a quien apuntar, el capitán Růžička se acerca hasta donde están tirados Filippo y Jakub, siendo imitado por uno de sus subordinados para ayudarlo en removerlos del área.

            –¡Lárguense de aquí! ¡Tú también, Daniel! –el capitán Růžička da órdenes a los demás para evitar una tragedia mayor, dirigiéndose después hasta la posición donde se encuentra Jaroslav.

            –Corran ¡Corran como las malditas ratas que son! –exclama Romina tras presenciar cómo algunos de los presentes intentan huir, quedándose en el lugar Filippo, Jakub y Daniel– ¡Ustedes también pueden irse!

Apenas Romina les termina de reprochar, el golem se abalanza nuevamente sobre ella y esta se defiende una vez más realizando movimientos con sus manos para que las extremidades del monstruo desaparezcan, pero se vuelven a regenerar en poco tiempo.

            –Podría hacer esto toda la noche… –Romina vuelve a atacar a la creatura, la cual pierde su morfología con cada golpe que recibe y con cada regeneración que realiza.

            –¡Romina! ¡No seas tonta! ¡Déjanos ayudarte!

Filippo intenta acercarse a la batalla, por lo que Romina aprovecha una leve distracción del golem para lanzar a Filippo por los aires para que aterrice sobre una dura loza de mármol. Al notar que el golem regenera sus extremidades cada vez más rápido y con más dureza, Romina comienza a susurrar palabras en un dialecto extraño, lo que hace que de poco en poco se eleve muy lentamente sobre el suelo.

            –¡Romina! ¡No uses magia negra! ¡Sólo lo estás alimentando! –Romina ignora la súplica de Daniel para seguir recitando en un lenguaje ajeno– ¡Él se alimenta de ti!

Esas últimas palabras obligan a que Romina se detenga de golpe, descuido que el golem aprovecha para propinarle un golpe fatal que la termina derrumbando. Todavía esposado y casi siendo arrastrado por su padre, Jaroslav atestigua la sorpresiva derrota de su amiga, lo que lo obliga a soltarse de la mano de su padre para correr velozmente hasta donde está Romina malherida, saltando sobre ella para evitar que el golem le propine el golpe final.

Romina siente como el cuerpo de su amigo la cubre, así como logra ver como la bestia se prepara para rematarlos, por lo que, en un último intento, abraza a Jaroslav de tal manera que logra extender su brazo derecho para poder protegerlo; siendo el brazo de Romina el que recibe toda la inercia del golpe, fracturándolo en el instante en que la arcilla lo toca para deshacerse en el aire, no sin antes causarle un daño moderado a la espalda de Jaroslav.

            –¡Detente! ¡Te lo ordeno! –le grita con voz ronca Jakub al acercársele al golem, acción que lo detiene al instante, dejando perplejos tanto a su superior como a Daniel.

            –¿Qué crees que estás haciendo, cabo? –le reprime el capitán Růžička tras presenciar esa escena.

            –¡Yo hice a este monstruo! –la confesión de Jakub causa incertidumbre en los demás.

            –¿Qué estás diciendo? –el dolor del impacto apenas le permite a Jaroslav hablar.

            –Lo hice para protegerte, Jaroslav; para que no te mandaran al frente. ¡Por eso lo hice! ¡Yo le ordené que matara a los oficiales del Ejército y que arrojara los cadáveres en el cementerio! –las palabras de Jakub repercuten en la cabeza de Jaroslav– Pero luego apareció esta callejera y sabía perfectamente que ella te apartaría de mí, de tu padre, y de todo en lo que has hecho por esta ciudad; y después… ¡Este maldito monstruo dejo de obedecerme!

            –Jakub… –Jaroslav tose un poco de sangre tras decir su nombre.

            –Lo hice porque te amo, Jaroslav…

Una sonrisa de inocencia mezclada con lágrimas se visualiza en el rostro jovial de Jakub, pero esta se desvanece, así como la imagen de su silueta, tras ser golpeado por el golem y lo arroja por los aires, siendo la fachada de una capilla lo que permite que su nuca aterrice.

Un grito ahogado se queda en la garganta de Jaroslav, ignorando el hecho de que la bestia se dispone a propinarles otro golpe igual de mortífero, pero este detiene por los impactos de bala que recibe al momento que el capitán Růžička vacía el cargador de su arma, arrojándole después su arma al rostro del amorfo ser; procediendo de inmediato a tomar la pistola de Jaroslav que mantenía guardada en su espalda para repetir la misma acción. Daniel también se mantiene recitando ritos en una lengua familiar para él y la creatura, lo que permite que esta se detenga gritando alaridos desenfrenados.

Aprovechando la improvisada organización y distracción de la bestia de arcilla, Romina se arrastra cargando consigo a Jaroslav, alejándose una distancia considerablemente alejada de donde se encuentra la fallida creación desenfrenada.

            –¡Continúe así, Daniel!

El capitán Růžička se lanza contra la bestia armado con la pala que previamente se había usado para exhumar la tumba, propinándole fuertes golpes al rostro deformado del golem.

            –¡Tienes que borrarle el nombre! –Daniel busca en su libro algo más que pueda servir.

            –¡No se ve ningún nombre!

Los golpes bien propinados del capitán Růžička detienen parcialmente a la bestia, retirándose lentamente hacia atrás; lo que le permite tomar distancia para regresarle la agresión, obligando a que el oficial resbalo con el fango y suelte la pala que cae lejos.

            –¡Padre!

Jaroslav intenta incorporarse para hacer algo, pero las heridas causadas y el dolor muscular no se lo permiten; obligando a que Romina vuelva a caer al suelo por el mismo terreno lodoso y el contrapeso de su amigo.

El golem se encamina hacia el capitán Růžička simulando una expresión de enojo en su malformado rostro, decidido a matarlo también, no sin antes liberar otro brutal alarido, alarido que se convierte en silencio en el momento en el que una fuerte ráfaga de viento lo derrumba en un abrir y cerrar de ojos, dejando atónitos a todos los testigos ahí presentes.

            –Pensé que no los encontraría… –exclama Rosa mientras intenta no ensuciar sus zapatillas negras con la humedad de la tierra.

            –¡Rosa! –la felicidad de Romina al ver a su amiga es interrumpida por Daniel dirigiéndole unas palabras en checo.

            –¡Dile que busque el nombre! ¡Que borre el nombre!

            –¡Ella todavía no es capaz de controlar su poder por completo! –le reprime Romina al mismo tiempo que el capitán se les acerca para quitarle a Jaroslav de encima.

            –¡Mejor aún! ¡Dile que golpee hasta eliminarlo! –contesta Daniel al acercarse para ser de ayuda.

            –¿Qué dijo? –le grita Rosa al momento de soltar la pequeña maleta sobre el lodo, haciendo una mueca de incomodidad.

            –¡Golpéalo muy fuerte!

Responde Romina en checo, dejando a Rosa aún más confundida, acción que aprovecha el golem para golpearla lanzándola por los aires, dejando a Romina y a los demás boquiabiertos. La caída de Rosa es detenida por un montículo de lodo que se levanta a la altura de la joven, la cual gira su cuerpo de tal manera que sus pies son los primeros en incrustarse en el fango, seguidos por su mano derecha, quedando de manera perpendicular:

            –¡Mi vestido favorito! –el coraje se visualiza en el angelical y rojizo rostro de Rosa.

El golem la mira fijamente con las cuencas vacías, abriendo su boca lo más ancho que puede, permitiendo que en el lugar donde se supone que debería haber una lengua se vean un par de papeles envueltos que caen al suelo, dejando al descubierto una inscripción formada por tres palabras que se diferencian de los idiomas latinos.

            –¡Rosa! ¡Borra la primera letra! –le grita Romina asistida por Daniel para levantarla.

            –¡Borraré todo el nombre de ese tonto! ¡Me obligó a ensuciar mi vestido! –responde Rosa a gritos al mismo tiempo que de su regazo saca una navaja con la corta los nudillos de su puño izquierdo, lo que provoca que la sangre brote y caiga sobre su vestido– ¡Ay no! Esto va de mal en peor ¡¿Ves lo que me obligas a hacer, idiota?!

El golem comienza a correr en su dirección, acción que imita Rosa, quien en su transcurso hacia su oponente comienza a lanzarle tanta cosa que le es posible: desde la pala y piedras, hasta pedazos de troncos y cristales con restos de metales de las tumbas de los alrededores. Teniéndola a un a distancia considerable, el golem cierra sus puños en un intento de matarla, pero Rosa lo esquiva y usa sus rocosos brazos para tomar impulso y saltar justo encima del monstruo con tanta fuerza que gira su cuerpo en el aire para quedar de cabeza contra el golem, el cual levanta su mirada con un gesto de sorpresa. Atraído por la fuerza de gravedad, el collar dorado se resbala del regazo de Rosa, siguiendo la dirección del golpe que la joven está por soltar, pero la mano ensangrentada de Rosa lo envuelve completamente antes de que caiga como un martillo sobre el monstruo.

El golem vuelve a abrir su boca lo más ancho que puede como sin intentar devorar a su atacante, descuido que Rosa usa para visualizar perfectamente la inscripción antigua en la que propina toda su fuerza humana y sobrehumana, llenando con su propia sangre los espacios tallados del viejo símbolo antes de que se esfume por completo por la fuerza del impacto, mismo que derrumba al golem en cientos de fragmentos. La fuerza de la implosión arroja por los aires a Rosa, asegurándole una caída fatal, accidente que es evitado por el capitán Růžička quien usa su propio impulso y cuerpo para salvarla.

            –¡ROSA! –Romina se acerca lo más rápido que puede hasta donde está el capitán con Rosa en brazos, siendo limitada por su brazo fracturado– ¿Está bien?

            –Sí, está bien; inconsciente, pero bien –el oficial la coloca suavemente sobre el pasto, procediendo a despedazar una de sus mangas para cubrir la herida del puño de la adolescente–. Será mejor que vayamos al hospital, lo digo por ustedes.

