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Ignacievij

S.A.P. La Raíz del Árbol: 10-11

10. No es serio este cementerio.

 

Praga, Bohemia, Imperio Austrohúngaro, 21 de noviembre de 1915.

El sol de mediodía difumina las sombras sobre la calle U starého hřbitova, en donde, entre altos edificios que van desde dos plantas hasta cuatro, se visualiza una modesta edificación con fachada de estilo barroco, pero por la presencia de su pequeña torre, más bien parece un pequeño castillo perdido en la urbe que da la espalda al viejo panteón.

            –¿Qué hacemos en un templo de gentiles? –Romina sujeta su amplio sombrero café de ala ancha– ¿Sí sabes que no tenemos jurisdicción sobre este tipo de edificaciones?

Filippo no dice nada, tan sólo se dedica a apreciar la arquitectura de aquel templo, ignorando casi por completo los reproches de su compañera de viaje. Por otro lado, Rosa, invadida por la curiosidad, se aleja un poco de ellos, acercándose a la pared del cementerio, dando un par de brincos en vano para poder alcanzar una lámpara negra.

            –Es por eso por lo que vinimos –la respuesta de Filippo confunde a Romina–; nos pidieron que investigáramos este cementerio. Supongo que no leíste toda la carta.

Las palabras de Filippo suavizan la actitud de Romina, así que decide acercarse a la puerta principal del recinto, mientras que Romina llama a Rosa con un silbido, indicándole que se reúna con ellos, obedeciéndola en seguida, tomando en el transcurso una pequeña maleta café que había dejado caer al suelo.

Ya dentro del edificio, Filippo, al ser el primero en entrar, es recibido por un anciano ataviado con una gran túnica negra que le cubre desde los hombros hasta los pies, y con una barba blanca que le llega hasta la boca de su estómago:

            –¿Co chceš? –le pregunta el anciano a Filippo, quien, al no entender el idioma, jalonea levemente el brazo de Romina para que le ayude a traducir:

            –Suéltame, imbécil –le reprime a Filippo a regañadientes, pero guarda su compostura al observar los ojos oscuros del anciano–. Omluvte nás.

            –Sí, dígame, ¿qué es lo que quieren? –responde el anciano a la par que mueve sus manos sobre un antiguo libro en señal de impaciencia.

            –Sí, yo, nosotros, fuimos enviados para inspeccionar el lugar…

Romina coloca una de las cartas sobre el escritorio caoba del anciano, el cual hace una señal de preocupación tras ver el sello rojo colocado en una de las esquinas superiores de la carta.

            –¿Pero que quieren los Estados Papales de este humilde templo?

Romina, con la información a medias en su mente, intenta explicarle la situación al anciano, mientras que Rosa frota su rostro en la capa de terciopelo de Filippo sin que este se dé cuenta.

            –La verdad, desconozco muy bien la situación; solamente nos dieron la orden de venir hasta aquí para investigar un ataque en las cercanías del camposanto –comenta Romina al mismo tiempo que con su mano derecha despeja su cabellera negra hacia un lado.

            –Ya veo; en ese caso, acompáñenme –el anciano les indica con la mano para que puedan salir del pequeño templo por una puerta de madera que dirige al cementerio–. Verán, no es muy común dejar entrar a gente ajena a nuestras creencias al lugar de descanso de nuestros difuntos, pero viendo las circunstancias me veo obligado a hacer una excepción.

            –Filippo, ¿pero que está diciendo el abuelito? –susurra Rosa para no ser descortés, a lo que Filippo le hace una señal de que se mantenga callada y le dedica un guiño que hace que las mejillas rosadas de la adolescente se tornen coloradas.

            –En fin; es aquí donde se encontró a la primera víctima –el anciano indica un punto aislado de lapidas localizado a poca distancia del muro que da a la siguiente calle–. Realmente fue muy trágico; en especial por el hecho de que nos quieren inculpar a nosotros.

            –Me imagino –Romina inclina un poco su cabeza, dejando que la orilla frontal de su ancho sombrero cubra casi por completo su rostro, procediendo de inmediato a inclinarse un poco para apreciar la recién señalada escena del crimen.

            –¿Sucede algo? –pregunta Filippo con su característico acento italiano tras ver como los dedos de Romina dibujan trazos al azar sobre la arcilla del lugar.

            –Fue un homicidio –Romina deja de frotar sus dedos sobre la superficie.

            –¿Homicidio? ¿Pero que eso no le corresponde a la policía de la ciudad? –exclama Rosa quien aprovecha de la situación para jalar la capa de Filippo.

            –No es cualquier tipo de homicidio; este es algo especial –dice Romina tras incorporarse sobre sus piernas nuevamente–. Ya sé porque vinimos hasta aquí.

            –Disculpe mi atrevimiento, pero creo que iré al otro templo; cualquier cosa que se les ofrezca, dénmelo a entender, en checo claro –interrumpe sutilmente el anciano sin dejar de esbozar una sonrisa, a lo que Romina le responde afirmativamente en el mismo idioma.

            –¿Qué dijo el viejito? –los ojos de Rosa se iluminan por la confusión lingüística.

            –Que cualquier cosa le digamos. Filippo, necesito que vayas a la policía y a la Catedral de San Vitus y contactes al arzobispo.

            –A la orden, capitano –Filippo hace un ademan con su mano sobre su frente–. ¿Y tú que piensas hacer?

Romina se cruza de brazos y comienza a caminar de regreso al pequeño templo por donde entraron, sin dejar de decir cosas entre dientes, por lo que Filippo y Rosa se miran atónitos uno al otro, optando mejor por seguirla. Sin embargo, apenas llegan al pequeño templo de estilo barroco, los tres se llevan una sorpresa mayor al presenciar como un par de policías acompañan a otro sujeto vestido de negro en la recepción, y quienes, apenas se percatan de la presencia de los tres extranjeros, se encaminan a toda prisa para detenerlos.

            –¡¿Qué hacían en el cementerio sin autorización?! –exclama el iracundo sujeto de prendas negras que le cubren desde el cuello hasta los zapatos.

            –Pero… ¡Si entramos acompañados de otro maestro! –Romina intenta zafarse de las manos de uno de los uniformados.

La respuesta siembra incertidumbre en el sujeto de ropas negras, por lo que su joven rostro se torna a un color pálido.

            –Oye, Daniel, ¿no será que tu padre ya regresó de Viena?

Comenta el oficial de bigote recortado que coloca ambos brazos de Filippo tras su espalda, por lo que la palidez del joven de vestimenta negra se desvanece.

            –De hecho, creo que sí –Daniel se dirige a una de las ventanas del templo que da la vista de las lapidas del cementerio–. Regresaba por estas fechas.

            –¿Y qué hacemos con ellos? ¿Nos los llevamos?

            –¿Qué les parece si mejor nos sueltas? –las palabras de Romina retumban en el interior del templo, llamando la atención inmediata de los presentes en el recinto–. Tenemos una orden especial para investigar los alrededores del camposanto.

            –¿Cómo que una orden?

