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Ignacievij

S.A.P. La Raíz del Árbol: 9

9. El fantasma tuyo.

 

Gorizia, Cuarta Batalla del Isonzo, 20 de noviembre de 1915.

Los morteros caen como lluvia sobre el ya devastado campo levantando grandes cantidades de tierra junto con restos de metal, estremeciendo a todos los soldados que corren de un lado a otro en búsqueda de refugio al mismo tiempo que dan indicaciones en italiano similares a alaridos desgarradores de desesperación.

de entre el caso causado por el bombardeo enemigo, un soldado italiano corre al lado opuesto del frente, agachándose para evitar las balas que atraviesan el campo de batalla, producto del fuego cruzado que arrebata la vida de algunos de sus compañeros. Finalmente, el valiente combatiente llega hasta la retaguardia, resbalando con sus piernas para introducirse a una trinchera destruida, en donde ve como los heridos son atendidos con los escasos recursos que se encuentran en el refugio.

            –¡Necesito un médico! –grita el uniformado llamando la atención de la mayoría de los presentes.

            –No podemos mandar más médicos al frente responde un oficial con indicios de agotamiento–; tienes que traer a los heridos hasta esta posición.

            –Necesito un médico –insiste el soldado ignorando al oficial–. Un médico alemán.

Tras escuchar esto, Peter deja de atender a un soldado con graves quemaduras sobre el rostro y se acercar al recién llegado combatiente, tomándolo del brazo para dirigirlo hasta el otro extremo del hospital improvisado, en donde otros soldados observan la carnicería del campo de batalla:

            –¿Qué sucede? –pregunta Peter en italiano a la par que de su chaqueta militar verde azulada extrae su cigarrera café, tomando un cigarro para compartirlo con el militar.

            –No sé cómo explicarlo –el soldado niega el ofrecimiento del cigarro con un movimiento de cabeza–; tiene que verlo personalmente.

El bombardeo enemigo hace una pausa repentina, por lo que Peter sigue al soldado que lo guía por el campo de batalla, usando los cráteres formados por los impactos de morteros como refugio en lo que el fuego, tanto amigo como enemigo, se detiene por unos segundos, así que en ciertos tramos tienen que arrastrase entre escombros y pedazos de cadáveres hasta llegar a otra posición segura.

Tras un largo recorrido de varios metros en donde se juegan la vida, ambos uniformados llegan hasta los restos de lo que alguna vez fue una gran bodega, parcialmente destrozada por las garras de la guerra.

            –¿Qué estamos haciendo aquí? Esto parece ser territorio enemigo –exclama Peter mientras sigue al soldado italiano dentro del granero.

            –De hecho, lo es –le responde en alemán una voz proveniente de una silueta que sale de lo que alguna vez fue una puerta.

Tras presenciar el uniforme enemigo del oficial austríaco, Peter intenta desenfundar la pistola del soldado italiano, pero este lo detiene empujándolo hacia atrás e indicándole con su barbilla que no intente nada.

            –¿Qué está pasando?

La voz de Peter se quiebra al sentirse presa fácil en ese viejo edificio mientras observa como el oficial enemigo se encamina a él a la par que de una pequeña cajetilla extrae un cigarro para encenderlo.

            –No se preocupe, Herr Gest –una mueca de sorpresa se dibuja en el rostro del galeno–. No lo mande a llamar para hacerle daño.

            –Por favor, teniente; tiene que ver esto…

El osado militar italiano los invita a adentrarse en el recinto. Peter, todavía con indicios de desconfianza, lo obedece, pero sus sospechas se dejan caer sobre el oficial austríaco, cuyos ojos lucen perdidos hacia la nada.

            –¿Qué es eso tan importante que quieran que vea y que ha causado esta especie de tregua en este lugar?

Peter queda asombrado tras notar como un puñado de soldados, tanto italianos como austrohúngaros, vigilan con temor a otros seis soldados austríacos, todos encadenados; y uno que otro escupiendo espuma por la boca con la mirada perdida en la escasa luz que se filtra en el interior.