Romina se gira para regresar con Jaroslav y Daniel, siendo el primero en observar en las cercanías el cadáver de Jakub que lentamente se desliza sobre el suelo, apoyando su cabeza malherida sobre la orilla de la gran tumba.

            –Vámonos ya –exclama con sumo dolor Jaroslav persuadiendo a Daniel para retirarse.

 

Han pasado un par de horas y la inmensa ciudad de Praga ya luce iluminada por la luz solar y por la rutina diaria de los transeúntes que caminan de un lado a otro, cumpliendo con sus responsabilidades personales del día a día, ignorando los sucesos ocurridos en la noche previa; como si hubiera sido un sueño o mera fantasía.

Los párpados de Romina hacen lo mejor que pueden para cubrir sus ojos castaños de la luz que se filtra en su habitación de hospital. El gentil golpeteo de la puerta que se abre la despierta por completo, lo que la obliga a intentar incorporarse sobre la cama:

            –¿Cómo estás? –Rosa intenta subirse a la cama de Romina y abrazarle las piernas, mirándola con sus grandes ojos avellana.

            –Estaré bien. ¿Y tú?

Romina acaricia gentilmente la cabeza de Rosa, pero antes de que Rosa pueda contestar, Filippo entra la habitación con un ramo de rosas blancas y con su cabeza vendada.

            –Hola, hola; señoritas –Rosa se abalanza sobre él con una sonrisa de felicidad para abrazarlo, a lo que Filippo reacciona con alegría.

            –¡Me alegra ver que estas bien, Filippo! –le dice Rosa sin dejar de abrazarlo.

Filippo se acerca a Romina para entregarle el ramo, el cual recibe reflejando una mirada de melancolía.

            –Lamento haber intentado matarte de esa manera –los ojos de Romina se desvían un poco hacia arriba–. Créeme que, si realmente quisiera matarte, lo hubiera hecho hace mucho.

Filippo no dice nada, dando indicios de que desconoce si lo que dijo Romina era una broma o lo decía en serio; así que tan sólo le dirige una sonrisa amistosa y un movimiento de barbilla. El momento de reconciliación se ve interrumpido por la entrada inesperada del capitán Růžička y Jaroslav, este último apoyándose con un par de muletas que sostienen sus brazos.

            –No se moleste, por favor… –le comenta el capitán Růžička al ver las dificultades de Romina para poder sentarse sin apoyarse con su brazo derecho enyesado.

            –¿Por qué vienen vestidos así?

Indaga Romina al ver al capitán y a Jaroslav vestidos con uniforme de gala, pero su respuesta es una mirada perdida de Jaroslav, quien se acerca a la camilla de Romina.

            –Enterramos a Jakub en el Nuevo Cementerio; con honores militares –comenta Jaroslav mientras ve el brazo herido de Romina–. Lo enterramos junto a la tumba de su madre, al menos es lo que él hubiera querido.

            –¿Y qué hicieron con los restos del golem? –Romina intenta suavizar el tema.

            –Daniel los sepultó en una tumba del mismo cementerio –responde el padre de Jaroslav como si estuviera diciendo un reporte policíaco–. También recogió el maletín que traía Rosa; pensó que era de ella, pero cuando lo abrió, encontró la otra mitad del libro.

            –Supongo que se quedará con él, entonces –dice Romina sin sonar interesada.

            –Lo mejor será que sí –el capitán Růžička se acomoda el gorro de gala sobre su brazo–. Una última cosa; no quiero que me responda descortésmente, ni piense que lo hago por un cometido profesional, sólo dígame: ¿Dónde está Peter Gest?

El rostro de Romina se llena de seriedad, por lo que se dirige a Filippo para que retire a Rosa de la habitación, acción que el italiano obedece sin dudar.

            –¿Para qué quiere saber eso?

            –Sólo quiero saber que no sea un criminal; que al menos está haciendo algo bueno con su propia vida.

            –Ya lo hizo… –los ojos de Romina se clavan en los del capitán Růžička– Además, su sentido de justicia es muy diferente al suyo; pero con la finalidad de proteger a los más débiles sin importar el costo.

            –Entiendo… –el capitán intenta decir algo más, pero no se atreve por cortesía, así que decide retirarse.

            –Lo mandaron al frente; el Ejército Italiano lo reclutó…

            –Lo lamento… –el capitán Růžička cierra sus ojos en señal de empatía, para después ver los rostros de Jaroslav y Romina– Será mejor que me retire; Jaroslav, luego hablamos.

Apenas ve como su padre se retira de la habitación y cierra cortésmente la puerta, Jaroslav se adentra en la cama metálica de Romina para poder abrazarla, siendo correspondido de la misma manera por ella, de tal modo que quedan abrazados como si fueran amantes:

            –Te extrañé –comenta con voz dulce Jaroslav dejando que su cabeza quede debajo del mentón de Romina–; también extrañaba estos momentos, cuando te metías en mi casa y nos quedábamos así toda la noche.

            –Y yo que pensaba que me dejabas quedarme en tu casa porque querías hurgar bajo mi vestido… –le responde Romina con voz suave y una sonrisa, dándole un tierno beso en la frente a Jaroslav.

            –¡Bien sabes que no era por eso! –Jaroslav le regresa un beso en la mejilla de su amiga–. Nunca ha sido así; a mí no…

            –Cállate, pequeño čurat –le reprime tiernamente Romina dándole otro par de besos en cada mejilla de su amigo–. Yo también te extrañé.

            –¿Recuerdas que este era nuestro concepto de “hacer el amor”? –Jaroslav le brinda otro beso a Romina en el hombro, dirigiéndole una mirada inocente después– Te amo, malá květina.

            –Yo también te amo, tonto –Romina cierra los ojos, quedándose recostada con Jaroslav en sus brazos, quien también cierra los ojos para vivir mejor el momento.

 

No muy lejos de ahí, entre lapidas del Viejo Cementerio, Rosa camina tranquila en el recinto, dando pequeños brincos y tarareando una melodía que detiene cada vez que muerde la manzana que sostiene con su mano vendada; dicha melodía no se detiene a pesar de que Rosa detiene sus brincos y mira como si buscara algo entre las tumbas:

            –Veo que no te fue tan mal –se deja escuchar una voz proveniente justo detrás de ella; pero en esta ocasión, no la sobresalta, sino que voltea rápidamente para ver a su interlocutor.

            –No –Rosa vuelve a morder su manzana roja–; al menos sigo viva…

            –Qué graciosa… –la ironía se refleja en el rostro pálido de Fernand, quien se le acerca un poco y se sienta en una lápida cercana.

            –Tu collar me salvó la vida –Rosa mastica restos de manzana, lo que llama la atención de Fernand–; pero perdí tu maletín.

            –¡¿Quién lo diría?! Ese collar protege contra monstruos mitológicos; pero no contra simples mortales –exclama al viento Fernand, incorporándose de su posición–. Te puedes quedar con el collar si no encuentras a su dueña; total, ya han pasado muchos años. ¡Ya ni se cuánto tiempo llevo muerto!

            –¿De quién es este collar? –la curiosidad ilumina los ojos de Rosa.

            –Me lo prestó una bruja blanca muy poderosa; de hecho, tiene un poco de su magia… –las palabras de Fernand sobresaltan a Rosa de la emoción– Y con respecto al maletín; no te preocupes. Ya está en buenas manos.

Después de decir esto, Fernand le extiende su mano a Rosa como si quisiera saludarla:

            –No te puedo dar la mano; si lo hago, desaparecerás… –dice Rosa con una tierna voz mientras le dirige una mirada de incertidumbre a Fernand.

            –No te preocupes; ya he cumplido mi penitencia –Fernand le dedica una sonrisa de gratitud a la joven, quien no sólo le extiende su mano, sino que también le ofrece un abrazo.

            –Gracias por ayudarme a proteger a mis amigos –murmura Rosa, a lo que Fernand le responde frotándole su cabellera rubia oscura con sus fantasmagóricas manos, para después desaparecer por completo, dejando que una suave brisa rodee a Rosa, quien mira al cielo con ojos humedecidos–. Huele a… a menta.

 

Voltri, Génova, Reino de Italia, 22 de noviembre de 1915.

La humedecida maleza verde se rompe con cada pisada que las botas dan sobre este, marcando un trayecto que se forma y desaparece al poco tiempo; como si la misma naturaleza intentara ocultar el camino de los forajidos, quienes se detienen apenas logran llegar a un campo abierto rodeado por altos árboles y con una vegetación recortada:

            –Todavía falta mucho para que se oculte el sol –exclama en italiano uno de los tres visitantes a sus acompañantes–. De todas maneras, no tenemos tiempo que perder…

Sus palabras, que más bien parecen ordenes, pasan desapercibidas, debido a que los otros dos aventureros, vestidos en ropas azul oscuro, no le prestan atención en lo más mínimo.

            –¡Oigan! –exclama una voz femenina en italiano con acento polaco– ¡Creo que lo encontré!

Los otros dos acompañantes se encaminan en su dirección, para después acompañarla hasta el pie de un gran pino, en el que visualizan un montículo de tierra con una lápida de barro, rodeado por unas cuantas hadas verdes y pequeñas.

            –¡Lárguense de aquí! –exclama el primer forajido, al agitar su mano para espantar a las hadas, como si de moscas se trataran, inclinándose de inmediato para leer la lápida improvisada– Vamos a ver, “Lucio Raggio”.

            –Parece que es él –comenta en italiano con un marcado acento inglés el tercero del grupo, un joven algo mayor que el primero y con una cabellera castaña clara recortada.

            –¡Claro que es él! ¿Qué no leíste el reporte de Gest, idiota? –le reprocha el primero antes de encender un cigarrillo.

            –Sí lo leí, pero no recordaba el nombre; no tienes que ser tan agresivo –contesta el joven de procedencia inglesa con una tonalidad de pereza.

            –Roger tiene razón, Jorge; no tienes que ser tan agresivo –la joven sale en apoyo de su compañero, inclinándose para poder apreciar la tumba a la que las hadas intentan rodear nuevamente–. Además, no estamos buscando a esta tumba, sino a la de la bruja, Bertha.