Daniel se acerca un poco a Romina, quien no forcejea en lo más mínimo para liberar sus muñecas del uniformado que la había sometido para después dirigir una de sus manos en la parte del vestido que adorna su cintura, de donde extrae una carta que le da a Daniel.

            –¿Del Vaticano? –Daniel se sobresalta al ver el sello roto que cubre el sobre.

            –Así es…

            –Espera un momento –interrumpe el oficial que previamente había detenido a Romina–. Tu voz se me hace familiar.

El oficial se acerca un poco a Romina y con un rápido movimiento de manos le arrebata el sombrero de su cabeza, dejando expuesta su larga y negra cabellera:

            –¡Pero si es Romina La Callejera!

Las palabras del oficial hacen que Romina desvié su mirada al suelo, pero esta se encuentra con el rostro confundido de Rosa, quien yace con un pie casi de salida al panteón.

            –¿Estás seguro? –exclama el oficial de bigote recortado mientras suelta a Filippo–. Es la sospechosa que encubrió a Peter Gest.

            –Así es –una mueca de despreciable cinismo se forma en la mejilla izquierda del oficial que delató a Romina–. Creo que tendrás que acompañarnos a la estación.

Romina intenta alejarse un poco, pero es alcanzada nuevamente por el oficial, poniéndole de inmediato las esposas sobre su muñeca.

            –¿Y qué hay de los otros dos? –pregunta el uniformado de bigote, dirigiéndose tanto a su colega como a Daniel.

            –Que nos acompañen, también.

            –Ellos no entienden checo –dice Romina dirigiéndose a sus compañeros de viaje–. Rosa Filippo, síganos.

            –¿Qué está pasando? –pregunta Filippo mientras toma del suelo una pequeña maleta e intenta sujetar a Rosa para que no se angustie.

            –Hermana… ¿Qué sucede? ¿Por qué te están encadenando? –dice Rosa al mismo tiempo que empieza a mover sus dedos de una manera extraña– ¿Quieres que…?

            –¡No! –grita Romina angustiada– Sólo hagan lo que les digo.

Apenas Romina deja de hablar, el policía le da una indicación con su brazo extendido de que salgan del lugar, seguido por el segundo uniformado que le da la misma indicación a Filippo y a Rosa; pero justo en el momento en el que esta sale del lugar, Rosa gira levemente su cabeza con dirección al interior del templo, enfocándose en la pequeña ventana que da al interior del cementerio, en donde visualiza a un individuo de conjunto gris oscuro que la ve fijamente y le dirige una sonrisa, antes de desvanecerse en el aire.

 

La estación de policía de Městská, rodeada completamente por altos edificios de arquitectura barroca, se encuentra considerablemente lejos del Antiguo Cementerio; pero siendo la estación más cercana al lugar, los uniformados los llevan a esa estación, escoltándolos por la recepción de la planta baja, guiándolos hasta la segunda planta en donde llegan a un escritorio en donde les indican que esperen:

            –¿Está mi padre? Digo, el capitán Růžička –pregunta con entusiasmo el joven policía que había esposado a Romina.

            –Buenos días, Jaroslav –responde con sarcasmo el encargado del escritorio, dándole un sorbo a su taza de café y acomodándose sus anteojos–. Está en su oficina, algo molesto, de una vez te lo digo.

Jaroslav parece simplemente ignorarlo, ya que apenas termina de escuchar al encargado, se dirige dando un pequeño salto a la puerta de a lado, manteniendo una entusiasmada sonrisa infantil en su rostro, ingresando a la oficina. Por otra parte, Romina, Filippo, Rosa y el otro uniformado tratan de ocupar sus miradas en la estación, en el cual transitan muy pocos miembros de la policía de un lado a otro.

            –Este edificio es muy bonito, con sus paredes blancas y…

Rosa no termina su comentario cuando de repente la puerta en la que había entrado Jaroslav se abre de un fuerte golpe, como si una tormenta la hubiera azotado, llamando la atención de todos los presentes de esa parte del piso. El responsable del escándalo, un sujeto alto, corpulento, de mediana edad y con un corte de cabello de estilo militar canoso y con cejas negras algo pobladas, sale de la oficina, acomodándose su corbata negra sobre su camisa blanca y dirigiéndose hasta los asientos en donde los detenidos esperan:

            –Buenas tardes, Rádsetoulal –una voz áspera sale de la garganta del capitán de policía.

            –De hecho, todavía no es ni medio día…

La rebeldía de Romina se visualiza con sus palabras, pero esta se esfuma apenas el oficial se acerca un poco hasta su rostro y coloca su palma extendida sobre la orilla de la ventana.

            –Eso no me importa.

            –¡Non parlare con lei in quel modo!

Filippo intenta defender a Romina en su lengua natal, llamando la atención de la fría y penetrante mirada del oficial, intimidando a Filippo de inmediato, pero todavía manteniendo su postura casi heroica.

            –Sedni si.

Le responde en checo el capitán Růžička, pero al no recibir una respuesta por parte del confuso italiano, le indica con un movimiento de barbilla al policía de bigote recortado que lo coloca sobre la silla de madera.

            –Han pasado casi siete años desde que dejaste Praga –el oficial se incorpora manteniendo su postura de mando.

            –Créeme que no pensaba volver; pero bueno, así son las cosas…

Una mueca de desinterés se visualiza en la boca de Romina, por lo que el oficial libera un poco de aire por su nariz, manteniendo sus manos sobre la hebilla de su cinturón negro.

            –Eso tampoco me importa – el capitán Růžička empieza a mover su mandíbula de un lado a otro, inclinándose nuevamente a la altura del rostro de Romina–, lo único que me importa es saber dónde diablos está Peter Gest.

            –Pero ¿cuál es tu problema con Peter?

Exclama iracunda Rosa tras escuchar el nombre de su amigo, recibiendo como respuesta la mirada fría del capitán, quien se encamina hacia una tabla colocada justo sobre la cabeza de la adolescente española, de donde arranca una pequeña hoja algo vieja y amarillenta, la cual la deja caer sobre el regazo de Rosa.

            –Es, es… ¿un dibujo de Peter? –las cejas de Rosa se arrugan levemente al ver el retrato hablado de su amigo alemán– Pero no entiendo que es lo que dice.

            –Vražda –comenta el oficial de bigote recortado.

            –¿Qué? –los ojos de Rosa lo miran extrañados.

            –Omicidio di tre –las palabras en italiano del joven policía hacen que los ojos avellana de Rosa empiecen a humedecerse en lágrimas que se resisten a escapar.

 

Catedral de San Vith.

Los pequeños tacones de Rosa golpean con suavidad el asfalto con cada paso que da al acercarse a la enorme catedral de arquitectura gótica; pero su mirada no se enfoca en apreciar los exquisitos detalles de dicha construcción, sino que más bien se dedica a observar el camino por el que se dirige.

            –Filippo…

Rosa levanta su mirada para ver a su acompañante quien se encuentra leyendo un diccionario al mismo tiempo que camina en dirección a las puertas principales de la enorme catedral.

            –Dime –responde Filippo sin dejar de leer el libro en sus manos.

            –¿Crees que sea cierto? Lo de Peter –Rosa levanta un poco su rostro tras presenciar la imponente estructura del edificio.