            –Había escuchado rumores en el Frente Oeste; rumores de hombres que habían enloquecido y que habitaban la Tierra de Nadie. Soldados de ambos bandos que acababan con los heridos agonizantes abandonados en las trincheras –el oficial austríaco baja su mirada para extraer de su cajetilla otro cigarro y encenderlo, dejando escapar el humo de su boca–. Pero creí que sólo eran eso, rumores.

            –¿Qué lo hace pensar eso?

Las palabras de Peter son opacadas al ver como el oficial del bando enemigo lanza un cerillo a los pies de los detenidos, deslumbrando restos desmembrados con indicios de haber sido devorados recientemente.

            –Los hemos visto atacar salvajemente a nuestros soldados y a los suyos… –se adelanta a decir un soldado con acentuación checa en su alemán, tan joven que pareciera que tuvo que fingir su edad verdadera para enlistarse– Además, allá en mi pueblo escuché a un tipo decir que este tipo de personas ya no son humanas, y….

            –¿Quién te dijo eso? –Peter desvía su mirada de los soldados sometidos para ver al joven checoslovaco.

            –No me dijo su nombre –responde el militar intentando encontrar las palabras en la lengua germánica–; pero me dijo que hay una persona que sabe hacer der Ritus, un médico alemán.

            –Sí, creo que se refería a mí –Peter no muestra interés al acercarse a los prisioneros para observarlos–. Te ves algo emocionado.

            –No le mentiré; en mi pueblo hay muchas leyendas de cosas del diablo –una mueca de diversión se dibuja en el rostro del joven–. Usted solo dígame cómo le puedo ayudar.

Peter lo mira detenidamente, acto seguido observa a los demás soldados, tanto italianos como austrohúngaros, que muestran más temor a los “prisioneros” que a la guerra misma. Tras examinarlos, Peter regresa su atención al joven al mismo tiempo que desenfunda su pistola y corta cartucho:

            –Llénenlos de plomo…

Apenas Peter da la indicación, el soldado checoslovaco levanta su rifle disparándole a los prisioneros, seguido por las demás tropas; mientras que el oficial austríaco, dándose cuenta de la masacre que está sucediendo, grita que se detengan, pero sus palabras se opacan por las detonaciones.

Indefensos ante su muerte, uno a uno los soldados hechos prisioneros caen muertos sobre sus propias posiciones. Los cuerpos de algunos caen despedazados, y de sus bocas sólo se escuchan salir sonidos que no forman palabras más que el ruido de la saliva y sangre que acompañan al último aliento.

Finalmente, las detonaciones se detienen y los soldados se acercan para presenciar de que estén bien muertos; entre ellos el oficial austríaco es el que más se acerca, intentado en vano mantener su cordura:

            –¡¿Qué diablos has hecho?!

El alterado oficial voltea a confrontar a Peter, pero este ya le apunta con su arma directo sobre el pálido rostro.

            –¿Cómo supo mi nombre?

Antes de dispararle, Peter reconoce los afilados dientes frontales del oficial, vaciando enseguida el cargador sobre su cráneo, dejando que la materia encefálica se mezcle con el suelo lodoso.

            –¿Qué hacemos ahora? –pregunta el checoslovaco a la par que recarga su rifle.

            –Pues…

Peter no termina de hablar cuando un estruendo retumba en el ambiente, llamando la atención de todos los presentes, quienes al percatarse del origen de ese horrible rugido intentan en vano tomar refugio, ya que a los pocos segundos dos proyectiles aterrizan en el viejo edificio, destruyéndolo por completo y esparciendo extremidades mutiladas varios metros a la redonda acompañados de una leve lluvia de sangre y tierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Querido Peter:

¿Qué tal? ¿Cómo has estado? Espero que bien. Pues bueno, esta es la segunda carta que te envío. Espero que la primera haya llegado a tiempo. Tal vez fue esa la razón del porque no me has respondido la primera, o tal vez el señor de las cartas se quedó dormido bajo un árbol y no alcanzó a entregar las cartas. De todas maneras, espero que el señor este bien y no lo regañen. Sé que estás bien, pero también sé que estás muy ocupado. Romina me dijo que, como eres médico, lo más seguro es que te encuentres en la retaguardia cuidando de los enfermos y heridos, espero que así sea. Verás, antes de que te marcharas estaba muy molesta contigo, y quizás hay cosas que dije o que no hice cuando debía, pero apenas regreses a este lugar me disculparé por todas aquellas cosas malas que dije, prefiero hacerlo en persona que, en una carta, será mejor para ambos.

Cambiando de tema, últimamente he aprendido más sobre este trabajo, Romina me ha enseñado demasiado en las últimas misiones y cree que seré una buena candidata para la Sezione. Hablando de la Sezione, ya he conocido a más amigos tuyos que trabajan aquí, aunque parecería que no se llevan muy bien contigo, como Filippo, que a pesar de ser un tipo demasiado guapo su actitud es demasiada molesta, tanto así que apenas Romina lo vio, le soltó un fuerte golpe en la cara; es más, creo que más fuerte que el golpe que te dio en aquella iglesia fea. Ahora que menciono esa iglesia, me acuerdo de la vez que el Monseñor Pacelli te envió a Suiza, aun me siento culpable por cómo me comporté ese día, además, Romina me comentó que el Monseñor está muy enfadado por el hecho de que te mandaron al frente, porque se supone que tu no deberías haber sido enlistado porque eres ciudadano holandés y no de Italia, pero que por la falta de médicos en el Ejército, tendrás que estar hasta al menos unos seis meses.

La verdad, espero que la guerra dure poco, o que se acabe lo antes posible, ya bastante tuve con lo que viví en España y presenciar los barcos militares en las costas de Valencia y ahora tengo que soportar el estrés de la gente de las otras Sezioni que no dejan de hablar de que no pueden hacer bien su trabajo por esta tonta guerra. Pero bueno, sé que estarás bien, Romina me ha dicho que habéis estado en situaciones mucho peores, y que en muchas ocasiones ella te ha sacado de problemas y que tú nunca lo admitirías. En fin, hay cosas que me gustaría que me dijeras en persona, junto a una rebanada de pastel con fresas y unas tazas de té, aunque en tu caso, creo que prefieres el jugo de naranja, como siempre, algo raro de beber con pastel.

Otra cosa que se me estaba olvidando es que te llego un paquete de Méjico, creo que más cigarros. Romina me dijo que te va a mandar unas cajas junto a mi carta, y ella tomó otro porque, según ella, se los debes. Sé que miente, pero no importa, te mandará suficientes. Ahora que menciono a Romina ¿Puedes creer que ya me enseñó a escribir de manera formal? Bueno, no es como que no supiera, al contrario; si la difunta madre de Colmenero me enseñó lo necesario, pero la verdad, no había tenido tiempo para practicarlo, y pues, con esto de que las ultimas misiones han sido canceladas, pues Romina y yo nos hemos dedicado a hacer reportes y cartas, aunque casi siempre termino haciendo su trabajo, pero no importa, de todas maneras, la quiero mucho, así como a ti.

Pues, creo que, de mi parte, sería todo, no hay muchas que te pueda decir. Sólo cuídate mucho y espero que vuelvas pronto para que puedas ver las rosas que he sembrado y cuidado en la iglesia en donde nos estamos quedando. Sé que te van a gustar.

 

 

Atentamente

Tu pequeña Rosa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

            –Cuídate mucho…

Rosa se limpia las lágrimas de sus ojos con su mano izquierda, siendo un par de estas las que caen sobre su carta, empapándolo levemente. Sin embargo, la mirada de Rosa se fija en el cielo estrellado que ilumina la oscura noche de la capital italiana.

            –Estará bien –Romina le coloca su mano sobre el hombro de Rosa como señal de consuelo, confundiéndola de tal manera que su llanto se detiene–; él sabe cuidarse sólo.