            –Es cierto, Roksana; esta no es la tumba –Roger mira a su alrededor, hasta que su mirada regresa a ver a Jorge, cuyo cigarro va dejando una pestilencia en las cercanías–. ¿Ese no es uno de los cigarrillos de Gest?

            –Lo es; aunque me los vendió Romina –Jorge se levanta para dejar ese lugar.

            –¡Bugger off! Me dijo que ya no tenía –Roger muestra su frustración llevándose una mano a su frente–. ¿Me venderías unos?

            –Lo siento; sólo me quedan dos, y los pienso guardar para más tarde –una sonrisa de victoria sobre Roger se dibuja en las mejillas morenas de Jorge–. Tú sabes, para recordar a la madre patria.

Ignorando la innecesaria conversación de sus compañeros, Roksana, la muchacha de larga cabellera rubia se adentra un poco más en los árboles, en donde logra visualizar un punto oscuro entre los gruesos troncos, dándole un aire aún más tenebroso al lugar; en especial por la presencia de un sujeto que yace inclinado sobre un montículo de tierra negra, adornado por una pequeña corona de flores moradas.

            –¿Por qué te alejaste así…? –le pregunta Jorge apenas la alcanzan, pero Roksana lo detiene para señalarle al extraño en el bosque.

            –¡Dios Santo! Miren la tierra alrededor de él, es… ¿está negra? –las exclamaciones de Roger llaman la atención del visitante, quien se incorpora y da media vuelta.

            –Buenas tardes, bambini –saluda en italiano el desconocido denotando su marcado acento alemán–. S.A.M., me imagino.

Los tres giran sus respectivos brazos derechos cubiertos por sus chaquetas azul marino, en donde tienen grabado un rombo negro con las iniciales “S.A.M” en hilo dorado.

            –Así es. ¿Y usted cómo…? –comenta Jorge antes de ser interrumpido.

            –¿Saben? Aquí falleció una amiga mía; era algo rara, pero agradable de todas formas.

El extraño camina de la oscuridad y se acomoda uno de los tirantes de su pantalón que cuelga sobre su hombro, lo que provoca que los tres visitantes desenfunden armas blancas cortas con las que puedan defenderse, ante la invasión del miedo que se apodera de sus cuerpos.

Roger se adelanta atacarlo con una daga mediana, seguido por Roksana que sostiene un sable roto, mientras que Jorge se mantiene atrás con un machete recortado en sus manos:

            –¡No! ¡Esperen! ¡Ese es Krampus!

La descripción de Jorge obliga a que Hugo cubra su rostro con su mano derecha, ignorando que está por ser atacado.

            –Kramer ¡Kramer! No Krampus –Hugo esquiva a Roger, derribándolo con una fuerte patada en el estómago, para después golpear la nuca de Roksana, dejándola caer en el suelo–. ¡Malditos perjuicios!

Jorge se queda inmóvil al ver como Hugo se le acerca con paso seguro, así que tan solo se dedica a sujetar el machete con ambas manos.

            –Supongo que tú eres el más inteligente de los tres…

Hugo extiende su mano para sujetar a Jorge del cuello, pero este cambia su postura de miedo a audacia al momento de lanzarle el cigarrillo casi consumido en el rostro al alemán, distrayéndolo en lo que se impulsa con los árboles cercanos lo más rápido posible para quedar a espaldas de Hugo, desde donde pretende atacarlo con su filosa arma. Hugo alcanza a atrapar el cigarro encendido con su mano izquierda, y rápidamente se inclina al dar media vuelta para lanzarle una patada en el tórax de Jorge, desarmándolo y sujetándolo del cuello para empujarlo contra el árbol más cercano.

            –Me equivoqué; no eras el más listo después de todo –Hugo le acerca el cigarro encendido a la altura del ojo derecho de Jorge– Este tabaco es de México. ¿Eres mexicano?

            –Chinga tu madre –le responde Jorge en español y a regañadientes, observando como su agresor le retira el cigarro para apagarlo con su lengua rosada.

            –Vámonos ya –le ordena Hugo en español al mismo tiempo que lo suelta.

            –¿Ir? ¿A dónde? –exclama Jorge confundido.

            –A Roma; tengo asuntos pendientes con Gest.

 

 

 

13. Libéranos del mal.

 

Roma, Reino de Italia, 25 de noviembre de 1915.

Las aguas del río Tíber se menean con suavidad bajo la luz de la luna llena, reflejándose sobre la capa acuosa; dándole un toque más romántico a la capital italiana, en donde una paz reina apenas los ciudadanos se adentran en sus hogares. Cerca de ahí, con exactitud a la lateral de la Iglesia Santa Maria dell'Orazione e Morte del lado de la banqueta que queda a la orilla del río, el silencio es interrumpido por el cantoneo de unos marcados pasos que avanzan sin mucha prisa, originados por un transeúnte vestido de manera galante como si fuera un militar. De repente, su atención se desvía al sentir como el eco de sus propias pisadas es acompañado por el de los pasos de alguien más que lo sigue muy de cerca, incitándolo a mirar por la rejilla de su ojo mientras que bajo se larga gabardina su mano desenfunda una espada corta:

            –¿Le puedo ayudar en algo? –le pregunta el caballero a la persona que lo sigue, después de ser obligado a voltear para hacerle frente.

La otra persona no dice palabra alguna; tan sólo se dedica a continuar avanzando, quedando lo más cerca posible, por lo que el elegante caminante prepara su arma blanca.

            –A usted lo he visto antes…

La seriedad se esfuma del rostro del galante peatón y sus palabras son interrumpidas por un fuerte golpe que le destroza la mandíbula en varios fragmentos, derribándolo casi en el río, dejando que su larga daga caiga al suelo empedrado sino fuera por las manos del atacante que la empuña de tal manera que se la incrusta en el pecho antes de arrojarlo al río.

 

La mañana se ve iluminada por el sol otoñal que cae sobre el mercado callejero del Campo dei Fiori, en el que se exhiben una gran variedad de productos provenientes de los alrededores de Roma: desde frutas y verduras frescas, pasando por gigantescos quesos ovalados y panes largos, hasta llegar a las artesanías manuales hechas con barro y hierro, todo para que sus respectivos vendedores puedan ganar dinero para llevar una vida modesta, pero honrada. En el transcurso del recorrido del mercado, un joven veinteañero vestido de sotana, y con una cabellera castaña ondulada echada hacia atrás y con terminación en una trenza algo disimulada, se detiene en uno de los varios puestos que venden pan, señalándole al vendedor que le proporcione una, añadiéndola a las previas compras envueltas en papel que sujeta con su brazo izquierdo; ignorando por completo el entorno que lo rodea, hasta que un mano le toca suavemente su espalda:

            –¡Azael! –Rosa se lanza sobré el dándole un cálido abrazo.

            –¡Rosa! –Azael le corresponde el abrazo con su mano libre, evitando que las compras caigan al suelo; levantando su mirada para saludar a Romina y Filippo que llegan hasta él también– Romina, conde Ottajano. ¿Cuándo regresaron de Praga?

            –Acabamos de llegar –responde Romina quien aún mantiene unas vendas sobre su brazo lastimado–; pero nos equivocamos de estación. ¿Has tenido noticias de Peter?

            –¡Oh, sí! Llegó esta carta el día de ayer; es para Rosa…

Azael extrae un paquete de cartas de entre sus compras, entregándole una a Rosa, arrebatándosela de la mano guiada por la emoción.

            –¡Gracias! –Rosa levanta la carta contra el sol como si se tratara de algún trofeo ansiado, pero su emoción es interrumpida por los saludos lejanos provenientes de un grupo de niños que son acompañados por una monja de mediana edad– ¡Bambini!

            –¿Por qué no les compras unas cuantas golosinas a los niños del orfanato?

Filippo le da el dinero a Rosa para que siga su sugerencia, saliendo a toda prisa para reunirse con los niños más jóvenes que ella, siendo observado tanto por Filippo, Azael y Romina.

            –Pobre pequeña… –exclama Azael con una expresión de lástima, detalle que Romina percata de inmediato.

            –¿Por qué lo dices? –Romina lo mira extrañada y confusa y Azael se gira hacia ella, hurgando una vez más entre el paquete de cartas que carga consigo.

            –Llegó esta carta anoche a la oficina; se la iba a entregar al Monseñor después de hacer las compras, pero creo que es mejor que lo sepas de antemano –Azael extiende su rosada mano a Romina, entregándole una carta con el sobre abierto.

Temerosa de su contenido, Romina duda sobre recibir la carta, a lo que Filippo, tras ver el sello imperial impregnado en el sobre, decide quitarle cortésmente la maleta para que pueda leer el contenido, pero Azael se le adelanta, no sin antes acomodar sus rectangulares anteojos sobre su andrógino rostro:

            –Aparentemente, Peter salió de las trincheras por petición de un sargento en dirección a la línea de combate y no regresó –la noticia deja en un estado catatónico a Romina, incitándola a recargarse sobre el hombro de Filippo–. Sería inútil pensar que fue hecho prisionero o que desertó, ya que algunos soldados austriacos capturados confirmaron que no habían tomado prisioneros en más de una semana por el constante fuego de artillería. Lamento informártelo de esta manera.

Romina intenta controlar su llanto, usando la capa aterciopelada de Filippo para limpiarse sus lágrimas, a lo que Filippo parece no molestarle en lo absoluto. Romina vuelve en sí tras escuchar la desgarradora noticia, lo que Azael aprovecha para continuar dando más detalles:

            –El señor Gest tenía una considerable suma de dinero guardada en el banco; y según el protocolo, tenemos que repartirlo a sus familiares más cercanos. ¿Sabes dónde los puedo localizar? –la tranquila y comprensiva voz Azael calma un poco a Romina.

            –Una vez me mencionó que su hermana, Tessa creo que es su nombre, vivía Holanda –Romina hace una pequeña fuerza para inhalar por sus fosas nasales–; su madre falleció cuando era pequeño y de su padre no hablaba.