            –No soy quién para decirte eso –con la mirada seria, Filippo deja de observar el diccionario para enfocarse en el camino–. Io non sono un suo amico, pero lo que sí te puedo asegurar es que se ganó su fama con piombo e sangue.

Rosa exhala un corto suspiro tras escuchar a Filippo, dejando que en ese momento se forme un silencio incomodo que tan sólo dura unos segundos, ya que Filippo comienza a murmurar palabras en checo para sí mismo.

Ya dentro de la catedral, Filippo y Rosa son recibidos por un sacerdote que los comienza a guiar en silencio por el vasto complejo interior con dirección a las oficinas localizadas a un costado del altar mayor, en donde los recibe un obispo vestido con su característica sotana negra adornada con un fajín morado que cuelga de la cintura.

            –Son los enviados del Monseñor Pacelli, supongo –con un cordial gesto de mano, el obispo los invita a adentrarse a la gran oficina oval.

            –¿Habla italiano? –Filippo expresa un poco de inconformidad acompañada de tranquilidad tras escuchar a su anfitrión.

            –Sin duda; también latín –el obispo asiente bajando su barbilla y sonriéndole cortésmente a sus invitados–. Soy el obispo Pavel Huyn. Me imagino que ustedes son Filippo di Ottajano y Romina Rádsetoulal.

            –De hecho, ella se llama Rosa Rojas –Filippo señala con su dedo índice a Rosa–; Romina fue detenida por la policía.

            –¡Qué pena! –el obispo lleva su mano sobre frente– En ese caso, tendré que pedirle un favor a la policía para que la dejen libre. ¿En qué estación se encuentra?

            –En la estación que está a unas calles de aquí; cerca del río –comenta Filippo al observar como el obispo se acerca con el padre que los condujo hasta la oficina.

            –Esa es la estación del capitán Růžička –el obispo Huyn pone una expresión preocupación–; haré lo que esté en mis manos. Él no es un hombre al que le pueda pedir ayuda así porque así.

            –Capisco –asiente Filippo.

            –Yo no –dice Rosa mientras le jala la capa a Filippo–. ¿Qué va a pasar con Romina?

            –Estará bien; la sacaremos de la cárcel.

 

La noche comienza a caer con suavidad sobre las angostas calles de Praga, haciendo que los transeúntes se refugien en sus respectivos domicilios, guiados por el tiempo que invita con serenidad a la oscuridad nocturna adornada por un sinfín de luces tenues provocadas por los faros callejeros y la luz de la luna llena. Unos cuantos rayos de luz lunar llegan a infiltrarse dentro de la celda donde se encuentra sentada Romina, quien no deja de observar sus manos esposadas recargadas sobre su regazo cubierto por su vestido negro. Resignada, levanta un poco sus muñecas para apreciarlas de cerca, pero las deja reposar nuevamente y decide observar por la pequeña rendija que da a la calle, hasta que su atención se desvía tras escuchar el sonido de la pesada puerta abrirse desde afuera:

            –Te traigo la cena; la pondré sobre la mesa –exclama Jaroslav al entrar a la celda cargando una bandeja mediana con alimentos y, por si fuera poco, en tono de burla quizá, un pequeño florero con una flor roja–. Tienes que comer algo. Te traje sopa con un bolillo y un vaso de leche.

            –Gracias –responde desinteresada Romina al mismo tiempo que ladea sus piernas para que su celador coloque la bandeja sobre la vieja mesa de madera–. ¿Y la cuchara?

            –Tienes que beber la sopa directa del tazón.

Jaroslav se sienta en la silla de madera que está justo enfrente de Romina, quitándose en seguida su gorra de servicio, lo que deja que su cabellera negra caiga sobre su frente.

            –¿Vas a verme comer?

Una expresión de rebeldía se dibuja en la mejilla de Romina, recibiendo como respuesta una desagradable sonrisa de cinismo por parte de Jaroslav que la mira de pies a cabeza.

            –Extiende tus brazos –Jaroslav se inclina un poco para extraer del bolsillo de su pantalón una pequeña llave–; solamente no intentes escapar.

Todavía dudando de la acción del policía, Romina hace lo que le pide, permitiendo que Jaroslav le quite las pesadas esposas, para que esta se tome de inmediato el plato de sopa con suma delicadeza y lo acerque a sus labios rojizos, bebiendo de poco en poco el contenido hasta acabarlo:

            –Está un poco tibia –dice Romina mientras hace un gesto de disgusto.

            –La calenté un poco antes de traerla –Jaroslav se encoje de hombros, a lo que Romina le dedica una ligera sonrisa como gratitud–. Era tu sopa favorita.

            –Era la única sopa que podía tener en mi triste vida aquí –la mano de Romina se dirige al vaso con leche, pero se detiene al ver el pequeño florero de porcelana con la rojiza flor en su interior–. ¿Y este detalle?

            –Era tu favorita.

Jaroslav extrae una cajetilla de cigarros del bolsillo de su chaqueta policial, tomando uno para encenderlo, desviando su mirada hacia la luna que se visualiza por la rendija, dejando escapar un vasto humo de tabaco mientras sube su pierna derecha sobre la silla.

            –¿Y ahora fumas, chico rudo?

            –No es un secreto a voces –Jaroslav le pasa el cigarro a Romina, borrando por completo el cinismo de su rostro infantil.

            –Ese no era tu único secreto –Romina levanta su ceja izquierda antes de inhalar un poco de tabaco, todo eso sin dejar de mirarlo.

            –Será mejor que termines tu cena; mi turno está por comenzar.

Jaroslav se levanta de golpe de la silla, peinándose con sus dedos flacos y pálidos su cabellera hacia atrás para poder colocarse su gorra policiaca, para después tomar la bandeja de Romina, presionándola para que termine de beber el vaso con leche.

Romina sólo se dedica a observar cómo su custodio termina de acomodar la bandeja, dejando la pequeña flor roja sobre la mesa, viéndolo encaminarse al marco de la celda, intentando no hacer contacto visual con ella.

            –Eres lo único que extraño de este maldito lugar –dice Romina tristemente.

            –Y aun así decidiste huir con ese maldito alemán, cuando te prometí que te protegería sin importar lo que sucediera –la barbilla de Jaroslav se ladea un poco, evitando de esa manera ver de frente a la prisionera.

            –No lo entenderías…

            – Será mejor que le digas a mi padre donde se encuentra ese maldito asesino –la mueca de cinismo se vuelve a dibujar en el rostro del uniformado tras cerrar la puerta de la celda y colocar su frente sobre los barrotes de la diminuta ventana–; de lo contrario te mandará a un lugar mucho peor que esta cómoda celda.

Romina no dice nada, tan sólo se dedica a tomar las pesadas esposas y colocarlas nuevamente en su posición original sobre sus muñecas.

 

Lenta y sigilosa, la noche marcha mientras que la luna ilumina las calles de Praga, resaltando la belleza de la arquitectura capitalina conservada por más de dos siglos, la misma belleza arquitectónica que es ignorada completamente por Rosa, quien, desde la torre izquierda de la Iglesia de San Nicolás, observa al Antiguo Cementerio en compañía de Filippo.