            –Pero ¿cómo has llegado hasta acá arriba? –la mirada de Rosa se desvía con dirección cuesta abajo, viendo el techo de la iglesia Santo Spirito in Sassia y parte de la Via dei Penitenzieri– ¡Si yo tardé como media hora en subir a esta torre!

            –Eso no importa –le responde Romina con una cálida sonrisa–. Lo que importa es que Peter estará bien, ya es un adulto; además, tenemos trabajo que hacer.

            –¿Otra casa embrujada? –el entusiasmo de Rosa opaca su previa preocupación.

            –No lo sé muy bien aún; pero de lo que estoy segura es que tenemos que ir con Pacelli antes de que sean las nueve.

            –Creo que falta menos de una hora.

            –Entonces será mejor que nos vayamos –Romina se pone de pie y flexiona su espalda hacia atrás, dejando que los huesos de su columna hagan un leve crujido.

            –¿Y cómo bajaremos de aquí?

Rosa se incorpora cuidadosamente usando sus manos para evitar una fatal caída desde el techo de la vieja torre, ya que un pequeño descuido, acompañado de la oscuridad de la noche, podría ser trágico.

            –O podemos usar las escaleras de la torre, lo cual nos quitará mucho tiempo –Romina dirige su dedo índice hacia abajo, señalando la estrecha Via dei Penitenzieri–, o podemos saltar sobre esa carreta de paja

            –¡¿Estás loca?!

La sorpresa invade la mente de Rosa tras escuchar las palabras de Romina, y esta le responde con guiño de ojo y un movimiento de caderas que denotan su confianza.

            –¿Qué es la vida sin un poco de locura?

 

La entrada a la Piazza San Pietro resalta su belleza arquitectónica con la iluminación de los edificios contiguos y de la propia plaza, lo que lo hace un lugar llamativo para los habitantes locales, que aprovechan el panorama urbano para dar un paseo nocturno y sereno. Los pocos transeúntes en el lugar se caracterizan por ser gente del servicio religioso, hasta pequeñas familias o jóvenes parejas que guardan modestia en el lugar; pero, de entre ellos, resalta un personaje algo peculiar por su atuendo tan llamativo como los uniformes de los Guardias Suizos: un joven rubio, de profundos ojos azules y finos rasgos faciales, ataviado con una capa roja aterciopelada que hace juego con su bastón negro en terminación de bola de cristal y su chaleco y pantalones rayados de manera vertical.

            –¿Dove diavolo sono queste donne?

Musita en voz baja el joven, disimulando su enojo al dar una caminata de pared a pared sobre el Largo degli Alicorni, sin quitar su mirada penetrante sobre la Borgo Santo Spirito.

De repente, su preocupado rostro cambia a una expresión de alivio y felicidad, tras ver llegar a Romina y Rosa cubiertas por restos de paja:

            –¿Pero que les ha pasado? –el joven baja sus brazos con una mirada de confusión.

            –Eso no es de tu interés –le responde Romina con frialdad pasando de largo.

            –Hola, Filippo –lo saluda Rosa con su mano, tomando un poco de paja de su vestido y aventarlo sobre los brillantes zapatos negros del italiano, para después dar unos pequeños brincos con dirección a Romina.

            –Esperen, tenemos que ir a la estación de treno –les dice Filippo intentando alcanzarlas.

            –¡¿Tenemos?! –Romina voltea sorprendida tras escuchar las palabras de Filippo.

            –Sí, el monsignore me ha asignado con voi –responde Filippo con un español roto.

            –¡Hovno!

Romina coloca sus manos sobre su rostro, por lo que Rosa se acerca a ella para darle unas palmadas sobre la espalda.

            –Lo sé. ¿No es perfecto? Tú y yo en un viaje romántico a Praga –comenta Filippo con un tono seductor y una sonrisa burlona en su rostro, lo que hace que Romina se acerque a él y lo sujete de la fina capa rojiza.