            –En ese caso, lo mejor es buscar a su hermana… –Azael no logra terminar de hablar, ya que un pequeño túmulo de gente comienza a empujarlos, orillándolos de tal manera que casi caen sobre uno de los puestos de queso.

            –¿Qué sucede? –pregunta intrigada Romina, siendo protegida por Filippo para que su brazo lastimado no sea golpeado por la muchedumbre.

            –No lo sé, pero debe ser algo serio; no por nada van los soldados en camino –Filippo señala a los militares que corren a toda prisa, en especial porque se comienzan a escuchar los gritos de terror provenientes de un grupo de niños al final de la calle–. ¡Los niños!

Filippo ayuda a Romina abrirse paso entre los curiosos, así mismo, Azael toma el equipaje de Romina, encaminándose junto a ellos sin soltar sus propias pertenencias.

Ya en la orilla del río, Romina y Filippo intentan ubicar a Rosa entre la multitud; cuando finalmente la ven asistiendo a la monja en retirar a los niños de la orilla del cauce, guiándolos hasta un punto lejano.

            –Rosa. ¿Qué sucede? ¿Estás bien? ¿Los niños están bien? –le pregunta Romina apenas la alcanza, logrando apreciar los ojos llorosos de su pequeña amiga.

            –Es el papá de Fabio, il signore Mencarelli –Rosa señala a un pequeño que llora en los brazos de la monja e intenta zafarse de ella–. Lo asesinaron, lo tiraron al río.

Tras escuchar esto, Filippo, Romina y Azael se asoman por la orilla de la banqueta para contemplar la escena del crimen, procediendo a bajar por unas de las escaleras laterales que dan al río, siendo detenidos por un par de militares mientras que otros dos castrenses sacan el cadáver flotante de las aguas con unas varas largas.

 

La ligera puerta metálica se abre de golpe impulsada por la fuerza provocada por ambas manos de Filippo, quien entra al pasillo blanco iluminado por unos focos alargados, seguido de inmediato por Romina y Azael, llegando hasta el final recorrido donde se encuentra la única puerta del lugar con un escritorio sencillo a la entrada.

            –El Monseñor Pacelli nos citó a todo los de la Sezione, eso significa que Rosa también debería de venir –exclama Azael al mismo tiempo que se empareja al paso de Romina.

            –Era mejor que no viniera; no creo que esté lista para saber lo de Peter –Romina mantiene su postura de fortaleza emocional casi quebrantada–. Además, oficialmente ella no es un miembro todavía, sino una candidata a prueba, sus gastos médicos corren por mi cuenta.

La pequeña conversación se da por terminada apenas llegan a la puerta, la cual Filippo intenta golpear levemente, pero una voz desde el interior les indica que entren:

            –Los puedo escuchar desde que casi derriban la primera puerta –les reprocha Eugenio apenas sus subordinados entran a la modesta oficina, en donde se encuentra sentado en su silla, acompañado por otras dos personas que yacen de pie a la orilla de la puerta.

            –Ramaci, Marcia; me alegra verlos –saluda Romina para después girar su mirada sobre el escritorio de su superior–. Debe de ser una situación muy delicada como para que te hayas acabado toda una cajetilla de cigarros y dejar todo este lugar apestando a humo.

            –¿Somos todos los que estamos en Roma? –pregunta Filippo antes que Eugenio hable.

            –Tengo a tres agentes en Marruecos; otros siete esparcidos por toda la península. De los niños de S.A.M. no tengo noticias todavía, Peter está en el frente…

            –Peter falleció, Monseñor –el elevado tono de voz con el que Azael da la noticia provoca que su superior se levante de un sobresalto de su silla.

            –¿Quién te dijo eso? –Eugenio desvía su mirada para ver la inconformidad de Romina tras escuchar nuevamente la noticia.

            –Llegó esta carta ayer en la tarde; usted estaba en una junta con los arzobispos y no creía que fuere prudente interrumpirlo.

            –¡Por el amor de Dios! –Eugenio se lleva sus dedos blancos sobre sus lentes redondos– ¿Ya se lo notificaron a Rosa?

Los labios rojos de Romina se intentan mover, pero Filippo se le adelanta en hablar:

            –Todavía no, Monseñor; lo mejor será esperar para que sea el momento oportuno, además, otra mala noticia la destrozaría –comenta Filippo al mismo tiempo que presiona con fuerza la manija de su bastón–, la pobre le había tomado mucho cariño a la familia Mencarelli.

            –Me parece bien –responde Eugenio tras escuchar la respuesta de Filippo y dirigirle una mirada de compasión a Romina–, buena idea en no traerla.

            –Es una tragedia lo de Flavio –dice Marcia, una mujer alta, de cabello rojizo y pantalones ajustados, en referencia a lo de su difunto compañero–; él había estado en situaciones mucho peores, así como todos nosotros, y todo para que al final terminara siendo asesinado en un simple robo.

            –Lo debieron haber sorprendido con la guardia baja, o quizás lo emboscaron –añade Ramaci sin dejar de frotar su barbilla con moderado vello facial de arriba abajo.

            –Vimos su cuerpo cuando lo sacaron del río Tíber –continua Filippo tras ver a Romina y a Azael–, le destrozaron la mandíbula y tenía su propia espada en su pecho.

La descripción de Filippo esparce una sensación de crudeza en el ambiente, provocando que el Monseñor Eugenio se levante en un afán de encontrar otro cigarrillo en la cajetilla localizada en su escritorio, sin éxito. Romina saca su dotación personal de tabaco guardado en su vestido, acercándole la cajetilla su superior, no sin antes tomar uno para ella:

            –En lo que venían me puse en contacto con el jefe de policía; dijo que me mantendrá al tanto de cualquier avance –el humo sale expulsado de los pulmones de Eugenio para permitirle continuar–. Por el momento, me confirmo que detuvieron a tres sospechosos, vagabundos que merodeaban por los alrededores.

            –¿Creen que hayan sido vagabundos? –pregunta Azael mostrando temor y duda.

            –Nunca se sabe; pero si no lo hicieron ellos, al menos debieron de haber visto u oído algo –las palabras de Romina tranquilizan a Azael.

            –Les encargaré que investiguen por su cuenta, pero sin intervenir en la investigación de la policía –los codos del clérigo se colocan sobre el escritorio de madera opaca–. Fuese un robo o no, Flavio era uno de nuestros mejores soldados, el más experimentado, y sobre todo un buen amigo. Tenemos que atrapar a los responsables, y aplicarles nuestra justicia.

            –¡Entendido! –responden casi al unísono todos los presentes.

            –Pueden retirarse –dice Eugenio dejando caer su puño sobre el escritorio–; y recuerden, discreción, ante todo.

Mientras los demás presentes salen de uno en uno de la oficina, Romina se acerca un poco al Monseñor, quien la recibe con una mirada de condolencia:

            –Eugenio, necesito pedirte un favor.

            –Adelante.

            –Tiene que ver con el diario que trajo Peter hace años; tú sabes, de cuando me invitaste a unirme a la Sezione.

            –Sabes perfectamente que ese diario está resguardado en el Archivio Segreto, no puedes entrar ahí sin autorización papal –Eugenio le dirige una mirada comprensiva, evitando ser severo con ella.

            –Lo sé; pero tiene que ver con lo que nos pasó en Praga.

            –Haré lo posible para que te permiten entrar –el clérigo camina de regreso a su silla–. Por el momento dime, ¿lograron resolver lo que sucedía allá?

            –Sí; era un golem, pero no el de las leyendas, sino uno nuevo –Romina se sienta en la silla frontal tras la indicación de su superior–. Es por eso por lo que necesito ver el diario.

Manteniendo su duda a tope, el clérigo se recuesta un poco sobre su silla, llevando sus dedos entrecruzados a su mentón, todo esto para pensar más tranquilamente en su respuesta:

            –Ve a eso de las seis de la tarde –Romina se levanta indicando un poco de felicidad con una sonrisa dirigiéndose a la puerta de salida, siendo detenido por las mismas palabras de Eugenio–. Una última cosa; ten mucho cuidado, y cuida también a Rosa.

 

Apenas es medio día y ya la incertidumbre y el temor se ha apoderado de la mente de Romina, quien intenta mantener sus pensamientos ocupados de alguna manera. Su constante exhalación y el caminar de la gente que la rodea, la obligan a tomar otro cigarrillo de su pequeño bolso negro que cuelga de su hombro

            –Estás fumando demasiado, ¿no lo crees? –comenta una voz a espaldas de Romina.

            –No sabes por lo que estoy pasando –Romina sostiene su codo izquierdo con la otra mano y hecha hacia atrás sus hombros, de tal manera que el humo del cigarro tambalea sobre el aire–. ¡Todo va de mal en peor, Marcia!

La mujer de cabello rojizo se acerca hasta donde Romina está, cuya mirada se desvía al sur del río, intentando visualizar donde mataron a Mecarelli.

            –Me imagino por lo que estas pasando, y me sorprende que te mantienes fuerte a pesar de todo –la mano pálida de Marcia frota el hombro de Romina como señal de empatía.

            –¿Podrías hacerme un favor? –Romina mira a Marcia con una expresión de cansancio.

            –Tú dime.

            –¿Podrías acompañarme a ir por Rosa? Siento que no seré lo suficientemente fuerte como para darle la noticia a Peter –los pulmones de Romina dejan que escape un poco de humo por sus fosas nasales–. No quiero estar sola con ella.

Marcia guía a su compañera con su mano sobre su hombro, dirigiéndole una sonrisa de entendimiento:

            –No he convivido mucho con esa niña, pero se ve que es pura de corazón.

            –Lo es… –Romina camina con sus brazos frente a su regazo sosteniendo su bolso, y con la cabeza dirigida sobre el piso– sobre todo su sonrisa; siempre sonríe, sin importar que tan difícil sea la situación.

            –Ella también ha tenido que ser fuerte antes; recuerda que la gente que sonríe más es la misma que ha sufrido lo innecesario.

            –Ese no ha sido mi caso… –el cigarro de Romina se termina de consumir en sus dedos, dejando la colilla de papel del cigarro en la orilla de una ventana– pero algo tiene su sonrisa que te contagia de positivismo, es como si fuera mágica.