            –¿Ves algo extraño? –indaga Filippo en lo que muerde a una rebanada de pan.

            –Nada –Rosa entrecierra sus ojos en un afán de ver mejor en el panorama–; pero no me has dicho que es lo que estamos buscando exactamente.

Filipo le da la última mordida al pedazo de pan antes de ver a Rosa ágilmente introducirse en el campanario para poder escuchar de cerca una respuesta por parte de Filippo.

            –¿Tampoco leíste la lettera? –Filippo mira de frente la negativa de Rosa, por lo que este se recarga un poco sobre la barda del campanario, viendo al río Moldava– Buscamos a un criminal; según los reportes, ha estado atacando a los transeúntes de esta área de la ciudad.

            –Ha de ser muy peligroso como para que os enviaran, a ti y a Romina –Rosa se lleva su dedo índice derecho a su labio inferior y levanta sus ojos como mirando a su frente–. Hablando de Romina, ¿cuándo crees que salga?

            –El obispo Huyn dijo que hará lo posible para convencer al capitán Růžička de que la suelte lo pronto posible –Filippo redirige su vista hacia el panteón–, así que…

El italiano se queda inmóvil al momento en que los ladridos de los perros suenan al unísono y de la calle más cercana al cementerio se escucha un gruñido que merodea sin rumbo fijo.

            –¿Es eso lo que buscamos?

            –Certo –Filippo traga un poco de saliva–. ¡Tenemos que bajar lo antes posible!

            –Te veo abajo…

Rosa baja del campanario haciéndose camino entre los distantes techos de la fachada de la iglesia, dejando a Filippo boquiabierto, emprendiendo después una rápida caminata cuesta abajo en las escaleras.

Apenas logra llegar al suelo, Rosa emprende una apresurada carrera hacia el Antiguo Cementerio guiándose por los ladridos y aullidos caninos que cada vez se hacen más desesperantes. Sus pequeños pies, adornados por unas zapatillas negras, se detienen en el instante en que llega al giro de la calle que previamente había usado cuando entraron en el panteón; su agitada respiración intenta mantenerse estable y fallidamente silenciosa, y sus ojos avellana buscan en los alrededores al posible sospechoso de tal tremendo estruendo.

            –Los perros dejaron de ladrar… –Rosa coloca sus manos sobre sus rodillas en un intento de descanso instantáneo– debe de estar por aquí.

La cabeza de la joven se inclina hacia atrás intentando ver los techos de los edificios contiguos, deslizando suavemente su mano derecha en un bolsillo de su vestido blanco estampado donde mantiene una navaja de bolsillo.

            –¡Rosa!

El llamado de Filippo se escucha demasiado cerca, por lo que esta voltea a verlo en un intento de indicarle que guarde silencio, pero su intento se ve nublado tras ver una enorme figura antropomorfa salir del lateral del templo a escasa distancia de ella dispuesta a atacarla.

Rosa se queda congelada por la sorpresa de ver a semejante creatura acercársele violentamente, pero Filippo se apresura y alcanza a propinarle un fuerte golpe con su bastón, lanzando al violento espectro caer a las puertas del templo con fachada gótica.

            –¿Estás bien?

Filippo se acerca victorioso a Rosa, quien con un murmullo le confirma que sí, pero su sorpresa es mayor al ver como en un instante Filippo es lanzado por los aires.

            –¡Filippo!

La angustia se visualiza en la mirada horrorizada de Rosa, y esta aumenta al momento de voltear a ver a ese espectro que esta por atacarla. Dicho monstruo con apariencia deforme y decadente, y alto como una planta baja, levanta su braza con furia, mostrando clara atención de saña en su ataque. Sin dudarlo, Rosa levanta ambos manos y con un movimiento rápido de estas, hace que el bastón de Filippo vuele por los aires en dirección a la nuca del monstruo, liberando un crujido estruendo al incrustarse la punta sobre la masa corporal del atacante.

Rosa, perturbada, cubre con sus manos su boca como si quisiera que el gemido de terror no saliera de su cuerpo; mientras que sus pupilas negras se contraen tras tener la sensación de haberle arrebatado la vida a esa creatura de aspecto siniestro que cae sobre sus rodillas.

            –Ro… mi… na… –gruñe la creatura con gran esfuerzo.

            –¿Qué… qué has dicho?

            –Ro… mi… na… –la bestia se incorpora con dificultad sobre sus piernas– za… bít… Ro… mi… na.

            –No te entiendo –Rosa se acerca un poco más a la bestia de tonalidad rojiza.

            –Lo que él quiere decir es “matar a Romina” –una voz en español con acentuación francesa se deja escuchar desde el otro lado de la pared del cementerio justo a espaldas de Rosa–. Yo que tu no me le acercaba…

En un intento de saber quién le habla, Rosa se da media vuelta, pero su intención se ve interrumpida al sentir como la creatura gruñe una vez más al momento de agarrar fuerza para propinarle otro golpe. Sin más preámbulo, Rosa logra evitar ese golpe fatal extendiendo ambas manos en contra del puño, haciendo que el brazo del monstruo caiga despedazado; pero eso no detiene a la bestia sobrenatural, por lo que le propina una patada rápida a la joven, de la cual Rosa apenas logra defenderse, siendo su única acción la de evitar golpearse contra el muro del panteón usando sus habilidades sobrenaturales.

El espectro se acerca un poco a Rosa, siendo su horrible rostro mutilado iluminado por la luz de una farola cercana. Sin dudar más, la bestia toma fuerza para propinarle un golpe fatal con su brazo servible, pero se detiene en el momento en el que escucha el murmullo de oraciones provenientes del templo de donde salió, y como si se tratara de algo dañino, suelta al cielo otro gruñido previo a correr calle arriba con dirección al río Moldava.

            –¡Rosa! –grita Filippo apenas logra volver en sí mismo, pero no recibe respuesta alguna de su compañera– ¿Estas bien?

El sonido de un silbato se escucha en las cercanías, llamando la atención de uno que otro inquilino de las habitaciones de los edificios en los alrededores. Finalmente, el portador de tan molesto instrumento llega a la escena, teniendo como víctimas a Rosa siendo asistida por su colega italiano.

            –¿Stai bene? –exclama en un italiano algo malo el policía de bigote recortado.

            –Sí –responde Filippo al frotarse su brazo izquierdo.

            –¿Dov'è andato?

            –Se fue por allá…

Señala Filippo apuntando al río, por lo que el uniformado corre guiado por el sonido del agua cercana, seguido por Filippo y Rosa, pero la atención de la joven se desvía en el momento en que cruza mirada hacia el templo de donde vio salir a la creatura, llevándose una gran sorpresa al ver que, desde una de las pequeñas ventanas el sujeto de nombre Daniel la observa al pasar. Boquiabierta al ver la sospechosa silueta de su vigilante que esconde en la oscuridad del cuarto, Rosa casi cae al sentir el dolor provocado por el golpe propinado que la obliga a tomar un poco de aire y limpiarse el sudor de su frente.