            –Escúchame bien, idiota, no vuelvas a… –la expresión iracunda de Romina se desvanece en un instante– ¡¿Praga?!

            –Sí, Praga.

Amordazado y manteniendo su cinismo, Filippo le muestra a Romina tres cartas selladas con cera roja que saca de su pantalón, lo que hace que Romina lo suelte y tome dos de las cartas que tienen escrito el nombre de ella y Rosa.

            –¿Cuándo nos vamos? –le pregunta Romina sin dejar de ver las cartas.

            –En el siguiente treno –responde Filippo encogiéndose de hombros.

            –Muy bien…

Romina le da una de las cartas a Rosa, quien la toma delicadamente con sus dedos rosados, y, apenas se retira un poco de Romina, esta voltea bruscamente y golpea los genitales del italiano con su puño izquierdo.

 

Gorizia, Cuarta Batalla del Isonzo, 21 de noviembre de 1915.

A pesar del desastroso ambiente que rodea el lugar, la mañana brilla como si fuera un día como cualquier otro, y en lugar de que los cañones y las metrallas inunden el campo y las ruinas, ahora son las aves las que cantan en los arboles cercanos. Así mismo, el sonido de las aves matutinas es acompañado por el sonido de varios soldados que inspeccionan el lugar tranquilamente, como si en vez de estar en una guerra estuvieran en un día de campo.

            –¡Teniente! ¡Venga aquí! –exclama uno de los soldados en un alemán impropio.

            –¿Was ist los? –responde un joven oficial, pero su pregunta es contestada al ver los restos despedazados y calcinados de un gran número de soldados dentro y fuera de las ruinas del granero– ¡Mein Gott!

            –Aquí no sólo había soldados nuestros, también italianos –comenta otro soldado quien usa la bayoneta de su rifle para remover en los restos del granero–. Parece que estaban a punto de atacar cuerpo a cuerpo cuando los sorprendió el fuego de la artillería.

El oficial, con expresión de miedo y asco, comienza a quitar tablas quemadas, y para su sorpresa, se encuentra con la cabeza cercenada pero casi entera de otro soldado austríaco, lo que hace que este caiga sobre el lodo de la impresión.

            –¿Qué sucede, mi teniente?

El soldado no recibe respuesta de su superior, pero sí del hueso expuesto de la mandíbula de la cabeza encontrada, en el que se logran apreciar unos colmillos largos y blancos que le dan un aspecto aún más tétrico a la ya de por si deteriorada cabeza ensangrentada, con la carne quemada y con una cuenca del ojo hundida.

 

Příbram, Bohemia, 21 de noviembre de 1915.

Romina apoya su cabeza sobre el vidrio de la ventana del vagón en el que viaja con Rosa y Filippo; sus brazos mantienen su postura cruzada y su mirada se pierde en el paisaje de pastizales y casas que se desvanecen con la velocidad del tren.

            –Iré por comida –Filippo se apoya con su bastón negro para levantarse de su asiento y salir de la cabina, mostrando claros indicios de no poder caminar del todo bien–. Creo que este es el momento en el que me dices algo sarcástico.

Romina no dice nada; su mirada se pierde en la distancia, por lo que Filippo sale del lugar no sin antes dirigirle una pequeña sonrisa a Rosa para no sentirse tan ignorado.

            –¿Estás bien? –Rosa se desliza en el asiento para quedar emparejada con Romina– No has dicho nada desde hace un par de horas, y mira que Filippo no se ha comportado como un tonto, por ahora.

            –Todos los hombres son iguales –un pequeño suspiro se escapa de la nariz de Romina y Rosa mira al suelo de la cabina–. Excepto Peter; él es diferente.

Rosa levanta su rostro tras escuchar a Romina y su característico acento eslavo.

            –Lo sé –las manos de Rosa aprietan la parte del vestido azul que cubren sus piernas.