            –Entonces es más interesante de lo que pensaba; tú sabes, con eso del poltergeist…

Las palabras de la delgada mujer pelirroja ponen a pensar a Romina, cuyos ojos dan indicios de estar sumamente agotada.

            –¿En realidad crees que lo de Flavio haya sido un robo?

            –No lo creo; como dijo el Monseñor, él era uno de los más experimentados, por no decir el más de todos nosotros –Marcia mira el entorno de la avenida–. No sería la primera vez que se enfrenta a ladrones y a emboscadas.

            –Quisiera hacer más por él; no merecía morir de esa manera.

            –Tal vez hoy puedas hacer algo; sólo cuida tus palabras y dudas –Marcia le señala con su barbilla una casa alta de tres plantas, y con media docena de policías a la puerta principal.

Enfocado sobre el lienzo de papel en el que escribe con una pequeña pluma plateada, el Monseñor Pacelli no se percata de los casi silenciosos pasos provenientes del pasillo que se dirigen a su oficina, la cual tiene la puerta casi abierta. Su mirada no se desprende de su letra manuscrita con la que escribe, hasta que una voz femenina lo interrumpe, provocándole un sorpresivo sobresalto que lo avienta a su silla, dejando caer su pluma en el proceso:

            –Monseñor, lo buscan –comenta una angelical voz que emana de una joven monja que no porta su hábito, lo que permite que su cabello rizado y cobrizo cuelgue sobre su hombro derecho.

El Monseñor la mira por un instante en lo que se recupera del sobresalto, siguiendo con la búsqueda de su pluma perdida en el piso de su oficina:

            –¿Dónde se encuentra Azael?

            –Usted le ordenó que fuera a la estación de policía, por si encontraban nuevas pistas –responde con un tono de confusión la monja, sin perder la dulce melodía.

            –¡Ah! Ya recuerdo… –exclama el Monseñor aún en su búsqueda de su pluma, la cual se le va de sus delgados dedos– en ese caso, también puedes retirarte.

            –¿Y la visita? –la joven monja ladea un poco su cuerpo indicándole que alguien lo espera afuera.

            –Dile que entre.

La pluma vuelve a escaparse de los dedos de Eugenio, pero esta vez, usa su pie para acercarla, mientras que la joven sale de la oficina, indicándole al visitante que entre. Finalmente, Eugenio logra tomar su preciada pluma, levantándose para recibir a la persona que ingresa a su modesta oficina, quitándole la sonrisa de victoria al clérigo:

            –Hola, Eugenio… –exclama una voz con un marcado acento bávaro al mismo tiempo que se acomoda el tirante de su pantalón sobre su hombro.

            –Kramer –Eugenio traga un poco de saliva ante tal visitante– ¿Qué haces aquí?

            –¡Vaya! ¡Hasta que al fin alguien lo dice bien! –Hugo deja caer sus hombros, mostrándose algo más relajado– Tengo unos asuntos pendientes que atender aquí en Roma.

            –¿Supiste lo de Flavio? –los ojos verdes del Monseñor se dilatan al ver el sereno rostro que Hugo mantiene.

            –Sin duda…

Hugo presiona su muñeca derecha con la otra mano, girándola para dejar que un fuerte crujido se deje escuchar, algo que causa que la mirada de Eugenio se clave como daga.

            –¿Viniste a matarme?

Eugenio se aferra sobre su asiento, dejando que sus uñas se incrusten sobre los respaldos de su silla. Hugo se queda en silencio, usando su talón izquierdo para cerrar la puerta del despacho con un solo movimiento.

 

Aún con una gran carga emocional encima, Romina camina por las angostas calles empedradas de la capital italiana, sin dejar de sostener la pequeña mano de Rosa, quien degusta una golosina y mantiene una conversación con Marcia, con la que comparte una que otra carcajada con cada palabra que dicen en el trayecto. Romina parece simplemente ignorarlas, manteniendo su mirada sobre el trayecto, en el que va apareciendo la gran cúpula de la Basílica de San Pedro en el fondo. El cuello de Romina gira del lado de Rosa, quien le dirige unas palabras, pero Romina, no logra escucharlas:

            –¿Qué decías?

            –Decía que si quieres una probada de mi gelato –Rosa le extiende el brazo que sostiene su postre, a lo que Romina mira con una expresión sombría, que desaparece al ver los ojos de la joven.

            –No, gracias –Romina disimula sus preocupaciones desviando su vista a Marcia, quien le dedica una mueca de preocupación que Rosa no logra ver–. Rosa, ¿no te molesta si te dejo el resto de la tarde con Marcia? Tengo unos asuntos pendientes que atender.

            –Está bien –Rosa usa su lengua para limpiar su mano de la pegajosa golosina–; hay muchas cosas que aún me faltan escuchar de sus viajes.

            –Por mí no hay problema –Marcia acaricia la cabeza de Rosa como señal de cariño–; si quieres la puedo llevar a tu casa más tarde.

Romina la mira aliviada, lo que le permite mantenerse estable en lo que llega el momento adecuado para hablar con Rosa sobre las malas noticias, situación cada vez más difícil al ver como la sonrisa llena de vida y esperanza se visualiza en las mejillas de su joven amiga.

            –Tengo que ir a la Biblioteca –con sus manos, Romina indica el lugar donde estará–; no sé cuánto tiempo este ahí.

Marcia no dice nada, tan sólo se dedica a indicarle con un movimiento de barbilla y una sonrisa que todo estará bien; así mismo, Rosa la mira dulcemente, sonriéndole y dirigiéndole su gelato a su amiga, quien se inclina un poco para darle una probada antes de marcharse con rumbo a la Basílica de San Pablo, perdiéndose disimuladamente entre la multitud de la gente.

 

No muy lejos de ahí, en la estación que queda más próxima al Castel Sant'Angelo, Azael sale con paso ligero del antiguo edificio de seis plantas, encaminándose en dirección al río Tíber por la Via Triboniano, tarareando una ligera melodía mientras se limpia con un pañuelo blanco el sudor generado por sus largas y negras vestimentas que absorben el calor del clima mediterráneo. Sus pasos se disfrazan con el golpeteo de los demás transeúntes a su alrededor y en sus brazos mantiene unos documentos que parecieran ser parte de un archivero, los mismos que acomoda para que no se caigan, a la vez que empuja sus anteojos cuadrados que se resbalan con el sudor que no alcanzó a limpiar. De repente, Azael se detiene, esperando poder ver que los archivos sean los correctos antes de entregárselos a su superior, pero en eso una fuerte palmada se deja caer sobre su hombro izquierdo, sobresaltándolo del susto:

            –¿Vas con el Monseñor? –le pregunta Ramaci, un tipo alto, de piel algo bronceada y con ropas más ligeras que las de Azael.

            –¡No vuelvas a hacer eso! –reprocha Azael con una voz calmada, pero con claros indicios de asombro– Casi haces que se me caigan los papeles.

            –Deberíamos irnos –indica Ramaci con una señal de mano.

            –¿Ir a dónde?

Indaga Azael con preocupación, recibiendo como respuesta un suave empujón por parte de su compañero, quien le propina un ligero golpe fraternal sobre el mismo hombro.

            –¡Ja, ja, ja! ¡Debiste haber visto tu cara de miedo! –Ramaci le da otra fuerte palmada a Azael, obligándole a caer al suelo, pero sin dejar que los documentos se les escapen de las manos– Lo siento, permíteme ayudarte.

            –¿Qué te suced…? –el reproche de Azael es interrumpido por Ramaci inclinándose para ayudar a levantarse, acercándose un poco a su oído.

            –Te están siguiendo –susurra en voz baja Ramaci, dejando boquiabierto al clérigo.

En lo que se levanta, Azael logra visualizar como en el techo de un edificio cercano de tres plantas una silueta apenas se esconde detrás de la fachada de la chimenea, lo que lo incita a seguirle la cuartada a Ramaci.

            –¡Sí que me sacaste un susto! –Azael mantiene una sonrisa despreocupada en sus mejillas– ¿Y hacia a donde te diriges?

            –Intentaré convencer a Marcia que me invite algo de comer –Ramaci gira su cuello en ambas direcciones para tronarse los huesos–. La verdad, no quiero gastar el día de hoy.

Ambos sujetos mantienen su conversación casual, acelerando su paso en cada momento que pueden adentrándose un poco en el camino frontal del Castel Sant'Angelo, en donde los alrededores están despejados de los edificios cercanos, dándoles tiempo para conversar:

            –¿Cuánto tiempo llevan siguiéndome?

            –No lo sé; quizás desde que salimos de la reunión de emergencia con el Monseñor.

Ramaci mantiene su apariencia despreocupado, acercándose un poco a la barda de la lateral del río, en donde se apoya por unos segundos antes de buscar en su gabardina café un cigarro fumado a medias.

            –¿Tienes idea de quién puede ser? –Azael intenta mantenerse calmado, pero el humo del cigarro ahora encendido de su colega lo incomoda.

            –No se me ocurre nadie en especial –Ramaci se vuelve a apoyar de codos sobre la barda–; al menos no en este momento.

            –¿A qué te refieres con eso?

            –Tu bien sabes de lo que hablo –contesta Ramaci dejando que una gran nube de humo escape por su boca–. Toda esta Organización tiene muchos enemigos, tanto los políticos como los de leyendas y mitológicos.

            –Ahora que lo pienso…

Azael no termina de hablar tras ver que Ramaci desvía su mirada a la amplia calle que lleva a la Piazza San Pietro, obligándolo a girar también, viendo a lo lejos a Marcia caminando en dirección hacia a ellos con Rosa sujetada de la mano, mientras usa su otra mano para saludar:

            –¡Qué bien! Son Rosa y Marcia –comenta con alegría Azael, levantando su mano para regresar el saludo– ¡Hola, señoritas!

            –Baja la mano, esa niña no te está saludando a ti –responde con desdén Ramaci, lo que deja intrigado a Azael, quien gira un poco para verlo.