            –¿Estás bien? –un murmullo se deja escuchar en el cruce de esquinas, acaparando la atención total de Rosa.

 

 

11. Bestia.

 

Praga, Bohemia, Imperio Austrohúngaro, 22 de noviembre de 1915.

Olvidando por completo el hecho de que Filippo y el policía de bigote recortado emprendieron una persecución tras el tenebroso ser que los atacó, Rosa camina con paso seguro en busca del origen del misterioso murmullo, llegando a las puertas del mismo templo que la mañana previa habían visitado. Por la tenue luz de una vela que ilumina el interior del templo, Rosa logra apreciar como la silueta de una persona se mueve de un lado a otro, como si acomodara unos pesados libros de estantes, por lo que Rosa camina por las pequeñas escaleras para poder ver mejor. Apenas la joven coloca sus palmas sobre el vidrio de la puerta, la figura del interior del edificio se percata de su presencia, logrando cruzar miradas:

            –¿Co tu děláš? –exclama en checo el cuidador de ropas negras que en la mañana los había guiado, acercándose a la puerta para abrirla– ¡Je příliš pozdě!

Rosa se encoge de hombros dando a entender que no está familiariza con el lenguaje, incitando a que el anciano de canosa barba larga deje escapar un suspiro de descontento, pero esa expresión de reprimenda se desvanece al ver como Rosa casi se desploma sobre la silla más cercana a ella apretando con sus manos la parte de su estómago que fue golpeada.

            –¿Qué te sucede, pequeña? –indaga el anciano intentado obtener una respuesta, pero las limitaciones lingüísticas obligan a Rosa a responderle con señas lo que le sucedió– ¿Golpe? ¿Te asaltaron?

Rosa describe con ambas manos a la creatura que la atacó, pero el anciano al parecer no lo entiende. Po último, Rosa simula recoger algo del suelo y frota la yema de sus dedos:

            –Roter Sand –exclama en alemán Rosa ya en completa confusión, siendo estas palabras entendidas por el anciano, lo que hace que una palidez se difumine en su rostro.

            –Warten Sie hier –le responde en alemán el anciano, dirigiéndose a otro cuarto.

Rosa ve como el anciano se aleja de esa habitación, así que decide apoyarse sobre la mesa en un afán de presionar el dolor para que desaparezca, pero la risa de unos niños que provienen de la puerta que da al panteón llama su atención de tal manera que por un instante olvida sus heridas musculares y se encamina hacia esa puerta, la cual abre con cautela:

            –¿Sebastián? ¿María? ¿Luis?

Rosa comienza a llamar tras escuchar a las risas perderse entre las lapidas, mismas a las que se dirige la joven guiada por la curiosidad. Dichas risas de ultratumba se pierden por completo, dejando a Rosa justo en medio del lugar. Exhalando su resignación, Rosa decide regresar por el mismo camino que había recorrido, intentando no tropezar con alguna lapida.

            –¿Quiénes eran esos? Los que llamabas –el sobresalto de Rosa es tan fuerte que tiene que llevarse ambas manos a la boca para evitar gritar del susto– ¿Eran tus amigos?

            –Sí… lo eran…

Responde Rosa al ver al individuo que la mañana previa la había saludado y que después se desvaneció; el mismo que ahora se encuentra sentado sobre una vieja lapida y le dirige una sonrisa amigable.

            –Ya veo… –responde ese tipo en español y con acentuación francesa– Te golpeó muy fuerte, por lo que veo.

            –Pronto me recuperaré –se defiende Rosa sin sonar arrogante, dirigiéndola una mirada de confusión al extraño aparecido–. ¿Tú sabes qué es eso?

El sujeto francés sonríe al cielo tras escucharla, bajando su mirada para verla de frente:

            –¡Claro que sé lo que es!

            –¿Y sabes cómo puedo detenerlo?

Rosa no deja de ver como el extraño se le acerca, logrando apreciar más de cerca su delgada anatomía adornada por un traje gris y viejo, su cabello rubio oscuro que le llega hasta las orejas y su rostro que refleja cansancio y remordimiento.

            –No puedes detenerlo –le comenta el sujeto francés dibujándole una mueca de decepción–; al menos no sin el libro.

Esa última oración hace que los ojos de Rosa se iluminen de esperanza, pero apenas se dispone a preguntarle más sobre el mentado libro, este se esfuma frente a sus ojos sin dejar rastro alguno, dejando a Rosa más intrigada que asustada. Al no tener nada más que hacer en el interior del panteón, Rosa decide regresar al templo, en donde se encuentra con el anciano de pie al costado de la mesa, señalándole con su palma abierta una pequeña carta que yace sobre la madera del mueble:

            –Nehmen Sie das, bitte…

            –¡¿Ist das für Romina?! –exclama Rosa asombrada al leer el nombre de su amiga escrito en el sobre, lo que la lleva a salir de un sobresalto de aquel templo pequeño en dirección al río.

 

“La primera vez que te vi, sonreías con tanta dulzura en inocencia, como si fueras un niño que juega e ignora la malicia de este mundo. ¡Cómo quisiera sonreír a pesar de las circunstancias que nos unieron, pero a pesar de esas horribles circunstancias nos conocimos, y eres lo único bueno que había llegado a mi vida hasta ese momento! Te vi riendo mientras comprabas unas cuantas manzanas en el mercado. Era un sábado si mal no recuerdo, el día era soleado y tú, tú brillabas de juventud y esperanza. Yo te veía desde lejos, casi donde terminaba esa calle, en un punto oscuro al que sabía que tú nunca mirarías, pero lo hiciste, y me sonreíste. Yo me apene demasiado, es decir, tú, un apuesto y, al parecer adinerado turista germano, sonriéndole a una niña de la calle que usa trapos viejos como ropa, ¡Debía de estar soñando! Pero no fue así, no era un sueño. Pasaron apenas unos minutos de que me volteé para ignorarte y sentarme sobre el fango, para que tú me tocaras el hombro con suavidad, obligándome a voltear a ver tu carismática sonrisa con la que me ofrecías las tres manzanas que habías comprado. Yo estaba asustada, no sabía que hacer o cómo reaccionar. ¡Nadie me había tratado como tú lo hiciste! ¡Nadie! Pero tú lo hiciste, no sé qué viste en mí que te obligó a hacerlo. Esa fue la primera y vez que te vi sonreír así, y quizás fue la penúltima vez que lo hiciste, porque después de que me sacaste de Praga, cargando mi cuerpo casi inservible y brutalmente lastimado, no te volví a ver sonreír de esa manera”

 

Las lágrimas empiezan a brotar de los parpados cerrados de Romina, quien yace acostada sobre la cama de madera de la celda, usando la palma de su mano para limpiar su llanto. Con el sueño ya ausente, Romina decide levantarse de esa cama y dirigirse a la pequeña ventana de la celda que le permite observar el panorama del otro lado del río, escuchando a lo lejos como el aullido de los perros comienzan a hacerse presentes de poco en poco.

            –¿Qué demonios está sucediendo por allá? –se dice así misma Romina, pero su atención se desvía al momento de escuchar el frenético meneo de llaves cerca de su celda.