            –Todos los hombres que he conocido en mi vida, desde que tengo memoria, han sido unos idiotas y me han hecho mucho daño –Romina rompe su postura, dirigiendo su mirada a sus muñecas cubiertas por las largas mangas de su vestido negro, descubriéndolas levemente–. Tu más que nadie sabes lo que es vivir en las calles, y por lo que me has dicho, al menos te fue mejor que a mí, por así decirlo.

Un par de lágrimas se escapan de los ojos castaños de Romina, cayendo sobre su regazo. Rosa se inclina un poco hacia ella, tocando las heridas de Romina suavemente como si fueran trazos sobre un lienzo de piel. Con lágrimas en los ojos, Romina le devuelve una sonrisa cálida, cubriendo nuevamente sus muñecas y volviendo a cruzar sus brazos. Rosa se apoya sobre el asiento, desviando su juvenil rostro sobre sus zapatillas negras, intentando buscar las palabras adecuadas que puedan servir en ese instante.

            –Pero Peter me salvó, así como te salvó a ti –Rosa levanta su rostro sorprendida tras escuchar a Romina–. Y no sólo eso, también buscó a los hombres que me hicieron daño y…

Un nudo en la garganta impide que Romina termine de hablar, mientras que un pequeño río de lágrimas comienza a arruinar su escaso maquillaje.

            –¿Aún lo amas?

La pregunta de Rosa toma desprevenida Romina, quien la mira para después desviar su atención hacia la ventana fingiendo observar el panorama.

            –No lo amo como su fuéramos amantes –otro pequeño suspiro se escapa de las fosas nasales de Romina, al mismo tiempo que apoya la cabeza sobre el cristal–; es diferente…

            –¿Cómo? –los dedos delgados de Rosa dibujan trazos al azar sobre la misma ventana.

            –Es un amor diferente, no egoísta; lo amo, pero me importa mucho que esté bien sin importar lo que haga, o con quien esté. Lo único que me importa es que él sea feliz, realmente feliz –los castaños ojos de Romina se humedecen, por lo que decide echar su cabeza hacia atrás, buscando algo en el techo para distraerse– ¿Y tú también lo amas?

Rosa gira repentinamente para ver a Romina, buscando una respuesta ante tal pregunta:

            –Yo… –las mejillas de Rosa cambian de un color rosado a rojizo en cuestión de segundos– no lo sé.

            –Entonces, ¿qué es lo que realmente sientes por él? ¿Amor? ¿Gratitud? –Romina mantiene su tono suave para evitar que Rosa se confunda más de lo que ya se encuentra.

            –No lo sé –una pequeña maleta sobre la cabeza de Rosa empieza a sacudirse desesperadamente, pero Romina, la detiene de inmediato con un movimiento de mano–. Es sólo que nunca me había sentido así.

Romina se inclina un poco hacia Rosa, rosando sus mejillas rojizas con la palma de su mano izquierda, intentando darle un poco de alivio a su pesar mental.

            –No sé si te lo han dicho, pero tienes una hermosa sonrisa –Romina desliza suavemente su mano sobre la frente de Rosa, para después recostarse sobre su asiento–. Peter no acostumbra a sonreír mucho, pero las pocas veces que lo hace, es como si vieras a un niño.

            –Ahora que lo dices, no lo he visto reír desde que lo conocí; siempre mantiene esa postura fría, excepto cuando… –las palabras de Rosa se cortan ante un mal recuerdo que llega a su mente, haciéndola girar su mirada sobre la palma de sus manos.

            –Cuando lo conocí, Peter sonreía de una manera muy dulce, creo que eso me enamoró de él; pero después de eso, hubo algo que me hizo temerle y aun así mantenerme cautivada –Romina se detiene por un segundo para acomodar su busto sobre sus brazos cruzados–. Sólo promete una cosa, Rosita.

            –Dime –Rosa la observa fijamente esperando la petición de Romina.

            –No dejes que Peter te arrastre con él en su sed de venganza; pero, sobre todo… –la expresión facial de Romina cambia drásticamente a seriedad pura– nunca te conviertas en alguien como Peter.

 

 

 

 

Publicado la semana 11. 09/03/2020
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