            –No te entiendo… –responde el clérigo, recibiendo una vez más como respuesta, la mirada de Ramaci desviándose a la torre derecha del Castel Sant'Angelo.

            –Creo que, al tipo de allá; el que está sentado, saludándola también.

            –No lo veo…

            –Olvídalo, ya bajo la mano; es el que parece campesino, el que se está acomodando el tirante sobre el hombro.

Azael se dispone a darse la vuelta para ver a la persona que Ramaci le ha mencionado, pero apenas gira totalmente su cuerpo, este da un salta atrás, cayendo casi al suelo si no fuera por Ramaci que lo alcanza a detener:

            –¿Qué sucede? Te pusiste pálido, como si hubieras visto a un fantasma.

            –Lo… ¡Lo vi! –Azael sujeta el brazo de Ramaci y se acomoda sus cuadrados anteojos– Estaba cubierto de sangre, sin un brazo…

            –¿De quién hablas?

Azael recupera lentamente su color de piel, desviando después su mirada al ver de reojo como Marcia y Rosa se acercan a ellos a paso rápido.

            –Vi… vi el fantasma de Peter Gest.

 

 

14. DEMONIO(S).

 

Roma, Reino de Italia, 25 de noviembre de 1915.

Las fachadas de los edificios comienzan a dibujar sus sombras sobre el pavimento empedrado de tal manera que se empiezan a unir como si se tratase de una danza rutinaria generada por el ocaso. Entre dichas calles formadas por los distintos edificios que abarcan distintas épocas, la escasa gente camina a sus respectivos destinos, satisfechos y agotados por la rutina laboral que los agobia día a día. Sus pasos adornan las calles como si de diminutas campanas fueran, pero hay unas pisadas en particular, que llaman la atención de los transeúntes, los cuales se ven obligados a apartarse del camino apenas ven como los causantes corren a toda prisa por las calles capitalinas:

            –¡¿Por qué no me dijiste que ese sujeto era el mismísimo Krampus?! –le grita Marcia a Rosa con una voz agitada.

            –No sabía que era él. ¡Lo saludé por reflejo! –Rosa se defiende sin dejar de correr, emparejándose un poco a la velocidad de Marcia, pero con los brazos hacia atrás.

A regañadientes, Marcia se detiene apenas llegan al final de la estrecha calle, lo que la obliga a mirar por ambas direcciones con la esperanza de poder elegir un camino rápidamente. Rosa también se detiene, pero su mirada se enfoca en la enorme fachada barroca del edificio de cuatro plantas. Marcia se dirige a ella, dándole a entender que ya ha tomado una decisión:

            –Será mejor que busques a Romina –el aliento llega lentamente a los pulmones de la pelirroja rizada–; yo iré a buscar a Ramaci y al padre Azael.

            –Me parece bien –responde Rosa sin desviar su mirada de la fachada del edificio, levantando su dedo rosado para apuntar al inmueble– ¿Y ese no es el señor Krampus?

Marcia gira su cabeza al sitio apuntado por Rosa, en donde logra visualizar una silueta que brinca para esconderse detrás de la chimenea, lo que obliga que Marcia tome a Rosa de la muñeca, emprendiendo nuevamente una marcha en contra de la puesta del sol.

            –¿A dónde vamos? –pregunta Rosa algo aturdida por el inesperado arranque.

            –¡Tenemos que encontrar a Sergio y a Azael! –dice Marcia antes de que su respiración se agite– ¡Krampus los va a matar!

Esas últimas palabras repercuten en la mente de Rosa, logrando que casi caiga al pavimento empedrado de la impresión, pero su rápida obligación moral la empuja para que continúe adelante, no sin antes detenerse de golpe y arrastrar a Marcia consigo:

            –¿Qué sucede? –exclama Marcia intentando no sonar iracunda.

            –El niño de la azotea, nos dejó de seguir –Rosa mira todas las fachadas de las enormes casas que las rodean, incitando a Marcia a hacer lo mismo–. ¿Qué no lo sientes?

            –¿Sentir? –Marcia voltea preocupada al escuchar la pregunta de Rosa.

            –Sí, sentir… –Rosa vuelve a levantar su mano para apuntar a una de las fachadas más sobresalientes– ¡Se fue por allá!

Las pupilas de los ojos verdosos de Marcia se dilatan al ver que la dirección que Rosa apunta es nada más que la Piazza San Pietro con la icónica cúpula de la Basílica sobresaliendo. Marcia se queda dudando por unos segundos, pero un vago pensamiento la hace volver en sí, presionando gentilmente la muñeca de Rosa para que puedan partir de ahí, siendo esta la que vuelve a apuntar una dirección con su barbilla:

            –Vámonos por aquí –Rosa jalonea cortésmente la mano de Marcia al mismo tiempo que emprende su paso–; que he sentido a Ramaci y a Azael por este camino.

Sin más que poder hacer, Marcia se deja llevar por la confianza de Rosa, siguiéndola a paso rápido entre las estrepitosas calles de la capital italiana.

 

Cansada y agotada por tanta lectura, Romina apoya su cabeza sobre un viejo libro, siendo su fleco negro el primero en recibir el golpe, mientras que de sus pulmones salen extraños sonidos que se traducen como quejas de agobio, los cuales llaman la atención de un párroco de mediana edad que se aproxima hasta ella, mostrando un gesto de amabilidad en su rostro de mediana edad con algunas canas en su cabello bien peinado:

            –¿Se encuentra bien?

            –Sí, sí; todo está bien…

Romina levanta su cabeza para exhalar un poco de aire y acomodar los libros sobre el escritorio de lámina, lo que provoca que el sacerdote levanta su ceja.

            –Esos libros no serán unas reliquias, pero si le recomiendo que los trate con cuidado.

            –Lo entiendo perfectamente –Romina responde meneando su barbilla de arriba abajo en un italiano muy marcado por su acento natal.

            –Una última cosa… –el párroco cambio su tonalidad de voz a algo más severa– entiendo que usted pertenece a la Sezioni, pero le sugiero que no abuse de sus privilegios: para la próxima vez cubra su cabeza y use un vestido que le cubra hasta los tobillos.

Romina tan sólo se dedica a mover sus manos de tal manera que está de acuerdo con lo susodicho, a lo que el hombre de sotana negra lo toma de buena manera, retirándose en dirección a la recepción, en donde lo espera un miembro de La Guardia Suiza con mensaje en manos. Mientras tanto, los ojos castaños de Romina se enfocan en un pequeño diario que llama su curiosidad, incitándola a hojearlo, intrigándola con cada hoja que ve pasar:

            –Cuantos secretos no has de guardar… –susurra Romina y acto seguido cierra el diario para observar su portada café adornada con márgenes dorados algo demacrados, teniendo en el centro unas iniciales en letra cursiva– “efe, ge”.

Romina vuelve una vez más a hojear el diario, en el que logra ver unos garabatos que se le hacen conocidos, llenando sus ojos de un brillo espeluznante que la empujan a levantarse de su asiento para encaminarse hasta el encargado del lugar.

            –Disculpe, este diario… ¿Me podría dar más información? –Romina extiende el mencionado artículo al sacerdote, quien termina por despedirse del miembro de la Guardia.

            –Este diario lo trajeron hace siete años… –el sacerdote responde titubeando.

            –Quien lo trajo… ¿era francés? –Romina, deja más perplejo al sacerdote.

            –No, no; de hecho, lo trajo un alemán. Usted lo debe de conocer, Peter, Peter Gest se llamaba –la respuesta del clérigo hace que la sangre de Romina se hiele, dejándola por unos segundos atónita y sin palabras–. De hecho, lo trajo de Praga. A propósito, le mandaron este mensaje; tome.

Un poco sorprendida, Romina toma el sobre que el sacerdote le extiende.

            –Huele a… –Romina se lleva el sobre a su nariz, percatándose de que algo muy inusual proviene de esa carta– a ¿sangre?

Sin dudar un segundo más, Romina abre el sobre, pero el mensaje escrito con letras grandes hace que un impacto emocional la sacuda, incitándola a salir del recinto con el diario sujetado por su brazo vendado, dejando caer la nota en el proceso:

            –¡Signorina! ¡No puede llevarse el diario!

Las palabras del encargado del Archivio Segreto Vaticano son ignoradas por Romina que encuentra la manera de salir del lugar por las escaleras más cercanas, dejando que el eco de sus tacones bajos se escuche con cada pisada que da.

 

El sol se ha escondido por completo, permitiendo que la penumbra se apodere de las calles romanas; tan sólo los faroles callejeros propician una sueva luz que permite a los caminantes nocturnos a no perderse en el laberinto urbanizado, aunque también uno que otro malhechor usa esa ventaja para cometer sus maldades. Así mismo, Marcia y Romina aprovechan tanto la luz vecinal y el brillar de las estrellas y la luna para guiarse en su búsqueda desenfrenada.

            –Ya estamos cerca de la casa de Sergio –dice Marcia con claros indicios de agotamiento de tanto correr–; lo más probable es que estén ahí.

            –Puedo sentirlos cada vez más cerca –Rosa mantiene su paso algo más acelerado que el de Marcia, por lo que la segunda tiende a apresurarse más a tal grado que la rebasa apenas la primera se detiene de golpe.

            –¿Qué sucede? ¿Por qué te detuviste? –Marcia se apoya sobre sus rodillas en un intento de recuperarse, pero Rosa sólo se enfoca en los techos de los edificios que las rodean– ¿Está todo bien? ¿Nos están siguiendo?

            –No… –el rostro de Rosa comienza a palidecerse de la nada– Hay alguien más aquí, puedo sentirlo; es algo muy malo.

Al ver como la actitud de Rosa cambia bruscamente, Marcia se le acerca para tranquilizarla, pero un fuerte y desgarrador grito, acompañado del sonido de carne que es despedazada, se deja escuchar a la vuelta de la calle, llenando de temor a Marcia:

            –Ese grito, ese grito fue de ¡¿Sergio?!