            –Necesito tu ayuda –comenta Jaroslav intentado encontrar la llave de la reja.

            –¿Qué está sucediendo?

            –¡No lo sé! ¡Esperaba que tú supieras!

            –¿Sabes dónde están Rosa y Filippo? –le reprocha Romina al salir de la celda con las manos esposadas.

            –Tampoco lo sé; levanta las manos –Romina lo obedece de inmediato, pero apenas Jaroslav intenta encontrar la llave de las esposas, Romina gira sus muñecas hacia abajo, dejando caer las pesadas esposas al suelo– ¿Cómo hiciste eso?

            –Es lo de menos; tenemos que encontrar a Rosa y al otro idiota –se apresura a decir Romina, siguiendo todo el pasillo hasta llegar a las escaleras que la lleven a la salida.

 

Filippo y el policía de bigote recortado corren a toda prisa entre las calles cercanas al puente Mánesův en un intento desesperado por alcanzar a la horrífica creatura antes de que llegue a la estación de policía en donde se encuentra Romina, siendo el cansancio su peor enemigo en la persecución. La respiración agitada de ambos caballeros delata su desgaste físico, en especial la de Filippo, quien intenta apresurarse a pesar de la golpiza recibida:

            –¿Por dónde se fue? –pregunta el italiano al verse perdidos en un cruce de calles.

            –No lo sé; pero ya casi estamos cerca de la estación –responde el uniformado sin dejar de observar los techos de los edificios que los rodean–. ¡Se fue por los Jardines de Vojan!

Tomando un gran respiro, Filippo es el primero en adentrarse en los jardines, seguido por el policía, pero el italiano se detiene al darse cuenta de que Rosa no está con ellos:

            –¿A dónde se fue Rosa? –Filippo mira por todos lados antes de mirar al policía, quien se encoge de hombros– ¿No la viste?

            –Será mejor que sigamos sin ella; esa cosa es un riesgo para ella.

Filippo asiente su barbilla como respuesta y sigue al policía quien toma la delantera antes de escuchar otro gruñido proveniente de las cercanías.

 

Caminando por el pequeño puente Karlův, Jaroslav guía a Romina en dirección hacia el este de la ciudad, teniendo a lo lejos la vista de la torre gótica que da inicio al puente y de fondo a la Iglesia de San Salvador:

            –¿A dónde vamos, Jaroslav?

            –Iremos a la casa de Jakub, ahí estaremos a salvo.

            –¿Jakub? –la incertidumbre se dibuja en el rostro pálido de Romina.

            –¿Mi compañero de trabajo? –responde Jaroslav al mismo tiempo que con su dedo dibuja una línea sobre su labio superior.

            –Ya veo… –exclama al viento Romina intentando seguir a prisa por el puente, cuando de repente, a lo lejos se escucha como otro gruñido se desvanece en la noche.

            –¿Qué diablos fue eso? –un sudor frío comienza a escurrir por la frente de Jaroslav ante la sensación del peligro inminente que se acerca.

            –Si te dijera no me lo creerías.

            –Entonces será mejor que nos apresuremos, el Viejo Cementerio está algo retirado –Jaroslav toma la muñeca en un intento de apresurar a Romina, la cual muestra claros indicios de desacuerdo con la idea.

Tras unos largos minutos de caminata apresurada, Romina y Jaroslav logran llegar a la avenida Široká, la cual aún muestra indicios de una remodelación reciente en su totalidad, pero con edificios de hasta seis plantas de altitud. Jaroslav, guiándose por la leve iluminación de las farolas que adornan las calles, logra ubicar un edificio con el número “5” como identificación, en el que ingresa seguido por Romina, subiendo ambos hasta la tercera planta, deteniéndose por un instante ante la inquietud del lugar:

            –¿Qué es esa peste? –exclama Romina mientras cubre su nariz con ambas manos– Huele a… ¿carne podrida?

            –Eso es lo de menos; creo que nos están siguiendo –Jaroslav se asoma disimuladamente por la ventana del pasillo de las escaleras–. ¡Rápido! ¡Al piso de arriba!

Romina obedece a su conocido, subiendo de inmediato sin hacer mucho ruido con los tacones de sus zapatillas moradas; así mismo, Jaroslav la alcanza dando unos grandes pasos en las escaleras, localizando con rapidez la llave de la puerta que está frente a ellos, ingresando de inmediato como si el viento los empujara. Ya adentro del departamento, Jaroslav se vuelve a asomar por la cortina de la ventana que da a la avenida, logrando observar a lo lejos como la luz de las farolas crean una sombra que vaga por las cercanías, por lo que se dirige a Romina haciéndole una señal para que se agache y mantenga la voz baja:

            –¿Qué piso es este?

            –El tercero –le responde Jaroslav sin dejar de ver hacia la calle–. ¿No leíste las cartas?

            –No –responde Romina con incertidumbre cruzando sus brazos–. ¿Tú las leíste?

            –Sí, por eso te saqué de la estación –Jaroslav se voltea para ver de frente a su amiga–. Tenían un sello del Vaticano y otro del Imperio, así que supuse que era algo serio y conociendo a mi padre, no te iba a dejar ir; aunque el mismo Emperador se lo dijera…

            –Entonces, los ataques, la principal razón del porque nos enviaron, fueron asesinados brutalmente, ¿cierto?

            –Sí –Jaroslav exhala su respuesta mirando al suelo–, fueron dos oficiales de alto rango del Ejército que venían por mí y por otros compañeros; tú sabes, para enviarnos al frente.

Romina traga un poco de saliva al escuchar la respuesta de Jaroslav.

            –¡Esta maldita guerra! –exclama entre dientes Romina.

            –Lo sé –Jaroslav intenta hacer una mueca de indignación–; también he escuchado que nos están usando como carne de cañón.

            –Entonces… ¿Crees que los homicidios se deben a la discriminación por parte de los austríacos? Es decir, ¿para no ser enviados al frente? –Romina se frota sus codos cruzados haciendo contacto visual con Jaroslav.

            –No estoy seguro; pero lo que los mató, no fue un humano.

Romina no desprende la mirada de Jaroslav, en especial porque justo detrás de él una siniestra sonrisa se visualiza pegada en el cristal de la ventana, así que Jaroslav voltea a ver la terrorífica escena, llevándose un gran susto que lo derriba sobre el piso.

            –¿Van a dejarme entrar? –Rosa golpea el cristal de la ventana con su pequeño puño.

            –¡Rosa! ¡¿Qué haces ahí?! –Romina se apresura a abrir el cerrojo de la ventana, permitiendo de esa manera que su amiga entre al departamento.

            –Os he visto desde hace unas cuantas calles y decidí seguidlos…

Dicho esto, Rosa se abalanza sobre Romina, abrazándola de la emoción y limpiándose sus lágrimas de felicidad sobre su vestido negro; Romina la sujeta suavemente, dándole un beso en la cabellera rubia de Rosa.

            –¡¿Cómo llegó hasta este piso?! ¡Estamos en el tercer piso! ¡El tercer maldito piso! –la sorpresa habla por parte de Jaroslav en checo, levantándose del suelo para asomarse por fuera de la ventana abierta.