Un nudo se forma en la garganta de Marcia tras escuchar como un segundo sonido de carne cercenada se escucha en los alrededores cercanos, acompañado de un brutal gruñido bestial que desaparece al instante, permitiendo que aparezca el golpeteo de unos pasos que provienen de la misma dirección, acompañados por una melodía silbada.

Los pasos continúan hasta que la persona que silba aparece frente a ellas, deteniendo de tajo tanto sus tenebrosos taconeos como el sonido que sale de sus labios ensangrentados:

            –Señoritas –exclama con cortesía el merodeador nocturno, al mismo tiempo que se acomoda el tirante de su pantalón sobre su camisa ensangrentada y desgarrada.

            –¡Es, es Kramer! –las palabras inyectadas de miedo escapan de la boca de Marcia, quien extrae un par de navajas largas de los costados de su pantalón ajustado.

            –¡Vaya! Otro más que lo dice bien… –Hugo se acerca con paso seguro hasta encontrarse cerca con ellas, colocando su mano izquierda sobre su camisa rota que permite ver una profunda herida en su pecho.

            –¡Rosa, huye! ¡Busca a Romina! –le ordena Marcia a Rosa al ver como esta toma una posición defensiva.

            –Pero…

            –¡Haz lo que te digo! ¡No tenemos oportunidad contra él! –la desesperación fluye tanto en las palabras como en el rostro de la pelirroja– Lo detendré lo más que pueda…

Viendo la determinación de su amiga, Rosa emprende una huida sin mirar atrás; tan sólo el sonido del metal de los cuchillos de Marcia le da a entender que la situación es crítica, y que la culpabilidad de escapar de ese lugar la perseguirá indudablemente. Aun así, Rosa se encamina lo más rápido que puede hasta llegar a una calle que da al río Tíber, deteniéndose por un momento para estallar en lágrimas tras dejar de escuchar el sonido de las navajas a lo lejos, dando a entender que lo peor ha sucedido.

            –¿Por qué corrí? –el sollozo de culpabilidad la obliga a inclinarse hasta quedar en el suelo, dedicando un instante para sacar del cuello de su vestido azul celeste el collar dorado que se encontró en Praga–. Tenía la posibilidad de ayudarla. ¿Por qué no lo hice?

El amargo llanto de Rosa se detiene al escuchar unos pasos quebrantados acompañados por murmullos que incitan a Rosa a levantarse y encaminarse a la silueta que vaga por el camino cercano al río:

            –¿Estás bien? –Rosa traga un poco de saliva tras preguntarle al desconocido su estado.

            –¿Rosa? ¿Sei tu?

Una voz italiana le responde en lo que se le encamina, encontrándose a una farola en el trayecto, permitiéndole a Rosa a identificar al extraño.

            –¡Azael! –Rosa logra reconocer al sacerdote, cuyos ojos verdes dan a entender que ha visto algo atroz– ¿Y esa sangre? ¿Estás herido?

            –No es mía… –responde Azael con una voz quebrantada viendo su sotana empapada, inclinándose a la altura de Rosa y sujetarla gentilmente de los hombros– Rosa, escúchame bien; tenemos que irnos de aquí.

            –Lo sé; Marcia me dijo que busque a Romina, creo que ella puede detener a Krampus –Rosa es ahora quien sujeta las muñecas de Azael, quien la mira confundido.

            –¿Tú crees?

            –¡Sí! ¡Tenemos que ir por ella! –Rosa sujeta firmemente la mano de Azael, dirigiéndole una sonrisa de esperanza al mismo tiempo que lo intenta llevar al puente cercano.

            –¡No! Escúchame bien: Tenemos que irnos de Roma.

            –Pero, tenemos que ayudar a Romina, y si nos vamos… ¿Cómo va a saber Peter en donde estamos? –la sonrisa de Rosa se difumina al ver la desesperación dibujada en Azael.

            –¡Peter está muerto! –las palabras de Azael denotan furia y desesperanza, lo que termina de borrar la sonrisa de las mejillas rosadas de la adolescente, quebrantando su espíritu– Ahora, escúchame bien: tenemos que irnos de Roma, solos tu y yo, necesito que me ayudes en…

            –Peter, él no puede… ¿Por qué me dices esto? –un río de lágrimas comienza a resbalar por las mejillas de Rosa– Él no puede estar muerto; me prometió que volvería.

            –¡Al carajo con Peter! –una rabia se visualizar en el rostro de Azael mientras presiona la muñeca de Rosa.

            –Azael, mi mano, me estás lastimando… –Rosa usa su mano libre para zafarse de Azael, pero el cuerpo de este comienza a hacer un fuerte crujido, lo que aterroriza a Rosa al ver como en el rostro del italiano se dibuja una macabra mueca de horror–. ¡¿Azael?!

            –Necesito… tu… poder…

Azael dirige su otra mano al cuello de Rosa para asfixiarla, rompiendo con sus afilados dedos engarruñados el cuello del vestido, dejando al descubierto el collar dorado que cuelga de Rosa, repeliendo por completo a Azael de tal manera que lo avienta por los aires.

            –¿Qué sucedió?

Rosa parpadear un par de veces, viendo a Azael levantarse lentamente del suelo; sin embargo, su rostro refleja una expresión de rabia que se desborda por cada poro de su piel.

Aprovechando la confusión del momento, Azael se encamina nuevamente a Rosa dispuesto a lastimarla, manteniendo una postura tétrica, hasta que una fuerte patada en su mejilla derecha logra derribarlo, permitiendo que su cuerpo se impacte sobre el pavimento:

            –Pensé que no lograría llegar a tiempo –exclama Romina al mismo tiempo que da unos brincos hacia atrás en dirección a Rosa–. ¿Estás bien?

Rosa le brinda un afectuoso abrazo desde la parte trasera de la cintura de Romina, quien se gira de inmediato para corresponderle; sin embargo, el emotivo momento duro muy poco, ya que ambas se percatan de que Azael está levantándose, dejando que un escalofriante sonido fluya con cada movimiento que realiza.

            –Ese… ese no es Azael…

            –Sí lo es; ese es Azael –Romina extiende su brazo vendado de tal manera que Rosa queda justo detrás de ella, protegiéndola de cualquier peligro que pueda suceder.

Por otro lado, el rostro de Azael, tornado de un color rojizo, se acerca lentamente a ellas, dejando que una sonrisa desquiciada se haga visible con cada haz de luz que lo ilumina, infligiendo miedo tanto en Rosa como Romina, lo que las obliga a retroceder discretamente:

            –Me sorprende que hasta ahora te des cuenta, Romina –dice Azael con una voz áspera mientras levanta su mentón de manera desafiante–. Sin embargo, permíteme recordarte que sé casi todos las habilidades y secretos de los miembros de la Sezione; eso significa que con tu brazo lastimado no puedes usar esa magia tuya…

La noticia deja aturdida a Romina, dando a entender que Azael tiene razón, pero, aun así, esta logra acumular el valor para responderle a su adversario:

            –Así que tu mataste a Flavio, ¿no es así? –la pregunta de Romina es respondida por una sonrisa burlona por parte de Azael– Dime, ¡¿POR QUÉ LO HICISTE?!

            –No tenía nada en contra de él; sólo es cuestión de negocios y una deuda personal que tengo con toda su maldita Organización…

            –Tú, Peter… –la voz llena de indignación de Rosa se deja escuchar en el sombrío ambiente– ¿Tu mandaste a Peter a la guerra? ¡¿Tu lo mataste?!

            –Tampoco era algo personal con él; no te lo tomes a mal, tan sólo que deshacerme de los más fuertes haría que el resto fuera más fácil –responde Azael con cinismo, lo que alimenta de coraje a Rosa–. Verán, no soy una persona que le gusta decir sus planes, pero esta Organización, junto a la de Berencsi, ya deberían estar extintas.

            –¿A qué te refieres? –dice Romina intentado acercarse un poco a Azael.

            –¡Lo que quiero decir, es que es momento para los de mi especie surgir como la raza superior que somos y tener al mundo a nuestros pies una vez más!

Azael gira su cuello hacia abajo, dejando que un fuerte crujido se deje escuchar, mientras que su cuerpo poco a poco empieza a aumentar su masa muscular, desgarrando parcialmente su sotana, y dejando que su cabello recogido en una pequeña trenza se suelte, dejando ver que es más largo de lo que parecía.

            –Pero… ¿Qué es eso?

Rosa espera una explicación por parte de Romina, quien luce boca abierta al ver como su antiguo conocido de rasgos andróginos ahora luce un aspecto monstruoso.

            –No creo que sea un hombre-lobo; no tiene las características –la voz de Romina suena quebrantada al momento de dar la breve descripción.

            –Es un berserker, a voluntad; extraño en su clase –explica una voz con acento alemán que llama la atención de Azael, quien se ve obligado a voltear para recibir un fuerte golpe en su rostro, obligándolo a inclinarse de dolor–. Lo mejor es que se vayan de aquí.

            –¡Kramer! –grita sorprendida Romina al ver a Hugo, por lo que Rosa se pone en posición defensiva recordando lo acontecido minutos antes– ¿Qué haces aquí?

Antes de que Hugo pueda responder, desde los tejanos cercanos se hacen presentes tres siluetas más:

            –¡Signore Krampus! ¡Estamos listos! ¡Díganos que hacer! –grita Jorge quien es acompañado por Roger y Roksana en la orilla del tejado.

            –Ustedes dos diríjanse dos cuadras en aquella dirección; hay un hombre herido de gravedad, llévenlo al hospital. Jorge, saca a las señoritas de aquí.

            –¿Qué está sucediendo? –exclama Romina en español– ¿Nos estas ayudando?

Hugo no dice nada, tan sólo se dedica a mirar a Azael, quien se dispone a atacarlo apenas logra ponerse de pie. Por otra parte, la confusión comienza a escaparse del rostro infantil de Rosa, que, junto a Romina, son guiados por Jorge apenas este último desciende del tejado del edificio de tres plantas, usando su cuerpo como si fuera un escudo humano hasta llegar a la mediación del puente sobre el río, desde donde pueden ser espectadores.