            –Es una habilidad de ella, supongo –le responde Romina con naturalidad, mientras que Rosa extrae de su regazo la carta envuelta que el encargado del templo le había dado, entregándoselo a Romina.

            –Te lo manda el viejito del panteón.

            –¿Maestro Loew?

Romina lee el remitente del sobre, llamando la atención tanto de Rosa y Jaroslav, quienes se acercan a Romina llamados por la curiosidad, pero esta se queda congelada al leer la carta.

            –¿Qué sucede? –preguntan en sus respectivos lenguajes tanto Rosa como Jaroslav, viendo como la vista de Romina se pierde en un rincón oscuro del cuarto.

            –“Najít knihu” –les responde Romina, leyendo la nota primero en checo, para después decirlo en español–. “Encuentra el libro”; el libro que hace años robé y que terminó por arruinar mi vida.

El silencio se apodera del ancho cuarto, dando una invitación a quien se le ocurra romper el silencio incómodo y doloroso que cae sobre Romina, siendo Jaroslav el valiente que interrumpe el gran pesar de su amiga:

            –¿Y sabes dónde está ese libro?

            –La mitad de ese libro se lo llevó Peter a Italia –la respuesta de Romina hace que Jaroslav frote su cabellera–; la otra mitad la debe de tener el padre de Daniel.

            –¿Daniel? –Jaroslav levanta su cabeza sorprendido– Entonces tenemos que ir con él, al cabo ya regresó a Praga.

Jaroslav se encamina a la puerta de salida, seguido por Romina y Rosa, que no desaprovecha para tomar una rebanada de pan de la mesa e intentar devorarla de un solo bocado.

Saliendo del edificio sobre la avenida Široká, los tres se encuentran de frente con el capitán Růžička con pistola en mano, acompañado por otros dos policías armados con fusiles de cerrojo, incrementado el temor y la incertidumbre tanto en Romina como en Jaroslav.

            –¿Qué hace esta criminal fuera de su celda? ¿Tú la ayudaste a escapar?

            –Padre… ¡No es lo que parece!

Jaroslav se apresura a dar un pie adelante en un intento de protegerlas, recibiendo un fuerte golpe por parte de su padre, tirándolo sobre las escaleras.

Rosa extiende su mano en un intento de hacer algo por el lastimado, siendo detenida rápidamente por Romina, quien cruza sus manos extendidas sobre su pecho, haciendo que las carabinas desaparezcan de las manos de los asombrados uniformados y enviando al capitán Růžička a unos cuantos metros de donde están y sin su arma de fuego; todo en un abrir y cerrar de ojos.

            –¡No tenemos tiempo para esto! –Romina ayuda a Jaroslav a incorporarse, asistida también por Rosa– ¡Rápido! ¡Tenemos que irnos!

Corriendo a toda prisa, pero con dificultades físicas visibles en Rosa y Jaroslav, estos llegan al pequeño templo de fachada gótica, ingresando por el callejón del lado izquierdo del recinto en donde están las puertas principales del inmueble. Romina se dispone a darle un fuerte a la puerta de madera, pero una leve peste la detiene de hacerlo:

            –Ese olor… es parecido al de la casa de Jakub –Romina protege su nariz del hedor, acto que Jaroslav y Rosa imitan involuntariamente.

            –Lo sé, es como… ¡Si algo estuviera muerto! –sin perder más tiempo, Jaroslav le suelta una patada a la puerta de madera en un intento de derrumbarla, sin éxito alguno.

Rosa empuja con suavidad a Jaroslav, para después extender ambas manos sobre la pesada puerta, haciendo que las bisagras comiencen a bailar despavoridas.

            –Detente; no hay nadie adentro –Romina toca el hombro de Rosa para apartarla–. Será mejor que vayamos con el maestro Loew.

El pequeño grupo sale del callejón encaminando hacia el otro templo que no queda muy lejos de donde están, y que, para su sorpresa, tiene la puerta principal abierta, situación que aprovechan para entrar sin previo aviso.

            –Qué extraño; tampoco hay señales de que alguien esté aquí –Jaroslav desenfunda su pistola de mano–. Pregúntale a tu amiga donde fue que lo vio la última vez.

Romina hace lo que le indica Jaroslav, pero Rosa no da respuesta alguna, sino que sale del pequeño edificio para adentrarse al cementerio apenas visualiza por la ventana trasera a una silueta que camina entre las viejas lapidas. Romina y Jaroslav la siguen como por instinto, logrando alcanzarla mientras que ella se acerca a la silueta que se ha detenido frente una gran lapida con inscritos en otra lengua y con un león como sello:

            –¿Maestro Loew? –indaga Romina acercándose a él con paso firme.

            –Dime –le responde el anciano dándoles la espalda.

            –Esa cosa, eso es… ¿el golem? –Romina se detiene a escasos pasos de él, recibiendo como respuesta un movimiento de barbilla por parte del anciano de larga barba blanca y ropas oscuras– ¿Puede ayudarnos a detenerlo?

            –Me gustaría, pero ese no es mi golem, y como verás, no puedo salir de este panteón –el maestro Loew se gira completamente hacia ellos, quienes observan como una leve luz azul se ilumina en contorno a su figura–. Encuentra el libro; tú sabrás que hacer.

La silueta del viejo maestro se desvanece en aire, sembrando un miedo en Jaroslav, quien por poco cae al suelo del susto, pero Rosa detiene su caída evitando un accidente.

La distracción de Romina se desvía al escuchar el fuerte golpe de una puerta que se abre dentro del templo, así que decide regresar para averiguar lo que está ocurriendo, seguida por Jaroslav, que a duras penas puede mantenerse a pie de tanto vértigo; por otro lado, Rosa los intenta seguir, pero un ligero olor a tabaco hace que se detenga pasos antes de la entrada:

            –¿Te puedo ayudar? –pregunta Rosa al individuo que se encuentra sentado sobre una de las pálidas con su mirada desviada al árbol dentro del cementerio.

            –Yo debería hacerte esa pregunta –el extraño fantasmagórico voltea para verla de frente, dejando que unos mechones de su cabellera rubia oscura caigan sobre su frente pálida–. Eres de España, me imagino.

            –¿Cómo lo supo? –Rosa avanza hacia él sin vacilar.

            –Tu acento –le responde el extraño llevando su rodilla derecha sobre la lápida–. Es un bonito lugar, sobre todo en verano.

            –¿Y cómo se llama usted?

            –Fernand, ¿y tú? –le responde dirigiéndole una amigable sonrisa.

            –Rosa, Rosa Rojas –Rosa se presenta, pero sin extenderle la mano como cortesía.

            –Es un bonito nombre –comenta Fernand con su acentuación francesa–. Buena elección de nombre por parte de tus padres.

            –De hecho, nunca conocí a mis padres…

Rosa menea su cabeza levemente, a lo que Fernand le dirige una mueca de descontento.

            –Entonces tus padres adoptivos te dieron su apellido, me imagino.

            –Tampoco; de hecho, me lo dio una persona… –Rosa muestra un poco de inconformidad ante sus propias palabras– me lo dio la persona que me salvó.

            –¡Vaya! Esa persona te ha de querer mucho.

            –Y yo a él; pero tengo miedo…

            –¿De qué tienes miedo, pequeña?

Fernand se aleja de la lápida y camina un poco hacia ella, colocando sus manos dentro de su pantalón gris, mirando a la luna llena que avanza lentamente sobre el firmamento.

            –Tengo miedo de perderlo; él está en… –Rosa suelta un suspiro antes de continuar, evitando que un nudo se forme en su garganta– lo mandaron a la guerra.

La respuesta llama la atención del francés, dirigiéndole una mirada compasiva que se desvía hacia el resto de las lapidas que los rodean:

            –Te entiendo; yo también perdí a la gente que más apreciaba, a mi amada, a mis amigos, mi propia vida, y finalmente a mí mismo –una sonrisa de ironía se dibuja en su tenebroso rostro que no inmuta a Rosa–. ¿Me podrías hacer un pequeño favor?

            –Dígame…

Rosa responde dando un salto agitando sus brazos como si fuera un ave que esta por volar.

            –¿Ves ese edificio de allá? –Fernand se inclina a la altura de Rosa, indicándole el segundo piso de uno de los edificios cercanos– Ahí dejé un collar dorado con dos fotos en su interior y unas iniciales grabadas en el reverso. ¿Podrías ir a dejarlo cuando vayas a España?

La cabeza de Rosa se mueve afirmativamente, siguiendo un trayecto formado entre las lapidas que lleva a espaldas del edificio mencionado, en el que usa sus habilidades de escaladora para llegar hasta la planta indicada, girando un poco se cabeza para ver a Fernand que desaparece no sin antes volver a mover su mano.

 

Con una agraviada ira y con fuerza bruta, Jaroslav avienta al piso a Daniel, quien suelta un fuerte gruñido de dolor que dura poco, ya que Jaroslav lo vuelve a sujetar del cuello de su camisa negra y le coloca el cañón de su arma bajo la barbilla:

            –¿Qué haces aquí? –el arma fuego hundiéndose contra la piel de Daniel lo palidece.

            –¿A dónde se fue Rosa? –Romina busca a Rosa sin ver pistas de su paradero.

Apenas Jaroslav intenta formular otra pregunta en ese interrogatorio improvisado, a lo lejos se deja escuchar unas fuertes pisadas que se mezclan con los ladridos de los perros de los alrededores, causando que en Daniel se dibuje una sonrisa de victoria.

            –Él es difícil de controlar –Daniel no desprende su mirada de los ojos de Jaroslav, los cuales se desvían para observar por la ventana–; pero con un poco de práctica y conocimientos básicos, puedes darle unas simples ordenes que funcionan.

Aprovechando la distracción de Jaroslav, Daniel lo logra empujar propinándole una patada en sus genitales, desviando el arma lo más rápido que puede para evitar ser herido; Romina intenta hacer algo por ayudarlo, pero se detiene apenas ve como de su túnica negra Daniel extrae un libro mediano algo destruido y de apariencia muy antigua.

            –¿Buscas esto? –Daniel mueve en tono de burla el libro– Bueno, bien sabes que está incompleto, y necesito la otra parte.

            –Esa parte está Italia –Romina le responde tartamudeando.

            –No; lo que se llevó tu amigo, el alemán, no fue el libro –Daniel se le acerca aprovechando la vulnerabilidad de Romina, propinándole otra patada en los genitales a Jaroslav en el proceso–, fue un diario, la copia barata del original.

La noticia le cae como un balde de agua fría a Romina.

            –Entonces, aún debe de estar en el distrito Žižkov –dice Romina haciéndole frente a Daniel, quien ya se había inclinado para tomar el arma y el silbato de Jaroslav.

            –En ese caso, tenemos que ir para allá…

Apenas Daniel termina de hablar, este se coloca el pequeño silbato en su boca para soltar aire a través de este, llamando la atención de los policías cercanos que andaban en búsqueda de Romina, siendo el capitán Růžička el primero en entrar en escena:

            –Arréstenla –les ordena el capitán a sus subordinados, para después dirigirse ante su hijo a quien mira de manera fría y decepcionante–; y a él también.

            –Padre…

            –Si ayudaste a un criminal a escapar, entonces también eres un criminal…

            –Disculpe, capitán –interrumpe Daniel entregándole el arma de Jaroslav–; tengo información que le puede interesar, es sobre Peter Gest.

            –Soy todo oídos –responde el capitán colocando sus manos sobre la mesa.

            –Pero esa información, y las pruebas, no están aquí, están en el distrito Žižkov; tenemos que ir para allá.

El capitán Růžička vacila por unos segundos ante la petición de Daniel, finalmente accediendo; ordenándole a sus hombres que salgan en busca de una carreta para ir hasta esa ubicación.

            –Espero que la información que dices sea totalmente verídica o de lo contrario también lo inculparé –dice el oficial al subirse a una carreta rojiza de caballos marrones, en la que son ingresados Romina y Jaroslav con unas pesadas esposas.

            –No se preocupe; sólo permítame un momento…

Daniel levanta su mirada para ver al techo del pequeño templo en donde se encuentra el monstruo amorfo con Jakub y Filippo como rehenes en sus brazos.

            –Ma… tar… –gruñe la bestia ante el chasquido de dedos de Daniel, dejando a los demás presentes aterrados.

            –¡Ahora no! –le reprime Daniel al hacerle ademanes a los uniformados para que mantengan la calma– Sólo síguenos.

El golem obedece sin dudarlo, por lo que los aterrados caballos arrastran a la carreta al sentir los golpes de los látigos sobre sus espaldas, dejando que el ruido de sus fuertes galopes se desvanezcan en el fondo de la calle, así como los ladridos de los alterados perros, llamando la atención de Rosa, quien estaba por salir del edificio por la ventana que da al panteón, pero se regresa para asomarse por la ventana frontal, desde donde logra ver como el golem corre casi a la par de la carreta.

            –¡Diablos! –Rosa logra ver a Romina por una de las ventanas de la carreta, por lo que intenta salir por la ventana frontal, siendo la altura un impedimento.

            –Será mejor que te apresures –le dice Fernand tras aparecer de la nada en medio del cuarto, asustándola de tal manera que casi cae de la ventana al vacío.

            –¡¿Pero qué demonios te pasa?!

            –Una cosa más, por favor, ¿podrías dejar esa maleta en el Nuevo Cementerio? –Fernand señala una pequeña maleta café, misma que Rosa toma junto al collar dorado en forma de corazón que estaba en la mesa cercana a la ventana frontal– Ese collar es muy bonito; quizás deberías quedártelo.

Rosa le sonríe dulcemente sólo para ver desaparecer una vez más a Fernand, reapareciendo bruscamente frente a ella, asustándola para que esta vez se caiga por la ventana; pero Rosa evita la fatal caída extendiendo sus manos, flotando a escasa distancia del suelo.

            –¡Eres un…! –Rosa voltea para insultarlo, a lo que Fernand sólo responde frotándose el lado derecho de la frente con sus dedos.

 

 

 

 

Publicado la semana 12. 17/03/2020
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