            –¡No te metas en mis asuntos, Hugo! –la voz de Azael suena más ronca, como si le doliera hablar.

            –Tengo que –responde Hugo manteniendo las manos en sus bolsillos para después dar un par de pasos y quedar más cerca de su oponente–; has quebrantado muchos acuerdos.

Azael toma un poco de aire por su nariz, absorbiendo la sangre que le escurría, dejando que una desagradable mueca de confianza se visualice en su cara:

            –Pensé que un ser como tú no tenía principios ni código de ética.

            –Ya sabes lo que dicen –las desafiantes palabras de Azael incitan a Hugo a sacar su mano derecha para propinarle un golpe en la quijada, derrumbándolo otra vez–: más sabe el Diablo por viejo que por Diablo.

Apenas Azael toca suelo, Hugo le propina una fuerte patada en las costillas con su pierna izquierda, haciendo que exprese su dolor con gruñidos, dándole una gran ventaja a Hugo sobre su oponente, quien apenas intenta no quedar tirado sobre el suelo empedrado. A pesar de la brutal paliza que el bávaro le propina, Azael logra detener una de las patadas fulminantes de Hugo, clavándole las uñas en el tobillo izquierdo, jalándolo para poder derribarlo; pero Hugo logra girar rápidamente antes de tocar el suelo, dándole otra fuerte patada en la cara a Azael, tan fuerte que lo levanta del suelo y termina apoyando sobre la pared de una casa cercana, lo que aprovecha Azael para lanzarle un golpe al hombro izquierdo de su atacante, logrando fracturar su brazo y desequilibrarlo.

            –¡Te dije que te mantuvieras fuera de esto! Ahora tendré que matarte.

Una sonrisa de burla se esfuma de las mejillas de Hugo, quien yace en el suelo sujetándose su hombro herido. Azael se dispone a levantar uno de sus pies sobre la rodilla derecha de Hugo con el fin de romperla, pero se detiene apenas ve el sereno rostro de su rival:

            –¿Tiene frío, Conde?

Pregunta Hugo de manera sarcástica a Filippo, quien se encamina hasta ellos dejando que el sonido de sus manos frotándose una con otra llamen la atención de ambos contrincantes.

            –¿Qué haces aquí, Filippo? –indaga Azael al ver al rubio italiano acercársele, dejando de frotarse sus manos para colocarlas sobre las mejillas de Azael, provocándole un alarido de dolor– ¡¿Qué fue eso?! Mi rostro, mi rostro está… ¿quemado? ¿Cómo lo hiciste?

            –Hay cosas que nunca se revelan –Filippo ayuda a Hugo a levantarse–. ¿Qué está pasando?

            –Azael nos ha traicionado… –Hugo no termina de hablar cuando unos gritos se dejan escuchar a las cercanías.

            –¡Signore Hugo! –grita Roger al momento de acercarse un poco hasta su ubicación, teniendo en una camilla improvisada a Ramaci, siendo ayudado por Roksana y Marcia.

            –¡Llévenselo de aquí! –les ordena Hugo.

Aprovechando la distracción, Azael se abalanza sobre Filippo, pero este logra detener un mortal golpe con su bastón de manera horizontal, siendo su siguiente acción la de desenvainar una hoja afilada oculta dentro del bastón que le sirve como una espada improvisada que usa rápidamente para cortar parte del puño de Azael y extender la herida a lo largo del brazo, quedando después a espaldas de su antiguo colega. A pesar del dolor, Azael se gira lanzándole otro golpe con su mano sana a Filippo, quien también se gira y perfora parte del antebrazo de su atacante, extrayendo la hoja metálica lo más rápido que puedo para incrustarla sobre el pecho de Azael por un segundo, retrocediendo al instante, observando como el cuerpo musculoso de Azael se niega a volver a su forma natural. Mientras tanto, Romina, Rosa y Jorge se acercan a la escena del enfrentamiento para poder asistir a sus compañeros, siendo Romina y Rosa las que se apresuran a sostener a Marcia, quien luce con fracturas, mientras que Jorge ayuda a Roger a mantener la estabilidad de la camilla.

Tras ver como Azael cae de rodillas mal herido, Filippo se apresura a levantar a Hugo, cuyas heridas se ven de gravedad, lo que le causa indicios de dolor. Azael, con apariencia moribunda, gira su cuello para apreciar a Rosa y a Romina quienes están en las cercanías, y, con una expresión facial de incredulidad, les extiende el brazo, obligando a Romina y a Marcia a retroceder unos pasos, pero llamando la atención de Rosa, quien se acerca un poco imitando su movimiento, por lo que Azael le dedica una sonrisa de misericordia.

            –Córtale la cabeza –comenta en voz baja Hugo, dejando atónito a Filippo.

            –¡¿Qué?!

            –Es un berserker ¡Ellos se hacen fuertes si sienten dolor!

Filippo entiende el significado de las palabras de Hugo muy tarde, ya que el cuerpo de Azael vuelve a recuperar masa muscular rápidamente, lo que le permite sujetar bruscamente el brazo de Rosa ante el terror de todos, pero su feroz movimiento se ve interrumpido al ser lanzado por los aires nuevamente.

            –¡Rosa! –Romina se apresura a abrazar a Rosa, siendo esta ligeramente repelida también del cuerpo de su amiga– ¿Qué fue eso?

            –No lo sé –Rosa voltea a ver la expresión de confusión de Romina, pero este cambia al ver que el collar que cuelga del cuello de Rosa comienza a brillar con una tonalidad gris.

            –¿Qué es ese collar? –exclama Romina con una mirada de asombro y miedo.

Azael llega a aterrizar de pie muy cerca de donde se encuentran Hugo y Filippo, aprovechando esa oportunidad para atacarlos, a lo que ambos deciden defenderse y atacar usando sus respectivas habilidades, turnándose el uno al otro para inmovilizar a Azael, quien al parecer es ahora mucho más fuerte y resistente, logrando derribar a ambos al suelo propinándoles fuertes golpes que los deja inmovilizados.

Romina y Rosa no pueden creer como estos caen lastimados, por lo que Roksana y Marcia se adelantan a guiarlas lejos de ahí, con dirección al puente en donde Jorge y Roger se detienen para aguardarlas, procurando que la camilla en la que yace Ramaci no se desbalance.

            –¡Tenemos que irnos de aquí! –dice Marcia angustiada al ver a Azael aproximarse.

            –¡No! – la voz infantil de Rosa se impone en el ambiente– Es a mí a quien quiere; él mismo me lo dijo.

            –¿Qué quieres decir con eso?

Ante el asombro de Marcia, Rosa corre hacia Azael, usando sus manos dirigidas al suelo para tomar un impulso sobrenatural, elevándose lo suficiente para alcanzar una parte del tejado, a donde escala para ponerse segura.

            –¡Ven por mí, niño bonito! –Rosa le dedica una mueca a Azael, provocándolo a escalar por el mismo edificio, obligando a Rosa a que salga disparada por los tejados.

            –¡Rosa! –Romina sale en persecución de ambos, por otro lado, Marcia intenta detenerla, siendo detenida por el dolor de sus propias fracturas– Lleven a Ramaci al médico, Roksana, ayuda a Marcia a buscar al Monseñor.

            –¿Qué le decimos? –comenta Roksana guiando a Marcia a cruzar el puente.

            –Que despliegue toda la maldita Guardia –el rostro de Romina refleja seriedad absoluta que hasta intimida a la joven rubia–; estamos bajo ataque.

 

Rosa se detiene para buscar un camino improvisado sobre los tejados, sabiendo que, si llegara a elegir uno en falso, este significaría una caída fatal. La atención de Rosa se desvía al escuchar unos pasos en las cercanías, lo que la motiva a seguir su carrera sobre los edificios hasta llegar a una orilla desde donde ve la modesta fachada de la Iglesia Santa Maria dell'Orazione e Morte. Rosa voltea a ver a su alrededor, sintiendo un poco de temor al escuchar los sonidos acechantes que le hacen una mala jugada. Sin perder más tiempo, Rosa se cuelga del tejado hábilmente, usando las orillas de la estructura de la casa para deslizarse hasta la calle, dirigiéndose hasta el gran portón de madera de la iglesia.

            –¡Trenes!

Rosa muestra su enojo y frustración al momento de sacudir las puertas sometidas por unas cadenas desde el interior. Azael cae de un sólo brinco a la orilla de la iglesia, lo que impacta de golpe a Rosa, quien observa como este se aproxima a ella, reduciendo su masa muscular en el proceso, así como también se quita los restos despedazados de la parte superior de su sotana, dejando su marcado torso expuesto.

            –Te lo dije por las buenas… –la voz de Azael parece volver a la normalidad con cada respiración agitada– pero de igual manera vendrás conmigo.

Azael extiende su delgada mano sobre la cabellera de Rosa mientras vuelve a su figura original, pero un fuerte rodillazo en el estómago por parte de Romina lo detiene, empujándolo sobre la puerta de la iglesia, sacudiendo los candados.

            –¡Rosa, vámonos!

Romina intenta tomar a Rosa del lugar, recibiendo un fuerte golpe de Azael, sobre su brazo vendado, forzándola a caer de rodillas al mismo tiempo que suelta un fuerte alarido de dolor.

            –Tú siempre has sido un estorbo…

Azael se dirige a Romina, quien se acomoda para proteger con su cuerpo a Rosa de ser necesario al ver como su victimario se dispone a lanzarle un golpe mortal, dejando que un fuerte crujido de huesos se deja escuchar en el lugar.

            –¿Qué tan cobarde tienes que ser como para atacar a un par de mujeres?

Tras decir eso, la persona que sujeta el brazo al aire de Azael aplica presión sobre la muñeca, haciendo que otro fuerte crujido se escuche, induciendo a Azael a que grite de dolor.

            –¡Hijo de…!

Azael insulta a quien lo somete, pero su sorpresa es mayor al ver que quien le acaba de romper el antebrazo es el mismo Peter Gest adornado por su uniforme militar, una venda sobre su cabeza, y en su otra mano su equipaje.

 

 

 

Publicado la semana 13. 23/03/2020
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